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PREGÓN DE SEMANA SANTA VALLADOLID 2026 Por JOSÉ MARÍA NIETO GONZÁLEZ



    

¡Qué grande es la Catedral y qué pequeños parecemos los católicos!

Una de las señas de identidad de nuestra época es escoger a las personas menos apropiadas para ocupar las responsabilidades más altas, y me temo que este pregonero no es una excepción. Entre más de trescientos mil vallisoletanos, se encarga un discurso largo a aquel cuya única habilidad notoria es la de expresarse cada día con la mayor brevedad posible, en apenas una frase más o menos ingeniosa. Qué disparate.

Por otra parte, de entre todas las personas reunidas en nuestra Santa Iglesia Catedral esta tarde no encontrarán ustedes un aficionado a la Semana Santa más torpe: miope en la observancia, pobre en devociones, superficial en la erudición incluso para pasar por periodista; reacio a los actos sociales incluso para ser de Valladolid; católico mezquino en la piedad y espléndido solo en el pecado.

Pero ¿qué vallisoletano en su sano juicio rehusaría una encomienda semejante? Además el alcalde y la junta de cofradías tendrán sus razones si han pensado en un simple dibujante de periódicos, así que acepto el encargo y les prometo a ustedes el pregón más humilde y el más breve desde que Francisco de Cossío leyó el primero hace ya setenta y ocho años.

Apelo a la benevolencia de todos ustedes, —benevolencia que será la única moneda con la que pagarán “los cuartos al pregonero”— y saludo al excelentísimo y reverendísimo señor arzobispo de la archidiócesis de Valladolid; al excelentísimo señor alcalde de la muy noble, muy leal, heroica y laureada ciudad de Valladolid; al señor presidente de la Junta de cofradías; a los presidentes de las cofradías y hermandades de la ciudad; al ilustrísimo señor deán de esta Santa Iglesia Catedral; miembros de la corporación municipal y de la diputación provincial; de la Junta de Castilla y León; de la subdelegación del Gobierno de España; parlamentarios, mandos de nuestros queridos Cuerpos de seguridad del Estado, de las Fuerzas Armadas y de la Policía Municipal, que cumple ahora doscientos años; compañeros periodistas —de los de verdad, no como yo— y sobre todo a los cofrades y al pueblo fiel de Valladolid; préstenme todos ustedes atención unos minutos, por favor, que he de pregonar algo importante:

Por orden del señor alcalde, se hace saber:

Que Nuestro Señor Jesucristo, hijo único de Dios, por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras. Estos hechos asombrosos, fundacionales de la fe católica, se conmemoran anualmente en Valladolid, al menos desde finales del siglo XV por cofradías que salen en procesión por las calles, portando esculturas de gran valor artístico, en la semana de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera, fenómeno astronómico que acontece hoy.

Ya está. El “mínimo pregón posible”, escueto y riguroso, constaría de esas siete frases. Siete frases, de las cuales las tres primeras fueron redactadas en el Concilio de Nicea hace mil setecientos un años. Tengo la convicción de que sin incluir estas frases del Credo, todo lo que se pueda decir de la Semana Santa es palabrería insustancial; con ellas, en cambio, todo se colma de sentido.

Pero no tiene gracia. La cruz que arrastra un pregón de humorista gráfico es la casi total ausencia de humor en el relato de la pasión de Cristo y en los oficios con que la celebramos. El único chiste explícito que recogen los Evangelios lo hicieron los romanos como escarnio de Jesús, momento que vemos reflejado en el paso “Sed Tengo” (de la cofradía de las Siete Palabras), con ese sayón que subido en una escalera le coloca un rótulo burlón al ajusticiado: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”. Ese rectángulo de papel es casi una viñeta. Además, como todos los buenos chistes, dice la verdad. Lo cuentan los cuatro evangelistas, pero Juan especifica que lo redactó el propio Poncio Pilato, y añade que la ironía no gustó a los sacerdotes.

El mismo humor sarcástico estaba detrás de la ocurrencia de los soldados de adornar a Nuestro Señor con una corona de espinas, un manto rojo y un cetro de caña, disfraz que también tenemos representado en otro maravilloso paso de Gregorio Fernández, el Ecce Homo que sale con la Hermandad del Cristo de los Artilleros. No hay más risas que las de los torturadores. El espacio del humor en los tex- tos de la Pasión lo protagonizan la burla y el tormento, no puede negarse.

Pero vengo hoy aquí a proclamar una verdad que tampoco puede negarse: a la luz de la fe, todo tiene gracia.

Gracia con mayúscula y con minúscula.

Jesús hace su entrada triunfal en Jerusalén no en un caballo de conquistador, sino en una humilde borriquilla. Lo hizo muy cons- ciente del sentido paradójico de la situación. El Domingo de Ramos celebramos una broma divina. Ese humor del Dios cristiano que juega a confundirnos con lo grande y lo pequeño está en el paso más antiguo de nuestra Semana Santa; un paso ni siquiera de madera; de humilde papelón, que sale con la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz, rodeado de niños con palmas y de fotógrafos que hacen fotos a los niños con palmas.

A la luz de la fe, todo tiene gracia. Jesús fue a Jerusalén a celebrar la Pascua desde Betania, pero al mismo tiempo en Valladolid sabemos que Jesús viene a celebrar la Pascua desde Laguna de Duero. (Tiene gracia además porque al Cristo de los Trabajos lo acompaña la Cofradía de las Siete Palabras, a la que ya he citado dos veces, cuando me faltan aún otras 17 cofradías por nombrar; socórreme, Virgen Santísima).

A los humoristas gráficos siempre nos ha gustado publicar viñe- tas sobre las procesiones de Semana Santa llegadas estas fechas. Lo hacemos con un humor blanco y costumbrista que saca punta, si me permiten la redundancia, a los capirotes puntiagudos de los capu- chones (esto siempre dejaba fuera, dicho sea de paso, a la cofradía de mi barrio, la del Santísimo Cristo Despojado, Cristo Camino del Calvario y Nuestra Señora de la Amargura, que procesiona a cara descubierta y en un alarde de valentía no viste capirote).

Pero he de reconocer que en los últimos años cada vez dibujamos menos viñetas de capuchones. Lo he comentado en alguna ocasión con Sansón, maestro y compañero y el otro vallisoletano que se dedica a este extraño oficio de llenar de monigotes los periódicos. La corrección política —que divide a la sociedad en grupos identitarios, siempre enfrentados y siempre ofendidos— hace sospechoso el humor, dando por bueno que solo existe la risa en forma de afrenta sarcástica de los legionarios romanos. Tal vez, dándole la vuelta a mi aserto, en estos tiempos sin fe ni piedad, nada pueda tener gracia.

En estos tiempos polarizados provocan incomodidad la gracia con minúscula y la Gracia con mayúscula. Las celebraciones públicas de fe y devoción popular resultan molestas para el mundo. “Ya están los capillitas paseando muñecos” mascullan con desdén los laicistas mientras pergeñan sus liturgias ateas.

La fe provoca un rechazo sordo. Se aprecia hasta en los textos eruditos que insisten en dejarnos muy claro que la nuestra es una tradición “inventada”. Será que hay dos tipos de tradiciones: las auténticas, que hablan del ser profundo de los pueblos, y las inventadas en determinados contextos ideológicos o circunstancias históricas. ¡Qué mala suerte! A nosotros siempre nos tocan las tradiciones inventadas. Permítanme tomarme a guasa esta artimaña intelectual que quiere teñir de impostura la revitalización de nuestra Semana Santa: toda la cultura humana es inventada, y toda tradición viva se nutre a sí misma de su propio pasado. Comencé citando el Credo redactado en el Concilio de Nicea, convocado en el siglo IV por Constantino. Este emperador tiene una relación íntima con la Semana Santa de Valladolid: Una estatua suya preside la fachada de la Iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz, sede de la primera de nuestras cofradías. No nos hace falta inventar nada, porque somos la civilización occidental. Nos asiste un equipo de asesores imbatible: tiene mucha gracia saberse contemporáneo de todo el santoral y hasta de ese hijo de Santa Elena que fue emperador romano y símbolo de la Iglesia triunfante.

Me he venido arriba y había prometido humildad. Con humildad debemos preguntarnos si tal vez tengan parte de razón quienes se irritan ante nuestro entusiasmo devoto. Al fin y al cabo defendemos el significado profundo de lo que celebramos en Semana Santa más allá de su valor cultural o turístico, para acto seguido afirmar que ese significado profundo no es un argumento o un conjunto de ideas, sino un “misterio”. Es paradójico, y una vez más, resulta gracioso.

La fascinación ante el misterio intensifica todo en tal manera que estos días en Valladolid si una cosa es pura, es purísima, si es santa, es santísima, y si es preciosa, es preciosísima. ¡Cómo no se van a estomagar con nosotros!

Y otra paradoja que tiene su gracia es que todo rezuma significa- do en el misterio; ejemplo de ello es la afición a los números impares: Tres son las caídas de nuestro Señor, las negaciones de Pedro y los días del tríduo; Tercera es la Venerable Orden Franciscana; cinco son las cinco llagas del Cristo de la Cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo; siete los Dolores de nuestra Madre, de los que la Angustia más terrible es la Quinta; Siete son las siete palabras del Sermón en la Plaza Mayor; resulta casi de mal gusto que las estaciones del Vía Crucis sumen catorce, así que la Cofradía de Jesús Nazareno guarda el icono de una decimoquinta estación en el columbario de su sede, y quince son también las estaciones del Vía Crucis de la Cofradía de la Orden Franciscana Seglar.

Y tiene su gracia que se diga que con las procesiones las calles se vuelven templos, porque a ras de suelo se convierten en hogares: bajo la luz solemne de los hachones el asfalto se transforma en dormitorio, cocina y baño al paso tierno de los pies descalzos.

Por otra parte, si las calles se convierten en templos los cofrades de Nuestra Señora de la Piedad pueden decir que en su caso fue al revés: su templo se convirtió en calle, ya que donde estaba su histórica iglesia penitencial hoy pasa la calle de López Gómez.

Se me ocurre que también la misma catedral se hizo calle aquellos años convulsos en los que hubo que cobijar en su interior todas las procesiones. A lo mejor se metió también todo el frío de Valladolid, y ese relente nocturno persiste desde entonces entre estos arcos herrerianos, para recordarnos que en muchos lugares del mundo hoy también hay una iglesia perseguida que esconde sus procesiones.

Es innegable el carácter callejero de estas celebraciones. Tenemos hasta calles figuradas, como la calle de la Amargura en la que se encuentran el Martes Santo las cofradías de nuestra Señora de las Angustias y la del Santísimo Cristo Despojado, con sus respectivos pasos. O el Vía Crucis, que organiza la Cofradía de Jesús Nazareno el Miércoles Santo, convirtiendo en vía única las calles del centro, delimitando una ZBE que no es Zona de Bajas Emisiones, sino Zona de Benditas Emociones. Zonas donde el bullicio y el desorden cotidiano se suspenden y dejan que se abra un paréntesis de solemnidad, lentitud ritual, recogimiento y silencio.

Del mismo modo que hay calles muy procesionales en nuestra ciudad hay calles por las que nunca pasa una cofradía, y calles por las que parece que pasan todas, como si el ángulo en que brilla el sol en los tejados, la exposición a los vientos o la manera en que circu- lan las aguas subterráneas hiciesen más o menos beatos a los calle- jones, plazuelas, paseos y correderas. “San Ignacio, Encarnación, Santo Domingo de Guzmán, Expósitos, San Quirce...”. En la mesa del dibujante del periódico, hasta un listado de calles leído en un fax borroso sonaba a letanía. “Cánovas, Regalado, Cascajares, Plaza de la Universidad, Cardenal Cos, Arribas...”.

Durante mis años como infografista del periódico local trasnochaba en la redacción vacía dibujando los recorridos de las procesiones para los folletos de Semana Santa, con textos casi siempre de Javier Burrieza, sobre planos callejeros del centro de Valladolid en nocturnos y piadosos tonos morados. Cada procesión, una línea de 1,41 milímetros de grosor, de brillante color naranja, verde, rojo o azul, sin ninguna relación con las cofradías que salían, que tampoco había que complicarse demasiado. Para el Jueves Santo se hacía necesario dibujar dos planos, pues de otro modo el laberinto de rayas de colores sería ilegible. “Plaza de los Arces, Guadamacileros, Platerías, Ochavo, Lonja”. Nadie piensa en los dibujantes de mapas cuando da nombre a las calles. A quién se le ocurriría llamar Guadamacileros a una calle tan corta; no hay forma humana de que quepan las letras. Y si encima pasan varias procesiones por ella ni te cuento. Había que añadir flechitas negras, indicando el sentido de la procesión, aunque nunca sabía uno si esa información tendría alguna utilidad real.

Recuerdo el empeño que ponía en reducir el tamaño del plano para que me cupiese entera la procesión del Santo Entierro, que por aquellos años cruzaba la Huerta del Rey y subía hasta la plaza Porticada del Barrio Girón, por las calles Vicente Mortes y José Luis Arrese (que ya no se llaman así), y mi jefe me decía “no es tan importante; corta el plano y que se vean bien las procesiones del centro”, pero es que era la procesión que más me gustaba, precisamente porque recorría en silencio calles desiertas y oscuras, y aquella madrugada yo seguía discretamente esa hilera de faroles oscilantes escuchando el susurro de las túnicas de terciopelo negro hasta que comenzaban a ascender por el cerro, así que antes me daba la satisfacción de reducir el plano para dibujarla entera, con una línea larga de color verde. Hoy se tiende a concentrar todos los recorridos en esa ZBE (Zona de Benditas Emociones) del centro, abandonando los barrios periféricos y añadiendo aquellos superlativos (Santísimo, Purísimo y Preciosísimo), a lo que ahora decimos del centro: el centro está carísimo.

De todos los oficios relacionados con la Semana Santa, el de dibujante de planos callejeros de las procesiones tal vez sea el más humilde. Si la corrección política reduce las oportunidades del dibujo humorístico, la inteligencia artificial está volviendo residual el trabajo de delinear planos y mapas, y habrá que referirse a los dibujantes como hoy nos referimos a los guadamacileros, curtidores, pasamaneros, plateros, sombrereros, roperos de nuevo y viejo y tantos otros oficios que pasaron a la historia, pero que durante siglos estuvieron vinculados, a través de las propias cofradías, a la Semana Santa de nuestra ciudad.

He citado a la única procesión que —si no me traiciona la memoria— cruzaba el Pisuerga, y esto me recuerda que de las procesiones vallisoletanas se ha dicho de forma poética que semejan ríos que caminan, con arboledas de cofrades silenciosos en sus orillas. Es una imagen hermosa, incluso en este invierno de ríos desbordados, pero a mí me parece más sugerente comparar las procesiones a un huerto urbano, que en endecasílabos podría definirse así:

Huerto urbano sembrado de esperanza
que abre su propio surco en el asfalto;
crece de noche con la luna en alto;
riega de sangre la raíz descalza.

Huerto móvil de guías sepulcrales,
de las que pende el alma como un fruto
brillante entre las lágrimas del luto
que inunda mi ciudad de soportales.

Huerto místico, de azada cruciforme
que un día aró la salvación del mundo:
cultivo más sagrado, más enorme.

Huerto trágico y a la vez feliz;
jardín de dolores y de amor fecundo,
flor de lo profundo de Valladolid.

Tengo entendido que trabajar este huerto, es decir, ser cofrade, conlleva beneficios espirituales en forma de indulgencias; que procesionar acorta la estancia en el purgatorio. Por desgracia para mí, mi cofradía carece de estas ventajas, porque sepan ustedes que yo pertenezco a la segunda cofradía más antigua de todas las que existen: la de los cofrades de acera.

No me creen, pero cuando la primera cofradía salió por primera vez, inmediatamente se formó una agrupación espontánea de fieles en aceras y balcones, hermanados en la fe. No se puede negar la continuidad de la hermandad penitencial de los cofrades de acera desde el comienzo mismo de nuestra Semana Santa. Les puedo decir que esta cofradía se rige por su propia regla, si bien se trata de una regla no escrita:

Primera norma de la regla de los cofrades de acera: una vez se encuentra el sitio desde el que asistir a una procesión no se cambia bajo ningún concepto.

La búsqueda puede ser larga, pero el hallazgo es definitivo. Por ejemplo, yo siempre espero frente al Hospital Clínico la Procesión de Penitencia y Caridad cada Jueves Santo, en un lugar concreto donde puedo ver al personal sanitario y a los pacientes mientras ofrecen un ramo de flores a la Quinta Angustia, que hace escala allí con su cofradía. La puerta de un hospital es el lugar perfecto para cantar la Salve Popular, “A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Y el Clínico es el lugar perfecto incluso para morirse: cruzas la calle y, a la vuelta de la esquina, estás en Paraíso. Si ya les digo yo que a la luz de la fe todo tiene gracia.

He encontrado mi lugar definitivo como cofrade de acera en esa procesión, pero en otras a las que habitualmente asisto todavía no lo he conseguido. Esa misma mañana deambulo penosamente por la plaza de Santa Cruz, año tras año, maldiciendo mi baja estatura, buscando un bordillo libre desde el que divisar la salida del Cristo de la Luz, a hombros de la Hermandad Universitaria. Si hay suerte y en el momento que aparece el Cristo sale el sol, es el momento más bello no de toda la Semana Santa, sino de todo el año. Tal vez ese exceso de belleza me impide serenarme y encontrar mi sitio en esa procesión, porque el buen cofrade de acera no es un turista, sino que mira hacia dentro.

Cuando rinda cuentas de mi vida, si nuestro Señor me pregunta ¿me buscaste? Le podré responder: sí, Jesús mío, lo hice: poniéndome de puntillas en los bordillos de la plaza de Santa Cruz.

Otras de las normas no escritas de los cofrades de acera nos exhortan a socorrer pacientemente a los turistas despistados. Mirar con gesto de reproche a los transeúntes que cruzan por el medio de las procesiones. Sonreír a los abuelos que explican a sus nietos lo que pasa. Dejar pasar a esos niños a la primera fila. Pero la norma más importante, para mí, es ir del brazo de mi esposa, que tiene mucha mejor memoria que yo y me saca de dudas con esas cofradías con hábitos fáciles de confundir. Me van a perdonar ustedes pero los cofrades son como las setas. Quien no confunde a la Oración en el Huerto con la Vera Cruz, por ir ambos de verde, confundirá a los de la Preciosísima Sangre con los de la Hermandad Universitaria, por ir de negro y rojo, o a los del Santo Entierro con los de la Piedad ambos de negro, estos últimos con su cruz escalonada. O los nazarenos con los de las Angustias, de ese azul turquí tan profundo que juraría que es morado, o a los de la Sagrada Cena, el Descendimiento, los de Jesús Atado a la Columna y los de Jesús de Medinaceli, Nuestra Señora de la Divina Misericordia y Discípulo Amado, que coinciden en sus capas claras. Por pudor no les diré cuántas de esas cofradías son las que yo no consigo distinguir de memoria por su atuendo, pero cada año repito en voz baja sobre la acera la misma conversación con mi esposa, preguntándole siempre lo mismo y hasta en los mismos términos, en esa dinámica conyugal que tanto se parece a la oración: Hablar sin saber realmente si el otro escucha; preguntar sin prestar atención a la respuesta.

Tiene su gracia que contemplar los pasos nos ayude a tener una actitud contemplativa y a la vez nos distraiga. El hombre que reza divaga, como divago yo continuamente en este pregón que a ratos quiere volverse oración también.

Ya sea con una actitud más pía o más curiosa, el centro de nuestra atención en las procesiones está siempre en los pasos, en esa colección formidable de cristos azotados, cargando con la cruz, crucificados pero aún vivos; crucificados y ya fallecidos; cristos que casi no se mueven y cristos que hasta vienen de Zaratán, de Bercero o, lo dije antes, de Laguna de Duero. Cristos muertos recién exhalado el último suspiro, desenclavados, en brazos de su madre y yacentes. Es extenuante la minuciosidad con que nuestra colección de tallas explora todos los pormenores de la Pasión. La espina que atraviesa el párpado; los coágulos de sangre en la espalda; incluso la huella de una bofetada. Los imagineros no nos ahorran ni un detalle. Por el contrario, el final feliz de esta historia, la Resurrección, está resuelta casi como por obligación, con una cofradía creada de las últimas, la de Nuestro Padre Jesús Resucitado, y con pasos recién estrenados que hasta parece —perdónenme— que Ricardo Flecha los talló con prisa. ¿A qué se deberá que hayamos preferido recrearnos más en la parte trágica? Decía José Jiménez Lozano en la Guía Espiritual de Castilla que “en una tierra como esta los cristos parecen morir todo el año y de siglo en siglo, sin esperanza alguna; Cristos del Barroco que son de tierra y mueren eternamente en las iglesias castellanas, en capillas oscuras, al lado de virgenes llorosas y enlutadas con el corazón traspasado de cuchillos” o como dice el poema de Unamuno: “Este Cristo inmortal como la muerte no resucita; ¿para qué? No espera sino la muerte misma”.

Uno se rebela ante este tremendismo literario aferrado a una Castilla yerma, donde la ternura de la tierra está demasiado honda, la luz del cielo demasiado alta, donde, como decía Justo González Garrido, “Plantáis un árbol y se seca, abrís una fuente y se agota, cuidáis un pájaro y se muere”.

Esta paramera de hombres inclinados con el arado sobre terrones polvorientos ya no existe. Si acaso, ahora Valladolid es más esa ciudad en la que en cada patio de vecindad brilla cada noche una luz en la ventana de un opositor. La esperanza siempre busca una luz en una ventana. No me extrañaría que se crease una cofradía de vallisoletanos que preparan oposiciones, y tendría su gracia resignificar al Cristo de la Luz llevándolo de la mañana a la noche, a la luz del flexo.

La preferencia barroca de la Semana Santa de Valladolid por centrarse en el sufrimiento se estiliza, se sofistica y se sublima en la representación del dolor supremo de la madre de Dios. “Piedad, Angustias, Dolorosa, todas son la misma rosa”, dijo De Pablos, y es imposible escapar del hecho de que a la rosa siempre le acompaña un tallo cuajado de espinas.

Permítanme detenerme un rato ante la imagen de Nuestra Señora de las Angustias, este trozo de madera de pino de Soria tallado por Juan de Juni, vaciado por dentro y pintado con estuco de cola de conejo y yeso, que cualquier día llueve y se los lleva el agua. Sabemos que el gran escultor Gregorio Fernández admiraba la obra de Juan de Juni, que había vivido antes que él. Como todos los escultores tienen ojos de dibujante siempre he sospechado que el gran maestro Gregorio Fernández, artista dotadísimo y exquisito, vivió obsesionado con ese momento de inspiración total que tuvo Juan de Juni al dejar caer todo el peso del cuerpo de la Virgen de las Angustias sobre su brazo izquierdo, la espalda ya desmayada, el hombro por delante de la cabeza. Esto no se aprecia en las fotos; ni siquiera en el bello cartel que ha pintado este año mi admirado Augusto Ferrer-Dalmau; hay que estar delante de la imagen para darse cuenta. Ese hombro adelantado y esa mandíbula descolgada concentran más sufrimiento que la talla de cualquier crucificado. Yo quiero creer que Gregorio Fernández siempre tuvo presente ese hombro forzado mientras componía sus esculturas, como una obsesión, y por eso cuando hizo su obra más perfecta, nuestro Cristo atado a la columna que es la mejor escultura de la historia de la humanidad, y no hay obra de Fidias, de Praxíteles, ni de Miguel Ángel que se la igualen, Gregorio Fernández giró la cabeza y el torso del Señor, pero hizo que sus manos no se apoyasen realmente sobre la columna, sino que se quedasen en el aire, dando la réplica perfecta y el mejor homenaje posible a Juan de Juni, y una lección inmortal a cualquier artista de cualquier disciplina: La única manera de superar una obra maestra es hacer todo lo contrario.

¿Será una coincidencia? Veo ahora que las manos del Ecce Homo que preside este acto, talla igualmente apabullante, también se cruzan sobre el pecho sin tocarlo. Tal vez todas estas reflexiones son solo fantasías de un dibujante, y me he venido arriba otra vez; perdónenme. Pero cómo no dejarse arrebatar por la belleza de estas tallas. Comparen los pasos de nuestros imagineros con la Semana Santa de otras ciudades. No tienen parangón. Es tanto el valor de nuestras imágenes que sorprende que sigan procesionando las esculturas originales. No tardarán las autoridades en obligarnos a sustituirlas por réplicas perfectas, posiblemente con razón, así que aprovechemos el privilegio que nos da el tiempo que vivimos. Diremos: Yo vi al auténtico Cristo del Perdón, el del imaginero pobre Bernardo del Rincón, arrodillado, saliendo de San Quince y Santa Julita con la cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo. En cierta ocasión a ese Cristo lo tuvieron que cobijar en su casa los cofrades de la Pasión; si hubiese pasado hoy lo haríamos patrón de los “inquiocupas”.

Diremos, yo vi un Lunes Santo al auténtico Cristo del Olvido, que se le distinguen hasta las venas, encontrarse con la Virgen de la Vulnerata en el Colegio de los Ingleses. La Vulnerata es una talla especial. Ya hace cuatrocientos veintiséis años que la guardamos mutilada y así continúa —récord absoluto de la lista de espera quirúrgica en Valladolid—, con esa extraña belleza de las esculturas rotas. Doliente estatua sin manos, por si fuese poco tener a la Dolorosa siempre con los brazos abiertos.

O diremos, yo vi al Santísimo Cristo de la Exaltación descen- diendo a las profundidades con la cofradía de la Exaltación Cruz y Nuestra Señora de los Dolores, y cruzar el túnel nuevo de Panaderos bajo las vías del tren para volver a su sede del Carmen. Es una imagen extravagante ver desaparecer en un túnel de hormigón a una cofradía que vuelve a casa de madrugada, en el conticinio, ya libre del bosque de brazos con móviles en alto de los turistas, pero a la luz de la fe tiene toda la Gracia: Cristo se mete bajo tierra en Panaderos y reaparece en las Delicias, anticipando que reaparecerá al tercer día.

¿Y qué hará el domingo Nuestro Señor Jesucristo al resucitar? Lo que haría cualquier vallisoletano: quedar con su madre en la Plaza Mayor después de misa, en una u otra terraza. No es muy evangélico, aunque San Ignacio de Loyola asegura que ese encuentro se tuvo que dar necesariamente, pero no detalla lo de la terraza, claro.

Cada Domingo de Resurrección me permito abandonar la actualidad en mi viñeta en ABC, como hacía antes en El Mundo de Valladolid, y doy rienda suelta a mi Gozo Pascual dibujando una variante de la escena de las tres mujeres ante el sepulcro vacío, asombradas mientras un ángel les anuncia que Jesús no está aquí, que ha resucitado. Echo de menos un paso que muestre este momento en nuestro relato de la Pasión y Resurrección hecho de imágenes de madera, así que lo suplo con imágenes de tinta china.

Pero tenemos a los cuatro soldados durmientes apostados en las esquinas del paso del Santo Sepulcro, tan exageradamente reclinados que su postura desnucada es plenamente humorística. Provoca una risa compasiva pensar en sus cuellos acalambrados, en el dolorido despertar que espera a esos cuatro legionarios tallados con regocijo indisimulado por Alonso de Rozas. Regocijo que hoy hago mío, porque este paso discreto de nuestra Semana Santa, tan humilde, perdido y recompuesto, regala un cierre gozoso a mi lamento inicial: ¡Empezaron ellos, esos mismos soldados romanos, riéndose para escarnecer al Señor! Pero quien ríe el último ríe mejor, y nuestra carcajada alegre ante el triunfo de Jesús Resucitado es, sin duda, la risa más amplia.

A la luz de la fe todo tiene gracia con minúscula y todo es Gracia con mayúscula.

Esto es todo: Tengan ustedes bien planchados sus hábitos; saquen brillo a sus zapatos, encarguen las flores para vestir los pasos y pasen el polvo a sus sedes. Remate cada uno su cuaresma, cocine cada cuál su potaje con espinacas o sus lentejas viudas; sus torrijas y sus hojuelas. Busquen algo para estrenar el Domingo de Ramos. Prepárense para visitar exactamente siete iglesias; rieguen esos huertos urbanos del alma que son las procesiones, participando en las que mande la regla de su cofradía, o prueben a asistir a alguna que aún no conozcan. Estén listos para encender una velita y escuchar una vez más el relato de la Salvación en la Vigilia Pascual, la historia más bella jamas contada, la más misteriosa, terrible y esperanzadora.

Y todo ello háganlo como buenos vallisoletanos, sin darnos importancia; sin descomponer el gesto ni exhibir innecesariamente las emociones; en Valladolid sabemos que guardar las formas es guardar el fondo.

Un domingo por la mañana tres mujeres de Valladolid se encontrarán a un ángel vestido de blanco en el túnel de Panaderos, o en el de San Isidro, o en el de Vadillos, que les dirá “buscáis a Jesús, el Nazareno, que fue crucificado. No está aquí. Ha resucitado. Id y decid a sus discípulos que va delante de vosotros a Galilea”. Y ellas, muy serias, muy serias pero con un brillo de júbilo en el fondo de los ojos, le responderán: “A Galilea, sí; o a Laguna de Duero”.

José María NIETO GONZÁLEZ

En Valladolid. Febrero de 2026

   

Pregón de Semana Santa


"La única voz del silencio", por Carlos Aganzo




Excelentísimo y Reverendísimo Señor Arzobispo
Excelentísimo Señor Alcalde
Señor Presidente de la Junta de Cofradías de Semana Santa
Autoridades. Cofrades. Compañeros, queridos amigos y vecinos de Valladolid.

“De Madrid, los estremos; de Valladolid, los medios”. Así decía Cervantes, por boca del licenciado Vidriera. Y aún decía más: “De Madrid, cielo y suelo; de Valladolid, los entresuelos…”. Los entresuelos, los entresijos, las entretelas. Valladolid tiene el corazón tejido con paño de oro. Paño recio sobre la piel más recia todavía. Valladolid tiene el corazón trenzado con los ñudos de la historia. Correoso en la superficie y tierno en el interior. Encencellado por fuera y ardido por dentro. Entrevelado de niebla y de nostalgia… Lo tiene siempre así, de enero a diciembre y de lunes a domingo, pero lo tiene muy especialmente cuando toca a Semana Santa.

Hoy es viernes de la cuarta semana de Cuaresma. Y el corazón de Valladolid redobla en secreto como un terremoto de interior, como un volcán escondido, porque ya tenemos a la puertas nuestra Semana de Pasión. Es tiempo de emoción contenida en el preludio del Gran Silencio.

Dicen que la Semana Santa de Valladolid es el mayor auto sacramental al aire libre que existe. Un gran drama litúrgico que se celebra, con nubes y con claros, por lo menos desde el siglo XV. Un marasmo de pasos y cofrades. Un manual callejero de arte y teología. El escenario mayor de la obra más representada de todos los tiempos: el recordatorio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. El gran drama del mundo desde hace dos mil años.
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
Y así sucede cada vez cuando la ciudad moderna, la del día a día, la del tráfago de los afanes y las horas, se hunde maravillosamente en el tiempo al llegar la Semana Santa. Regresa a su condición de antigua Corte del Reino y capital del Imperio de las Españas. Vuelve a dar a luz al rey Felipe IV en día de Viernes Santo, convirtiéndolo de inmediato en zahorí, en localizador perpetuo de aguas profundas… Un hechizo que se cumple cada año en la convocatoria de la Semana de Pasión.

Sobre aquellos primitivos pasos de cartón y lino, las tallas de madera de los grandes imagineros de la Escuela de Valladolid. Sobre las primeras recoletas procesiones en el interior de los conventos, esta gran manifestación popular en la que participan decenas de miles de vallisoletanos, y de la que disfrutan muchos centenares de miles más, llegados de todas partes al reclamo del prodigio. “El brillo callejero y la hermosura de los pasos desfilando con sus cofrades”, en palabras del cronista Teófanes Egido. 

Uno tiende a pensar, tal es el empaque de ésta entre las semanas santas castellanas, que siempre fue así, por los siglos de los siglos amén. Siempre el mismo modelo de devoción y silencio. Pero a fe que en el siglo XVII, en pleno frenesí imaginero, las procesiones de Valladolid debieron ser muy distintas. Frente al silencio del XXI, los murmullos, las voces y hasta las imprecaciones públicas del XVII. Como en las obras de Shakespeare y de Calderón, de Lope de Vega y de Molière. Gritos e improperios callejeros contra los chuscos sayones que atropellaron a Cristo. La voz del pueblo, en defecto de otras protestas menos consentidas, vertiendo su indignación en los deicidas… 

Abstraídas y solas, con los rostros y las expresiones con los que las dotaron Juan de Juni, Pompeyo Leoni o Gregorio Fernández, sin duda las imágenes principales de la Semana Santa bastarían para seguir representando, con fidelidad y verdad estremecedoras, este gran auto sacramental cristiano de Valladolid. Pero seguramente la aportación más personal de la ciudad del Pisuerga, la más teatral y sorprendente, es la de esa maravillosa colección de secundarios que actúan, en este teatro litúrgico, al lado de los protagonistas principales. Esos sayones satíricos, grotescos, caricaturescos, enojosamente parecidos a lo más feo de nuestros corazones. Esos siniestros lacayos del dolor que yo algunas veces he imaginado cobrando vida cuando nadie los mira, y actuando por su cuenta en las noches sin tiempo del Museo Nacional de Escultura, como en una pesadilla valleinclanesca…

¡De qué manera siguen siendo válidos los pasmarotes del XVII para representar los vicios y las iniquidades de los hombres reales del XXI! Como nos dice Enrique Gavilán, “Algo tan aparentemente marginal como el teatro se convierte en modo clave para entender la sociedad actual, una sociedad patológicamente teatralizada que, sin embargo, no acude al teatro. De una forma simétrica, un fenómeno en principio tan antiguo como las procesiones de Semana Santa muestra una capacidad de adaptación sorprendente a la sociedad actual, apuntando una paradoja de la condición posmoderna”.

¡Barrocos sayones posmodernos! ¡Caricato del alma corrompida!

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Pero yo no he venido hoy aquí a hablar únicamente de la viva impresión que causa en el alma el paso bamboleante de los actores de la Pasión, principales o secundarios, por las calles de Valladolid, sino también de uno de los rasgos más característicos de su Semana Santa: esa inmersión que vive la ciudad, por unos días, en el Gran Silencio. En esa “única voz” que enunciara el gran poeta chileno Gonzalo Rojas en uno de sus poemas más conocidos:
Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
todo el hueco del mar no bastaría,
todo el hueco del cielo,
toda la cavidad de la hermosura
no bastaría para contenerte,
y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
oh majestad, tú nunca,
tú nunca cesarías de estar en todas partes,
porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.
Junto a la experiencia de la contemplación de la belleza, junto a la emoción del drama, vivido en las calles de Valladolid como en el escenario de un sueño, sin duda lo que más estremece en estas procesiones nuestras, de raíz tan genuinamente castellana, es la predilección por el silencio. No silencio vacío, sino grito interior. No ausencia simple de sonido, sino presencia de la música callada, del sonido secreto que ilumina el alma y la prepara para una turbadora experiencia sensitiva. Una experiencia que bien podría expresarse con las palabras del poeta mexicano Octavio Paz, del que ahora estamos celebrando, precisamente, su centenario:
Así como del fondo de la música
brota una nota
que mientras vibra crece y se adelgaza
hasta que en otra música enmudece,
brota del fondo del silencio
otro silencio, aguda torre, espada,
y sube y crece y nos suspende
y mientras sube caen
recuerdos, esperanzas,
las pequeñas mentiras y las grandes,
y queremos gritar y en la garganta
se desvanece el grito:
desembocamos al silencio
en donde los silencios enmudecen.
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
Mucho tienen que ver en esta elección del silencio los cofrades y las cofradías y hermandades de Valladolid, su abolengo de recia urdimbre en las asociaciones más viejas, las de los siglos XV y XVI, pero también en las nuevas, las que surgieron en el siglo XX a raíz del impulso del arzobispo Gandásegui, auxiliado en su afán semanasantero por el arquitecto Juan Agapito y Revilla y por el director del Museo Provincial de Bellas Artes (hoy Museo Nacional de Escultura) Francisco de Cossío.

Asociaciones de hermandad y de amor fraterno. Cofradías de sangre y de luz que se han forjado buscando la identidad colectiva, el sentimiento vivo de pertenencia al grupo, la necesidad de convertir las vivencias personales en vivencias colectivas. Ésa nueva familia que hace del amigo, hermano; del vecino, cofrade. “Uno de los nuestros”. Sin necesidad de más palabras.

Hablar en Valladolid de cofradías es hacerlo de la Vera Cruz, nacida en el siglo XV en el seno de la orden franciscana, y recordar en silencio una vez más, como cada año, la vieja historia de Santa Elena, la madre del emperador Constantino, que hizo demoler en el año 326 el templo de Venus que se había levantado en el monte Calvario para buscar los restos de la verdadera cruz de Jesús. La madera santa que devolvió a la vida a un hombre muerto cuando la emperatriz madre hizo colocar el cadáver sobre ella, para obligarla a manifestar su autenticidad. ‘La leyenda dorada’ de Santiago de Vorágine, que permitió rescatar del olvido el trágico madero de la tortura y la muerte del Hijo del Hombre en el Gólgota, allí donde los romanos habían instalado el patíbulo, sobre los restos de la vieja cantera abandonada…
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
Como hablar en Valladolid de cofradías es hacerlo de la Orden Franciscana Seglar, de la Venerable Orden Tercera, de la Cofradía Penitencial de la Sagrada Pasión de Cristo, fechada de 1531; y de la Ilustre Cofradía Penitencial de Nuestra Señora de las Angustias, de 1536; y de la Muy Ilustre Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, de 1578; y de la Cofradía Penitencial de Nuestro Padre Jesús Nazareno, de 1596… Y de las que se sumaron a éstas, después de pasar la Semana Santa por la decadencia del siglo XVIII y de vivir un tibio renacer en el XIX, a partir del gran impulso de los años veinte de la vigésima centuria: las Siete Palabras, la Preciosísima Sangre, Jesús Atado a la Columna, Santo Entierro, Oración del Huerto y San Pascual Bailón, Descendimiento y Santo Cristo de la Buena Muerte, Sagrada Cena, Santísimo Cristo de la Luz, Santísimo Cristo Despojado, Cristo Camino del Calvario y Nuestra Señora de la Amargura, Santo Cristo de los Artilleros, Exaltación de la Santa Cruz y Nuestra Señora de los Dolores, Santo Sepulcro y Santísimo Cristo del Consuelo, Jesús Resucitado, María Santísima de la Alegría y las Lágrimas de San Pedro y Discípulo Amado y Jesús de Medinaceli.

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Ya he dicho antes que en Valladolid no es posible mirar con aprovechamiento todo este museo vivo, teatral y callejero si no lo hacemos con verdaderos ojos de amor y de silencio. Entrar de verdad en la Semana Santa de Valladolid es entregarse a la contemplación pura, y descubrir entonces la belleza conmovedora de las imágenes que concibieron para la ciudad los imagineros de la escuela castellana, a través de estos 59 pasos que contienen las tallas de mayor valor artístico del mundo. Ya he dicho también que en un primer momento las figuras eran de cartón, de papelón como se decía entonces, pero progresivamente, hasta convertirse en única, la flor de la imaginería se fue centrando exclusivamente en la madera. Las imágenes se llamaron tallas y los imagineros entalladores. Maestros de la gubia y el buril, del mazo y el cincel, que levantaron sus talleres rodeados de carpinteros, pintores, estofadores, doradores… Olor a viruta y a serrín, a madera perfumada, que todavía evoca, a través de los siglos, el oficio eterno del padre de Jesús…

Las extraordinarias figuras humanas que Miguel Ángel sacaba de un bloque de mármol, ignorante el bloque de la maravilla que contenía dentro, las sacaron en Valladolid de la madera los grandes imagineros de los siglos XVI y, sobre todo, XVII. “Yo que crecí dentro de un árbol / tendría mucho que decir, / pero aprendí tanto silencio / que tengo mucho que callar”, escribió Pablo Neruda, como si estuviera pensando en una figura, cualquiera de ellas, de las que desfila por la Semana Santa de Valladolid.

Muchos y muy buenos son los imagineros de Valladolid. Pero yo confieso que tengo una cierta debilidad por Juan de Juni y por su talla de Nuestra Señora de las Angustias, a la que tuve el privilegio de ver coronar canónicamente en esta catedral en el año 2009. La mujer que es modelo de todas las mujeres. La angustia que es madre de todas las angustias. “Juan de Juni hinventor”. Juan de Juni que está sepultado en el convento de Santa Catalina de Siena de Valladolid. Juan de Juni que fundó, al lado de Alonso Berruguete, el maestro del dolor, la gran Escuela Castellana de escultura.
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
No sé si a Juni se le aparecería la Virgen como se le apareció Jesús a Gregorio Fernández para servirle de modelo místico. Tampoco sé si, para sacar de la madera el bellísimo rostro de su capitana de la angustia, Juni se inspiró en las dulces madonnas italianas o si , como dicen, lo hizo en el rostro de su propia hija agonizante. Pero sí sé que esta mater dolorosa rompe el corazón más duro cuando se la ve pasar, la noche del martes santo, buscando a su hijo por la calle de la Amargura, en una de las procesiones más emocionantes del programa vallisoletano. Cuando se la contempla en silencio o cuando en silencio se lee el bellísimo poema que escribió para ella Gerardo Diego:
Dame tu mano, María,
la de las tocas moradas;
clávame tus siete espadas
en esta carne baldía.
Quiero ir contigo en la impía
tarde negra y amarilla.
Aquí, en mi torpe mejilla,
quiero ver si se retrata
esa lividez de plata,
esa lágrima que brilla.
Déjame que te restañe
ese llanto cristalino,
y a la vera del camino
permite que te acompañe.
Deja que en lágrimas bañe
la orla negra de tu manto
a los pies del árbol santo
donde tu fruto se mustia.
Capitana de la angustia:
no quiero que sufras tanto.
El gran Juan de Juni, maestro del XVI a cuyo lado hay que situar inmediatamente, ya con un pie en el XVII, al no menos grande Pompeyo Leoni, el retratista del césar Carlos, el autor del espectacular Cristo de las Mercedes, protagonista del paso ‘En tus manos encomiendo mi espíritu’, que desfila con los hermanos de las Siete Palabras. Y enseguida a Francisco del Rincón, el introductor de Gregorio Fernández en la corte de Felipe III, el protegido del duque de Lerma, cuya huella se intuye en el Cristo de los Carboneros, quizás en el de las Batallas…

Buscando en su corazón, buceando en el silencio de una noche de insomnio y adivinaciones, el gran Gregorio Fernández encontró el rostro exacto de Jesús, y lo dejó para siempre Atado a la Columna, en una de las piezas más bellas de la imaginería española de todos los tiempos. “¿Dónde me viste que tan bien me retrataste?”. En sus extraordinarias lecciones de anatomía, en la expresión auténtica que confieren a sus imágenes los ojos de cristal, las uñas y los dientes de marfil, el sudor de la resina, el corcho de los coágulos de sangre, las coronas de espina naturales que él mismo trenzaba y colocaba sobre su nueva criatura como signo de que la había terminado… en todas estas cosas, y en alguna más, Gregorio Fernández le da a Valladolid lo que Valladolid necesitaba para su Semana Santa: un verismo dramático que pone los pelos de punta; una reconstrucción sensible de la oscura belleza del dolor; una piedad profunda del hombre ante los despojos lacerados de su condición humana… Nadie como él supo retratar a Jesús mortificado, pero tampoco salió de ningún otro taller, como del suyo, una colección de personajes secundarios, los impresionantes sayones de la Semana Santa de Valladolid, que por sí solos bastarían también para explicar por qué no existe ninguna otra semana de Pasión como ésta. Personajes que, queriendo o sin querer, son un trasunto de las gentes de aquel Valladolid popular del XVII, rostros de labriegos y escribanos, de mercaderes y arrimeros a la Corte de un Imperio que, desde su cenit, empezaba ya a desmoronarse por la cuesta de los siglos. Actores de reparto que en sus expresiones, en sus modos, en sus ademanes, llevan también esa carga un poco tosca, un poco salvaje pero tremendamente significativa, de los personajes de las novelas de Miguel Delibes. Toda la grandeza y la miseria de la Castilla ancestral…
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
Perdidos en el silencio de la noche vallisoletana, por las calles de la historia desfilan su Cristo de la Caña, su Jesús con la Cruz a cuestas, su Cristo de Laguna, su Cristo del Amparo, su Cristo del Consuelo, pero sobre todo sus dos obras maestras para mí, el Cristo Yacente de 1634, el que se custodia en la iglesia de San Miguel y San Julián y desfila con la Cofradía del Descendimiento, único en su género y que sigue encerrando un misterio que nadie ha sabido todavía resolver, y el extraordinario Cristo de la Luz, del que he tenido el honor en su día de ser su pregonero. “Hay una luz que empieza en la misma frontera de las tinieblas del hombre, y que nos deja vivir en la esperanza aún en los momentos más oscuros”, me dijo silenciosamente cuando pasé, encerrado con él a solas en la capilla del palacio de Santa Cruz, una de las horas más estremecedoras de mi vida.

Eso sí, para quienes pensaban que el de Sarria sólo supo entenderse con los rostros de Cristo y sus verdugos les diré que se equivocan. Basta mirar la mirada de la Quinta Angustia, deshecha en su piedad con el hijo muerto en los brazos, para comprobarlo. O la cara de la Dolorosa de la Vera Cruz, sobre la que escribió Bosarte: “El rostro es de tal belleza que si los ángeles del cielo no bajan a hacerla más bella de manos de hombre no hay más que esperar”. No me extraña que, copiándola, la hayan querido tener en su casa las carmelitas de Medina de Rioseco.

El sayón de la trompeta, que desfila formando parte del paso Camino del Calvario, parece estar anunciando a bombo y platillo este gran teatro sacramental que Gregorio Fernández talló para la ciudad de Valladolid. Después, en sus Descendimientos, asistimos atónitos al despliegue de toda esa dramaturgia silenciosa que caracteriza la Pasión vallisoletana. Crucificado a causa de sus pecados, en el buen ladrón que acompaña a Jesús en los últimos momentos de su vida puso el imaginero el rostro del valido del rey Felipe, que no quiso pagarle a tiempo lo que le debía por sus trabajos en la Colegiata de Lerma. Hasta en eso la historia, terne y caprichosa, se resiste a marcharse de las calles de la ciudad del Pisuerga.

También en el XVII, siguiendo la estela del gallego, nuevos virtuosos de la imaginería que contribuyeron a consolidar la expresividad y la fuerza de la Escuela Castellana, desde Francisco Fermín hasta Juan de Ávila y su hijo Pedro, pasando por Andrés de Solanes, Francisco Díez de Tudanca, Alonso y José de Rozas, Juan Antonio de la Peña y Bernardo del Rincón, nieto de aquel Francisco del que dicen que pudo realizar, codo con codo con Gregorio Fernández, el espectacular paso de la ‘Elevación de la Cruz’.

No faltaron en el XVIII manos como las de Pedro de Sierra y Claudio Cortijo para seguir dándole a la madera los gestos, los rostros, las emociones de la Pasión de Jesús. Hasta enlazar con los maestros contemporáneos, que tomaron la herencia de los grandes imagineros barrocos y renacentistas y la hicieron suya para emprender una nueva etapa, la del siglo XX, de la Semana Santa de Valladolid: ellos son Juan Guraya, José Antonio Hernández Navarro, Miguel Ángel González Jurado, Miguel Ángel Tapia, Ricardo Flecha. Genaro Lázaro Gumiel, Francisco Fernández Enríquez, José Antonio Saavedra o Leocricio Rodríguez de Monar.

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Grandes momentos estelares tiene la Semana Santa de Valladolid. Empezando por este pregón solemne de la catedral, que tan nombrados pregoneros ha tenido en su trayectoria. Es un honor inmenso formar parte de esta nómina.

Continuando por el soneto y el sermón de las Siete Palabras, en cuya celebración tuve la fortuna de poder participar el año pasado. Septem Verba, decía el soneto que llamaba a recordar las siete últimas palabras de Jesús en la Cruz. Siete Palabras de nuestra Semana Santa, por cierto, que yo descubrí una vez, cuando ni siquiera soñaba con venir a vivir a esta ciudad, en la película ‘Una muchachita de Valladolid’, de Luis César Amadori, del año 1958. Es difícil expresar lo que uno siente cuando escucha de labios de Álvaro, el jinete pregonero, declamar esta llamada a los vallisoletanos que recorre las calles de la ciudad, desafiando la lluvia, el frío, las inclemencias del tiempo y los zarpazos de la modernidad.
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
Grandes momentos, momentos muy especiales, que se viven en cada una de las procesiones cuando sobre el fragor del día surgen ya los atardeceres y los recogimientos, cuando la noche va penetrando nuestro ser con su velo de misterio, cuando las calles de la ciudad, oh prodigio, se van convirtiendo en calles sin tiempo, en calles de la pasión y de la historia, en calles que son escenario vivo de un oficio de tinieblas sobre el que se escenifica la Pasión de Jesús.

Ésta es, sobre todo y ante todo, la virtud de la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor que, cada Viernes Santo, representa en Valladolid, con una fidelidad y un detalle que no existen en ninguna otra Semana Santa, cada uno de los capítulos del prendimiento, el martirio, la muerte y la resurrección del Hijo del Hombre. Un testamento nuevo y vivo, agitado en su deambular callejero por las calles de un Valladolid percutido por el silencio, que alcanza cotas de expresividad inusitadas. Y que lo hace con esta vocación al menos desde 1810.
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
Lo que no hemos visto en el resto de las procesiones, se completa con el muestrario de la Procesión General. Y entre todas ofrecen el relato más fidedigno de aquel suceso. Inmediatamente después de la entrada en Jerusalén a lomos de la Borriquilla, con las únicas piezas de papelón que todavía perviven de la antigua usanza, enseguida comienza la Sagrada Cena, y al cabo de ella la noche del insomnio y el desasosiego, la Oración del Huerto. Fue por la primavera, una primavera como ésta, si bien en otro espacio y otro tiempo, cuando Jesús le pidió a su padre que apartara de él el cáliz del suplicio. Sin conseguirlo. Por la primavera fue, como nos canta Carlos Murciano en su poema, cuando con el beso del Iscariote se fraguó la traición de Jesús.
Fue por la primavera. Un viento anochecido
empujaba la pompa de jabón de la luna.
El Cedrón susurraba como niño dormido.
Getsemaní crecía su aceituna.
Fue por la primavera. El olivar bebía
la clara madrugada.
Dios oraba y gemía
a Dios, sobre la tierra ensangrentada.
Se alzó. Como una paloma de amargura,
como un junco moreno y vacilante.
- ¿Duermes Simón? Temblaba de dulzura,
temblaba de ternura su semblante.
Luego dijo: -Es la hora-. Volvió la frente al cielo
y adelantó unos pasos por ver al que venía.
Se oyó: -Salud, Rabí-. Rodó un beso hasta el suelo.
Judas tocó sus labios y ya no los tenía.
Jesús puso sus manos para que las ataran.
La luna ocultó en nube su lágrima primera.
Y mientras que dejaba que lo crucificaran
once sombras huyeron su amor por la ladera.
A partir de aquí, todo fue un terrible camino de dolor, que terminó con la muerte de Jesús en la vera cruz del suplicio. Y Valladolid nos lo cuenta, recogida sobre si misma, como un clamor mudo sobre el que desfilan, uno tras otro, los fotogramas de la tragedia. En primer lugar, el Prendimiento, y la oreja de Malco cortada por la espada de Pedro; después la Flagelación del Cristo atado a la columna. Hay un momento detenido, justo antes de la tragedia, que en Valladolid se retrata de manera muy singular. En el paso ‘Preparativos para la Flagelación’, José Antonio Hernández Navarro presenta a Jesús, con su cuerpo todavía intacto, en el instante preciso en el que se va a iniciar el drama; aunque es la serenidad en el rostro, en los gestos, lo que predomina en la escena, si lo miramos bien en los ojos del reo ya se dibuja el tormento que vendrá después. Casi como lo describe el poeta Pedro Miguel Lamet en su poema:
Ahorradme las palabras, habría dicho.
¿Puede el fuego guardarse en una arqueta?
Despojad de artificio este milagro
de Hombre en despedida.
Y quedaron sus manos en un gesto
de cascadas y mar en precipicio,
un cosmos encerrado en una hogaza
que se parte en silencio.
Dos manos que aún estaban casi intactas.
Tras el azote con el astrágalo vienen el sarcasmo del Ecce Homo, la humillación pública del Rey de los Judíos, la reducción del Dios a las más bajas condiciones del Hombre. Tal como se retrata en los pasos ‘El Señor Atado a la Columna’, ‘Nuestro Padre Jesús Flagelado’, ‘El Azotamiento del Señor’ y ‘Ecce Homo’… Y las ‘Lágrimas de San Pedro’, arrepentido de haber negado a Jesús hasta tres veces antes de que cantara el gallo.

A continuación viene el Nazareno, el condenado a cargar con su propia cruz, el símbolo eterno del hombre que camina a cuestas con su sufrimiento. Por tradición familiar, porque mi padre ya cantaba en su iglesia de Madrid, Jesús de Medinaceli tiene para mí un significado especial. Lo he visto desfilar, solo y deshabitado, por las calles de un Madrid inusualmente congelado frente al tráfago, envuelto en un misterioso halo de silencio, entre la majestad y la derrota. En la casa de mis abuelos, cuando yo tenía cinco años, un Jesús de Medinaceli en blanco y negro me miraba, me colocara donde me colocara en la habitación, antes de irme a acostar. ¡No había manera de sustraerse a su mirada! Y ahora lo veo incorporado, con toda su larga historia de pérdidas, esclavitudes, vejaciones y recuperaciones, incorporado con enorme naturalidad a las procesiones de Valladolid. Con la misma emoción. Con el mismo silencio contenido. Con la misma pequeñez grandiosa del Dios apocopado en Rey; del Rey apocopado en Hombre; del Hombre apocopado en víctima del hombre.

Con la cruz a cuestas y la corona de espinas camina Nuestro Padre Jesús Nazareno, y Nuestro Padre Jesús con la Cruz a Cuestas, ambas de nítida escuela castellana. ‘Camino del Calvario’, en las versiones barroca de Pedro de la Cuadra y contemporánea, de Miguel Ángel González Jurado, la derrota y el desfondamiento de Jesús son inminentes.
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
También aquí Valladolid se toma su tiempo para desplegar, con todo lujo de detalles, las escenas principales de la Pasión. Con los ‘Preparativos para la Crucifixión’, nos ocurre como con los ‘Preparativos para la Flagelación’. Antes del drama final, el autor suspende caprichosamente el tiempo, despliega ante nuestros ojos el muestrario de los protagonistas de la tragedia, y anticipa el momento fatal en el trajín de los preliminares… La crónica de una muerte anunciada, en el mejor estilo narrativo de este gran auto sacramental vallisoletano. La barrena y el redopelo. Las patillas sainetescas de los sayones… Enseguida, el Cristo Despojado de su túnica, el paso de la Humanidad de Cristo. Y la trágica Elevación de la Cruz, que es pura construcción escénica del retablo donde se va a desarrollar la tragedia.

Y a partir de ahí la cruz, y sólo la cruz. Una desgarradora colección de cristos vivos –el de la Agonía, el de la Fe, el del Calvario-; de cristos que se encuentran en el límite entre la vida y la muerte –el del Monte Calvario, el del Humilladero-, y de cristos que han entregado ya definitivamente su alma al padre, penetrando penosamente en el mundo de las tinieblas, en busca de otra luz –el de la Buena Muerte, el de las Cinco Llagas, el de la Exaltación, el de la Preciosa Sangre, el del Olvido, el del Consuelo, el de los Carboneros-.
La cruz y, como no podría ser de otra manera en una Semana Santa como la de Valladolid, un detenimiento concienzudo en las Siete Palabras. Un paso con cada palabra y cada palabra en su paso. ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’, con el Cristo de los Trabajos; ‘Hoy estarás conmigo en el paraíso’, con el Cristo de las Batallas; ‘Madre, ahí tienes a tu hijo’, con el Santo Cristo del Amparo; ‘Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado’, con su Cristo de autor anónimo del XVI; ‘Sed tengo’, con todo el teatral aparejo con el que concibió Gregorio Fernández la escena de la esponja de hiel, incluidos los sayones que se juegan la túnica de Jesús a los dados; ‘Todo está consumado’, con su magnífico Cristo barroco, y ‘En tus manos encomiendo mi espíritu’, con el espléndido Cristo de las Mercedes. Una extraordinaria parábola imaginera sobre el abandono de Jesús en los últimos instantes de su vida. Como lo dice el poema ‘Un Hombre solo’:
Dime dónde están ahora
aquellos que gritaban
mi nombre entre las palmas.
Dónde cuando el dolor
de la traición y el engaño
se fue llagando en mi frente
como corona de espinas.
Cómo es que dejaron sola
a mi madre, al amigo
para mí más querido,
aquel que reposaba ayer sobre mi pecho
con dulzura de ángel
y hoy va deshabitado,
apartando a su paso calaveras
en este oscuro Gólgota
de los desengañados...
¿Cómo has podido, padre,
dejarme aquí tan solo,
oyendo únicamente la voz de los soldados
que se juegan mi túnica,
y ese sordo lamento
de los que esperan la muerte
sin remisión posible?
¿Por qué si me trajiste
aquí como el heraldo
más alto de tu templo?
¿Por qué si tuve entera
Jerusalén a mis plantas,
si me amaban los niños,
si tenía la dulce sonrisa de María
envuelta en la pomada
que alivia las tristezas del camino;
si hubo doce leales
que partieron conmigo
el pan de la concordia?
¿Por qué este aliento amargo
de hiel que hay en mi boca
rota de ángel caído?
Tanto dolor de Dios
para un hombre tan solo.
Jesús ha muerto. Y aunque ha prometido regresar a la vida después del tercer día, por el momento todo en Valladolid es dolor y negrura. Derrota y abatimiento en el Descendimiento, como lo retrata en ese extraordinario cuadro escénico, pleno de movimiento, Gregorio Fernández: Nicodemo y José de Arimatea en lo alto de la cruz; un revuelo de túnicas agitadas por el dolor entre la madre, el discípulo predilecto y María Magdalena; el toque del autor con el soldado que desclava los pies del crucificado. Y la memoria popular del reventón… Enseguida va Cristo de la Cruz a María, con José de Arimatea tal como lo concibió José Antonio Saavedra. Y todos los rostros trágicos de la madre del dolor: la Quinta Angustia, la Amargura, los Dolores… Nuestra Señora de las Angustias y de la Vera Cruz.
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
Cristo crucificado ya es Cristo Yacente. Y desde el Gólgota, un camino de espinas se despliega hasta el Santo Sepulcro. Allí, en la sepultura de Jesús, tiene lugar esta escena que hoy tenemos junto a nosotros, amorosamente custodiada, adornada y paseada cada año por la Cofradía del Santo Sepulcro y Santísimo Cristo del Consuelo, cuyo origen se remonta a la Asociación Josefina, que fundaron los carmelitas descalzos, devotos como son de San José y de la Sagrada Familia, a principios de 1897. Cristo del Consuelo y Virgen de la Alegría, memorias de la luz en el momento más oscuro del túnel de la soledad.

Jesús duerme en su lecho de oro, esperando el momento de renacer a la vida. “Los sumos sacerdotes y los fariseos –nos dice San Mateo-, fueron juntos a Pilato y le dijeron: Señor, nos hemos acordado de que ese seductor dijo cuando aún vivía: A los tres días resucitaré. Manda asegurar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, lo roben y digan al pueblo: Ha resucitado de entre los muertos, y el último engaño sea peor que el primero. Pilato les dijo: Tenéis guardias, id y aseguradlo como creáis. Ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y montando la guardia. Pasado el sábado, al rayar el alba, el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. De pronto hubo un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo, se acercó, hizo rodar la losa del sepulcro y se sentó en ella. Su aspecto era como un rayo, y su vestido blanco como la nieve. Los guardias temblaron de miedo y se quedaron como muertos”.

Aquí tenemos a los ángeles, tallados por la mano de José de Rozas en 1696, y a los soldados, tallados por su padre, Alonso de Rozas, dieciséis años antes, de acuerdo con los predicamentos de la escuela de Gregorio Fernández. Una escena que nos sume de nuevo en el más absoluto silencio, hasta escuchar en nuestros oídos la música lejana del poema de Emily Dickinson ‘Veo junto a mí los sepulcros grises’:
Al partir del fulgor de esta vida
nuestro último deseo se mezcla con el tuyo
y lucha y se afana para seguir
con ojos nublados tu querida faz.
(…)
Mejor es que tu amoroso pecho
nos dejes reclinar en eterno descanso,
o despertar para compartir contigo
una misma inmortalidad.
Es la hora de esperar el milagro. El único desenlace posible a la sucesión de tanto dolor, de tanta aberración humana, de tanta intemperie como hemos visto… Es la hora de mirar con los ojos del corazón, de hablar con Dios con las palabras del silencio. “Si hablar quieres con Dios, a este horizonte viajero acudirás”, decía Francisco Pino refiriéndose a la llanura mística de Castilla.

Porque el ejercicio de la mística, créanme ustedes, no es sólo el privilegio de hombres y mujeres que traspasaron los fuertes y las fronteras de lo posible y lo imposible, como hicieron Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. La necesidad, la oportunidad de hablar, de comunicarnos con Dios es una condición fieramente humana. Aunque a veces creamos que lo único que hacemos es hablar con nosotros mismos. Con Dios habla el que mira el mar con ojos de silencio. Habla con Dios el que se llegó a la montaña y sube sendero arriba escuchando las secretas voces del silencio. Con Dios departe el que corta el rosal en el huerto interior de su casa y se arrebata y se pierde en los sonidos del silencio. “Quien habla solo espera / hablar a Dios un día”, decía don Antonio Machado.

Para mirar bien las cosas, para alcanzar de ellas su significado profundo, hay que saber mirarlas con silencio. Es decir, sin ruido, sin interferencia, sin exceso de connotación. Hay que vaciarse, como el cuenco místico, para volverse a llenar después con lo que de verdad es importante. Hay que quedarse sordo para poder escuchar la sutil melodía de la música callada, el deleite de la soledad sonora, lo que sólo puede mirarse con ojos de silencio. Misterium tremendum, escribe Guardini en su ‘Meditación sobre el silencio’: “Ser silencioso es no hablar. Pero, pensándolo bien, se advierte que el silencio es todo lo contrario de la nada: es plenitud de vida”. O Tersteegen: “¡Señor, habla Tú solo / en el profundo silencio! / A mí en la oscuridad”.
Como ánfora, decías,
llena con el vacío de los sueños.
Más y más el desierto
hasta dejar colmada
la vasija del alma.
Un agua silenciosa
que se trasvasa lenta,
inexorablemente,
desde el ser a la nada.
Más menos de mí, más del silencio.
(…)
Creo que es ahora cuando suena en mis oídos
la voz de la no música,
la única canción
que mejora el silencio.
No tiene vibración y no respira.
Rehúye los paisajes melodiosos
y no guarda compás.
Es la pura armonía del silencio sonando
desde dentro y hacia dentro.
El silencio que viene del silencio.
Contemplar la belleza nos redime. Y la belleza de las imágenes que desfilan, una tras otra, en la Procesión General, sin duda nos ayuda a interpretar mejor este gran conflicto que el mundo de la cristiandad trata de resolver cada Semana Santa. Pero la belleza no está sólo en las deslumbrantes maneras del Barroco, en la impronta de sus imágenes, en el hechizo radical que las imágenes de los hombres, en su divinidad como en sus más bajas pasiones, siguen ejerciendo sobre los otros hombres. A veces la belleza está en el puro signo. En la contemplación silenciosa de la verdad interior: aquello que nos cuentan, en su despojamiento, la Santa Cruz desnuda, de Francisco Fernández de León, o la Santa Cruz, a secas, que la humildad de los franciscanos de la Venerable Orden Tercera pasean el jueves y el viernes santo.

Sobre la cruz de Jesús, la sombra de la muerte. Pero también los brotes nuevos, intuidos con emoción, del árbol de la vida. La prueba definitiva del alma ante la inexistencia, como en el desgarrador poema de Emily Dickinson ‘No es cobarde mi alma’:
No es cobarde mi alma.
No tiembla ante la atormentada esfera del mundo.
Veo cómo brillan las glorias del cielo,
y cómo brilla mi fe que el temor me defiende.
Oh Dios que estás en mi pecho,
poderosa deidad siempre presente,
oh Vida que en mí descansas,
como yo, Vida Eterna, descanso en ti.
Vanas, del todo vanas,
son las miles de creencias
que mueven el corazón del hombre,
inertes como juncos marchitos,
inútiles como la espuma del ancho mar,
para despertar en algún alma la duda
asida tan fuerte por la infinitud,
con tanta fuerza anclada
en la segura roca de la Inmortalidad.
En un amplio abrazo de amor
tu espíritu anima años sin fin,
y allá arriba reina y medita,
cambia, sostiene, disuelve,
crea y da vida.
Aunque la tierra y la luna desaparecieran,
los soles y universos dejaran de existir
y tú te quedaras solo
toda existencia estaría en ti.
No hay lugar para la muerte,
ni átomo que su poder haga inútil,
puesto que tú eres el aliento y la vida,
lo que tú eres nunca se podrá extinguir.
Nuestro gran auto sacramental, nuestra memoria viva del silencio, toca a su fin. Al cabo de tanto dolor y tanta muerte, de tanto ir y venir hasta el extremo del sentido, al final la lengua de las campanas nos anuncia que Jesús ha resucitado. El Resucitado de Ricardo Flecha se encuentra con Nuestra Señora de la Alegría, de Miguel Ángel Tapia, y lo que hace tres días era separación, desgarro por la vida que se arranca de cuajo, hoy es reencuentro feliz. Ya no se celebra, como antaño con gran predicamento, la fiesta del Sudario, en los días siguientes al domingo de Resurrección, pero mientras el silencio abandona ya sus últimos cuarteles y el bullicio apunta, una vez más, a las calles de Valladolid, María se lleva la mano al pecho, y respira muy hondo la trasparencia del aire.
'La única voz del silencio', por Carlos Aganzo
Valladolid del silencio, Valladolid del corazón ardido, Valladolid de la noche oscura del alma contempla alucinado el milagro. Y la ciudad se hace toda transparencia. Lo mismo que sucede en el maravilloso poema de José Ángel Valente, con el que pongo fin a este pregón: ‘Muerte y Resurrección’
No estas tú, estaban tus despojos.
Luego y después de tanto
morir no estaba el cuerpo
de la muerte.
Morir
no tiene cuerpo.
Estaba
traslúcido el lugar
donde tu cuerpo estuvo.
La piedra había sido removida.
No estabas tú, tu cuerpo, estaba
sobrevivida al fin la transparencia.

Laus Deo

Valladolid, 4 de abril de 2014
Juan Carlos Fernández Aganzo, más conocido como Carlos Aganzo es un poeta, escritor y periodista, director del diario El Norte de Castilla desde 2009.

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