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Señal de Jonás o simplemente síndrome



Mi interés por los profetas de la Biblia lo inoculó un hombre que fumaba en pipa y murió antes de tiempo; jesuita y profesor en Comillas, tiene dedicada una calle en Aguilar de Campóo, Palencia. Luego, una mujer me lo acrecentó con su forma de leer e interpretar el Libro, descubriendo en las pequeñeces de los grandes relatos la acción misteriosa/cercana del Dios creador y amador. Así pues, les debo a ambos, Goyo Ruiz y Dolores Aleixandre, una “cierta manía” a tamizar hechos y situaciones por las que paso, o que me sobrepasan, con las personas y los escritos de los profetas de la Biblia.
No es que me haya especializado en el profetismo de Israel, qué más hubiera deseado. En realidad no lo soy en nada. Así que… pobre seguro. Pero con frecuencia me descubro adosando a-reflexivamente a determinadas circunstancias el perfil o las características de alguna o de varias figuras del amplio colectivo profético. Lo que para mí es una suerte de riqueza.
De esta manera, no se me ocurre otra cosa que pensar de quienes están a la contra de Francisco papa por su exhortación apostólica postsinodal La alegría del amor que algo tienen de Jonás, el extraño profeta al que se lo tragó una ballena. Tres días, con sus noches, pasó en la panza del enorme pez, los mismos días con sus correspondientes noches que ese conjunto de personas que ahora airean sus controvertidas e inquisitoriales preguntas a Francisco deberían pasar en silencio meditativo y “obsequioso”.
Pero esto solo es una recomendación que les sugeriría; su actitud y sus intenciones necesitan a mi modo de ver algo más contundente. Esos cardenales, obispos y gentes de iglesia que aparecen en los medios firmando escritos públicos, en forma de carta o de manifiesto, en los que se pone en duda o directamente se acusa al obispo de Roma de contravenir la doctrina de la Iglesia Católica, están tocados por lo que yo llamaría el “síndrome de Jonás”.
La expresión “la señal de Jonás” es utilizada por Jesús en los evangelios en una confrontación abierta con quienes le exigen una señal del cielo para demostrar la autoridad de su misión. Ante ellos dice: «Esta generación perversa y adúltera exige una señal; pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás». Mateo (12, 39; 16, 4) y Lucas (8, 29), los evangelistas que la transmiten prácticamente al pie de la letra, parecen no coincidir en lo que signifique teniendo en cuenta sus diferentes conclusiones. Sigue siendo para los investigadores un misterio a desentrañar, aunque supongo que andarán muy cerca de dar con el quid del asunto.
“Síndrome de Jonás” es una expresión que utilizó el papa Francisco en su homilía durante la Eucaristía del 14 de octubre de 2013 en la casa Santa Marta. Según sus propias palabras: “Hay una grave enfermedad que amenaza hoy a los cristianos, el «síndrome de Jonás», aquello que hace sentirse perfectos y limpios como recién salidos de la tintorería, al contrario de aquellos a quienes juzgamos pecadores y por lo tanto condenados a arreglárselas solos, sin nuestra ayuda. Jesús en cambio recuerda que para salvarnos es necesario seguir el «signo de Jonás», o sea, la misericordia del Señor”.
Jonás se negaba a ser el instrumento de Dios que comunicara la misericordia a los paganos. Por eso huyó. Dios revela que su misericordia y salvación no está ligada ni al arrepentimiento ni a la penitencia de nadie. Por eso no le importa parecer que se desdice o se contradice. Al fin y al cabo nos conoce de sobra a los seres humanos y sabe cómo solemos tergiversar sus cosas.
En fin, que la lección está ahí, bien clarita, para quien quiera aprenderla. Y yo, ahora, me limito a poner en antecedentes a quien se considere lego en la materia y quisiera más información.
El libro de Jonás es una pequeña historia que se narra en la Sagrada Escritura con este título, que está colocado entre los doce llamados profetas menores, –detrás de Abdías y antes que Miqueas–, y que es muy breve, pero muy enjundioso.
El resumen podría ser según Vincent Mora en Cuadernos Bíblicos nº 36 de la editorial Verbo Divino:
Una película bien llevada
En cuatro capítulos cortos, el libro de Jonás nos cuenta la historia seguida de un tal Jonás, a vueltas con una misión divina.
Este relato se descompone con bastante facilidad en seis episodios:
Primer episodio: la huida de Jonás (1, 1-3)
Jonás es un judío de Palestina a quien un buen día Dios envía a predicar a Nínive. En el mensaje que Jonás tiene que llevar a Nínive se adivina una amenaza mal disimulada. Por eso Jonás tiene pocas ganas de ir a predicar a Nínive. Toma la dirección opuesta y se embarca hacia Tarsis. Pero ¿es posible escaparse tan fácilmente de Dios?
Segundo episodio: la tempestad (1, 4-16)
Dios provoca una tempestad. El barco de Jonás se ve en peligro; los marineros se agitan, mientras que Jonás duerme en la bodega. Pero se descubre al culpable. Jonás confiesa su religión y señala el remedio para salir del paso: que lo echen al mar. Los marineros intentan primero zafarse del asunto. Es inútil. Se ponen entonces en manos del Dios de Jonás y Jonás se ve arrojado al mar.
¿Misión terminada? ¡No!
Tercer episodio: salvamento de Jonás (2, 1-11)
Apenas cae al agua Jonás, Dios hace que un pez gigantesco se trague a su profeta; el monstruo lo lleva tres días con sus noches en su vientre -¡tiempo que aprovecha Jonás para componer un salmo!- y finalmente lo vomita en la playa (2, 11),
Hemos vuelto al punto de partida. ¿Misión fallida? ¡No! El film continúa. La misión de Jonás tiene que realizarse.
Comienza la segunda parte.
Cuarto episodio: misión renovada (3, 1-4)
La palabra de Dios se dirige de nuevo a Jonás y esta vez Jonás obedece.
Quinto episodio: episodio central (3, 5-10)
¡Liturgia penitencial en Nínive! Jonás cumple su misión y se produce lo increíble: Nínive se convierte con la esperanza de que Dios retire su amenaza.
Sexto episodio: de hecho Dios retira su amenaza y provoca el enfado de Jonás (4, 1-11)
Analicemos de cerca este cuadro final. En primer plano, un Jonás enfadado (¿o un Jonás deprimido?). A Jonás no le gusta que Dios sea misericordioso y bueno con Nínive, la ciudad irreligiosa e inhumana.
Lo admirable es que Dios acepta dar explicaciones. Gradualmente: primero con una parábola en acción y luego con unas palabras. Pues bien, Dios no recuerda el pecado ni la penitencia de los Ninivitas, sino sólo la multitud de niños y de animales que pueblan Nínive.
Si Jonás mostró un poco de interés por un efímero ricino que no le ha costado ningún esfuerzo, ¿cómo no va a cuidarse Dios de tantos seres vivos y mostrarse solícito con ellos? Jonás no responde. Le toca responder al lector.
Y si aún, persona amable que me visitas, tienes tiempo y ganas, continúa…


y

Atención, mujer armada

 

Parodiando a la archiconocida ley de Campoamor, en este mi pequeño mundo nada es verdad ni es mentira… yo arrimo al ascua mi sardina. Porque si hoy “toca” hablar de la mujer, hablaré según mi particular modo de ver, que ya se sabe que de colores los gustos mandan. O sea. Como diría nuestro paisano Umbral.
Armas de mujer, bien podría ser el tema. Yo lo cambio por mujer con arma: Judit. Y más en concreto, la pintura de Goya, de la que era absolutamente desconocedor hasta hace apenas unos minutos, titulada Judit y Holofernes, realizada sobre un muro de la Quinta del Sordo, entre 1819 y 1823, de la que J. Laurent obtuvo esta fotografía en 1874:
La Quinta del Sordo, Madrid, fue donada por Goya antes de partir para Burdeos en 1823 a su nieto Mariano. Éste se la vendió a Javier Goya, en 1833, aunque retornó a la propiedad de Mariano en 1854. En 1859, la posesión fue vendida a Segundo Colmenares. En 1863 fue adquirida por Louis Rodolphe Coumont. Comprada en 1873 por el barón Fréderic Emile d´Erlanger, encargó éste el inmediato traslado de las pinturas murales a lienzo.
Fue Salvador Martínez Cubells (1842-1914), restaurador del Museo del Prado y académico de número de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, quien trasladó las pinturas a lienzo, ayudado por sus hermanos Enrique y Francisco.
Este cuadro fue presentado en la Exposición Universal de París de 1878, para su posible venta. En 1881, d’Erlanger lo cedió al Estado español, que lo destinó al Museo del Prado, donde está expuesto desde 1889.
Y copio descaradamente de Wikipedia, porque buena gana de trabajar teniendo esto:
El cuadro recrea de modo personalísimo el conocido tema de Judit de Betulia que, para salvar a su pueblo del ataque del general Holofernes, lo seduce y decapita.
De este modo la obra pudiera aludir a Goya y Leocadia Zorrilla o Leocadia Weiss (pues estaba casada, y este era el apellido de su marido), su amante. O quizá, de modo más general, al poder de la mujer sobre el hombre. Desde el punto de vista psicoanalítico se ha querido ver el tema de la castración, que deberíamos situar en el contexto de un anciano de más de setenta años (como era el pintor cuando lo realizó) en relación con su amante, mucho más joven, y con quien cohabitaba. Además el cuadro estaba enfrentado al que se ha interpretado como el de Leocadia junto a la tumba del propio Goya.
La iluminación es muy teatral, y focalizada; parece reflejar una escena nocturna iluminada por un hachón o tea, que ilumina el rostro y brazo ejecutor de Judit y deja en penumbra el rostro de una vieja criada que está representada en actitud de ruego u oración. Es significativo que tanto el rey como la representación de la sangre queden fuera de campo, en una composición muy original, que exacerba los habituales desequilibrios compositivos y de encuadre de las Pinturas negras.
La paleta de colores utilizada, como en toda esta serie, es muy reducida. Emplea en este caso negros, ocres y algún toque sutil de rojo, que es aplicado de modo enérgico y a pinceladas muy sueltas. Este cuadro, junto con toda la obra de la decoración de la llamada Quinta del Sordo, contiene rasgos estilísticos que el siglo XX caracterizaría como expresionistas.
Ahora continúo yo. En cuanto al relato bíblico, que se encuentra en el libro llamado precisamente Judit, del Antiguo Testamento de la Biblia, es universalmente conocido. No obstante este es en resumen su contenido, que vuelvo a copiar de Internet:
El libro de Judith narra la historia de cómo Dios ayudó al pueblo de Israel a no caer bajo la dominación de Nabucodonosor, rey de Asiria, un hombre avaricioso que quería ser reconocido no sólo como rey, sino como dios, y dios de todos los pueblos. Para esto preparó a todos sus ejércitos y dispuso que los que no se rindiesen ante su poder, fueran exterminados. Así fue, poco a poco, haciéndose con el control de muchos pueblos y tribus. Pero Holofernes, que era el general de los ejércitos de Nabucodonosor, al llegar a la llanura de Esdrelón, en el territorio de Israel, supo que los israelitas, que habitaban en la ciudad de Betulia, no pensaban rendirse ante su rey. Aquior, jefe de los ammonitas, le contó a Holofernes cómo a los israelitas, si eran fieles a su Dios, nadie podría vencerlos. Esto le hizo montar en cólera, y en seguida comenzó a rodear la ciudad para un ataque. Sin embargo, alguien que conocía aquellos montes, le aconsejó al general: «Es mejor que, en vez de intentar un ataque, rodeemos la ciudad para que no puedan salir de sus murallas, y que nos hagamos con el control de sus fuentes, para que con el tiempo no tengan agua para beber y la sed les obligue a rendirse». Dentro de la ciudad, Ocías y otros jefes habían dispuesto no rendirse. Sin embargo, la sed hizo que las fuerzas de los israelitas fueran disminuyendo y los jóvenes, las mujeres y los niños comenzaron a desfallecer y quejarse a los ancianos.
El libro de Judith nos cuenta cómo esta mujer, al conocer el sufrimiento del pueblo de Israel, decide ir a hablar con los jefes del pueblo para decirles que tiene un plan. Vuelve a su casa y allí, por primera vez en mucho tiempo, pues era viuda desde hacía tres años, se arregla bien, se pone sus mejores ropas y joyas, y sale de la ciudad con su sierva, en dirección a los ejércitos de Holofernes. Los soldados se quedaron muy extrañados al ver a una mujer tan bella llegar sola con su esclava, pero ella les dijo: «Pertenezco a la tribu de los israelitas y vengo huyendo de ellos porque se han entregado a la muerte al querer evitar que su rey sea Nabucodonosor. Quiero hablar con Holofernes para indicarle cómo puede atacar mejor a mi tribu sin que muera ni uno de su ejército». Todos alabaron la decisión de esta bella mujer, y, más tarde, Holofernes, al oírla, no sólo la acogió a su cuidado, sino que se quedó prendado de ella.
Así Judith permaneció varios días con el ejército del enemigo, sin olvidarse de su pueblo ni de su Dios, al que rezaba todos los días.
Un día, Holofernes quiso cenar con ella. Judith aceptó, y cenaron juntos. Pero Holofernes estaba tan alegre de tener a una mujer tan bella, que bebió muchísimo vino, hasta estar tan borracho que no podía casi moverse. Este momento fue aprovechado por Judith para cortarle la cabeza, guardarla en una alforja, y escapar del campamento. Llegó a Betulia y allí colocaron la cabeza en lo alto de la muralla.
De este modo, el pueblo de Israel comprobó cómo el Señor nunca abandona a los que cumplen sus mandamientos.
Judit y Holofernes, Donatello (1455–1460). Palazzo Vecchio

Finalmente, y vuelvo a tomar la palabra escrita, resulta cuando menos humorístico el hecho de que esta vez las armas de mujer resultan ser eficaces pero sólo cuando son un medio para dejar paso a las armas de varón. Esas son las que de verdad matan.
Dolores Aleixandre, aunque reconoce que la mira con cierta ambigüedad, hace esta recopilación de las utilizadas por Judit:
Su figura no queda reducida al rol de esposa, madre o viuda, y no le hace falta la presencia de ningún hombre para llevar a cabo su plan. Los jefes de Betulia reconocen su “prudencia”, su “inteligencia” y su “buen corazón” (8,29), y será aclamada como “bendita de Dios”, como “gloria, honor y orgullo” del pueblo y como “bienhechora de Israel” (15,9-10). Sin embargo, hay una insistencia constante en su belleza: “Era muy bella y atractiva” (8,7); su lengua era “seductora” y capaz de “quebrar la arrogancia” de Holofernes (9,10); era “bellísima, capaz de seducir a los hombres que la viesen”; “todos quedaron pasmados ante aquel rostro tan hermoso” (10,7-23); “en toda la tierra, de punta a cabo, no hay una mujer tan bella” (11,21); “no cayó su campeón ante soldados, ni lo hirieron hijos de titanes, ni gigantes corpulentos lo vencieron, sino Judit, hija de Merarí, lo paralizó con la belleza de su rostro, su hermosura esclavizó su alma…” (16,6-9). Se subrayan con frecuencia los recursos que ella emplea para acentuar su belleza: “Se ungió con un perfume intenso, se peinó, se puso una diadema y se vistió la ropa de la fiesta que se ponía en vida de su marido, Manasés; se calzó las sandalias, se puso los collares, las ajorcas, los anillos, los pendientes y todas sus joyas” (10,3-4); “se levantó para arreglarse, se vistió y se puso todas sus joyas de mujer” (12,15); “sujetó sus cabellos con una diadema y se vistió de lino para seducirlo” (16,8).
Pero al final, reconoce que la más eficaz y definitiva de todas las armas que esta buena y bella mujer esgrime en su batalla es que “Él me envía para hacer contigo una hazaña que asombrará a cuantos la oigan…” (11,16)
Y es que, –y con esto retomo mi discurso y concluyo–, Judit hizo lo que hizo porque “n11nnnno está en el número tu fuerza, ni tu poder en los valientes, sino que eres el Dios de los humildes, el defensor de los pequeños, apoyo de los débiles, refugio de los desvalidos, salvador de los desesperados” (9,11), como ora apremiante y confiada poco antes de emprender su ardua empresa. Se sabe elegida de Dios. Pone de su parte todo lo que sabe y es capaz. Espera que Él haga todo lo demás. Ella sabe muy bien que una simple espada es muy poquita cosa.

¿Tú qué coges?



Que equivale a ¡escoge! o ¡ahora te toca a ti elegir! de cuando nos dividíamos en dos bandos para jugar a civiles y ladrones o simplemente a pegar patadas al balón hacia la portería contraria, y había que elegir los miembros de cada equipo. Hacían falta dos líderes, se dice ahora; entonces eran los dos mejores, los dos más listos o sencillamente los que siempre mandaban y había que hacer lo que ellos dijeran. Así fue la democracia de nuestra infancia.
Íbamos quedando para el final los peores, los menos dotados, los más torparrones; también éramos escogidos; pero el orden era importante, marcaba una diferencia sustancial. Y en todo era siempre igual. Por eso ni contaba nuestra voluntad ni podíamos elegir nunca, hacíamos lo que nos mandaban, lo que había que hacer. Eso, o no jugar. Con ellos, los demás, en la calle, o en casa y solos.
A estos arbolitos tampoco se les dio ocasión de elegir. Estaban en el vivero, juntos todos o cada uno en un envase, y alguien dijo, “vosotros para Las Villas”. Y los colocaron en fila, justo al lado de la estrecha acera que bordea el lateral de los edificios, entre el césped que sembraron para hacer jardín lo que antes era un parque infantil. Ahí están creciendo desde hace unos cinco años. Nadie les pidió opinión. Ahora parece que tampoco nadie les hace caso.
Éste, por ejemplo, se fue torciendo y, si no le enderezan pronto, terminará por caerse del todo y habrá que sacrificarlo por inútil. Antes debieron tomarse medidas para que resultara más fácil y con menos consecuencias. ¿Se hará ahora que aún hay tiempo?
No sé si podré relacionar esto con esto otro que acabo de recibir, supongo que en plan de felicitación navideña. Es de Dolores Aleixandre, y habla de Navidad; si no se trata propiamente de un crisma, bien puede servir de recordatorio; y como además tiene substancia, –o sea mondongo, contenido, y no simples palabras para cubrir el expediente y salir del paso– y sabiduría –y no precisamente porque cite en griego– y se lee de corrido porque no es nada rebuscado aunque se trate de una clase de teología para andar por la vida, –no sólo en casa con bata y pantuflas o en clase con el uniforme oficial según las ordenanzas–, lo pongo aquí, que para eso lo he encontrado en mi buzón.

TÍS TÍ ARE

Mantengan el suspense sobre el título que lo voy a explicar después. Antes quiero decir algo sobre las dos últimas tonterías que he visto en las vallas publicitarias: una anuncia moda: “Llega tu otoño”; otra es sobre un coche: “De Mii a Mío por 2 euros al día”. Las dos coinciden en considerar a sus destinatarios, o sea nosotros, tan irremediablemente estúpidos que sólo nos fijaremos en lo que lleve delante su correspondiente posesivo: mi otoño, mi coche…, misma táctica que en mis documentos, mis descargas, mis imágenes, mi iphone, mi ipad… Y la nueva ola de “yo cuantificado” que se nos viene encima: mis calorías, mis latidos, mi tensión, mis sensores… Y lo malo es que la cosa no es reciente y se remonta a mi infancia: ya entonces el devocionario que usábamos niños y niñas era el “Mi Jesús”. No tenemos remedio.
Lo constata Rilke en uno de sus poemas:
 “No debes tener miedo, Dios. Ellos dicen mío
a todas esas cosas, tan pacientes.
Son como el viento
que roza las ramas y dicen: árbol mío.
 Dicen mío y llaman su posesión
a lo que se cierra cuando se acercan,
al modo que un insulso charlatán
llama acaso suyo al sol y al relámpago…
Y en medio de este pringue pegajoso del yo, mi, me, conmigo y para mí, emerge la “pasarela Belén” por la que vuelven a desfilar, como cada año, unos personajes peculiares con aire de vivir ajenos al tema de los posesivos e incapacitados para decir: mi posada, mi establo, mi pesebre, mi paja, mis pañales, mis ángeles, mis pastores… Y ahora es cuando viene lo del tís tí are del título en griego: “quién cogía qué” sería la traducción en bruto de lo que dice Marcos al contar que los soldados echaron a suertes las vestiduras de Jesús.  “Que cada cual coja lo que quiera o pille lo que pueda…”, diríamos hoy.
Como si fueran dos páginas distantes del Evangelio pero que al doblarlas coinciden, la escena del comienzo de la vida de Jesús está ya “anticipando tendencia” de cómo van a ser su trayectoria y su final. Ya desde el principio lo encontramos acampado en un espacio público, abierto y a la intemperie, sin puertas, defensas, cerrojos o alambradas. Qué acierto el del posadero al reservarse el derecho de admisión y no dejar entrar a aquella pareja de indocumentados sin blanca. Que esto no es Lampedusa, oiga, y yo no hago más que seguir directrices europeas y estoy muy satisfecho de haberme adelantado a la “Jornada Mundial contra las Migraciones Indeseables”, que debería celebrarse todos los 24-D.
Así que el niño se quedó fuera en plan “indignadito”, precursor de los que vendrán después y que sabrán poco de propiedad privada, ese inviolable derecho que permite a algunos “obtener, poseer, controlar, emplear, disponer de, y dejar en herencia tierra, capital, cosas y otras formas de propiedad”, según la definición de Wikipedia.
Perteneció al colectivo de los que carecen de estrategias para proteger lo suyo y no consiguen entender las bondades de “lo privado”: desde que salió de Nazaret, no supo ya lo que era disponer de casa propia ni de un lugar donde reclinar la cabeza. Pescaba, dormía y cruzaba el lago en una barca de amigos; comía y bebía donde le invitaban y, cuando fue él quien dio de comer a la gente, solo pudo ofrecerles como asiento la hierba de un descampado. Pidió prestados el borrico sobre el que entró en Jerusalén y la sala en la que se despidió con una cena de los que llamaba suyos, porque él sólo usaba los posesivos para decir “mi Padre” y “mis hermanos”.
Al morir, echaron a suertes su túnica y volvió a estar tan desnudo como en el pesebre.
Se nos anuncia una gran alegría: nos ha caído en suerte un Niño. Que cada uno coja de él lo que quiera. Y que siga haciendo lo mismo que él hizo en memoria suya.

(Dolores Aleixandre RSCJ. ALANDAR, Diciembre 2013)



Post Scriptum: Cualquier coincidencia es pura casualidad…

ElPaís.com (17/12/13; 09:39)


Y este adviento, ¿qué?


Trabajo me ha costado tirarme de la cama. No a mí sólo, también Moli lo ha pensado su tiempo antes de desenroscarse y decirme ¡vamos! Noche clara y fría estrena diciembre, mañana con cinco grados negativos y más que silencio, mudez. El pinar solitario hoy estaba más inhóspito que nunca. Nada por ninguna parte da indicios que permitan abrigar una esperanza, siquiera pequeñita, de que esto no va a ser para siempre, que sólo es temporal y que de mal en menos aguantaremos lo que dure, para terminar en un disfrute suficiente, porque no total.
Por si fuera poco hoy comienza el adviento, y hay que hablar de la esperanza. ¡Qué sarcasmo! Así me desayunaba pensando, qué diré hoy a mi gente, achuchada como está hasta la asfixia. Cómo decir en el templo algo que en la calle está contradicho.
Esto es lo que he rumiado durante el paseo pinariego, mientras mis acompañantes hablaban de unas y otras cosas.
Ahora, fumando el primer pitillo del día, dándole vueltas al ordenador y a la actualidad y a mi correo, me encuentro con Dolores, que nunca me ha fallado. Ella sí que sabe sacar del “arca” cosas nuevas y cosas usadas según vayan siendo necesarias.
Sí, tal vez no esté todo perdido, y podamos permitirnos, como Dolores Aleixandre, sonreír a pesar de todo, mantenernos enteros contra este frío, rescatar ilusiones del olvido, mirar al frente a pesar de todo, y no echar de menos nuestro equipaje porque con sólo un bolso de mano tengamos suficiente.
Sí, tal vez la fe en la vida sea más fuerte que todas las teorías, sean del tipo que sean, y nos ayude a romper este círculo vicioso, a hacer luminosa esta realidad opaca, a salir de este pozo inmundo, a por lo menos hacernos más humano este despiadado sistema que nos aplasta en lo económico, en lo político, en lo social y hasta en lo “religioso”. No será la religión en este trance sino un mero opio, si no nos hace salir hacia fuera de nosotros, a la búsqueda y espera de lo deseado y posible.
Con cabreo, con indignación, con frustración, sólo, no conseguiremos nada; como le ocurre al albañil que tira la paleta, a la trucha que se abandona a la corriente, al pajarillo que olvida su trinar.
Gracias, Dolores, por este escrito tuyo que me alivia este comienzo de diciembre.

Sobre la inoportunidad del Adviento

Dolores Aleixandre
dolores_aleixandre_oct_07_p“Levantar los ojos”, ir más allá de lo inmediato que nos ciega y atrapa en redes de deseos insatisfechos, en obsesiones por retener modos de vida que considerábamos definitivos, en temores que embotan nuestro corazón impidiendo el fluir de la vida.
Sí, inoportunidad, no me arrepiento del título, esa ha sido mi impresión después de hacer una lectura seguida de los textos de Adviento. Vienen cargados de tantas palabras resplandecientes: alegría, seguridad, gloria, esplendor, paz, confianza, salvación…, que esa insistencia luminosa resulta casi insultante en estos tiempos de tanta oscuridad.
Puestos a elegir, preferiríamos otras promesas más cercanas a nuestra realidad: en vez de colinas que se abajan y valles que se levantan, esperaríamos el anuncio de que bajan las hipotecas, desciende la prima de riesgo y se eleva la responsabilidad de los bancos que han dejado sin ahorros a tantas familias.
Estupendo que lo torcido se enderece, pero nos suena a música celestial mientras continúen los métodos tortuosos de muchos empresarios para solicitar EREs y mandar al paro a tanta gente.
Baruc nos exhorta a envolvernos en el manto de la justicia de Dios y es una magnífica cobertura pero ¿de qué les va a servir a los inmigrantes sin papeles si se quedan sin la sanitaria?
La teología y sus eruditos se defienden: “Se trata de una perspectiva escatológica”, distinguen. Claro, pero sólo con eso no llego a fin de mes, piensa más de uno.
Jesús, que afortunadamente no era un erudito, propone otras salidas: da por sentada la existencia de situaciones desastrosas que nos sacuden llenándonos de ansiedad y preocupación pero, donde nosotros no vemos más que catástrofes, él ve “señales”.
La condición para descubrirlas es “levantar los ojos”, ir más allá de lo inmediato que nos ciega y atrapa en redes de deseos insatisfechos, en obsesiones por retener modos de vida que considerábamos definitivos, en temores que embotan nuestro corazón impidiendo el fluir de la vida.
Y esas “señales” ¿dónde buscarlas?: en el desierto, responde el evangelio de Lucas en el 2º Domingo, en esos lugares marginales que nos obligan a afrontar sin distracciones esas preguntas de las que tratamos de escapar, que nos inquietan más allá de lo económico y que se enmascaran bajo pretextos de impotencias y desánimos.
Los personajes políticos y religiosos nombrados (Poncio Pilato, Herodes, Anás, Caifás….) quizá fueron peores que los que hoy nos gobiernan pero, a pesar de sus poderes e intrigas, no consiguieron extinguir la esperanza que convocaba la voz profética de Juan desde la periferia.
En la tercera semana las señales se vuelven más concretas: hay que abrirse a la alteridad hasta llegar a compartir con otros, hay que salir del estrecho círculo de “lo mío” para que la esclavitud del poseer deje paso a la libertad de preferir el bien mayor de la relación: la alegría de que una túnica sobrante abrigue ahora el cuerpo aterido de un hermano.
Las señales de la cuarta semana nos devuelven a la belleza de lo pequeño, a la humildad de lo cotidiano: Dios elige como morada a Belén, un pueblo insignificante; y un sencillo saludo, esa experiencia universal de acogida del otro, desencadena un torrente de comunicación entre dos mujeres embarazadas que se llenan de alegría, bendicen y se ríen juntas mientras la vida crece en sus entrañas.
No son señales fáciles ni evidentes porque el Evangelio es siempre un tesoro escondido, un don exigente, una gracia cara. Después de todo, quizá el Adviento pueda conducirnos “oportunamente” hacia ese júbilo que se atreve con tanto descaro a prometer.

Dolores Aleixandre
Homilética

Donde digo digo, ¿qué digo?


No tiene nada que ver con lo otro, lo del diego de marras, que además está en pasado. Lo mío es en presente, y en pregunta que me hago a la vista de las muchas interpelaciones que me hacen mis amistades, cuando me oyen o me leen. Menos mal que no conocen mis pensamientos, porque entonces en lugar de interpelarme, me insultarían… con interjecciones.
Alguna razón deben tener, porque ocurre que yo mismo al leerme, al escucharme no es tan fácil, descubro que tras lo que escribo hay más, o menos quizás. Así por ejemplo si hablo de las plantas de mi jardín, resulta que estoy mirando cómo el personal vive alegre o triste según reciba o no cuidados y atenciones. Si escribo acerca de las toallas, en realidad pienso en muchas personas que están tan agotadas tras muchos años de no verse dignamente tratadas que ya no esperan nada de nadie. Si me da por tocar a mis mascotas, toco el asunto de la convivencia y los quereres, la cabezonería y el ceder a tiempo, el chantaje emocional y los intereses creados. Y si cito a mi gente, entonces me paso, porque debería antes preguntar si esa gente me considera algo suyo.
A veces me digo que no sé decir las cosas con tacto, al estilo de la cultura inglesa donde con suma educación y sin herir te hacen caer en la cuenta de las cosas. Yo no lo hago, no me sale. O digo una vaguedad, pretendiendo ser sutil; o digo una burrada, dándomelas de claro.
En realidad en directo y con palabras soy bastante torpe. Peor hablando que escribiendo; y desde que borrar no deja huella, en digital e impreso tengo un pasar; con la olimpia todo eran correcciones y erratas. Aquello acabó.
Pero ¿y mi línea argumental? ¿La tengo? ¿Recta, curva o quebrada? ¿Circular tal vez? ¿O es más bien una elipse?
Digo esto a propósito de un libro que me han regalado esta mañana: Fijos los ojos en Jesús, de Juan Martín Velasco, Dolores Aleixandre y José Antonio Pagola. Del libro no puedo aún decir nada, cuando lo lea hablaré. Pero de sus autores sí; siguen manteniéndose fieles a sí mismos. Tal y como los conocí hace mucho tiempo: un teólogo, una relatora y un pastor. Tres sabios maestros. Son rectilíneos, se les ve venir, se sabe que lo que dicen lo viven. Son así, tal y como se manifiestan.
Me dan una envidia…

Esto… se me olvidaba esto: pienso empezar por el medio, y terminar por el principio. Me refiero a cómo voy a leer este libro. Ya sé que no son formas, pero es la mía. Ya digo yo que cuando digo digo, ¡qué estaré diciendo!

Para desengrasar



No conviene ponerse demasiado trascendente, ni llegar con la sangre al río, que se pone sucio y maloliente. Ante lo que hay, un poquito de por favor, y otra pizca de humor, o socarronería, un buen trago de vino de la bota, por supuesto, y un cigarrito a la sombra ante este calor que nos agota, sería el mejor consejo que nos diera Sancho Panza: «Mire usted, vuesa merced, que son molinos de viento, que no son gigantes; más vale que se lo tome con tranquilidad, que le puede dar una apoplejía y entonces sí que no habrá solución». Si no lo dijo, y no consta que lo dijera, muy bien podría haber sido escrito por la mano misma del ilustre don Miguel de Cervantes Saavedra.
Como él no fue, recurro a Dolores Aleixandre, que más sabia es por mujer que por los estudios. A la vista está, y, mutatis mutandis, es aprovechable para lo que sea menester, cualquier cosa por ejemplo:

Pajarracos
Como en la película de Hitchcock, negros cuervos y otros pajarracos sobrevuelan el Vaticano provocando la alarma eclesial. Lo de la alarma es normal pero lo que de ahí pase (escándalo, consternación o asombro de que en la Iglesia ocurran cosas semejantes…), no es más que una pérdida de tiempo: estábamos avisados.
Bien se encarga el final del evangelio de Mateo de recordárnoslo: en la escena de la despedida de Jesús leemos: “Los once discípulos fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había citado. Al verlo, lo adoraron pero algunos dudaron” (Mt 28,17).
Así que, de entrada, ya no eran aquella primera docenita, lustrosa y redonda, sino un colectivo incompleto, mellado y desportillado. Y encima, todos postradísimos pero algunos dudando, como cuando Abraham se inclinaba ante el Señor mientras por dentro se partía de risa ante la promesa de que iba a tener un hijo.
Las postraciones es lo que tienen, que no dejan claro si son un signo de rendida aceptación o una manera de disimular que, en ese mismo momento, algunos estaban ya en la cosa del consistorio, los camarlengos y la sastrería vaticana.
Y sin embargo Jesús ni se inmuta, ni se lamenta, ni les regaña y se marcha tan tranquilo dejando a semejante pandilla el encargo de evangelizar al mundo mundial.
A fuerza de estar junto a nosotros se había acostumbrado a nuestras traiciones y desatinos y había aprendido también que, a veces, debajo de las alas del cuervo más negro se esconden los latidos de un pequeño corazón asustado.



Una cabeza de pescado





“¿Has metido la cabeza en el congelador?” “No, ya lo haré”, fue mi respuesta de antesdeayer, cuando la trajo y la dejó encima de la mesa de la cocina. Pero no lo hice. Y ahora, ya entrada la mañana vuelve a la carga con la cabeza de merluza, y yo, la verdad, que ni la había mirado, saco el paquete del frigo y al deshacer el envoltorio grito como suelo hacer “¡esto no es merluza!”. “¡Que sí, que me la dio mi hermana!”. “Esto no es merluza”, concluyo pescando por la cola el espinazo y mostrándolo ante sus narices. “No sé qué coño es, pero no es merluza”, rubrico voceando más alto. Confirmo que yo, español, hablo alto; le doy la razón a León Felipe. Pensar, no sé si pensaré; alto, vaya que hablo alto. Pero no es para apabullar; debe ser para reafirmarme. Será.
Miro el paquete otra vez antes de embutirla en el congelador y leo en letra pequeña: corvina. ¿Corvina? A Internet.


Corvina Argyrosomus regius       (Eng) Meagre   (Fr) Maigre
Es un pescado blanco de agua salada. También llamado Andeja o Reig. Pertenece a la familia de los sciénidos, y es pariente de los corvallos y los verrugatos. Habita en profundidades que van de los 15 a los 300 m. de profundidad. Se halla en aguas costeras y estuarios salobres, en fondos lodosos y arenosos.
Se trata de un pez muy voraz de dieta fundamentalmente carnívora, que se alimenta de crustáceos, moluscos, gusanos y peces.
Es una especie eurihalina es decir, poco susceptible a la salinidad, cuyos ejemplares jóvenes prefieren niveles bajos de salinidad y zonas con mucha vegetación.


Sea lo que sea la o el “corvina”, será pasto de mi voracidad como cualquier tipo de cabeza de animal de agua, dulce o salada, o de tierra. De aire no, no sé por qué.
Y en estas estoy y me da por correr a escribir, que es que últimamente me urge hacerlo en cuanto cualquier cosa me sucede, de las de siempre o de las raras.
Y aquí estoy, tratando de unir palabras sobre lo que me ocurre.
Ayer noche me tragué una entrevista larga, de más de 47 minutos, que hacían a Dolores Aleixandre*. Me quedé pegado hasta que llegó el final, y con sabor a poco. Más, decían mis tripas, di más, que la pregunten por…
Como que volví a aquellos tiempos en que lo más progre era ir a escuchar a los progres. Salía remozado y con la convicción de que a hurtadillas participaba activamente en la lucha, sin haberme movido, sin haber ejercido, sólo por estar allí, oyendo.
Cuando la vida me puso delante, y ya no podía estar sentado sino ejerciendo, empezaron mis verdaderos problemas. Ahora era yo mismo el que tenía que hablar, a quien preguntaban o requerían; el que tenía que decir qué, cómo y cuándo; y también por qué. Y dejó de ser molón ser de la progresía juvenil. Y ya no era agradable que alguien viniera a avisarte de que estabas fuera de tiesto, que la tradición decía y las normas mandaban y que otros no hacían lo que tú querías que se hiciera.
Tras el primer batacazo por intentar aplicar lo que recibí de mis maestros sin anestesia previa y sin lección introductoria, fui moderando poco a poco mis ansias y sin aparcar las convicciones no despreciaba nada, ni las verduras ni la carne, ni la fruta ni el pescado, pero no lo intentaba meter a palo seco. Dejé que el tiempo también jugara su baza.
Ahora escucho a Isabel, a sus noventa y cuatro, decir a las vecinas a mis espaldas: “Si yo tampoco le entiendo todo, es que mi oído ya no es el que era. Pero es lo que hay, y no es mal chico; si viniera otro ¿lo haría mejor?”.
Uno no es un loro, ni siquiera un periquito. No salí programado para repetir las lecciones aprendidas a puro golpe de codo, aunque algo me tocó; ni acepté sumisamente ser un clon de ningún clan. Luchamos contra ello. Sufrimos por superarlo. Es verdad que terminaron por darnos facilidades de pago y abreviaron el final, no matándonos, sino perdonándonos la vida. Pero me, nos, condenaron al ostracismo. Desde entonces somos una rara especie, a extinguir según dicen. Dinosaurios, exclaman; viejos y carcamales que ni saben vestirse, ni aprecian el brillo de las buenas formas de toda la vida, lo que da prestigio y prestancia.
No me importa. Mi mamá solía traer de la plaza cosas que las pescateras anunciaban como raras. Era peces de bahía, pequeños y con mucha espina. O de río, con sabor a pecina. Difíciles de comer pero muy fáciles de cocinar, que ella no fue nunca experta. Feos todos ellos a más no poder. Nada que ver con una preciosidad de pescadilla o con la majestuosidad de la merluza. Y nos chupábamos los dedos ante la mirada atónica de mi padre, que él era de tradiciones firmes y seguras, de poner las cosas al estilo de su casa, como siempre se había hecho, como debían ser las cosas.
Un cura no puede ofrecer, como sucede conmigo, una imagen relativa.  Ha de dar seguridad. Saber a qué atenerse. Se espera escuchar de mí cosas sabidas porque están mandadas y ordenadas, escritas, subrayadas y promulgadas. Hay quien se espanta y no vuelve. O deja de mirarme y escucharme, y conecta a su manera con lo que quiere e interesa, aprovechando lo aprovechable. Sucede que algunas personas no irían a otro sitio, y lo dicen claramente, si tú no lo haces no busco en otra parte. A veces pienso que es por no desplazarse; pero otras me digo que tal vez haya algo más, aunque no termino de aclararme.
Cuando abrí este blog, en el perfil me preguntaban, tras el nombre y la ubicación, el sector. Las ofertas de este apartado incluían entre muchas “religión”. No me pareció, como nunca me ha parecido. Siempre he dicho que la fe cristiana no es una religión, pero nadie o casi nadie me lo cree. Al poner cura de barrio, al ser sacerdote de la Iglesia católica, al presentarme como el párroco de aquí, seamos sinceros, ¿quién va a dejar a un lado los prejuicios religiosos?
O lo prejuicios humanos. ¿Celibato? ¿Pedofilia? ¿Súbdito de una monarquía absoluta? ¿Espía infiltrado de otro país? ¿Doble vida? ¿Gescartera? ¿Mantenido con el dinero de todos? ¿Privilegiado? ¿Ultramontano? ¿Comedura de coco?
Es raro sentirse mirado raramente, como un bicho raro. Como cuando competíamos en primera división de balón volea, como se decía entonces, y éramos los únicos que dábamos réplica al temido “Universitario”; los del pequeño “Pisuerga”, facusa para los amigos (fábrica de curas sociedad anónima), que íbamos en sotana con la ropa deportiva por debajo, y al terminar, sin ducharnos por no desnudarnos en público, nos volvíamos a ensotanar para lavarnos en el seminario, con recato y hasta con una pizca de vergüenza.
Bichos raros. Sí. Ahora me dicen chavales y chavalas que ellos también lo son si lo dicen en voz alta. No está de moda. Hay prejuicios.
En fin, estas cosas me ha dado por pensar ante esta hermosa cabeza de pescado que se comercializa con el nombre de corvina. Un día de estos me la zampo y la disfruto.

 
*Dolores Aleixandre es harto conocida en este blog. Su cabeza no tiene nada en común con la corvina, salvo que se aparta de lo trillado; está muy bien amueblada y de ella salen cosas muy interesantes. Anoche, mientras la escuchaba y la veía a toda pantalla, sus manos me atraían como un imán. Visionar esta entrevista produce muy buenos efectos sobre la salud, la física y la mental. Os la recomiendo.

Noemí y Rut. Rut y Noemí. Tal para cual



Rut declara lealtad a Noemi. Pieter Latsman, 1614.  Niedersächsisches Landesmuseum, Hannover

Buscadoras de un nombre. Memoria de Noemí.
Dolores Aleixandre. Reseña Bíblica. Otoño 2011, Nº 71. Editorial Verbo Divino.
En el contar y recontar la historia de Israel, la fe del pueblo se consolida y crece aprendiendo a escuchar la presencia del Señor en medio de ellos y a servirlo. Abuela y madre, suegra y nuera hacen memoria de sus vidas para descubrir la acción salvadora de Dios que se encierra en sus nombres: Noemí y Rut. Memoria que las pone en camino y les aboca a que esos nombres hayan de ser pronunciados en la historia de Israel como huella del amor fiel de Dios con su pueblo.

Noemi, Rut y Orfa. William Blake, 1795


Desde niña me gustaba escuchar de labios de mi padre las antiguas historias de nuestros antepasados. En los largos anocheceres de verano en Belén, cuando hacía aún demasiado calor para entrar en la casa y dormir, nos sentábamos junto al muro del granero, en la linde de la era, cerca del montón de trigo que habían trillado esa misma tarde nuestros jornaleros. Mi madre nos repartía a cada uno un puñado de espigas para que quitáramos la cáscara del grano que la trilla no había conseguido limpiar y, mientras lo hacíamos, mi padre nos narraba las viejas historias de nuestro pueblo.
Nos gustaba escuchar sobre todo la historia de nuestra esclavitud en Egipto y cómo el Señor nos sacó de allí con mano fuerte y brazo extendido: el mar de las Cañas se abrió aquella noche ante el cayado de Moisés con la misma facilidad con la que nuestra madre partía aquellas sandías rojas que tanto nos gustaban. Otras noches nos hablaba de los largos años del desierto durante los cuales ni se gastaron las sandalias de nuestros padres ni se rompieron sus vestidos: el Señor los acompañaba como una nube que los protegía del calor del día y de la oscuridad de la noche, y los alimentaba con el maná y el agua que manaba de la roca. Y fue también su fuerza la que los hizo vencer a Amalec y a Moab, a Sijón, rey de los amorreos, y a Og, rey de Basán, para entregarnos este hermoso país en el que ahora vivimos. Josué, hijo de Nun, hizo que el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra pasara el Jordán delante de nuestros padres: cuando los pies de los sacerdotes que llevaban el arca pisaron el Jordán, la corriente del río se cortó y el agua que venía de arriba se detuvo formando un embalse. Más tarde, el Señor entregó también a su pueblo la ciudad de Jericó, y sus murallas se derrumbaron ante el alarido de Israel y el sonido de sus trompetas: estaba cumpliendo su promesa de dar a nuestros padres esta tierra en la que ahora vivimos, una tierra que mana leche y miel.
La noche en que recordábamos la historia en la que Josué gritó: “¡Sol, quieto en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayalón!”, todos aplaudíamos y cantábamos:
El sol se detuvo en medio del cielo
y tardó un día entero en ponerse.
Ni antes ni después ha habido
un día como aquel,
cuando el Señor obedeció a la voz de un hombre,
porque el Señor luchaba por Israel.

Más adelante, cuando ya Josué había conquistado toda la tierra, como el Señor había dicho a Moisés, se la repartió por lotes a nuestras tribus y hubo una gran paz.
Pero no todo eran historias felices. En algunas ocasiones nuestro padre nos contaba lo que ocurrió cuando a Josué y a toda aquella generación que fue a reunirse con sus padres siguió otra que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel: dieron culto a dioses extranjeros y se desviaron de sus caminos. Entonces los pueblos vecinos los oprimían y ellos clamaban al Señor, hasta que él se compadecía de ellos y hacía surgir jueces que los salvaban de sus enemigos, porque le daba lástima oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores.
Entonces nuestro padre repetía las palabras de Josué: “Elegid hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros padres al otro lado del río o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor”. Y nosotros, puestos en pie, proclamábamos con todas nuestras fuerzas: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!”.
Ahora que soy anciana y he vuelto a Belén después de los años duros y tristes de mi exilio, le cuento esas mismas historias a Obed, el nieto que me ha dado mi nuera Rut y que es la alegría de mi vejez. Él se sienta junto a mí muy atento y yo le recuerdo que cuando hablo de “servir al Señor” estoy pronunciando su nombre, porque Obed significa “siervo” en nuestra lengua, y fue así como le llamaron nuestras vecinas el día de su nacimiento. Y como también significa “el que escucha”, tiene que aprender a vivir muy atento y con sus oídos bien abiertos cuando el Señor le dirija su palabra.
Siempre me ha gustado ahondar en el significado de los nombres, aunque hubo un tiempo en el que el mío (“mi suavidad”, “mi dulzura”) me pareció una gran mentira, porque me había convertido en una mujer vacía y habitada por la amargura. Ahora mis sentimientos han cambiado y he llegado a comprender que recibí mi nombre en mi nacimiento como una promesa aún incumplida: solo llegaría a madurar con el tiempo, lo mismo que ocurre con la siembra o con la gravidez de las mujeres. Es ahora, en mi vejez, cuando se ha hecho realidad, pero Obed es aún demasiado pequeño para oírme contar mi propia historia: antes tiene que conocer la de nuestro pueblo. Sin embargo, cuando Rut y yo nos sentamos juntas a tostar trigo o a amasar pan, nos gusta hacer memoria juntas de cómo el Señor ha ido conduciendo nuestras vidas hasta entregarnos en plenitud lo que encerraban nuestros nombres.
Recordamos aquel tiempo de pérdidas y duelo, cuando murieron los hombres bajo cuyos nombres nos habíamos refugiado y nos encontramos solas y viudas. Ante nosotras se abrían dos caminos: quedarnos para siempre junto a aquellas tumbas, llorando y lamentándonos por la ausencia de los que amamos, o dejar atrás esa etapa de nuestra vida y emprender el retorno hacia la tierra que ahora prometía de nuevo darnos pan. Orfá, mi otra nuera, no tuvo el valor de arrancarse del pasado y volvió a su vida anterior, mientras que Rut y yo nos pusimos en camino. Muchas veces le recuerdo a ella que, si no hubiera sido por la firmeza decidida de me dirigió: “Donde tú vayas, yo iré; donde vivas, viviré...”, el temor a la soledad y a las limitaciones de mi vejez habría paralizado mi deseo de volver a Belén y yacería ahora en otra tumba en tierra extraña.
Cuando entramos en Belén se alborotaron las vecinas: me habían visto salir hacia Moab colmada de vitalidad, en compañía de mi esposo y mis hijos, y me veían ahora retornar sin ellos, encorvada por el peso de los años y del sufrimiento. Renegué ante ellas de mi nombre: “No me llaméis Noemí, llamadme ‘Amarga’, porque salí llena y vuelvo vacía...”. Y hasta me atreví, ante el espanto de quienes me oyeron, a hablar del Señor con nombres terribles que expresaban mis quejas y mi rebeldía: es “el que me ha vaciado”, “el que me ha vuelto amarga”...
Cuando hago memoria de aquella escena, Rut me confiesa que los nombres con los que yo llamaba al Dios de Israel le hicieron temer en un principio que fuera aún peor que los ídolos de Moab que había abandonado. “El primero en hablarme del Señor de otra forma –me recuerda– fue Boaz en nuestro primer encuentro en su campo: ‘Que el Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte –me dijo–, te lo pague con creces’. La imagen de un Dios protector y materno, como un ave que recoge a sus polluelos, me sorprendió y llenó mi corazón de gozo: supe en aquel momento que también yo, la última entre los siervos del campo en que espigaba, y además extranjera, tenía también derecho a encontrar refugio bajo las alas de ese Dios. No tenías razón, Noemí, al hablar de él como lo hiciste: mira cómo ahora estás de nuevo llena con mi hijo Obed a tu lado y él te colma de la dulzura que creíste haber perdido para siempre...”.
Yo me río y le respondo que tiene razón, pero que a nuestro Dios no le ofende que derramemos ante él con libertad lo que desborda de nuestro corazón, y, cuando la veo asentir, pienso que ella ha llegado a conocer al Señor mejor que yo, a pesar de que hace poco que pertenece a nuestro pueblo. Ella me dice: “Es porque me siento envuelta en la bendición que pronunciaron ante Boaz los ancianos y todo el pueblo: ‘¡Que a la mujer que va a entrar en tu casa la haga el Señor como Raquel y Lía, las dos que construyeron la casa de Israel! ¡Que tengas riqueza en Éfrata y renombre en Belén! ¡Que por los hijos que el Señor te dé de esta joven tu casa sea como la de Fares, el hijo que Tamar dio a Judá!’. Cuando te pregunté después por esas tres mujeres, Raquel, Lía y Tamar, tú me contaste sus historias: las dos primeras, hermanas, cómplices y también adversarias entre sí por el amor de Jacob, fueron, junto a Sara y Rebeca, nuestras Matriarcas. Raquel, la Cordera, y Lía, la Fatigada: dos mujeres fuertes, libres y fecundas que llenaron de vida y de orgullo el clan al que pertenecían, y sus doce hijos siguen dando nombre a nuestras tribus”.
“También Tamar, la Palmera, fue una mujer vigorosa que actuó con energía y sagacidad y no se resignó ante el comportamiento injusto de Judá, su suegro: al negarse él a darle en matrimonio a otro de sus hijos, la condenaba a una esterilidad semejante a la muerte, pero ella diseñó un plan para defender sus derechos. Es verdad que acudió al engaño para conseguir ser madre, pero el propio Judá reconoció que había actuado más justamente que él, y el Señor la recompensó dándole dos hijos gemelos”.
“Cuando conocí las vidas que se escondían detrás de aquellos nombres –siguió diciendo Rut–, supe que tendría que esforzarme mucho si quería que el mío fuera digno de ser pronunciado junto a los suyos en la historia de nuestro pueblo. Hasta el nombre de Fares, el hijo mayor de Tamar, me ha supuesto un desafío: me contaste que Fares significa “brecha” y que, en el parto de Tamar, uno de los gemelos extendió su mano y la partera le ató en ella un hilo, diciendo: ‘Este ha sido el primero en salir’, pero retiró su mano, y el otro salió antes. Entonces dijo la comadrona: ‘¡Qué brecha has abierto!’. Y le llamó por ese nombre, Fares. Pienso que también yo he abierto una brecha en la fama de las mujeres moabitas: el nombre de Moab, unido al incesto de Lot, ha estado siempre asociado a la perdición y la ruina de los israelitas. Y, sin embargo, el Señor ha hecho de mí una portadora de bendición para Boaz, un hijo de Israel. Y he abierto también otra brecha en las costumbres de este pueblo que rechaza a las mujeres extranjeras: conmigo ha roto su tradición y me ha invitado a cobijarme bajo sus alas, como si fueran las del Señor”.
Me conmueve escuchar a mi nuera, porque contemplo cómo va afirmando día a día su identidad: no reconozco ya en esta mujer, erguida y segura de sí misma, a aquella muchacha temerosa que se presentó ante Boaz como “su sierva”, se postró ante él y se mostró extrañada de que prestara atención a una extranjera. Ni tampoco a la que me contó, después de haber pasado la noche con él en la era, que se le había acercado “sigilosamente” y no se había dado a conocer hasta la medianoche.
Han ido madurando en ella sus mejores rasgos: aquella audacia con la que decidió acompañarme a Belén; su valentía para enfrentarse a lo desconocido y adentrarse en una tierra que podía serle hostil; la responsabilidad de ponerse a trabajar como espigadora para poder mantenernos; el vigor para permanecer en la tarea de sol a sol; el atrevimiento de pedirle a Boaz: “Extiende sobre mí tu manto...”.
Estás empezando a recibir tu nombre –le digo–. Ya no te sientes la esclava de nadie; ahora sabes que tu nombre significa “amiga, cercana, próxima”, y por eso no te postras ni te arrodillas, sino que miras de frente y a los ojos. Porque fue así como soñó nuestro Dios a nuestra madre Eva cuando la creó: al lado del varón, frente a él y a su altura, ofreciéndole su ayuda y su apoyo y recibiéndolos de él en total reciprocidad. Y quizá tu hijo Obed, el Servidor, el Escuchador, o uno de sus descendientes alcance algo aún más hermoso: que el Señor, lo mismo que a Moisés, lo considere más que un siervo, un “amigo” con quien se habla cara a cara.
Rut toma mis manos, emocionada, y me dice que va a hacer suya la bendición que pronunciaron sobre mí las mujeres cuando nació Obed:
Bendito sea Dios,
que te ha dado hoy quien responda por ti,
y este niño será para ti descanso y ayuda en tu vejez:
yo misma lo pongo en tu seno como signo
de nuestra amistad fiel,
del amor y la lealtad que me llevaron a decirte un día:
“A donde tú vayas, iré yo;
donde tú vivas, viviré yo;
tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios;
donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán.
Solo la muerte podrá separarnos”.

Las últimas palabras de Rut se quedan resonando en mi interior, porque allá, en lo más profundo, sé que nuestros nombres permanecerán vivos en la memoria de Israel, como una huella del amor fiel de nuestro Dios. Y la sombra que proyectan sus alas va más allá de las fronteras de la muerte.
Rut y Noemi camino de Belén. Lámina en página 13 de The Book of Ruth (1947). Arthur Szyk

Este es mi homenaje a la mujer, en este día internacional dedicado a ellas.




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