Sorprendido, no. Consternado


No, no estoy en Babia ni en la luna de Valencia. Lo que pasa es que a fuerza de machacar con el martillo pilón, uno termina por encajar los golpes hasta no sentir dolor.
Más que frío, me he quedado helado, y no por el siberiano que sopla en Pucela, cuando he oído que las pensiones quedan congeladas. Porque eso es, y no otra cosa, lo del uno y dos por ciento.
Los abuelos y las abuelas que han vuelto a recoger en sus casas a sus hijos e hijas con familia, desahuciados y en el paro, no consigo imaginar a qué equilibrios y malabarismos se verán forzados para mantener la paz de los ánimos y satisfechos los estómagos.
Esto está pareciendo cada vez más una economía de posguerra, y la tristeza es como un manto negro que lo cubre todo y no deja ver ni siquiera un pequeño y tímido rayito de esperanza.
Estamos vencidos y derrotados. ¿Lo estamos?
Ya ni tengo ganas de comentar lo de los jóvenes que se van fuera para experimentar y conocer; o lo otro de cambiar la ley para poder tocar la caja de los fondos… Total, me va a dar lo mismo.

Acaba noviembre con sorpresa


Como si hubiera premeditación, incluso alevosía y nocturnidad, durante este mes que hoy termina se me han escacharrado un montón de máquinas: el video Loewe, el contestador Panasonic, el cepillo de dientes Interplak, la impresora Samsung, el taladro Intertools, el televisor 12” Sanyo y el tdt Noséquémarcadecuatroperras.
Al mismo tiempo he podido comprobar que están en perfecto uso, aunque algo descuidados en su mantenimiento, la máquina de super 8, el teléfono de telefónica, el cepillo de dientes manual, las máquinas de escribir mecánicas, mi colección de berbiquíes, la radio que me regaló mi hermano y la bicicleta.
Igualmente, Moli sigue envejeciendo con soltura, Gumi crece cada vez más cabestro y Berto continúa igual de alelado. Los tres, sin embargo, se están volviendo más cariñosos, y cualquier día me los roban, especialmente a estos dos últimos, para usarlos de peluches.
Impresora Brother 2130
Ayer, para darme una alegría, alguien se ha presentado con una impresora a estrenar, porque no se puede consentir que llegue alguien, pida un certificado de bautismo y yo le entregue un papel escrito a máquina con correcciones, tachaduras y mala impresión. ¡Estaría bueno!
¿El corsa? Bien, gracias a dios. Pero esta mañana se quedó encendida por más tiempo del debido una lucecita que señala una llave fija…
En cuanto a mí, ya lo dice Labordeta, ¡callejeando!

333

 

Hoy es el día 334º del presente año. Tras una vuelta rápida por el mundo de la información, después de comprobar que este planeta sigue girando sobre su eje como siempre, y convencido a punto de empezar la jornada de que nada nuevo va a descubrirse bajo el tímido sol que indolentemente se abre camino entre las nubes, me topo con una frase de cuya autoría nadie dice nada: Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida.
Templar viene bien a estas horas frías de la mañana. Nombrar al alma, cuando es el cuerpo el encogido, parece tomadura de pelo. Aludir a las dificultades de la vida, puro cachondeo.
Sin embargo la frase es seria, y servidor, entre otros muchos, si no así, de una u otra manera más de una vez la ha pensado, en alguna ocasión la ha expresado de palabra o por escrito, siempre en todo caso la ha mantenido y/o defendido.
Llega sin embargo un momento en que alguien te plantea, o tú mismo te preguntas, si el plato que hay sobre la mesa se llenará con lo que el alma aporte, si el cuerpo que ahora tienes frío se contentará con las cálidas ideas que desde el alma le envíes, si con decir lenta y repetidamente 33 mientras el fonendo recorre tu piel bastará para confirmar que los 333 días pasados han merecido la pena, y podrás encarar los 33 días que quedan con suficiente salud en alma y cuerpo.
Una vez más la terca realidad te aborda como los piratas a los navegantes distraídos y complacidos con la “mansedad” del mar: ¡la bolsa o la vida!
Te apremian las urgencias del momento, las cuestiones concretas desde lo concreto de la vida: pon estos carteles, cámbiame de grupo, tengo un cura amigo que me lo hace, no asistiré a la reunión, dame un certificado, el vestido ya está decidido, nos vamos fuera, vendrá toda la familia, ni ruegos ni preguntas…
33 años de la vida y todo sigue parecido. 333 días iguales a sí mismos. 33 son los que faltan para ser ¿más de lo mismo?

Distopías


Castillo de Loarre, Huesca

A mi gente casi la tengo convencida de que utopía, lejos de ser algo imposible por más que deseable, es aquello que aún no está al alcance de la mano pero bien podría estarlo si, convencidos y decididos, nos proponemos alcanzarlo realizándolo.
Mi trabajo me está costando, porque, dada la circunstancia actual y la anterior y la que se sospecha llegará mañana, suena sinceramente a música celestial.
En esas estoy y me llega otra palabra complicada, que desconocía hasta ahora: distopía.
Tiro de diccionario y veo que no la reconoce. Indago un poco más y compruebo que tiene su lugar, aunque no es demasiado extenso. La mejor definición de esta palabra que me encuentro es: La distopía, el antónimo de la utopía, es un género que da mucho juego para criticar, en clave de ficción, situaciones actuales.
O sea, dicho de otro modo, si utopía es aquel futuro idílico universalmente deseable, distopía se refiere a un horizonte apocalíptico del que más nos conviene huir.
Parece ser que la palabra positiva, utopía, la acuñó Tomás Moro en su libro Dē Optimo Rēpūblicae Statu dēque Nova Insula Ūtopia, en el siglo XVI. La negativa, distopía, tiene por autor a John Stuart Mill, que se apoyó para crearla en otra de Bentham, cacotopía, allá por el siglo XIX. Y no quiero remontarme más, porque entonces llegaríamos a Platón, y no es plan.
Menudo follón se me presenta a partir de ahora. ¿Peor aún que esto? ¡Dios nos coja confesados!

¡Marana Tha!



Había pensado titular esto con una sola palabra, otoño. Pero me ha parecido demasiado simple y recurrente, habida cuenta que estoy en noviembre, 27 exactamente. Mi primera sensación del día, tras los habituales despertarme, espurrirme, levantarme, vestirme, visitar al urinario, desayunar y abrir la puerta de casa, ha sido sin duda la de “ausencia”. Sí, ausencia en medio de todo lo que hay ahí fuera. En primer lugar ausencia de calor; y luego ausencia de luz, de animación, de vitalidad… Y también falta de ganas de salir.
La segunda, el caos, el desorden, el maremagnum. Normal, siendo martes; los lunes hay catequesis infantil, más de ciento cincuenta lebreles de ambos sexos; sillas, mesas y demás quedó todo patasarriba; demasiado ritmo y mucha prisa, para luego poder dejar las cosas ordenadas.
Por fuerza tenía que llegar la tercera: Una necesidad imperiosa de hacer algo, de no consentir que eso me avasallase, de afirmarme ante lo que se me impone; hay que ordenar esto para que vuelva a estar lleno y ordenado. Voy a por las artes de limpiar y me pongo manos a la obra.
De alguna manera esa misma tuvo que ser la secuencia de mis sensaciones primeras; nacer me supondría perder el hogar cálido en el que me gestaron; salir a un lugar desconocido y descolocado para mis hábitos hasta entonces; llegar al convencimiento de que algo tendría que hacer para que empezara a encontrarme a gusto, si no tanto, al menos una parte significativa de aquellas primeros nueve meses tan felices.
Por lo mismo, y haciendo una traslación, transposición o especie de metempsicosis, podría imaginar cuál sería la secuencia histórica de vivencias y sentimientos de la humanidad desde un principio. Aunque también pudo haber ocurrido justo al revés. Ni niego, ni afirmo; es más, tampoco sugiero.
No tengo ni pajolera idea de cuándo el ser humano pudo empezar a hacerse eso que llaman las preguntas transcendentales: quién soy, de dónde vengo, hacia dónde me dirigen, qué hay detrás de aquella puerta cerrada… Y sobre esto presumo que hay torrentes de tinta vertida en escritos. Incluso ahora estarán investigándolo los especialistas a partir de los hallazgos en la Gran Trinchera, Burgos.
Lo que sí sé es que esa frase que titula esta entrada es la última palabra de la Biblia. Es un grito: ¡Marana tha! ¡Ven, Señor!
Algunas personas se creyeron dichosos porque vieron y tocaron; sin embargo no entendieron nada, y alguien tuvo que forzar las cosas para que aquellos ojos y sus pares los oídos empezaran a comprender. Ese mismo alguien llamó felices y bienaventurados a quienes no exigieran tanto eso, y mejor se dejaran llevar en alas de la confianza.
De la confianza a la esperanza hay camino de ida y vuelta. Confía quien espera, y espera el que tiene confianza. Porque si una faltare, entonces a la desconfianza acompañaría la desesperanza y viceversa.
El libro del Apocalipsis, revelación, es el mejor tratado del que tengo conocimiento sobre la resistencia. Resistencia contra la dura realidad, contra el caos y el desorden, contra todo tipo de ausencia. Resistencia para usar las herramientas, todas las que hagan falta, para limpiar, ordenar, adecentar, mejorar, airear, y fijar dando esplendor (como la rae mismamente). Y la última palabra -¡marana tha!- no es una llamada de socorro al bombero de guardia, ni al médico de turno; tampoco al centinela armado o al carretero de la basura. No es el 112 el objetivo de esa exclamación. Soy yo mismo. Es decirme ¡levántate y anda! ¡coge tu camilla y vete a tu casa! ¡habla! ¡mira! ¡no estás muerto, despierta! ¡no lamentes mañana lo que puedes hacer hoy! ¡resiste contra viento y marea!
Una sencilla tapia separa dos mundos, ¿uno con niebla y otro sin ella? Es tan frágil que esos mundos no pueden estar tan distantes, tan desconectados, ser tan diferentes. Incluso pudiera no existir, como si nadie la hubiera construido. Basta elevarse un poco, sólo un poquito, para verlo todo unido, comunicado, todo en tensa expectación, resistiendo.
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Desde hoy y hasta que llegue el momento de quitarlo, un cartel de tamaño natural con la frase ¡Marana Tha! ¡Ven, Señor Jesús! adornará la parte superior del presbiterio de mi iglesia parroquial. Es Adviento.

Sobre como, por querer atajar en el camino, resulta que termino mucho más atrás que donde lo dejé



Aprendí a escribir a máquina por el método ciego, según el manual “Tratado teórico - práctico de Mecanografía” por León Sanz Lodre (utilísimo para aprender a escribir al “tacto”) en el año 1966. Mi olimpia splendid 33 me ha acompañado desde entonces, hasta que me ordené; quiero decir hasta que me pasé al ordenador.
Cuando me hicieron cambiar de equipo para tener conexión a internet, hube también de abandonar la vieja impresora a tinta. Había trabajado con las dos cosas sin mayor problema durante largos años. Estaba obsoleto, pero en buen uso. Se lo llevó alguien que lo seguirá usando, eso creo.
En su lugar tengo ahora un pantallón de mucho cuidado, que para verlo completo he de situarme a casi un metro de distancia. Y, como hice caso al técnico, me traje una impresora de postín, cara de salero, tan grande que no pude meterla en mi corsa, y fue necesario pedir una ranchera. Tampoco cabía en mi cuarto de estar, así que la instalé en otra habitación, con una conexión de casi diez metros. Nunca supe cómo extraer de ella todo su enorme potencial. A cambio, se rompió irremisiblemente a los dos años, justo cuando la garantía acababa de expirar. Fue para la basura, el punto limpio que tenemos en el barrio.
Volví a la andadas, con otra marca y más barata. A laser, color y no sé cuántas cosas más, mismamente como la anterior. También acaba de fallar a los veinticinco meses y cuatro días. Ya no hay garantía. Dicen que es una pieza, que a ver si la consiguen…
El caso es que llevo dos semanas escribiendo con mi vieja olimpia. Hacía que no usaba un teclado mecánico casi veinticuatro años, desde diciembre de 1988. Y así me va, escribiendo, mejor dicho emborronando los folios con tachaduras y correcciones. Y lento, desesperadamente lento.
Tengo en un armario guardada una olivetti eléctrica, conseguida en la Caja a los puntos. Está sin estrenar. He querido rescatarla del olvido, pero requiere manual de instrucciones, y ya no estoy para esos trotes.
O sea, que estoy como entonces, pero peor. Es decir, como el señor Mas, de Cataluña.
He vuelto a desempolvar el viejo manual de mecanografía por ver si ejercitándome un poco consigo recuperar mi antigua habilidad. No desespero. En esto le gano al Señor Mas, tengo toda la vida por delante.

¡Justicia!




Una de las cosas que más me han conmovido en la Sagrada Escritura, concretamente en el Antiguo Testamento, es la virulencia con que los profetas acusan a los jueces inicuos que dictan sentencia contra los inocentes. Dicen hablar en nombre de Yahveh, y amenazan con duros castigos a los prevaricadores.
Luego en los evangelios también Jesús toca el asunto y en la parábola de la viuda y el juez injusto (Lc 18, 1-8) exhorta a insistir para obtener justicia contra viento y marea.
De modo que los jueces y la justicia que practican no parece que salgan bien parados a partir de los textos bíblicos, considerando el consejo de entenderse antes de acudir al juzgado, porque en llegando allá lo seguro es terminar trasquilado (Lc 12, 58-59). A mayores, está el dicho atribuido con toda seguridad a Jesús «no juzguéis y no seréis juzgados» (Lc 6,37), porque con «la misma medida con que juzguéis se os juzgará» (Lc 6, 38b). Que se repite en el evangelio de Mateo: «No juzguéis, para que Dios no os juzgue; 2porque Dios os juzgará del mismo modo que vosotros hayáis juzgado y os medirá con la medida con que hayáis medido a los demás» (Mt 7, 1-2).
Desde luego en mi familia las leyes y su administración no es palo que se haya tocado, salvando a un tío materno que estudió pero no ejerció, o sea como si nada.
Mis padres me decían, a partir de su experiencia, que «más vale un mal arreglo que un buen pleito» y que «Dios de la nada hizo el mundo, y el abogado de la nada un pleito». Y nunca entró en casa un abogado, ni tuvimos que ir a su despacho.
Eso sí, mi padre en sus primeros años fue juez de paz del pueblo; y según me contaron quienes lo vieron actuar, fue buen hombre.
Con esto quiero decir que a mí los jueces, los abogados, los juzgados y sus secretarios y oficiales me han pillado siempre lejos. Una sola vez tuve que acudir a responder de una denuncia, hace exactamente, 37 años; y digo exactamente, porque fue en Rioseco un veinticinco de noviembre. Puse objeciones a celebrar un funeral por el difunto caudillo y el señor alcalde y concejales reunidos acordaron dar parte. Claro que no fueron ellos por su cuenta, sino a instancias del entonces secretario provincial del movimiento, de apellido Velasco, pero nada que ver conmigo.
Cuando llegó Miguel Ángel a la vida de Esther conocí en carne y hueso a un juez en ejercicio. Ni me dio miedo, ni tuve que pensar cómo actuar para no incurrir en desacato. Claro que tampoco tocamos aspectos de su trabajo. Sí me tocó actuar a mí, porque estuve en su boda como testigo de la Iglesia, además de por amigo.
En fin, para mí la judicatura, el ejercicio de administración de la justicia, los señores letrados, me han importado en la medida en que tenía que gestionar el bienestar de un menor en desamparo o de una mujer maltratada. Fuera de eso, nada que reseñar.
Ahora resulta que quieren subir las tasas para poder pleitear. Lo cual quiere decir que se cobran tasas, primera cosa que ignoraba. En mi desconocimiento de la cosa, creía que la justicia era gratuita. Pues no. No, salvo excepciones, parece ser.
Si suben las tasas, y lo ponen imposible, va a resultar que aquí van a beneficiarse las personas que delinquen contra personas que no pueden defenderse. Ya ha sucedido antes, pero ahora va a ocurrir con mayor razón; o sin razón, para expresarme más correctamente.
Si a partir de ahora, para poder reclamar, por ejemplo, que me restituyan cien he de pagar antes una tasa de doscientas, decidiré perder cien en lugar de trescientas. Es sólo un ejemplo de ignorante, que es lo que soy en este asunto. Presumo que si cobran por hacer justicia a los que la solicitan, el ejercicio de un derecho constitucional va a quedar más que cojo, postrado en cama; enfermo mortal de necesidad. Otro que añadir a la cuenta de este rosario de pérdidas en nuestro flaco ajuar comunal y particular.
Yo me pregunto qué será de aquella historia ejemplar que aprendí en mi infancia de una buena mujer que acudió al rey para implorar se le reconociera su derecho. Sólo tuvo que gritar ¡Justicia!, y fue atendida [pincha si tienes curiosidad].
No creo que hoy fuera escuchada sin pasar antes por caja. ¡Cuánto lo lamento!

Gracias porque aún no he llegado




Gracias porque aún no he llegado y tengo que caminar,
seguir y seguir, Padre,
pues el día en que me siente
soy mujer muerta, hombre muerto.

No quiero descansar ni llegar a la meta.
Quiero ser sólo un caminante hacia Ti.

Nunca la verdad entera,
nunca respuestas para todo,
siempre delante el misterio
de la vida y de la muerte.

No quiero vivir tranquilo
con las respuestas que me dieron de niño,
ni con las costumbres que adquirí entonces,
ni con el bien que entonces aprendí a realizar.

Siempre estudiando en los libros y en la vida
las huellas de tus pasos.
Caminar en la penumbra con la candela de la fe.

No llegar nunca a la definitiva conversión.
No ser perfecto.
No mirar a los otros desde la cima.
Ir con ellos en ruta.

Prefiero tu vela vacilante a mi bombilla fija,
tu amor prometido a mi amor poseído,
tu campo a través a mi camino hecho,
tu futuro a mi presente.

Te prefiero a Ti,
éxodo, promesa, esperanza.
Gracias porque aún no he llegado.
Patxi Loidi. Mar adentro

 
Un logro del Concilio Vaticano II del que aún no se pueden calcular todas sus consecuencias fue poner al alcance de los cristianos de a pie, el laicado, la más numerosa parte del Pueblo de Dios, la Sagrada Escritura. Hasta entonces no se podía, y era necesario un permiso especial del párroco o del confesor de turno. A partir del Vaticano II muchas personas bautizadas en la Iglesia Católica se han acercado a ella, la tienen en casa en versión íntegra y participan en grupo de su lectura, estudio y oración. La exégesis, sin dejar de ser cosa de especialistas y sin llegar a la erudición de éstos, está al alcance de quien lo desee y lo trabaje.
Que tras muchos años de estudios se nos ofrezca ahora la infancia de Jesús dejando de lado la investigación bíblica de los últimos años, y en lo que parece una lectura literal de los textos evangélicos, con la firma de quien ostenta tan alto cargo en la Iglesia, no importa que no pretenda argumentar con autoridad, de hecho lo hace; nos remite a lo aprendido antes que invitarnos a buscar, leer, estudiar, reflexionar, orar. La fe no busca seguridad, sino adhesión a quien es por definición inasible. Por eso escojo este poema, porque aún estoy en camino, y Él me acompaña.

¡Ah! Pues el Papa no dijo eso. Rectificando mi entrada anterior



Ya tengo respuesta para las señoras de mi parroquia que se intranquilizaron con las palabras atribuidas al Papa sobre los animalitos de Belén. Y espero que quien o quienes sembraron zozobra en gentes sencillas rectifiquen o aclaren este malentendido como corresponde.
Esas son las palabras literales con las que el Papa concluye los párrafos precedentes, relativos a la narración evangélica del nacimiento de Jesús:
«María puso a su niño recién nacido en un pesebre. De aquí se ha deducido con razón que Jesús nació en un establo, en un ambiente poco acogedor -estaríamos tentados de decir: indigno-, pero que ofrecía, en todo caso, la discreción necesaria para el santo evento. En la región en torno a Belén se usan desde siempre grutas como establo.
El pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3: “El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no me comprende”.
En la singular conexión entre Isaías 1,3, Habacuc 3,2, Éxodo 25, 18-20 y el pesebre, aparecen los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno.»
Seguro que estas Navidades podremos todos comer mazapanes tan alegres como siempre, sabiendo que este pequeño detalle no va poner en peligro el respeto que nos debemos mutua y recíprocamente.

¡Así lo diga el Papa de Roma!

 

Las personas de sexo femenino de mi parroquia son muy suyas y tienen las ideas bastante claras. Esa de arriba ha sido la respuesta que han dado todas juntas y hechas un bloque ante el último libro que ha sacado Benedicto XVI, sobre la infancia de Jesús.
Lo del parto virginal de María lo daban por supuesto. No en vano fue el pueblo llano, lleno por encima de la mitad de mujeres, quien sacó a la jerarquía lo de la Inmaculada. Porque los santos varones, francamente, no estaban por la labor.
Pasan olímpicamente sobre lo del niño perdido y hallado en el templo. Si un chaval, aunque fuera Jesús, con apenas doce años, o los que fueran, tuvo o dejó de tener conciencia de su propio mesianismo, eso es para los doctores. A ellas les basta que el nene volvió dócil a casa con su madre, como Dios manda.
Sobre los reyes y la estrella no opinan. Si fueron sabios, curiosos o monjes tibetanos, que no se les baje del camello ni se arríe su corona; y la estrella, supernova o supervieja, con un simple porespan o papel aluminio cocinil, que no falte. En cuanto a lo demás, allá él con sus cosas.
Pero que afirme que el buey y la mula están de más, que en aquel portalico de Belén no estaba la pareja de animales y que por consiguiente en la próxima Navidad no debieran ponerse las figurillas de marras junto a la cuna del Niño Jesús, María y José… eso ya es pasarse.
Así que han decidido que el señor Papa se meta en sus asuntos, que ellas saben muy bien lo que tienen que hacer. Y advierten que no han leído el libro, ni lo piensan leer.

¡Qué caída más tonta!



No sé cómo fue, la verdad. Cuando me quise dar cuenta, estaba allá abajo, y la bici de P ruedas arriba.
De un tiempo a esta parte Gumi se toma conmigo demasiadas brusquedades. Tira a mordisquearme las orejas, me espera al pie de la escalera para atacarme en el morro, y corre tras de mí por la nave intentando pillarme el rabo. Ya tengo por su culpa alguna que otra calva en mi pellejo, producto de sus dientes afilados.
Pero no es su boca lo peor. Es que tiene el animal unas fuerzas que yo me digo que de dónde las habrá heredado. Su madre era más bien poca cosa, y yo de violento tengo casi nada. Hay veces que no lo reconozco como mi hijo primogénito.
El caso es que esa escalera la subimos y bajamos al cabo del día tropecientas veces. Y nunca ha pasado nada. El Míguel se cubrió en salud poniendo tablas en los huecos de la barandilla, y últimamente incluso una barra para que no nos escurriéramos hasta abajo.
El otro día, tras nuestro paseo vespertino, Gumi estaba especialmente juguetón. Primero fue con Moli, que le seguía el juego, la muy viejecita, como si fuera la abuela turuleta con su nieto carnal en vez de un simple adoptado. Pero en cuanto empezamos el primer peldaño, continuó conmigo, y no dejó de darme empellones hasta arriba del todo.
Si me tropecé, si resbalé en el suave piso, si me empujó con su lateral poderoso… servidor, Berto, salió volando por los aires, aterricé con mi costillar izquierdo en el suelo de la nave, derrapé sobre las baldosas y terminé derribando la bicicleta, contra la que me frené.
Un poco aturdido y sin saber qué y cómo había pasado, me sacudí las orejotas y volví a emprender el camino de subida. Míguel, cuando llegué hasta él, estaba en silencio, y creo que hasta cambiado de color. Sin palabras me atusó la parte de mi cuerpo que había servido de patín, y, como no di muestras de dolor, creo que se fue a merendar algo más tranquilo.
Veinticuatro horas me ha tenido en observación. Y mientras tanto ha estado muy afanoso con maderas, herramientas y no sé qué más. Ayer, a la hora de salir por la tarde para estirar las patas, y miccionar / defecar por los alrededores, he encontrado esa tabla corrida que asegura mi integridad a lo largo de toda la escalera y galería. Creo que ni Gumi ni Moli se han percatado de ella; el pequeñajo porque no le hace falta, el muy bribón se ha puesto como un toro y ya no cabe por el hueco; y la viejecita porque sus cataratas no se lo permitirán.
Puesto que lo ha hecho para mi seguridad, desde estas líneas le mando un gruñido de agradecimiento.
Berto

Mientras nadaba



Aún no sé atender a dos personas que me hablen al tiempo, ni consigo hacer las cosas sino de una en una; o sea que si tengo que hacer varias faenas, he de empezar por una, terminarla y comenzar la siguiente; por eso en la cocina soy un manazas, aunque me apaño a mi ritmo.
Sin embargo hoy nadando he podido pensar, ¡qué raro! Que ¿en qué? En una tontería. ¡Mira que si se va la luz ahora! Pero no se fue. Y empecé a recordar:
No había gas, ni butano ni entubado; la cocina era de paja y ardía lentamente durante las veinticuatro horas. Se avivaba soplando o dándole al fuelle.
No había electricidad, salvo para las bombillas pelonas, una en cada habitación. Y velas, muchas velas. Y quinqués, y candiles… Ni radio, ni tele, ni pecé, ni infiernillos, ni secadores de pelo, ni lavadoras, ni secadoras, ni lavavajillas, ni radiodespertadores…
No había agua corriente. El pozo surtía para animales, personas y cosas.
Había una despensa bien surtida, así que si no llegaba el fresquero, el frutero o el carnicero, se tiraba de matanza y a vivir.
Estaba la gloria, que era una bendición. El suelo calentito y los pies agradecidos.
Nuestra casa no tenía dependencias ni servidumbres. Con el exterior, las puertas y las ventanas. Dentro de ella se podía resistir cualquier tipo de cerco, por muy tenaz que fuera el enemigo.
Ahora es bien distinto. ¡Anda que si nos cortan el agua, el gas, el teléfono, la electricidad y nos taponan los desagües!
Eso es lo que pensaba mientras le daba a los estilos, completamente abstraído en mis pensamientos. Por supuesto que aquellos tiempos no eran mejores, pero no fueron tan malos.
Cuando he llegado a casa me he encontrado este comentario a una entrada en este blog de hace unos años:
«Anónimo ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Esperando… ¡Deben nacer flores!":

Quería dedicar esta canción a José Luis Barbería, un periodista de El País despedido hace 8 días. Y que por cierto hoy han entregado un premio en la AECOC por su buen hacer.

Es el periodista que osó publicar el reportaje de una anciana, María Victoria Gómez Morales, en defensa del Jesuita Juan Masiá, titulado "La vara del Cardenal".

Para él, José Luis Barbería, mi más sentido homenaje como librepensador con esta canción. Amenazado de muerte por ETA por años, se supo mantener firme y libre. Gracias a sus reportajes siempre enfocados hacia la libertad y la justicia, muchas gentes han abierto los ojos. Fue también el que acuñó el término ya tan cotidiano de "generación ni-ni". Es una pena que El País prescinda de sus mejores personas por cuestiones económicas, es un suicidio.»

El periódico El País es casi de ahora, aunque lleve ya unos cuantos años publicándose. José Luis Barbería era alguien que yo identificaba con ese periódico. Si ya no es así, va a resultar que ha dejado de interesarme la información que ofrezca el diario en cuestión.
Me están entrando ganas de pensar que hubo un tiempo pasado mejor que esto de ahora.

¿Me estás vacilando?

 
Pues no. Te digo la verdad. Si me adoptases ibas a tener un presupuesto especial sólo para darme de comer.
Fue más o menos así nuestro diálogo cuando alguien me alertó que estaba demasiado delgado. ¿Te encuentras bien? fue su primera pregunta tras el saludo.
Luego algunas otras personas, excepto mi médica predilecta, también se han interesado por mí sobre este particular. La última L, esta misma tarde, cuyo cumpleaños nos ha invitado a celebrar con una empanada, vino del Duero y pastas para terminar. ¿Dónde te lo metes? me dijo cuando afirmé que pensaba cenar como todos los días.
Para tranquilidad del personal he de decir que tanto si estoy acompañado como si estoy solito, comer para mí es comer; lo demás es picar.
Valga como prueba este par de fotos de un día que me cociné cabeza de congrio con patatas.

Abraham, Isaac y el sacrificio de los hijos



He sido invitado por mis amigos musulmanes a celebrar Aid al-Adha (la fiesta del sacrificio), también llamada Aid-al Kebir (la fiesta grande), que en España conocemos como La Fiesta del Cordero. Por supuesto había cordero en la mesa, adquirido en unos grandes almacenes y por tanto sin tener en cuenta si se trataba o no de un animal sacrificado según las prescripciones del Corán y de la Sharía. Propiamente no ha sido un acto religioso sino una comida familiar. Pero no deja de ser un acto que recuerda al cordero que sustituyó a Isaac, hijo de Abraham, en la pira del sacrificio ritual ocurrido en las laderas del Monte Moria. Lo que iba a ser un sacrificio humano pasó a ser el sacrificio de un animal.
A ningún musulmán he oído jamás que decir que Alá fuera un dios sanguinario por pedir aquello a Abraham. A demasiadas personas cristianas o de educación cristiana sí he visto afirmar rotundamente tal calificativo. Sin embargo en el mundo civilizado de los más pudientes no tenemos ningún empalago en permitir el sacrificio de nuestros hijos. Porque nuestros son los niños y niñas que quedan marcados de por vida, o muertos para siempre, por acciones y omisiones, por supuesto de sus legítimos padres, pero también de quienes se aprovechan, negocian y disfrutan de los productos generados en negocios en los que son utilizados en demasiadas zonas de nuestro mundo.
No es el Dios del Antiguo Testamento, tampoco Alá, quien lo ordena o permite. Es el ser humano quien lo maquina con premeditación, alevosía y todos los agravantes que imaginar se pueda. Ojala un cordero fuera capaz de sustituir a las niñas y a los niños que en estos momentos están siendo sacrificados. ¿No habrá un dios que así lo ordene?
Anteanoche entré en mi cama cabreado. La culpa fue de la dos, que emitió un programa que no pude quitarme de la cabeza en toda la noche: "El algodón, la cara oculta del oro blanco"

¿Esto mismo y lo contrario?

 
Como soy pastor de mi redil, desconozco qué ocurre en otros rediles y qué hagan o digan sus pastores. Noticias sí me llegan, pero siempre a través de. Me gustaría poder tener esa información en vivo y en directo, pero no me es posible.
Sin embargo, puesto que el río suena, algo de verdad sí que debe haber. Y puede que en tanto estos digan y hagan una cosa, aquellos hagan y digan otra muy distinta.
Me acabo de enterar de que a una profesora de Estudios Católicos en la Universidad de Roehampton (Reino Unido) y conocida por su trabajo en cuestiones éticas contemporáneas y visión católica del feminismo, Tina Beattie, le han retirado la invitación a una estancia en el Centro de Cultura y Pensamiento Católicos “Frances G. Harpst”, dependiente de la Universidad de San Diego, por decisión de la dirección académica, ante las críticas y quejas de algunos de sus patrocinadores. El director del Centro, Gerard Mannion, se ha mostrado perplejo y altamente disgustado por ello y avisa que habrá protestas. La razón, que Tina Beattie firmó recientemente una carta dirigida al diario The Times, en la que defendía que es perfectamente lícito para un católico, haciendo uso de su libertad de conciencia, apoyar la extensión legal del matrimonio civil a las parejas del mismo sexo.
Por otra parte, un párroco, Richard T. Lawrence, de la iglesia de San Vicente de Paul, en Baltimore, tras leer una carta de su arzobispo llamando a votar contra el matrimonio entre personas del mismo sexo en el referéndum que se celebrará el próximo martes en Maryland, añadió de su propia cosecha: “A mí me parece que incluso si creemos que la iglesia no debe permitir el matrimonio gay, podríamos convivir con una norma que permita el matrimonio civil de las parejas de gays y lesbianas. Yo personalmente, sin embargo, iría incluso más lejos; podríamos reconocer la total, exclusiva y permanente unión de las parejas de gays y lesbianas como parte del sacramento del matrimonio”. Lawrence reconoció que esta no era, en la actualidad, la doctrina de la iglesia, pero añadió que “personalmente creo que esta es una posible línea de desarrollo teológico en el futuro, y quizá al final forme parte de la enseñanza de la iglesia. ¿Y si esto es posible, por qué no debemos considerar que el matrimonio civil de las parejas de gays y lesbianas debería estar permitido?
Esto dicho, en la Iglesia Católica caben, como en banasta, tanto sardinas como arenques, chicharros, langostinos, quisquillas y todo tipo de animalitos marinos o terrestres. Y esto, por más que se pretenda dar imagen de uniformidad y de que quien saque los pies de las alforjas, cuidadín que se los cortan.
Para nada. Disciplina sí, y unidad también; más importante ésta que aquella, por supuesto. Pero libertad en las cosas que son opinables y defendibles desde los presupuestos fundamentales de la fe. Porque nuestra Iglesia no se transparenta en la solidez y rotundidad de las piedras de San Pedro del Vaticano, sino en la presencia siempre viva y vivificadora del Espíritu de Jesús de Nazaret, el Cristo.
No es pues extraño que en una parroquia se diga y dialogue de una manera y justo en la de al lado, de otra diferente.
Mi opinión personal, que también la tengo, -no va a ser sólo R.T. Lawrence quien haga uso de ella-, es lo que he vivido y de lo que puedo hablar. Nunca he recibido directrices de estricto cumplimiento, jamás se me ha pedido, menos obligado, a adoctrinar al personal de una determinada manera. Si se me ha llamado para responder de algunas quejas, ha sido más por deferencia que otra cosa. Y como aquí los patrocinadores somos quienes formamos la parroquia…
Siempre hay y habrá quien/quienes, creyéndose cancerberos de lo que consideran la sana y única doctrina, sospechen, husmeen, critiquen y hasta acusen, denunciando. Más les valiera dejarse de monsergas y respiraran los vientos del Espíritu.

El baño de Bienve


Bienve ya es conocido en este blog. Es el periquito, o periquita, que pidió posada y lo demás en nuestra casa, y fue bienvenido y acogido.
El día de la huelga quiso pegarse un baño mientras yo recogía mi cocina. Entraba por la ventana un sol de membrillo que anestesiaba los sentidos.
Lo intentó en el bebedero, y a duras penas conseguía meter su cabeza en el agua y chapucarse el resto. Corrí en su ayuda y puse un tazón en el medio de la jaula, pero tras probarlo volvía al bebedero.
Finalmente le puse un envase de plástico, de los de frutos secos, más ancho y con la base plana. Y entonces llegó el apoteosis.
Si tenéis ganas y paciencia podéis mirarlo. Son apenas tres minutos, interrumpidos por los ladridos de Gumi que amenazaba a alguien en la calle. Bienve se quedó a medio baño, pero parece que fue más que suficiente.
Ahora no me preguntéis por qué perdí parte de mi precioso tiempo en esta bobadilla; os contestaría que por mis amigos hago lo que sea, hasta perder el tiempo. Y además, disfruto.

Santos de toda santidad


El Salvador 16/9/1989 - Ntra. Sra. de Guadalupe 16/9/2012


EL INGENIOSO HIDALGO DON IGNACIO ELLACURÍA, EL SIN MANCHA
(Este poema formó parte del poemario “Poesía de la Liberación”, ganador del primer lugar en el Certamen de Poesía Mártires de la UCA, 2007)


En un lugar de esta mancha,
cuyo nombre sería bueno recordar,
vivió un cristiano sincero,
fiero pensante y fiel denunciador
de las injusticias…
Por estandarte
siempre tuvo la razón,
y por caballo su fe.
Se dice que luchó
contra la violencia
buscando siempre el bienestar
de su gran amor:
El Pueblo.
Enfrentose a los molinos
de la Represión,
y nunca se confió de lo evidente,
pues es allí donde los encantadores
siempre atacan,
por donde nunca nadie prevee.
Un día lo mataron
y le dispararon en la cabeza…
¡Y qué molinos tan tontos,
porque su historia nunca será olvidada!

Paseándonos a cuerpo


Mi calle y mis vecinos
Es decir, callejeando. Porque la calle es nuestra, y mía, y tuya y de aquel. Es de todos. No importa a qué ritmo lo hagamos, si de Labordeta o de Gabriel Celaya, es el hecho lo que cuenta. Por eso para mí la calle es sagrada, porque ahí se pone en evidencia mi libertad. Y también a prueba… del algodón.
Lo de la república independiente de mi casa no deja de ser una chorrada por perogrullada; pues sólo faltaría que en la intimidad no pudiera ser yo y tuviera que disimular, transigir u ocultarme.
Es en la calle donde, en ese juego de relaciones con personas de así y asá, conocidas y desconocidas, vecinas y forasteras, ricas o no pudientes, cultas o como para ir tirandillo, de rancio abolengo o recién aparecidas, puedo ir o venir sin que nadie se meta conmigo, me avasalle o me atropelle. O no.
Eso de salir de casa y llevar la cachicuerna en lo alto de la faja por si acaso; tener que ir por la zona de la sombra para pasar inadvertido; evitar según qué zonas porque puede haber peligro; no poder pararme delante de qué edificio porque es vip; evitar ir en grupo o en solitario según casos y circunstancias; eso no es vida.
La calle ha de ser el santuario de nuestra libertad.
Me da mucho miedo cuando la calle se altera, se vuelve oscura e inhóspita; cuando las paredes te hablan con ira, y las miradas te atraviesan. Tengo miedo de las salidas de las muchedumbres, incluso de un templo; puede que dentro hayan enardecido al personal y en la arenga haya habido una consigna: al ataque.
Es legal en democracia tomar la calle y manifestarse. Lo dice la Consti. De acuerdo. Pero sea para lo que sea, la toma de esta manera de la vía pública ¿es antes o después de la deposición del voto en la urna?
Manifestarse para reafirmarse, implica que te están negando. Pero si te lo han hecho por mayoría, entonces te callas, ahí está el juego de la democracia. Ese ejercicio suena a pataleo de quien sólo acepta cuando gana.
Ya digo, deploro que la calle me la ocupen con obras, con desfiles, con procesiones, con manifestaciones, por hundimientos del firme, con el paso rápido de la autoridad [cuando Franco te cortaban lo que fuera desde la madrugada, aunque su rolls atravesara raudo y veloz aquel lugar a medianoche], porque ha ganado el equipo colorao, o porque ha llovido tanto que las alcantarillas no achican suficiente.
En fin, como dijo Fraga, la calle es mía; también del resto; y que nos la corten…

Anteayer fue martes y trece; pero el miércoles estuve atareado


Como ayer fue la huelga, por la mañana la dediqué a repasar el ajuar doméstico. Trescientas diecinueve sillas al uso, utilizadas por culos de los más diversos tamaños, formas y texturas, dan un trabajo de mantenimiento que entretiene. Esta vez sólo tuve que reponer un asiento. Me valió el de las sillas del cine de los koskas que nos trajimos del derribo. Solucionado.
Quedaba, es decir faltaba aún, un buen rato hasta la hora de comer, así que recogí la cosecha de membrillos y casi estaba a punto de tirarlos a la basura cuando llegó V con esta cesta:
Bueno, me dije, tendré que hacer conserva. Y me puse a ello. No hace falta que explique lo que a la vista está:


Por la tarde, a pesar de los pesares, tuve que ir a mi dentista. Hizo reparaciones diversas y ajustó los dos últimos implantes de mi máquina masticadora. Y van siete. Me citó para después de Navidades. Creo que antes nos veremos, he de llevarla turrón y mantecados de iborra.
De vuelta a casa pasé por los ultramarinos de Severo Fraile a por unas botellas de vino de misa. Saludé al personal, me contestaron: ¡Hola Serrano! Usted siempre evangelizando con la bici. Si lo hiciera como pedaleo la cosa iría sobre ruedas; pero no es el caso. Eso respondí. De propina J me regaló un puñado de caramelos.
Al pasar por la piscina entré a ver si estaba abierta. Me dijeron que casi hasta el amanecer. Dije que me esperaran, que en cuantito estuviera libre volvería.
A las ocho, tras la eucaristía, terminé de envasar el membrillo, dejé la cocina recogida, la cena preparada y me fui con los bártulos a nadar.
Terminé la jornada como es habitual, fumándome un tercio de pitillo y leyendo a Dolores.

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