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PREGÓN DE SEMANA SANTA VALLADOLID 2026 Por JOSÉ MARÍA NIETO GONZÁLEZ



    

¡Qué grande es la Catedral y qué pequeños parecemos los católicos!

Una de las señas de identidad de nuestra época es escoger a las personas menos apropiadas para ocupar las responsabilidades más altas, y me temo que este pregonero no es una excepción. Entre más de trescientos mil vallisoletanos, se encarga un discurso largo a aquel cuya única habilidad notoria es la de expresarse cada día con la mayor brevedad posible, en apenas una frase más o menos ingeniosa. Qué disparate.

Por otra parte, de entre todas las personas reunidas en nuestra Santa Iglesia Catedral esta tarde no encontrarán ustedes un aficionado a la Semana Santa más torpe: miope en la observancia, pobre en devociones, superficial en la erudición incluso para pasar por periodista; reacio a los actos sociales incluso para ser de Valladolid; católico mezquino en la piedad y espléndido solo en el pecado.

Pero ¿qué vallisoletano en su sano juicio rehusaría una encomienda semejante? Además el alcalde y la junta de cofradías tendrán sus razones si han pensado en un simple dibujante de periódicos, así que acepto el encargo y les prometo a ustedes el pregón más humilde y el más breve desde que Francisco de Cossío leyó el primero hace ya setenta y ocho años.

Apelo a la benevolencia de todos ustedes, —benevolencia que será la única moneda con la que pagarán “los cuartos al pregonero”— y saludo al excelentísimo y reverendísimo señor arzobispo de la archidiócesis de Valladolid; al excelentísimo señor alcalde de la muy noble, muy leal, heroica y laureada ciudad de Valladolid; al señor presidente de la Junta de cofradías; a los presidentes de las cofradías y hermandades de la ciudad; al ilustrísimo señor deán de esta Santa Iglesia Catedral; miembros de la corporación municipal y de la diputación provincial; de la Junta de Castilla y León; de la subdelegación del Gobierno de España; parlamentarios, mandos de nuestros queridos Cuerpos de seguridad del Estado, de las Fuerzas Armadas y de la Policía Municipal, que cumple ahora doscientos años; compañeros periodistas —de los de verdad, no como yo— y sobre todo a los cofrades y al pueblo fiel de Valladolid; préstenme todos ustedes atención unos minutos, por favor, que he de pregonar algo importante:

Por orden del señor alcalde, se hace saber:

Que Nuestro Señor Jesucristo, hijo único de Dios, por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras. Estos hechos asombrosos, fundacionales de la fe católica, se conmemoran anualmente en Valladolid, al menos desde finales del siglo XV por cofradías que salen en procesión por las calles, portando esculturas de gran valor artístico, en la semana de la primera luna llena tras el equinoccio de primavera, fenómeno astronómico que acontece hoy.

Ya está. El “mínimo pregón posible”, escueto y riguroso, constaría de esas siete frases. Siete frases, de las cuales las tres primeras fueron redactadas en el Concilio de Nicea hace mil setecientos un años. Tengo la convicción de que sin incluir estas frases del Credo, todo lo que se pueda decir de la Semana Santa es palabrería insustancial; con ellas, en cambio, todo se colma de sentido.

Pero no tiene gracia. La cruz que arrastra un pregón de humorista gráfico es la casi total ausencia de humor en el relato de la pasión de Cristo y en los oficios con que la celebramos. El único chiste explícito que recogen los Evangelios lo hicieron los romanos como escarnio de Jesús, momento que vemos reflejado en el paso “Sed Tengo” (de la cofradía de las Siete Palabras), con ese sayón que subido en una escalera le coloca un rótulo burlón al ajusticiado: “Jesús Nazareno, rey de los judíos”. Ese rectángulo de papel es casi una viñeta. Además, como todos los buenos chistes, dice la verdad. Lo cuentan los cuatro evangelistas, pero Juan especifica que lo redactó el propio Poncio Pilato, y añade que la ironía no gustó a los sacerdotes.

El mismo humor sarcástico estaba detrás de la ocurrencia de los soldados de adornar a Nuestro Señor con una corona de espinas, un manto rojo y un cetro de caña, disfraz que también tenemos representado en otro maravilloso paso de Gregorio Fernández, el Ecce Homo que sale con la Hermandad del Cristo de los Artilleros. No hay más risas que las de los torturadores. El espacio del humor en los tex- tos de la Pasión lo protagonizan la burla y el tormento, no puede negarse.

Pero vengo hoy aquí a proclamar una verdad que tampoco puede negarse: a la luz de la fe, todo tiene gracia.

Gracia con mayúscula y con minúscula.

Jesús hace su entrada triunfal en Jerusalén no en un caballo de conquistador, sino en una humilde borriquilla. Lo hizo muy cons- ciente del sentido paradójico de la situación. El Domingo de Ramos celebramos una broma divina. Ese humor del Dios cristiano que juega a confundirnos con lo grande y lo pequeño está en el paso más antiguo de nuestra Semana Santa; un paso ni siquiera de madera; de humilde papelón, que sale con la Cofradía Penitencial de la Santa Vera Cruz, rodeado de niños con palmas y de fotógrafos que hacen fotos a los niños con palmas.

A la luz de la fe, todo tiene gracia. Jesús fue a Jerusalén a celebrar la Pascua desde Betania, pero al mismo tiempo en Valladolid sabemos que Jesús viene a celebrar la Pascua desde Laguna de Duero. (Tiene gracia además porque al Cristo de los Trabajos lo acompaña la Cofradía de las Siete Palabras, a la que ya he citado dos veces, cuando me faltan aún otras 17 cofradías por nombrar; socórreme, Virgen Santísima).

A los humoristas gráficos siempre nos ha gustado publicar viñe- tas sobre las procesiones de Semana Santa llegadas estas fechas. Lo hacemos con un humor blanco y costumbrista que saca punta, si me permiten la redundancia, a los capirotes puntiagudos de los capu- chones (esto siempre dejaba fuera, dicho sea de paso, a la cofradía de mi barrio, la del Santísimo Cristo Despojado, Cristo Camino del Calvario y Nuestra Señora de la Amargura, que procesiona a cara descubierta y en un alarde de valentía no viste capirote).

Pero he de reconocer que en los últimos años cada vez dibujamos menos viñetas de capuchones. Lo he comentado en alguna ocasión con Sansón, maestro y compañero y el otro vallisoletano que se dedica a este extraño oficio de llenar de monigotes los periódicos. La corrección política —que divide a la sociedad en grupos identitarios, siempre enfrentados y siempre ofendidos— hace sospechoso el humor, dando por bueno que solo existe la risa en forma de afrenta sarcástica de los legionarios romanos. Tal vez, dándole la vuelta a mi aserto, en estos tiempos sin fe ni piedad, nada pueda tener gracia.

En estos tiempos polarizados provocan incomodidad la gracia con minúscula y la Gracia con mayúscula. Las celebraciones públicas de fe y devoción popular resultan molestas para el mundo. “Ya están los capillitas paseando muñecos” mascullan con desdén los laicistas mientras pergeñan sus liturgias ateas.

La fe provoca un rechazo sordo. Se aprecia hasta en los textos eruditos que insisten en dejarnos muy claro que la nuestra es una tradición “inventada”. Será que hay dos tipos de tradiciones: las auténticas, que hablan del ser profundo de los pueblos, y las inventadas en determinados contextos ideológicos o circunstancias históricas. ¡Qué mala suerte! A nosotros siempre nos tocan las tradiciones inventadas. Permítanme tomarme a guasa esta artimaña intelectual que quiere teñir de impostura la revitalización de nuestra Semana Santa: toda la cultura humana es inventada, y toda tradición viva se nutre a sí misma de su propio pasado. Comencé citando el Credo redactado en el Concilio de Nicea, convocado en el siglo IV por Constantino. Este emperador tiene una relación íntima con la Semana Santa de Valladolid: Una estatua suya preside la fachada de la Iglesia penitencial de la Santa Vera Cruz, sede de la primera de nuestras cofradías. No nos hace falta inventar nada, porque somos la civilización occidental. Nos asiste un equipo de asesores imbatible: tiene mucha gracia saberse contemporáneo de todo el santoral y hasta de ese hijo de Santa Elena que fue emperador romano y símbolo de la Iglesia triunfante.

Me he venido arriba y había prometido humildad. Con humildad debemos preguntarnos si tal vez tengan parte de razón quienes se irritan ante nuestro entusiasmo devoto. Al fin y al cabo defendemos el significado profundo de lo que celebramos en Semana Santa más allá de su valor cultural o turístico, para acto seguido afirmar que ese significado profundo no es un argumento o un conjunto de ideas, sino un “misterio”. Es paradójico, y una vez más, resulta gracioso.

La fascinación ante el misterio intensifica todo en tal manera que estos días en Valladolid si una cosa es pura, es purísima, si es santa, es santísima, y si es preciosa, es preciosísima. ¡Cómo no se van a estomagar con nosotros!

Y otra paradoja que tiene su gracia es que todo rezuma significa- do en el misterio; ejemplo de ello es la afición a los números impares: Tres son las caídas de nuestro Señor, las negaciones de Pedro y los días del tríduo; Tercera es la Venerable Orden Franciscana; cinco son las cinco llagas del Cristo de la Cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo; siete los Dolores de nuestra Madre, de los que la Angustia más terrible es la Quinta; Siete son las siete palabras del Sermón en la Plaza Mayor; resulta casi de mal gusto que las estaciones del Vía Crucis sumen catorce, así que la Cofradía de Jesús Nazareno guarda el icono de una decimoquinta estación en el columbario de su sede, y quince son también las estaciones del Vía Crucis de la Cofradía de la Orden Franciscana Seglar.

Y tiene su gracia que se diga que con las procesiones las calles se vuelven templos, porque a ras de suelo se convierten en hogares: bajo la luz solemne de los hachones el asfalto se transforma en dormitorio, cocina y baño al paso tierno de los pies descalzos.

Por otra parte, si las calles se convierten en templos los cofrades de Nuestra Señora de la Piedad pueden decir que en su caso fue al revés: su templo se convirtió en calle, ya que donde estaba su histórica iglesia penitencial hoy pasa la calle de López Gómez.

Se me ocurre que también la misma catedral se hizo calle aquellos años convulsos en los que hubo que cobijar en su interior todas las procesiones. A lo mejor se metió también todo el frío de Valladolid, y ese relente nocturno persiste desde entonces entre estos arcos herrerianos, para recordarnos que en muchos lugares del mundo hoy también hay una iglesia perseguida que esconde sus procesiones.

Es innegable el carácter callejero de estas celebraciones. Tenemos hasta calles figuradas, como la calle de la Amargura en la que se encuentran el Martes Santo las cofradías de nuestra Señora de las Angustias y la del Santísimo Cristo Despojado, con sus respectivos pasos. O el Vía Crucis, que organiza la Cofradía de Jesús Nazareno el Miércoles Santo, convirtiendo en vía única las calles del centro, delimitando una ZBE que no es Zona de Bajas Emisiones, sino Zona de Benditas Emociones. Zonas donde el bullicio y el desorden cotidiano se suspenden y dejan que se abra un paréntesis de solemnidad, lentitud ritual, recogimiento y silencio.

Del mismo modo que hay calles muy procesionales en nuestra ciudad hay calles por las que nunca pasa una cofradía, y calles por las que parece que pasan todas, como si el ángulo en que brilla el sol en los tejados, la exposición a los vientos o la manera en que circu- lan las aguas subterráneas hiciesen más o menos beatos a los calle- jones, plazuelas, paseos y correderas. “San Ignacio, Encarnación, Santo Domingo de Guzmán, Expósitos, San Quirce...”. En la mesa del dibujante del periódico, hasta un listado de calles leído en un fax borroso sonaba a letanía. “Cánovas, Regalado, Cascajares, Plaza de la Universidad, Cardenal Cos, Arribas...”.

Durante mis años como infografista del periódico local trasnochaba en la redacción vacía dibujando los recorridos de las procesiones para los folletos de Semana Santa, con textos casi siempre de Javier Burrieza, sobre planos callejeros del centro de Valladolid en nocturnos y piadosos tonos morados. Cada procesión, una línea de 1,41 milímetros de grosor, de brillante color naranja, verde, rojo o azul, sin ninguna relación con las cofradías que salían, que tampoco había que complicarse demasiado. Para el Jueves Santo se hacía necesario dibujar dos planos, pues de otro modo el laberinto de rayas de colores sería ilegible. “Plaza de los Arces, Guadamacileros, Platerías, Ochavo, Lonja”. Nadie piensa en los dibujantes de mapas cuando da nombre a las calles. A quién se le ocurriría llamar Guadamacileros a una calle tan corta; no hay forma humana de que quepan las letras. Y si encima pasan varias procesiones por ella ni te cuento. Había que añadir flechitas negras, indicando el sentido de la procesión, aunque nunca sabía uno si esa información tendría alguna utilidad real.

Recuerdo el empeño que ponía en reducir el tamaño del plano para que me cupiese entera la procesión del Santo Entierro, que por aquellos años cruzaba la Huerta del Rey y subía hasta la plaza Porticada del Barrio Girón, por las calles Vicente Mortes y José Luis Arrese (que ya no se llaman así), y mi jefe me decía “no es tan importante; corta el plano y que se vean bien las procesiones del centro”, pero es que era la procesión que más me gustaba, precisamente porque recorría en silencio calles desiertas y oscuras, y aquella madrugada yo seguía discretamente esa hilera de faroles oscilantes escuchando el susurro de las túnicas de terciopelo negro hasta que comenzaban a ascender por el cerro, así que antes me daba la satisfacción de reducir el plano para dibujarla entera, con una línea larga de color verde. Hoy se tiende a concentrar todos los recorridos en esa ZBE (Zona de Benditas Emociones) del centro, abandonando los barrios periféricos y añadiendo aquellos superlativos (Santísimo, Purísimo y Preciosísimo), a lo que ahora decimos del centro: el centro está carísimo.

De todos los oficios relacionados con la Semana Santa, el de dibujante de planos callejeros de las procesiones tal vez sea el más humilde. Si la corrección política reduce las oportunidades del dibujo humorístico, la inteligencia artificial está volviendo residual el trabajo de delinear planos y mapas, y habrá que referirse a los dibujantes como hoy nos referimos a los guadamacileros, curtidores, pasamaneros, plateros, sombrereros, roperos de nuevo y viejo y tantos otros oficios que pasaron a la historia, pero que durante siglos estuvieron vinculados, a través de las propias cofradías, a la Semana Santa de nuestra ciudad.

He citado a la única procesión que —si no me traiciona la memoria— cruzaba el Pisuerga, y esto me recuerda que de las procesiones vallisoletanas se ha dicho de forma poética que semejan ríos que caminan, con arboledas de cofrades silenciosos en sus orillas. Es una imagen hermosa, incluso en este invierno de ríos desbordados, pero a mí me parece más sugerente comparar las procesiones a un huerto urbano, que en endecasílabos podría definirse así:

Huerto urbano sembrado de esperanza
que abre su propio surco en el asfalto;
crece de noche con la luna en alto;
riega de sangre la raíz descalza.

Huerto móvil de guías sepulcrales,
de las que pende el alma como un fruto
brillante entre las lágrimas del luto
que inunda mi ciudad de soportales.

Huerto místico, de azada cruciforme
que un día aró la salvación del mundo:
cultivo más sagrado, más enorme.

Huerto trágico y a la vez feliz;
jardín de dolores y de amor fecundo,
flor de lo profundo de Valladolid.

Tengo entendido que trabajar este huerto, es decir, ser cofrade, conlleva beneficios espirituales en forma de indulgencias; que procesionar acorta la estancia en el purgatorio. Por desgracia para mí, mi cofradía carece de estas ventajas, porque sepan ustedes que yo pertenezco a la segunda cofradía más antigua de todas las que existen: la de los cofrades de acera.

No me creen, pero cuando la primera cofradía salió por primera vez, inmediatamente se formó una agrupación espontánea de fieles en aceras y balcones, hermanados en la fe. No se puede negar la continuidad de la hermandad penitencial de los cofrades de acera desde el comienzo mismo de nuestra Semana Santa. Les puedo decir que esta cofradía se rige por su propia regla, si bien se trata de una regla no escrita:

Primera norma de la regla de los cofrades de acera: una vez se encuentra el sitio desde el que asistir a una procesión no se cambia bajo ningún concepto.

La búsqueda puede ser larga, pero el hallazgo es definitivo. Por ejemplo, yo siempre espero frente al Hospital Clínico la Procesión de Penitencia y Caridad cada Jueves Santo, en un lugar concreto donde puedo ver al personal sanitario y a los pacientes mientras ofrecen un ramo de flores a la Quinta Angustia, que hace escala allí con su cofradía. La puerta de un hospital es el lugar perfecto para cantar la Salve Popular, “A ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas”. Y el Clínico es el lugar perfecto incluso para morirse: cruzas la calle y, a la vuelta de la esquina, estás en Paraíso. Si ya les digo yo que a la luz de la fe todo tiene gracia.

He encontrado mi lugar definitivo como cofrade de acera en esa procesión, pero en otras a las que habitualmente asisto todavía no lo he conseguido. Esa misma mañana deambulo penosamente por la plaza de Santa Cruz, año tras año, maldiciendo mi baja estatura, buscando un bordillo libre desde el que divisar la salida del Cristo de la Luz, a hombros de la Hermandad Universitaria. Si hay suerte y en el momento que aparece el Cristo sale el sol, es el momento más bello no de toda la Semana Santa, sino de todo el año. Tal vez ese exceso de belleza me impide serenarme y encontrar mi sitio en esa procesión, porque el buen cofrade de acera no es un turista, sino que mira hacia dentro.

Cuando rinda cuentas de mi vida, si nuestro Señor me pregunta ¿me buscaste? Le podré responder: sí, Jesús mío, lo hice: poniéndome de puntillas en los bordillos de la plaza de Santa Cruz.

Otras de las normas no escritas de los cofrades de acera nos exhortan a socorrer pacientemente a los turistas despistados. Mirar con gesto de reproche a los transeúntes que cruzan por el medio de las procesiones. Sonreír a los abuelos que explican a sus nietos lo que pasa. Dejar pasar a esos niños a la primera fila. Pero la norma más importante, para mí, es ir del brazo de mi esposa, que tiene mucha mejor memoria que yo y me saca de dudas con esas cofradías con hábitos fáciles de confundir. Me van a perdonar ustedes pero los cofrades son como las setas. Quien no confunde a la Oración en el Huerto con la Vera Cruz, por ir ambos de verde, confundirá a los de la Preciosísima Sangre con los de la Hermandad Universitaria, por ir de negro y rojo, o a los del Santo Entierro con los de la Piedad ambos de negro, estos últimos con su cruz escalonada. O los nazarenos con los de las Angustias, de ese azul turquí tan profundo que juraría que es morado, o a los de la Sagrada Cena, el Descendimiento, los de Jesús Atado a la Columna y los de Jesús de Medinaceli, Nuestra Señora de la Divina Misericordia y Discípulo Amado, que coinciden en sus capas claras. Por pudor no les diré cuántas de esas cofradías son las que yo no consigo distinguir de memoria por su atuendo, pero cada año repito en voz baja sobre la acera la misma conversación con mi esposa, preguntándole siempre lo mismo y hasta en los mismos términos, en esa dinámica conyugal que tanto se parece a la oración: Hablar sin saber realmente si el otro escucha; preguntar sin prestar atención a la respuesta.

Tiene su gracia que contemplar los pasos nos ayude a tener una actitud contemplativa y a la vez nos distraiga. El hombre que reza divaga, como divago yo continuamente en este pregón que a ratos quiere volverse oración también.

Ya sea con una actitud más pía o más curiosa, el centro de nuestra atención en las procesiones está siempre en los pasos, en esa colección formidable de cristos azotados, cargando con la cruz, crucificados pero aún vivos; crucificados y ya fallecidos; cristos que casi no se mueven y cristos que hasta vienen de Zaratán, de Bercero o, lo dije antes, de Laguna de Duero. Cristos muertos recién exhalado el último suspiro, desenclavados, en brazos de su madre y yacentes. Es extenuante la minuciosidad con que nuestra colección de tallas explora todos los pormenores de la Pasión. La espina que atraviesa el párpado; los coágulos de sangre en la espalda; incluso la huella de una bofetada. Los imagineros no nos ahorran ni un detalle. Por el contrario, el final feliz de esta historia, la Resurrección, está resuelta casi como por obligación, con una cofradía creada de las últimas, la de Nuestro Padre Jesús Resucitado, y con pasos recién estrenados que hasta parece —perdónenme— que Ricardo Flecha los talló con prisa. ¿A qué se deberá que hayamos preferido recrearnos más en la parte trágica? Decía José Jiménez Lozano en la Guía Espiritual de Castilla que “en una tierra como esta los cristos parecen morir todo el año y de siglo en siglo, sin esperanza alguna; Cristos del Barroco que son de tierra y mueren eternamente en las iglesias castellanas, en capillas oscuras, al lado de virgenes llorosas y enlutadas con el corazón traspasado de cuchillos” o como dice el poema de Unamuno: “Este Cristo inmortal como la muerte no resucita; ¿para qué? No espera sino la muerte misma”.

Uno se rebela ante este tremendismo literario aferrado a una Castilla yerma, donde la ternura de la tierra está demasiado honda, la luz del cielo demasiado alta, donde, como decía Justo González Garrido, “Plantáis un árbol y se seca, abrís una fuente y se agota, cuidáis un pájaro y se muere”.

Esta paramera de hombres inclinados con el arado sobre terrones polvorientos ya no existe. Si acaso, ahora Valladolid es más esa ciudad en la que en cada patio de vecindad brilla cada noche una luz en la ventana de un opositor. La esperanza siempre busca una luz en una ventana. No me extrañaría que se crease una cofradía de vallisoletanos que preparan oposiciones, y tendría su gracia resignificar al Cristo de la Luz llevándolo de la mañana a la noche, a la luz del flexo.

La preferencia barroca de la Semana Santa de Valladolid por centrarse en el sufrimiento se estiliza, se sofistica y se sublima en la representación del dolor supremo de la madre de Dios. “Piedad, Angustias, Dolorosa, todas son la misma rosa”, dijo De Pablos, y es imposible escapar del hecho de que a la rosa siempre le acompaña un tallo cuajado de espinas.

Permítanme detenerme un rato ante la imagen de Nuestra Señora de las Angustias, este trozo de madera de pino de Soria tallado por Juan de Juni, vaciado por dentro y pintado con estuco de cola de conejo y yeso, que cualquier día llueve y se los lleva el agua. Sabemos que el gran escultor Gregorio Fernández admiraba la obra de Juan de Juni, que había vivido antes que él. Como todos los escultores tienen ojos de dibujante siempre he sospechado que el gran maestro Gregorio Fernández, artista dotadísimo y exquisito, vivió obsesionado con ese momento de inspiración total que tuvo Juan de Juni al dejar caer todo el peso del cuerpo de la Virgen de las Angustias sobre su brazo izquierdo, la espalda ya desmayada, el hombro por delante de la cabeza. Esto no se aprecia en las fotos; ni siquiera en el bello cartel que ha pintado este año mi admirado Augusto Ferrer-Dalmau; hay que estar delante de la imagen para darse cuenta. Ese hombro adelantado y esa mandíbula descolgada concentran más sufrimiento que la talla de cualquier crucificado. Yo quiero creer que Gregorio Fernández siempre tuvo presente ese hombro forzado mientras componía sus esculturas, como una obsesión, y por eso cuando hizo su obra más perfecta, nuestro Cristo atado a la columna que es la mejor escultura de la historia de la humanidad, y no hay obra de Fidias, de Praxíteles, ni de Miguel Ángel que se la igualen, Gregorio Fernández giró la cabeza y el torso del Señor, pero hizo que sus manos no se apoyasen realmente sobre la columna, sino que se quedasen en el aire, dando la réplica perfecta y el mejor homenaje posible a Juan de Juni, y una lección inmortal a cualquier artista de cualquier disciplina: La única manera de superar una obra maestra es hacer todo lo contrario.

¿Será una coincidencia? Veo ahora que las manos del Ecce Homo que preside este acto, talla igualmente apabullante, también se cruzan sobre el pecho sin tocarlo. Tal vez todas estas reflexiones son solo fantasías de un dibujante, y me he venido arriba otra vez; perdónenme. Pero cómo no dejarse arrebatar por la belleza de estas tallas. Comparen los pasos de nuestros imagineros con la Semana Santa de otras ciudades. No tienen parangón. Es tanto el valor de nuestras imágenes que sorprende que sigan procesionando las esculturas originales. No tardarán las autoridades en obligarnos a sustituirlas por réplicas perfectas, posiblemente con razón, así que aprovechemos el privilegio que nos da el tiempo que vivimos. Diremos: Yo vi al auténtico Cristo del Perdón, el del imaginero pobre Bernardo del Rincón, arrodillado, saliendo de San Quince y Santa Julita con la cofradía de la Sagrada Pasión de Cristo. En cierta ocasión a ese Cristo lo tuvieron que cobijar en su casa los cofrades de la Pasión; si hubiese pasado hoy lo haríamos patrón de los “inquiocupas”.

Diremos, yo vi un Lunes Santo al auténtico Cristo del Olvido, que se le distinguen hasta las venas, encontrarse con la Virgen de la Vulnerata en el Colegio de los Ingleses. La Vulnerata es una talla especial. Ya hace cuatrocientos veintiséis años que la guardamos mutilada y así continúa —récord absoluto de la lista de espera quirúrgica en Valladolid—, con esa extraña belleza de las esculturas rotas. Doliente estatua sin manos, por si fuese poco tener a la Dolorosa siempre con los brazos abiertos.

O diremos, yo vi al Santísimo Cristo de la Exaltación descen- diendo a las profundidades con la cofradía de la Exaltación Cruz y Nuestra Señora de los Dolores, y cruzar el túnel nuevo de Panaderos bajo las vías del tren para volver a su sede del Carmen. Es una imagen extravagante ver desaparecer en un túnel de hormigón a una cofradía que vuelve a casa de madrugada, en el conticinio, ya libre del bosque de brazos con móviles en alto de los turistas, pero a la luz de la fe tiene toda la Gracia: Cristo se mete bajo tierra en Panaderos y reaparece en las Delicias, anticipando que reaparecerá al tercer día.

¿Y qué hará el domingo Nuestro Señor Jesucristo al resucitar? Lo que haría cualquier vallisoletano: quedar con su madre en la Plaza Mayor después de misa, en una u otra terraza. No es muy evangélico, aunque San Ignacio de Loyola asegura que ese encuentro se tuvo que dar necesariamente, pero no detalla lo de la terraza, claro.

Cada Domingo de Resurrección me permito abandonar la actualidad en mi viñeta en ABC, como hacía antes en El Mundo de Valladolid, y doy rienda suelta a mi Gozo Pascual dibujando una variante de la escena de las tres mujeres ante el sepulcro vacío, asombradas mientras un ángel les anuncia que Jesús no está aquí, que ha resucitado. Echo de menos un paso que muestre este momento en nuestro relato de la Pasión y Resurrección hecho de imágenes de madera, así que lo suplo con imágenes de tinta china.

Pero tenemos a los cuatro soldados durmientes apostados en las esquinas del paso del Santo Sepulcro, tan exageradamente reclinados que su postura desnucada es plenamente humorística. Provoca una risa compasiva pensar en sus cuellos acalambrados, en el dolorido despertar que espera a esos cuatro legionarios tallados con regocijo indisimulado por Alonso de Rozas. Regocijo que hoy hago mío, porque este paso discreto de nuestra Semana Santa, tan humilde, perdido y recompuesto, regala un cierre gozoso a mi lamento inicial: ¡Empezaron ellos, esos mismos soldados romanos, riéndose para escarnecer al Señor! Pero quien ríe el último ríe mejor, y nuestra carcajada alegre ante el triunfo de Jesús Resucitado es, sin duda, la risa más amplia.

A la luz de la fe todo tiene gracia con minúscula y todo es Gracia con mayúscula.

Esto es todo: Tengan ustedes bien planchados sus hábitos; saquen brillo a sus zapatos, encarguen las flores para vestir los pasos y pasen el polvo a sus sedes. Remate cada uno su cuaresma, cocine cada cuál su potaje con espinacas o sus lentejas viudas; sus torrijas y sus hojuelas. Busquen algo para estrenar el Domingo de Ramos. Prepárense para visitar exactamente siete iglesias; rieguen esos huertos urbanos del alma que son las procesiones, participando en las que mande la regla de su cofradía, o prueben a asistir a alguna que aún no conozcan. Estén listos para encender una velita y escuchar una vez más el relato de la Salvación en la Vigilia Pascual, la historia más bella jamas contada, la más misteriosa, terrible y esperanzadora.

Y todo ello háganlo como buenos vallisoletanos, sin darnos importancia; sin descomponer el gesto ni exhibir innecesariamente las emociones; en Valladolid sabemos que guardar las formas es guardar el fondo.

Un domingo por la mañana tres mujeres de Valladolid se encontrarán a un ángel vestido de blanco en el túnel de Panaderos, o en el de San Isidro, o en el de Vadillos, que les dirá “buscáis a Jesús, el Nazareno, que fue crucificado. No está aquí. Ha resucitado. Id y decid a sus discípulos que va delante de vosotros a Galilea”. Y ellas, muy serias, muy serias pero con un brillo de júbilo en el fondo de los ojos, le responderán: “A Galilea, sí; o a Laguna de Duero”.

José María NIETO GONZÁLEZ

En Valladolid. Febrero de 2026

   

Test de religión. Prueba


El columnista de The New York Times y ganador de dos Premios Pullitzer, Nicholas Kristof, ha retado a sus lectores --Test Your Savvy on Religion-- a que prueben sus conocimientos en religión con un test muy original.

Lo hace en aras de la tolerancia y contra el fanatismo, tras conocerse un sondeo donde se constata que buena parte de los católicos norteamericanos desconoce el significado de la palabra 'comunión', que muchos protestantes no tienen ni idea de quién era Martin Lutero y que bastantes judíos desconocen que Maimónides era judío.

Estás son las preguntas de la encuesta. Pruebe y denos su opinión.

1. ¿Qué libro sagrado comenta que una chica que no sangra en su noche de boda debe ser lapidada hasta la muerte?
A. Corán
B. Antiguo Testamento
C. Hinduísmo

2. ¿Qué texto sagrado dice: "No habrá obligación de saber la verdad en materia religiosa"?
A. Corán
B. Evangelio de Mateo
C. Carta de Pablo a los Romanos

3. Los terroristas que fueron pioneros en el uso de chalecos suicidas y en la utilización de mujeres en los ataques, ¿a qué religión pertenecían?
A. Islam
B. Cristianismo
C. Hinduismo

4. "Cada niño es tocado por el demonio tan pronto como nace y este contacto le hace llorar. Exceptuando a María y su hijo." Este versículo es de:
A. Las cartas de Pablo a los Corintios
B. El Libro de la Revelación
C. Un texto del salafismo árabe

5. ¿ Qué texto sagrado apoya la esclavitud?
A. Antiguo Testamento
B. Nuevo Testamento
C. Corán

6. En el Nuevo Testamento, Jesús ve la homosexualidad como:
A. Fuertemente condenatoria
B. Perdonable
C. Nunca mencionó nada referente

7. ¿Qué texto sagrado insta a responder al mal con la bondad, diciendo: "Repeler el mal hecho con otro peor"
A. Evangelio de Lucas
B. Libro de Isaías
C. Corán

8. ¿Qué figura predica la tolerancia religiosa, al sugerir que Dios se ocupa de todos los pueblos y los lleva a todos a la tierra prometida?
A. Mahoma
B. Amos, profeta de Israel del siglo VIII
C. Jesús

9. ¿Cuál de estos líderes religiosos fue un polígamo?
A. Jacob
B. Rey David
C. Mahoma

10. ¿Qué es lo que caracteriza el comportamiento de Mahoma hacia los Judíos de su tiempo?
A. Él los mató.
B. Se casó con una judía
C. Les elogió como un pueblo elegido.

11. ¿Qué sagrada escritura insiste en: ¡Feliz el que tome a tus hijos y los estrelle contra las rocas!
A. Libro de los Salmos
B. Corán
C. Levítico

12. ¿Qué sagrada escritura sugiere golpear mujeres que se portan mal?
A. Corán
B. Cartas de Pablo a los Corintios
C. Libro de los Jueces

13. ¿Qué líder religioso cita a las mujeres al mando a guardar silencio durante los servicios?
A. El primer Dalai Lama
B. San Pablo
C. Mahoma




Respuestas:
1.  B: Deuteronomio 22:21.
2.  A: Corán, 2:256. Sin embargo, en otras secciones del Corán se describe la coacción.
3.  C: La mayoría de los atentados suicidas primeros fueron por tamiles hindúes (algunos seculares) en Sri Lanka y la India.
4.  C: Salfismo. El Islam enseña que Jesús fue un profeta para ser venerado.
5.  Todos ellos.
6.  C: No hay indicación de los puntos de vista de Jesús.
7.  C: Corán, 41:34. Jesús dice lo mismo con distintas palabras.
8.  C: Amós 9:07.
9.  Todos ellos.
10.  Todos ellos.
11.  A: Salmo 137.
12.  A: Corán 4:34.
13.  B: San Pablo, ambos en 1 Corintios 14 y 1 Timoteo 2, pero muchos eruditos creen se trata de añadidos posteriores.

Un ser humano completamente necesario, a pesar de todo


Sebastián y Kichijirô en Chinmoku (Silencio), 1971, de Masahiro Shinoda



Terminé la novela justo al amanecer el 6 de febrero, día en que la Iglesia Católica celebra a los mártires de Japón santos Pablo Miki y compañeros*. Silencio (Chinmoku) de Shūsaku Endō, una historia novelada, o una novela cuasi histórica, que relata un episodio concreto ficticio, —pero más que posible, probable— de aquella terrible época en el país del sol naciente en que se prohibió el cristianismo, siglo XVII. Apagué la luz y tardé demasiado tiempo en conciliar el sueño. ¡Qué difícil relajarse con la tensión acumulada!
Dejé de pensar en Sebastián Rodrigo, el jesuita protagonista, muerto en vida antes de morir definitivamente tras su gesto de apostasía simulada o real, allá él y sus circunstancias. Ocupó su lugar un personajillo descrito en la novela con muy peyorativos adornos: “En la habitación entró tambaleándose un borracho cubierto de harapos. Su nombre, Kichijirô. Su edad, veintiocho o veintinueve años. Por lo que respondió a las breves preguntas que le hicimos, supimos que era pescador, de la región de Hizen, cerca de Nagasaki, y que, antes de la rebelión de Shimabara, fue recogido por una nave portuguesa cuando flotaba a la deriva sobre el mar. Borracho y todo, era un hombre de mirada ladina. Durante nuestra conversación, con frecuencia desviaba la vista”.
Lejos de resultar un ser ocasional —y providencial— para que los jesuitas penetraran en la inexpugnable isla, Kichijirô va a ser permanente, tanto si está como si no. Su presencia ocupa toda la narración y densa la trama hasta extremos para mí insoportables. La mala impresión inicial del personaje no mejora con la acción, aunque hay pinceladas que le dulcifican en algún momento, y es el contrapunto que una y otra vez ha de enfrentar el protagonista en su lento progreso hacia su destino final. Aquel ser ignominioso, cobarde, mendaz, remolón y borracho va a convertirse en el yo de Sebastián cuando todo acaba:
“Aguzando el oído evocaba el rumor de la brisa tiempo atrás, cuando estuvo encerrado en el calabozo, el rumor de la brisa meciendo el follaje. Esa noche, como todas las noches, evocaba en su alma el rostro de aquel hombre. El rostro del hombre que había pisoteado.
—Padre, padre…
Se quedó mirando con ojos hundidos hacia la puerta, de donde venía aquella voz conocida.
—Padre, soy yo, Kichijirô…
—Yo ya no soy un padre —respondió en voz baja, abrazado a sus rodillas—. Márchate inmediatamente. Si te descubre el «otoña» vas a meterte en un lío…
—Pero usted puede oír todavía mi confesión…
—Qué sé yo… —el padre dobló la cabeza—. Soy un apóstata, un sacerdote apóstata.
—En Nagasaki lo llaman a usted el apóstata Pablo. No hay quien no sepa el nombre.
Abrazado como estaba a sus rodillas, el padre rió tristemente. Sin que nadie viniera a contárselo, sabía de tiempo atrás que le habían puesto ese mote. A Ferreira le llamaban el apóstata Pedro y a él, el apóstata Pablo. A veces venían los niños a la puerta y le daban la cencerrada gritándoselo.
—Por favor, escúcheme. Si puede oír confesiones, aunque sea el apóstata Pablo, déme la absolución de mis pecados. Por favor…
«¿Quién es el hombre para juzgar? ¿Quién mejor que el Señor conoce nuestra debilidad?», pensaba el padre en silencio.
—Yo vendí al padre. Y pisé también el «fumie»… —la voz llorona de Kichijirô seguía sonando en sus oídos—. ¿Sabe, padre? En este mundo hay débiles y hay fuertes. Los fuertes no se rinden al tormento y podrán ir al paraíso, pero los cobardes de nacimiento como yo, cuando los llevan al sitio del «fumie» y les dicen los guardias: «¡Pisa!», y les empiezan a dar tormento…
«Yo también puse mi pie sobre el «fumie». Este pie mío pesó sobre el rostro hundido de aquel hombre... El rostro en que soñé cientos de veces. El rostro en que no dejé de soñar errante por los montes y después en el calabozo.
Sobre el rostro del hombre al que quise amar toda mi vida. El rostro estaba vuelto hacia mí desde la tabla. Un rostro gastado, hundido, con aquellos ojos tristes. Y aquellos ojos tristes me dijeron: “Písame... Sí, písame. Tienes los pies doloridos como tantos otros que me han estado pisando hasta el día de hoy… A mí me basta que los pies os duelan. Yo participo de vuestro dolor, vivo vuestro sufrimiento. Para eso estoy en el mundo…”».
—Señor, me dolía que estuvieras siempre en silencio…
—No estaba en silencio. Estaba sufriendo contigo.
—Pero tú le dijiste a Judas: «Vete… ». Le dijiste: «Vete y haz lo que tienes que hacer». ¿Qué fue de Judas, Señor?
—Yo no le dije eso. Le dije a Judas «hazlo» como te he dicho a ti «pisa». Porque Judas tenía dolorido el corazón como tú tienes los pies…
Fue entonces cuando puso él su pie sobre el «fumie», sucio de sangre y de polvo. Los cinco dedos de su pie cubriendo el rostro del hombre que amaba. Aquel gozo violento, aquella emoción, no la podría él explicar a Kichijirô…
—No existen fuertes y débiles… ¿Quién asegura que los débiles no han sufrido menos que los fuertes? —Se puso a hablar atropelladamente, vuelto hacia la puerta—.
—Si no quedan padres en este país que puedan oír tu confesión, tendré que hacerlo yo. Di al final las oraciones de después de confesar… Vete en paz.
En Kichijirô la tensión había desaparecido. Lloraba ahora ahogando sus sollozos. Por fin se arrancó de la puerta. Él, Sebastián Rodrigo, había tenido la arrogancia de conferir a aquel hombre un sacramento que sólo los sacerdotes en activo podían dar. Sus compañeros le atacarían violentamente, le dirían que era un sacrílego; pero aunque a ellos los traicionase, sabía muy bien que a aquel hombre no le traicionaba. Le seguía queriendo de manera muy distinta que hasta ahora. Para llegar a ese amor todo lo sucedido hasta ahora había sido necesario”.
A lo largo de su apresurado proceso de acercamiento a la nueva realidad hasta ahora sólo contemplada desde la lejanía, Sebastián había lanzado antes esta queja al “vacío”:
“En tales ocasiones le hervía en el pecho la desesperación: «¿Por qué esto a mí?». No sabía si los misioneros de Macao y Goa se habrían enterado ya de su apostasía. Pero muy probablemente los comerciantes holandeses, a quienes se permitía residir en Dejima, junto a Nagasaki, habrían llevado ya la noticia hasta el mismo Macao y a estas horas habría sido expulsado de su orden misionera. y no sólo eso, quizá había sido despojado de sus derechos como sacerdote y lo miraría el clero como una lacra de la que había que avergonzarse. «Pero, ¿a qué viene eso? ¿Qué significa eso? El único que me puede juzgar por dentro es el Señor, no son mis compañeros… ». Se lo decía a sí mismo, mordiéndose los labios, sacudiendo la cabeza.
Y sin embargo, a veces a media noche, el fantasma de sus compañeros le desvelaba de repente y sentía sus uñas afiladas arándole el pecho por dentro. Entonces se le escapaba un alarido y saltaba de la cama. Tenía ante sus ojos un cuadro de la inquisición, la escena del juicio final que describe la Apocalipsis.
«¿Lo podréis entender? Sí, vosotros, los superiores de Europa y de Macao… » —y en las tinieblas se volvía a sus compañeros abogando por su propia causa. «Vosotros vivís tan felices misionando en sitios tranquilos y seguros, en sitios en que no azota asoladora la tormenta de la persecución, de las torturas... Os quedáis en la otra orilla y la gente os venera como a ministros de Dios fuera de serie… Generales que mandan a la tropa a un frente de combate y se quedan en la tienda de campaña al amor de la lumbre, eso sois vosotros. y, ¿cómo pueden esos generales censurar a un soldado que ha caído prisionero? Pero no. Todo esto son excusas tontas. Me estoy engañando a mí mismo» —se repetía negando lánguidamente con la cabeza. «¿Por qué estas disculpas degradantes? He apostatado, de acuerdo, y sin embargo, Señor, tú sabes muy bien, tú lo sabes, que yo no he renunciado a mi fe. El clero se estará preguntando por qué he apostatado. ¿Porque me aterraba el tormento de la fosa? Pues sí, eso es. ¿Porque no pude soportar los gemidos de los campesinos colgados de la fosa? Eso es. ¿Porque cedí a la tentación de Ferreira y pensé que si yo apostataba, aquellos pobres campesinos se salvarían? Exacto, eso es. Claro que a lo mejor ese ceder por amor era sólo una excusa para justificar mi propia debilidad… »”.
Kichijirô, por su parte, sólo se mira a sí mismo, no se engaña al verse como es, su escusa no le da más que para una queja lastimera, fatalmente inevitable, una disculpa que a pesar de ello le duele demasiado:
“Día nueve. Desde la mañana caía una lluvia menuda como neblina. El bosque que había frente a nuestra cabaña perdía sus contornos envuelto en la llovizna. Los tres cristianos subieron por el bosquecillo. Mokichi parecía un poco agitado. Ichizo, como siempre, fruncidas las cejas y el gesto reservado. Detrás de ellos, Kichijirô nos miraba con aire resentido, con los ojos tristones de un perro apaleado por su amo.
—Padre, y si nos mandan pisar el Cristo del «fumie»… —dijo Mokichi en un susurro, hundida la cabeza como si hablase consigo mismo. Si no pisamos, no sólo nosotros, todo el pueblo sufrirá el mismo interrogatorio. ¿Qué hacemos entonces, padre?
Sentí que el pecho me iba a estallar de pena y, sin más, le di una respuesta que ustedes probablemente por nada del mundo darían. Cruzaron por mi imaginación las palabras del padre Gabriel, tiempo atrás, en la persecución de Unzen, cuando le pusieron delante el «fumie»: «Prefiero que me corten la pierna antes que pisarlo». Sabía yo muy bien que muchos padres y cristianos japoneses habían sentido lo mismo, al verse frente a la santa imagen puesta ante sus pies. Y, sin embargo, ¿cómo iba a poder exigir eso mismo de estos tres pobres hombres?
—¡Pisadlo, podéis pisarlo! —grité, y al punto comprendí que había dicho algo que, como sacerdote, jamás debió asomar a mis labios. Garpe me dirigió una mirada de reproche.
Kichijirô seguía con los ojos empañados en lágrimas.
—Padre, ¿por qué nos manda «Deus» tantos sufrimientos? Si nosotros no estamos haciendo nada malo…”
...
“Por la rejilla del ventanuco podía ver a los guardias dando voces y más voces a un hombre embozado en su capote de paja. Debido al embozo no podía saber quién era, pero estaba seguro de que no pertenecía al grupo de los presos. Algo les suplicaba, pero los guardias se lo negaban con la cabeza y trataban de quitárselo de encima. No parecían hacerle caso. Sin embargo, de pronto:
—Si sigues así de pelma, te ganas un golpe, ¿oyes?
El guardia levantó en alto una estaca y el otro escapó hacia el portón como un perro callejero. Después volvió al patio y allí seguía inmóvil en medio de la lluvia.
Al anochecer volvió a mirar otra vez por la rejilla, y allí seguía el hombre del capote sin el menor desmayo, inmóvil en medio de la lluvia. Los guardias parecían haberse resignado; ya no salían de la garita. Cuando el intruso se volvió hacia él, se encontraron mirada y mirada. Miraba él hacia el padre con gesto amedrentado y reculando dos o tres pasos:
—Padre... —le dijo con una voz que más parecía el aullido de un perro—. Padre, escúcheme, por favor. Tómelo como confesión: escúcheme por favor…
El padre retiró el rostro de la ventana, cerró sus oídos a aquella voz. No podía olvidar el sabor del pescado seco, la sed que entonces le abrasaba la garganta. Aunque tratase de perdonar de corazón a ese hombre, el resentimiento, la ira, no se borraban de su memoria.
—¡Padreee… ! ¡Padreee… !
Continuaban las súplicas lastimeras, lo mismo que el niño que se agarra a las faldas de su madre.
—Yo, padre, le he estado engañando todo el tiempo. ¿No me quiere escuchar un rato? Pensando que a lo mejor el padre me despreciaba, le he estado odiando a usted y a los cristianos. He pisado el «fumie», sí, lo he pisado. Mokichi e Ichizo eran fuertes. Yo no tengo esa fuerza…
Los guardias perdieron la paciencia y salieron fuera estaca en mano.  Kichijirô seguía gritando mientras escapaba:
—Pero mire, yo tengo mi excusa. También los que pisan el «fumie» tienen su excusa. ¿O es que se cree usted que lo hice por gusto? Estos pies míos me dolían al pisarlo. Sí, me dolían. Dios me hizo cobarde de nacimiento y ahora me manda que imite a los valientes. ¿No es eso absurdo?
Eran verdaderos alaridos que se iban cortando, entrecortando más y más; después sólo una súplica; al final, la súplica se fundió en llanto.
—Padre, un cobarde como yo, ¿qué hace? ¿Qué puede hacer? Si entonces le denuncié, no fue por dinero, fue porque me amenazaron los alguaciles…
—Pero, ¿no te irás de una vez? Oye, largo, fuera —le gritaban los guardias asomando la cabeza por la garita—. Vamos, ya está bien de abusar…
—Padre, escúcheme. He hecho una cosa mala. He hecho algo que no tiene remedio. Guardias, ¡yo soy cristiano! ¡Encerradme en la cárcel… !
El padre cerró los ojos y se puso a recitar el credo. Realmente, sentía cierta satisfacción en abandonar a su suerte a aquel hombre que lloraba a gritos en medio de la lluvia. Aunque Cristo rezase, ¿sería por Judas por quien rezaba, cuando Judas se ahorcó en el «campo de la sangre»? Nada de eso estaba en la Escritura, pero aun suponiendo que estuviera, él, en estos momentos, no podría asumir con sinceridad la misma actitud. No sabía hasta qué punto podría creer uno a aquel hombre. Sí, es verdad que estaba pidiendo perdón; pero él se inclinaba a creer que esos gritos se debían a una emoción pasajera.
Poco a poco los gritos de Kichijirô se fueron calmando hasta extinguirse. Miró por la rejilla y vio cómo los guardias, malhumorados, se lo llevaban a empellones al calabozo”.

No sé si Martin Escorsese (Queens, Nueva York, 17 de noviembre de 1942) ha atinado al traducir la obra de Shūsaku Endō (Tokio, 27 de marzo de 1923 – Keio University Hospital, Japón, 29 de septiembre de 1996) al celuloide. Tampoco si en 1971 lo logró Masahiro Shinoda (Gifu, Japón, 9 de marzo de 1931). No he visto ninguna de las dos películas. He leído la novela. He pasado muy mal rato. Tengo que volver a ella. Necesito releerla.

* Paulo Miki nació en el seno de una familia rica. Fue bautizado a los cinco años con el nombre de Pauro (‘Paulo’). Fue educado por los jesuitas en Azuchi y Takatsuki. Entró en la Compañía de Jesús y predicó el evangelio entre sus conciudadanos. El poder japonés temió la influencia de los jesuitas y los persiguió. Paulo Miki fue apresado junto con otros compañeros cristianos, conocidos como los 26 mártires de Japón; dos de ellos eran también jesuitas, el erudito Juan de Soan de Gotó y Diego Kisai, y los 23 franciscanos. Para servir de escarmiento a la población, fueron forzados a caminar casi 1.000 kilómetros, desde Kioto hasta Nagasaki, por ser la ciudad más evangelizada de Japón, y allí fueron crucificados el 5 de febrero de 1597. Paulo predicó desde la cruz su último sermón y se afirma que perdonó a sus verdugos, diciendo: «Yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio». Todos los mártires fueron canonizados por el papa Pío IX en 1862 junto con el religioso trinitario Miguel de los Santos, el santo bajo cuya protección me puso mi mamá al bautizarme y darme su nombre.

¿Cogido por los pelos?



Hoy, domingo de la Transfiguración, se me ha ocurrido citar a Umberto Eco, recientemente fallecido, en la homilía, y no sé si he acertado.
Osé lanzar la idea de que tanto Abrán como Saulo como Jesús se tiraron sin arnés desde el acantilado, en pos de una meta soñada, expresada en la Escritura como misión recibida de Dios. Fieles a la promesa, y confiando profundamente en quien la hacía, rompieron con todo; Abrán salió de Ur con lo puesto y llegó a ser Abraham padre de multitud de pueblos, Saulo cambió la espada de perseguidor por el evangelio para ser Pablo el Apóstol de los gentiles, y Jesús llegó a ser el Cristo, previo paso por Jerusalén. La gloria a través de la cruz.
La noticia fresca de su fallecimiento me dio pie para hablar del docto profesor en semiótica, autor de más de cuarenta libros de sesuda sapiencia, que tomó la opción a edad madura de lanzarse a la novela. En pos de su sueño escribió El nombre de la rosa, una trama detectivesca… y pasó de ser un desconocido ratón de biblioteca a un bum editorial en todo el mundo conocido, con más de cincuenta millones de libros editados. Arriesgó todo su prestigio acumulado al más estrepitoso fracaso de no ser leído ni por el bedel de la biblioteca de su pueblo.
El caso es que en una residencia de ancianos donde celebro casi me quitan la palabra y recitaron de corrido las siete novelas que Eco publicó, incluso la más reciente, la del año pasado: Numero cero.
Entre mi gente, sin embargo, apenas se notaron algunos murmullos y como un gesto de extrañeza al escuchar palabras como semiótica, nominalismo… en una homilía.
¿Será que no procedía? ¿Impertinencia además de desacierto?
Definitivamente una rosa es una rosa, pero cuando tenga a mi mano la primera rosa que florezca en el jardín, no pensaré en ninguna otra, sólo ella me embriagará con su perfume, deslumbraráme con su belleza. Pero en ella disfrutaré intensamente de la rosa y poco importará su nombre, se escriba como se escriba.

Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado;
pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?


Este lugar es tan bueno como cualquier otro para rezar el Padre Nuestro

No es Jesús quien te replica, soy yo, yo mismo en persona. Dolors Miquel, me he sentido abofeteado con tu recitado del otro día parodiando un texto que los evangelios ponen en boca de Jesús. No creo haberte ofendido, ni siquiera te conozco. Me duele, no tanto que lo hayas hecho en público, en lugar tan notable como el Salón de Ciento del Ayuntamiento de Barcelona; me duele siquiera que lo hayas pensado y luego pasado a la escritura. Me da dolor y tristeza que no hayas tenido en cuenta a los muchos miles de millones de personas que, igual que yo, lo recitan varias veces cada día de su vida.
Tal vez te haya dado pie, yo y todos los demás, lo mal que lo utilizamos. Eso puede haberte inducido a error, y a pensar que total para lo que les sirven y lo usan, vamos a poner una pica en flandes. Pero no lo has conseguido, no has logrado trasmitirme el sentido de tu poesía. Tampoco el de tus reivindicaciones.
Ignoro por qué te sientes herida, y si yo tengo alguna culpa. En todo caso, no puedo ser hipócrita al rezar la Plegaria Dominical – La Oración que el Señor nos enseñó, y desde ya te pido perdón.
Yo también te perdono.
Evangelio de hoy, martes de la 1ª semana de Cuaresma, de Mateo 6,7-15
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros rezad así:
“Padre nuestro del cielo,
santificado sea tu nombre,
venga tu reino,
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo,
danos hoy el pan nuestro de cada día,
perdónanos nuestras ofensas, pues nosotros hemos perdonado a los que nos han ofendido,
no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.”
Porque si perdonáis a los demás sus culpas, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas.»

De “ya no te quiero” a “donde hay amor, allí está Dios” (Cfr 1ª Juan)



Peña Lara
No empecé demasiado bien este mes de mayo, pero a poco me fui entonando. Al compás de las cosas que he vivido en estos días pasados, y más en concreto por la manera como las he soportado, puedo afirmar sin mentir que mayo no traerá buena cosecha en grano, pero no deja mal sabor de boca. Y eso que hay dos gestos, precisamente en los últimos días, que han encrespado a la inmensa mayoría: la pitada al himno nacional en la final de la copa del rey y no quitarse la gorra tras quedar tercero en el giro de Italia. Lo primero fue obra de las hinchadas del barça y del atleti; lo segundo, de un tal mikel landa. No me han hecho perder la compostura, pero sí me han molestado.
Como también me han molestado manifestaciones de personajes de la política tras las votaciones del pasado domingo. No han conseguido asustarme, por más miedo que avisaren.
Otras cosillas se han dado, pero ni merecen citarse. Allá cada cual con el resquemor que acumule; si no sabe cómo liberarse de él, siempre puede encontrar algún manual de autoayuda, que hay cantidad y de balde.
El caso es que termina mayo con una fiesta que no recibe la atención y el eco que merece, la Santa Trinidad. Eso está claro que es normal en una sociedad que además de no confesional está convencida de haberse liberado de cualquier lazo religioso. Lo anómalo es que precisamente hoy no se notara más significativamente entre quienes debieran sentirse implicados.
Pelillos a la mar. Yo por mi parte he encontrado esto, que me parece colocarlo para deleite y reflexión, también para anuncio y proclama. Ojala haya muchos que al leerlo se sientan reflejados.

Bienaventuranzas de la misericordia
de Miguel Ángel Mesa Bouzas

Felices quienes han comprendido que la Divinidad está más allá de los nombres, las imágenes, las afirmaciones de la fe. Pero la sentimos: nos mira, nos respira, nos envuelve.
Felices a quienes cada mañana les despierta el mismo sol y les acuna por la noche la luna de siempre y en ello comprenden que el Dios de la Vida se mantiene día y noche cuidándonos, esperándonos. Quienes han llegado a descubrir que es como un Padre lleno de bondad, ternura y misericordia, con un corazón de Madre.
Felices quienes ayudan a los demás a descubrir lo que han vislumbrado bajo la inmensa luz del misterio de Dios Padre y Madre, e intentan expresarlo con profunda humildad, desde sus palabras y, sobre todo, con sus hechos diarios.
Felices quienes se han dejado impregnar por la Buena Noticia de Jesús, el deseo del Reino de Dios, es decir, la construcción de una sociedad que no esté basada en el dinero, en el poder, en el dominio de unos sobre otros, sino en la igualdad y la fraternidad.
Felices quienes experimentan como Jesús, la cercanía, la presencia y la íntima certeza de un Dios-todo-bondad que nos fortalece, anima y acompaña en el sendero de la vida.
Felices quienes se comprometen, como lo hizo Jesús, en curar, aliviar, liberar, integrar y dar valor a cada persona con la que nos encontremos, especialmente con las más marginadas y humilladas a las que debemos salir al encuentro.
Felices quienes creen que el Espíritu de Dios es la fuerza, el aliento, la audacia y la profecía para emprender cada día una nueva vida.
Felices quienes ven las señales del Espíritu en cualquier signo que muestre semillas de fraternidad, de ternura, de acercamiento, de superación del sufrimiento, de paz.
Felices quienes gozan al contemplar el Espíritu de Dios que se cierne sobre los océanos, las montañas, los animales, las flores y sobre el ser humano, que llegan a ser ellos mismos en profundidad cuando se dejan amar por Él entre las sábanas del alma.
Felices quienes descubren que la Trinidad no es un misterio incomprensible, sino la cotidiana experiencia del Amor, desde una vida encarnada en nuestra historia, con un respiro, un ánimo y una pasión especial por seguir viviendo cada día con los mismos sentimientos de Jesús, junto a tanta gente en toda nuestra tierra que trabaja por otro mundo más fraterno, justo y solidario. Es el espejo que nos muestra cómo debe ser y comportarse la mejor comunidad.

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