Esa bolsa cuesta dinero

En casa había un bolsón para la compra hecho de cuero. Suficiente para contener la fruta, la carne, el pescado… El tendero introducía la mercancía en unas bolsas de papel, tamaño a convenir, y todas ellas se metían en el enorme bolso de dos asas. Recuerdo que los sábados acompañaba alguna veces a mi madre al mercado, -el del Val, el del Campillo o el del Caño Argales-, y era yo quien lo llevaba. A la vuelta, lleno a rebosar, era mi madre quien se lo cargaba. Si vacío me pesaba, cómo sería lleno.
A la vuelta de mi estancia en el convento me encontré una como caja con ruedas. “Es el carro de la compra”, me explicaron. Nos habíamos modernizado. Ya mi madre no tenía que acarrear tantos pesos. Aún así, en los últimos años en que estuve más encima, descubrí que mi progenitora tenía roto el bíceps derecho, con toda seguridad consecuencia de sus excesos transportistas. Y no sé si el origen estuvo en la bolsa de cuero o en el moderno carro con ruedas, porque tanto una como otro hacían trabajar y malamente brazo, hombro y casi seguro que también clavícula. Mano, muñeca y codo, por supuesto.
Ya en los últimos tiempos no había que llevar ni bolsa ni carro. En todo lugar, en cualquier tienda, grande-mediana-pequeña, te ofrecían bolsas donde portar la compra. Primero, es verdad, por un módico precio. Luego, gratis. El caso era dar facilidades, de manera que entraras y salieras, tras pagar, por supuesto, con lo que de pronto descubrieras que te hacía falta, o que no, pero ¡es tan barato!
Así las cosas, ahora en la caja de turno, la operadora que la administra, va empujando con la mano derecha los artículos previamente depositados sobre la cinta transportadora, mientras que con la izquierda va sacando de un cajón inferior bolsas, bolsas, bolsas…
Más de una vez yo he dicho ¡basta! Porque para llevarme lo que necesito, con dos manos me basto; ¿qué hago yo con seis u ocho?
Esta mañana en el Corte Inglés me han amenazado: “A partir del próximo día, la bolsa tendrá que pagarla”. Y yo he respondido a la señora: “Gracias por avisármelo. No me de bolsas, que traigo yo”.
Primero nos facilitan las cosas para que entremos por el aro. Luego, cuando ya estamos dentro, nos hacen pagar. Dicen que es por ecología, que el medio ambiente está saturado. Yo digo que juegan con nosotros; como lo han hecho siempre.
Me explico: hoy, al llegar a casa, saco mi compra. En la bolsa que llevé había zanahorias, una lechuga, kiwis, manzanas, naranjas, plátanos, tomates, pepinos, paraguayas, albérchigos y cebollas. Todo debidamente embolsado, en plástico por supuesto. Por lo mismo, y a fuer de ecologismo, bien podrían haber venido en las antiguas bolsas de papel de estraza, que luego servían para encender la lumbre, o para ponerlas en el suelo para pisar sobre ellas cuando se fregaba.
Pero no. Lo único que interesa ahora es que paguemos la bolsa de la compra.
Pues no deja de ser una manera como otra cualquiera de acabar un mes. Pero puesto a ser imaginativos, anda que no existen alternativas mucho más divertidas.
El caso es que hoy había otras cosas de qué hablar: del frío que ha llegado de repente, por ejemplo; o de las fiestas de La Cañada que ya estamos preparando; o de la victoria de Nadal en Wimbledon; incluso del debate parlamentario sobre el Estado de la Nación.
Podía haber escrito alguna cosa sobre mis amigos Moli, Berto y Gumi que han estrenado cuenta en google abriendo un blog, no sé para qué, y han estado un buen rato gastando bromas por ahí con desigual suerte, porque a una parte del personal bloguero no les hace gracia las gracietas.
Podía igualmente haberme hartado a poner fotos de las cosas que mi mamá tejió con rafia, producto de cortar en tiras las muchas bolsas de plástico que en nuestra casa, como en todas, se iban acumulando. Ella las reciclaba en forma de cestas, pañitos, portarretratos, posavasos, esterillas… Cosas de mi madre; lo mismo hacía punto, que tocaba el piano, que se fumaba una pipa mientras tomaba el sol en el mirador con un sombrero sobre la cabeza hecho ya sabéis con qué. 
En fin, que temas no faltaban. Pero había que escoger, y me ha dado por esto. El mes que viene, se verá.

El día de San Pedro de la Cátedra, sale la calor de so la tierra.

O también, San Pedro arregla (29 de junio) lo que San Juan (24 de junio) estropea.
Y falta me hace que San Pedro haga por mí este favor, arreglarme un poco el cuerpo. Anoche fue la más tórrida que recuerdo en muuuuuchos años. Tardé en ir a la cama, porque me temía muy mucho lo que me esperaba. Ni una pequeña brisa suavizaba el ardor que entraba por ventanas y puerta abiertas de par en par, y la casa entera parecía hornearme y hasta gratinarme. Todo yo era un cuerpo sudoroso.
Levantéme por la mañana tal que si me hubieran dado una somanta. Deambulé sin parar de acá para allá como un sonámbulo. Qué digo sonámbulo, como un cadáver sin consuelo.
La siesta no supuso ningún alivio, y tuve que interrumpirla para que mi cama no fuera piscina en la noche. Era menester que se secara, aunque fuera sólo un poco.
Fuime a la piscina, disfruté con su frescor, ¡y es climatizada!, y realicé por quinto día mis prácticas de la ya obsesiva “vuelta americana”, que dicho sea de paso voy consiguiendo que salga con algo más que aprobado. Volví apenas refrigerado para volverme a tostar en una tarde que amenazaba ruina por incendio.
Cuando hete aquí que en vísperas de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo empieza a moverse el aire, se abre por algún lugar una rendija a través de la cual se cuela una brisilla fresca y dicharachera que va calmando los malos humores y secando los sudores asesinos que me han dejado para el arrastre.
Y no sólo a mí, a todo lo que me rodea. Véase el panorama.
Las lilas moradas y blancas están las pobres lánguidas y achuchurriadas.

Estas rosas no pudieron pasar al florero, y aquí mueren porque mueren.

La acacia está exánime, y a pesar de su resistencia ha empezado a claudicar.


Y Antonio, el Patatero, este año no cosecha, por mucho que San Pedro se la bendiga. San Juan hizo una faena este año mu mala, pésima.
Dicen que en el páramo a los trigos y cebadas se los llevó la caló; o tal vez fuera el gusané que cantaba Labordeta. Sólo hay paja, y ya no quedan glorias en las que gastarla en invierno.
San Juan sanjuaneó, y San Pedro, con ser el jefe, no conseguirá enderezar tanto entuerto.
Yo tengo el consuelo, triste pero real, de que esta noche refresca y podré dormir como a mí de gusta, a pierna suelta y de un tirón. Mañana apecharé con lo que me encuentre.

Rincones con "fantasma" en Valladolid


Dentro de las actividades culturales que organiza la Asociación de Vecinos “Poeta José Zorrilla”, de la Cañada, Valladolid, se programó una visita guiada a la parte antigua de la ciudad. Se solicitó la inestimable ayuda de Paz Altés, sobradamente conocedora de la historia de la villa, además de amiga y entrañable parroquiana.


Corrían las 20:00 horas del lunes, 27 de junio de 2011, cuando en la Plaza de Zorrilla, frente a la Academia de Caballería, comenzaba la visita a los rincones urbanos que encierran un “fantasma”, o dos según se cuente. Quien no se lo crea, peor lo llevará, porque ahí están, pese a quien pese.


Ni que decir tiene que hicimos el recorrido a paso ciudadano, o sea, como pudimos, dados los casi 38° que se mantuvieron impertérritos hasta el final. Una pena no haber hecho el recorrido justo a la inversa, porque junto a la estatua del poeta la fuente refrescaba mucho más que la piedra blanca de la seo.

 Rincones con "fantasma" en Valladolid


1.- Rincón: Hospital de la Resurrección (hoy Casa Mantilla)
Fantasma: D. Luis de Mahudes
En el siglo XV, el solar que hoy ocupa la Casa Mantilla, acogía "la mancebía" de la ciudad. A mediados del siglo XVI, el Ayuntamiento decidió acabar con "sitio tan escandaloso" y acondicionar el edificio como hospital. Así se creó, en 1553, el Hospital General de la Resurrección.
En 1601, Felipe III trasladó la Corte a Valladolid y con ella llegaron a nuestra ciudad, entre otros muchos, Miguel de Cervantes y su familia. Un año antes, en 1600, había fallecido D. Luis de Mahudes, administrador de otro hospital vallisoletano, cercano al de la Resurrección: el Hospital de los Desamparados. A su muerte, el hospital quebró y tanto su patrimonio como sus enfermos pasaron al de la Resurrección. Luis de Mahudes era conocido en Valladolid por ir acompañado siempre de sus dos perros -Cipión y Berganza-, los cuales, al fallecer su amo, también encontraron acomodo en La Resurrección. Cervantes, que se instaló en aquel mismo barrio, supo de la historia de aquellos perros y, doce años después, escribió "El coloquio de los perros del Hospital de la Resurrección que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, a quien comúnmente llaman los perros de Mahudes". En esta "Novela ejemplar", Cervantes hace hablar a Cipión y Berganza, que denuncian los peligros de las falsas apariencias.
El Hospital fue derribado en 1890 y su portada instalada en el jardín de la Casa de Cervantes. ¿Seguirán recorriendo Valladolid, siempre unidos, el bueno de Mahudes y sus fieles perros?



2.- Rincón: Calle de Miguel Íscar (a la altura de la Casa de Cervantes)
Fantasma: D. Gaspar de Ezpeleta
A las once de la noche del 27 de junio de 1605, el caballero Gaspar de Ezpeleta, que había estado cenando en casa del Marqués de Falces, pasaba por el puente sobre el río Esgueva que había a la altura de El Rastro, cuando le salió al paso un espadachín embozado. Según la declaración de Ezpeleta en su lecho de muerte, el hombre le preguntó que adónde iba; a lo cual el caballero preguntó igualmente que para qué quería saberlo. Metidos en lucha de espadas, Gaspar de Ezpeleta resultó herido de muerte. A sus gritos de auxilio acudió un vecino de la zona quien no dudó en avisar a Miguel de Cervantes para que le ayudase a trasladar al herido hasta una casa cercana para que allí lo asistiera el cirujano. Ezpeleta falleció al día siguiente y todas las personas que ayudaron a subir al herido hasta la casa y todas aquellas que simplemente vivían en la casa de El Rastro fueron llamadas a declarar en el juicio.
El caballero Ezpeleta tenía en Valladolid fama de galanteador y, cuando el juez fue informado de que en El Rastro vivían algunas mujeres "que en sus casas admiten visitas de caballeros y de otras personas, de día y de noche" y de que el propio Ezpeleta era asiduo a ellas, se tomó mucho interés en tomar declaración a "las cervantas", nombre con el que se conocía en la ciudad a todas las mujeres que vivían con el escritor: su hermana Magdalena, su hermana Andrea, su hija natural Isabel, su sobrina bastarda Constanza y su criada, María de Ceballos (su esposa, Catalina, no vivía con él).
Gaspar de Ezpeleta fue enterrado en el Convento de San Francisco. ¿Será "aquí" o será "allí" donde resida su fantasma?



3.- Rincón: Convento de "Las Calderonas"
Fantasma: D. Rodrigo Calderón
Con Felipe IV, se puso en boga en España la existencia de los llamados "validos", favoritos u hombres de confianza de los monarcas. Durante los primeros años de su reinado, Felipe IV mantuvo como valido al Duque de Lerma, quien ya había ejercido mucha influencia sobre Felipe III y a cuyo lado continuaba su fiel y poderoso colaborador Rodrigo Calderón. Cuando el Duque perdió la confianza del Rey, a sabiendas de los muchos asuntos oscuros por lo que podía ser juzgado una vez caído en desgracia, se las arregló para ser nombrado cardenal de la Iglesia Católica ("el mayor ladrón de España, para no morir ahorcado, se vistió de colorado"). Por su parte, el nuevo valido de Felipe IV, el Conde-Duque de Olivares se encargó de ajusticiar a Rodrigo Calderón, quien fue apresado en Valladolid y conducido a Madrid para ser ejecutado (21 de octubre de 1621).
Rodrigo Calderón había fundado en Valladolid el Convento de Porta Coeli, de madres dominicas, colindante al palacio que poseía en la ciudad: la Casa de Las Aldabas. Dos años después de su degollación, en 1623, su cadáver fue conducido hasta aquí, donde descansa en el coro de su Iglesia... "momificado", junto a su fantasma, como si de un mártir se tratase. Hoy todos conocemos este Convento como "Las Calderonas", en referencia a su benefactor.



4.- Rincón: Ruinas de la Colegiata de Santa María la Mayor
Fantasma: D. Pedro Ansúrez y Dña. Eylo Alfonso
Todos tenemos por cierto que el Conde Ansúrez "fundó" Valladolid a finales del siglo XI. Matizaciones aparte, lo cierto es que Pedro Ánsares fue preceptor del rey Alfonso VI y el hombre más importante de su Corte, participando de forma decisiva en las dos grandes gestas del monarca: la reunificación de los reinos de Castilla y León (1072) y la reconquista de Toledo (1085). En agradecimiento a su lealtad, Alfonso VI concedió a Pedro Ansúrez el señorío de la villa de Valladolid, en calidad de "conde"; es decir: representante del monarca en la circunscripción territorial. Todo esto hubo de ocurrir en los años que siguieron a la victoria toledana, porque sabemos que, en 1095, Pedro Ansúrez y su esposa, Eylo Alfonso, estaban en disposición de fundar la Colegiata de Santa María y hacerle sustanciosas donaciones, tanto a la nueva célula benedictina-cluniacense, como a los vasallos que se prestaran a asentarse en la zona. ­
¿Y qué tiene de "fantasmal" la figura del matrimonio Ansúrez? Pues "todo" después de esa crucial fecha de 1095. Sabemos que en 1102, los Condes se trasladan a Urgel por motivos familiares y que en 1111 falleció Doña Eylo. El propio Pedro Ansúrez hubo de morir seis o siete años después. Pero nada sabemos ni de la fecha exacta, ni del lugar. En 1674, casi seis siglos después, los restos del Conde (no los de su esposa) fueron trasladados a la ya Catedral de Valladolid, donde reposan en nuestros días, no muy... dignamente.
Dice Julio Valdeón: "Allí permanecen, en estado de semi-abandono, los restos del, en cierta forma, el fundador de Valladolid. Si queremos ser fieles a nuestras raíces históricas, no podemos relegar al olvido al conde Ansúrez. Con don Pedro Ansúrez tenemos contraída los vallisoletanos una enorme deuda de gratitud. Para intentar saldarla se requerirá, como mínimo, darle un enterramiento digno y recordar perennemente su vida y su obra".


5.- Rincón: Fachada de la Catedral
Fantasma: Dña. Valeriana Pérez
El arquitecto del siglo XVI Juan de Herrera concibió, para nuestra Catedral, cuatro torres: dos a los pies y dos más pequeñas en las esquinas de la cabecera. Estas dos últimas nunca llegaron a construirse y de las otras dos se levantó la del oeste en el siglo XVIII y la del este en el siglo XIX.

Como decíamos, entre 1703 y1709 se levantó la torre de poniente que los vallisoletanos llamaron la Buena Moza, por su esbeltez y su galanura. Pero en 1755 tuvo lugar el famoso "terremoto de Lisboa" y la estructura de la torre sufrió grandes daños. Y aunque se le hicieron sucesivos arreglos provisionales, casi un siglo después, en 1841, la estructura se derrumbó. Sucedió en la primavera de 1841, concretamente el 31 de mayo. El mes había sido muy lluvioso y con grandes vientos y a las 12 de aquella mañana comenzó a granizar y el temporal arreció, prolongándose durante horas. A las 5 de la tarde, Valladolid se vio conmocionada con un ruido terrible y las casas cercanas a la Catedral sintieron una gran trepidación como consecuencia del derrumbe de la torre que se había venido abajo casi por completo.
Pasado el susto inicial, se procedió en primer lugar a despejar toda la zona de los escombros caídos y se tomó la decisión de hacer el desmonte de las ruinas. El Ayuntamiento y el Cabildo se encontraban bastante escasos de fondos y, además, no era fácil encontrar gente que quisiera hacer un trabajo tan peligroso. Fue entonces cuando se presentó voluntario Francisco González, un presidiario que cumplía condena por homicidio y que presentó un plan para proceder al desmonte con un presupuesto bastante bajo y a cambio de la exención de su pena. Y así se hizo.
Dos personas resultaron dañadas en el derrumbe: el campanero Juan Martínez y su esposa Valeriana Pérez que tenían su vivienda en la torre. Al campanero le dio tiempo de cobijarse en uno de los vanos del tercer cuerpo que por fortuna no cayó con el derrumbe, pero la campanera cayó junto con los elementos de la torre que la "depositaron" entre escombros en la capilla del Sacramento. Su rescate duró 30 horas y hay quien dice que fue recuperada con vida, mientras que los vallisoletanos amantes de la leyenda aseguran que su fantasma sigue habitando en la torre.









Ni que decir tiene que el texto corresponde a su autora, Paz Altés, y las fotos las hice sobre la marcha, sin pensar en echar mano de lo mucho que hay sobre este particular en la red. Seguro que hubiera quedado mucho más fotogénico, pero también más impersonal. Y somos muy nuestros, vaya que sí.
Para terminar fuimos obsequiados, ¡por quién iba a ser sino por Paz!, con dos libros de los que además firmó ejemplares y repartió cariñines.


Edición no venal a cargo de Paz Altés. Texto basado en un guión original de Javier Burrieza.
La primera, obra suya, para que gustáramos la última leyenda, el fantasma de la campanera. La segunda, para que hiciéramos los deberes descubriendo dos personajes ilustres de la ciudad, que también dejaron sueltos sus fantasmas. Debemos descubrirlos. Pero eso es tarea de otro artículo. Quizás otro día…
No sólo quedó lindo. ¡Fue estuphendo!

Un año ya con Bienve

Hoy, al entrar en la cocina para desayunar, me ha recibido Bienve con sus charrasqueos. En realidad los he oído desde la cama en cuanto sonó el despertador. Creo que empieza a hacerlo apenas ve los primeros rayos de sol. Es tan alegre que no se corta, ni le importa si son melodiosos o suenan a serrucho sin entocinar. Es un ser completamente des-inhibido.
Se cumple el año que llamó a mi puerta y yo le dejé entrar, que no tuve que abrirla porque ya lo estaba. Sólo que el muy educado avisó, para que yo saliera a recibirlo.
En este tiempo ha cambiado de plumaje, se ha hecho más robusto y hasta creo que tiene la cola mucho más larga. No conoce el miedo ni le importa si Gumi se abalanza sobre su jaula todo jadeante; sabe que no corre peligro. Cuando yo me aproximo a él para hacerle ruidos con la boca, él se aproxima a mí, reja de por medio, y me mira con curiosidad, y diría que incluso con cariño.
Ignoro si es él, ella u otra cosa; no me importa, como le ocurre a él, sea yo lo que sea. Goza del santuario que solicitó, y gozamos con su compañía. Nadie vino a reclamarlo, ni él dio explicaciones que nos permitiera buscar su procedencia. Llegó y fue bienvenido; está y tiene acomodo.
No reclama más de lo que tiene y se le ofrece. Ensucia lo natural, ni más ni menos. No limpia, pero deja que lo hagamos.
Sólo hace una cosa que me desagrada: cuando salgo de casa, se alborota todo; según cierro la puerta escucho su revuelo dentro de la jaula. No consigo saber por qué hace eso, sabiendo, como sabe, que siempre, siempre vuelvo.
                           

Ensayando, probando, aprendiendo… ridiculizándome al intentar hacer la vuelta americana

El miércoles pasado me manqué en un pie al girarme en la piscina. Pensé que me había golpeado contra la pared, y sentí un dolor muy fuerte en el empeine. Seguí nadando hasta terminar mi serie y al salir noté que esa pierna no furrulaba como la otra.
Me levanté el jueves con el pie casi inutilizado, pero tras el paseo con mis amigos mejoré y pasé el resto del día decentemente.
Por la noche una amiga blogguera me comentó que estaba practicando el giro o vuelta americana con su hijo como entrenador. Y pensé que también podía yo intentarlo.
Yo soy nadador tardío y lo que sé lo he ido aprendiendo solito, tras muchos tragos, aguadillas, sudores (sí, también se suda bajo el agua), sentido del ridículo y muchas ganas. De la braza, de toda la vida, llegué al crol ya en la piscina, o sea hace siete años. Y de hacerme el muerto a nadar de espalda hace apenas cuatro, también en la piscina.
Pero para darme la vuelta me servía cualquier maniobra de mi cuerpo, siempre mal, con un pie, con los dos sobre la pared, de medio lado, de frente, en fin, como dios me da a entender. Eso hace que la mayoría de las veces llegue a la pared desequilibrado y salga como quien se está ahogando, a lo loco.
El miércoles ocurrió, una vez más, que me apoyé mal sobre el muro, y al dar la patada en la pared se me torció el pie, y sufrí una especie de tirón en el empeine. Eso lo pensé después, porque el dolor fue ahí, y no me creo capaz de doblar mi apéndice inferior de tal manera que golpee con esta parte del cuerpo.
El caso es que me dije que si me saliera la vuelta americana, me apoyaría con las plantas de los pies a la par sobre la pared, y no volvería a sucederme lo ocurrido.
Ni corto ni perezoso busqué en Internet y encontré material adecuado, blogs y videos muy didácticos, que haciéndolo fácil, podrían ayudarme en el empeño.
Esto es lo que he seguido hasta ahora, sin perjuicio de que busque algo más en otro momento:
Los dos primeros días no he conseguido gran cosa, apenas un par o dos de giros que se aproximan; el resto, fatal.
Hoy he hecho caso al triarosario del blog y me lo he tomado con calma. Frenaba al acercarme al muro y lo encaraba despacio, echaba los brazos hacia atrás y metía la barbilla contra el pecho. Al encorvarse mi cuerpo,  la voltereta iba saliendo cada vez mejor; y lo mejor de todo, salía como un torpedo hacia adelante en dirección contraria impulsado por las dos piernas al unísono.
Ha tenido que llamarme Pilar y decirme ¡basta! en la vuelta 35. Se me había pasado el tiempo en un suspiro y no me había cansado nada. Eso sí, con unas ganas de cenar…
Me había dado de plazo una semana para aprender lo más elemental. Yo creo que en una semana llego al nivel de Mark Andrew Spitz (1950), porque el Michael Phelps (1985) es demasiado para mí, y además mucho más joven.

¿Perroflauta o mosca cojonera?

Esta mañana se me ha acercado Berto, lentamente como sólo él lo hace, y se ha echado a mis pies. Y de pronto, voy y le suelto: “¿Berto, eres un perroflauta?”
Con su tierna cara de palo, el pobre no ha dicho nada. Sólo se ha quedado mirándome. Tal vez esté empezando ahora a procesar la pregunta en su sesera.
Al Gumi hube que hacerle la pregunta a la carrera, porque no se paró, quiá; seguía algún rastro en el jardín que dejaran los gatos esta noche. Pero en un momento que se aproximó me soltó un rotundo “Estás tonto, o estás tonto. ¿Dónde llevo yo la flauta, eh, dime, dónde?” Este cachorro no se sale a su padre, él las coge al vuelo. Y me he quedado pensativo.
Como si me hubiera oído el pensamiento, Moli, toda seria y circunspecta va y me dice, a su manera claro, que ella usa un idioma que entre ambos nos va de maravilla:
“Perroflauta es una forma despectiva de designar a los músicos ambulantes callejeros que tocan algún instrumento con escasa fortuna y que por regla general van desaseados, ocasionalmente en compañía de un chucho sarnoso. Por extensión, empieza a llamarse «perroflauta» a un tipo de persona joven de atuendo informal y vagabundesco, algo así como un «hippie» en su acepción más moderna y pervertida.
Ni Berto ni Gumi encajan en esa descripción. Salvo que ladran de cuando en vez, ellos de música, nada; y de vida vagabunda, menos aún. ¡Pues no viven poco bien los dos perritos!”
Enseguida me di cuenta que decía lo que habría encontrado por la red, en un rato que salí de casa y dejé el aparato a su disposición. Hablaba de memoria. Quise indagar e insistí. “Amos a ver, Moli, no digas lo que otros dicen. ¿Qué puede ser para ti un perroflauta?”
Y ella va y me suelta:
“Mira, MA, esto es lo que hay, que está aquí más clarito: http://www.frikipedia.es/friki/Perroflauta. Pero esto otro también, que lo acabo de pescar, y tiene todos los visos de ir al quid de la cuestión:
«Hola amigos!, que cantidad de Jilipolleces estoy leyendo por aquí, aunque de alguna manera me alegro por que veo que lo que hicimos en su día el grupo "Perroflauta" ha dado tanto de si, que ahora se acuña en un término que le da sentido a la forma de vida de algunas personas. He de explicaros algo, el término PERROFLAUTA se creo en Mérida (Badajoz) en el año 97, a través de un grupo al que yo pertenecí, que ahora no existe, pero que en los 8 años que estuvimos funcionando recorrimos toda la geografía española y parte del extranjero. Aunque no nos hicimos muy famosos sé que nuestra música ha llegado al corazón de mucha gente, me consta porque la gente nos lo decía y nos lo dice. Le pusimos ese nombre al grupo de una forma muy tonta; resulta que un día estábamos en mi casa tocando algunas canciones y en la calle escuchamos a un perro que ladraba de una forma muy rara, después de reírnos un rato dijimos "este es un Perroflauta" y acto seguido le hicimos una canción a ese maravilloso perro que le dio nombre a nuestro proyecto. Cada cual puede llamar como quiera a la gente que desprecia o le molesta o por el motivo que sea no le gusta su forma de vida, pero por favor, no los llaméis Perroflauta. A lo largo del tiempo que estuvimos tocando por ahí, nos dimos cuenta de que el grupo Perroflauta no sólo gustaba por su música, sino por lo que sus canciones transmitían y por la filosofía de vida que nosotros como personas ejercíamos en aquel momento. Para nosotros Perroflauta significa LIBERTAD, COMPROMISO SOCIAL, AMOR, IGUALDAD, MULTICULTURALIDAD, SOLIDARIDAD y un motón de cosas más que tienen mucho que ver con la época que nos ha tocado vivir.
Los comentarios despectivos acerca de cierto tipo de personas que leo aquí os delatan a muchos de vosotros, os delatan porque se deja ver tras ellos la gran herida de intolerancia y racismo que sigue habiendo en nuestro país. Considero una desgracia que gente joven como vosotros desprecie a sus congéneres sólo porque llevan un estilo de vida distinto al que lleváis algunos de vosotros. Hay que mirar hacia dentro y ver si realmente tú que criticas el estilo de vida que tienen otras personas en realidad eres feliz, si en realidad tienes lo que quieres o si por el contrario todas esos insultos a esas personas son el producto de lo que la sociedad está haciendo con nosotros, o mejor dicho, lo que nosotros hacemos con la sociedad. Habría que escuchar qué piensan esos "perroflautas" de vosotros que no sabemos lo que sois. Al menos a ellos los puedes identificar por su estilo de vida, pero a ti como se te identifica???»
Aluciné, pero comprobé que está tomado de http://romera.blogspot.com/2006/05/perroflauta.html.
Volvió a la carga. “Aquí ocurre como en todo, uno saca una idea, una ocurrencia, una genialidad, y ciento y un mil se apuntan a ello, y lo dan vueltas y vueltas, marean la perdiz, y termina por salir un churro, que en realidad es un pan como unas tortas”.
Y siguió, que Moli no se amilana: “Luego ese calificativo se llena de adherencias, más bien despectivas e insultantes, se mezcla aquí y allí con una pizca o un saco de generalidades, y se aplica al primero que se nos pone en la chepa. Unos lo reciben sin replicar; otros se lo aplican tan contentos; aquellos se ufanan de serlo mucho más, y los demás de allá lejos se ponen guirnaldas sobre el pelo recién salido del tostadero de la pelu y también se lo apropian, y hasta lo gritan, y te lo muestran en plan ofensivo o de autoinculpación, vete tú a saber. A perroflauta tú no me ganas, que lo he sido de toda la vida, te vienen a decir. Y asín estamos. Y puede que termine por ser la moda para este verano y aparezca el personal por las playas con una flauta en una mano y un chucho malpeinado en otra. Pero una cosa sí te digo: llamar a los del 15M perroflautas es una patochada, una sandez y hasta una grosería; ni los describe, ni los define, ni caben dentro de ese palabro. Tú sabes bien que a la gente que saca de sus casillas a quienes tienen o creen tener todo en orden, en tu pueblo y en el mío se les llama moscas cojoneras. ”
La dejé por imposible. Esta perra no me da la talla en una conversación seria. ¿O seré yo el que no esté a su altura? ¡Perros!
Mañana, si ha lugar, volveré… ¡Mejor dicho, ni hablar! Si alguien quiere ser perroflauta, que lo sea. A mí qué.

♫♫♫A cortar el trébole, el trébole, el trébole, a cortar el trébole la noche de San Juan♫♫♫

Mientras escribo esto se está preparando en muchos lugares la hoguera que celebra el paso de un instante, que no sé muy bien qué significa, pero que un gentío enorme disfruta.
Bien digo lo de paso, porque es cambio, salida y entrada, nexo, muda o conversión.
Algunas personas y colectividades se las dan de que celebran la noche más larga del año, y no es verdad. En ciertos sitios se ufanan de sentirse, durante unos instantes, en sintonía y comunión con las fuerzas más primigenias de la abuela naturaleza. Y tampoco es cierto. Esto lo digo por lo que se ve que queda después de los saltos y las borracheras. Y hay también lugares y personas que simplemente queman su vida haciendo como que lo que arde es el mundo entero. Cosa que igualmente ni es exacto ni es verificable. Aunque a primera vista dé toda la apariencia de verosimilitud.
A mi plin.
Uno de los momentos más entusiasmantes que vivo a lo largo del año es la nochebuena. Por ser Navidad, por juntarme con la gente que quiero y me quiere, por las buenas palabras que comunican tan buenos deseos y por sentarme a la mesa comiendo y cantando villancicos. Siempre me ha gustado porque sí y también por los buenos sentimientos que afloran o nacen, que no siempre hay que pensar que son ficticios, artificiales. Pero también porque es el comienzo de los días que empiezan a crecer, y que desde hace ya la tira voy disfrutando uno tras otro, casi cronometrando los instantes que un sol se adelanta sobre el anterior en una progresión misteriosa y mágica que no cambio por ningún otro momento de la jornada.
Por lo mismo, y al contrario, esta noche, la más corta al decir de esos mentirosos que se olvidan del auténtico solsticio de verano que ocurre en el paso del 20 al 21 de junio, me produce cierta tristeza; a partir de ahora el sol se irá antes, la jornada durará lo mismo pero la oscuridad será más persistente y duradera y cuando me levante de la cama tendré que esperar cada vez un poco más al hermano luminoso que alimenta, ilumina y embellece nuestra madre tierra.
Tal vez debiera unirme a quienes esta noche encienden una hoguera para con su fuego alimentar al sol y darle ánimos que le acompañen en el duro invierno, justo ahora que iniciamos el verano. Al menos me sentiría útil, y no triste como me percibo.
Me ocurre ahora de mayor como cuando de pequeño el primer día de vacaciones de verano ya me sentía estafado por la vida, porque lo que tanto había ansiado durante el curso ya empezaba a escurrírseme de las manos. Apenas iniciadas, ya menguaban. ¡Qué poco me duraban!
Una confidencia: Algunas noches, al irme a la cama, me descubro a mí mismo abrazando a Moli y diciéndola por lo bajinis: “Si te mueres, te mato”.
¿Seré como el perro del hortelano?

He recibido un correo


A temprana hora, suena el móvil con aviso de mensaje y leo en la pantalla:

“SE HA ORDENADO EL PAGO DE SU DEVOLUCIÓN DEL IMPUESTO SOBRE LA RENTA DE LAS PERSONAS FISICAS DEL EJERCICIO 2010”. Remitente AEAT. Hora: 08:34:11. 22/06/2011
Entusiasmado con la noticia me prometo festejarme el día comprando una botella de vino para comer.
He de decir que no me gusta el vino. Que desde pequeño como con un sorbito, entonces del que se hacía en casa, y ahora del que venden en los comercios. Lo bebo por beber algo, si es menos mejor que más.
Así que de paso por una tienda, a la vuelta de unas gestiones en el centro, adquiero dos botellas de una marca de vinos de la Ribera, de Burgos, en concreto. Para probar, una de tinto joven, del 2010, y otra un poco más añeja, del 2008.

Empecé el joven, y me gustó. Comí alubias con costilla de cerdo y el vino recién comprado. Y disfruté.
Por la tarde tenemos la reunión final de curso de la lectura comentada del libro de Pagola “Jesús, aproximación histórica”. No leímos. Sólo comimos, porque coincidiendo con el comienzo de las vacaciones dos buenos elementos, Roberto y Víctor, quieren celebrar sus cumpleaños. Y estuvimos dándole.
Hice un comentario sobre el vino que acababa de probar en la comida, y Víctor que es experto me pide que lo traiga. Lo hago. Él se sirve, huele, embucha un sorbo, mueve los carrillos, de uno y otro lado, se aquieta, vuelve a mover los carrillos y al final traga. Yo creo que tragó sin ganas. Su juicio fue: es buen vino para el euro y pico que te ha valido.
Acertó. El vino no vale nada, y la conclusión que yo saco es que ni siquiera lo que pagué por él.
Pero a mí me gustó. Lo que es no entender.
He decido que si AEAT hace el abono en cuenta, ya tengo para estas vacaciones,  y que si me las tomo cuando coma me acompañaré con agua de manantial de la sierra, a ser posible de Pirineos.

Y este cura no es mi padre

Me dicen que hoy en el Hogar hay fiesta, que se juntan mayores y pequeños y que vienen de no sé dónde a compartir juegos autóctonos. Que vaya y fotografíe. Y fui.
Luego me puse a reparar unas plantas que se habían comido toda la tierra y estaban los tiestos con sólo raíces. Y me encerré en la sacristía, para no molestar. En esto oigo que me llaman desde la puerta de la iglesia. Es Isabel, que viene con unas flores de pelargonio y un manojo de perejil. Y toda apurada me dice que al abrir la puerta de mi casa se ha escapado Gumi.
Voy corriendo y me lo encuentro toreando a la chiquillería, que en ese momento estaba en el patio haciendo uno de los juegos. Todos corriendo tras él, y el muy gamusino corriendo más que todos nosotros. ¡Menuda corrida!
Total que solté a los otros dos, y como en la plaza de toros, los berracos se lo trajeron para los toriles. No nos dieron ni una oreja, pero sí sonaron los clarines. Un aviso.
Esto no sé a qué viene, pero tengo una cosa en la cabeza que me rurrunea desde esta mañana, al leer la crónica bonita, bonita, que un bloguero amigo ha hecho de la marcha 15M de Madrid del pasado domingo. Y digo yo que a lo mejor tiene alguna relación, o la forzamos, para que la tenga.
Compruebo que las consignas, los gritos y las frases, más o menos redondas, que se corean en estas manifestaciones hacen referencia, con más que cierto tono despectivo, hacia la clase política, la clase económica, la clase sindical, y hasta me han contado que la clase clerical. Supongo que también habrá para la clase ideológica, la clase educativa, la clase legislativa y la clase jurídica; sin descontar la clase administrativa, la militar y la empresarial. O sea, que van a estar incluidas posiblemente todas las clases que existen en esta sociedad.
Y yo me digo que dónde se incluyen a sí mismos los que tales cosas cantan, declaman y proclaman. Esta sociedad es lo que hemos hecho entre todos, todas también. Y hemos llegado a lo que somos con el esfuerzo común, para bien o para mal.
Cuando las cosas pintaban, tan contentos. El obrero a su trabajo, el estudiante a su clase, el ama de casa a sus labores, el jubilado a sus paseos, el diputado a su escaño y el banquero a su despacho. Ah, sí también, el clérigo a sus misas. Y la política la hacíamos todos, unos hablando, otros callando, todos (bueno, a veces sólo y apenas la mitad) votando y aceptando, y también quien ni sabiendo ni contestando.
Por supuesto había quien protestaba, pero era marginal, alguien chalado que nadie sabe lo que pretendía. Todos tenían más que de sobra, para comprar y para disfrutar. De modo que si alguien se quejaba sería porque no valía para esto, porque haber, había para todos. Y sé muy bien lo que me digo, porque he visto sueldos alucinantes. Eran las vacas gordas.
Ahora que las susodichas vacas han enflaquecido se busca al culpable. Y el problema está en darle nombre. En esto no vale tirar contra todo, se mueva o no. Hay que discernir. Y aunque hay momentos en que me parece que se hace o al menos se intenta, hay muchos más en que no lo veo. Y ya lo siento.
Stèphane Hessel grita su indignación, e invita a salir del acomodo para cambiar las cosas. Pero no le he leído eso de “no nos representan” referido a un sistema democrático y a unos cargos políticos salidos de las urnas. Tal vez lo pensara, no digo lo contrario. Pero de su pensamiento yo saco más bien la urgencia de salir del borreguismo, del silencio culposo y del no complicarse por implicarse.
Si las soluciones a todos nuestros problemas van a venir de la mano de alguien, no puede ser haciendo tabla rasa, cargándose todo lo que hemos ido haciendo y es lo que tenemos. Será metiéndose en harina y mirando dónde están los que no han dejado de hacerlo; quizás tengan las uñas sucias, pero es de sólo harina, no de otra cosa. Nadie ha podido jamás dudar de su honradez, no hay por qué venir ahora a insultarlos.
Tal vez, sólo tal vez, ese cura no sea mi padre. Pero esas aguas que ahora parecen tan pestilentes, las hemos bebido, las bebemos y casi seguro que seguiremos bebiéndolas.
Y termino como empecé. Hecho un lío. El mismo que nos hizo esta tarde Isabel abriendo mi puerta y el Gumi corriéndonos por el patio. Habrá que recurrir a los sobreros, para que pongan sentido, orden y un poco de claridad.

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