¡Uf! ¡Menos mal que tiene explicación!




A uno que está lejos de viejas historias, no le sonaba nada bien que el papa Francisco regalara una rosa de oro, fuera a quien fuera, y menos a la Virgen en su advocación de nuestra señora de Fátima. Pero una bondadosa persona se lo ha explicado y así le parece que suena menos mal.
Resulta que es una tradición en la Iglesia, que se inició en el siglo XI, eso de regalar rosas de oro.
La costumbre se remonta a la Edad Media, cuando los papas llevaban esa flor durante las procesiones del cuarto domingo de Cuaresma, el llamado domingo Laetare. El Papa Eugenio III puso en relación este hecho con la pasión de Cristo: el oro como símbolo de la resurrección y las espinas como símbolo del sufrimiento.
En otros tiempos, esas rosas se conferían también a dignatarios de la Iglesia, para distinguirlos, pero también para recordarles las responsabilidades asociadas al ser cristiano. El círculo de los que recibían rosas de oro se fue ampliando a reyes, príncipes, abadías y santuarios. Actualmente, solo los santuarios son objeto de esa predilección.
La rosa de oro es una condecoración otorgada por el Papa a personalidades católicas preeminentes, usualmente reinas. También la han recibido algunas advocaciones de la Virgen María. Fue creada por León IX en 1049. Como su nombre indica, consiste en un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche de oropel con el escudo papal. El Papa la bendice el cuarto domingo de Cuaresma. La unge con el Santo Crisma y se la inciensa, de modo que es un sacramental.
Con ésta, Fátima tendrá ya tres rosas de oro. La primera la envió Pablo VI, el 28 de marzo de 1965, durante la tercera sesión del Concilio Vaticano II. La segunda la entregó Benedicto XVI, durante su visita a Fátima, el 12 de mayo de 2010.

La tercera acaba de entregarla hoy mismo Francisco. A él le gustan mucho más las naturales, pero el protocolo es el protocolo. Y así estamos.
Y por la misma razón mi obispo, que además es cardenal, está ausente de los actos protocolarios en honor del patrono de mi ciudad, San Pedro Regalado; ha de acompañar a la comitiva papal en su visita a Fátima. De esta forma ha dado al traste con el programa de las fuerzas vivas ciudadanas que le asignaban el puesto principal en la ceremonia que en esta fecha se celebra en El Salvador. En mi pequeñez, recuerdo asomarme desde el mirador de la casa de mis abuelos para contemplar el revuelto que tal que hoy se organizaba en la coqueta plaza. Era tal el gentío que se convocaba que solo cabezas distinguía; sin reconocer a nadie, por supuesto. Pero mi abuela Jesusa sí lo conseguía, y daba gritos de alegría nombrando a personas por ella conocidas, de manera que aquella mañana era una fiesta también familiar.
Aprovecho la ocasión para rendir mi tributo particular a nuestro paisano Pedro Regalado.
“Saliendo San Pedro Regalado del convento del Abrojo para Valladolid, sin saber que hubiese fiesta de toros,
se escapó uno de la plaza y le acometió furioso, el santo después de implorar al cielo, le mandó se postrase y lo ejecutó rendido.
Quitóle el Santo las garrochas y echándole la bendición le mandó que se fuese sin que hiciese mal a nadie, lo que ejecutó el bruto”.

(De la vida del santo vallisoletano, patrono de su Ciudad y de los Toreros.)
 Lienzo pintado por fray Diego de Frutos.
San Pedro Regalado fue un monje franciscano que vivió en el S. XV y fue canonizado por sus acciones de caridad, su dedicación a los pobres y sus obras milagrosas. Nació en la calle de la Platería en 1390, hijo del hidalgo Pedro Regalado y Doña María de Costanilla. Muy pronto fue bautizado en la actual iglesia de San Salvador, que por aquel entonces se llamaba iglesia de Santa Elena.
Dicen que desde pequeñito ya mostraba verdadera devoción por las causas religiosas, y que se le podía ver cada día con su madre camino del convento de San Francisco (ya desaparecido y que entonces estaba en la Plaza Mayor) y que durante la misa, llamaba la atención siempre de las gentes por su disposición y colaboración durante las celebraciones.
Cuando contaba con tan solo 14 años, ocurrió algo que le influiría de manera decisiva en su vida: llega a Valladolid Francisco Pedro Villacreces, Maestro en Teología por París, Tolosa y Salamanca. Este religioso quería reformar la Orden Franciscana de Castilla y buscaba seguidores de su causa. Pedro decide unirse a él y parte hacia La Aguilera (cerca de Aranda de Duero) dejando Valladolid y despidiéndose de su madre para dedicarse a la vida regular.
En La Aguilera Pedro vivió dedicado a rezar durante doce horas diarias, a trabajar y recoger limosna y estudiar para ser ordenado sacerdote. En 1412 ofició por fin su primera Misa y a partir de entonces predicó la palabra de Dios por distintos lugares y empezó a ser conocido entre las gentes por realizar diferentes obras y realizar varios milagros de bilocación (es decir que testigos de la época indican que le vieron en dos lugares al mismo tiempo).
El milagro más importante por el que se le conoce está recogido en su proceso de canonización, y describe como Pedro, durante la madrugada de la fiesta de la Anunciación de la Virgen María, está rezando maitines en el convento de El Abrojo y al sentir añoranza de honrar a María en La Aguilera, se transporta y aparece en La Aguilera, que estaba a ochenta kilómetros, y tras honrar a la Virgen María, regresa de vuelta.
Su fama cobró tal importancia después de su muerte, que incluso la Reina Isabel la Católica visitó su tumba en el Monasterio de La Aguilera.
En el año 1746 el Papa Benedicto XIV decide declarar Santo a Pedro Regalado. Esta noticia tuvo gran impacto en la época en Valladolid y se celebró con gran júbilo y por eso ese mismo año se decidió nombrarlo  patrón de Valladolid.
Y además es el patrón de los toreros…
Uno de los milagros que se le atribuyen tiene que ver con ¡un toro!
Cuentan que saliendo San Pedro Regalado del convento de El Abrojo (cerca de Laguna de Duero) hacia Valladolid iba rezando con un compañero y les sorprendió un toro que se había escapado de la plaza mientras se celebraba una corrida.
Pedro se acercó al toro y tras clamar al cielo, le ordenó agacharse y el animal se sometió a él. Pedro le quitó los hierros, lo bendijo y le mandó partir sin hacer daño a nadie y así ocurrió.

Que viene el señor obispo


El obispo suele acudir a sus citas parroquiales, tanto si se trata de la visita pastoral como si de conferir el sacramento de la confirmación, acompañado de alguien, que le acolita en las celebraciones. Los párrocos poco tenemos que preocuparnos por el ritual suyo, salvo en los preparativos. Así me ha sucedido siempre. De los tres que me han visitado a lo largo de mi vida el más puntilloso ha sido don José Delicado Baeza y el que menos don Braulio Rodríguez Plaza.
Aún recuerdo cómo le pedíamos a don José que se desprendiera de la mitra y del báculo cuando oficiaba en la pequeña capilla. Pegaba con ambos en el techo. Por respeto a vosotros, nos respondía. No puedo celebrar en vuestra casa sin ser y aparentar lo que soy, vuestro obispo.
Don Braulio era menos exigente. Incluso un día prescindió de la estola cuando se dio cuenta de que se había puesto ya la casulla. Sin embargo era de crismar sentado y con el báculo en la mano, como mandan las rúbricas.
Las últimas seis veces ha venido Luis Argüello, siendo vicario general. Y no ha sido necesario tener en cuenta tanto ese ritual.
Al venir de nuevo, pero ya de obispo, no digo que vaya a perder frescura y espontaneidad; pero sí tendremos que agarrarnos al ritual de los obispos, que para eso está.
Esto me da pie para lanzar una queja cariñosa y con respeto a quien corresponda. Pase que en las Eucaristías estacionales se observe con todo detalle el ceremonial. El obispo en su sede y con su clero catedralicio y el resto diocesano, debe ejercer de tal con todas las cláusulas y consecuencias. Pero cuando se acerca a las parroquias, la liturgia debiera ser más cercana, con signos y gestos que no necesiten explicación porque se entienden a la primera. La gente normal y sencilla no necesita tantas cosas a las que no está acostumbrada ni entiende.
Con harta frecuencia la visita del obispo significa que la celebración se alarga sobremanera y se llena de ritos completamente desconocidos en la vida ordinaria. Al final, lo que queda es si ha mostrado cercanía en el trato, sencillez y claridad en su homilía, y no sale pitando diciendo que tiene prisa. Y si no ha corregido ni llamado la atención sobre pequeñas irregularidades que suelen darse en las parroquias.
Don José, por ejemplo, nos riñó porque no nos poníamos en pie ni de rodillas durante la plegaria eucarística. Isabel “la Chepuda” le hizo caer en la cuenta de que ni podemos movernos durante toda la misa de lo encajados que estamos en estos asientos aprovechados de un viejo cine desmantelado. Háganos una más grande, y verá como nos levantamos. No hubo réplica. Tampoco iglesia nueva… hasta que la hicimos nosotros. Cuando la visitó ni siquiera nos preguntó por el confesonario; a la vista estaba que no lo había.
En cierta ocasión, durante unos ejercicios espirituales, me tocó por turno concelebrar con un obispo, don Juan María Uriarte. Al terminar la Eucaristía, ya en la sacristía, a los cuatro que le acompañábamos nos recriminó que hubiésemos besado el altar, y nos aconsejó que consultáramos el manual. En efecto, sólo el obispo celebrante debe hacerlo, y los sacerdotes acompañantes hacen reverencia únicamente. Recuerdo aquel gesto con escozor. Fue innecesaria aquella regañina.
Luego he podido comprobarlo cuando he participado en la catedral en las pocas ocasiones en que me persono allí al cabo del año. Pero es que entonces estoy situado bastante lejos del presbiterio, y no hay ocasión propicia para ello. A distancia parece que no te sale el beso.
En fin, que el ritual de los obispos es asaz enmarañado y carente de significado para la mayoría de las personas que asisten a sus celebraciones muy de vez en cuando. Ejemplo de ello es esto que he encontrado, preparándome para recibir a Luis, obispo, en mi parroquia.

Pasos Para Acolitar Con Obispo

Ritos Iniciales:
1. Al iniciar la misa, el obispo después de besar el altar se le recoge el báculo y la mitra.

Liturgia de la palabra:
1. Cuando el obispo se sienta para escuchar las lecturas al igual que el pueblo, se le da la mitra.
Momento del Evangelio:
1. Una vez terminada la segunda lectura, el obispo le hecha incienso al incensario, después el diácono o sacerdote le pide su bendición para proclamar el evangelio, después se le recoge la mitra y se le da el báculo.
2. Una vez proclamado el evangelio, antes de que el sacerdote o diácono llegue hacia el obispo para que éste bese el evangeliario o el leccionario, se le quita el báculo. Una vez que besó el evangeliario se le da la mitra.

Momento del sacramento de la confirmación (cuando se realiza el sacramento de la confirmación)

1. Presentación (mitra)
2. Homilía (mitra)
3. Renovación de las promesas bautismal (mitra)
4. Imposición de manos (se le quita la mitra)
5. Unción del Santo Crisma (se le da la mitra y el báculo) una vez que terminó de
Imponer el Santo Crisma, se recomienda recoger el báculo y la mitra para poder lavarse bien las manos el obispo.
6. Oración universal (sin mitra)
Ofrendas
1. Una vez terminado la oración universal, el obispo va y se sienta para que el diácono o sacerdote preparen el altar con los dones, al momento de sentarse se le da la mitra. Una vez terminado el diácono o sacerdote de preparar los dones, éste invita al obispo para hacer oración sobre los dones, en este momento se le da el báculo y se le recoge cuando llegue al altar (es un movimiento rápido por ser a veces breves la distancia), una vez recogido el báculo se le recoge también la mitra.

Liturgia Eucarística:
1. Después de la oración sobre las ofrendas, se le quita el solideo (el Señor esté con ustedes…)

Ritos Finales:
1. Cuando ya se hay terminado de administrar la comunión, se guarda un momento de silencio (obispo sentado) en este momento se le da el solideo.
2. Al terminar la oración después de la comunión, se le da la mitra y el báculo, esto lo conserva hasta que llegue a la sacristía.

Ya me gustaría que se me explicara el sentido y razón de tanto coger báculo, quitarse mitra y ponerse bonete. O su contraria, que tampoco la entiendo.

¡Qué cosas se me ocurren!




Es mi manera de expresar tu frase “¡qué cosas tienes, miguelangel!” cada vez que algo en mí te sorprendía, grata o infelizmente. Tanto daba, valía para toda ocasión. Aún así, me dejabas trajinar, si era cosa manual, o respirar, si el asunto era de otra calaña. Claro que no mucho tiempo, porque la impaciencia te podía; y más pronto que tarde volvías a ver o preguntabas cómo iba con el tema.
El caso es que el domingo tenemos confirmaciones, y viene Luis. Pero viene de obispo. Y con báculo y mitra. Para ésta tengo apaño. Pero el báculo no está bien apoyarlo en la pared, como si fuera cualquier trasto. Estoy pensando colocarlo erguido, que es lo que corresponde. Y en esas estoy, cómo hacerlo.
¿Cuánto pesa un báculo de obispo? ¿Qué grosor tiene? ¿Cuál es su altura? Son medidas que necesito conocer. Acabo de formular las preguntas por correo extraordinario, que me corre prisa.
En cuanto sepa las respuestas, esta mañana tengo trabajo que hacer y será una digna manera de celebrar este día, tu cumple y mi bautizo. No hay nada mejor que festejar lo que sea haciendo algo productivo.
Pero antes debo saber algo más. En el caso de que venga solo, me tocará a mí tomar y entregar la mitra. ¿Cuándo hay que hacerlo? Voy corriendo a buscar el manual del acólito con obispo, seguro que en internet lo encuentro.
Ya dí con él. Y sabes una cosa, que entre quitar y poner la mitra, recoger y entregar el báculo, retirar y volver a colocar el solideo, el próximo domingo terminaré hecho un ovillo. Espero que Luis sea indulgente.
Ya te he dicho que hoy voy a estar ocupado. También tengo que estudiar, aunque no creo que aprenda nada interesante.
Qué facilito debió resultar mi bautizo. Casi tanto como mi nacimiento, cosas entre paisanos.
Besos para mamá y tu recibe mi cariñoso abrazo

¡Oh, Cristo!




Oh, Cristo, dejado solo y traicionado también por los tuyos.
Oh, Cristo, juzgado por los pecadores y condenado por los jefes.
Oh, Cristo, golpeado en tu carne, coronado de espinas, vestido de púrpura.
Oh, Cristo, atrozmente clavado.
Oh, Cristo, atravesado por la lanza que ha partido tu corazón.
Oh, Cristo, muerto y sepultado. Tú que eres el Dios de la vida y de la existencia.
Oh, Cristo, nuestro único Salvador, volvemos otra vez a ti este año con los ojos bajados de vergüenza y con el corazón lleno de esperanza.
Qué vergüenza por todas las imágenes de devastación y de destrucción, de naufragios, que se han convertido en ordinarias para nosotros.
Vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente se derrama de mujeres, de niños, de emigrantes, de personas perseguidas por el color de su piel, o por su pertenencia étnica, social o por su fe en ti.
Vergüenza por las demasiadas veces que, como Judas y como Pedro, te hemos vendido y traicionado, y dejado solo para morir por nuestros pecados, escapando como cobardes de nuestras responsabilidades.
Vergüenza por nuestro silencio frente a la injusticia, por nuestras manos vagas para dar y ávidas para quitar y confiscar, por nuestra voz que defiende nuestros intereses y tímida para hablar de los intereses de los otros, por nuestros pies veloces sobre el camino del mal y paralizados sobre el del bien.
Vergüenza por todas las veces que nosotros, obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, hemos escandalizado y herido tu cuerpo, la Iglesia, y hemos olvidado nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo, nuestra total disponibilidad, dejando arruinado nuestro corazón y nuestra vocación.
Tanta vergüenza, Señor…
Pero nuestro corazón también está nostálgico de la esperanza confiada en que tú nos tratas no según nuestros méritos, sino según la abundancia de tu misericordia; que nuestras traiciones no hacen venir a menos la inmensidad de tu amor; que tu corazón materno y paterno no nos olvida por la dureza de nuestras vísceras.
La esperanza segura de que nuestros nombres están escritos en tu corazón y que estamos colocados en la pupila de tus ojos.
La esperanza de que tu cruz transforma nuestros corazones endurecidos en corazones de carne capaces de soñar, de perdonar y de amar; que transforma esta tenebrosa noche de tu cruz en alba fulgurante de tu resurrección.
La esperanza de que tu fidelidad no se basa en la nuestra, la esperanza de que la lista de hombres y mujeres fieles a la cruz continua y continuará a vivir fiel como la levadura que da sabor, y como la luz que abre nuevos horizontes en el cuerpo de nuestra humanidad herida.
La esperanza de que tu Iglesia buscará ser la voz que grita en el desierto de la humanidad para preparar el camino de tu regreso triunfal cuando vengas a juzgar a los vivos y a los muertos.
La esperanza de que el bien vencerá a pesar de su aparente fracaso.
Señor Jesús, hijo de Dios, víctima inocente de nuestro rescate, delante de tu misterio de muerte y de gloria, ante tu patíbulo nos arrodillamos avergonzados y esperanzados, y te pedimos que nos laves en el lavatorio de la sangre y del agua que brotaron de tu corazón abierto.
Perdona nuestros pecados y nuestras culpas.
Te pedimos que te acuerdes de nuestros hermanos arrancados por la indiferencia de la guerra y de la violencia.
Te pedimos romper las cadenas que nos tienen prisioneros en nuestro egoísmo, en nuestra ceguera voluntaria y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos.
Oh Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos jamás de tu cruz, a no instrumentalizarla, sino que la honremos y la adoremos porque en ella tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia.
Amén.
Papa Francisco. Oración en el Via crucis del Viernes Santo.

Llegar a fin de mes en el primer mes más largo del año




No deja de ser una proeza acabar un mes y no morir en el intento. Si además, se trata de marzo, con treinta y un días, tal cosa merece nota alta. Y no lo digo yo, lo dicen las multitudes que han pasado hoy por la parroquia para llevarse su acopio de alimentos. Digan lo que digan… aquí seguimos en lo mismo. Dar de comer antes de cualquier otra disquisición filo/teo/socio/poli/filo/lógica es lo primero y principal.
El gobierno acaba de prometer y promete reducir drásticamente el número millonario de parados en una cifra que recuerda, vagamente y de lejos, el premio de la lotería. Y está muy bien hacer ese tipo de promesas en el día 31, porque no existe el 32 y además nadie se lo creería. Hacerlo antes sería pillarse los dedos. Y qué dolor…
Acaba marzo y ahí está la sentencia contra quien dícese llamar Cassandra por unas frases escritas y publicadas en el móvil, —tuits, las llaman. Ese humor no me hace gracia, pero tampoco me parece merezca condena. Lo mismo decir del número carnavalesco de Las Palmas y del cartel de La Coruña; qué necesidad había de llevarlos a juicio…
Acaba marzo, con frío y con calor pero sin lluvia. Y el municipio en el que habito se ve sorprendido en su pretensión de remunicipalizar el servicio de agua por el gobierno del país que no está conforme; alega unas razones que se dilucidarán también en juicio y sentencia, pero que a la generalidad de la población le parecen peregrinas.
Acaba marzo, el tercer año del papado de Francisco, con gloria y con pena. Si buena parte del mundo conocido le reconoce y le estima, una buena parte de su Iglesia le desconoce y desprecia. No recuerdo haber conocido un papa tan diversamente considerado y tratado. Juan XIII no llegó a tanto.
Acaba marzo sin presupuestos. Dicen que están al caer. Veremos cómo y a quiénes descalabrarán.
Acaba marzo y aún están calientes los cuerpos, más bien cadáveres, de las últimas víctimas de la violencia de género, expresión que no termina de gustarme y con la que se ha acordado referirse al tipo de violencia física o psicológica ejercida contra una persona sobre la base de su sexo o género que impacta de manera negativa su identidad y bienestar social, físico o psicológico. Sigue siendo el número publicado infinitamente menor que el real. Se acaba con ella, eso dicen, con cultura y educación. No sé cuántas personas cultas y educadas he conocido que en la intimidad son otra cosa bien distinta…
Acaba, finalmente, marzo y acabo de enterarme de que el rosario de colorines que aquí expuse el otro día no tiene nada de original. Ni es hippy ni es gay. Es misionero. Y tiene su historia. Incluso aparece en Wikipedia, donde nos dicen cómo rezarlo.
Ya digo, terminar marzo cuesta, pero no es para tanto. Mañana será otro día, otro mes, y volverán a ser las cosas… ¿como siempre han sido?
“¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol? Una generación se va, otra generación viene, pero la tierra siempre permanece. Sale el sol, se pone el sol, se afana por llegar a su puesto, y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur, gira al norte, gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar. Todos los ríos se encaminan al mar, y el mar nunca se llena; pero siempre se encaminan los ríos al mismo sitio. Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de ver, ni se hartan los oídos de oír.
Lo que pasó volverá a pasar;
lo que ocurrió volverá a ocurrir:
nada hay nuevo bajo el sol.
De algunas cosas se dice: «Mira, esto es nuevo». Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros.  Nadie se acuerda de los antiguos, y lo mismo pasará con los que vengan: sus sucesores no se acordarán de ellos”. (Libro del Eclesiastés 1, 3-11)

¡Qué pena!




Es lo que siento. La presentación de la carta con la que Reino Unido, o sea Inglaterra y compañía, se desvincula del resto de países europeos, no puede ser otra cosa sino un fracaso rotundo. Se considere como se considere, significa que aquellas islas no se ven ni quieren que se les vea formando parte de lo que es, digan lo que quieran, una historia milenaria forjada en creencias, culturas, estilos políticos e intereses económicos.
Bien es cierto que Gran Bretaña no ha sido, por lo general, un aliado exquisitamente amistoso, como se podría desprender de su carácter exquisito en tantas cosas, desde el te de las cinco hasta el cambio de guardia, pasando por la devoción a su reina. Tal vez se deba a que son “muy suyos”: conducen por la izquierda, su sistema monetario resulta difícil de entender para quien maneja el decimal, incluso miden la temperatura con la F en lugar de con la C. Que coincidan con el resto del mundo en usar reloj de doce horas no deja de resultar chocante.
Si todos, —me refiero a los habitantes de cada país—, tenemos nuestras “cadaunadas”, las de aquel país de allende el Cantábrico son especiales. Y además irrenunciables.
Así las cosas, estando tan particular comensal, no parece posible participar pacífica y en plan de igualdad en un banquete sobre una mesa redonda y con la cubertería colocada según el ritual habitual. Demasiadas excepciones lo hacen imposible.
Porque Europa no es sólo economía y comercio. Así nos hicieron creer cuando votamos la constitución, que parecía, y lo era, un asunto de sólo mercaderías. A la vista está de que hay un asunto humano; se va a comprobar cuando se empiece a desarrollar el dichoso brexit y los ingleses quieran pagarnos en libras y no acepten nuestros euros.
Si se tratara de que los de allí van a recluirse en sus islas…
Precisamente no tengo programado, a corto y medio plazo, viajar a Reino Unido. Pero me disgusta que se me pongan trabas para hacerlo si de pronto me apetece. Ya me había acostumbrado a no encontrar fronteras…

Cambio de hora, se acerca el verano




El reloj de pared marca impasible con su ritmo constante las horas, ajeno al tictac biológico que todos llevamos en la sangre. Mientras ambos emplean su tiempo en sincronizarse, el silencio ocupa este espacio que nadie aprovecha. ¿Una hora más? ¿Una menos?
Gumi me miró aturdido cuando pasé junto a él; era aún de noche. Luna apareció en la cocina, justo cuando terminaba el desayuno, con su alegría habitual.
Al poco, Tano se me acercó alborozado empujándome con sus patitas recién esquiladas. (Tres mañanas de tijera, un mordisco y dolor en los dedos; eso me ha costado).
El sol salió a su hora, la que tenía que ser, rompiendo el celaje de las nubes que se obstinan en retrasar el día.
Se ha iluminado el patio, pero las maricas están calladas. Tampoco pasan coches.
Este silencio suena tumultuoso.
Alguien dejó un montón de abalorios pasados de moda que le sobran. Yo me entretuve con ellos y he aquí lo que se me ocurrió. “Cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo espanta las moscas” (Popular).
Las cosas merecen una segunda oportunidad. Todo encierra en sí mismo una nueva vida. Sólo las personas somos libres para desaprovechar esa suerte. Entonces, perdemos nuestro tiempo, tan valioso, tan fugaz…

La conciencia, ese último reducto





La última novela de Shusako Endo que he leído, no sé si será su mejor obra, ha dejado paz en mi ánimo. Lo contrario que las dos anteriores, Silencio y Escándalo, cuya lectura me perturbó. Ni siquiera La vida de Jesús me ha dejado tan buen sabor de boca.
Porque lo que se narra en El samurai (1980) es, en primer lugar, la historia real de la embajada con que el gobierno japonés pretendió entablar negociaciones comerciales con Nueva España en el siglo XVII. Pero también, el proceso interior de un samurai de baja categoría, la rural, que desde su mundo cerrado y limitado se abre a la universalidad de aquel siglo y a una nueva manera de entenderse y comprender al ser humano.
Hasekura Rokuemon, el samurái, vive clavado en un espacio físico y social del Japón feudal en que nació, y todo le hace suponer que ahí discurrirá el resto de su existencia. Obediente a su señor, a quien denomina Su Señoría, es también fiel a sus vasallos que dependen de él en todo. El encargo de capitanear una embajada comercial con el rey de Nueva España le arranca de su pequeña realidad, le lleva a atravesar el Pacífico y el Atlántico, le hace conocer unas culturas que hasta entonces no sabía que existieran, a entrevistarse con el rey de España Felipe III y con el Papa y a bautizarse para facilitar el fin de su encomienda.
Todo parece indicar que la vuelta a su tierra tras fracasar en la misión va a devolverle al mismo punto desde donde partió. Pero en el viaje ha ido haciendo acopio de una información y una experiencia que ni él mismo es capaz, en principio, de asimilar.
Cuando la trama oculta que lo urdió todo, y en la que él ha sido un simple muñeco, se desvela, algo empieza a bullir en su interior. Pero sólo al final, acierta a verlo todo claro.
Y es entonces cuando se descubre a sí mismo como persona capaz de pensar con autonomía, libre de los lazos sociales, culturales y religiosos que le ataron de por vida, y, en el sigilo de la noche, oculto a todas las miradas incluso de sus propios familiares, reconoce qué profunda huella le ha dejado un sentimiento religioso extraño que no consigue comprender.

“Del fondo de la caja sacó una pequeña pila de papeles. Se los había dado aquel japonés de Nueva España, cuando se despedían junto a la laguna de Tecali. ¿Se habría marchado con los indios ese hombre, a otra parte? ¿O habría muerto en la calurosa orilla de la laguna? El mundo era inmenso; pero en cualquier parte del inmenso mundo, exactamente como en la llanura, la gente vivía aplastada por el peso de sus penas.
Él siempre está a nuestro lado.
Siente nuestra agonía y nuestro dolor.
Llora con nosotros y nos dice:
«Benditos sean quienes
lloran en esta vida
porque sonreirán en el reino del cielo».
«Él» era el hombre de la cabeza caída hacia un lado, ese hombre delgado como un alfiler, clavado a una cruz con los brazos inertes extendidos. Nuevamente el samurai cerró los ojos e imaginó al hombre que lo había mirado todas las noches desde los muros de las habitaciones de Nueva España y de España. Por alguna razón, ya no sentía el mismo desdén que había sentido antes. En realidad, le parecía que aquel ser desventurado se parecía bastante a él mismo.
Cuando Él estaba en el mundo, hizo muchos viajes; pero jamás visitó a los altaneros ni a los poderosos. Sólo visitaba a los pobres y afligidos, y no hablaba con los demás. Las noches en que la muerte visitaba a los afligidos, Él se sentaba a su lado hasta el alba, cogiéndoles las manos, y lloraba con los deudos… Decía que había venido al mundo para asistir a los hombres…
Y he aquí que había una mujer que durante muchos años se había ganado la vida vendiendo su cuerpo. Cuando supo que Él había venido, corrió adonde estaba. y se acercó a su lado, y no dijo una palabra sino que lloró y sus lágrimas bañaron los pies del Señor. Y Él le dijo: «Con esas lágrimas tus pecados han sido perdonados, tu Padre que está en el cielo conoce tu angustia y tu pesar; por lo tanto nada temas».
En alguna parte un pájaro chilló una vez y otra más. El samurai partió una rama seca y la echó al hogar, y las llamitas empezaron a morder las hojas marchitas.
El samurai pensó en ese hombre, con el pelo recogido en una coleta, escribiendo esas palabras en su cabaña de Tecali. Probablemente las noches eran tan oscuras y profundas junto a la laguna de Tecali como en la llanura. El samurai pensó que tenía ahora una vaga idea del motivo que había impulsado a ese hombre a escribirlas. Quería expresar su propia idea. No quería al Cristo adorado por ricos sacerdotes en las catedrales de Nueva España, sino a un hombre que estaba a su lado, al lado de los indios y de todos los abandonados. «Está siempre a nuestro lado. Siente nuestra agonía y nuestro dolor. Llora con nosotros… ». El samurai casi veía el rostro del compatriota que había escrito con mano torpe esas palabras”.

Su servidor Yozo, que siempre caminó detrás de él tanto en la paz como en la guerra, da entonces un paso hacia adelante y deja de ser un simple siervo para manifestarse como su más fiel compañero. No es difícil ahora que se expresen ambos con sinceridad y en libertad.

“—Siempre creí que me convertí al cristianismo como una mera formalidad. Este sentimiento no se ha modificado. Pero desde que aprendí algo acerca del gobierno, a veces pienso en ese hombre. Creo comprender por qué en todas las casas de esos países hay una patética figura que lo representa. Supongo que en alguna parte del corazón de los hombres está el anhelo de que alguien nos acompañe durante toda nuestra vida, aunque sólo sea un perro sarnoso. Ese hombre se convirtió en un perro por el bien de la humanidad. —El samurai repitió esas palabras como si hablara consigo mismo—. Sí. Ese hombre se convirtió en un perro que nos acompaña. Eso escribió el japonés de Tecali. Que cuando estaba en la Tierra, dijo a sus discípulos que había venido al mundo para asistir a los hombres.
Yozo alzó la mirada por primera vez. Desvió los ojos hacia la laguna, meditando en lo que había dicho su amo.
—¿Crees en el cristianismo? —preguntó serenamente el samurai.
—Si —respondió Yozo.
—No se lo digas a nadie.
Yozo asintió.
El samurai rió deliberadamente, tratando de cambiar de tema.
—Cuando llegue la primavera, las aves se irán. Pero nosotros no abandonaremos la llanura. Éste es nuestro hogar. Habían recorrido muchos países.
Habían atravesado vastos océanos. Pero habían retornado a esa región de suelo árido y pueblos empobrecidos. El samurai lo sentía con gran intensidad. Era como debía ser. Un mundo inmenso, muchos países, grandes océanos. y sin embargo, adondequiera que fuesen, las personas eran iguales. Iguales las disputas, la manipulación y las intrigas. Tanto en el castillo de Su Señoría como en el mundo sectario de Velasco. Lo que el samurai había visto no eran ciudades, tierras y naciones sino el karma desesperado del hombre. Y sobre el karma del hombre flotaba esa figura fea y consumida con las manos y los pies clavados a una cruz y la cabeza caída de lado. «En este valle de lágrimas lloramos y Te llamamos». El monje de Tecali había escrito esas palabras al fin de su manuscrito. ¿En qué se diferenciaba del resto del mundo esa desventurada llanura? El samurai quería decirle a Yozo que la llanura era el mundo y que era ellos mismos; pero no pudo encontrar palabras que expresaran lo que sentía”.

El proceso interior apresura su ritmo a partir de la memoria, pero ya venía de lejos la reflexión callada y nunca reconocida que le había ido haciendo mella durante todo ese tiempo.

“Cuando cerraba los ojos, las escenas de Nueva España desfilaban una tras otra por su mente como si estuviera montando su caballo junto a Nishi y a los otros. El ardiente disco del sol, el desierto donde sólo crecían cactos y agaves, los rebaños de cabras, los indios con coleta que cultivaban los campos. ¿Había visto realmente esas escenas? ¿O todo había sido un sueño? ¿Aún estaba soñando? En las paredes de todos los monasterios donde se había alojado, aquel hombre feo y consumido estaba colgado de una cruz con los brazos abiertos y la cabeza inclinada.
Mientras partía ramas secas el samurai pensaba: «He cruzado dos grandes océanos para ir a España a ver a un rey. No he visto a ese rey. Sólo he visto a ese hombre».
El samurai recordó que en el extranjero a ese hombre se le llamaba «Señor» y que nunca había podido comprenderlo. Pero sabía que su destino lo había unido no a un rey de este mundo sino a un hombre que se parecía mucho a los vagabundos que a veces pedían limosnas en la llanura…”.

En su mente japonesa, sujeta a un ciego destino, una pequeña rendija se abre y la luz que se le cuela, lejos de atemorizarle, le ilumina. No necesita abrirse las entrañas, seppuku, porque no es un derrotado ni tiene que acatar el bushidō, el código ético de los samuráis. Que hagan con él lo que quieran, porque le ha sido revelada otra norma y ya nunca estará solo.

“La nieve crujía en el techo y rodaba hasta el suelo. El ruido recordó al samurai el crujido de la jarcia. En el mismo momento había oído ese crujido, el grito agudo de las gaviotas y el golpeteo de las olas contra el casco, y el galeón había iniciado la travesía del ancho océano; y en ese momento también había quedado establecido que éste fuera su destino. El largo viaje llegaba finalmente al último puerto.
Cuando alzó la mirada vio por la puerta a Yozo en el jardín nevado, con la cabeza baja. Sin duda el mayordomo le había revelado la noticia. Parpadeando, el samurai miró unos momentos a su fiel servidor.
—Todas las penurias que has sufrido... —Las palabras se ahogaron en su garganta.
Yozo no sabía si su amo le agradecía su compañía durante esas penurias o si murmuraba su resentimiento por ellas. Aun con la cabeza baja advirtió que su amo y el mayordomo estaban de pie y se disponían a salir.
El samurai vio que nevaba sobre el techado. Los copos giraban como los cisnes de la llanura. Aves de paso que venían desde algún país lejano y luego volvían a él. Aves que habían visto muchos países, muchas ciudades. Como él mismo, que ahora partía hacia otro país desconocido…
—De ahora en adelante…, Él estará a vuestro lado.
Oyó de pronto la voz contenida de Yozo detrás de él.
—Desde ahora en adelante…, Él os esperará.
El samurai se detuvo, miró atrás, y asintió con energía. Luego se dirigió por el frío pasillo brillante hacia el fin de su viaje”.

Sebastián Rodrigo, el protagonista de “Silencio”, apostató movido a misericordia hacia aquellos cristianos cuya vida estaba puesta como condición. Tranquilizó su conciencia haciendo decir, o queriendo escuchar, al Cristo del “fumie” «Písame, que para eso he venido».
Hasekura Rokuemon camina sin vacilar al matadero, y su conciencia le guía sin consentir componendas.
Este era un ser simple, un bienaventurado. Aquel sabía latín.
Aquel vivió solo el resto de su vida. Este, sin embargo, tuvo a Yozo para mucha compañía.
El hombre feo y esmirriado, que colgaba retorcido de una cruz, y que tanto enamoró a Sebastián, cautivó a Yozo liberándole e impresionó tan hondamente a Hasekura, no se desentendía de ninguno de ellos.

Los venados de mi pinar



He vuelto a verlos, y esta vez casi no he tenido suerte. Lo de casi está mal expresado, lo reconozco, pero es así como malhablamos por aquí. En realidad, sí la he tenido, aunque incompleta.
Verlos lo he visto. Igual que hace unos años. Lo conté aquí, pero no pude demostrarlo. Las fotos no decían nada. Está vez al menos dicen algo. En el pinar hay venados. Ayer vi media docena. Aquí traigo estos dos.

Es razonable que lo que se afirma se razone, y lo que dice que se vio se demuestre. Pero también es de razón que entre gente que se trata, se de crédito a la palabra cuando no es posible más. Al fin y al cabo una imagen también puede mentir, aun pareciendo evidente.
Quien en aquella ocasión no creyó lo que yo dije tampoco ahora va a comprobar que no mentí. Ya lo tiene bien claro desde hace algún tiempo, justo desde que dejó de escribir. Pero tengo la satisfacción de poder mostrar que para mí la palabra tiene el valor de mi persona. Como decía mi padre, “mi palabra va a misa”.
Y es que resulta terrible escuchar a gente y tener que meter sus palabras entre interrogaciones, cuando no directamente pensar que está expresando justo lo contrario de lo que dice.
Claro que también estoy de vuelta de tanta foto trucada que se ofrece como primicia junto a noticias o predicamentos de personajes en boga.
En fin, que yo he visto una manada de venados en el pinar donde paseo de mañana, y eso no me lo puede quitar nadie.

Eso otro que hay en mí



Esta vez fue también “circunstancial” y como con “Silencio”; con “Escándalo” hubo una coincidencia temporal entre el argumento y el momento: lo empecé con carnavales y lo terminé ya en cuaresma.
Entremedias de ambas obras, “La vida de Jesús”, también de un tirón y sin peaje, ocupó la parte central del mes corto y dejó en mi paladar buen sabor, pero sin adrenalina que llevarme a la boca. Nada que resaltar, y alguna que otra cosilla para discutirla entre amigos bien avenidos. Lástima que no volviera sobre el tema por falta de tiempo, no por ganas. Entonces, tal vez hubiera añadido algo que echo de menos en su trabajo.
Shūsaku Endō, el autor de las tres “novelas”, me ha ganado a su causa, a pesar de ser él un japonés “metido en un traje no hecho a su medida”, —descripción que él hace de sí mismo—, y yo, lo que está a la vista, un occidental sin pretensiones.
El protagonista de Escándalo (1986), Shuguro, es un escritor japonés y católico, que percibe próximo el final de su vida; a pesar del enorme éxito de sus publicaciones vive discretamente y conservando en sus manos el ritmo de su existencia. Cree que así terminará, y considera inapropiado introducir cualquier cambio, aunque no está nada conforme con el trato que dispensa a su esposa, un alma pura que le acompaña con docilidad y confianza.
Tras el descubrimiento de que él no es la persona que pensaba, todo se le pone en cuestión. La novedad de su “yo oculto” irrumpe amenazante, poniendo en grave riesgo su prestigio como escritor y su honorabilidad como católico declarado.
Lo “aparecido”, lo “salido a la superficie”, ha estado ahí siempre. Y le horroriza.
La trama está muy bien urdida, el lector progresa en la lectura con intriga y también con temor. No es desastroso el final, tampoco milagroso. No hay condena, cada ser ha de labrarse su propia salvación.
Eso sí, ayuda y mucho la compañía. Si existen enemigos poderosos, no faltan sin embargo, pero hay que buscarlos, los amigos generosos y desinteresados. Shuguro los tiene y termina firmemente decidido a conservarlos y cuidarlos.
Como dije al principio, mi lectura coincidió con los carnavales. Autores de peso consideran que los carnavales no son un canto a la vida, sino a la muerte. Pensar que son simplemente una provocación frente a la cruda realidad y un poner en solfa temporalmente los poderes fácticos es no penetrar la capa externa de unas coplas, unos disfraces, unas tradiciones. «“Lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible”, escribe Rilke en Elegías del Duino. El carnaval es la personificación de esa fuerza desconocida, que no tiene nombre, la expresión de un deseo sin límite, un universo sin reglas anterior a la conciencia y a la capacidad de arbitrio. El lado oscuro, que no tiene rostro, que no aparece en cuanto tal en ningún sitio ni nunca, lo domina todo y hace que cada yo no sea uno sino varios».
Esto y esto más: «Los enmascarados que estos días recorren plazas y calles, y entran en casa ajena sin ningún tipo de autorización, sin darse cuenta, ignorándolo por completo, disfrutan de la libertad de los únicos que pueden ser libres, los antepasados que vuelven. Los muertos no se sienten afectados por una serie de normas que regulan la convivencia de los vivos; por esta razón, aquellos disfrutan de muchas libertades que a éstos se les niegan».
Para terminar: «El sujeto del carnaval es la masa, el abismo indiferenciado, el mundo dionisíaco. El carnaval expresa, canaliza, vehicula esa fuerza, al mismo tiempo que protege de ella en la medida en que la exterioriza. Sirve sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu, de pieza gregaria en la que, amparado en el anonimato cálido de la tribuna, el individuo da rienda suelta a sus instintos».
Esa “fuerza”, “eso irracional”, “ese dejarse ir por los instintos”, es el descubrimiento —la novedad conocida bruscamente en el atardecer de su vida— de Shuguro, el protagonista de Escándalo, del que (y no contra el que) angustiosamente trata de  zafarse.
Provechosa lectura que me ha dispuesto a la cuaresma. Si esto es el carnaval, bienvenido y bendito sea.
Nota:
Las obras traducidas de Endo pueden descargarse en Internet en versión digital, además de adquirirlas en papel en las librerías de confianza.

“Chufla, chufla, como no te apartes tú...”



En cuanto entré en la cocina y me dispuse a hacer la comida, Bienve, el periquito que habita en esta casa desde que se incorporó por su cuenta hace ya… ¡casi siete años!, se acercó al bebedero con intenciones sanitarias. Empezó a salpicarse agua con su pico corvo y metía la cabeza lo más dentro que podía, que no era suficiente. Intenté rellenarle el pequeño depósito, pero me amenazó, y desistí; ya he probado sus picotazos cada vez que le repongo la comida.
Como tenía prisa por aviarme las habichuelas, coloqué en el suelo del jaulón una tapadera llena, pensando que ¡qué mejor para bañarse sino una bañera!
Pero, no. Bienve siguió jugueteando en el bebedero hasta que remojó todas sus plumas. Satisfecho, se subió al palo más alto y allí empezó a secárselas con parsimonia, mientras yo lo miraba con un ojo en tanto el otro seguía mis preparativos culinarios.
Visto todo, retomé mis obligaciones y dejé de prestarle atención. O viceversa, que me urgía cocinar. Y, mientras pelaba el ajo y picaba la zanahoria, pensaba en lo cabezotas que somos, animales incluidos, en mantenernos en nuestros usos y costumbres, aunque sean mejorables, manifiestamente superables.
Es de todos conocido que “cada maestrillo tiene su librillo”, y a él nos atenemos desde el rey hasta el último vasallo. No es que “siempre se haya hecho así”; es más bien “lo hago así porque me da la gana”. Pues bueno es uno.
De tal manera que cuando se trata de una colectividad en número respetable, los usos y costumbres de cada cual, que no los generales y comúnmente aceptados, provocan infinidad de pequeñas anomalías. Puertas de par en par, ventanas abiertas, luces encendidas, sillas revueltas, mesas descolocadas y libros comunes amontonados de cualquier forma como si los hubieran tirado a ver si caían de pie. O tumbados.
Esto no sólo pasa aquí. También ocurre, por ejemplo, en la piscina municipal donde acostumbro. Allí está el encargado sufridor, que no para el pobre de recoger y recolocar.
Pasa también en otros órdenes de la vida. Los que recogen el papel por mi barrio, también por ejemplo, tienen nuestro contenedor completamente abollado y desvencijado. Llegan, enganchan, izan, descargan, bajan, desenganchan, y no se preocupan si durante el proceso golpean hierro contra hierro de forma atronadora e inmisericorde. Total, que el pobre está hecho una pena. Y papeles revoloteando por el aire. Cuando se largan, lo han dejado todo sembrado.
No digo nada del barrendero, que ese es otra cosa. Claro que muy cerca hay un taller de coches, y la grasa no es su cometido. Tampoco los clínex ni las colillas. No sé qué será lo que su escoba barre, porque barrer sí barre.
En política pasan cosas parecidas, pero no quiero entrar ahí, que no toca hasta las elecciones. De momento queda aguantar.
El mundo eclesiástico, sin embargo, discurre de forma paralela a todo lo demás, aunque participa de similares vicios, porque no todo va a ser diferente. No es exageración decir que aquí “antes muertos que movidos”.
En fin, que no todos seremos baturros pero como si lo fuéramos.

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