Que viene el señor obispo


El obispo suele acudir a sus citas parroquiales, tanto si se trata de la visita pastoral como si de conferir el sacramento de la confirmación, acompañado de alguien, que le acolita en las celebraciones. Los párrocos poco tenemos que preocuparnos por el ritual suyo, salvo en los preparativos. Así me ha sucedido siempre. De los tres que me han visitado a lo largo de mi vida el más puntilloso ha sido don José Delicado Baeza y el que menos don Braulio Rodríguez Plaza.
Aún recuerdo cómo le pedíamos a don José que se desprendiera de la mitra y del báculo cuando oficiaba en la pequeña capilla. Pegaba con ambos en el techo. Por respeto a vosotros, nos respondía. No puedo celebrar en vuestra casa sin ser y aparentar lo que soy, vuestro obispo.
Don Braulio era menos exigente. Incluso un día prescindió de la estola cuando se dio cuenta de que se había puesto ya la casulla. Sin embargo era de crismar sentado y con el báculo en la mano, como mandan las rúbricas.
Las últimas seis veces ha venido Luis Argüello, siendo vicario general. Y no ha sido necesario tener en cuenta tanto ese ritual.
Al venir de nuevo, pero ya de obispo, no digo que vaya a perder frescura y espontaneidad; pero sí tendremos que agarrarnos al ritual de los obispos, que para eso está.
Esto me da pie para lanzar una queja cariñosa y con respeto a quien corresponda. Pase que en las Eucaristías estacionales se observe con todo detalle el ceremonial. El obispo en su sede y con su clero catedralicio y el resto diocesano, debe ejercer de tal con todas las cláusulas y consecuencias. Pero cuando se acerca a las parroquias, la liturgia debiera ser más cercana, con signos y gestos que no necesiten explicación porque se entienden a la primera. La gente normal y sencilla no necesita tantas cosas a las que no está acostumbrada ni entiende.
Con harta frecuencia la visita del obispo significa que la celebración se alarga sobremanera y se llena de ritos completamente desconocidos en la vida ordinaria. Al final, lo que queda es si ha mostrado cercanía en el trato, sencillez y claridad en su homilía, y no sale pitando diciendo que tiene prisa. Y si no ha corregido ni llamado la atención sobre pequeñas irregularidades que suelen darse en las parroquias.
Don José, por ejemplo, nos riñó porque no nos poníamos en pie ni de rodillas durante la plegaria eucarística. Isabel “la Chepuda” le hizo caer en la cuenta de que ni podemos movernos durante toda la misa de lo encajados que estamos en estos asientos aprovechados de un viejo cine desmantelado. Háganos una más grande, y verá como nos levantamos. No hubo réplica. Tampoco iglesia nueva… hasta que la hicimos nosotros. Cuando la visitó ni siquiera nos preguntó por el confesonario; a la vista estaba que no lo había.
En cierta ocasión, durante unos ejercicios espirituales, me tocó por turno concelebrar con un obispo, don Juan María Uriarte. Al terminar la Eucaristía, ya en la sacristía, a los cuatro que le acompañábamos nos recriminó que hubiésemos besado el altar, y nos aconsejó que consultáramos el manual. En efecto, sólo el obispo celebrante debe hacerlo, y los sacerdotes acompañantes hacen reverencia únicamente. Recuerdo aquel gesto con escozor. Fue innecesaria aquella regañina.
Luego he podido comprobarlo cuando he participado en la catedral en las pocas ocasiones en que me persono allí al cabo del año. Pero es que entonces estoy situado bastante lejos del presbiterio, y no hay ocasión propicia para ello. A distancia parece que no te sale el beso.
En fin, que el ritual de los obispos es asaz enmarañado y carente de significado para la mayoría de las personas que asisten a sus celebraciones muy de vez en cuando. Ejemplo de ello es esto que he encontrado, preparándome para recibir a Luis, obispo, en mi parroquia.

Pasos Para Acolitar Con Obispo

Ritos Iniciales:
1. Al iniciar la misa, el obispo después de besar el altar se le recoge el báculo y la mitra.

Liturgia de la palabra:
1. Cuando el obispo se sienta para escuchar las lecturas al igual que el pueblo, se le da la mitra.
Momento del Evangelio:
1. Una vez terminada la segunda lectura, el obispo le hecha incienso al incensario, después el diácono o sacerdote le pide su bendición para proclamar el evangelio, después se le recoge la mitra y se le da el báculo.
2. Una vez proclamado el evangelio, antes de que el sacerdote o diácono llegue hacia el obispo para que éste bese el evangeliario o el leccionario, se le quita el báculo. Una vez que besó el evangeliario se le da la mitra.

Momento del sacramento de la confirmación (cuando se realiza el sacramento de la confirmación)

1. Presentación (mitra)
2. Homilía (mitra)
3. Renovación de las promesas bautismal (mitra)
4. Imposición de manos (se le quita la mitra)
5. Unción del Santo Crisma (se le da la mitra y el báculo) una vez que terminó de
Imponer el Santo Crisma, se recomienda recoger el báculo y la mitra para poder lavarse bien las manos el obispo.
6. Oración universal (sin mitra)
Ofrendas
1. Una vez terminado la oración universal, el obispo va y se sienta para que el diácono o sacerdote preparen el altar con los dones, al momento de sentarse se le da la mitra. Una vez terminado el diácono o sacerdote de preparar los dones, éste invita al obispo para hacer oración sobre los dones, en este momento se le da el báculo y se le recoge cuando llegue al altar (es un movimiento rápido por ser a veces breves la distancia), una vez recogido el báculo se le recoge también la mitra.

Liturgia Eucarística:
1. Después de la oración sobre las ofrendas, se le quita el solideo (el Señor esté con ustedes…)

Ritos Finales:
1. Cuando ya se hay terminado de administrar la comunión, se guarda un momento de silencio (obispo sentado) en este momento se le da el solideo.
2. Al terminar la oración después de la comunión, se le da la mitra y el báculo, esto lo conserva hasta que llegue a la sacristía.

Ya me gustaría que se me explicara el sentido y razón de tanto coger báculo, quitarse mitra y ponerse bonete. O su contraria, que tampoco la entiendo.

¡Qué cosas se me ocurren!




Es mi manera de expresar tu frase “¡qué cosas tienes, miguelangel!” cada vez que algo en mí te sorprendía, grata o infelizmente. Tanto daba, valía para toda ocasión. Aún así, me dejabas trajinar, si era cosa manual, o respirar, si el asunto era de otra calaña. Claro que no mucho tiempo, porque la impaciencia te podía; y más pronto que tarde volvías a ver o preguntabas cómo iba con el tema.
El caso es que el domingo tenemos confirmaciones, y viene Luis. Pero viene de obispo. Y con báculo y mitra. Para ésta tengo apaño. Pero el báculo no está bien apoyarlo en la pared, como si fuera cualquier trasto. Estoy pensando colocarlo erguido, que es lo que corresponde. Y en esas estoy, cómo hacerlo.
¿Cuánto pesa un báculo de obispo? ¿Qué grosor tiene? ¿Cuál es su altura? Son medidas que necesito conocer. Acabo de formular las preguntas por correo extraordinario, que me corre prisa.
En cuanto sepa las respuestas, esta mañana tengo trabajo que hacer y será una digna manera de celebrar este día, tu cumple y mi bautizo. No hay nada mejor que festejar lo que sea haciendo algo productivo.
Pero antes debo saber algo más. En el caso de que venga solo, me tocará a mí tomar y entregar la mitra. ¿Cuándo hay que hacerlo? Voy corriendo a buscar el manual del acólito con obispo, seguro que en internet lo encuentro.
Ya dí con él. Y sabes una cosa, que entre quitar y poner la mitra, recoger y entregar el báculo, retirar y volver a colocar el solideo, el próximo domingo terminaré hecho un ovillo. Espero que Luis sea indulgente.
Ya te he dicho que hoy voy a estar ocupado. También tengo que estudiar, aunque no creo que aprenda nada interesante.
Qué facilito debió resultar mi bautizo. Casi tanto como mi nacimiento, cosas entre paisanos.
Besos para mamá y tu recibe mi cariñoso abrazo

¡Oh, Cristo!




Oh, Cristo, dejado solo y traicionado también por los tuyos.
Oh, Cristo, juzgado por los pecadores y condenado por los jefes.
Oh, Cristo, golpeado en tu carne, coronado de espinas, vestido de púrpura.
Oh, Cristo, atrozmente clavado.
Oh, Cristo, atravesado por la lanza que ha partido tu corazón.
Oh, Cristo, muerto y sepultado. Tú que eres el Dios de la vida y de la existencia.
Oh, Cristo, nuestro único Salvador, volvemos otra vez a ti este año con los ojos bajados de vergüenza y con el corazón lleno de esperanza.
Qué vergüenza por todas las imágenes de devastación y de destrucción, de naufragios, que se han convertido en ordinarias para nosotros.
Vergüenza por la sangre inocente que cotidianamente se derrama de mujeres, de niños, de emigrantes, de personas perseguidas por el color de su piel, o por su pertenencia étnica, social o por su fe en ti.
Vergüenza por las demasiadas veces que, como Judas y como Pedro, te hemos vendido y traicionado, y dejado solo para morir por nuestros pecados, escapando como cobardes de nuestras responsabilidades.
Vergüenza por nuestro silencio frente a la injusticia, por nuestras manos vagas para dar y ávidas para quitar y confiscar, por nuestra voz que defiende nuestros intereses y tímida para hablar de los intereses de los otros, por nuestros pies veloces sobre el camino del mal y paralizados sobre el del bien.
Vergüenza por todas las veces que nosotros, obispos, sacerdotes, consagrados y consagradas, hemos escandalizado y herido tu cuerpo, la Iglesia, y hemos olvidado nuestro primer amor, nuestro primer entusiasmo, nuestra total disponibilidad, dejando arruinado nuestro corazón y nuestra vocación.
Tanta vergüenza, Señor…
Pero nuestro corazón también está nostálgico de la esperanza confiada en que tú nos tratas no según nuestros méritos, sino según la abundancia de tu misericordia; que nuestras traiciones no hacen venir a menos la inmensidad de tu amor; que tu corazón materno y paterno no nos olvida por la dureza de nuestras vísceras.
La esperanza segura de que nuestros nombres están escritos en tu corazón y que estamos colocados en la pupila de tus ojos.
La esperanza de que tu cruz transforma nuestros corazones endurecidos en corazones de carne capaces de soñar, de perdonar y de amar; que transforma esta tenebrosa noche de tu cruz en alba fulgurante de tu resurrección.
La esperanza de que tu fidelidad no se basa en la nuestra, la esperanza de que la lista de hombres y mujeres fieles a la cruz continua y continuará a vivir fiel como la levadura que da sabor, y como la luz que abre nuevos horizontes en el cuerpo de nuestra humanidad herida.
La esperanza de que tu Iglesia buscará ser la voz que grita en el desierto de la humanidad para preparar el camino de tu regreso triunfal cuando vengas a juzgar a los vivos y a los muertos.
La esperanza de que el bien vencerá a pesar de su aparente fracaso.
Señor Jesús, hijo de Dios, víctima inocente de nuestro rescate, delante de tu misterio de muerte y de gloria, ante tu patíbulo nos arrodillamos avergonzados y esperanzados, y te pedimos que nos laves en el lavatorio de la sangre y del agua que brotaron de tu corazón abierto.
Perdona nuestros pecados y nuestras culpas.
Te pedimos que te acuerdes de nuestros hermanos arrancados por la indiferencia de la guerra y de la violencia.
Te pedimos romper las cadenas que nos tienen prisioneros en nuestro egoísmo, en nuestra ceguera voluntaria y en la vanidad de nuestros cálculos mundanos.
Oh Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos jamás de tu cruz, a no instrumentalizarla, sino que la honremos y la adoremos porque en ella tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y la potencia de tu misericordia.
Amén.
Papa Francisco. Oración en el Via crucis del Viernes Santo.

Llegar a fin de mes en el primer mes más largo del año




No deja de ser una proeza acabar un mes y no morir en el intento. Si además, se trata de marzo, con treinta y un días, tal cosa merece nota alta. Y no lo digo yo, lo dicen las multitudes que han pasado hoy por la parroquia para llevarse su acopio de alimentos. Digan lo que digan… aquí seguimos en lo mismo. Dar de comer antes de cualquier otra disquisición filo/teo/socio/poli/filo/lógica es lo primero y principal.
El gobierno acaba de prometer y promete reducir drásticamente el número millonario de parados en una cifra que recuerda, vagamente y de lejos, el premio de la lotería. Y está muy bien hacer ese tipo de promesas en el día 31, porque no existe el 32 y además nadie se lo creería. Hacerlo antes sería pillarse los dedos. Y qué dolor…
Acaba marzo y ahí está la sentencia contra quien dícese llamar Cassandra por unas frases escritas y publicadas en el móvil, —tuits, las llaman. Ese humor no me hace gracia, pero tampoco me parece merezca condena. Lo mismo decir del número carnavalesco de Las Palmas y del cartel de La Coruña; qué necesidad había de llevarlos a juicio…
Acaba marzo, con frío y con calor pero sin lluvia. Y el municipio en el que habito se ve sorprendido en su pretensión de remunicipalizar el servicio de agua por el gobierno del país que no está conforme; alega unas razones que se dilucidarán también en juicio y sentencia, pero que a la generalidad de la población le parecen peregrinas.
Acaba marzo, el tercer año del papado de Francisco, con gloria y con pena. Si buena parte del mundo conocido le reconoce y le estima, una buena parte de su Iglesia le desconoce y desprecia. No recuerdo haber conocido un papa tan diversamente considerado y tratado. Juan XIII no llegó a tanto.
Acaba marzo sin presupuestos. Dicen que están al caer. Veremos cómo y a quiénes descalabrarán.
Acaba marzo y aún están calientes los cuerpos, más bien cadáveres, de las últimas víctimas de la violencia de género, expresión que no termina de gustarme y con la que se ha acordado referirse al tipo de violencia física o psicológica ejercida contra una persona sobre la base de su sexo o género que impacta de manera negativa su identidad y bienestar social, físico o psicológico. Sigue siendo el número publicado infinitamente menor que el real. Se acaba con ella, eso dicen, con cultura y educación. No sé cuántas personas cultas y educadas he conocido que en la intimidad son otra cosa bien distinta…
Acaba, finalmente, marzo y acabo de enterarme de que el rosario de colorines que aquí expuse el otro día no tiene nada de original. Ni es hippy ni es gay. Es misionero. Y tiene su historia. Incluso aparece en Wikipedia, donde nos dicen cómo rezarlo.
Ya digo, terminar marzo cuesta, pero no es para tanto. Mañana será otro día, otro mes, y volverán a ser las cosas… ¿como siempre han sido?
“¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol? Una generación se va, otra generación viene, pero la tierra siempre permanece. Sale el sol, se pone el sol, se afana por llegar a su puesto, y de allí vuelve a salir. Sopla hacia el sur, gira al norte, gira que te gira el viento, y vuelve el viento a girar. Todos los ríos se encaminan al mar, y el mar nunca se llena; pero siempre se encaminan los ríos al mismo sitio. Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos de ver, ni se hartan los oídos de oír.
Lo que pasó volverá a pasar;
lo que ocurrió volverá a ocurrir:
nada hay nuevo bajo el sol.
De algunas cosas se dice: «Mira, esto es nuevo». Sin embargo, ya sucedió en otros tiempos, mucho antes de nosotros.  Nadie se acuerda de los antiguos, y lo mismo pasará con los que vengan: sus sucesores no se acordarán de ellos”. (Libro del Eclesiastés 1, 3-11)

¡Qué pena!




Es lo que siento. La presentación de la carta con la que Reino Unido, o sea Inglaterra y compañía, se desvincula del resto de países europeos, no puede ser otra cosa sino un fracaso rotundo. Se considere como se considere, significa que aquellas islas no se ven ni quieren que se les vea formando parte de lo que es, digan lo que quieran, una historia milenaria forjada en creencias, culturas, estilos políticos e intereses económicos.
Bien es cierto que Gran Bretaña no ha sido, por lo general, un aliado exquisitamente amistoso, como se podría desprender de su carácter exquisito en tantas cosas, desde el te de las cinco hasta el cambio de guardia, pasando por la devoción a su reina. Tal vez se deba a que son “muy suyos”: conducen por la izquierda, su sistema monetario resulta difícil de entender para quien maneja el decimal, incluso miden la temperatura con la F en lugar de con la C. Que coincidan con el resto del mundo en usar reloj de doce horas no deja de resultar chocante.
Si todos, —me refiero a los habitantes de cada país—, tenemos nuestras “cadaunadas”, las de aquel país de allende el Cantábrico son especiales. Y además irrenunciables.
Así las cosas, estando tan particular comensal, no parece posible participar pacífica y en plan de igualdad en un banquete sobre una mesa redonda y con la cubertería colocada según el ritual habitual. Demasiadas excepciones lo hacen imposible.
Porque Europa no es sólo economía y comercio. Así nos hicieron creer cuando votamos la constitución, que parecía, y lo era, un asunto de sólo mercaderías. A la vista está de que hay un asunto humano; se va a comprobar cuando se empiece a desarrollar el dichoso brexit y los ingleses quieran pagarnos en libras y no acepten nuestros euros.
Si se tratara de que los de allí van a recluirse en sus islas…
Precisamente no tengo programado, a corto y medio plazo, viajar a Reino Unido. Pero me disgusta que se me pongan trabas para hacerlo si de pronto me apetece. Ya me había acostumbrado a no encontrar fronteras…

Cambio de hora, se acerca el verano




El reloj de pared marca impasible con su ritmo constante las horas, ajeno al tictac biológico que todos llevamos en la sangre. Mientras ambos emplean su tiempo en sincronizarse, el silencio ocupa este espacio que nadie aprovecha. ¿Una hora más? ¿Una menos?
Gumi me miró aturdido cuando pasé junto a él; era aún de noche. Luna apareció en la cocina, justo cuando terminaba el desayuno, con su alegría habitual.
Al poco, Tano se me acercó alborozado empujándome con sus patitas recién esquiladas. (Tres mañanas de tijera, un mordisco y dolor en los dedos; eso me ha costado).
El sol salió a su hora, la que tenía que ser, rompiendo el celaje de las nubes que se obstinan en retrasar el día.
Se ha iluminado el patio, pero las maricas están calladas. Tampoco pasan coches.
Este silencio suena tumultuoso.
Alguien dejó un montón de abalorios pasados de moda que le sobran. Yo me entretuve con ellos y he aquí lo que se me ocurrió. “Cuando el diablo no tiene que hacer, con el rabo espanta las moscas” (Popular).
Las cosas merecen una segunda oportunidad. Todo encierra en sí mismo una nueva vida. Sólo las personas somos libres para desaprovechar esa suerte. Entonces, perdemos nuestro tiempo, tan valioso, tan fugaz…

La conciencia, ese último reducto





La última novela de Shusako Endo que he leído, no sé si será su mejor obra, ha dejado paz en mi ánimo. Lo contrario que las dos anteriores, Silencio y Escándalo, cuya lectura me perturbó. Ni siquiera La vida de Jesús me ha dejado tan buen sabor de boca.
Porque lo que se narra en El samurai (1980) es, en primer lugar, la historia real de la embajada con que el gobierno japonés pretendió entablar negociaciones comerciales con Nueva España en el siglo XVII. Pero también, el proceso interior de un samurai de baja categoría, la rural, que desde su mundo cerrado y limitado se abre a la universalidad de aquel siglo y a una nueva manera de entenderse y comprender al ser humano.
Hasekura Rokuemon, el samurái, vive clavado en un espacio físico y social del Japón feudal en que nació, y todo le hace suponer que ahí discurrirá el resto de su existencia. Obediente a su señor, a quien denomina Su Señoría, es también fiel a sus vasallos que dependen de él en todo. El encargo de capitanear una embajada comercial con el rey de Nueva España le arranca de su pequeña realidad, le lleva a atravesar el Pacífico y el Atlántico, le hace conocer unas culturas que hasta entonces no sabía que existieran, a entrevistarse con el rey de España Felipe III y con el Papa y a bautizarse para facilitar el fin de su encomienda.
Todo parece indicar que la vuelta a su tierra tras fracasar en la misión va a devolverle al mismo punto desde donde partió. Pero en el viaje ha ido haciendo acopio de una información y una experiencia que ni él mismo es capaz, en principio, de asimilar.
Cuando la trama oculta que lo urdió todo, y en la que él ha sido un simple muñeco, se desvela, algo empieza a bullir en su interior. Pero sólo al final, acierta a verlo todo claro.
Y es entonces cuando se descubre a sí mismo como persona capaz de pensar con autonomía, libre de los lazos sociales, culturales y religiosos que le ataron de por vida, y, en el sigilo de la noche, oculto a todas las miradas incluso de sus propios familiares, reconoce qué profunda huella le ha dejado un sentimiento religioso extraño que no consigue comprender.

“Del fondo de la caja sacó una pequeña pila de papeles. Se los había dado aquel japonés de Nueva España, cuando se despedían junto a la laguna de Tecali. ¿Se habría marchado con los indios ese hombre, a otra parte? ¿O habría muerto en la calurosa orilla de la laguna? El mundo era inmenso; pero en cualquier parte del inmenso mundo, exactamente como en la llanura, la gente vivía aplastada por el peso de sus penas.
Él siempre está a nuestro lado.
Siente nuestra agonía y nuestro dolor.
Llora con nosotros y nos dice:
«Benditos sean quienes
lloran en esta vida
porque sonreirán en el reino del cielo».
«Él» era el hombre de la cabeza caída hacia un lado, ese hombre delgado como un alfiler, clavado a una cruz con los brazos inertes extendidos. Nuevamente el samurai cerró los ojos e imaginó al hombre que lo había mirado todas las noches desde los muros de las habitaciones de Nueva España y de España. Por alguna razón, ya no sentía el mismo desdén que había sentido antes. En realidad, le parecía que aquel ser desventurado se parecía bastante a él mismo.
Cuando Él estaba en el mundo, hizo muchos viajes; pero jamás visitó a los altaneros ni a los poderosos. Sólo visitaba a los pobres y afligidos, y no hablaba con los demás. Las noches en que la muerte visitaba a los afligidos, Él se sentaba a su lado hasta el alba, cogiéndoles las manos, y lloraba con los deudos… Decía que había venido al mundo para asistir a los hombres…
Y he aquí que había una mujer que durante muchos años se había ganado la vida vendiendo su cuerpo. Cuando supo que Él había venido, corrió adonde estaba. y se acercó a su lado, y no dijo una palabra sino que lloró y sus lágrimas bañaron los pies del Señor. Y Él le dijo: «Con esas lágrimas tus pecados han sido perdonados, tu Padre que está en el cielo conoce tu angustia y tu pesar; por lo tanto nada temas».
En alguna parte un pájaro chilló una vez y otra más. El samurai partió una rama seca y la echó al hogar, y las llamitas empezaron a morder las hojas marchitas.
El samurai pensó en ese hombre, con el pelo recogido en una coleta, escribiendo esas palabras en su cabaña de Tecali. Probablemente las noches eran tan oscuras y profundas junto a la laguna de Tecali como en la llanura. El samurai pensó que tenía ahora una vaga idea del motivo que había impulsado a ese hombre a escribirlas. Quería expresar su propia idea. No quería al Cristo adorado por ricos sacerdotes en las catedrales de Nueva España, sino a un hombre que estaba a su lado, al lado de los indios y de todos los abandonados. «Está siempre a nuestro lado. Siente nuestra agonía y nuestro dolor. Llora con nosotros… ». El samurai casi veía el rostro del compatriota que había escrito con mano torpe esas palabras”.

Su servidor Yozo, que siempre caminó detrás de él tanto en la paz como en la guerra, da entonces un paso hacia adelante y deja de ser un simple siervo para manifestarse como su más fiel compañero. No es difícil ahora que se expresen ambos con sinceridad y en libertad.

“—Siempre creí que me convertí al cristianismo como una mera formalidad. Este sentimiento no se ha modificado. Pero desde que aprendí algo acerca del gobierno, a veces pienso en ese hombre. Creo comprender por qué en todas las casas de esos países hay una patética figura que lo representa. Supongo que en alguna parte del corazón de los hombres está el anhelo de que alguien nos acompañe durante toda nuestra vida, aunque sólo sea un perro sarnoso. Ese hombre se convirtió en un perro por el bien de la humanidad. —El samurai repitió esas palabras como si hablara consigo mismo—. Sí. Ese hombre se convirtió en un perro que nos acompaña. Eso escribió el japonés de Tecali. Que cuando estaba en la Tierra, dijo a sus discípulos que había venido al mundo para asistir a los hombres.
Yozo alzó la mirada por primera vez. Desvió los ojos hacia la laguna, meditando en lo que había dicho su amo.
—¿Crees en el cristianismo? —preguntó serenamente el samurai.
—Si —respondió Yozo.
—No se lo digas a nadie.
Yozo asintió.
El samurai rió deliberadamente, tratando de cambiar de tema.
—Cuando llegue la primavera, las aves se irán. Pero nosotros no abandonaremos la llanura. Éste es nuestro hogar. Habían recorrido muchos países.
Habían atravesado vastos océanos. Pero habían retornado a esa región de suelo árido y pueblos empobrecidos. El samurai lo sentía con gran intensidad. Era como debía ser. Un mundo inmenso, muchos países, grandes océanos. y sin embargo, adondequiera que fuesen, las personas eran iguales. Iguales las disputas, la manipulación y las intrigas. Tanto en el castillo de Su Señoría como en el mundo sectario de Velasco. Lo que el samurai había visto no eran ciudades, tierras y naciones sino el karma desesperado del hombre. Y sobre el karma del hombre flotaba esa figura fea y consumida con las manos y los pies clavados a una cruz y la cabeza caída de lado. «En este valle de lágrimas lloramos y Te llamamos». El monje de Tecali había escrito esas palabras al fin de su manuscrito. ¿En qué se diferenciaba del resto del mundo esa desventurada llanura? El samurai quería decirle a Yozo que la llanura era el mundo y que era ellos mismos; pero no pudo encontrar palabras que expresaran lo que sentía”.

El proceso interior apresura su ritmo a partir de la memoria, pero ya venía de lejos la reflexión callada y nunca reconocida que le había ido haciendo mella durante todo ese tiempo.

“Cuando cerraba los ojos, las escenas de Nueva España desfilaban una tras otra por su mente como si estuviera montando su caballo junto a Nishi y a los otros. El ardiente disco del sol, el desierto donde sólo crecían cactos y agaves, los rebaños de cabras, los indios con coleta que cultivaban los campos. ¿Había visto realmente esas escenas? ¿O todo había sido un sueño? ¿Aún estaba soñando? En las paredes de todos los monasterios donde se había alojado, aquel hombre feo y consumido estaba colgado de una cruz con los brazos abiertos y la cabeza inclinada.
Mientras partía ramas secas el samurai pensaba: «He cruzado dos grandes océanos para ir a España a ver a un rey. No he visto a ese rey. Sólo he visto a ese hombre».
El samurai recordó que en el extranjero a ese hombre se le llamaba «Señor» y que nunca había podido comprenderlo. Pero sabía que su destino lo había unido no a un rey de este mundo sino a un hombre que se parecía mucho a los vagabundos que a veces pedían limosnas en la llanura…”.

En su mente japonesa, sujeta a un ciego destino, una pequeña rendija se abre y la luz que se le cuela, lejos de atemorizarle, le ilumina. No necesita abrirse las entrañas, seppuku, porque no es un derrotado ni tiene que acatar el bushidō, el código ético de los samuráis. Que hagan con él lo que quieran, porque le ha sido revelada otra norma y ya nunca estará solo.

“La nieve crujía en el techo y rodaba hasta el suelo. El ruido recordó al samurai el crujido de la jarcia. En el mismo momento había oído ese crujido, el grito agudo de las gaviotas y el golpeteo de las olas contra el casco, y el galeón había iniciado la travesía del ancho océano; y en ese momento también había quedado establecido que éste fuera su destino. El largo viaje llegaba finalmente al último puerto.
Cuando alzó la mirada vio por la puerta a Yozo en el jardín nevado, con la cabeza baja. Sin duda el mayordomo le había revelado la noticia. Parpadeando, el samurai miró unos momentos a su fiel servidor.
—Todas las penurias que has sufrido... —Las palabras se ahogaron en su garganta.
Yozo no sabía si su amo le agradecía su compañía durante esas penurias o si murmuraba su resentimiento por ellas. Aun con la cabeza baja advirtió que su amo y el mayordomo estaban de pie y se disponían a salir.
El samurai vio que nevaba sobre el techado. Los copos giraban como los cisnes de la llanura. Aves de paso que venían desde algún país lejano y luego volvían a él. Aves que habían visto muchos países, muchas ciudades. Como él mismo, que ahora partía hacia otro país desconocido…
—De ahora en adelante…, Él estará a vuestro lado.
Oyó de pronto la voz contenida de Yozo detrás de él.
—Desde ahora en adelante…, Él os esperará.
El samurai se detuvo, miró atrás, y asintió con energía. Luego se dirigió por el frío pasillo brillante hacia el fin de su viaje”.

Sebastián Rodrigo, el protagonista de “Silencio”, apostató movido a misericordia hacia aquellos cristianos cuya vida estaba puesta como condición. Tranquilizó su conciencia haciendo decir, o queriendo escuchar, al Cristo del “fumie” «Písame, que para eso he venido».
Hasekura Rokuemon camina sin vacilar al matadero, y su conciencia le guía sin consentir componendas.
Este era un ser simple, un bienaventurado. Aquel sabía latín.
Aquel vivió solo el resto de su vida. Este, sin embargo, tuvo a Yozo para mucha compañía.
El hombre feo y esmirriado, que colgaba retorcido de una cruz, y que tanto enamoró a Sebastián, cautivó a Yozo liberándole e impresionó tan hondamente a Hasekura, no se desentendía de ninguno de ellos.

Los venados de mi pinar



He vuelto a verlos, y esta vez casi no he tenido suerte. Lo de casi está mal expresado, lo reconozco, pero es así como malhablamos por aquí. En realidad, sí la he tenido, aunque incompleta.
Verlos lo he visto. Igual que hace unos años. Lo conté aquí, pero no pude demostrarlo. Las fotos no decían nada. Está vez al menos dicen algo. En el pinar hay venados. Ayer vi media docena. Aquí traigo estos dos.

Es razonable que lo que se afirma se razone, y lo que dice que se vio se demuestre. Pero también es de razón que entre gente que se trata, se de crédito a la palabra cuando no es posible más. Al fin y al cabo una imagen también puede mentir, aun pareciendo evidente.
Quien en aquella ocasión no creyó lo que yo dije tampoco ahora va a comprobar que no mentí. Ya lo tiene bien claro desde hace algún tiempo, justo desde que dejó de escribir. Pero tengo la satisfacción de poder mostrar que para mí la palabra tiene el valor de mi persona. Como decía mi padre, “mi palabra va a misa”.
Y es que resulta terrible escuchar a gente y tener que meter sus palabras entre interrogaciones, cuando no directamente pensar que está expresando justo lo contrario de lo que dice.
Claro que también estoy de vuelta de tanta foto trucada que se ofrece como primicia junto a noticias o predicamentos de personajes en boga.
En fin, que yo he visto una manada de venados en el pinar donde paseo de mañana, y eso no me lo puede quitar nadie.

Eso otro que hay en mí



Esta vez fue también “circunstancial” y como con “Silencio”; con “Escándalo” hubo una coincidencia temporal entre el argumento y el momento: lo empecé con carnavales y lo terminé ya en cuaresma.
Entremedias de ambas obras, “La vida de Jesús”, también de un tirón y sin peaje, ocupó la parte central del mes corto y dejó en mi paladar buen sabor, pero sin adrenalina que llevarme a la boca. Nada que resaltar, y alguna que otra cosilla para discutirla entre amigos bien avenidos. Lástima que no volviera sobre el tema por falta de tiempo, no por ganas. Entonces, tal vez hubiera añadido algo que echo de menos en su trabajo.
Shūsaku Endō, el autor de las tres “novelas”, me ha ganado a su causa, a pesar de ser él un japonés “metido en un traje no hecho a su medida”, —descripción que él hace de sí mismo—, y yo, lo que está a la vista, un occidental sin pretensiones.
El protagonista de Escándalo (1986), Shuguro, es un escritor japonés y católico, que percibe próximo el final de su vida; a pesar del enorme éxito de sus publicaciones vive discretamente y conservando en sus manos el ritmo de su existencia. Cree que así terminará, y considera inapropiado introducir cualquier cambio, aunque no está nada conforme con el trato que dispensa a su esposa, un alma pura que le acompaña con docilidad y confianza.
Tras el descubrimiento de que él no es la persona que pensaba, todo se le pone en cuestión. La novedad de su “yo oculto” irrumpe amenazante, poniendo en grave riesgo su prestigio como escritor y su honorabilidad como católico declarado.
Lo “aparecido”, lo “salido a la superficie”, ha estado ahí siempre. Y le horroriza.
La trama está muy bien urdida, el lector progresa en la lectura con intriga y también con temor. No es desastroso el final, tampoco milagroso. No hay condena, cada ser ha de labrarse su propia salvación.
Eso sí, ayuda y mucho la compañía. Si existen enemigos poderosos, no faltan sin embargo, pero hay que buscarlos, los amigos generosos y desinteresados. Shuguro los tiene y termina firmemente decidido a conservarlos y cuidarlos.
Como dije al principio, mi lectura coincidió con los carnavales. Autores de peso consideran que los carnavales no son un canto a la vida, sino a la muerte. Pensar que son simplemente una provocación frente a la cruda realidad y un poner en solfa temporalmente los poderes fácticos es no penetrar la capa externa de unas coplas, unos disfraces, unas tradiciones. «“Lo bello no es nada más que el comienzo de lo terrible”, escribe Rilke en Elegías del Duino. El carnaval es la personificación de esa fuerza desconocida, que no tiene nombre, la expresión de un deseo sin límite, un universo sin reglas anterior a la conciencia y a la capacidad de arbitrio. El lado oscuro, que no tiene rostro, que no aparece en cuanto tal en ningún sitio ni nunca, lo domina todo y hace que cada yo no sea uno sino varios».
Esto y esto más: «Los enmascarados que estos días recorren plazas y calles, y entran en casa ajena sin ningún tipo de autorización, sin darse cuenta, ignorándolo por completo, disfrutan de la libertad de los únicos que pueden ser libres, los antepasados que vuelven. Los muertos no se sienten afectados por una serie de normas que regulan la convivencia de los vivos; por esta razón, aquellos disfrutan de muchas libertades que a éstos se les niegan».
Para terminar: «El sujeto del carnaval es la masa, el abismo indiferenciado, el mundo dionisíaco. El carnaval expresa, canaliza, vehicula esa fuerza, al mismo tiempo que protege de ella en la medida en que la exterioriza. Sirve sobre todo, como los circos romanos, de pretexto y desahogo a lo irracional, de regresión del individuo a su condición de parte de la tribu, de pieza gregaria en la que, amparado en el anonimato cálido de la tribuna, el individuo da rienda suelta a sus instintos».
Esa “fuerza”, “eso irracional”, “ese dejarse ir por los instintos”, es el descubrimiento —la novedad conocida bruscamente en el atardecer de su vida— de Shuguro, el protagonista de Escándalo, del que (y no contra el que) angustiosamente trata de  zafarse.
Provechosa lectura que me ha dispuesto a la cuaresma. Si esto es el carnaval, bienvenido y bendito sea.
Nota:
Las obras traducidas de Endo pueden descargarse en Internet en versión digital, además de adquirirlas en papel en las librerías de confianza.

“Chufla, chufla, como no te apartes tú...”



En cuanto entré en la cocina y me dispuse a hacer la comida, Bienve, el periquito que habita en esta casa desde que se incorporó por su cuenta hace ya… ¡casi siete años!, se acercó al bebedero con intenciones sanitarias. Empezó a salpicarse agua con su pico corvo y metía la cabeza lo más dentro que podía, que no era suficiente. Intenté rellenarle el pequeño depósito, pero me amenazó, y desistí; ya he probado sus picotazos cada vez que le repongo la comida.
Como tenía prisa por aviarme las habichuelas, coloqué en el suelo del jaulón una tapadera llena, pensando que ¡qué mejor para bañarse sino una bañera!
Pero, no. Bienve siguió jugueteando en el bebedero hasta que remojó todas sus plumas. Satisfecho, se subió al palo más alto y allí empezó a secárselas con parsimonia, mientras yo lo miraba con un ojo en tanto el otro seguía mis preparativos culinarios.
Visto todo, retomé mis obligaciones y dejé de prestarle atención. O viceversa, que me urgía cocinar. Y, mientras pelaba el ajo y picaba la zanahoria, pensaba en lo cabezotas que somos, animales incluidos, en mantenernos en nuestros usos y costumbres, aunque sean mejorables, manifiestamente superables.
Es de todos conocido que “cada maestrillo tiene su librillo”, y a él nos atenemos desde el rey hasta el último vasallo. No es que “siempre se haya hecho así”; es más bien “lo hago así porque me da la gana”. Pues bueno es uno.
De tal manera que cuando se trata de una colectividad en número respetable, los usos y costumbres de cada cual, que no los generales y comúnmente aceptados, provocan infinidad de pequeñas anomalías. Puertas de par en par, ventanas abiertas, luces encendidas, sillas revueltas, mesas descolocadas y libros comunes amontonados de cualquier forma como si los hubieran tirado a ver si caían de pie. O tumbados.
Esto no sólo pasa aquí. También ocurre, por ejemplo, en la piscina municipal donde acostumbro. Allí está el encargado sufridor, que no para el pobre de recoger y recolocar.
Pasa también en otros órdenes de la vida. Los que recogen el papel por mi barrio, también por ejemplo, tienen nuestro contenedor completamente abollado y desvencijado. Llegan, enganchan, izan, descargan, bajan, desenganchan, y no se preocupan si durante el proceso golpean hierro contra hierro de forma atronadora e inmisericorde. Total, que el pobre está hecho una pena. Y papeles revoloteando por el aire. Cuando se largan, lo han dejado todo sembrado.
No digo nada del barrendero, que ese es otra cosa. Claro que muy cerca hay un taller de coches, y la grasa no es su cometido. Tampoco los clínex ni las colillas. No sé qué será lo que su escoba barre, porque barrer sí barre.
En política pasan cosas parecidas, pero no quiero entrar ahí, que no toca hasta las elecciones. De momento queda aguantar.
El mundo eclesiástico, sin embargo, discurre de forma paralela a todo lo demás, aunque participa de similares vicios, porque no todo va a ser diferente. No es exageración decir que aquí “antes muertos que movidos”.
En fin, que no todos seremos baturros pero como si lo fuéramos.

¡Ay Nicaragua, Nicaragüita!



Esta noticia me ha llenado de pena. Resulta que en Solentiname hay un rico hotel que disputa nada menos que el presidente de Nicaragua, mejor dicho su señora, al por mí venerado anciano ya Ernesto Cardenal, religioso trapense, poeta, exministro sandinista y liberador de esclavitudes de todo tipo empezando por lo más elemental: el pan y la palabra. Lo había leído en un medio informativo de ultramar, pero hoy aparece en ElPaís peninsular. Una millonada le piden como indemnización por daños a terceros (?). No veo claros los motivos, pero todo apunta a que es por revancha política, traducida a moneda de curso legal. Ernesto Cardenal, que se metió y dejó la política por rebeldía contra lo que estaba viendo, ahora que sigue dando guerra, se ve ante los tribunales, y condenado.
¡Cómo no voy a estar apenado! Por el hecho en sí, y por lo que me imagino. Yo a Solentiname nunca la soñé como un apetecible turístico, sino como lugar entrañable de convivencia, donde las gentes sencillas salían de la esclavitud que supone la ignorancia y el desapego de sus autoridades para constituir un pueblo sabio y libre. Sus rostros los veía tras de sus palabras cuando comentaban los evangelios que yo leía ávidamente para transplantarlos a mi terruño. Tenían nombres propios: William, Donald, Rebeca, Olivia, Julio Guevara, Elbis, Gloria, Mariíta, Antenor, Tomás Peña, doña Chalía, Teresita, Natalia, Rosita, Pancho, María… Era Ernesto el guía, pero ellos actuaban por sí mismos desde lo que ya tenían dentro de sí antes de que él los “convirtiera” en protagonistas.
Eran la comunidad del Evangelio en Solentiname, una islita apartada de un país que entonces sabíamos que quería resurgir y tener voz propia.
Han pasado muchas cosas, incluida una guerra, y un viento huracanado se ha llevado la mayor parte, dejando aquello que viví con ilusión como un sueño irreal, inexistente.
Lo siento por Ernesto, pero mucho más por aquellos pobladores de Solentiname. ¿Qué será de todos ellos?
¡Viven! Están todos vivos, solo que un poco cambiados…

Un ser humano completamente necesario, a pesar de todo


Sebastián y Kichijirô en Chinmoku (Silencio), 1971, de Masahiro Shinoda



Terminé la novela justo al amanecer el 6 de febrero, día en que la Iglesia Católica celebra a los mártires de Japón santos Pablo Miki y compañeros*. Silencio (Chinmoku) de Shūsaku Endō, una historia novelada, o una novela cuasi histórica, que relata un episodio concreto ficticio, —pero más que posible, probable— de aquella terrible época en el país del sol naciente en que se prohibió el cristianismo, siglo XVII. Apagué la luz y tardé demasiado tiempo en conciliar el sueño. ¡Qué difícil relajarse con la tensión acumulada!
Dejé de pensar en Sebastián Rodrigo, el jesuita protagonista, muerto en vida antes de morir definitivamente tras su gesto de apostasía simulada o real, allá él y sus circunstancias. Ocupó su lugar un personajillo descrito en la novela con muy peyorativos adornos: “En la habitación entró tambaleándose un borracho cubierto de harapos. Su nombre, Kichijirô. Su edad, veintiocho o veintinueve años. Por lo que respondió a las breves preguntas que le hicimos, supimos que era pescador, de la región de Hizen, cerca de Nagasaki, y que, antes de la rebelión de Shimabara, fue recogido por una nave portuguesa cuando flotaba a la deriva sobre el mar. Borracho y todo, era un hombre de mirada ladina. Durante nuestra conversación, con frecuencia desviaba la vista”.
Lejos de resultar un ser ocasional —y providencial— para que los jesuitas penetraran en la inexpugnable isla, Kichijirô va a ser permanente, tanto si está como si no. Su presencia ocupa toda la narración y densa la trama hasta extremos para mí insoportables. La mala impresión inicial del personaje no mejora con la acción, aunque hay pinceladas que le dulcifican en algún momento, y es el contrapunto que una y otra vez ha de enfrentar el protagonista en su lento progreso hacia su destino final. Aquel ser ignominioso, cobarde, mendaz, remolón y borracho va a convertirse en el yo de Sebastián cuando todo acaba:
“Aguzando el oído evocaba el rumor de la brisa tiempo atrás, cuando estuvo encerrado en el calabozo, el rumor de la brisa meciendo el follaje. Esa noche, como todas las noches, evocaba en su alma el rostro de aquel hombre. El rostro del hombre que había pisoteado.
—Padre, padre…
Se quedó mirando con ojos hundidos hacia la puerta, de donde venía aquella voz conocida.
—Padre, soy yo, Kichijirô…
—Yo ya no soy un padre —respondió en voz baja, abrazado a sus rodillas—. Márchate inmediatamente. Si te descubre el «otoña» vas a meterte en un lío…
—Pero usted puede oír todavía mi confesión…
—Qué sé yo… —el padre dobló la cabeza—. Soy un apóstata, un sacerdote apóstata.
—En Nagasaki lo llaman a usted el apóstata Pablo. No hay quien no sepa el nombre.
Abrazado como estaba a sus rodillas, el padre rió tristemente. Sin que nadie viniera a contárselo, sabía de tiempo atrás que le habían puesto ese mote. A Ferreira le llamaban el apóstata Pedro y a él, el apóstata Pablo. A veces venían los niños a la puerta y le daban la cencerrada gritándoselo.
—Por favor, escúcheme. Si puede oír confesiones, aunque sea el apóstata Pablo, déme la absolución de mis pecados. Por favor…
«¿Quién es el hombre para juzgar? ¿Quién mejor que el Señor conoce nuestra debilidad?», pensaba el padre en silencio.
—Yo vendí al padre. Y pisé también el «fumie»… —la voz llorona de Kichijirô seguía sonando en sus oídos—. ¿Sabe, padre? En este mundo hay débiles y hay fuertes. Los fuertes no se rinden al tormento y podrán ir al paraíso, pero los cobardes de nacimiento como yo, cuando los llevan al sitio del «fumie» y les dicen los guardias: «¡Pisa!», y les empiezan a dar tormento…
«Yo también puse mi pie sobre el «fumie». Este pie mío pesó sobre el rostro hundido de aquel hombre... El rostro en que soñé cientos de veces. El rostro en que no dejé de soñar errante por los montes y después en el calabozo.
Sobre el rostro del hombre al que quise amar toda mi vida. El rostro estaba vuelto hacia mí desde la tabla. Un rostro gastado, hundido, con aquellos ojos tristes. Y aquellos ojos tristes me dijeron: “Písame... Sí, písame. Tienes los pies doloridos como tantos otros que me han estado pisando hasta el día de hoy… A mí me basta que los pies os duelan. Yo participo de vuestro dolor, vivo vuestro sufrimiento. Para eso estoy en el mundo…”».
—Señor, me dolía que estuvieras siempre en silencio…
—No estaba en silencio. Estaba sufriendo contigo.
—Pero tú le dijiste a Judas: «Vete… ». Le dijiste: «Vete y haz lo que tienes que hacer». ¿Qué fue de Judas, Señor?
—Yo no le dije eso. Le dije a Judas «hazlo» como te he dicho a ti «pisa». Porque Judas tenía dolorido el corazón como tú tienes los pies…
Fue entonces cuando puso él su pie sobre el «fumie», sucio de sangre y de polvo. Los cinco dedos de su pie cubriendo el rostro del hombre que amaba. Aquel gozo violento, aquella emoción, no la podría él explicar a Kichijirô…
—No existen fuertes y débiles… ¿Quién asegura que los débiles no han sufrido menos que los fuertes? —Se puso a hablar atropelladamente, vuelto hacia la puerta—.
—Si no quedan padres en este país que puedan oír tu confesión, tendré que hacerlo yo. Di al final las oraciones de después de confesar… Vete en paz.
En Kichijirô la tensión había desaparecido. Lloraba ahora ahogando sus sollozos. Por fin se arrancó de la puerta. Él, Sebastián Rodrigo, había tenido la arrogancia de conferir a aquel hombre un sacramento que sólo los sacerdotes en activo podían dar. Sus compañeros le atacarían violentamente, le dirían que era un sacrílego; pero aunque a ellos los traicionase, sabía muy bien que a aquel hombre no le traicionaba. Le seguía queriendo de manera muy distinta que hasta ahora. Para llegar a ese amor todo lo sucedido hasta ahora había sido necesario”.
A lo largo de su apresurado proceso de acercamiento a la nueva realidad hasta ahora sólo contemplada desde la lejanía, Sebastián había lanzado antes esta queja al “vacío”:
“En tales ocasiones le hervía en el pecho la desesperación: «¿Por qué esto a mí?». No sabía si los misioneros de Macao y Goa se habrían enterado ya de su apostasía. Pero muy probablemente los comerciantes holandeses, a quienes se permitía residir en Dejima, junto a Nagasaki, habrían llevado ya la noticia hasta el mismo Macao y a estas horas habría sido expulsado de su orden misionera. y no sólo eso, quizá había sido despojado de sus derechos como sacerdote y lo miraría el clero como una lacra de la que había que avergonzarse. «Pero, ¿a qué viene eso? ¿Qué significa eso? El único que me puede juzgar por dentro es el Señor, no son mis compañeros… ». Se lo decía a sí mismo, mordiéndose los labios, sacudiendo la cabeza.
Y sin embargo, a veces a media noche, el fantasma de sus compañeros le desvelaba de repente y sentía sus uñas afiladas arándole el pecho por dentro. Entonces se le escapaba un alarido y saltaba de la cama. Tenía ante sus ojos un cuadro de la inquisición, la escena del juicio final que describe la Apocalipsis.
«¿Lo podréis entender? Sí, vosotros, los superiores de Europa y de Macao… » —y en las tinieblas se volvía a sus compañeros abogando por su propia causa. «Vosotros vivís tan felices misionando en sitios tranquilos y seguros, en sitios en que no azota asoladora la tormenta de la persecución, de las torturas... Os quedáis en la otra orilla y la gente os venera como a ministros de Dios fuera de serie… Generales que mandan a la tropa a un frente de combate y se quedan en la tienda de campaña al amor de la lumbre, eso sois vosotros. y, ¿cómo pueden esos generales censurar a un soldado que ha caído prisionero? Pero no. Todo esto son excusas tontas. Me estoy engañando a mí mismo» —se repetía negando lánguidamente con la cabeza. «¿Por qué estas disculpas degradantes? He apostatado, de acuerdo, y sin embargo, Señor, tú sabes muy bien, tú lo sabes, que yo no he renunciado a mi fe. El clero se estará preguntando por qué he apostatado. ¿Porque me aterraba el tormento de la fosa? Pues sí, eso es. ¿Porque no pude soportar los gemidos de los campesinos colgados de la fosa? Eso es. ¿Porque cedí a la tentación de Ferreira y pensé que si yo apostataba, aquellos pobres campesinos se salvarían? Exacto, eso es. Claro que a lo mejor ese ceder por amor era sólo una excusa para justificar mi propia debilidad… »”.
Kichijirô, por su parte, sólo se mira a sí mismo, no se engaña al verse como es, su escusa no le da más que para una queja lastimera, fatalmente inevitable, una disculpa que a pesar de ello le duele demasiado:
“Día nueve. Desde la mañana caía una lluvia menuda como neblina. El bosque que había frente a nuestra cabaña perdía sus contornos envuelto en la llovizna. Los tres cristianos subieron por el bosquecillo. Mokichi parecía un poco agitado. Ichizo, como siempre, fruncidas las cejas y el gesto reservado. Detrás de ellos, Kichijirô nos miraba con aire resentido, con los ojos tristones de un perro apaleado por su amo.
—Padre, y si nos mandan pisar el Cristo del «fumie»… —dijo Mokichi en un susurro, hundida la cabeza como si hablase consigo mismo. Si no pisamos, no sólo nosotros, todo el pueblo sufrirá el mismo interrogatorio. ¿Qué hacemos entonces, padre?
Sentí que el pecho me iba a estallar de pena y, sin más, le di una respuesta que ustedes probablemente por nada del mundo darían. Cruzaron por mi imaginación las palabras del padre Gabriel, tiempo atrás, en la persecución de Unzen, cuando le pusieron delante el «fumie»: «Prefiero que me corten la pierna antes que pisarlo». Sabía yo muy bien que muchos padres y cristianos japoneses habían sentido lo mismo, al verse frente a la santa imagen puesta ante sus pies. Y, sin embargo, ¿cómo iba a poder exigir eso mismo de estos tres pobres hombres?
—¡Pisadlo, podéis pisarlo! —grité, y al punto comprendí que había dicho algo que, como sacerdote, jamás debió asomar a mis labios. Garpe me dirigió una mirada de reproche.
Kichijirô seguía con los ojos empañados en lágrimas.
—Padre, ¿por qué nos manda «Deus» tantos sufrimientos? Si nosotros no estamos haciendo nada malo…”
...
“Por la rejilla del ventanuco podía ver a los guardias dando voces y más voces a un hombre embozado en su capote de paja. Debido al embozo no podía saber quién era, pero estaba seguro de que no pertenecía al grupo de los presos. Algo les suplicaba, pero los guardias se lo negaban con la cabeza y trataban de quitárselo de encima. No parecían hacerle caso. Sin embargo, de pronto:
—Si sigues así de pelma, te ganas un golpe, ¿oyes?
El guardia levantó en alto una estaca y el otro escapó hacia el portón como un perro callejero. Después volvió al patio y allí seguía inmóvil en medio de la lluvia.
Al anochecer volvió a mirar otra vez por la rejilla, y allí seguía el hombre del capote sin el menor desmayo, inmóvil en medio de la lluvia. Los guardias parecían haberse resignado; ya no salían de la garita. Cuando el intruso se volvió hacia él, se encontraron mirada y mirada. Miraba él hacia el padre con gesto amedrentado y reculando dos o tres pasos:
—Padre... —le dijo con una voz que más parecía el aullido de un perro—. Padre, escúcheme, por favor. Tómelo como confesión: escúcheme por favor…
El padre retiró el rostro de la ventana, cerró sus oídos a aquella voz. No podía olvidar el sabor del pescado seco, la sed que entonces le abrasaba la garganta. Aunque tratase de perdonar de corazón a ese hombre, el resentimiento, la ira, no se borraban de su memoria.
—¡Padreee… ! ¡Padreee… !
Continuaban las súplicas lastimeras, lo mismo que el niño que se agarra a las faldas de su madre.
—Yo, padre, le he estado engañando todo el tiempo. ¿No me quiere escuchar un rato? Pensando que a lo mejor el padre me despreciaba, le he estado odiando a usted y a los cristianos. He pisado el «fumie», sí, lo he pisado. Mokichi e Ichizo eran fuertes. Yo no tengo esa fuerza…
Los guardias perdieron la paciencia y salieron fuera estaca en mano.  Kichijirô seguía gritando mientras escapaba:
—Pero mire, yo tengo mi excusa. También los que pisan el «fumie» tienen su excusa. ¿O es que se cree usted que lo hice por gusto? Estos pies míos me dolían al pisarlo. Sí, me dolían. Dios me hizo cobarde de nacimiento y ahora me manda que imite a los valientes. ¿No es eso absurdo?
Eran verdaderos alaridos que se iban cortando, entrecortando más y más; después sólo una súplica; al final, la súplica se fundió en llanto.
—Padre, un cobarde como yo, ¿qué hace? ¿Qué puede hacer? Si entonces le denuncié, no fue por dinero, fue porque me amenazaron los alguaciles…
—Pero, ¿no te irás de una vez? Oye, largo, fuera —le gritaban los guardias asomando la cabeza por la garita—. Vamos, ya está bien de abusar…
—Padre, escúcheme. He hecho una cosa mala. He hecho algo que no tiene remedio. Guardias, ¡yo soy cristiano! ¡Encerradme en la cárcel… !
El padre cerró los ojos y se puso a recitar el credo. Realmente, sentía cierta satisfacción en abandonar a su suerte a aquel hombre que lloraba a gritos en medio de la lluvia. Aunque Cristo rezase, ¿sería por Judas por quien rezaba, cuando Judas se ahorcó en el «campo de la sangre»? Nada de eso estaba en la Escritura, pero aun suponiendo que estuviera, él, en estos momentos, no podría asumir con sinceridad la misma actitud. No sabía hasta qué punto podría creer uno a aquel hombre. Sí, es verdad que estaba pidiendo perdón; pero él se inclinaba a creer que esos gritos se debían a una emoción pasajera.
Poco a poco los gritos de Kichijirô se fueron calmando hasta extinguirse. Miró por la rejilla y vio cómo los guardias, malhumorados, se lo llevaban a empellones al calabozo”.

No sé si Martin Escorsese (Queens, Nueva York, 17 de noviembre de 1942) ha atinado al traducir la obra de Shūsaku Endō (Tokio, 27 de marzo de 1923 – Keio University Hospital, Japón, 29 de septiembre de 1996) al celuloide. Tampoco si en 1971 lo logró Masahiro Shinoda (Gifu, Japón, 9 de marzo de 1931). No he visto ninguna de las dos películas. He leído la novela. He pasado muy mal rato. Tengo que volver a ella. Necesito releerla.

* Paulo Miki nació en el seno de una familia rica. Fue bautizado a los cinco años con el nombre de Pauro (‘Paulo’). Fue educado por los jesuitas en Azuchi y Takatsuki. Entró en la Compañía de Jesús y predicó el evangelio entre sus conciudadanos. El poder japonés temió la influencia de los jesuitas y los persiguió. Paulo Miki fue apresado junto con otros compañeros cristianos, conocidos como los 26 mártires de Japón; dos de ellos eran también jesuitas, el erudito Juan de Soan de Gotó y Diego Kisai, y los 23 franciscanos. Para servir de escarmiento a la población, fueron forzados a caminar casi 1.000 kilómetros, desde Kioto hasta Nagasaki, por ser la ciudad más evangelizada de Japón, y allí fueron crucificados el 5 de febrero de 1597. Paulo predicó desde la cruz su último sermón y se afirma que perdonó a sus verdugos, diciendo: «Yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio». Todos los mártires fueron canonizados por el papa Pío IX en 1862 junto con el religioso trinitario Miguel de los Santos, el santo bajo cuya protección me puso mi mamá al bautizarme y darme su nombre.

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