El Valle de Boí



Vista general del ábside de San Clemente de Taull en el Museo Nacional de Arte de Cataluña


No te pierdas el Valle de Boí, me soltó aquella mañana José Velicia al pasar por delante de la puerta de mi despacho de obras en la sede del episcopado. Hacía calor y estaba de par en par, para que corriera el aire entre los muebles antiguos que servían de contenedores de papeles que firmara Pedro Baz, a la sazón encargado del control de los edificios diocesanos, y las fotos que sacara José María Isusi, mantenedor de la riqueza cultural que atesoran templos, ermitas y santuarios de la diócesis. Y abierta, porque era mi horario de atención al público y no había conversación que reservar del curioseo. Valle de qué, le grité, al tiempo que él se metía en el despacho contiguo, a la sazón sede de las Edades del hombre, donde solía parlotear con su sobrino, secretario de las mismas. Él habitaba en el piso inferior, donde estaba la vicaría de pastoral. Y con esto, he descrito todo el escenario.
O casi. Abajo estaba además el cuarto de la multicopista, donde regía, y sigue rigiendo, X. Y arriba, el santo tribunal diocesano y, al fondo, el archivo de boletín diocesano, que en gloria esté.
Ya no recuerdo si me dirigí al despacho de la habitación contigua o esperé un rato y bajé a preguntarle al de abajo, pero está claro que aquella mañana no salí del palacio arzobispal sin haber localizado el valle que me recomendaba visitar. Verás un románico…, me resumió sin terminar la frase.
Como entonces no frecuentaba internet, estamos en el año 1994, hube de informarme por otros medios más rústicos y difíciles de consultar.
Así que este verano haremos turismo cultural.
Sin miedo al porvenir, iniciamos nuestro periplo pirenaico de aquel año como siempre por Zuriza. Luego el siguiente, Oza, y el siguiente… Al final, tras recalar en Benasque, pasamos a Boí. Y como a mí ni la cultura me obliga, nos hospedamos en lo alto de Taüll, en un camping que aún se estaba montando.
Ya desde bien temprano bajamos a visitar iglesias: Sant Climent y Santa María de Tahull, San Juan de Bohí, Santa Eulalia de Erill-la-Vall, San Félix de Barruera, Natividad de la Madre de Dios de Durro, Santa María de Cardet, Santa María de la Asunción de Coll y la ermita de San Quirce de Durro.
Toditas las visitamos, pero no en todas pudimos contemplar el interior. Y no digo que afortunadamente, pero casi: las pinturas eran meras copias. Los originales estaban en la capital del condado, o sea, Barcelona.
No aguantamos mucho allí, y pronto volvimos a nuestros fueros, o sea, campo abierto.
Al terminar el recorrido del valle me preguntaba cómo José me había recomendado tal visita. Precisamente él, que había ideado —y materializado espléndidamente— las Edades del hombre para que supiéramos qué había en qué rincones de nuestra tierra castellana, sin hurtar a los lugareños la riqueza que atesoraban desde tiempo inmemorial.
En el país catalán se llevaron la caza y dejaron en su lugar meros señuelos. Si quieres ver mis trofeos vienes a la capital, pagas y te vas.
No tengo ahora que valorar, ni soy quien para hacerlo, la pedagogía catequética de José Velicia. Insistía una y otra vez en que los cuadros, las tallas, los relieves, los libros, la música… todo ello tenía un lugar concreto para el y en el que se concibieron, y unas gentes que son sus primeros y auténticos destinatarios, al tiempo que sujetos agentes del conjunto. Y que prescindir de ellos rompe el sentido, lo cambia por completo, de tal modo que ya no se pueden comprender en su propio ser.
Ideó unas exposiciones para que aquellas enormes colas de visitantes que se dieron en Valladolid (El Arte en la Iglesia de Castilla y León), Burgos (Libros y documentos en la Iglesia de Castilla y León), León (La música en Castilla y León) y Salamanca (El Contrapunto y su morada), se repitieran luego por villas, pueblos y ciudades de la región castellano leonesa, en visita no sólo turística, sino cargada de interés humano, incluido el religioso.
En mí, al menos, lo consiguió.
Curiosamente no conservo ninguna foto de este periplo sobre el románico, y lo que más recuerdo fue el recorrido de Aigüestortes hasta Portarró d’Espot, el límite con San Mauricio, al que no pudimos llegar porque había que dar la vuelta hasta el coche. Verlo desde lejos me bastó.

Valladolid, puro Romanticismo
en el 200 aniversario del nacimiento de José Zorrilla (1817—2017)




1. Casa de Zorrilla.


José Zorrilla Moral nació en esta casa —en la entonces calle de la Ceniza— el 21 de febrero de 1817. En esos días, en el domicilio familiar convivían: José Zorrilla Caballero, el padre, natural de Torquemada (Palencia), “relator” de la Chancillería, hombre de recta moral y convicciones absolutistas; Nicomedes Moral Revenga, la madre, natural de Quintanilla Somuñó (Burgos); Zoilo Moral Revenga, tío materno, canónigo beneficiado de la Colegiata de Lerma; y las criadas Dorotea y Bibiana. La familia vivía en las dependencias de la planta principal, mientras que el servicio, la cocina y los animales se encontraban en la planta baja. Se trataba de una vivienda muy suntuosa para la época.
El niño nació sietemesino y pronto dio muestras de su especial sensibilidad extrasensorial: alucinaciones, sonambulismo, epilepsia… Su escasa fortaleza al nacer aconsejaron que recibiese, allí mismo el “agua de socorro”. Zorrilla creció en esta casa y en ella tuvo lugar la más famosa de las apariciones fantasmales e inexplicables que Zorrilla viviría de cerca; la de su abuela paterna, doña Nicolasa Caballero. 



2. Iglesia de San Martín


El 1 de marzo de 1817, José Maximiano Zorrilla Moral recibió las aguas bautismales en esta iglesia. Actuaron como padrinos su abuela materna, doña Jerónima Revenga; y su tío, también materno, el canónigo Zoilo Moral. El pequeño Zorrilla vivió en este barrio hasta los 8 años, aproximadamente. Primero en la casa de la calle de la Ceniza y luego, durante algunos meses, en una casa de la calle de las Angustias. Doña Nicomedes Moral lo traía a misa todos los días a este templo y aquí el niño quedaba sobrecogido por las figuras del retablo y de las capillas laterales, que impresionaban su ánimo y su subconsciente hasta el extremo de ocasionarle alucinaciones.
A finales de 1825, el padre de Zorrilla es trasladado primero a Burgos y luego a Sevilla, pero al año siguiente encontramos a la familia instalada ya en Madrid, donde don José comenzó a ejercer como superintendente de la Policía del Reino de Fernando VII. El niño Zorrilla ingresó en el Seminario de Nobles para cursar estudios. Allí se desveló, por primera vez, sus inquietudes, su gusto y su talento por y para la poesía y el teatro. Y, poco a poco, nuestro niño se convirtió en un inconformista joven José Zorrilla.
La vida de José Zorrilla iba a resultar azarosa y muy viajada. Dejando a un lado la geografía nacional que recorrió sin descanso con sus poemas y su voz, Zorrilla residió en Francia, Inglaterra, Cuba, México (¡doce años!) e Italia. Su popularidad fue magnífica hasta el punto de ser coronado “Poeta Nacional”, en Granada, en 1889, a la edad de 72 años; y su reconocimiento fue unánime en todas las instancias (la RAE, que lo quería entre sus miembros, lo nombró en 1848; pero Zorrilla no leyó a tiempo el discurso de ingreso. Y la RAE volvió a designarlo como académico en 1885 ... ). 



3. Universidad de Valladolid


El joven Zorrilla quería ser poeta, pero su padre tenía otros planes para él: que estudiase derecho y siguiese sus pasos. El enfrentamiento entre padre e hijo por este asunto fue constante entre ambos durante años.
En 1834, José Zorrilla es enviado a la facultad de Leyes de la Universidad de Toledo. Tiene 17 años y su pasión por la poesía es ya una obviedad y un gran inconveniente para los planes que para él tenía su padre. La estancia en Toledo es un despropósito y, tan sólo un año después, su padre, don José Zorrilla Caballero, lo matricula en Valladolid, para que continúe aquí sus estudios bajo la estricta vigilancia del recto Tarancón, a la sazón amigo suyo. Su apenas año y medio en la Universidad de Valladolid confirmó la cadencia de Zorrilla hacia el ámbito de la creación literaria. Publicó sus primeros versos e incluso un cuento —La mujer negra (ambientada en la localidad palentina de Torquemada)— y algunos poemas en la popular revista literaria “El artista”. Todo ello a espaldas de su padre, que le imaginaba concentrado en sus estudios hasta que el rector Tarancón le abrió los ojos. Cansado del comportamiento de su hijo, don José dispuso que éste se trasladase a Lerma (Burgos), donde él mismo cumplía destierro en ese momento, para allí ponerle a trabajar en asuntos de la hacienda doméstica. En el verano de 1836, cuando el joven Zorrilla se dirigía en diligencia hacia Lerma para cumplir el castigo paterno, al pasar por Torquemada (tierra que conocía bien), burló al cochero, robó una yegua y cabalgó hacia Valladolid. Aquí, con ayuda de su amigo Miguel de los Santos Álvarez, esa misma noche vendió el animal y compró un pasaje para salir al día siguiente hacia Madrid. 



4. Pasaje de Gutiérrez


Zorrilla llegó a Madrid —estamos en el verano de 1836—, huido y sin que su familia supiese nada de él, y allí encontró hospedaje en casa de un cestero. Su amigo Miguel de los Santos no tardó en reunirse con él y ambos comenzaron a frecuentar los ambientes literarios de la sociedad madrileña. Zorrilla, aún con 19 años, escribía y escribía poemas; e incluso llegó a publicar alguno en revistas del momento. Llegado el invierno, tomó la costumbre de pasar las mañanas en la Biblioteca Nacional, al calor de los braseros que allí estaban siempre encendidos. Sobrevivió como pudo y en ello estaba cuando, unos días antes de su vigésimo cumpleaños, el 13 de febrero de 1837, el famoso poeta romántico Mariano José de Larra se suicidó; y José Zorrilla fue invitado a escribir unos versos de despedida al desafortunado poeta en su entierro. Y así lo hizo dos días después, 15 de febrero, en el cementerio de Fuencarral. Ese vago clamor que rasga el viento / es la voz funeral de una campana; / vano remedo del postrer lamento / de un cadáver sombrío y macilento / que en sucio polvo dormirá mañana. [ ... ]. En ese preciso instante, frente a lo más nutrido de la sociedad madrileña, José Zorrilla salió para siempre del anonimato. Seis días después, Zorrilla cumplió veinte años.
José Zorrilla se instaló en Madrid y comenzó a trabajar para diversos periódicos, como El Porvenir y El Español. Su producción poética era desenfrenada. Tanto que ese mismo año (1837) publicó el primer tomo de sus poesías. Al año siguiente, 1838, vieron la luz los tomos dos y tres. Y en el 39, además de publicar los tomos cuatro, cinco y seis, el imparable Zorrilla aún tuvo tiempo para casarse con la viuda de ascendencia irlandesa Florentina O'Reilly (dieciséis años mayor que él), firmar al alimón con su admirado García Gutiérrez el drama Juan Dandolo y estrenar en el teatro del Príncipe su obra Cada cual con su razón. En 1840 continuó publicando poesía: dos tomos, séptimo y octavo, y además comenzó a publicar “leyendas”, un género en el que demostró ser un maestro. Por lo tanto, Zorrilla fue:
Poeta   — Poesías (hasta 8 volúmenes en cuatro años ... )
            — Orientales como Corriendo van por la vega
            — Poemas narrativos: Granada, La leyenda del Cid, Los gnomos de la Alhambra, etc.
Autor teatral: Cada cual con su razón, El puñal del godo, El zapatero y el rey, Traidor, inconfeso y mártir, etc.
Autor de leyendas inolvidables: Margarita la Tornera, Las píldoras de Salomón, A buen juez mejor testigo, etc.
Y prosista excepcional: Recuerdos del tiempo viejo.
Muchos le llaman “el último romántico”. Y quizás lo fuese… Es difícil clasificar el estilo de un hombre que, como Zorrilla, vivió 76 largos años, en uno de los siglos más convulsos de la historia contemporánea; y en tan distintos países y sociedades…


5. Teatro Zorrilla


En septiembre de 1883, Zorrilla viajó a Valladolid para asistir a la inauguración del teatro que una sociedad local había erigido en la Plaza Mayor de la ciudad y al que habían decidido poner su nombre. El Teatro Zorrilla fue inaugurado con la puesta en escena de Traidor, inconfeso y mártir, la que probablemente sea la mejor obra de nuestro autor, desde el punto de vista de la dramaturgia. Zorrilla estuvo acompañado por sus amigos y colegas Emilio Ferrari; Gaspar Núñez de Arce y Leopoldo Cano. Para ellos y para su ciudad tuvo Zorrilla palabras de gran elogio, como constatan los poquitos versos que el Ayuntamiento ha publicado en el “librito” titulado: “A Valladolid”. Valladolid, un año después, en 1884, lo nombró “cronista oficial”. 


6. Plaza de Zorrilla


José Zorrilla falleció en su domicilio de la calle Santa Teresa de Madrid, el 23 de enero de 1893, a causa de diversas dolencias que entraron por fin en fatal conflicto. El entierro, organizado por la Real Academia Española fue un auténtico acontecimiento de Estado. Sin embargo, José Zorrilla había expresado el deseo de que sus restos descansasen en su ciudad natal y hasta aquí fueron trasladados tres años después, en 1896. El féretro fue expuesto bajo un espectacular monumento funerario instalado en la iglesia de San Benito y miles de vallisoletanos pudieron así presentarle sus respetos. Zorrilla fue enterrado en el Cementerio del Carmen en una sepultura provisional, hasta que en septiembre de 1901, el Ayuntamiento tuvo ultimado todo aquello que, en principio, quería poner en marcha en homenaje a su ilustre hijo:
-       las obras del nuevo Panteón de Vallisoletanos Ilustres;
-       la urbanización y ajardinamiento de la plaza de Zorrilla, presidida por la escultura/monumento del poeta realizada por Aurelio Rodríguez Carretero, quien años antes había obtenido la máscara mortuoria del cadáver de Zorrilla;
-       y la asignación del nombre de paseo de Zorrilla a la hasta entonces acera de Sancti Spiritu.
En 1917 —centenario del nacimiento de Zorrilla—, el Ayuntamiento de Valladolid inició negociaciones para adquirir la casa natal del poeta. La colaboración de la segunda esposa (1869) y viuda de Zorrilla, Juana Pacheco resultó crucial a la hora de dotar el inmueble con los enseres familiares y personales. La figura de don Narciso Alonso Cortés resultó decisiva en todo ello.
Décadas después, la ciudad de Valladolid pondría el nombre de Zorrilla a su primer instituto de Educación Secundaria, a uno de sus centros escolares de Educación Primaria e incluso al estadio de fútbol municipal, situado primeramente en el paseo de Zorrilla y posteriormente trasladado a su actual emplazamiento. 



Poeta José Zorrilla es el apelativo con el que se reconoce y es conocida en el movimiento ciudadano la Asociación de Vecinos de La Cañada, que con este paseo ilustrado por Valladolid avisa de sus próximas fiestas:




Renglones torcidos




Aquella pretensión mía dilató más de tres años mi ordenación; en lugar de hacerla junto a los de mi promoción, me tocó en una suerte de batiburrillo de restos desubicados. No se entendió que quisiera estudiar economía, porque lo equilibrado era derecho canónico, liturgia, catequesis o espiritualidad. ¿Económicas? ¿Para qué necesita eso un sacerdote?
Y tuve que resignarme a cursar estudios empresariales que algo se le parecían. Fue suficiente para mis deseos. Pude comprobar que aquellas materias que, mientras yo estudiaba teología, una gran parte de la juventud universitaria se metía en la mollera observaban una realidad que prescindía de la ética y hasta de la estética, sólo interesada en el beneficio y en el lucro.
¿Es así el mundo, me pregunté, con el título recién salido de la máquina? En realidad había sido mucho antes, creo que en el segundo o tercer día de mi asistencia al viejo edificio de la escuela de comercio, cuando perdí gran parte del interés por la materia. No obstante, me apliqué y hasta saqué buenas notas. ¿No te apetecería cursar un doctorado en Massachusetts, me sugirió “el pajarito”, apelativo con el que denominábamos al adjunto de teoría económica? Va a ser que no, le respondí. Ya tengo marcado mi camino.
Hace hoy cuarenta y dos años que don José, —a quien estaré eternamente agradecido—, impuso sus manos sobre mí, y compruebo que no sólo la economía, también la política, la alta y la baja, pasan sobrevolando olímpicamente nuestras cabezas.
Aquí ya todo vale. ¡Sálvese quien pueda!

No hubo tres, un solo cáliz fue suficiente



Estuve de primera comunión, y todo me sonaba a conocido. Claro, me diréis, la melodía es igual para todos. Me refiero a que tratándose de una celebración con niños y para niños, aquella ceremonia no se ciñó al ritual exactamente, sino que funcionó con cierta libertad. Y no sólo resultaban cercanos los gestos, incluso las frases… Mientras trataba de seguir el ritmo que el buen fraile que atiende aquel pueblo de los montes Torozos daba a la liturgia, mis pensamientos volaban veinte años atrás, cuando Alicia se presentó con los papeles que usaban en la parroquia de San Andrés. ¡Zas! De allí procede todo esto, me dije a mí mismo cuando se me encendió en pilotito.
Hacía muchísimo tiempo que no asistía como invitado a una ceremonia así; tanto que no recuerdo detalle alguno, sólo que era en un colegio y se trataba de mi prima más pequeña. A partir de entonces me ha tocado a mí idear y organizar el evento. Tenía, pues, cierto interés por ver qué se hacía en otros sitios.
Mi presencia era obligada. Había estado en la boda de los padres, presidiendo y haciendo de testigo oficial. Bauticé a Celia y a Lucas, con la venia del párroco de turno, en sendas celebraciones distanciadas según su fecha de nacimiento. No ir tras la invitación, con la excusa justificada de obligaciones que cumplir, no era de recibo. Los curas siempre tenemos misas que celebrar como recurso.
Acompañaba el pueblo entero, porque era la misa dominical; aún ocurre esto en nuestra tierra. Sonó el armonio, cantó el coro y participó la gente. Las mamás, que habían sido las catequistas del grupo, hicieron de guías con moniciones, lecturas y demás. Los dos niños y las dos niñas hicieron lo que les correspondía, hacer de niños y de niñas. Los invitados y la feligresía congregada sabían lo que se hacía y nadie tuvo que imponer silencio y solicitar respeto. No en todas partes pueden contar lo mismo.
Comulgaron junto con sus papás por intinción, pero nos daban la espalda de modo que no pude ver si abrían la boca y sacaban la lengua, o ponían sus manos para recibirla. Nadie estubo cámara en ristre para sacar el momento de frente, salvo que el celebrante llevara una colgada al cuello. Hasta en eso se guardaron las maneras.
No me disgustó el conjunto de la ceremonia, aunque distara de como lo hacemos aquí. Y confieso que me sorprendió gratamente.
Luego vino lo que tenía que venir, y compartimos espacio con una boda y otras dos comuniones. Eso no admite discusión ni se presta a mejor comentario; había que estar y disfrutar.
Ojala Celia y Lucas guarden buen recuerdo de este día. Felices sí parecían, sonrieron, besaron, fueron besados, y jugar jugaron cuanto quisieron. Cuando les dejé, allí seguían con ganas de no terminar.
Dicen que en la Roma del siglo III en el bautizo de infantes se les hacía beber de tres cálices: uno de agua, otro de vino y el tercero de leche y miel; bebidas simbólicas de otro mundo en este mundo, el paraíso perdido rescatado en unos sorbos. En la Iglesia Ortodoxa griega al neófito se le introduce en la boca una partícula de pan consagrado empapado en el vino consagrado. Aquí y ahora, advertidos de los peligros del vino, los peques temen comulgar bajo las dos especies; ya en los ensayos algunos se niegan y otros ponen caras raras a pesar de ser dulce y suave.
Celia y Lucas, Alberto y la otra niña cuyo nombre no retuve, afortunadamente no se transformaron en seres angélicos. Participar del único cáliz y del único pan de su Primera Comunión produce efectos a largo plazo. Son jóvenes y tienen mucho tiempo por delante.

Una araña antigua





Como aquel viejo arpa que cantara Gustavo Adolfo Bécquer, esta lámpara había quedado maltrecha tras la mudanza, en tanto que sus compañeras, más robustas y también más importantes, lucían hermosas en el nuevo lugar; no en vano eran de bronce, de hierro, de cristal fino.
La humilde araña, de vidrio simple y engastada en calamina, había sufrido remodelaciones. Tal vez su sencillez fuera tan manifiesta, que alguien pensaría en mejorarla añadiéndole colgantes por aquí y por allá. Y lo hizo. La falsificó.
Me la encontré tirada y rota, el resto de un lote hermoso y variado, de años de esplendor en casa grande.
¿Tiene arreglo? Me preguntó su nueva dueña. No sé si añadí palabra; el gesto sería suficiente.
Me la traje. He hecho lo que buenamente se me ha ocurrido y he podido con los medios a mi alcance. Afortunadamente mis manipulaciones no aparecen a la vista, salvo algún pequeño detalle que espero nadie tenga interés en encontrar.
Eso sí puedo asegurar: salvo error u omisión, esta araña lucirá por los siglos de los siglos…





Transporte especial para remitir a destino. 24/05/17


Pero volviendo al principio. Béquer escribió:
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo,
veíase el arpa
¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,
como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sepa arrancarlas!
¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio
así duerme en el fondo del alma,
y una voz como Lázaro espera
que le diga “Levántate y anda”!
Y yo rubrico, apelando a su bonhomía:

Esta vieja araña maltrecha y relegada
mantuvo intacto su ansia de vida;
ha atendido a una voz que le ha dicho:
“¡Enciéndete y brilla!”

Fidelizando…




Aunque no lo ha puesto nada fácil la climatología del presente año, aquí está fiel a su compromiso el ramillete de flores naturales y libertarias. No ha hecho falta ir a buscarlas, estaban en casa.
Agostado por esta pertinaz sequía el campo exterior simula más agosto que mayo. Anduve preocupado tratando de ver signos favorables tanto en las parcelas libres de edificios como en el pinar, la fecha se acercaba y nada se movía, todo lo contrario: arena seca entre los pinos, tierra árida en las proximidades.
Este año no me luzco, pensé temiéndome lo peor.
El día d, o sea el domingo pasado, florecieron esas amapolas bajo la acacia y el olivo del patio parroquial. He tenido suerte, me grité mirándolas mientras desayunaba.
En la clausura del curso catequético lucieron durante la celebración, aunque no hubo ocasión de hacerlas el homenaje merecido. Tal vez nadie se percatara de su presencia. Normal. Había demasiadas de floristería tras las recientes primeras comuniones. Estuvieron allí, y continúan, aunque perdiendo pétalos apresuradamente. No son flores de exposición ni están preparadas para perdurar fuera de su medio. Lo suyo no es estar en florero con agua estancada, se ahogan en lugar cerrado, malviven cuando el sol falta, languidecen en noche permanente.
Florecillas del campo que ningún jardinero necesitan, surgen donde quieren, duran lo que aguantan y hasta ahora nunca me han dejado en la estacada.
¿No se llama a eso fidelidad? Pues no me cabe otra que seguir fidelizándome con ellas.

¡Uf! ¡Menos mal que tiene explicación!




A uno que está lejos de viejas historias, no le sonaba nada bien que el papa Francisco regalara una rosa de oro, fuera a quien fuera, y menos a la Virgen en su advocación de nuestra señora de Fátima. Pero una bondadosa persona se lo ha explicado y así le parece que suena menos mal.
Resulta que es una tradición en la Iglesia, que se inició en el siglo XI, eso de regalar rosas de oro.
La costumbre se remonta a la Edad Media, cuando los papas llevaban esa flor durante las procesiones del cuarto domingo de Cuaresma, el llamado domingo Laetare. El Papa Eugenio III puso en relación este hecho con la pasión de Cristo: el oro como símbolo de la resurrección y las espinas como símbolo del sufrimiento.
En otros tiempos, esas rosas se conferían también a dignatarios de la Iglesia, para distinguirlos, pero también para recordarles las responsabilidades asociadas al ser cristiano. El círculo de los que recibían rosas de oro se fue ampliando a reyes, príncipes, abadías y santuarios. Actualmente, solo los santuarios son objeto de esa predilección.
La rosa de oro es una condecoración otorgada por el Papa a personalidades católicas preeminentes, usualmente reinas. También la han recibido algunas advocaciones de la Virgen María. Fue creada por León IX en 1049. Como su nombre indica, consiste en un rosal de oro con flores, botones y hojas, colocado en un vaso de plata renacentista en un estuche de oropel con el escudo papal. El Papa la bendice el cuarto domingo de Cuaresma. La unge con el Santo Crisma y se la inciensa, de modo que es un sacramental.
Con ésta, Fátima tendrá ya tres rosas de oro. La primera la envió Pablo VI, el 28 de marzo de 1965, durante la tercera sesión del Concilio Vaticano II. La segunda la entregó Benedicto XVI, durante su visita a Fátima, el 12 de mayo de 2010.

La tercera acaba de entregarla hoy mismo Francisco. A él le gustan mucho más las naturales, pero el protocolo es el protocolo. Y así estamos.
Y por la misma razón mi obispo, que además es cardenal, está ausente de los actos protocolarios en honor del patrono de mi ciudad, San Pedro Regalado; ha de acompañar a la comitiva papal en su visita a Fátima. De esta forma ha dado al traste con el programa de las fuerzas vivas ciudadanas que le asignaban el puesto principal en la ceremonia que en esta fecha se celebra en El Salvador. En mi pequeñez, recuerdo asomarme desde el mirador de la casa de mis abuelos para contemplar el revuelto que tal que hoy se organizaba en la coqueta plaza. Era tal el gentío que se convocaba que solo cabezas distinguía; sin reconocer a nadie, por supuesto. Pero mi abuela Jesusa sí lo conseguía, y daba gritos de alegría nombrando a personas por ella conocidas, de manera que aquella mañana era una fiesta también familiar.
Aprovecho la ocasión para rendir mi tributo particular a nuestro paisano Pedro Regalado.
“Saliendo San Pedro Regalado del convento del Abrojo para Valladolid, sin saber que hubiese fiesta de toros,
se escapó uno de la plaza y le acometió furioso, el santo después de implorar al cielo, le mandó se postrase y lo ejecutó rendido.
Quitóle el Santo las garrochas y echándole la bendición le mandó que se fuese sin que hiciese mal a nadie, lo que ejecutó el bruto”.

(De la vida del santo vallisoletano, patrono de su Ciudad y de los Toreros.)
 Lienzo pintado por fray Diego de Frutos.
San Pedro Regalado fue un monje franciscano que vivió en el S. XV y fue canonizado por sus acciones de caridad, su dedicación a los pobres y sus obras milagrosas. Nació en la calle de la Platería en 1390, hijo del hidalgo Pedro Regalado y Doña María de Costanilla. Muy pronto fue bautizado en la actual iglesia de San Salvador, que por aquel entonces se llamaba iglesia de Santa Elena.
Dicen que desde pequeñito ya mostraba verdadera devoción por las causas religiosas, y que se le podía ver cada día con su madre camino del convento de San Francisco (ya desaparecido y que entonces estaba en la Plaza Mayor) y que durante la misa, llamaba la atención siempre de las gentes por su disposición y colaboración durante las celebraciones.
Cuando contaba con tan solo 14 años, ocurrió algo que le influiría de manera decisiva en su vida: llega a Valladolid Francisco Pedro Villacreces, Maestro en Teología por París, Tolosa y Salamanca. Este religioso quería reformar la Orden Franciscana de Castilla y buscaba seguidores de su causa. Pedro decide unirse a él y parte hacia La Aguilera (cerca de Aranda de Duero) dejando Valladolid y despidiéndose de su madre para dedicarse a la vida regular.
En La Aguilera Pedro vivió dedicado a rezar durante doce horas diarias, a trabajar y recoger limosna y estudiar para ser ordenado sacerdote. En 1412 ofició por fin su primera Misa y a partir de entonces predicó la palabra de Dios por distintos lugares y empezó a ser conocido entre las gentes por realizar diferentes obras y realizar varios milagros de bilocación (es decir que testigos de la época indican que le vieron en dos lugares al mismo tiempo).
El milagro más importante por el que se le conoce está recogido en su proceso de canonización, y describe como Pedro, durante la madrugada de la fiesta de la Anunciación de la Virgen María, está rezando maitines en el convento de El Abrojo y al sentir añoranza de honrar a María en La Aguilera, se transporta y aparece en La Aguilera, que estaba a ochenta kilómetros, y tras honrar a la Virgen María, regresa de vuelta.
Su fama cobró tal importancia después de su muerte, que incluso la Reina Isabel la Católica visitó su tumba en el Monasterio de La Aguilera.
En el año 1746 el Papa Benedicto XIV decide declarar Santo a Pedro Regalado. Esta noticia tuvo gran impacto en la época en Valladolid y se celebró con gran júbilo y por eso ese mismo año se decidió nombrarlo  patrón de Valladolid.
Y además es el patrón de los toreros…
Uno de los milagros que se le atribuyen tiene que ver con ¡un toro!
Cuentan que saliendo San Pedro Regalado del convento de El Abrojo (cerca de Laguna de Duero) hacia Valladolid iba rezando con un compañero y les sorprendió un toro que se había escapado de la plaza mientras se celebraba una corrida.
Pedro se acercó al toro y tras clamar al cielo, le ordenó agacharse y el animal se sometió a él. Pedro le quitó los hierros, lo bendijo y le mandó partir sin hacer daño a nadie y así ocurrió.

Que viene el señor obispo


El obispo suele acudir a sus citas parroquiales, tanto si se trata de la visita pastoral como si de conferir el sacramento de la confirmación, acompañado de alguien, que le acolita en las celebraciones. Los párrocos poco tenemos que preocuparnos por el ritual suyo, salvo en los preparativos. Así me ha sucedido siempre. De los tres que me han visitado a lo largo de mi vida el más puntilloso ha sido don José Delicado Baeza y el que menos don Braulio Rodríguez Plaza.
Aún recuerdo cómo le pedíamos a don José que se desprendiera de la mitra y del báculo cuando oficiaba en la pequeña capilla. Pegaba con ambos en el techo. Por respeto a vosotros, nos respondía. No puedo celebrar en vuestra casa sin ser y aparentar lo que soy, vuestro obispo.
Don Braulio era menos exigente. Incluso un día prescindió de la estola cuando se dio cuenta de que se había puesto ya la casulla. Sin embargo era de crismar sentado y con el báculo en la mano, como mandan las rúbricas.
Las últimas seis veces ha venido Luis Argüello, siendo vicario general. Y no ha sido necesario tener en cuenta tanto ese ritual.
Al venir de nuevo, pero ya de obispo, no digo que vaya a perder frescura y espontaneidad; pero sí tendremos que agarrarnos al ritual de los obispos, que para eso está.
Esto me da pie para lanzar una queja cariñosa y con respeto a quien corresponda. Pase que en las Eucaristías estacionales se observe con todo detalle el ceremonial. El obispo en su sede y con su clero catedralicio y el resto diocesano, debe ejercer de tal con todas las cláusulas y consecuencias. Pero cuando se acerca a las parroquias, la liturgia debiera ser más cercana, con signos y gestos que no necesiten explicación porque se entienden a la primera. La gente normal y sencilla no necesita tantas cosas a las que no está acostumbrada ni entiende.
Con harta frecuencia la visita del obispo significa que la celebración se alarga sobremanera y se llena de ritos completamente desconocidos en la vida ordinaria. Al final, lo que queda es si ha mostrado cercanía en el trato, sencillez y claridad en su homilía, y no sale pitando diciendo que tiene prisa. Y si no ha corregido ni llamado la atención sobre pequeñas irregularidades que suelen darse en las parroquias.
Don José, por ejemplo, nos riñó porque no nos poníamos en pie ni de rodillas durante la plegaria eucarística. Isabel “la Chepuda” le hizo caer en la cuenta de que ni podemos movernos durante toda la misa de lo encajados que estamos en estos asientos aprovechados de un viejo cine desmantelado. Háganos una más grande, y verá como nos levantamos. No hubo réplica. Tampoco iglesia nueva… hasta que la hicimos nosotros. Cuando la visitó ni siquiera nos preguntó por el confesonario; a la vista estaba que no lo había.
En cierta ocasión, durante unos ejercicios espirituales, me tocó por turno concelebrar con un obispo, don Juan María Uriarte. Al terminar la Eucaristía, ya en la sacristía, a los cuatro que le acompañábamos nos recriminó que hubiésemos besado el altar, y nos aconsejó que consultáramos el manual. En efecto, sólo el obispo celebrante debe hacerlo, y los sacerdotes acompañantes hacen reverencia únicamente. Recuerdo aquel gesto con escozor. Fue innecesaria aquella regañina.
Luego he podido comprobarlo cuando he participado en la catedral en las pocas ocasiones en que me persono allí al cabo del año. Pero es que entonces estoy situado bastante lejos del presbiterio, y no hay ocasión propicia para ello. A distancia parece que no te sale el beso.
En fin, que el ritual de los obispos es asaz enmarañado y carente de significado para la mayoría de las personas que asisten a sus celebraciones muy de vez en cuando. Ejemplo de ello es esto que he encontrado, preparándome para recibir a Luis, obispo, en mi parroquia.

Pasos Para Acolitar Con Obispo

Ritos Iniciales:
1. Al iniciar la misa, el obispo después de besar el altar se le recoge el báculo y la mitra.

Liturgia de la palabra:
1. Cuando el obispo se sienta para escuchar las lecturas al igual que el pueblo, se le da la mitra.
Momento del Evangelio:
1. Una vez terminada la segunda lectura, el obispo le hecha incienso al incensario, después el diácono o sacerdote le pide su bendición para proclamar el evangelio, después se le recoge la mitra y se le da el báculo.
2. Una vez proclamado el evangelio, antes de que el sacerdote o diácono llegue hacia el obispo para que éste bese el evangeliario o el leccionario, se le quita el báculo. Una vez que besó el evangeliario se le da la mitra.

Momento del sacramento de la confirmación (cuando se realiza el sacramento de la confirmación)

1. Presentación (mitra)
2. Homilía (mitra)
3. Renovación de las promesas bautismal (mitra)
4. Imposición de manos (se le quita la mitra)
5. Unción del Santo Crisma (se le da la mitra y el báculo) una vez que terminó de
Imponer el Santo Crisma, se recomienda recoger el báculo y la mitra para poder lavarse bien las manos el obispo.
6. Oración universal (sin mitra)
Ofrendas
1. Una vez terminado la oración universal, el obispo va y se sienta para que el diácono o sacerdote preparen el altar con los dones, al momento de sentarse se le da la mitra. Una vez terminado el diácono o sacerdote de preparar los dones, éste invita al obispo para hacer oración sobre los dones, en este momento se le da el báculo y se le recoge cuando llegue al altar (es un movimiento rápido por ser a veces breves la distancia), una vez recogido el báculo se le recoge también la mitra.

Liturgia Eucarística:
1. Después de la oración sobre las ofrendas, se le quita el solideo (el Señor esté con ustedes…)

Ritos Finales:
1. Cuando ya se hay terminado de administrar la comunión, se guarda un momento de silencio (obispo sentado) en este momento se le da el solideo.
2. Al terminar la oración después de la comunión, se le da la mitra y el báculo, esto lo conserva hasta que llegue a la sacristía.

Ya me gustaría que se me explicara el sentido y razón de tanto coger báculo, quitarse mitra y ponerse bonete. O su contraria, que tampoco la entiendo.

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