Dios de la vida. Orando con Karl Rahner

Esta entrada va de homenaje a una persona muy especial, a quien no conocí, pero que me ha influido de manera muy especial. Lo hizo entonces, cuando estudiaba y él era el referente máximo de todos los saberes teológicos. Lo hizo después, pasados los terrores de exámenes orales y escritos para sacar un título que se nos exigía, cuando en la calma de la lectura reposada y reflexiva accedí más y mejor a su pensamiento, a su reflexión, a su vida interior. Y lo siguió haciendo cuando, llevado por la muerte de este mundo de los seudovivos, su persona, su saber y su enseñanza fueron puestos en solfa por petimetres, eso sí de muy alta alcurnia, que más bien envidian su enorme dimensión humana, cristiana, teológica… y que ¡qué más quisieran ellos que servirle para suela de zapatos!

Me refiero a Karl Rahner

Decir quién es Rahner mejor que yo, lo hace Víctor Codina en este trozo de un artículo muy bueno, aunque un poco largo. Es del año 2004, y se titula

El misterio absoluto de Dios. (Karl Rahner) (Biografía)



En este año se ha conmemorado el centenario del nacimiento y 20 años de la muerte del jesuita K. Rahner, llamado por algunos "Padre de la Iglesia del siglo XX", o "el gran teólogo del siglo XX". Fuera de sus muchos escritos, las huellas de su pensamiento teológico han quedado registradas en varios documentos del Concilio Vaticano II. En este texto, un discípulo del teólogo alemán esboza algunos rasgos de su personalidad y de su aporte a la Iglesia. Innsbruck es una bellísima ciudad austriaca, a orillas del río Inn, rodeada por altas cadenas montañosas alpinas siempre nevadas, famosa estación de esquí y sede de juegos olímpicos de invierno. En esa ciudad, en el curso 1961-1962, fui discípulo del jesuita Karl Rahner.

De mediana estatura y recia complexión, Karl Rahner impresionaba por la seriedad de su rostro y la profundidad de su mirada. Un tanto arisco, sin la bonhomía de su hermano Hugo, ocultaba sin embargo un sentido alegre de la vida, una fina ironía y una cordialidad que fue creciendo con los años. Un día nos desconcertó pidiéndonos a los jesuitas extranjeros que estudiábamos era Innsbruck estampillas para un asilo de niños que solía visitar. Muy metódico en su vida, se levantaba muy temprano, oraba y celebraba la eucaristía y a primeras horas de la mañana ya estaba trabajando en su habitación. Preparaba sus clases por escrito, pero una vez en el aula prescindía de sus papeles y, paseándose, improvisaba nuevas reflexiones. Esto sucedía mucho más en los seminarios y en los coloquios del viernes en la noche, donde se sometía a toda clase de preguntas. Muchos de sus escritos son fruto de estas elucubraciones espontáneas que luego dictaba a sus amanuenses. Tenía entonces 57 años, y estaba en plena madurez intelectual y en una fase de gran creatividad teológica.

Karl Rahner nació en Friburgo de Brisgovia, Alemania, era 1904. Ingresa en 1922 a la Compañía de Jesús, era la que ya estaba su hermano mayor Hugo. Después de sus estudios de filosofía y teología en Pullach, junto a Munich, y en Valkenburg (Holanda), completa su formación filosófica bajo la dirección de Heidegger. Estudia a Kant, Maréchal y Heidegger para un trabajo sobre el conocimiento según Santo Tomás. Su obra Espíritu en el mundo no es aceptada como tesis en filosofía. Pero Rahner pasa de la filosofía a la teología, estudia los Padres de la Iglesia y la espiritualidad antigua, se gradúa con una tesis de teología sobre el origen simbólico de la Iglesia del costado de Jesús, se especializa en la historia de la penitencia y comienza a enseñar teología sistemática en Innsbruck en 1936. Después de la ocupación nazi y de la clausura de la universidad de Innsbruck, Rahner pasa a Viena donde desarrolla una intensa actividad en el Instituto de Pastoral y luego como párroco en un pueblo de Baviera.

TEÓLOGO VIGILADO Y DESPUÉS HONRADO

Terminada la segunda guerra mundial, enseña de nuevo teología, primero en Pullach (1945-1948) y luego en Innsbruck donde es nombrado profesor titular en 1949 y donde leccionará hasta 1964. En los años posteriores a la carta encíclica El género humano de Pío XII contra la "Nouvelle théologie", y en el ambiente de sospecha reinante, Rahner es vigilado por el Vaticano y no puede escribir libros sin censura de Roma. El cardenal Ottaviani le dijo que esto era un privilegio, para defenderlo de sus acusadores. Rahner le contestó que renunciaba a este privilegio... El obispo de Innsbruck Paul Rusch lo tenía por peligroso, y en cambio el cardenal de Viena, Franz Konig, lo nombró asesor personal suyo para el Concilio Vaticano II. En 1964 es llamado a Munich para sustituir a Romano Guardini en su cátedra de cosmovisión cristiana y filosofía de la religión. En 1967 pasa a la universidad de Munster donde se jubilaría en 1971.

Nombrado por Juan XXIII consultor de la comisión preparatoria del Vaticano II, Pablo VI le agradeció en 1963 personalmente su labor teológica y le animó a seguir su camino. Su influjo en el Vaticano II fue muy notable. De 1969 a 1974 fue también miembro de la Pontificia Comisión Teológica. En los últimos años de su vida continuó activo, asistiendo a congresos y diálogos, y fue nombrado Doctor Honoris Causa en varias universidades. Muere en Innsbruck en 1984 a los 80 años.

Su producción escrita sobrepasa los dos mil títulos. Publica 15 volúmenes de Escritos de Teología, las Cuestiones disputadas, Misión y Gracia; inspira y colabora en Sacramentum mundi, el Diccionario de Teología e Iglesia, el Manual de Pastoral, la colección Mysterium salutis y la revista Concilium. Al final de su vida hace una síntesis de su enseñanza en el Curso fundamental de la fe. Su estilo es difícil incluso para los alemanes. Su hermano Hugo decía, con su fina ironía, que cuando fuera viejo traduciría la obra de su hermano Karl al alemán. Karl Rahner es uno de los teólogos más famosos del siglo XX, "el gran teólogo del siglo XX" según muchos, "Padre de la Iglesia del siglo XX" según algunos. Lo cierto es que nada es igual después de Rahner. Transformó la teología de una escolástica decadente en una ciencia viva. "Rahner hasta de la piedra saca teología", recuerdo que me dijo un día Ignacio Ellacuría, mi condiscípulo en Innsbruck. Este año 2004 se cumple el centenario de su nacimiento y el vigésimo aniversario de su muerte. Con este motivo universidades y revistas le dedican un justo homenaje.

HOMBRE RELIGIOSO

Le preguntaron a Rahner poco antes de morir si esta etapa de su vida, llena de homenajes y honores pero ya en plena jubilación, tenía todavía mucho sentido para él. Rahner contestó que, al contrario, estaba en el momento más apasionante de su vida, pues se acercaba lentamente al encuentro definitivo con el Misterio Absoluto. Esta anécdota histórica muestra algo muy característico de Rahner, que marca su filosofía y teología: la apertura del ser humano al Misterio Absoluto de Dios.

La palabra Misterio, despreciada por pensadores racionalistas de siglos pasados, es retomada por Rahner como concepto límite y fundamental de la estructura humana, como horizonte Último del pensamiento y de la actividad humana. Todo ser humano, "espíritu en el mundo", se abre a este Misterio Absoluto, está ordenado al Misterio insondable, al Misterio santo y sin orillas, aunque no tenga conciencia de ello. Esta tensión es intelectual y se consuma en el amor.

Por esto todo ser humano está abierto a una posible revelación de Dios; es, como dice Rahner un "oyente de la palabra". Debe escrutar la historia para ver si este Misterio Absoluto se ha comunicado a la humanidad.

De esta especie de teología fundamental pasa Rahner a la dogmática sistemática. Para cuantos tenemos fe, este Misterio Absoluto se nos ha revelado en Jesús, que es la autocomunicación de Dios a la humanidad, el "sí" de Dios al mundo, el modelo del ser humano. En una célebre meditación sobre la Navidad, Rahner describe el silencio del corazón humano en espera de que la Palabra irrumpa con su luz en la noche del mundo. Rahner siente una gran ternura ante la humanidad de Jesús, a la cual da un valor permanente para nuestra relación con Dios que se nos ha revelado como Padre. Amar a Jesús significa algo fundamental para todo cristiano y para todo ser humano. La resurrección de Jesús es la victoria de la fuerza definitiva de Dios sobre la muerte y el pecado. Esto lleva a Rahner a afirmar que el misterio de la Trinidad en su dimensión salvífica hacia fuera, nos revela el misterio más íntimo de su vida divina y viceversa.

Sin duda la espiritualidad ignaciana alimentó todas estas vivencias en Rahner. El sentido de la Divina Majestad, el conocimiento, amor y seguimiento de Jesús, la búsqueda de la voluntad de Dios, el Dios que se comunica... son temas de los Ejercicios ignacianos que resuenan fuertemente en el pensamiento rahneriano. Rahner dedicó varias obras a profundizar la espiritualidad ignaciana, el discernimiento de espíritus y la elección, la alegría en el mundo de la espiritualidad ignaciana, lo que diría Ignacio a los jesuitas de hoy... Rahner no sería comprensible sin su pertenencia a la Compañía de Jesús.

HOMBRE DE IGLESIA

La Iglesia, como comunidad de la gracia victoriosa de Dios, es el símbolo y sacramento de Jesús en el mundo. Los siete sacramentos no son más que los momentos fundamentales de este sacramento radical que es la Iglesia de Jesús. Las afirmaciones del Vaticano II sobre la Iglesia como sacramento le deben mucho a Rahner.

La Sagrada Escritura es el libro de la Iglesia y está inspirada en la medida en que Dios quiere la Iglesia y se necesita la Escritura como su norma fundante. Rahner, fiel a su concepción del ser humano como abierto al Misterio, llega a afirmar que quien actúe conforme a su conciencia y ame a los demás está movido por la gracia de Cristo y de la Iglesia y llega al Misterio Absoluto, aunque no lo sepa nombrar ni diferenciar de otras experiencias humanas. Este es un "cristiano anónimo", noción que ha sido criticada por muchos, pero que marca una apertura de Rahner al diálogo interreligioso, superando el eclesiocentrismo que afirmaba que "fuera de la Iglesia no hay salvación". Las religiones no cristianas, sus fundadores y sus estructuras son "medios salvíficos" para la mayor parte de la humanidad. Dios se revela en el corazón de todos los seres humanos pero esta revelación alcanza su culmen en la revelación histórica de Jesús de Nazaret.

Estas afirmaciones de Rahner sobre la Iglesia le llevan a un profundo amor a la Iglesia y a una fidelidad a su misión y a su magisterio. No casualmente Rahner publicó una edición del Denzinger, compendio de definiciones y…


*  *  *

De este pensador profundo, díficil tantas veces de leer, complicado de entender, pero sabrosísimo cuando se llega a conseguir lo uno y lo otro, es esta plegaria, una oración recogida por Karl Lehmann en el libro "Karl Rahner. Oraciones de vida", Publicaciones Claretianas, Madrid 1986, págs. 181-186.


DIOS DE LOS VIVOS





     Quiero recordar delante de ti a mis difuntos. Señor, a todos aquellos que alguna vez me pertenecieron y se han apartado de mi. Son muchos; tantos que de una mirada no puedo abarcarlos todos, sino que otra vez debo recorrer el camino de mi vida con el recuerdo, si mi dolor quiere volver a saludarlos a todos.


     Cuando así lo hago es como si en la calle de mi vida pasara un desfile de hombres y en cada momento, alguno de ellos, calladamente y sin decir adiós, se desviara de este desfile, y apartándose del camino se perdiera en la negrura de la noche. Mi comitiva se vuelve más y más pequeña porque sólo aparentemente hombres nuevos aparecen en el camino de mi vida para viajar conmigo. Ciertamente muchos van por la misma calle, pero propiamente conmigo peregrinan tan sólo los que en otro tiempo comenzaron juntamente conmigo, los que ya estaban allí cuando yo comenzaba mi ruta hacia ti, Dios mío, los que estaban muy cerca de mi corazón y aún lo están. Los otros son camaradas de viaje en el mismo camino, y de éstos hay muchos: nos saludamos y ayudamos mutuamente y siempre vienen nuevos y se retiran. Pero propiamente el desfile de mi vida, formado por aquellos que se aman, se hace cada vez más pequeño y callado, hasta que por fin también yo, silenciosamente, me desvíe del camino y me aparte sin despedida ni regreso.


     Por eso mi corazón está con ellos, con aquellos que ya se alejaron de mí. No hay otro sustituto para ellos: no existe ningún otro hombre que pudiera rehacer un grupo de hombres que verdaderamente se aman, cuando repentinamente, y sin esperarlo, alguno de ellos ya no existe. Porque tratándose de amor verdadero, ninguno puede sustituir al otro. Porque el verdadero amor ama al otro con aquella profundidad que es característica de cada uno. Por eso, cada uno de los que se fueron se llevó un trozo de mi corazón -sí, cuántas veces el corazón entero-, cuando la muerte pasó a través de mi vida. Para quien verdaderamente amó y ama, la vida se torna, ya antes de la muerte, en un vivir con los muertos. Porque el que ama, ¿podría olvidar a sus muertos? Y si alguno verdaderamente amó su «haber olvidado» y su «haber llorado», no es un signo de estar ya consolado, sino del carácter definitivo de su luto, un signo de que una parte del propio corazón realmente murió con ellos y ahora está muerto en vida, y por eso ya no puede seguir lamentándose.


     Así vivo con los muertos, con aquellos que me precedieron hacia la oscura noche de los muertos donde ninguno puede ya hacer cosa alguna.


     Pero, ¿cómo puedo vivir con los muertos en la idéntica realidad de un mismo autor, mío y de ellos? Respóndeme Tú, Dios mío, que te has llamado Dios de los vivos y no de los muertos. ¿Cómo puedo vivir con ellos? ¿De qué me sirve cuando digo -e inclusive los filósofos me demuestran- que todavía existen y siguen viviendo? ¿Están conmigo? Porque amaba a los muertos y todavía los amo, debo estar con ellos. Pero ¿están ellos también conmigo? Ellos ya se fueron, están en silencio. Ni una palabra suya llega a mi oído. Ni una suave muestra de su cariño vuelve a llenar mi corazón. ¡Cuán callados están los muertos! ¡Cuán muertos están los muertos!


     Entonces, ¿quieren ellos que los olvide, como se olvida uno de cualquiera con quien accidentalmente se encontró en un viaje y cambió un par de palabras indiferentes? Si aquellos que en tu amor partieron de este mundo no perdieron la vida, sino que se transformó en vida eterna, ilimitada y sobreabundante, entonces ¿por qué para mí son como si ya no existieran? ¿Acaso la luz -tu luz, Dios mío- en la cual penetraron es tan débil que no puede bajar hasta donde estoy? ¿Sólo pueden estar contigo a condición de que también su amor, no sólo su cuerpo, me abandone? Mi pregunta se vuelve de ellos a ti, Dios mío, que quieres ser llamado el Dios de los vivos y no de los muertos.


     Pero ¿cómo he de preguntarte? Tú estás tan mudo como los muertos, aunque también te amo a ti como amo a mis muertos, aquellos lejanos y silenciosos desaparecidos que entraron en la noche. ¿Qué respuesta perceptible das a mi amor cuando te llama y pide una señal de que tu amor hacia mí vive y está conmigo? ¿Puedo quejarme de mis muertos cuando su silencio no es más que el eco de tu silencio? ¿O es tu silencio una respuesta a mi queja de su silencio?


     Así ha de ser, porque eres la última, aunque incomprensible, respuesta a todas las preguntas de mi corazón. Yo sé por qué guardas silencio: tu silencio es la estancia sin límites en la cual mi amor sólo puede existir en tu amor por la acción de la fe. Si tu amor hacia mí se me hubiera revelado en esta vida terrena, manifestándome claramente que soy amado por ti, ¿entonces cómo podría demostrarte un ánimo osado y la fidelidad de mi amor? ¿Cómo podría salirme por la fe -mediante el éxtasis de la fe y del amor- de este mundo, y amando salirme hacia tu mundo y entrar dentro de tu corazón?


     Para que mi amor se descubra en la fe, tu amor se ha ocultado en el silencio de tu quietud. Me has abandonado para que yo te encuentre. Porque si estuvieras conmigo siempre me encontraría sólo a mí al buscarte a ti. Debo salir de mí si he de encontrarte allí donde Tú puedes ser Tú mismo. Porque tu amor es infinito, únicamente puede vivir en tu infinitud, y porque me quieres mostrar tu amor infinito, me lo has escondido en mi finitud y me llamas para que salga de ella. Y mi fe en ti no es otra cosa que el oscuro camino en la noche, entre la casa desamparada de mi vida, con sus reducidas y pobremente iluminadas estancias, y la luz de tu vida eterna. Tu silencio en este tiempo de mi vida terrena no es otra cosa que la manifestación terrena del Verbo eterno de tu amor.


     Así mis muertos imitan tu silencio: porque entraron en tu Vida, están ocultos para mí. Porque las palabras de su amor se confundieron con el júbilo de tu amor infinito, ya no penetran en mi oído. Viven la infinitud de tu vida y de tu amor, por eso su amor y vida ya no entran en el estrecho recinto de aquello que yo llamo mi vida y mi amor. Vivo una vida que no es más que una larga agonía -«prolixitas mortis», llama tu Iglesia a esta vida-, por eso nada experimento de su vida eterna que no recuerde la muerte.


     Pero así es precisamente como viven también para mí. Porque su silencio es su clamor más agudo. Porque es el son de tu silencio. Porque es el son que vibra al unísono con tu palabra que nos habla mientras nos envuelve a nosotros y nuestras palabras en su silencio frente al fuerte ruido de nuestra actividad y de las angustiosas y precipitadas protestas mediante las cuales los hombres aseguramos nuestros recíprocos amores. Así tu palabra, llamándonos, nos introduce en tu vida. Así nos ordenas, por medio de la obra del amor, que es la fe osada, dejarnos a nosotros mismos para encontrar una base eterna en tu vida. Y exactamente así también llama y ordena el silencio de mis muertos que viven en tu vida y por ello me dirigen juntamente conmigo tu palabra, Dios de mi vida, la cual está lejos de mi muerte. Porque están vivos callan, así como nuestras ruidosas conversaciones nos deben hacer olvidar que somos moribundos. Y su silencio es la palabra de su amor a mí, la palabra de amor que me dirigen.


     Dios silencioso, Dios de los muertos silenciosos. Dios vivo de los vivos, que hablas mediante el silencio. Dios de aquellos que mediante su silencio quieren llamarme hacia tu vida, haz que no olvide a mis muertos y a mis vivos. Que mi amor hacia ellos, mi fidelidad a ellos sea testimonio de mi fe en ti, Dios de vida eterna. Haz que no oiga en vano su silencio, el silencio que es la palabra más última de su amor. Que ésta su más íntima palabra me acompañe cuando partan de mí, para que su amor, penetrando en ti, esté más cerca de mí. Alma, no olvides a los muertos. Viven. Viven tu propia vida, que aún está encubierta por ti, ya sin velo en la luz eterna. Que tus vivos, Dios de los vivos, no me olviden a mí que soy un muerto. Concédeles, Dios, que ya les has concedido todo y a ti mismo, también esto: que su silencio se convierta en la expresión más explícita de su amor hacia mí, que se transforme en una palabra que conduzca mi amor hacia ellos, hasta su vida y su luz.


     Si mi vida es y se vuelve cada vez más una vida con los muertos que me han precedido en la oscura noche de la muerte, en la cual nadie puede ya obrar, entonces tórnese mi vida, por obra de tu gracia, cada vez más una vida de fe guiada por tu luz en la noche de mi vida. Entonces yo vivo con los vivos que se me han adelantado con el signo de la fe hacia el día luminoso de tu vida, en el cual ya ninguno debe obrar, porque Tú mismo eres este día, Tú, plenitud de toda realidad, Dios de los vivos.

     Cuando digo: Señor, dales el descanso eterno y alúmbreles la luz eterna, que mi oración sea solamente el eco de la palabra de amor, que ellos mismos hablan por mí en la quietud de su eternidad: Señor, dale al que amamos en tu amor, como nunca antes, dale, después de la lucha de su vida, el descanso eterno y también alúmbrele tu luz eterna como a nosotros. Alma, no olvides a los muertos. Dios de todos los vivos, no te olvides de mí, muerto, para que algún día también tú seas vida. Amén.

10 comentarios:

Maria Luisa dijo...

Miguel Ángel que persona más interesante,nos has traido hoy para conocerlo.
Con tu permiso me he apropiado de un pequeño texto.

"Alma, no olvides a los muertos. Viven.Viven tu propia vida, que aún está encubierta por ti, ya sin velo en la luz eterna.
Que tus vivos, Dios de los vivos, no me olviden a mí que soy un muerto.
Concédeles, Dios que ya les has concedido todo y a ti mismo también esto: que su silencio se convierta en la expresión más explicíta de su amor hacia mí, que se transforme en una plabra que conduzca mi amor hacía ellos, hasta su vida y su luz"

Me parece precioso, esta noche lo volveré a releer y sé que me dará paz.

Un besote desde el Cinca Medio.

Mónica dijo...

He oído mucho hablar de K. Rahner. Se le cita en numerosos documentos y textos, pero no conocía toda su trayectoria. La oración la he guardado para leerla con más detenimiento en éste puente. ¡Gracias! ¡tiene buena pinta!

emejota dijo...

Para calificar las experiencias de cualquier tipo de una persona resulta muy importante conocer su ascendencia y entorno. El hecho de ser germanico, dice mucho, austríaco, aún más, puesto que un entorno como el de Innsbruck,(por donde también he tenido la fortuna de corretear junto a mis alemanitos) es fuente de inspiración para mentes con tendencia a la elevación filosófica y a la mística. Vaya, acabo de relacionar la montaña como símbolo de "ascensión", "búsqueda de lo superior", en muchas ocasiones "mística". Los montañeros estan hechos de un "material muy específico" y se pueden encontrar muchas correlaciones.
Los términos en los que esta emoción y sentimiento se manifiestan ya dependen de las coordenadas espacio temporales en las que el individuo haya nacido.
Quizás si lo hubiera hecho en el Tibet o en la India, o en China, hubiera sustituido la palabra Nirvana, y si hubiera nacido en un entorno no confesional, como el de mis nietos, y por supuesto unos ochenta años más tarde, sus términos serían diferentes, pero la emoción permanecería incólume.
Esto es lo más ecuánime que puedo escribir con respecto a unas emociones que seguramente pueda compartir con su persona, pero no con su terminología. U.F.A.

Miguel Ángel dijo...

María Luisa, ¡bien interesante y la de gente a la que ayudó a reconocer y venerar con unción el misterio profundo que nos habita y que se puro grande se nos sale hasta por las orejas!
Toma lo que te guste. Un abrazo cristalino desde un río, el Pisuerga, de aguas más bien oscuras. Pero es lo que hay por acá.


Mónica, ahora ya no está bien visto citar a Rahner, se le achacan muchos males y desviaciones, pero su pensamiento ahí sigue, y es posible que algún día se aproveche del todo, como se merece. Esta oración suya puede servir muy bien para ambientar estos días próximos; la muerte y los muertos son demasiado serios como para hacer de ellos chirigota.


emejota, puedes estar segura de que si alguien fue (no sólo estuvo) abierto al diálogo con todas las culturas, creencias, sentimientos y emociones, esa persona no le ganaría a Karl Rahner. En cuanto a la terminología, puedes no compartirla, pero eso ni quita ni pone. Entre quienes fueron a beber de sus fuentes hubo de los cincos continentes, razas infinitas y bolsillos ni te cuento. Discípul@s suy@s viven en palacios y en chabolas, calzan mocasines para caminar y suaves zapatos de ante que pisan mullidos tapices de embajadas, escriben con lápiz y papel o en teclados de última generación. Y much@s han sido, son ahora y serán en el futuro, mártires por la causa del ser humano, lo más divino que han encontrado para dar la propia vida. TBO.

Encarni dijo...

Tal vez mi fe hubiera sido otra, si en mi camino se hubiera encontrado una persona como esta que has dedicado tu entrada, pero ahora sólo puedo sentir admiración.

Miguel Ángel dijo...

Encarni, todos seríamos diferentes con toda probabilidad si no hubiéramos tenido a nuestro lado a las personas que nos han acompañado o a quienes en algún momento se han cruzado con nosotros. Muchas habrán sido objeto de nuestra admiración; algunas, tal vez, de todo lo contrario. Así nos hemos ido haciendo.
La fe, sin embargo, no depende de ello, aunque tú pienses que sí.
Algo parecido iban diciendo dos judíos del tiempo antiguo de vuelta a su pueblo, llamado Emaús. Habían admirado a alguien que les había dejado en la estacada, dejándose matar. Tuvieron, sin embargo, la buena idea de volver a juntarse con los suyos, y juntos alcanzaron la fe.
Karl Rahner es sólo uno dentro de una multitud. Busca y encontrarás. Que tengas suerte.

Encarni dijo...

Yo busqué y encontré, pero también la perdí (la fe), no me preguntes cómo pero ocurrió, ahora creo en otras cosas, y pienso que están aquí.

Lo que no quiero perder es la fe en mí misma, aunque parezca egoísta, no lo es.

Miguel Ángel dijo...

Encarni, "El que tiene fe en sí mismo no necesita que los demás crean en él." Parece ser que es una frase de Unamuno. En todo caso él, don Miguel, no dejó en ningún momento de su vida de seguir buscando.

mª pilar dijo...

Ufff... ¡Expléndido Karl Rahner!
En este momento especial de mi camino, me ha dado luz, para esas preguntas que el plantea con tanta lucidez.
¡Gracias Miguel Angel! Hoy ha sido muy provechosa la entrada en tu "casa". ¡¡¡Gracias!!!
Un abrazo entrañable. mª pilar

Gonzalo dijo...

Morar en medio de la cercana incomprensibilidad de Dios, ser amado por Dios mismo de tal suerte que el primero y último don sea la misma infinitud e incomprensibilidad de Dios, esto es terrible y gozoso a la vez. Pero no nos queda otra opción. Dios está con nosotros. KR

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