Una pasión auténtica VII: Bajó a los infiernos

Centurión - El rey Herodes le devuelve al prisionero, gobernador Pilato, y me ha mandado a decirle que le confirma cualquier decisión que usted tome.
Pilato - ¿Anjá? Con que tampoco Herodes quiere hacerse cargo de su súbdito…
Centurión - También me ha mandado a decirle que ha recibido un cargamento del mejor vino de Arabia. Y que hoy, al atardecer, víspera del gran Sábado, querría probarlo con usted.
Pilato - Vaya, vaya, eso me gusta más.
Centurión - Buen vino y buenas mujeres. Ya usted sabe cómo son las fiestas en el palacio del tetrarca.
Pilato - Claro que lo sé. No hay en todo el país un sinvergüenza mayor que él. ¡Pero hay que reconocer que nadie organiza mejores francachelas! Envía un mensajero y dile a Herodes que seremos muy puntuales en llegar a la fiesta. ¡Y muy impuntuales en salir de ella!
Centurión - Entendido, gobernador.
Pilato - Bien, centurión, puede retirarse.
Centurión - Con perdón, gobernador. Tengo al prisionero abajo. ¿Qué hago con él?
Pilato - Ah, sí, se me estaba olvidando el nazareno. Hazlo hablar. Quiero más datos sobre ese grupo con el que trabaja.
Centurión - ¿Azotes?
Pilato - Azotes y lo que haga falta. Hasta que hable. Averigua qué planes tiene, dónde se reúnen y, sobre todo, quiénes más están en la conspiración. Quiero nombres, ¿entiendes? Que desembuche quiénes son los otros rebeldes que andan con él y los enlaces que tengan en las provincias.
Centurión - Déjelo de mi cuenta, gobernador.
Pilato - Prepárate. E1 nazareno en un gallito bravo.
Centurión -¡Pues le arrancaremos las plumas para que cante mejor!

Desde el palacio de Herodes, en el barrio alto de Jerusalén, los soldados habían regresado a la Torre Antonia trayendo a Jesús muy custodiado. Sin importarnos los golpes recibidos frente al palacio del rey galileo, volvimos a juntarnos al pie de la fortaleza romana, pidiendo a gritos la libertad de Jesús y de los que habían sido también detenidos durante aquellos días de fiesta.

Hombre - ¡Suelten a Jesús! ¡Ese hombre es inocente!
Mujer - ¡Libertad para Jesús! ¡Libertad para los presos!

Aquel viernes, a pesar de la lluvia, la explanada del Templo rebosaba de peregrinos que compraban animales y los llevaban a sacrificar en el atrio de los sacerdotes. Los corderos, en fila, sin rechistar, eran degollados uno tras otro sobre la piedra del altar que ya estaba empapada en sangre. Pero muchos peregrinos, cuando oyeron el alboroto frente al cuartel romano, dejaron el Templo y se unieron a nosotros para protestar.

Todos - ¡Libertad, libertad, libertad!

En medio de aquella algarabía, vimos que el sumo sacerdote José Caifás entraba en la Torre Antonia por el pasadizo particular que comunicaba el Templo con el cuartel romano.

Pilato - ¿Una amnistía? ¿Eso es lo que usted ha venido a sugerirme, excelencia? ¡Más bien había pensado en ahorcarlos a todos para que les sirva de escarmiento!
Caifás - Lo uno no quita lo otro, gobernador. Nuestros sabios dicen: “Con una mano se corrige, con la otra se echa aceite”.
Pilato - Me admira su sensatez, ilustre Caifás. Acabaré nombrándole consejero de Estado. Hable, hable, le escucho.
Caifás - El pueblo pide libertad para los presos, gobernador. Muy bien. Conceda algún indulto. Así se tranquilizarán. Y levante también algunas cruces. Así escarmentarán.
Pilato - ¿A qué preso quiere usted dejar en libertad?
Caifás - ¿Y por qué no permite que sea el mismo pueblo quien elija?
Pilato - Si les doy a escoger, pedirán al nazareno, estoy seguro.
Caifás - A no ser que mis hombres se ocupen del asunto. Deje eso en mis manos, gobernador. Pedirán, por ejemplo… a Barrabás. Sí, eso, suelte a Barrabás. ¿Le parece bien?
Pilato - No. Barrabás es un elemento peligroso. ¡Y ya bastante trabajo nos dio enjaularlo!
Caifás - Se abrirá la jaula, pero el pájaro tendrá las alas recortadas. No podrá volar muy lejos.
Pilato - Entiendo, entiendo, excelencia. Y no es mala idea. Por cierto, ¿vendrá esta noche a probar el vino árabe del tetrarca Herodes?
Caifás - Sí, claro que sí. Espero que para entonces se haya resuelto el caso del nazareno. ¿Ya habrá sido condenado a muerte, verdad?
Pilato - Antes quiero tirarle un poco de la lengua para saber quiénes colaboran con él y los que están en la conspiración. Lo tengo abajo, en el Infierno. El centurión Aníbal se está ocupando de él.

El centurión llamó a uno de los verdugos y entre los dos empujaron a Jesús hacia los fosos de la Torre Antonia. Los soldados romanos llamaban a aquel lugar el Infierno.(1) Era un sótano húmedo y oscuro, que olía a sangre y excrementos, donde se torturaba a los detenidos. Sobre los muros de piedra se podían ver las argollas, los grilletes, los pinchos para arrancar uñas y vaciar ojos, las cuchillas para castrar. En un rincón, amontonados, los palos de las cruces y los torniquetes. En el centro, el potro para descoyuntar los miembros y las columnas bajas para flagelar a los detenidos.(2) En los días de fiesta, el Infierno estaba lleno. Una hilera de patriotas judíos esperaban turno para ser azotados y torturados. Muchos zelotes y jóvenes simpatizantes del movimiento habían muerto en aquella mazmorra después de los treinta y nueve latigazos.

Centurión - A ver tú, amiguito, a ver cuántos aguantas.

Llevaron a Jesús hasta una de aquellas columnas truncadas que servían para el tormento de los azotes. La piedra estaba empapada en la sangre de los que habían pasado antes.

Centurión - Vas a hablar, ¿sí o no? Quiero los nombres de los que conspiran contigo.
Jesús - No voy a decir nada.
Centurión - Entonces vamos a aflojarte un poco la lengua. Vamos, la túnica fuera. Amárralo.

El verdugo dejó a Jesús casi desnudo y lo empujó sobre la columna. Le amarró las manos y los pies en una argolla clavada en la base, de manera que todo el cuerpo, con la cabeza hacia abajo, quedaba formando un arco sobre la piedra. Después, descolgó el flagelo de la pared. Era un látigo con 8 correas de cuero, cada una terminada en una bolita de hierro del tamaño de una almendra. Las bolitas tenían pequeños ganchos para desgarrar la carne de la espalda.

Centurión - ¡Habla! ¿Dónde están ésos que vinieron de Galilea para agitar durante la fiesta? ¿Quiénes te apoyan aquí en la capital? ¡Habla, desgraciado!

El verdugo apretó el mango de madera y se puso a balancear las correas esperando la orden del centurión.

Centurión - Comienza.

Levantó el látigo en el aire y lo descargó con violencia sobre la espalda desnuda de Jesús.

Centurión - ¿Ya te acuerdas cómo se llaman? ¿Todavía no? ¿Para quién trabajas tú? ¿Quién te paga? ¡Vamos, habla! ¡Que hables te digo!

La sangre comenzó a correr por su espalda. Las bolitas de hierro se agarraban en la carne arrancando tiras de piel y rompiendo los músculos.

Centurión - ¡Confiesa! ¿Quiénes están contigo? ¿Dónde se esconden tus compañeros?

El brazo del verdugo iba y venía descargando el flagelo sobre el cuerpo doblado de Jesús. El centurión, frente a él, lo agarró por los pelos de la cabeza y le alzó la cara.

Centurión - ¡Perro judío, habla! ¡Que hables te digo! ¿Quiénes son los demás? ¿Dónde se reúnen? Vamos, ¡ahora dale por las piernas!

El verdugo se colocó de lado y restalló el látigo sobre el dorso de los muslos, sobre las pantorrillas, sobre los tendones de los pies. El cuerpo de Jesús, arqueado, se derrumbó sobre la columna comenzando a ahogarse.

Centurión - ¡Confiesa! ¿Quiénes más están contigo? ¡Maldita sea, pégale más duro, hasta que hable!

El gobernador romano bajó al Enlosado y mandó abrir los portones que daban al patio, para que todos los que nos apretujábamos frente a la fortaleza pudiéramos oírle. Entonces nos dimos cuenta de que en las primeras filas se había colado un grupo de familiares y sirvientes de los sacerdotes del Templo y de los magistrados del Sanedrín. Poncio Pilato, sentado en el sillón del tribunal, mandó hacer silencio.

Pilato - Ciudadanos, estamos en fiestas. Roma es magnánima y escucha la voz del pueblo. Ustedes piden libertad para los presos. Pues bien, ¡la tendrán!

Cuando el gobernador dijo aquello, todos nos miramos aliviados. María, la madre de Jesús, que estaba a mi lado, sonrió como atontada, como si no acabara de creerse lo que había oído. Poncio Pilato, muy afeitado y envuelto en su toga color púrpura, continuó hablando…

Pilato - Doy amnistía para un preso, el que ustedes mismos elijan. Ya lo han oído: ¿a quién quieren que suelte?
Varios - ¡A Barrabás! ¡A Barrabás!
Pueblo - ¡A Jesús! ¡A Jesús!

Todo fue muy rápido y muy confuso. Los de las primeras filas chillaban frenéticamente pidiendo a Barrabás.(3) Nosotros, detrás, la inmensa mayoría, pedíamos a gritos a Jesús. El gobernador levantó las manos ordenando silencio.

Pilato - ¡Cállense! No puedo oír con tanto alboroto. Ustedes, soldados, ¡controlen a la chusma! Repito: ¿a quién quieren que suelte?

Los soldados nos empujaban a nosotros hacia atrás con sus escudos y nos amenazaban, mientras una barra de sacerdotes y magistrados gritaba protegida por la tropa romana.

Pilato - Muy bien. Si el pueblo pide a Barrabás, Barrabás queda en libertad.

Dos soldados subieron al dirigente zelote desde la mazmorra y lo soltaron en medio de la multitud. Barrabás se frotó las muñecas despellejadas y, sin detenerse a hablar con nadie, se escabulló por entre las calles del barrio de Efraín. Detrás de él, disimuladamente iban algunos guardias que tenían por misión detenerle cuando pasaran las fiestas. Mientras tanto, en el Infierno…

Centurión - ¿Quiénes trabajan contigo? ¿Cómo se llaman?

Las correas del flagelo salpicaban de sangre las paredes de la celda. Las pequeñas bolas de hierro se hundían cada vez más en los tejidos machacados, incrustándose entre las costillas. La espalda de Jesús era un amasijo de carne sanguinolenta.

Centurión - ¡Habla, maldito! ¡Te digo que hables!
Verdugo - Este hombre no puede hablar, centurión. Está casi muerto.
Centurión - ¿Cuántos le has dado?
Verdugo - Ya van cerca de los treinta y nueve.
Centurión - Complétalos, entonces.
Verdugo - ¿Y si se nos muere?
Centurión - Bah, para lo que sirve ya. Por última vez: ¡confiesa! ¡Dime los nombres de tus compañeros!

Pero Jesús no dijo nada. Cuando el centurión le levantó la cara, tenía los ojos en blanco. Se había desmayado.

Centurión - Desata esta piltrafa y tírala en cualquier rincón. ¡Maldita sea con estos tipos, no se les saca una palabra! Parecen mudos.

Tan destrozado quedó que no parecía un hombre.
Fue azotado, herido, humillado, pero no abrió la boca.
Fue maltratado por gente sin piedad,
molido a golpes por los injustos,
pero él soportó el dolor por nosotros.
Como un cordero llevado a degüello sin rechistar,
como una oveja muda ante los que le trasquilan el lomo,
tampoco él abrió la boca ni dijo una palabra.



Mateo 27,26; Marcos 15,15; Juan 19,1.


Comentarios

1. En el Credo cristiano aparece esta fórmula sobre la pasión de Jesús: «Fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos». Bajar a los infiernos es una expresión que significa que Jesús murió realmente, que como todos los seres humanos se hundió en la limitación y angustia de la muerte. «Los infiernos» en el lenguaje tradicional de Israel era el «sheol», el abismo a donde iban a parar todos los humanos, tanto los buenos como los malos, al término de su vida. Era un lugar de silencio, de tristeza, donde no existía ninguna esperanza. «El infierno» fue también la cámara de torturas de la Torre Antonia. Jesús bajó también a este infierno antes de descender al infierno de la muerte.

2. Las leyes judías permitían flagelar a los acusados. Para esta tortura se usaban varas y en los tiempos de Jesús era habitual azotar en la misma sinagoga. Todos los doctores y magistrados tenían autorización para decretar esta pena. La violación, la calumnia, la transgresión de la Ley, eran motivo suficiente para sufrirla. Posteriormente, las varas se sustituyeron por un azote de tres correas. Los golpes no podían pasar de 40 y por esto, se daban ordinariamente 39. La tradición indicaba que debía azotarse 13 veces sobre el pecho desnudo y otras 13 veces sobre cada lado de la espalda. Los romanos emplearon aún más esta tortura. La utilizaban por varios motivos: para castigar la rebeldía de los esclavos, por faltas graves cometidas por los soldados en servicio militar, como tormento para arrancar confesiones a sus prisioneros y como preludio del tormento de la cruz.

Entre los romanos se usaban tres tipos de flagelos. Uno llevaba tres cuerdas en las que se ensartaban pedacitos de hueso. Los otros dos tenían las cuerdas anudadas de tramo en tramo y de ellas colgaban en los extremos bolitas de plomo. Uno de estos flagelos, el de correas más numerosas y largas, fue el que se empleó con Jesús. Aunque los golpes eran sólo 39, esta tortura causaba con mucha frecuencia la muerte. En la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén se conserva una columna de las que se usaban en tiempos de Jesús para azotar a los prisioneros, similar a aquella en la que Jesús fue torturado. Es de piedra negra, gruesa y baja, con argollas a las que se amarraba el cuerpo desnudo y arqueado del prisionero.

3. Durante el proceso de condena a muerte de Jesús no fue el pueblo quien sugirió ni pidió la liberación de Barrabás, dirigente zelote a quien las autoridades buscaban por su participación en revueltas populares violentas. Queda bien claro en los evangelios que quienes pidieron a Barrabás fueron los sacerdotes y su camarilla (Marcos 15, 11; Juan 19, 6). 

[«Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 935-942]

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