El Gran Sábado

Las primeras luces de la mañana, que se colaban por una estrecha ventana, nos desperezaron lentamente. Aquel sábado, al día si­guiente de la muerte de Jesús, era día de descanso y de fiesta grande en Jerusalén y en todo el país. Desde la tarde del día an­terior, los once y las mujeres estábamos escondidos en el sótano de la casa de Marcos, el amigo de Pedro, esperando regresar pron­to a Galilea. Los ojos de todos, cansados por la mala noche y el llanto, se acostumbraron pronto a la penumbra de aquel escon­drijo, donde se guardaban viejas prensas y algunos barriles de aceite.

Pedro - Parece que ya es de día, compañeros…
Juan - ¿Pudiste dormir algo, María?
María - Un poquito sí, pero…
Magdalena - Vamos, recuéstate otro poco y descansas. Susana y Salomé ya han ido a preparar algo caliente. Hay aceitunas y pan. Tú no te muevas.

Enseguida mi madre y Susana trajeron un jarro de caldo y un puñado de aceitunas. Nos sentamos a comer en silencio, con desgana. La tristeza de todo lo vivido el día anterior pesaba sobre nosotros como un fardo insoportable.

Juan - Marcos estuvo aquí hace un rato, cuando todavía estaba oscuro. Se volvió a ir. Dice que vendrá a mediodía con algo para comer.
Susana - Pues para el hambre que tenemos… Anda, María, un poquito de pan.
María - No, Susana, no puedo.
Santiago - ¿Y qué hay de nuevo por la ciudad?
Juan - Han encontrado a Judas… ahorcado.
Pedro - Pero, ¿qué dices, Juan? ¿Dónde?
Juan - En Getsemaní. Donde estuvimos la noche del jueves. Colgado de un olivo.
Magdalena - ¡Pero, Dios mío, ¿qué ha sido esto?! ¿Una pesa­dilla? ¡Maldita ciudad! ¡Juro por todos mis muertos que en lo que me queda de vida no vuelvo a poner las patas en esta ciudad del demonio!
Juan - Vamos, Magdalena, tranquilízate. No conviene hacer bulla.
Andrés - Lástima con Judas… Era un buen compañero.
Santiago - No vengas ahora con lástimas, Andrés. Él fue el culpable de todo.
Andrés - ¿Él, Santiago, él? Él fue un loco que se dejó engatusar, Dios sabrá por qué, pero él no fue el único culpable.
Juan - Los culpables ya sabemos quiénes fueron. ¡Que Dios los confunda a todos, canallas!
Pedro - Es verdad, pelirrojo. Con Judas hubiéramos terminado entendiéndonos. Era de los nuestros. Pero con esa pandilla del Sanedrín y esos perros romanos… Pero, ¿por qué no hicimos algo, por qué nos quedamos así, como imbéciles, con los brazos cruzados? Yo el primero, sí, sí, no me miren, yo el primero… ¡Maldita sea, no valemos ni cuatro ases, somos la basura de las basuras!
Natanael - No le des más vueltas, Pedro. ¿Para qué? Ya se acabó todo.

La lluvia incesante que había caído sobre Jerusalén el viernes inun­dó la pequeña azotea que daba sobre nuestro escondite. Desde por la noche, las goteras formaban charcos en el suelo.

Susana - ¿Por qué no rezamos, eh? En los momentos malos consuela mucho. Vamos a pedirle a Dios que vengan días mejores. ¿Eh, qué les parece? María, ¿quieres empezar?

María levantó del suelo el rostro, avejentado por el dolor, y miró a Susana con ojos cansados.

María - No, mejor empieza tú. Nosotros ya te seguiremos.
Susana - Bueno, entonces… Dios nuestro, de día te pedimos auxilio y de noche te invocamos. Ven en nuestra ayuda…
Todos - Ven en nuestra ayuda porque te estamos llamando…
Susana - Te estoy esperando, Señor, respóndeme…
Todos - Respóndeme porque confío en ti…
Susana - Tú eres mi Dios, yo te busco, atiéndeme, porque mis enemigos… me han tendido una trampa…

Nos costaba rezar. Las palabras se nos morían en la boca antes de nacer, inútiles, carentes de sentido. Sobre el suelo, las jarras habían quedado medio llenas y apenas habíamos comido unos pedazos de pan.

Juan - Dice Marcos que mañana al amanecer nos sacará para Galilea por el camino de la costa. Él lo conoce bien y por esa ruta tendremos menos problemas. Además, como muchos peregrinos ya regresan el domingo al norte podremos disimularnos mejor.
Mateo - ¿Y no habrá peligro? Quizá es mejor esperar a que pasen unos días más.
Juan - No, Mateo, el peligro lo corremos aquí. A esta hora seguro que andan buscándonos.
Felipe - Bah, ¿para qué van a querer encontrar a un hatajo de miedosos como nosotros?
Juan - Querrán acabar con el grupo, Felipe.
Santiago - No tienen que acabar con nada, Juan. El grupo ya se acabó.
Pedro - ¿Ah, sí, pelirrojo? ¿Y de dónde te sacas tú eso? ¿O es que no podemos seguir haciendo cosas juntos?
Santiago - ¿Qué cosas, Pedro, a ver, qué cosas? Cada uno se irá para su lado y ya… ¡Qué más!
Pedro - Eso no puede ser… Si Jesús empezó fue para que siguiéramos detrás.
Santiago - Pues vete tú detrás tirando piedras como siempre y fanfarroneando. A ver si eso sirve para nada.
Pedro - ¿Y tú, qué, eh? ¿Y tú, qué?
Santiago - Bah, Pedro, eres perro que ladra mucho y no muerde nunca.
Pedro - ¿Yo, verdad? Como si tú hubieras hecho algo para sal­var a Jesús. Escondido por las esquinas…
Santiago - Sí, está bien, pero… por lo menos…
Pedro - ¿Por lo menos, qué? Dilo, dilo de una vez. ¡Mal­dita sea contigo, Santiago! Siempre es lo mismo. ¡Sí, está bien, yo fui un cobarde! ¡Yo dije que no lo conocía! Pero, ¿qué hubieras hecho tú si te ponen una espada y…?
Susana - Por Dios, por Dios, cállense de una vez. ¿También tienen que pelear hoy? ¿Es que ni por respeto a Jesús, que en paz descanse, se pueden ustedes callar?

María, con la mirada perdida más allá de aquellas cuatro sucias paredes, nos oía hablar y seguía llorando, en silencio, inconsolable. Estaba destrozada. Al verla así, todas las lágrimas que había contenido durante el día anterior me vinieron a los ojos.

Felipe - Vamos, Juan, hombre, no llores. Piensa que dentro de unos días estaremos otra vez en el lago, lejos de todo esto.
Juan - Por eso lloro, Felipe, por eso.
Susana - Déjalo, hijo, que se desahogue.
Juan - No puedo creer que vamos a volver a echar las redes, a pescar, a ir a la taberna… y que Jesús… como si nada hubiera pasado… como si todo hubiera sido un sueño.
Felipe - Y lo fue, por mi vida, que lo fue. ¿No me digan que no fue un sueño creer que el Reino de Dios llegaba ya y que nosotros, una partida de muertos de hambre, lo estábamos empujando? Primera y última vez que me agarran a mí para una cosa de éstas.
Susana - La vida es así, es así mismo. Más amarga que una almendra antes de madurar.
Tomás - ¿Por qué será qu-que los bu-bu-buenos siempre ter-ter-minan mal?
Andrés - No, esto no terminó, Tomás. No puede terminar. Va a ser difícil que el pueblo olvide al moreno.
Susana - Ay, mi hijo, con el tiempo todo se olvida. El tiempo se encarga de borrarlo todo.
Pedro - No, Susana, con Jesús no va a ser igual. Él era dis­tinto… un tipo grande, María, tu hijo. El mejor amigo que yo he tenido en mi vida.
Santiago - ¿Te acuerdas, tirapiedras, cuando lo conocimos allá en el Jordán, cuando lo de Juan el bautizador?
Andrés - Claro, Santiago, cómo no…
Felipe - ¿Y tú, Nata? Hicimos el camino con él desde Magdala hasta el río. Era un gran conversador. Siempre haciendo historias y chistes. Por eso la gente lo entendía tan bien. Por todos los ángeles, ¿quién me iba a decir que esto iba a acabar así?
Mateo - Pero Jesús sí lo olía. Aquella noche que estábamos en Cesarea, al norte. Él ya tenía su preocupación. Y cuando vini­mos a Jerusalén…
Susana - No teníamos que haber venido nunca.
Juan - El moreno se ha portado como un valiente. Ayer se lo oí a uno de los soldados. Lo molieron a golpes en la cárcel, ya vieron cómo quedó, pero no le sacaron ni una palabra, ni una.
Pedro - Y al ladrón de Anás parece que le cantó las verdades. Dice tu amigo, Juan, que ese viejo tramposo estaba después que se lo llevaban los demonios.
Andrés - Y con Pilato y con Caifás lo mismo. Les dijo todo lo que había que decirles. Era el plan que habíamos pensado, ¿se acuerdan? Después de lo del templo, ir delante de los señorones de Jerusalén para echarles en cara sus crímenes. Jesús cum­plió el plan, él solo.
Juan - Hasta el final el moreno. No lo doblaron, no… Lo par­tieron pero no lo doblaron.
María - ¿Por qué, Dios mío, por qué? ¿Por qué no lo salvaste de la muerte, por qué?

María, que hasta aquel momento nos oía como ausente, tragándose las lágrimas, rompió a llorar como un río que se desborda. Se inclinaba hasta tocar el suelo con la frente, con las manos cubriéndole el rostro. Susana y mi madre la sostenían.

María - ¿Por qué, Dios mío? Él era bueno. No tenía que ha­ber muerto. Yo lo necesitaba. Los pobres de este país lo necesitaban. ¿Por qué, por qué? No merecía una muerte tan horrible. ¿Por qué tenía que terminar así? Tanta muerte, Dios mío, tanto abuso, tanto crimen de esta gente. ¿Por qué ganaron ellos? Ahora estarán banqueteándose y mi hijo muerto, muerto… ¿Hasta cuándo, Dios mío, hasta cuándo vas a permitir que los injustos se salgan con la suya? ¿Hasta cuándo?
Susana - Vamos, María, vamos. Tráele un poquito de agua, Magdalena.

María, extenuada, recostó su cabeza sobre mi espalda, cerró los ojos y su recuerdo volvió otra vez al día anterior, al rostro muer­to y ensangrentado de Jesús que ya no volvería a ver nunca más.

Santiago - ¿Y ya sabrán por Cafarnaum lo que ha pasado?
Juan - No hay tiempo todavía, Santiago.
Mateo - No creas, las noticias vuelan más ligeras que las águilas.
Tomás - Ti-tienes razón.
Pedro - Cuando en Cafarnaum sepan que al moreno…
Felipe - No pasará nada, Pedro, nada. La gente no va a hacer nada. Los pobres estamos acostumbrados a tragarnos las lágrimas.
Magdalena - ¡Pues eso es lo que tenemos que hacer, caramba, dejar ya de llorar y echar para adelante. Y no lo digo por ti, María; que tú tienes más derecho que nadie para llorar lo que quieras. Pero yo creo que si Jesús estuviera vivo no querría vernos así, mirando al suelo, jeremiquiando. ¡Hay que hacer al­go, hay que seguir luchando!
Santiago - ¡No grites tanto, Magdalena! ¿Qué quieres tú? ¿Que te vengan a buscar?
Magdalena - ¡Que me busquen y que me maten a mí también! ¡A mí qué me importa! ¡Él murió por algo que valía la pena! ¡Así que, si es por eso, que me maten a mí también! ¡A mí qué me importa ya nada!
Susana - Pero, hija, ¿qué vamos a hacer ya? Ya todo se aca­bó. Mañana, lavar bien el cuerpo como Dios manda y perfumarlo como él se lo merecía. Y después, volvernos a Galilea. ¡Y que Dios nos asista! Ya no hay nada más que hacer, mucha­cha, no hay nada más que hacer.

Fueron horas tan largas como años las que vivimos aquel Gran Sábado de fiesta, encerrados en el sótano de la casa de Marcos. Las pasamos todos juntos, a ratos callados, a ratos llorando, re­cordando cada palabra y cada gesto de Jesús, reunido ya con su pueblo, en el silencioso reino de los muertos.(1)



Lucas 24,1


1. Jesús murió realmente. Los hechos que ocurrieron después, la afirmación de que Jesús había resucitado, no entraban en el marco de creencias de sus amigos ni de Jesús mismo, que no podían ni imaginar una resurrección individual e inmediata. Una interpretación de estos hechos afirma que Jesús había ya anunciado a sus discípulos que iba a resucitar, pero que ellos no le creyeron (Mateo 16, 21; 17, 22-23; 20, 17-19). En los textos de los evangelios que recogen tres predicciones de su muerte hechas por Jesús, se habla de un plazo de «tres días», después del cual Jesús «resucitará». En arameo «tres días» significa «pronto», «en breve tiempo» porque no existe ninguna palabra equivalente a «varios», «algunos». La frase «al tercer día resucitará» que los evangelistas pusieron en boca de Jesús debe leerse así: «en muy poco tiempo llegará el Reino». Jesús consideró siempre que la llegada del Reino, del final de los tiempos, era algo inminente.

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 987-993]

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