Ver para creer


Incredulità di San Tommaso, Caravaggio, 1602. Palacio de Sanssouci, Potsdam, Alemania

Me pasa como a Tomás, “el dídimo”, que ya estoy de vuelta de demasiadas cosas que me han contado. Si en principio creí en todas ellas porque me fié de quien las decía, ahora ya no quiero hacerlo. No digo que me hayan mentido, no. Afirmo que todos nos hemos engañado sin querer. Porque anhelábamos otra cosa, nos inventábamos un futuro irreal, para seguir teniendo una esperanza.
Así se me han ido cayendo personajillos en quienes confié, a quienes escuché, y cuya palabra creí. Ahora, visto que también a ellos les sudan los sobacos, nada les diferencia de la mayoría salvo que luzcan en los papeles y viajen en limusina.
Sus caprichos me resultan pueriles por un lado, e inaguantables por otro. Ha llegado incluso a resultarme tediosa su sola presencia en los medios. ¡Que se callen de una vez!
Por supuesto que me gustaría que volvieran a dormirme con cuentos, como cuando niño. Mi mamá en eso era experta. Ella misma los inventaba. O los repetía dándoles la vuelta para que parecieran otros nuevos.
Ahora duermo sin necesidad de cuentos, tan relajado que ni me entero de las tormentas, por más que conmuevan los cimientos de la tierra, como ocurrió mismamente ayer. ¡Ozú! ¡Qué granizada! Y yo, plácidamente dormido.
Cuando digo a mi gente que somos “receptores de un relato”, en realidad me estoy obligando a aceptar la palabra de otras personas, aunque hayan dado sobradas muestras de no ser de palabra. Pero ¿qué otra cosa tengo, tenemos?
O fabrico un mundo a mi medida, o trato de convivir con lo que hay… durmiendo siempre con un ojo alerta… o confío en que tal vez, sólo tal vez, lo que dicen sea cierto…
Judas Tomás, el gemelo de Jesús, o simplemente un primo en segundo grado, también luchó contra lo imposible. Vean, vean su relato.

LO QUE HEMOS VISTO Y OÍDO


Amaneció y atardeció aquel primer día de la semana. Los vecinos de Jerusalén dormían después de una bulliciosa jornada de despedida. Por las doce puertas de la ciudad de David, salieron las caravanas llevando de vuelta a miles de peregrinos. Las fiestas de la Pascua habían terminado. Todo volvía a la normalidad. Todos regresaban a sus casas. Todos, menos nosotros.

Pedro - ¡Yo lo vi! ¡Tienen que creerlo!
Magdalena - ¡Y yo también lo vi! ¡Igualito a como los estoy viendo ahora a ustedes!
Felipe - Júralo, anda, atrévete a jurarlo.
Magdalena - ¡Juro que he visto a Jesús! ¡Lo he visto vivo y coleando! ¿No me creen, verdad?
Santiago - No, Magdalena, por supuesto que no.

Escondidos en el sótano de la casa de Marcos, con las puertas cerradas, sentados en el suelo alrededor de una vieja lámpara de aceite, seguíamos discutiendo lo mismo.

Magdalena - ¡Lo juro por mi madre, por mi abuela y por mi bisabuela!
Felipe - Sigue, sigue subiendo, llega si quieres hasta Adán y Eva. Pero ese cuento no hay quien se lo trague, ¿me oyes?
Natanael - El juramento de una mujer no vale nada y menos el tuyo, que todavía tienes los dientes de leche. A ver, cuántos años tienes tú, Mariíta de Magdala, cuántos?
Magdalena - Pues a decir verdad, no me acuerdo, pero más de quince y menos de veinte también.
Felipe - ¡Ja! ¿Y a una mocosa como tú voy yo a creerle que un muerto se le apareció vivo?
Magdalena - Y doña María también es una mocosa, ¿verdad, Felipe? ¡Doña María, venga acá un momento!
Santiago - Déjala, Magdalena. María es la madre. Y las madres cuando lloran mucho ven visiones. Así pasa siempre.
Magdalena - Que yo sepa, Pedro no ha parido a nadie. ¡Y también 1o vio!
Pedro - Y ya tengo buenos colmillos, ¿me oyes, pelirrojo descreído? ¡Que cuando tú estabas todavía gateando, yo le tiraba piedras a los perros de Betsaida! ¡Y yo te digo que Jesús está vivo! ¡Yo lo vi!
Marcos - ¡Y nosotros también! ¡Este matasanos y yo comimos con él en Emaús!
Felipe - ¡En Emaús! ¿No es allá en Emaús donde dicen que los espíritus de los muertos suben y bajan en la fuente de agua hirviendo?
Marcos - Está bien, está bien, no lo crean si no quieren. Me río yo de todos ustedes, ¡hombres sin fe!
Felipe - Y yo me río más de ustedes, ¡pandilla de chiflados!
Natanael - Pues yo no le encuentro ninguna gracia a esto. ¿Saben lo que andan diciendo por la ciudad, eh? Que somos nosotros los que hemos robado el cuerpo de Jesús.
Santiago - ¿Quién dijo eso, a ver, quién lo dijo?
Natanael - Los jefes. Los del Sanedrín. Nicodemo vino a contar el chisme.
Felipe - Pues yo digo que son ellos mismos los que lo han robado para hacernos caer en el anzuelo y echarnos mano a todos.
Magdalena - ¡Y yo digo que nadie robó a nadie porque Jesús está vivo!
Santiago - ¡Tú te callas, Magdalena, y no chilles tanto!
Tomás - Bueno, bueno… Uste-te-des sigan pe-peleando, que yo me voy.

Tomás, que escuchaba en un rincón del sótano, se puso en pie y se sacudió la túnica.

Tomás - Me-me voy.
Felipe - ¿A dónde diablos te vas tú ahora, pedazo de tartamudo?
Tomás - A ca-casa de Matías.
Santiago - ¿Y qué le pasa a Matías?
Tomás - No le pa-pasa nada. Vi-vino a celebrar la pa-pascua y ya regresa a Jericó. Yo me-me voy con él.
Natanael - Bien hecho. Eso es lo que deberíamos hacer todos, largarnos de una vez de esta maldita ciudad de locos.
Felipe - Los peregrinos ya se han ido, la mayoría. ¿Por qué no recogemos los cachivaches y mañana temprano nos ponemos en camino hacia Galilea, eh?
Magdalena - ¡No, yo no me voy de Jerusalén!
Pedro - ¡Ni yo tampoco hasta que se aclaren las cosas!
Tomás - A Ga-galilea o a Je-jerusalén, me da lo mismo. Yo me-me voy a casa de Ma-matías.
Pedro - Espérate, Tomás, no te vayas. ¿Es que no lo comprendes? ¡Jesús está vivo!
Tomás - ¡Y ustedes están bo-bobos! ¡Adiós!

Tomás salió a la calle, dobló la esquina de los curtidores y echó a andar por la calzada que baja hacia Siloé. Allí, cerca del estanque, se hospedaba su viejo amigo Matías.

Matías - ¡Ah, Tomás, tú por aquí! ¡Ya me estaba preguntando yo dónde te habías metido, compañero!
Tomás - ¿Dónde voy a me-meterme? Desde lo del viernes, estamos escondidos en un sótano co-como los rato-tones.
Matías - Me lo imagino. Tantas esperanzas, caramba, y todo se vino abajo como una casa sobre arena. ¡Ay! Mi abuela decía que al que nace barrigón, no le vale faja. Y eso es lo que nos pasa a nosotros los pobres, Tomás. Que nada nos vale.
Tomás - Y dilo, Ma-matías. No se puede creer en nada, ni ilusionarse con nada.
Matías - Viene Juan el bautizador reclamando justicia y, ¡zas!, degollado. Atrás viene Jesús anunciando que las cosas iban a cambiar, y ya ves lo que pasó.
Tomás - ¿Por qué será que a nosotros los de aba-bajo todo nos sale al revés, Matías?
Matías - Será que tenemos mala suerte, compañero.
Tomás - Ma-mala suerte nosotros y ma-mala madre ellos.
Matías - Bah, este país no tiene arreglo. Esto va de mal en peor. Pero, en fin, ¿para qué seguir lamentándose si ya todo se acabó? Dime, Tomás, ¿cómo están sus familiares, los amigos del nazareno?
Tomás - De allá vengo.
Matías - ¿Y cómo están ellos? Cuéntame.
Tomás - También de mal en peor. Algunos han per-perdido el juicio.
Matías - Claro, lo comprendo. Tanto sufrimiento… Al principio siempre es así. Luego las aguas volverán a su cauce.
Tomás - Yo a donde quiero volver es a mi-mi casa. ¿Cuándo te-te vas tú, Matías?
Matías - Mañana a primera hora. Si quieres, viajamos juntos.
Tomás - Sí, voy con-contigo. Y co-colorín co-colorao, el cuento éste del Reino de Dios se ha acabao. Así que voy a buscar mis cosas, me-me despido del grupo y ven-vengo enseguida.
Matías - No hables mucho para que vuelvas pronto… ¡Ea, te estaré esperando!

Tomás regresó a casa de Marcos. Iba triste, con las manos metidas en los bolsillos de la túnica y la cabeza baja. Se agachó, tomó una piedra del suelo y la arrojó con rabia contra el muro.

Tomás - Todo se acabó, ma-maldita sea… ¡Todo se acabó!

Siguió adelante a través de las callejas oscuras y solitarias de Jerusalén. El cielo, negro y brillante, se venía abajo, cargado de tantas estrellas. Tomás entró en el barrio de Sión y dobló la esquina de los curtidores.

Tomás - ¿Pe-pero qué estará pa-pasando? Ya casi es me-me-dianoche.

A pesar de la hora, nadie dormía en casa de Marcos. La bulla que salía del sótano, se escuchaba desde la calle. Cuando Tomás abrió la puerta, nos encontró a todos riendo, brincando, dando gritos de alegría.

Santiago - ¡Tomás! ¡Al fin llegas!
Natanael - ¿Lo viste, Tomás, lo viste?
Tomás - Sí, lo-lo vi.
Felipe - ¡Nosotros también! ¡Todos, todos lo vimos!
Tomás - Pe-pero, ¿cómo? Ma-matías no ha salido de su ca-ca-casa.
Magdalena - ¡Qué Matías ni Matías! ¡Jesús! ¡Ha estado aquí con nosotros!
Pedro - ¿Por qué te fuiste, Tomás? ¡Si te hubieras quedado, lo hubieras visto también!
Tomás - Pe-pero, ¿es po-posible que sigan con la misma canción?
Santiago - Tomás, siéntate ahí y escúchame. Tú me oíste antes, ¿verdad? Tú sabes que yo estaba cerrado, más cerrado que esas ventanas. No me creía un pelo de lo que decía la Magdalena, ni Pedro, ni María. ¡pero ahora lo he visto! ¡Todos lo hemos visto, Tomás! ¡Jesús está vivo!
Tomás - Ya decía mi tío que la lo-locura se pe-pega como las chinches.
Felipe - No, Tomás, esto es otra cosa. ¡Esto es lo más grande que ha pasado en el mundo! ¡Y Dios nos ha dado ojos para verlo!
Tomás - Lo que ustedes han visto es un fan-fantasma.
Magdalena - ¿Anjá? ¡Yo no sabía que los fantasmas de ahora eran morenos y con barba! ¡Ja!
Santiago - No, Tomás, era él, ¡era Jesús! Estaba ahí mismo donde estás tú ahora. Llegó, nos saludó a todos y nosotros nos quedamos sin aliento, y él se echó a reír porque nos veía con aquel susto.
Tomás - Lo que di-digo, un fan-fantasma.
Magdalena - Ningún fantasma, caramba, que los fantasmas no comen y éste se zampó una cola de pescado y el panal de miel que habíamos dejado para ti. ¡Mira, mira el plato donde te habíamos guardado la cena! ¡Y se la comió Jesús! ¡Y tomó vino y se sonó la nariz! ¿También los fantasmas hacen eso, eh?
Tomás - Jesús se mu-murió. ¿Cómo va a estar vi-vivo si yo lo vi muerto?
Felipe - Eso decimos nosotros: ¿cómo va a estar muerto si lo hemos visto vivo?
Tomás - Habrán visto su espí-piritu. Dicen que las almas de los di-difuntos dan siete vueltas por los alrededores antes de descansar en pa-paz.
Magdalena - ¡No! ¡Era Jesús de carne y hueso! El mismo de siempre, con la misma risa y las mismas cosas, pero más alegre, más… qué sé yo, no sé ni cómo decirte… ¡pero era él, el moreno!
Tomás - Pues yo no lo-lo creo.
Santiago - Escucha, Tomás: cuando tú te fuiste a la calle, nosotros nos quedamos peleando, ¿te acuerdas? Que si nos vamos a Galilea, que si nos quedamos aquí en Jerusalén. Y de pronto, llegó él, Jesús. Y nos dice: tienen que salir, tienen que ir por todo el mundo anunciando la victoria de Dios.
Natanael - Nos miró a cada uno y nos dijo: ¡cuento con ustedes! Hay que seguir luchando por la justicia, aunque los maten, como a mí. Pero no tengan miedo. La muerte no tiene la última palabra. La tiene Dios.
Pedro - ¿Comprendes, Tomás, comprendes lo que ha pasado? ¡Jesús fue el primero en levantar la cabeza! ¡Detrás de él, iremos todos!
Santiago - Jesús confió en Dios y ahora es Dios el que confía en nosotros.
Felipe - ¡El Reino de Dios no lo para nadie, ni los gobernantes, ni los ejércitos, ni el diablo, ni la muerte ni nadie!
Tomás - Eso suena muy bo-bonito. Tan bo-bonito que no puede ser verdad.
Pedro - Pero, Tomás…
Tomás - No. No me creo nada de eso. Cuentos, cuentos y vi-visiones. Como los camelleros en el desierto que tienen tanta sed que ven agua donde hay arena. No, no lo creo. ¡No 1o creo, caramba! La única verdad es que esta-tamos tristes. Perdimos al mejor amigo que te-teníamos y con él se nos fue también la esperanza. Todo se acabó ya, todo.
Pedro - No, Tomás, óyeme bien: el viernes, allá en el Gólgota, parecía como si el cielo se hubiera cerrado para siempre. Pero Dios nos guardaba esta sorpresa. ¡El primero en llevarse la sorpresa fue Jesús, cuando Dios lo levantó de la muerte, imagínate! Esos bandidos pensaron que habían ganado ellos. Pero Dios se la tenía preparada y metió su mano por Jesús! ¿Por qué no lo crees, Tomás?
Tomás - Porque no. Porque pa-para creerme yo que Dios metió su mano tendría que me-meter yo la mía en los agujeros de los clavos. No, por favor, no me-me engañen más, que no quiero volver a ilusionarme. No, yo tengo la lengua ma-mala, pe-pero la cabeza la ten-tengo bien puesta. Y ma-mañana mis-mismo me-me iré con Ma-matías.

Pero en las horas que faltaban para irse, sucedió lo que Tomás no creía, lo que Tomás menos esperaba…

Tomás - ¡Matías! ¡Matías! ¡Abre, ábreme!
Matías - Pero, ¿qué pasa, Tomás, qué pasa?

Tomás entró como una tromba en casa de su amigo…

Tomás - ¡Matías! ¡Era verdad, Jesús está vivo, más vivo que tú y que yo! Y yo decía que si no lo veía no lo creía, pero era verdad. Estábamos en el sótano, con las puertas cerradas, y yo que no, y ellos que sí, y yo que no, y ellos que sí, y en eso llega Jesús, y se pone ahí, como uno más del grupo, como siempre, y viene y me mira a mí, ay caramba, yo me pellizqué en un brazo y en el otro y él me dice: ¡No soy ningún fantasma, Tomás, no seas tan cabeza dura! Y Jesús delante de mí, así mismito como estamos tú y yo ahora, Matías, y dijo: ¡Venga un abrazo, Tomás! Y yo casi me caigo redondo y le digo: ¡Moreno, tú eres el Mesías! Y él me dice: A mí me pasó igual que a ti, Tomás, por un momento pensé que Dios me había abandonado. Pero no. Puse mi suerte en sus manos y, ya ves, él no me falló. Haz tú lo mismo, Tomás. Ten confianza, aunque no veas, aunque no entiendas. Y ahora, corre, corre y diles a todos que esto no se acabó, que ahora es que comienza. ¡Y yo vine a decírtelo, Matías, ¡¡¡tenía que decírtelo!!!

La lengua de Tomás se soltó para contarle a su amigo lo que había visto y oído. Y Matías creyó y empezó a pregonarlo por todo el barrio de Siloé, y unos a otros se pasaban la noticia. Y nosotros también se lo anunciamos a ustedes para que compartan nuestra alegría sabiendo lo que nosotros sabemos, ¡¡¡que Jesús, el de Nazaret, está vivo para siempre!!!



Marcos 16,14-18; Lucas 24,36-49; Juan 20,19-29.


El relato del evangelio sobre la incredulidad y el acto de fe de Tomás está lleno de datos «materiales»: se especifica que Jesús comió miel y pescado, que Tomás le toca los agujeros hechos por los clavos en las manos y por la lanza en el costado… Se marcan estos aspectos para que no imaginemos nunca a Jesús resucitado como a un fantasma, un espíritu etéreo, alguien «no-material». Cuando en cristiano hablamos de la resurrección «de la carne», de la resurrección «de los cuerpos», estamos proclamando la unidad del hombre, de todo ser humano. También de su cuerpo, de la materia por la que su espíritu se expresa. Dios se interesa por la carne del ser humano mientras el ser humano vive –y por eso el evangelio es para la vida terrena–, y cuando el hombre muere, tanto se interesa que resucitará también nuestro cuerpo.
La mentalidad de Israel entendió siempre al hombre como una unidad. Nunca consideró separadamente alma y cuerpo, como hicieron los griegos. No hay en la tradición de Israel desprecio por el cuerpo, por lo material. Para el israelita el hombre es «basar» («carne» en cuanto debilidad física, limitación intelectual o pecado) y es a la vez «nefesh» («alma» en cuanto a su apertura a todos los valores espirituales y a Dios). El hombre en su unidad está inspirado en el «ruaj», el Espíritu de Dios. No se trata, pues, de separar lo material de lo espiritual, el alma del cuerpo, sino de considerar al ser humano entero como débil o como lleno de posibilidades, de verlo como instrumento de muerte o como dador de vida, etc. Cuando San Pablo habla de que resucitar es el paso de un hombre «carnal» a un hombre «espiritual» está refiriéndose precisamente a esto: a través de la muerte, el hombre transforma su ser limitado en un ser sin limitaciones (1 Cor 15, 35-49). En cualquier caso, es prácticamente imposible para nosotros, en este mundo, captar del todo esta realidad de la resurrección que esperamos por la fe. Es como si a un niño en el vientre de su madre le explicáramos cómo es la vida de fuera, qué es respirar o qué son los colores. En su existencia fetal, encerrada, oscura y flotante, sería absolutamente incapaz ni siquiera de imaginarlo.
Los relatos pascuales, por esquemáticos que sean, nos dan a entender que los discípulos no experimentaron la resurrección de Jesús como un singular acto del poder de Dios en el curso de la historia, que iba a continuar a partir de aquel momento como hasta entonces. Ellos experimentaron algo más: que con la resurrección comenzaba «el fin», o más exactamente, «el principio del fin». La guerra contra el sistema de pecado estaba ya ganada, faltaba vencer en algunas batallas, pero viendo a Jesús resucitado veían ya hacia dónde se orientaba la historia humana. Fueron testigos, por aquella experiencia pascual, de la entrada de Jesús en aquel Reino de Dios anunciado. Los testimonios de los discípulos, de los primeros cristianos y de las primitivas comunidades de base que empezaron a formarse desde entonces, dan todos a entender que para aquellos hombres y mujeres «creer» era vivir ya en el nuevo mundo de Dios, saborear el triunfo definitivo por anticipado, adelantar lo que traería el fin de los tiempos: la llegada de la justicia de Dios.
Esta fe, experimentada y vivida, nos salva. Cuando decimos que Jesús nos salva, que es nuestro salvador, estamos afirmando que, por su resurrección, él se ha convertido en la pista que puede orientarnos para que nuestra vida tenga sentido, sea «salvada» del absurdo, del egoísmo, del fatalismo, de la pasividad y, finalmente, de la muerte. Es decir, nos «salvamos» cuando seguimos el camino de Jesús: compromiso, generosidad, desinterés, amor a los demás, lucha por la justicia, sentido comunitario, fraternidad, igualdad entre los seres humanos. Ese camino es «salvador» de la vida humana. Resucitando a Jesús, Dios ha acreditado la validez de ese camino. Seguir por él es arriesgado, pues los valores del evangelio no son los valores del mundo. Pues bien, cuando se interponga la muerte como precio del compromiso cristiano, Dios nos dice en la Pascua que la vida de los que viven como Jesús no terminará nunca. Tiene tal calidad, tal fuerza, que vencerá la muerte.
Jesús venció la muerte y su resurrección es prenda de que tras él, siguiendo sus pasos, nosotros también podremos superarla. Jesús resucitado nos libera de la muerte. Pero también nos libera del miedo a morir. Esta es una cuestión crucial para la fe cristiana. La autenticidad de nuestra fe se mide por la actitud que tengamos ante la muerte. Mientras la veamos como una derrota, quedaremos paralizados por el miedo al injusto que la causa o por el fatalismo ante las limitaciones que tiene la existencia humana. Esta falta de libertad nos impedirá dar el pleno testimonio de compromiso a favor de la vida que caracteriza al cristiano. Viendo la muerte como fracaso, no veremos en Jesús crucificado a un salvador, sino como a una víctima más del sistema. No creeremos en la resurrección. Visto así, Jesús no es más que un «ejemplo» del pasado. Mientras que cuando nos liberemos del miedo a morir se convierte en fuente de vida.

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 1020-1028]

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