Hablando de nuestras cosas…

Hoy nos hemos encontrado en nuestra fiesta comunitaria con una vieja historia evangélica que hemos tratado de desentrañar. No es que hayamos conseguido sacarla demasiado provecho, porque estas cosas antiguas son de difícil encaje con nuestra mentalidad del siglo XXI. Aún así casi nos hemos reído escuchando la historia de los siete hermanos que fueron los siete maridos de aquella pobre mujer condenada a no tener descendencia; y encima la querían endilgar o los siete o alguno de ellos para toda la eternidad en el cielo. ¡Menudo panorama se le presentaba a la pobre! Ya vimos que era como un chiste, que a fuerza de retorcido, no podía ser real, ni falta que le hacía.

Lo que sí que nos ayudó a salir más contentos fue que siempre habrá gentes como los hermanos Macabeos, capaces de no dejarse doblegar por ningún imperio, y ser resistentes contra toda violencia y opresión. La vida merece la pena vivirla, pero no a cualquier precio.

En cuanto al futuro, pues… ya lo veremos. De momento está esto, y con ello ya tenemos suficiente. Pues ¡anda que no tenemos trabajo para hacer y cosas con las que disfrutar!

Total, que me ha dado por releer "Un tal Jesús"(7), de los hermanos José Ignacio y María López Vigil, y como me he pasado un rato ameno lo dejo aquí, por si interesa. 


EL FUEGO DE LA GEHENNA 


Junto a la ciudad de Jerusalén, al pie de las murallas del sur, se abre un barranco pedregoso que en nuestro tiempo llamábamos la Gehenna.(1) Desde que el profeta Jeremías maldijo aquel lugar donde se habían ofrecido sacrificios al dios pagano Moloc, la Gehenna se utilizó como basurero público.(2) Las vecinas de Jerusalén salían al atardecer por la Puerta llamada de la Basura con las sobras de comida, con ramas secas o cargando animales muertos y arrojaban todo aquello en la Gehenna. Después, un quemador de inmundicias lo rociaba todo con azufre y prendía fuego.

Pedro - ¡Yo lo que me pregunto es de dónde sale tanta basura en esta ciudad! ¡Mira esa llamarada!
Felipe - ¡Maldita sea, ojalá que no sople el viento porque si esa candela se vuelve hacia nosotros nos achicharra!
Susana - ¡Tápense las narices que esto huele peor que la roña del diablo!

Dejamos atrás el fuego grande de la Gehenna y atravesamos el otro valle, el del Cedrón, camino de Betania. Era ya de noche cuando llegamos a la taberna de nuestro amigo Lázaro, donde nos hospedábamos.

Lázaro - ¡Al fin asoman las orejas! ¡Marta, María, aquí están nuestros compatriotas galileos con más hambre que un ejército de langostas! Pero, no se preocupen, la Palmera Bonita les ofrece hoy la especialidad de la casa: ¡cabezas de cordero asadas a fuego lento!
Pedro - ¡Mira, Lázaro, no me hables de fuego ni de animales muertos que acabamos de pasar por la Gehenna y allí tenían la misma especialidad de la casa!
María - Bueno, bueno, muchachos, a lavarse las pantorrillas y a comer, que la mesa está servida. Vamos, vamos…
Pedro - Te lo digo, Lázaro, ¡un poco más y se me quema el hocico! ¡No vuelvo a pasar junto a la muralla cuando quemen la basura!
Lázaro - ¿Y qué vas a hacer entonces, Pedro, cuando te quemen a ti en el infierno, cuando venga el diablo y te agarre por los pelos y te deje caer en el Basurero de la Eternidad?
Pedro - ¡Ja! ¡A mí no me agarra! ¡Para ese día ya se me habrá caído el pelo como a Natanael! Alguna ventaja tienen los calvos, ¿no?

En el patio de la taberna, alrededor de una mesa destartalada y grasienta, que olía a vino rancio, estábamos sentados los doce del grupo y Jesús y las mujeres y otros galileos que se hospedaban con Lázaro y sus hermanas. De las cabezas de cordero ya no quedaban ni los ojos. Un par de lamparitas de aceite, colgadas en las paredes, les sacaban sombras misteriosas a las caras de todos los que estábamos allí reunidos.

Pedro - Créanme, camaradas, cuando estaba viendo el fuego en la Gehenna me quedé como los cangrejos cuando les pones una brasa delante de los ojos. Así, tieso. Y después, sentí como unos calambres aquí en la espalda.
Felipe - Peores calambres sentí yo cuando vi lo que le hicieron a un amigo mío.
María - ¿Qué le hicieron, Felipe?
Felipe - Fue horrible. Lo amarraron de pies y manos, le metieron un trapo en la boca para que no gritara y lo subieron a lo alto de la muralla, y abajo la candela, y entre cuatro lo balancearon como un saco de harina, a la una, a las dos, y a las tres.… ¡plash! Fue horrible.
Natanael - No seas embustero, Felipe. Eso es un cuento que te has inventado.
Felipe - ¿Un cuento, Nata? Está bien. Cuando se apague la candela, ve a recoger sus costillas tostadas en el basurero.
Lázaro - Por lo menos, en la Gehenna la candela se apaga. En el infierno dicen que el fuego quema y quema y quema.…y es como si te pegaran un tizón al rojo vivo aquí en la panza y no se apagara nunca.(3)
Susana - ¡Que el Altísimo nos proteja, amén, amén!
María - ¡Caramba con ustedes, Felipe y Lázaro! ¿No pueden hablar de otra cosa? ¿O es que les cayó mal la comida?
Lázaro - A mí me cayó muy bien. ¿Y a ti, Felipe?
Felipe - A mí también. Claro, a ellos no tanto.
María - ¿A quiénes ellos?
Felipe - A los pobres corderos que nos hemos comido. ¡Si ellos pudieran hablar nos dirían lo que es sentirse con un palo atravesado por el espinazo y dando vueltas sobre una hoguera!
Lázaro - Pues no es por seguir con lo mismo, pero dicen que el demonio también tiene un tenedor así de grande para enganchar a los condenados y asarlos a fuego lento.
Felipe - No, hombre, no, así no acabaría nunca. Lo que tiene es una cacerola de cuarenta pies de largo y ahí, en esas burbujas de aceite hirviendo, va cocinando a sus amigos.
Natanael - ¡Váyanse ustedes con el diablo o cállense de una vez! ¡Me han puesto de punta hasta los pelos del sobaco!
María - ¡A mí también los dientes me están rechinando!
Saduceo - ¡Ja, ja, jaaaa!

Un hombre corpulento y con muchas verrugas en la cara lanzó una ruidosa carcajada.

María - Oye, ¿y de qué te ríes tú, si se puede saber?
Saduceo - ¡Ja! Me río de todas las tonterías que están diciendo ustedes. Yo no creo en nada de eso.
Marta - ¡No me digas! ¿Así que tú no crees en lo del infierno, paisano?
Saduceo - No. Yo creo en lo del muerto al hoyo y el vivo al pollo. Lo demás son cuentos para espantar a los niños. Con la muerte se acabó todo.
Felipe - Ah, ya sé, tú eres un saduceo.(4)
Saduceo - Y eso, ¿qué más da? Yo soy un tipo que discurro, que utilizo la cabeza no para ponerme un turbante sino para pensar.
María - ¿Y qué has pensado tú que piensas tanto?
Saduceo - Lo que dijo el otro: comamos y bebamos que mañana moriremos. Lo demás son paparruchadas.
Lázaro - Pero, ¿cómo puedes hablar así, paisano?
Saduceo - Porque tengo pruebas. ¿Quieres una? Escucha: yo conocí a una mujer que se casó y a los pocos días se le murió el marido. Otra vez se casó y otra vez se le murió el marido. Y otra vez y otra vez y otra vez… y aquella mujer fue viuda de siete hombres. Después, ella también murió.
María - ¿Y qué quieres decir con eso?
Saduceo - Que no puede haber otra vida después de ésta porque si la hay, ¿con cuál de los siete maridos se queda esa mujer? A ver, respondan. ¿No pueden, verdad? Con esto queda demostrado que los muertos no resucitan.
Pedro - ¡No, hombre, no, lo que queda demostrado es que esa mujer tuvo muy mala suerte!
Saduceo - ¡Pues yo digo que eso es una prueba contundente!
Pedro - ¡Y yo digo que eso es una solemne estupidez!
Saduceo - No hay nada, compañeros, ni cielo ni infierno. ¡Ya no hay nadie que crea en ese cuento!
Tobías - Yo sí. ¿Cómo no voy a creer en el infierno… si vengo ahora mismo de allá?

Todos volvimos la cara hacia Tobías, el viejo camellero, que no había abierto la boca en toda la noche. Era un hombre flaco y musculoso, muy quemado por el sol. Parecía hecho de raíces.

Tobías - Sí, amigos, de allá vengo. Estuve cuatro días en el infierno. Y espero no volver nunca más.
Natanael - ¿Qué… qué te pasó? Cuéntanos.
Tobías - ¿Saben? Yo hago la ruta del desierto, la que va de Bersheba hasta Hebrón…

Aquella noche soplaba el viento helado de Temán. Yo tenía sueño de muchos días y me bajé del camello, me enrollé en mi manta de lana y me quedé dormido sobre la arena. Y mientras yo dormía, el camello se asustó con el silbido del viento, se espantó y se perdió en la noche.

Tobías - Eh, ¿dónde diablos te metiste, bestia de las mil rebeldías? ¡Camellooo! ¡Camellooo! ¡Maldita sea, cuando vuelvas te voy a cortar la joroba de un solo tajo!

Pero el camello no volvió. Mi único compañero en aquel interminable camino me había abandonado. Y con él se había ido el cántaro de agua, la comida y la lámpara.

Tobías - ¡Camellooo! ¡Camellooo!

Me sentí desamparado en aquella inmensa oscuridad. No alcanzaba a ver ni la palma de mi mano. Entonces eché a andar, a caminar sin saber hacia dónde, a caminar hundiéndome en esas lomas de arena del desierto, donde sólo viven los escorpiones.

Tobías - ¡Camellooo! ¡Camellooo!

Tenía sed, hambre, cansancio. Pero eso no era lo peor. Lo peor era que estaba completamente solo. Amaneció y no había nada ni nadie a mi alrededor. Seguí caminando. Volvió la noche sin luna, cerrada sobre mi cabeza como una losa de sepulcro. Yo corría, gritaba, pero nadie me respondía, nadie. Estaba completamente perdido y completamente solo.

Tobías - Y así estuve cuatro días y cuatro noches en aquel infierno.
Pedro - ¿Y cómo saliste de allí, paisano?
Tobías - Me salvaron las estrellas. Ellas son las amigas más fieles que tiene un camellero. Poco a poco, me fueron orientando hasta que atisbé, a lo lejos, una pequeña aldea que le dicen Guerar. Les juro, amigos, que cuando vi a una persona, corrí hacia ella y me tiré a sus pies y se los besé y grité de alegría. Ya no estaba solo. Créanme, prefiero que me quemen en la Gehenna si tengo a alguien junto a mí, que volver a sentirme como allá, sin nadie a mi lado. Porque eso es el infierno: quedarse solo.

Cuando Tobías, el camellero, terminó su relato, todos respiramos hondo, como si también nosotros acabáramos de salir del desierto. Las lamparitas de aceite seguían chisporroteando sobre las paredes de la taberna.

Pedro - ¡Uff! Oigan, compañeros, ¿por qué no cambiamos de conversación? Tengo los ojos del cordero bailándome aquí en la tripa.
Susana - No me extraña, Pedro, con tanto infierno… ¡Ea! ¿Por qué no subimos un rato al cielo? Allá, por lo menos, uno no se sentirá tan solo, digo yo.
Felipe - Yo no sé usted, doña Susana, pero aquella de los siete maridos, sí que tendrá donde escoger, ¿no es así, saduceo?
Saduceo - ¡Deja lo de saduceo, caramba! Yo lo que dije es que no puede haber cielo porque, si lo hay, ¿cómo se las arregla esa viuda?
Lázaro - Y si no lo hay, ¿cómo se las arreglan los ángeles, eh? ¿Dónde se meten todos los angelitos, dime tú?
Felipe - Los angelitos… y también las angelitas. Porque habrá de todo, me parece a mí.
María - Ya comenzó Felipe con sus cosas. Que no, cabezón, que allá arriba no habrá nada de eso.
Felipe - ¿Ah, no? Y entonces, ¿qué hace uno, caramba? ¿Chuparse el dedo?
Susana - Lo que uno hace es ponerse de rodillas ante Dios y adorarlo. Eso es lo que hay que hacer en el cielo.
Felipe - Y después, ¿qué?
Susana - Después, lo sigues adorando porque el Señor es tres veces santo y en el cielo estaremos todos así, con las manos juntas, ante el trono de Dios, repitiendo sin cesar «santo, santo, santo» por los siglos de los siglos.
Lázaro - ¡Amén! Perdone, doña Salomé, pero sólo de pensar en tantos siglos y tanto «santo, santo, santo»… me ha entrado un sueño…
Felipe - Y pregunto yo, camaradas, ¿no habrá otro sitio mejor a donde ir? Porque, a decir verdad, ese cielo está un poco aburrido.
María - No hay otro lugar, Felipe. O al cielo, o al infierno. Escoge tú.
Felipe - Bueno, en ese caso… cuando me entierren, que uno de ustedes me eche los dados en el bolsillo, a ver si encuentro por ahí algún querubín que le guste jugar y, entre un santo y otro, nos echamos una partidita. ¿Eh, qué les parece, compañeros?
Jesús - Yo tengo una idea mejor, Felipe.
Felipe - ¡Caramba, Jesús, ya era hora de que abrieras la boca! ¡A ver, suelta esa idea!
Jesús - Digo yo que por qué no sacas los dados y comenzamos el cielo ahora mismo. ¡No hay que esperar a morirse, hombre!(5)
Pedro - ¡Apoyo al moreno! ¿Dónde están esos dados?
Felipe - ¡Aquí están, muchachos! Ea, ¿quién juega?
Lázaro - ¡Yo!
Natanael - ¡Y yo también!
Jesús - ¡Vamos, Lázaro, corre y trae unas buenas jarras de vino! ¡Y tú, María, échale aceite a las lámparas para que estos granujas no hagan trampa en lo oscuro! ¡Marta, pon alguna leña a quemar para sacarnos el frío de los huesos! ¡Vamos, vamos!

Jesús tiró los dados. Y todos los que estábamos alrededor de la mesa, desde el saduceo hasta el camellero Tobías, entramos en el juego.

Felipe - ¡Apuesto cinco a uno a que el cielo será esto mismo: una fiesta de amigos!
Jesús - ¡Pues yo apuesto cincuenta a uno a que será todavía mucho mejor!

Aquella noche en Betania, Jesús nos enseñó que el cielo será una fiesta grande, sin término.(6) Entonces ya no preguntaremos nada y nadie podrá quitarnos la alegría.
El texto original está en los evangelios: Mateo 22, 23-33; Marcos 12, 18-27; Lucas 20, 27-40.




Comentarios
1. El valle de la Gehenna rodea la ciudad de Jerusalén por el oeste. Por el sur se junta con el valle del Cedrón. «Gehenna» es la forma griega de la palabra hebrea «Ge-Hinnom» (Valle de Hinnom). En este valle se habían ofrecido antiguamente sacrificios humanos al dios pagano Moloc, provocando que los profetas maldijeran el valle (Jeremías 7, 30-33). Unos 200 años antes de Jesús la creencia popular era que en la Gehenna estaría situado un infierno de fuego para los condenados por sus malas acciones.

2. Por ser un lugar desacreditado y maldito, el valle de la Gehenna se había destinado a basurero público de Jerusalén. En el ángulo sureste de las murallas se abría la llamada Puerta de la Basura, que daba al valle. Por ella se sacaban fuera de la ciudad todos los desperdicios, escombros y desechos, que eran quemados allí. En Jerusalén había barrenderos y diariamente se barrían las calles de la capital. El oficio de basurero estaba en la lista de los oficios «despreciados», por su carácter repugnante.

3. Durante siglos, el pueblo de Israel no creyó en el infierno. Creía que al terminarse la vida en la tierra, los muertos bajaban al «sheol», un lugar situado en las profundidades de la tierra o bajo las aguas, en donde buenos y malos mezclados languidecían sin gozo ni pena. El «sheol» es mencionado 65 veces en el Antiguo Testamento, siempre como un lugar triste, donde no hay esperanza de cambio alguno. Otros pueblos -como los babilonios- creyeron también en un lugar similar (Job 10, 20-22; Salmo 88, 11-13; Eclesiastés 9, 5 y 10). La idea del “sheol” llega hasta el final de la Biblia (Apocalipsis 1, 18). Jesús habló del fuego y del “crujir de dientes” porque era hijo de esta cultura. Pero lo característico de su mensaje fue la esperanza para después de la muerte.

4. Doscientos años antes de Jesús surgieron los saduceos, enemigos de los fariseos. Constituyeron un grupo aristocrático, al que se integraron sacerdotes, levitas, terratenientes y mercaderes. Eran gente influyente y poderosa que no creía ni en la llegada del Mesías ni en la vida después de la muerte, por lo bien que les iba en ésta. Ligados al poder romano y a sus beneficios económicos, defendían en su «teología» que la recompensa de Dios sólo se obtenía en esta tierra, precisamente en forma de buena posición, dinero y privilegios. Su falta de «esperanza» estaba, así, muy justificada. Los saduceos eran ardientes defensores del sistema establecido.

5. Sólo al final del Antiguo Testamento apareció en Israel la creencia de que después de la muerte habría recompensas y penas para las buenas o malas obras hechas durante la vida. La primera vez que las Escrituras plantean la fe en la resurrección de los muertos y en la inmortalidad individual, es en los libros de los Macabeos (2 Macabeos 12, 41-46; 14, 46). Frente a la muerte de los guerrilleros israelitas que combatieron por la liberación de su pueblo contra tropas extranjeras, el pueblo comenzó a intuir que los mártires de la liberación nacional serían resucitados por Dios. Surgió la convicción de que aquellos héroes no podían estar definitivamente muertos. El libro de los Macabeos no habla de la resurrección de todos los hombres, sino sólo de los caídos en combate. Así, la creencia en la resurrección surgió en Israel a partir de una historia de insurrección. Y así es como en los orígenes del pueblo Israel conoce a Dios como «liberador» al ver que siendo ellos esclavos en Egipto consiguen su liberación con la ayuda de Dios, ahora, unos cien años antes de Jesús, conoce Israel al Dios «resucitador» cuando al ver morir en una lucha de liberación a sus mejores hombres, empieza a entender que esos muertos son «de los que nunca mueren».


Qué será de los hombres después de su muerte es algo que ha preocupado a todas las culturas, a todos los pueblos, hasta nuestros días. El evangelio está escrito por personas que eran herederas de una serie de ideas -unas más antiguas y otras más recientes- sobre estos temas. Por eso no puede sacarse de ellos una articulación homogénea sobre qué sea la vida de ultratumba. Porque no la dan. Y porque el hecho histórico de la resurrección de Jesús vendría a cambiar completamente las ideas en este punto para los que se llamaron cristianos partiendo del judaísmo. Jesús habló del fuego o del «crujir de dientes» porque era hijo de su tiempo. Pero no «dogmatizó» sobre estos temas. Habló así porque así se hablaba en su época. Lo hizo inspirándose en el basurero de la Gehenna. Si hay una cosa clara en el pensamiento de Jesús sobre la muerte de los que son hijos del Reino, son justos, luchan por la justicia y aman a sus hermanos: tanto su vida como su muerte está en manos de Dios, como está la vida y la muerte de los gorriones (Mt 10, 29). No tienen por qué temer. La fe en Dios, el Padre de Jesús, encierra la certeza de que venceremos la muerte. En resumen, el evangelio hace del «después» de la muerte objeto de la esperanza. Frente a la muerte insuperable y al silencio que Dios guarda ante ella, la palabra de Jesús es eso: Esperanza. La liberación que él anuncia, vencerá también a la «última enemiga», la muerte (1 Cor 15, 26).

6. Jesús habló del cumplimiento «pleno» del Reino de Dios, no llamándolo cielo. Pero, por experiencia, sabemos que esa plenitud no se da en esta vida, pues la muerte siempre acecha al hombre.


Tres cosas caracterizan sus palabras sobre este futuro que aguarda al hombre:

A) No habrá allí «nacionalidades», fronteras, discriminaciones. Habrá una igualdad plena, más allá incluso de las diferencias biológicas (Mt 23, 30). Esta aparente -a primera vista- «espiritualización» la hace Jesús, y hay que señalarlo, por oposición a las ideas que representaban en su tiempo el grupo de los saduceos. Estos eran gente influyente y poderosa que no creían para nada en la vida después de la muerte, por lo bien que les iba a ellos en ésta. Ligados al poder romano y a sus beneficios económicos, defendían en su «teología» que la recompensa se daba solamente en esta tierra, precisamente en forma de buena posición, dinero y privilegios. Su falta de «esperanza» estaba, pues, muy justificada. Por eso, los saduceos eran ardientes defensores del sistema establecido y descarados colaboracionistas de los romanos. Jesús rechaza este materialismo saduceo como referencia a lo que pueda ser la plenitud del Reino de Dios (Mc 12, 18-27).

B) Jesús utiliza varias imágenes para hablar del futuro, del “mundo nuevo”: los seres humanos verán a Dios con sus ojos, se repartirá la herencia, se oirán risas de fiesta, la familia de Dios se sentará a la mesa del Padre, se partirá el pan de la vida. Y todo cambiará: los últimos serán los primeros, los pobres dejarán de serlo, los hambrientos serán saciados… Según Jesús, todo lo anunciado comienza ya en la tierra, como un atisbo de lo que será la plenitud. 

C) Jesús promete la plenitud del Reino de Dios, la salvación a la comunidad.  En esta perspectiva, la imagen del banquete de fiesta con la casa a rebosar fue la central en el lenguaje usado por Jesús para hablar sobre el futuro (Mateo 22, 1-14). El “cielo” será una fiesta sin fin.

Las imágenes que algunos predicadores y libros de religión han dado tanto del cielo como del infierno son peligrosísimas para una auténtica maduración de la fe. En cuanto al infierno, buscan aterrorizar y dan de Dios la imagen de un sádico que se goza en ver sufrir a los condenados en cámaras de tortura donde el fuego lo llena todo. En cuanto al cielo, consiguen aburrir y dan de Dios la imagen de alguien tan soberbio que lo único que quiere es que se le contemple en su trono de majestad, se le hagan reverencias, se le cante y se le alabe, mientras él permanece distante y solemne. En nada de esto se percibe al Jesús del evangelio que habló de un Dios Padre lleno de ternura y que le reveló, mezclándose con todos como uno más, teniendo compasión de todas las debilidades, alegrándose en las fiestas, sufriendo con el dolor de los demás. El cielo y el infierno están bien cerca de nosotros. El cielo está en la comunidad que comparte y se alegra, en el amor verdadero entre los seres humanos, en la convivencia, en la relación, en el gozo de estar juntos y saber que todos se quieren y que nadie busca dominar a nadie. El cielo es la creatividad, el humor, la salud, las ganas de vivir, el juego… El infierno está en la soledad. Quien se niega a ser hermano, a ser igual a todos, a servir, a compartir, podrá tener dinero, fama y poder, pero está cavando su propia tumba.

7. Lóguez Ediciones - Salamanca 1984, págs. 750-759 

2 comentarios:

emejota dijo...

¡Serendipia, serendipia! Has escrito el mismo comentario jocoso con respecto al "cielo" y la viudez, en la primera parte de tu entrada que yo en mi comentario a Mamé en la última entrada de mi blog, solo que se me ha ocurrido hacerle viudo y con solo cuatro mujeres rondándole por ahí arriba. Ja,ja.
Ahora sigo leyendo, no he podido evitar escribir esto a voz de pronto. UFA.

Miguel Ángel dijo...

emejota, no digas esas palabrotas; es una simple coincidencia. Además eso se nos ocurre a tod@s al primer golpe al tratar de estos asuntos. Se trata de las contradicciones evidentes que surgen cuando se toman los rábanos por las hojas; no podía ser de otra manera. Espero que te guste el resto… TBO

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