Mañana de problemas, no problem




Suni tiene cita en el hospital, Baiju está en la India visitando a su madre enferma, y Sara no puede quedarse sola. He aquí el problema planteado; hay que darle solución.
Respuesta: Vamos en el corsa y volvemos de la misma forma.
Problema: Sara necesita silla de tres meses. Hay que buscarla.
Respuesta: J nos la presta. La trajo el miércoles.
[Esta operación requiere que el corsa esté debidamente habitable. Limpieza de pelos y señales de los chuchos, vaciado y retirada de plásticos cubreasientos y demás parafernalia, aspiración general del tapizado… No hubo necesidad de limpiar cristales. Todo resuelto en una hora].
Así estamos y llama Suni diciendo que ella va de camino en autobús, que nos espera a las once en recepción. Estupendo, vamos para allá.
La consulta se realiza con toda la normalidad del mundo, y Sara está acompañada… y defendida de curiosos y curiosas que diciendo ¡qué preciosidad! se la pasan de unos y unas a otros y otras. [No hay como tener la piel cobriza para entusiasmar al personal].
Termina todo y volvemos para casa.
Problema: La silla de ruedas, con que Suni ha traído a Sara es una cosa muy rara, con tres ruedas, como si de un buldózer de obras públicas se tratase, incomprensiblemente incomprensible, no sabemos cómo introducirla en el maletero. [Hay que especificar que la tal sillita vino al almacén como desecho ya no útil, porque la criatura para quien fue destinada en primera instancia ya debe andar o correr. Carece de manual de instrucciones].
Solución: Sara y Suni vuelven en autobús, y nosotros en el corsa.
Moraleja: Si no tienes con qué, no te metas.
Está visto que en este país y en este siglo, tener familia está muy bien. Pero si no tiene euros siquiera para un buga grande, o vas a pie, o vas andando. O en autobús, que es el medio de transporte más racional.

Zurciendo calcetines




El caso es que de vez en cuando me toca repasar las “carreras” de mis calcetines. Eso es lo que hacía mi mamá, con un huevo de madera que conservo, aprovechando las horas de más luz. No estaban los tiempos para estrenar par de medias cada dos por tres. De ella he heredado la costumbre de repasarme las punteras de los calcetines. Mis dedos gordos son poderosos, y suelen taladrarlos. Así que es raro el par que no está remendado.
Alguien dirá… ¡a qué viene ahora recordar aquellos tiempos!
De mismo modo que han empezado a aparecer por mi barrio tiendas de “cosetodo”, debieran volver a ocupar los bajos de las escaleras de vecinos puestos de cogedoras de puntos de media. Seguro que sacaban suficiente para vivir, ahora que está tan escaso el trabajo.
Y trabajo es lo que me da este blog. Rara es la semana que no descubro que alguna entrada pasada ha quedado desfigurada porque algún enlace o alguna imagen ha desaparecido. No es que vuelva a revisar todo lo publicado, sería imposible; tras casi cinco años estoy a punto de alcanzar los 1300 artículos, y no me apetece volver a releerlos ni dedicar tiempo al agua pasada. Sin embargo hay algunas entradas que me gusta disfrutarlas, porque salieron redondas, porque disfruté mientras las escribía, porque se creó a su alrededor un amasijo de comentarios que para bien o para mal las hicieron imperecederas.
Por ejemplo, una de hace tres años, sobre la asertividad, se enriqueció sobradamente con los comentarios de gente amiga. Partí de un material de nuestra catequesis y adopté un material de la red que me ayudaba a completar el tema. Ayer, por una cosa extraña, ha tenido un número de visitas llamativo y he ido allá a curiosear. La encontré pelada de todo lo que pedí prestado.
He pasado un ratejo recomponiéndola con material propio, muy deficientemente por cierto, puesto que he escaneado unas diapositivas con el escáner plano en lugar de hacerlo con la máquina de fotos. Si hoy saco otro ratejo, lo mejoro.
No me gusta dejar atrás las cosas a medio hacer. Tampoco que lo que hice entonces, ahora ya no esté como lo dejé. No importa si tiene visitas o no, con que yo lo encuentre insatisfactorio me basta. Por eso precisamente de un tiempo a esta parte no suelo tomar prestado nada importante, porque no tengo seguridad de permanencia.
Si tomo algo, lo hago de lugares que ofrecen confianza, como wikipedia y páginas oficiales. Y si puedo evitarlo, lo evito. Así me blindo ante visitas indeseables e imprevisibles. Aún tengo en la memoria la imagen de un toro salmantino, que copié ya no recuerdo de donde, que disparó una poesía de mi amigo Andrés hasta las catorce mil visitas. En cuanto lo cambié por uno propio, se acabó el visiteo.
En google recuerdan que, si puedes evitar subir alguna imagen, es preferible tomarla de otra página para no cargar demasiado el peso de la cuenta; pero no merece la pena dejar el trabajo expuesto a la veleidad ajena. Además, cada vez que entro para mirar qué espacio ocupo, resulta que me han doblado gratis la capacidad. O sea que de momento ese no es problema.
El problema reside en tener imágenes propias adecuadas, y el tiempo para subirlas. Porque en este medio la letra sola sabe a poco.
Sin embargo, siempre puede suceder algún percance, y sin hacer nada te sale una carrera en las medias y… o las tiras, o las zurces.

¿Comes carne, miguelangel?



Mi doctora favorita, Milagros, no miró bien mis papeles cuando el otro día me cité con ella para ver los resultados de mis análisis anuales. Si lo hubiera hecho, no habría formulado la pregunta. Porque el año pasado ya le preocupó algo mío respecto a la vitamina B12, e insistió con una prueba adicional, que dicho sea de paso, resultó normal del todo.
Aún así se abstrajo durante un buen rato mirando cifras y porcentajes… Apuntó lo bajo del azúcar, para añadir a continuación que posiblemente tuviera que ver con el largo ayuno previo a la extracción… Sí, dije yo, DOCE horas sin probar bocado, y además un paseo al amanecer con mis amiguitos trotando por los campos.
Total, que todo estaba bien. ¿Y los marcadores prostáticos? inquirí como si fuera yo el galeno ante su paciente. Pues lo pedí, pero no lo han mandado. ¿Tienes molestias? Ni una. En realidad hasta los sesenta y cinco no hace falta mirarlo, salvo que notes alguna anomalía. Más o menos así respondió ella.
Como iba a dar la consulta por concluida, pregunté: ¿Y el electro? Ah, sí, tenemos un electro… Pues tienes que esperar a que lo suban, porque se han olvidado de traerlo.
Volví a salir al pasillo y estuve de palique con el personal de fuera, que esto es como un barrio y nos conocemos hasta las enfermedades de cada quien.
Llegó el electro, me volvió a llamar y tras un exhaustivo examen de los gráficos y cifras me espetó: tienes bradicardia. Luego, con voz suave, continuó: estás bien, pero ahí hay un pequeño detalle que tengo que estudiarlo más despacio; el miércoles vienes a las nueve menos cuarto y, sin esperar,  lo vemos.
De allí vengo ahora, de hablar con mi doctora. Y esto es lo que ha dicho: Bloqueo AV de primer grado, crecimiento de aurícula izquierda. Placa de tórax y vienes la semana que viene.
Y luego vino la explicación: los impulsos eléctricos de tus aurículas tardan en llegar a los ventrículos. No tiene, en principio, más importancia que saberlo por si hubiese alguna contraindicación con alguna medicación o tratamiento que te indicara.
Ya en casa miro en Internet, la enciclopedia de los ignorantes (que no tienen vergüenza en reconocerlo), y veo que, (a parte de cosas mucho más graves), esto suele ocurrir en deportistas muy entrenados en los que va asociado a bradicardia en estado de reposo, y en personas mayores de 60 años. O sea, que estoy estuphendamente.
No obstante, expondré este asunto a mi cardiólogo preferido, el doctor Carlos.

Perder es un verbo transitivo


Porque implica un complemento directo, según me lo enseñaron cuando estudiaba gramática y literatura. Admite también una forma refleja o reflexiva, cuando el sujeto de la acción coincide con el complemento: se perdió…
Señal sacada con falsh
Tornillo en el suelo
Se perdieron un tornillo el otro día unos operarios municipales. Cambiaron las señales que marcan la “reserva de aparcamiento” a la puerta del templo parroquial, y al poner las nuevas también repusieron los tornillos que las sujetaban. Al recoger los bártulos, se ve que los tornillos viejos no les hacían falta y uno quedó perdido en el asfalto. Hoy, al salir con la mirada al cielo para disfrutar la nieve que caía rala y mansamente, piséle y manquéme. Miré, y esto vi:
El que perdió el tiempo esta mañana fui yo. Aprovechando que iba al centro a una gestión, intenté encontrar sustituto para un grifo de fregadero modelo 1970; imposible dar con aquellas tiendas y almacenes de fontanería y accesorios de saneamiento que surtían al vecindario. Han sido trasladadas a los polígonos exteriores o simplemente sustituidas por las grandes superficies, donde venden de todo. A lo que pude comprobar, no sólo perdí yo, también la ciudad se ha quedado sin servicios a la vuelta de la esquina.
Señal sacada sin falsh
Hay otros, sin embargo, que han perdido oportunidad de estar callados. Han quedado en evidencia. Veremos ahora cómo salen de ésta. Y no sólo gente de la política; también de la economía y de la religión. Incluso en el deporte también se “larga” más de la cuenta.
Una que no perdió el tiempo esta mañana: Moli. En cuanto vio que además de llover, nevaba, hizo lo que tenía que hacer para manifestar que no quería más paseo. ¡A sus órdenes! Y nos volvimos. Tampoco Berto, que antes de que me tumbara para sestear, se colocó él y me quitó el sitio. Gumi, sin embargo, le da lo mismo perder que ganar; haga lo que haga, nunca pierde.
Yo no perderé más tiempo por hoy. Ahora mismo llamo al Jefe y le felicito. Es San Vicente, diácono de Zaragoza y mártir. Voy pa’llá.
Una cosa más, antes de cerrar. Esa señal de tráfico, completamente nueva, sirve exactamente igual que la vieja: no la hace caso nadie. Por eso el chirimbolo sigue estando donde está, para que estorbe y moleste a quien no quiera obedecer al código de la circulación ni respetar una rampa de acceso para discapacitados y otras necesidades y circunstancias.

¿Sólo palabras? Karl Rahner


 
Una tarde de domingo permite recuperar viejos textos y leer a pensadores clásicos. Su pensamiento está vivo. Y seguirá estándolo si no dejamos que su memoria se pierda.
No es este el caso. Karl Rahner lo dejó escrito casi todo.
Pongo de muestra este pequeño texto de su magna obra. Pertenece a un artículo suyo publicado en Escritos de Teología, volumen III. Su título “Sacerdote y poeta”:

 

Hay palabras que dividen y palabras que aúnan. Palabras que explican un todo desintegrándolo y palabras que transmiten su mensaje como un conjunto a la persona –no sólo a la inteligencia– auditora. Las hay de origen artificial, susceptibles de arbitraria definición, y las hay que siempre fueron recién nacidas –no fabricadas–, como un milagro; que nos iluminan –no nosotros a ellas–, que nos pueden, porque son regalos de Dios (aun cuando en boca humana) y no factura de los hombres. Hay palabras que aíslan y limitan. Otras que hacen transparecer en un solo objeto la total, inmensa Realidad, menudas conchas en las que resuena el océano de la infinitud. Unas palabras son claras por chatas y superficiales; otras, en cambio, son oscuras, porque claman el deslumbrante secreto de lo dicho. Existen palabras para la cabeza, instrumentos con que dominar a las cosas. Pero las hay también que brotan del corazón rendido y adorante ante el misterio que nos avasalla. Unas que aclaran lo pequeño, iluminando un retazo tan sólo de realidad, y otras que nos confieren sabiduría al dar un todo unánime a lo múltiple. A estas palabras aunantes y conjuradoras, mensajeras ante todo de la Realidad, señoras de nosotros, nacidas del corazón, proclamadoras, regaladas, a éstas quisiera yo llamar palabras originales o protopalabras. A las otras podríamos denominarlas las confeccionadas, técnicas palabras útiles.
Claro está que no puede tratarse de una división definitiva de las palabras en estas dos clases. Se refiere más bien al destino de los vocablos que, como el de los hombres, levanta y postra, beatifica y condena, ennoblece y rebaja. Las palabras tienen su historia. Y el señor de esta historia, como de la humana, es sólo uno: Dios; señor y portador incluso de ella al pronunciar, en carne terrenal, estas palabras y ordenar que como suyas se escribieran. Existen, pues, innúmeras palabras que ascienden –o descienden– a una u otra categoría según sea el empleo que el hombre haga de ellas. Cuando el poeta o el pobre de Asís invoca el agua, dice algo más vasto y originario que el H2O a que la rebaja el químico. No se puede llamar H2O al agua que, como dice Goethe (Seele des Menschen), se asemeja al alma. El agua que el hombre ve, que el poeta canta, con que el cristiano bautiza, no es una poética exaltación del agua del químico –como si éste fuera el verdadero realista–. Al contrario, el agua del químico es un restringido derivado técnico, secundario, del agua del hombre. Una protopalabra ha caído por obra del destino –un destino que contiene el sino milenario de una Humanidad– a la palabra útil, tecnicista, perdiendo en el salto más de la mitad de sus sustancia.
Sería estulta superficialidad considerar indiferente el volumen de contenido de una palabra; creer que, con saber su sentido y el de la idea expresada, no hace falta más y tanto vale un vocablo como otro. No, las protopalabras escapan precisamente a toda definición y sólo matándolas se las desentraña. ¿O es que hay quien crea que todo se puede definir? Pues si así no es, si definir es recurrir a otras palabras a su vez indefinibles, si estas palabras últimas (ya lo sean absolutamente, ya como remate histórico–fáctico de la automanifestación, refleja y analítica, del hombre) poseen una «simplicidad» que encierra en sí todos los misterios, nos vemos forzados a reconocer la existencia de protopalabras, base de la existencia espiritual humana, que el hombre ha recibido, no creado a su arbitrio, que no se dejan seccionar («definir») en piezas fragmentarias.
Se dirá que todo esto es oscuro. Cierto. Un discurrir dividente, de mosaico, es más claro y distinto. Pero ¿es también más verdadero, más saturado de realidad? ¿Es el «ser» claro? Naturalmente, dirá el simplista. El «ser» es aquello que no es «nada». Buen, pero ¿qué es «es» y qué «nada»? Se escriben libros sobre ello sin acertar a extraer del océano de estas palabras más que un pequeño cántaro de agua insípida.
Las protopalabras son precisamente la casa encendida de la que salimos, aunque es de noche. Están siempre repletas como de un leve son de infinitud. Hablen de lo que hablen, murmura en ellas todo. Quien pretende recorrer su ámbito se pierden en lo intransitable. Son como parábolas, apoyadas en un punto y disparadas al infinito. Son vástagos de Dios que guardan en sí un poquitín de la clara oscuridad de su Padre. Un conocimiento que se enfrenta con el misterio de la unidad en la pluralidad, de la esencia en la apariencia, del todo en la parte y la parte en el todo, será siempre oscuro y confuso, como lo es la realidad misma, que en tales palabras se adueña de nosotros y nos hunde en sus incalculables abismos. En estas protopalabras, espíritu y carne, significado y símbolo, idea y vocablo, objeto e imagen son todavía original, auroralmente una misma cosa (lo cual no quiere decir «la misma» cosa). «Oh estrella y flor, espíritu y veste, amor, dolor, tiempo y eternidad», exclama Brentano, el poeta católico. «Qué significa esto? ¿Puede acaso hablarse así? ¿O se trata de palabras originales que deben entenderse sin pretender explicarlas con términos baratos y «más claros»? Dado que la docta penetración las aclarase, ¿no tendríamos que volver de nuevo a estas palabras del poeta, a estas protopalabras, para comprender y captar en su íntima verdad qué quería decir propiamente el extenso comentario? Flor, noche, estrella y día, palabra, beso, rayo, calma, respiro, estas y otras mil palabras de los primeros pensadores y poetas son protopalabras, más hondas y verdaderas que las gastadas monedas verbales de nuestro cotidiano comercio espiritual; esas que gustamos de llamar «ideas claras» porque la costumbre nos ha dispensado de reflexionar en lo que significan.
Cada protopalabra revela un fragmento de realidad por el que se nos abre, misteriosa, la puerta que conduce a la insondable hondura de la auténtica Realidad. El tránsito de lo singular a lo ilimitado, en el movimiento sin fin que los pensadores llaman trascendencia del espíritu, entra tan de lleno en el contenido de estas palabras, que las hace más que palabras: sonido dulce de la incesante moción del espíritu y del amor a Dios levantada desde el menudo objeto terrenal –lo único al parecer montado por el vocablo.
Las protopalabras poseen –así podríamos aclarárselo al teólogo– un sentido literal y uno espiritual sin el cual el primero deja de ser lo «propiamente» significado. Son palabras del infinito tránsito fronterizo, es decir, palabras de las que en algo pende incluso nuestra salvación.
… Estamos tal vez aquí para decir: casa,
puente, manantial, puerta, jarra, frutal, ventana,
o a lo sumo: columna, torre… para decir, entiéndelo
decir, oh, de manera como las cosas mismas
interiormente nunca creyeron ser…
(Rilke, Novena Elegía)
Sólo quien comprende estos versos es capaz de captar lo que queremos decir al hablar de «protopalabras». Y por qué pueden éstas con razón –y deben– ser oscuras. No decimos que no puedan ser utilizadas para disfrazar de hondura una superficie confusa; ni que sea osa de hablar oscuramente lo que pudo expresarse con claridad. Lo que afirmamos es que las protopalabras espejan al hombre en su irrevocable unidad de espíritu y materia, de trascendencia y concreción, de metafísica e historia; que existen palabras originales, porque todo se enlaza en una misma urdimbre, y así cualquier palabra auténtica y verdadera ahonda sus raíces en las profundidades sin fin.
Una peculiaridad de ellas será preciso enfocar aquí con más detenimiento. Las protopalabras constituyen, en sentido propio, la presentación, la «puesta ahí» de la cosa misma. No se limitan a señalar algo sin mudar su relación al oyente; no hablar acerca de una relación entre lo nombrado y el auditor. La protopalabra trae la realidad enunciada, la torna presente, la pone ahí. Naturalmente, el modo como esto se verifica es múltiple según sea la realidad nombrada y la potencia de la palabra. Pero un fenómeno sucede siempre que se pronuncia una palabra original: el advenimiento para el oyente del objeto mismo. Y ello no sólo por el hecho de que el hombre, como ser espiritual, sólo posee la realidad en cuanto que sabe de ella. Esto es evidente. Pero no se trata sólo de que el cognoscente se adueña por la palabra de lo conocido. Es lo conocido también lo que ase al cognoscente –y amante– por medio de la palabra. Por ella se inserta lo conocido en la órbita existencial del cognoscente, y este ingreso importa una plenitud de realidad del propio conocido.
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