No Carta a los no Reyes…


Velasco viene de vela, como de peña peñasco.
Y este trozo de carbón, este trozo es tu regalo.

Así decía la nota que encontré al levantar la tapa del pupitre aquella mañana de reyes del año… en fin, estaba en 3º de Bachillerato, luego andaría por los doce años y sería Navidad de 1960. Creo que fue la última vez que escribí la carta, no sé si creyendo aún o ya sin creer. Sí sé quién escribió la nota: el hermano Gabriel, religioso babero. Fue en Bujedo, Burgos, en el aspirantado de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, instituto fundado por San Juan Bautista de la Salle para la educación cristiana y gratuita de los niños pobres. Allí estuve cuatro años, y fui feliz. Me marché de allí porque tanta felicidad no podía ser buena, y me temí lo peor.
El carbón era de azúcar, y además había más cosas que ya no recuerdo. Sí un trozo de vela, para que el ripio hiciera juego con los regalos. Me lo comí, por supuesto; no el cabo de vela, el trozo de carbón. Y usé, con toda seguridad, los otros pequeños detalles que me dejaron.
Ahora que soy mayor tengo que dejar las cosas de niño. Como Pablo de Tarso. No porque no me sirvan; sino porque me parece indecente usar de ellas, o abusar. Si ya la niñez es pasado para mí, pretender manifestarme y que se me trate como rapaz es una jugada calculada que perseguiría que mis cartas de escaso o nulo valor engañasen a los triunfos reales de la vida. Mucha cara de palo, o de póquer, tendría que poner para conseguirlo. No es lo mío.
La vida es real, y vosotros no lo sois. Yo soy real como soy, no como quiera o pretenda aparecer. Y este escrito es de mí y para mí, por tanto no es carta, sino auto reflexión. No obstante, si desde vuestra no realeza (¿también no realidad?) queréis hacerla caso, es vuestra decisión.
Ni reyes, ni magos, ni sabios, habéis no obstante forzado –u orientado dulcemente- a Benedicto XVI a lanzarse, al campo de batalla de los que carecen de armadura para lidiar, a cuerpo limpio de Joseph Ratzinger en igualdad de condiciones. Porque se ha bajado del caballo, y no empuña arma alguna de ordeno y mando, ni quiere ser reconocido como investido de inerrancia o infalibilidad. A pesar, sin embargo, del esfuerzo, me cuesta creerlo, no me fío. Mea culpa, mea maxima culpa.
Ojala también hubierais influido de alguna manera en otros personajes de la realidad, para que se despojaran de cualquier ropaje mágico, dogmático, hermético. Que aparecieran en su desvalida y limpia humanidad nos habría ayudado mucho en este aciago año 2012 pasado y no por ello olvidado. Con toda seguridad unos, los políticos y economistas, no habrían tomado las decisiones políticas y económicas que tanto hacen sufrir; y otros, hombres de religión o del pensamiento, no habrían dicho o dejado de decir palabras que confunden, humillan y alejan.
Si sois una leyenda teológica, o histórica, o simplemente literaria, eso quiere decir que los seres humanos somos capaces de inventar bonitos relatos, para creer en ellos y para contárnoslos unos a otros. Así, al tiempo que nos animamos, también nos entretenemos.
Lo malo es que pudierais ser una rémora, simple cuento para entretener el hambre e inducir al sueño; que pensando en vosotros, nos olvidáramos de la realidad; que soñando, no quisiéramos despertar; que esperando, no hiciéramos otra cosa.
No quiero vuestro oro, ni vuestro incienso, ni vuestra mirra. Propiamente ya los tengo; o no, y ni falta que me hacen. Y eso, signifiquen lo que signifiquen, entiéndanse como se entiendan. De oro e incienso poco he visto en mi vida. De mirra algo he probado. Es amarga, como la verdad, al decir de aquel poeta.
Quedáoslos, no los quiero; que la vida ya se encargará de hacer reparto según su parecer y capricho. No os pido nada; no porque no quiera verme mañana con cara de decepción, sino porque pretendo seguir no mirándome en el espejo; no me importa salir de casa con el pelo enmarañado y en el carrillo manchas de las babas de la Moli; si la arruga ya no es bella, tampoco una camisa planchada tiene la menor importancia salvo que tape u oculte sentimientos torcidos; mis botas no necesitan brillo, sino que mis pasos acierten con el buen camino.
Sólo quiero que mañana amanezca, como todos los días, y que lo haga a su hora, ni temprano ni tarde. Ya con eso tengo suficiente para poder decir…
Siento dentro de mí, Señor,
un profundo deseo de vivir.
A pesar de mis pequeños o grandes sufrimientos,
me siento contento de vivir y digo un sí
del cual todavía no acierto a ver las consecuencias.

¿Qué es este sí, Dios mío?
¿Qué conlleva consigo?
¿Es un ingenuo optimismo?
¿Es deseo de vivir y dejar vivir?

Señor, renuevo hoy, aquí, mi sí
y asumo, ante Ti, el gran compromiso
de darle cuerpo y alma.

Mientras no entienda del todo la vida,
su riqueza y su miseria,
a Ti te confío mi sí, Señor.

Eso sí estaría bien, ser yo mismo ofrenda que hiciera al Niño reír. Ser regalo y presente,
      en gesto de vasallaje ante Majestad tan humilde;
      en adoración rendida  ante Dios tan humano;
      en acogida agradecida ante Vecino tan incondicional;
      en reconocimiento total ante Rey tan servicial.


No supe de Víctor Jara hasta entonces





Con motivo de mi ordenación sacerdotal, un grupo de activos cristianos y activistas platajunteros [1] me obsequiaron en junio de 1975 un paquete de cintas de audio y unos cuantos libros.
De los libros que recibí por aquel entonces sólo recuerdo dos: El Capital de Karl Marx, y En el jardín perfumado, que me llegaron por otro camino. Pero de aquel cupo musical guardo las tres casettes: Paco Ibáñez en el Olimpia volumen I, Obras inmortales de Albert W. Ketelbey, y Te recuerdo Amanda de Víctor Jara.
Aún las conservo, pero en conserva; su delicada situación no permite reproducirlas sin que se terminen de romper. No me importa, porque ahora tengo otros medios para escuchar la música que contienen; y aquí duermen el sueño de los justos y mantienen la vela de una fecha: 15-VI-75.
Concretamente la de Víctor Jara contiene las siguientes piezas, y cito de memoria, pero sin temor a equivocarme [2]:
01. Te recuerdo Amanda
02. Juan sin Tierra
03. Preguntas por Puerto Montt
04. A Luis Emilio Recabarren
05. Abre tu ventana
06. A la Molina no voy más
07. Plegaria a un Labrador
08. La partida
09. El niño yuntero
10. Vamos por ancho camino
11. A desalambrar
12. Duerme, duerme Negrito

No puedo concretar en cifra cuántas veces di vuelta a las pobres cintas; ahora están hechas unos zorros la de Ibáñez y la de Jara y pasable la de Ketelbey.
Sí mantengo en la memoria quienes cantaron conmigo las canciones de ambos; en mi casa y en el campo, en plena calle y ante los aturdidos paisanos de aquel pueblo de Campos.
Supe de Víctor Jara ex auditu; vibré con su canto; reflexioné con sus letras; aprendí historia, sociología, política, psicología… a fuerza de repetir una y mil veces sus canciones. Crecí y maduré cantándolas en unos años difíciles de mi vida, en los que supe de soledades, quebrantos e incomprensiones.
Conservo también, he de decirlo, un viejo cuaderno con la transcripción literal de sus letras y los acompañamientos; también, y pegado a cada una de sus hojas, el sudor añejo de mi juventud. ¡Y la guitarra! aunque asaz desfigurada por los viajes y los malos tratos recibidos a lo largo de la ya nada corta vida que ha vivido.
Mantengo una canción suya en el cancionero parroquial: Plegaria a un Labrador [3]. No la cantamos, está para ser rezada desde la no violencia convencida a pesar de pedir “¡limpia como el fuego el cañón de mi fusil!”. Y espero y deseo que los peques -unos y otras- que conmigo cantaron sus canciones en aquellos fuegos de campamento durante los veranos de su infancia, ahora le mantengan en algún rincón de su memoria y aún caliente una pizca siquiera sus corazones de adultos.
Aquel Chile de septiembre de 1973 me ha perseguido durante mucho tiempo. Y luego de un período de reposo, vuelve a ponerse delante de mis ojos y de mi alma con la noticia de que los verdugos del cantautor están siendo llevados ante la justicia [4].
Casi cuarenta años después; ni el conde de Montecristo habría tenido tanta paciencia. Larga vida a la justicia si es capaz, ahora, de poner las cosas en su sitio.


TE RECUERDO AMANDA O JARA EN EL CORAZÓN [5]
Félix Población

Acabamos de saberlo, 31 años después. El nombre del responsable ya está a disposición de los archivos de la consternación y el espanto. Acaban de revelarlo los jueces de un tiempo nuevo en Chile. Así de largo ha sido el plazo que se ha tomado la justicia frente a la fácil y burladora acechanza de ese fantasma devorador de las afrentas que llaman olvido.

No podía ser de otra forma. Habían silenciado al cantor pero no la vida de su canto. Pervivía ésta en la razón y sentir de sus versos entre quienes le profesaron cariño y escucha, firmes valedores de su memoria y tenaces retadores de la impunidad criminal y alevosa que acabó con su biografía.

El cantor había dejado la semilla y la huella de su paso en la voz del viento. Decía León Felipe que los vientos fuertes llevan a cada cual a su sitio. El de los poetas afincados en la entraña popular está en la permanencia de su soplo para hacer más respirables los paisajes de la existencia:

Si se calla el cantor muere la vida,
porque la vida misma es todo un canto.

Nada ni nadie acallará jamás a los poetas, a menos que acabemos con nuestra más cabal certidumbre de humanidad, ese código fundamental de ser libres a través de la palabra. Si eso ocurriera, el hombre perdería su más alto sentido de habitar la tierra con la disensión y el acuerdo, clave de nuestra cultura y suma proscripción en la que se basa la sinrazón del pensamiento único:

Que no calle el cantor porque el silencio,
cobarde apaña la maldad que oprime.

A Víctor Jara lo detuvieron los frenéticos sicarios del general Augusto al día siguiente de que éste acabara a tiro limpio con el régimen democrático de Salvador Allende. Encarcelado en el Estadio Chile, donde se consumaría una de las páginas criminales más espeluznantes de la historia del país, fue golpeado y torturado. Sus manos, sobre todo, sufrieron el sadismo bestial de sus verdugos, obcecados sin duda con la idea de silenciar para siempre la música de sus dedos. Pero aunque apagaron su corazón con 34 balazos, el corazón de esa música no ha dejado de sonar desde entonces:

Debe el canto ser luz sobre los campos,
iluminando siempre a los de abajo.

Por eso sabemos hoy que el director general de aquel concierto de barbarie en aquel estadio de muerte tiene identidad y rango. Confiado sin duda en que su retiro como militar de alta graduación le sería plácido y apacible hasta el final de sus días, el teniente coronel Mario Manríquez acaba de encontrarse con la voz del cantor, que le acusa desde la razón, el sentimiento y la fidelidad de sus deudos, seguidores y amigos -contra el tiempo y el olvido- en el mensaje de justicia y libertad que proclamaba su música:

No saben los cantores de agachadas,
no callarán jamás de frente al crimen.

Entre todos ellos estará Amanda, hija de Víctor y de Joan Turner, y nieta de Amanda, la modesta abuela lavandera que aupó en el recuerdo de su hijo una de sus más enternecedoras e inolvidables canciones. Por eso, en estas horas de reencuentro con la verdad perseguida y la justicia anhelada, mi recuerdo para las dos Amandas, pues si la una dio razón y vida al canto de Jara, en la otra ha de progresar sin duda la sazón de su ejemplo y todos sus frutos:

Si se calla el cantor muere de espanto
la esperanza, la luz y la alegría. [6]

1 Platajunta: Organismo unitario constituido en marzo de 1976 por la fusión de  Junta Democrática de España y Plataforma de Convergencia Democrática. Para más información ver wikipedia

2 El contenido de esta cinta de audio es una selección del LP “Pongo en tus manos abiertas…”, su cuarto album de estudio, publicado en 1969, según he podido comprobar.

3 La chavalada la titulaba El Padre nuestro de Víctor Jara, que me pedían repetirla una y otra vez, enardeciéndose todos con los amenes finales; y su letra es:

Levántate y mira la montaña
de donde viene el viento, el sol y el agua,
tú que manejas el curso de los ríos,
tú que sembraste el vuelo de tu alma.
Levántate y mírate las manos,
para crecer, estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre,
hoy es el tiempo que puede ser mañana.
Líbranos de aquel que nos domina en la miseria,
tráenos tu reino de justicia e igualdad,
sopla como el viento la flor de la quebrada,
limpia como el fuego el cañón de mi fusil.
Hágase por fin tu voluntad aquí en la tierra,
danos tu fuerza y tu valor al combatir,
sopla como el viento la flor de la quebrada,
limpia como el fuego el cañón de mi fusil.
Levántate y mírate las manos,
para crecer, estréchala a tu hermano.
Juntos iremos unidos en la sangre,
ahora y en la hora de nuestra muerte, amén, amén.


5 Tomado del blog Diario del aire

6 Si se calla el cantor, de Horacio Guarany.


 

Sobre el matrimonio







Aquel profesor de introducción al Nuevo Testamento se la jugó con nosotros. Un día se soltó la melena y nos brindó una exégesis tan novedosa como coherente de un texto del evangelio de San Mateo. Se trata de la perícopa Mt 19, 10-12:
Los discípulos le replicaron:
-«Si tal es la situación del hombre con la mujer, no trae cuenta casarse».
Pero él les dijo:
-«No todos pueden hacer eso que habéis dicho, sólo los que han recibido el don. Hay eunucos que salieron así del vientre de su madre, a otros los hicieron los hombres, y hay quienes se hacen eunucos por el reinado de Dios. El que pueda entenderlo, que lo entienda».
De tradición en la Iglesia se ha entendido que este último párrafo está referido al celibato, abstención de vida matrimonial. Pero el ahora supongo jubilado profesor nos dio otra versión que bien pudiera ser la verdadera.
Los antecedentes en Mateo están en la pregunta que le hacen a Jesús, si está bien despedir a la mujer con un libelo de repudio, como enseñó Moisés. Jesús contesta con que el diseño primero fue que hombre y mujer formaran una sola carne, y que así sólo Dios podría querer y poder separarlos, no los hombres… sólo. Es decir, la mujer está en igualdad de condiciones para despedir al marido. Así se desprende de la respuesta textual que en evangelista Mateo transmite:
«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (19, 6b).
Ante la protesta de sus discípulos que lo consideran excesivamente duro, Jesús confirma que es así, y que no todos pueden con ello. Hay que nacer “castrado” para aceptar a la mujer de igual a igual, ser forzado a ello por la sociedad o recibir una “gracia” muy especial para entenderlo. Y concluye que no todos pueden.
Aquel buen profesor nos hizo ver que, visto sólo desde la óptica masculina, la fidelidad matrimonial es imposible o poco menos, por más que sea un fin deseable.
Todo esto lo adobó con textos en griego que ni entendí ni quise investigar, ante un grupo de alumnos y alumnas que tampoco preguntaron. ¿Para qué? Se trataba de un mero ejercicio intelectual. No tenía aplicación. La suerte estaba echada desde el principio.
¿O nos tomó soberanamente el pelo? En lo que yo puedo decir, no he encontrado ni por asomo a nadie que concordara con él. ¡Menudo tunante!
Si tuviera razón, el viejo profesor estaría diciendo que ni el matrimonio, en cualquiera de sus versiones -civil, eclesiástica o de hecho-, puede entenderse como indisoluble salvo en cuanto al deseo de que así sea; y en segundo lugar, que Jesús nada dijo sobre la soltería, tanto se le llame celibato como voto de virginidad.
En fin, ahora recuerdo este episodio de mis tiempos de estudiante porque un amiguete se separa, y no es que quiera a otra persona, es que se ve incapaz de convivir con la que se casó. Si se les acabó el amor, si no lo supieron mantener, si fue del todo imposible a pesar de que lo intentaron…
Quedaría incompleto este escrito si no añadiera algo que he encontrado por ahí. No pido perdón por ponerlo, tampoco por el posible machismo que resuda cada dicho. Aprovecho que estamos comenzando el año y aún suenan petardos en la calle y en mi cabeza burbujea el champán de nochevieja.
Casarse es como ir a un restaurante con amigos, haces el pedido y cuando ves lo que pidió el otro quieres lo que él tiene.
El hombre no está completo hasta que se casa. Después está terminado.
Un hombre dijo: Yo no conocía la verdadera felicidad hasta que me casé, y después ya era demasiado tarde.
Cuando un hombre te roba a tu mujer, no hay mejor venganza que dejar que se quede con ella.
No es verdad que los hombres casados viven más que los hombres solteros, sólo parece más largo el tiempo.
Perder a una esposa puede ser difícil, en mi caso fue casi imposible.
Si no fuera por el matrimonio, el hombre pasaría su vida pensando que no tiene defectos.
Un hombre exitoso es aquel que hace más dinero que el que su esposa pueda gastar. Una mujer exitosa es aquella que pueda encontrar un hombre así.
Un hombre le dice a otro, muy orgulloso: Mi mujer es un ángel. Y el otro le dice: Qué suerte que tienes, la mía sigue viva.
El matrimonio es la última decisión que toma el hombre.
Todos los príncipes azules destiñen.
Patrimonio es un conjunto de bienes. Matrimonio es un conjunto de males.
Cásate con un arqueólogo… cuanto más vieja estés, más bonita te verá.
El matrimonio sirve para resolver aquellos problemas que nunca hubieras tenido si todavía estuvieras soltero.
El matrimonio es una situación en la que ninguna mujer obtiene lo que esperaba y ningún hombre espera lo que obtiene.
El amor es ciego, pero el matrimonio te abre los ojos.
¿Sabes qué hice antes de casarme? Todo lo que yo quería.
El matrimonio es el triunfo de la imaginación sobre la inteligencia.
Recientemente leí que el amor es una cuestión de química. Debe ser por eso que mi esposa me trata como si fuera un desecho tóxico.
Algunas personas nos preguntan el secreto de nuestro largo matrimonio. Nos reservamos tiempo para ir a un restaurante dos veces por semana. Luz de velas, cena, música suave y baile. Ella va los jueves y yo los viernes.
“Si consigues una buena mujer, te convertirás en un hombre feliz. Si no, te convertirás en filósofo”. (Sócrates)
Dos secretos para mantener vivo el matrimonio:
1. Cuando estés equivocado, admítelo.
2. Cuando tengas razón, cállate.
Hay sin embargo en Jesús una novedad. A pesar del momento histórico y cultural que vivió, miró a la mujer a la cara, y ellas también a él. Y no era descaro, era respeto.

La Infancia de Jesús, según el Papa, o sea Joseph Ratzinger



Me acerqué al libro para ver alguna novedad. Tan a bombo y platillo lo habían anunciado, y la prensa sacó titulares tan a contrapelo, que decidí comprarlo. Alguien se me adelantó y lo depositó en mi correo.
Una mañana, algo tempranito, me puse a leer…
Hasta que me atasqué. Exactamente en la página 33, justo ante el epígrafe “El nacimiento virginal, ¿mito o verdad histórica?
[Antes de nada he de resaltar la forma de escribir que tienen en la imprenta vaticana. Porque supongo que me ha llegado en versión original, habida cuenta de quien ha sido el sujeto emisor. Acostumbrado a escribir con mi pequeña máquina portátil, ahora en el ordenador utilizo muy poco, prácticamente nada, el tabulador, y doy al paso de carro sólo al empezar párrafo tras punto y aparte. En el resto la máquina misma pasa a renglón siguiente, y me dejo llevar por la corriente. En esta edición que estoy leyendo, en versión texto rtf, hay golpes de tabulación a todas las horas, y prácticamente hay renglones enteros cuyas palabras están separadas no por el espaciador, sino por el tabulador. Una cosa muy extraña, y sin embargo la apariencia del escrito es exquisita, perfecta.]
A lo que iba. Ahí, en la treinta y tres me he parado. Y desde ahí continuaré, porque me lo voy a leer todo.
El caso es que en las páginas leídas aprecio que el autor, o sea Joseph Ratzinger, está instruido en los avances de la investigación bíblica; cita a autores de última generación. Pero no discute con ellos, simplemente dice que su opinión no le convence, y que le gusta mucho más la suya.
Esto me recuerda cuando estudié filosofía escolástica, la única en mi vida, que en cada tesis, tras el enunciado general y el estado de la cuestión, se citaban a los adversarios, es decir, a los pensadores que no estaban de acuerdo con el principio enunciado, o bien defendían posturas que de alguna manera lo contradecían, o las consecuencias de sus afirmaciones llevaban a conclusiones diferentes… A todos se los ventilaba de un plumazo, con razones o sin ellas; las más de las veces por el método expeditivo de acusarles de estar en el error. Claro ellos ni mu, no había lugar a la controversia. De modo que la tesis pasaba a continuación a defender su principio, rematando con uno o varios corolarios en los que normalmente se volvía a zumbar a los disidentes.
Así he podido observar que se maneja el autor en este pequeño libro sobre la infancia de Jesús en estas páginas primeras.
Hasta aquí nada ha cambiado. Salvo el incidente de la mula y el buey, que ciertamente no aparecen en los evangelios, la teología que se desprende es la que está, la de siempre.
Sin embargo, el otro día, departiendo tras una comida de familia, alguien dijo que había empezado a leer y que también lo había interrumpido. Se sentía perpleja, la mujer. Esperaba otra cosa, tal vez palabras claras y contenidos concretos, entendibles y asumibles. Concluía que volvería al Catecismo. Mi pecado fue callarme, cuando debería haberle señalado que el lugar a donde dirigirse en su situación eran los evangelios; así, directamente y sin más dilación.
Acabé de leerlo hace unos días. Y me quedé… como estaba.
No voy a discutirlo. No doy la talla. Quien lo firma lo hace por doble partida: por su nombre de pila bautismal, Joseph Ratzinger, y por su nombre de Papa, Benedicto XVI. No voy a discutir, tampoco evaluar, a un teólogo reconocido; mucho menos poner en tela de juicio la palabra del Papa.
Sin embargo, hay una cosa que me runrunea; si está tan seguro de lo que dice, con el segundo nombre basta, y aquí paz y después gloria. Pero si no lo está, con el primero solo habría dejado todo abierto, y permitiría que cada creyente razonara por sí mismo lo que le parece mejor. No creo que quienes investigan y tienen puestos en centros docentes oficiales vayan ahora a decir en público otra cosa, a pesar de que las investigaciones de los últimos cincuenta años ofrecen interpretaciones y reflexiones muy distintas. Y los que son de otros lugares o pastan libremente por su cuenta tienen ya su público y lectores, y seguirán en lo suyo; eso al menos creo yo.
Volví a comer con la familia, y surgió de nuevo el tema. Esta vez enmendé mi pecado, y apunté claramente que el libro conviene leerlo, porque está bien saber qué opina el Papa de este asunto, y con él una parte grande de la Iglesia Católica, y ver sus razones y explicaciones. Volver al catecismo, dije que no era la solución, porque un texto así está cuadrado, o redondo; tiene límites, exactamente las palabras en que está escrito; es punto de llegada, no de partida. Dejé bien claro que lo mejor de lo mejor es tomar el evangelio y leer en él. Ya se encargará el Espíritu que está dentro de sus letras y palabras de dirigir el corazón ansioso para entender, comprender y orar.
Claro, otra cosa hay que dejar bien clara antes de nada: el texto de la Biblia es asequible, en lectura y en adquisición (se lee fácilmente y es barato), y no tendría que faltar en ninguna casa en donde habite persona bautizada. Pero ya comprendo que esto es harina de otro costal, como decía mi padre cuando el asunto a tratar tiene otras connotaciones que más vale no tocallas.


Ahora que empezamos año nuevo






Una queja…

 

Estoy cansado del camino.
Hemos recorrido desiertos
y subido montañas.
He tocado oasis
y he bebido de sus aguas.
Aguas frescas y sedantes
que me invitaban a fijar domicilio junta a ellas.
Y Tú me decías: «¡A caminar! ¡A caminar!».
Déjame.
Déjame en este arbolado
disfrutar de la sombra y de las aguas.
He traído lleno el zurrón
y quiero comer en paz la pobreza de mi saco
sobre esta hierba,
bajo estos árboles,
junto a estas aguas.
Su murmullo me librará de la soledad.
Déjame.
No me agarres de nuevo por el cuello
para llevarme a caminar
sin caminos
rumbo a lo desconocido.
Que ya he andado mucho
y estoy cansado de seguirte
día a día por sendas no marcadas,
sin un hogar al que poder decir:
¡Mi refugio! ¡Mi descanso!
Déjame
y no me obligues a comenzar de nuevo
mañana
la ruta.

Un deseo…


Señor, haz de mí un instrumento de tu solidaridad.
Donde haya hambre, que yo regale tu pan
y enseñe a conseguirlo honradamente.
Donde haya enfermedad y falta de higiene,
que yo promueva la sanidad.
Donde haya niños desescolarizados,
que yo busque los recursos necesarios.
Donde no haya techos o estén rotos,
que yo trabaje por viviendas dignas.
Donde haya desaliento e inhibición,
que yo fomente la participación y la esperanza.
Donde haya desunión entre vecinos,
que yo impulse la colaboración comunal.
Haz que no busque mi vanidad,
sino el bien de mis hermanos;
que no trabaje por mi reconocimiento,
sino por su desarrollo material y espiritual;
que no promueva el agradecimiento hacia mí,
sino su dignidad;
y que mi satisfacción consista
en haber amado con obras.
Gracias, Señor, porque cuanto más doy, más recibo;
cuanto más trabajo, más ayudo;
cuanto menos me busco a mí mismo, más eficaz soy;
y cuanto más comparto con los pobres,
más resucitas Tú en mí,
porque Tú eres... «la Solidaridad».

Un propósito…


Construir, con las paredes rotas de la fe,
una fe nueva que nos haga vivir.
Con las ruinas de la vieja esperanza,
edificar la utopía desde abajo.
Con nuestros pequeños gestos de amor,
traer fraternidad universal.
Con la sucia palabra de todos los días,
cantar limpiamente a la vida.
Con las nubes de nuestra historia,
tejer un manto de ternura.
Con las piedras que hieren nuestros pies,
hacer una calzada recta.
Con nuestras manos cansadas,
elevar a quienes caen sin fuerza.
Con el sudor de nuestra frente,
regar la tierra para que fructifique.
Con las lágrimas amargas del dolor,
elevar la ciudad de la alegría.
Con la pérdida de nuestras seguridades,
forjar una paz duradera.
Con nuestros proyectos enterrados,
dar vida verdadera.
Si lo que cuenta es reabrir el amor y la vida,
aquí y ahora, para todos y a tu manera, Señor,
que nada de cuanto me suceda pase por inútil.

Una súplica…


Jesús, ¡vuelve!
Vue1ve y dinos lo que es ser mujer, ser hombre:
por qué podemos vivir con entereza y exigirla,
ser dueños y señores, a pesar de la explotación y la pobreza,
encender los ojos y mirar de frente, no al suelo, como esc1avos.
Jesús, ¡vuelve!
Vuelve y dinos lo que es ser hermanas y hermanos:
por qué podemos amar y construir solidaridad,
a pesar del individualismo, la corrupción y la injusticia,
abrir la mano y darla, no cerrarla como los bancos.
Jesús ¡vuelve!
Vue1ve y dinos lo que es tener dignidad
como imágenes e hijos de Dios:
por qué podemos dar la cara por nuestros derechos,
a pesar del paro, el hambre y la manipulación,
organizamos y luchar por nuestros hermanos, como tú.
Jesús, ¡vuelve!
La injusticia nos aprieta el cuello.
El desempleo hiere.
El hambre mata.
La productividad sin respiro dobla las espaldas.
Los que valen menos no interesan.
Los que no pueden se hunden.
El consumo nos tiene presos.
Los dioses nos aplastan.
Las religiones conservadoras nos apartan de la acción.
Estamos sin Dios y sin alma.
¡Vuelve, vuelve, Jesús!,
Tú que eres nuestro molde
y sabes lo que es ser dueño, hermano, hijo de Dios,
con la frente alta y la cabeza fría,
el corazón caliente y las manos a la obra
para hacer un mundo distinto,
de hijos de Dios y hermanos tuyos.
¡Vuelve, Jesús, vuelve, vuelve!

Una bendición…


Que tu frente sea libro abierto
que muestre los surcos de la vida sin avergonzarse;
que permanezca desnuda y erguida
dejándose azotar por todos los vientos
que van y vienen gratis.
Que ni un pelo de tu cabello se pierda, inútil,
sin haber recibido su ración de caricia,
pues, aunque parezca desmedido,
con ellos se tejen las trenzas de amor
que, atándonos, nos hacen libres.
Que tus ojos se sorprendan cada día
guiándote más allá, siempre más allá
de lo opaco, oscuro y absorbente;
que pongan luz, color y claridad
en todo lo que les llega y de ellos sale.
Que tus mejillas, cual nuevo arco iris,
manifiesten la vida y la gracia
que anida dentro de ti siempre;
que sigan siendo lugar de encuentro
y campo sincero para el beso.
Que tu nariz perciba el inconfundible olor
que hace que cada cual sea él,
y cada circunstancia y cosa, únicas;
que te acompañe todo el año un recuerdo a perfume grato
cual es el que dejan desde el frasco de sus esencias
las gotas de la vida, dada y vivida.
Que tu boca tenga siempre el parlamento dispuesto,
y sea voz de los que no tienen voz;
que lance buenas nuevas y besos de vida
sin detenerse en cotos y praderas;
que sea puerta de aire fresco
y dadora de savia para todos tus alimentos.
Que tu espalda soporte sin doblarse
el dulce peso de los días pasados;
y que comparta, sin trampas ni miedos,
presente y futuro, alegrías y tristezas,
veranos e inviernos, alas y barro,
porque sólo compartiendo nos hacemos fuertes.
Que tu corazón no pare su ritmo
ni congele sus anhelos en tiempo de sequía,
pues, aunque su latir parezca monótono,
es él quien te lleva a lugares secretos
y te hace vivir lo cotidiano de forma nueva.
Todas sus pulsaciones son golpes de vida
y bendiciones mías que remuevan tu sangre.
Que tus manos acaricien, acunen, abracen,
agarren, alcen y sostengan;
que se posen mansamente sobre hombros amigos,
que conserven su sensibilidad
y permanezcan permanentemente abiertas,
-hundidas, acogidas, recreadas-
en el mar infinito de otras manos.
Que en la espiral de tu ombligo
confluyan todas las energías
benéficas del cosmos y de la creación entera;
y que en su copa bebas las esencias de la historia,
para que sientas en tus propias entrañas
el palpito del ser, solidario y universal, que hay en ti.
Que tu sexo conozca el trabajo y el desvelo,
el gozo y el placer,
del encuentro y del misterio;
que sepa entregarse y recibir sin barreras
hasta ser una sola carne con espíritu,
amante, amada, fecunda, creada.
Que tus pies te hagan caminar erguido y con dignidad
por todos los lugares y caminos de la tierra;
que soporten el peso de la historia y de la vida,
porque ellos están destinados a ser columnas
de un mundo nuevo construido como casa para todos.
Que tu cuerpo sienta en todo momento
el soplo del Espíritu, que es aliento de vida,
y que así se haga sacramento mío,
hogaza universal, vino gran reserva,
comida fraterna, banquete compartido.
Para esto te bendigo ahora y siempre:
para que siendo tú mismo/a, seas bendición mía.

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