Una acacia ha muerto. ¡Viva el olivo!



      Hace más de veinticinco años plantamos dos acacias. Una de ellas se murió al poco, y hubo que sustituirla. Todas ellas fueron regalo de quien entonces era capataz del Vivero Forestal. Fue un detalle, porque en ese lugar ni venden ni regalan; producen para repoblar bosques y ceder a ayuntamientos y diputaciones de toda la Autonomía. El caso que en el jardín parroquial había dos acacias de bola que lucían frente al sol. Ahí están, a las 10:00 horas del martes.
      La más vieja de las dos, murió el pasado verano.
      En los trabajos de jardinería yo sólo opinaba y terciaba, y quien de verdad hacía era Felipe. Era el que sabía y también el que tenía oficio para manejar herramientas. Se nos fue este otoño, con 86 septiembres.
      Cosa de Felipe fue también poner un olivo. Él sacó uno de otro mayor, no tengo ni idea dónde fue a buscarlo. Luego yo conseguí otros dos por igual procedimiento, que me traje de Las Arribes del Duero un día de campo y marcha por tierras de Salamanca. Plantados en el jardín, agarraron y crecieron. Dos regalé a dos vecinos recién llegados que se pusieron a hacer jardín. El que quedó ya no sé si es de Felipe o mío. Zanjo la cosa y digo: de los dos. Es el que se ve en la foto.
      Este es el mismo olivo por su cara norte, entre las lilas y junto al membrillo. Por cierto este año los membrillos se quedaron en la infancia, y no hubo nada que hacer con ellos. Por el suelo están.
      Y esta es la acacia en cuestión, muerta y en pie, como mueren los árboles que se precian, después de haber dado todo lo que tenían.
      Era menester quitarla porque el olivo, agobiado por los lilares y sobre todo por el cedro, requiere otro lugar, más espacio, más aire, más autonomía, menos riego.
      Cuando lo decidí, tembléme. Ya no está Felipe. He de hacerlo yo solito. ¿Sabré hacerlo? El olivo está vivo y sano, no está preparado para ser movido, hay que andar con tiento y tacto.
      Y luego está lo otro, el agujero, el hoyo, el cavar y el palear. Y hace ya mucho que no uso pico y pala, las manos se me han puesto suaves y blandas, y los riñones ya están un poco viejos.
      Ahí están, junto a ella, el pico y la pala, malas, muy malas herramientas. Yo las tengo pánico, pero ¡qué remedio, no hay otra manera de remover la tierra cuando ésta se pone de frente y te dice: cava y muere…
       Tres horas encorvado, sacando tierra y escarbando entre las raíces, dieron como resultado ¡árbol va!


      Y vaya si fue. Rendido ya estaba, lo que queda es madera; algún hogar calentará en lo que falta de invierno.
      Aquí está el desalmado que se atrevió a derribar lo que no consiguieron arrugar vientos fieros y soles inclementes. ¡Qué victoria más pírrica! No importa. ¡Felipe, lo conseguí!

      Contumaz, persiste en demostrar su victoria, al estilo de aquellos viejos cazadores de bisontes y mamuts. ¡Qué arrogancia, qué gran vileza vanagloriarse de tal gesta! Qué me importa lo que digan, lo he conseguido, y basta. Y sí, ya sé que esta pequeña acacia no es una sequoia sempervirens; no tenía tantos aires de grandeza ni aspiraciones mayores que la dar sombra en un rincón de nuestro patio. Y lo hizo mientras pudo.


      Última vista del desastre y desolación perpetrada. Así cayeron estos pasados días muchos árboles frondosos por culpa de malos vientos. Hasta pinos centenarios se vieron en vida, muertos. No fue, sin embargo, el caso de esta acacia de mi huerto, que ella murió antes, mucho antes, no sé si de malos humos o de falta de alimento.
      Ahora, ya da igual. Deja su sitio vacío, pero por poco tiempo.

(Continuará mañana)


Hoy es mañana ¡Esto continúa!

      Felipe me había dicho, "si vivo para entonces ya te iré diciendo cómo hacerlo, y si no, pues toma nota. Quitas los lilares para tener espacio de trabajo. Podas lo más que puedas el olivo, no temas cortar demasiado, no te preocupes que ya tendrá otra vez frondosidad. Cavas alrededor del tronco, procurando coger de cepellón lo más que puedas, todo lo que tus fuerzas te permitan luego levantar. Y, procurando no sacudirlo demasiado para que las raicillas no se ahuequen de la tierra, lo pasas al hoyo nuevo. Echas primero la tierra primera que sacaste, la que está más soleada, y al final echas la última, la que está más fría. Aprieta la tierra según la vas echando, sin apisonarla excesivamente, y cuando tenga como la mitad, echas agua para que se junte bien todo, que no quede aire entre las raíces y la tierra echada. Y luego, haces una novena al santo que más te guste, y a esperar. Yo creo que no vas a tener problema y el olivo agarrará".
      Total, que así lo he hecho, eso al menos creo yo. Este es el proceso.


      Fui cavando alrededor, dejando tierra junto a la base del árbol. Hoy no metí el pico, que con él controlo menos. Usé la piqueta, que es más manejable aunque te deja el brazo para el desgüace.

      No quité los lilares, como me había aconsejado Felipe. A ojo calculé que si hacía mayor el pie de árbol no podría acarrearlo ni aunque llamara a todos los vecinos en mi ayuda. Cuando ahuequé lo más que pude la tierra por todo el contorno,

di pequeños empujones al tronco, para que se cortara la raíz principal, que tiene todo los visos de bajar vertical hasta el centro de la tierra.

      En un momento dado oí un crác; rompió la dichosa raíz, y bailó suelto el arbolito. Ahora si tengo fuerzas, lo muevo; y si no, quito poco a poco y voy viendo…

      Así quedó, el pobre, tumbado y derrengado. Ahora sí que lo domino, ya es todo mío.

       Este hoyo ya no tiene sentido. Hay que rellenarlo de tierra, y que las lilas campen a sus anchas.

      Este hoyo es la estación término. Va a recibir pronto al nuevo inquilino.

      Poda del olivo, tal como me indicó Felipe. ¿Habré quitado suficiente? Nunca se cuándo voy a acertar con lo justo. De momento lo dejo así, ya veré más tarde si conviene cortar más, aún hay tiempo.

      Primera aproximación. Queda demasiado profundo, hay que calzarle un poco, que los bajos son siempre muy fríos y por tanto peligrosos. Es sencillo, se echa en el fondo tierra cálida y se le vuelve a situar, atendiendo siempre a la vertical, que luego ya no es tan fácil moverlo.

      Así ha quedado el olivo. No se le oye, pero está diciendo que no está mal el nuevo emplazamiento que le hemos ofrecido. Incluso la piedras del rededor le sirven de adorno además de protección contra los pillos del barrio, que les gusta agarrarse a los árboles cuando juegan a pillar.

      Tampoco va a estar tan solo. Él necesitaba estar un poco más a su aire, pero sin pasarse. De modo que ahí tiene a la acacia y a la parra, por si tienes ganas de platicar. Justo a la derecha, y sin salir en la foto, hay un acebo que también es de pocas palabras, pero alguna cosa le dirá.

      Terminada la faena, sale Gumi a ver qué pasa. Aprovechando la coyuntura me saco una foto ya que esta vez no tengo reportera gráfica. El sol me cubre las espaldas.


      Insisto para que se me vea bien, y porque Gumi ha avanzado unos pasos y está más grade. Y de paso digo que este animal pronto, el 22, ¡cumple cuatro mesazos!

      Esta vez Gumi no quiere nada con mis calcetines, porque sabe que las botas son demasiado duras para sus dientes. Se para porque ha cogido algún olor que le reclama.

      De modo y manera que Gumi, a falta de otras presas, olisquea lo que los gatos del barrio han dejado en el único patio en tierra que existe en esta pequeña aldea.
      Este cuento está acabando. Una acacia se murió. Otra se mantiene bien viva. El cedro sigue siendo el rey. Pero el olivo ha cambiado de trinchera. Lo dicho. ¡Viva el olivo!
      [Ya enseguida comienzo una novena a san cucufate para que me cuide el olivo y agarre con todas sus fuerzas. Si queréis acompañarme, seréis bien acogidos.]

Yo sí lloro. A propósito de una entrevista a José Ignacio Munilla



Llevo dos días intentando digerir todo el follón mediático que se ha volcado sobre el papel y sobre el ciberespacio a resultas de unas palabras expresadas por el obispo de San Sebastián en una entrevista hecha en La Ventana de la Ser.

El pasado viernes confieso que me desazonó el radio despertador, enchufado a la Ser, con un titular que me aplanó.

El País ofrecía el audio de la entrevista, pero no hubo manera de que pudiera descargarlo, y sólo tenía ante los ojos las frases entresacadas que se publicaban.

En numerosos blogs y en portales de información general y específica se aireaban los mismos titulares y había comentarios verdaderamente antológicos si no fueran más bien vergüenza. Me ha sido del todo imposible contar todos los comentarios de aquí y de acullá, pero puedo asegurar sin temor a equivocarme, que suman varios miles. Pero no conseguí sacar nada en limpio. Sólo insultos y apóstrofes contra la persona de Munilla y su pensamiento teológico.

Hoy, domingo, por fin he conseguido oír sus propias palabras desde esta url: http://www.cadenaser.com/cadenaser/podcast/audios/cadenaser_laventana_20100114csrcsr_14_Aes.mp3

Reconozco que no he escuchado toda la entrevista. Sólo me interesaban las frases que tanto se han aireado. Son las últimas de su conversación. Las transcribo aquí, para que juzgue el personal.

Gemma Nierga:
 

«Quiero terminar, monseñor, acordándonos juntos de la catástrofe de Haití, de tantos muertos, de tanta desgracia como ha dejado. Incluso esta mañana creo que en el programa suyo en Radio María algún oyente creo le preguntaba acerca de este tema ¿verdad? Es decir, la perplejidad en la que se sumen los católicos cuando se preguntan ¿Por qué Dios permite estas calamidades?»

Obispo Munilla:
 

«Pues así es, la verdad, en Radio María las llamadas suelen entrar en directo, allí no hay filtro y, bueno, pues esa llamada, esa pregunta ha respondido a una pregunta que todos llevamos dentro de nosotros, si existe Dios por qué existe también el mal. Cómo es posible que los más inocentes, porque claro somos conscientes de que a veces parece que el mal se ceba en los más inocentes. Y bueno, pues la respuesta que yo he dado la he referido también a Jesucristo. He querido recordar cómo Jesucristo fue el inocente, el justo de Dios, y sin embargo también pues él fue injustamente perseguido e injustamente condenado a muerte. Y la respuesta que le he dado a ese oyente esta mañana ha sido la siguiente: Que desde luego si el mal tuviese la última palabra entiendo que sería incompatible con la existencia de Dios, ¿eh? Sería incompatible. Ahora bien creemos firmemente que el mal no tiene la última palabra, creemos firmemente en que Dios nos ofrece una felicidad eterna y creo que existen males mayores, aunque parezca fuerte lo que voy a decir, existen males mayores que los que esos pobres de Haití están sufriendo estos días. Yo recordaba esta mañana en Radio María ese momento del evangelio en el que Jesús, cargando con la cruz, camino del Calvario, se encuentra con un grupo de mujeres que lloran por Jesús al verle atormentado. Y Jesús les dice, no lloréis por mí, llorad por vosotras. Nosotros nos lamentamos mucho de los pobres de Haití, pero igualmente también deberíamos, además de poner toda nuestra solidaridad en ayudar a los pobres, nuestros medios económicos, etc., también deberíamos de llorar por nosotros, por nuestra pobre situación espiritual, por nuestra concepción materialista de vida, quizás es un mal más grande el que nosotros estamos padeciendo que el que esos inocentes también están sufriendo.»

Yo, ahora, estoy más tranquilo. No creo que haya dicho este obispo nada que de motivos para tanto ruido y escandalera. Es algo que se atiene a la normalidad de la persona que las dice, y que incluso los dos periodistas que con él estaban, Gemma Nierga y Mikel Huarte, aceptan en la entrevista con simpatía.

Puestos a decir, tendría que haber dicho más, bastante más. Supongo que la entrevista se pasó de tiempo, así al menos dieron a entender tanto Gemma como Mikel, que por cierto estaba encantado escuchando.

Yo no soy quien para hacerlo, pero voy a atreverme a insinuar algunas cosas.

La historia de Haití es muy larga, y muy tortuosa. Tan torcida que no me es fácil recorrerla por mis medios. Parece ser que además de España, en esa isla han hecho sus desmanes bucaneros, filibusteros y toda clase de corsarios, Francia, EEUU, los Duvalier y sus tontons macout, las mafias de toda calaña, y la madre naturaleza.

¿Dónde están los quinientos mil millones de euros que dicen que la ONU ha invertido en ese país para desarrollarlo? Porque resulta que ahora sólo tiene una carretera para entrar y salir hacia República Dominicana.

Sólo un puerto y sólo un aeropuerto, ahora destrozados e inservibles. ¿No se merecían aquellas gentes algunos más? ¿Por qué no los tienen si se trata de una isla?

Allí dentro existe más solidaridad internacional, laica y/o religiosa, por metro cuadrado que en ninguna otra parte del planeta. ¿Qué sino o qué mal absoluto ha impedido ver algún fruto de ese esfuerzo?

Un terremoto, un maremoto, un cataclismo no hay quien los pare. Pero hoy día hay artilugios para prevenirlos y tomar alguna medida ante su próxima llegada. ¿Esa isla no tenía derecho a ellos?

Sólo nos queda llorar con ellos, y echarles encima toda nuestra ayuda, y más.


Anoche, viendo Informe Semanal, estoy seguro que mucha gente lloró viendo lo que la tele nos transmitía.

Pero yo, creedme, estoy llorando por mí, porque no he hecho nada para evitar o al menos aminorar ese mal.

¡Me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra!


Trasteando en un blog vecino, Diario del Aire, di con otro lugar y con este texto que me ha producido empatía, simpatía y sintonía. No es que lo ocurrido en Haití esté ahí explicado. Pero pensando, pensando en lo que se dice, tal vez se entiendan cosas a las que hemos estado dando vueltas durante estos días pasados.
Yo disfruté, y también sufrí, leyéndolo. Mirad a ver si os pasa lo mismo. No es demasiado largo y no os ocupará más que unos minutos.


"Del hecho al desecho"
por Eduardo Galeano (Uruguay)
martes, 12 de enero de 2010
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco..
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.
¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.
¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.
Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

¡Guardo los vasos desechables!
¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!
¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!
 Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!
¡Es más!
¡Se compraban para la vida de los que venían después! La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.
¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.
¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?

¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?

¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?

¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?

 Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.

El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años! Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no, eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!! Pero por Dios. Mi cabeza no resiste tanto.

Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo. Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron? En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!!

¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'.

Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa. Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo, pegatina en el cabello y glamour.

Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado".



––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––

Definitivamente este post ha nacido malamente:

1º Parece ser que la autoría del texto que se cita pertenece a Marciano Durán (http://marcianoduran.com.uy).

2º En diversos blogs aparece como atribuido a Eduardo Galeano, y con títulos diferentes, no ya en el 12/1/2010 sino incluso desde febrero de 2009.

3º Igualmente parece cierto que Galeano desmiente este error, afirmando que no le pertenece, aunque se siente amablemente elogiado al atribuírselo.

4º. Sí parece que el otro artículo, “Los pecados de Haití”, tomado de http://www.patriagrande.net/uruguay/eduardo.galeano/escritos/los.pecados.de.haiti.htm sea cierto. Si no lo fuera, me sentiría doblemente engañado. Y ya me suena a tomadura de pelo y burla este juego de autorías. ¡Qué fácil es copiar y pegar!

Llegaron personas

Queríamos un joven, soltero, centroafricano, musulmán no practicante, para la agricultura de primor española o italiana; una mujer de mediana edad, con cargas familiares en origen, de tez clara, y católica practicante para el servicio doméstico; peones, sin familia, que vivan en las obras donde trabajan, y dispuestos a la movilidad continua de tajo en tajo, para la construcción; mujeres y hombres sin horario laboral para la hostelería, la limpieza industrial y el comercio; conductores incansables para el transporte y la distribución de mercancías; mujeres jóvenes y con formación sanitaria para las residencias de tercera edad..., todos ellos dispuestos a cobrar un 40% menos que la media, porque se reconocen menos productivos, que accedan sin condiciones previas a su puesto de trabajo, y que, en la medida en que puedan, se hagan invisibles en lo cotidiano... pero llegaron personas.

Llegó la nieve y llegó Abraham. Es Navidad. Son los Reyes



Ya se hacía esperar. La tardona nieve por fin se acercó a esta ciudad. No estábamos quedando en solitario, farolillo rojo en la carrera nival. ¡Salvados 
por la campana!


No caía en abundancia, pero lo suficiente como para notarse los copos contra el negro de la noche y por encima de la abundancia del alumbrado municipal y hospitalario.


Pero ya se había adelantado Abraham. Llegó justo al despuntar el día; eran las 0 horas y 35 minutos, del día de autos, 10 de enero de presente año del Señor, 2010. Antes de que los gallos cantaran ya estaba él dando que hacer.


Es un adelantado. Sus papás le esperaban a partir del día 17. Pero él, jubiloso, borró del mapa una semana entera y les sorprendió justo en la madrugada.


Su papá, Yankhoba, ¿o es José?, feliz lo sostiene en brazos.



Mariamma, su mamá,-ésta sí que es María-, no necesitó el calor de bueyes ni mulas. Allí estaba un servidor, dispuesto a lo que fuera. Tengo pelo de dehesa.



Pero Pilar ya se me había adelantado, aunque yo la ponga después, que ¡a ver aquí quién manda!



Yo le llamo Abraham. Ellos le han puesto Ibrahim. Ya digo, se llama Abraham.



Ficha del personaje: Estatura, normal. Color del pelo, normal. Número de pie, normal. Color de ojos, normal. Ombligo, normal. Sexo, normal. Peso, normal: 3,430 Kgs.


No me digáis que no hacemos una estampa entrañable. Es un contrapicado de pura antología.



Lo acerco un poco para que no perdáis detalle. ¿A que hacemos buena pareja?



María, digo Mariamma, feliz, ya relajada, sonríe. Maternidad.


Esta otra yo la pondría Ternura. Pero se admiten sugerencias…




Lo dicho. Navidad. Los Reyes se han portado. ¡Bien por ellos!

Pero, ¿qué me decís de María, José, la mula y el buey?

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