Hace cincuenta años… El Concilio Vaticano II



El año que cumplí los catorce hacía alrededor de cien años que hubo un concilio que definió la infalibilidad del Papa. Hoy, once de octubre de dos mil doce, hace cincuenta años que comenzó otro concilio que estuvo a punto de asentar la colegialidad en la Iglesia de la autoridad del Papa en comunión con los obispos.
Ni aquel mejoró las cosas, ni éste cambió lo sustancial. Entre otras cosas porque lo sustancial no puede cambiarse sin que surja algo totalmente diferente, por definición de sustancia.
El caso es que en mi adolescencia viví los años del concilio sin más pena ni más gloria, salvo porque durante las comidas y las cenas nos leían, -comer en silencio es una de las aberraciones más grandes con las que me he encontrado en la vida-, “Diario del alma”, de Juan XXIII.

Las sesiones del concilio Vaticano II sucedían allá en Roma, y llegaban noticias a través de la prensa, y yo veía cómo algunos se alegraban con algunas, y se frotaban las manos como diciendo ahora sí que va en serio, esto va a ser la repanocha, etc., etc.
Y nos hicieron quitar la sotana, y el latín se aparcó en los estudios -total para decir “el origo de la filosofie” no hacían falta tantas horas de Tito Livio ni de la guerra de las Galias- y ya no teníamos que salir de paseo por la ciudad en fila y como marcando el paso, y empezó a no estar mal visto que nos visitaran nuestras primas… En la liturgia también empezaron a cambiar algunas cosas, y algún que otro superior pretendió pasar a ser compa nuestro, hasta que le dijeron que nones.
Ahí empezó la cosa a definirse. Y vaya si se definió. Abrieron un poco la puerta, entró una miaja de aire fresco, y, justo cuando empezaban los pulmones a ensancharse… ¡zas! portazo. Eso no, que es libertinaje y no entender lo que es el Concilio.
Sí que entendimos, el Concilio y lo de después. No somos tan zotes. Se vio claro que la Iglesia hasta entonces era como una olla a presión, justo al límite de su capacidad; y se vio no menos claramente cómo, apenas soltada una poca, enseguida volvió a cerrarse la espita. La pena fue la energía que salió… y tal vez se perdió por el ancho espacio sideral.
El Concilio Vaticano II apuntó muchas cosas. Eso me ayudaron a verlo mis profesores en Comillas analizando los textos conciliares. Los tengo muy trabajados, llenos de notas, subrayados y apostillas, y los conservo como un preciado tesoro.
Esas cosas apuntadas necesitaban su desarrollo. Y cuando éste fue llegando, resultó ser un empaquetamiento mayor o casi del que se estaba saliendo. Porque no está bien reconocer que la Iglesia es Pueblo de Dios, para continuar apuntalando la autoridad piramidal que ya tenía. Tampoco es de recibo afirmar el sacerdocio de todo bautizado, para luego distinguir entre los soldados rasos, la clase de tropa, y la oficialidad. La liturgia pasó a ser entendible, pero intocable. Y cuanto de bueno hay repartido por el mundo y la humanidad que lo habita, sólo es valorable en positivo si se tamizaba a través de la lectura que hagan de ello los siempre “maestros de la ortodoxia eclesiástica”. Y así no se llega, así no.
La doctrina propiamente no se tocó, porque se dice que fue un concilio pastoral. Y ahí sí que hubo novedad, en lo pastoral; pero en una sola dirección. Todo lo que iba hacia afuera no gustaba, y se le ponían zancadillas. Lo que nacía de abajo o se sometía o se repudiaba. Quien tenía iniciativa era peligroso y regar fuera del tiesto cosa de agentes extranjeros.
En fin, una pena.
Frutos del Concilio propiamente han sido cantidad. No estoy por la labor de detallarlos desde aquí, por lo que remito a lo muchísimo que hay publicado en papel y en virtual. Yo creo que no ha habido ningún otro concilio en la historia de la Iglesia que haya dado tanto de sí, por los comentarios, las explicaciones y las derivaciones, que prácticamente no han dejado tema o asunto eclesial en el tintero. Una sola cosa le faltó: el remate.
Fue precisamente eso lo que se quiso hacer, no poner remate. Esa rúbrica tan propia en todos los concilios consistía en dejarlo todo atado con una declaración dogmática. En el Vaticano II no se dio. Quedó abierto, y ahora lo están cerrando.
Sin embargo me alegro de que hace unos años el bueno de Juan XXIII sobresaltara a toda la cristiandad, y a mucha parte del resto de la humanidad, con la promulgación de este gran evento. Que durante unos cuantos años se discutiera de lo divino y de lo humano. Que salieran a la luz dieciséis grandes documentos conciliares, y que nos podamos ahora pavonear de que Lumen Gentium -Constitución dogmática sobre la Iglesia-, Dei Verbum -Constitución dogmática sobre la revelación divina-, Sacrosantum Concilium -Constitución sobre la sagrada liturgia- y Gaudium et Spes -Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual- son un referente que nada ni nadie podrá negar que en Roma, más concretamente en la ciudad del Vaticano, fueron aprobados por una mayoría aplastante de obispos de la Iglesia Católica, aunque en la actualidad estén como escritos en piedra, tal cual tablas de la ley, para que nada ni nadie ose cambiar una coma o tilde, aunque todo esté gritando ¡aire, por favor, un poco de aire!
Me alegro también que el Vaticano II siga siendo un asunto debatido, piedra de toque y referente para cualquier cosa. Si hubiera unanimidad, terminaríamos por olvidarlo, como más de uno, o sea muchísima gente, opina que la Iglesia ha hecho con el Evangelio. Con el Concilio no ha pasado, al menos hasta ahora. Para todo, para cualquier cosa, se apela al Concilio: como dijo el Concilio, como apunta el Concilio, como dejó entrever el Concilio, como podría deducirse de los documentos conciliares… De una parte para poner límites a lo que se consideran excesos. De otra, para empujar más allá de lo que se juzga estrechez de miras, replegamiento o retroceso. En fin, ya digo, está en boca de todos, pero cada quien lo convoca a su manera y para fines diferentes.
Sin apropiármelo, puedo decir que soy del concilio, no sólo porque lo acepto; soy posconciliar porque entiendo que, escrito hace cincuenta años, está diciendo más cosas de las que dice; y apunta a seguir un camino que o se recorre por las buenas, o te lo hacen correr a tumba abierta a riesgo de morir de un infarto; mismamente como Filípides, el de Maratón, por agotarse en el intento, o por las heridas recibidas en combate.
Y no, no quiero otro concilio. Ahora no. Tal vez más tarde. Lo que yo quisiera, de verdad, es otro ángel, aunque no se apellide Roncalli; otro papa bueno como Juan XXIII. Pero es un imposible. Un milagro auténtico. Y no estamos preparados…
Unas últimas palabras, las que dan comienzo a la constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual, Gaudium et Spes:
Gaudium et spes, luctus et angor hominum huius temporis, pauperum praesertim et quorumvis afflictorum, gaudium sunt et spes, luctus et angor etiam Christi discipulorum, nihilque vere humanum invenitur, quod in corde eorum non resonet. Ipsorum enim communitas ex hominibus coalescit, qui, in Christo coadunati, a Spiritu Sancto diriguntur in sua ad Regnum Patris peregrinatione et nuntium salutis omnibus proponendum acceperunt. Quapropter ipsa cum genere humano eiusque historia se revera intime coniunctam experitur.
Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres, que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de salvación para comunicarla a todos. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia.

6 comentarios:

Julia dijo...

Mira tú por cuanto acabo de descubrir dónde fue a parar "mi fe", pues se fue diluyendo como un azucarillo a medida que se diluían las enseñanzas, la puesta en práctica de la doctrina social emanada del Concilio Vaticano II y mi aterrizaje en el mundo real como personita que ve, palpa y sufre la miseria humana de los que me rodean y la iglesia hace oídos sordos si no son ricos y con influencias. Coincido contigo en que el Vaticano II marcó un antes y un después y a nadie dejó indiferente, ni siquiera al mundo de la política como muy bien sabes.

Esperemos el milagro de un nuevo Papa Bueno que sacuda los cimientos de esta casta y su institución y pueda dar al mundo un referente de esperanza. Amén

Besos

Miguel Ángel dijo...

Amén es la última palabra de la Biblia, Apocalipsis 22, 21. Una palabra muy fuerte que no se puede decir sin ton ni son. Más que deseo, afirmación o conformidad, expresa convencimiento y decisión, fidelidad y compromiso.
Amén, lo dice Dios. Y nuestro amén tendrá sentido y valor si enlaza y sintoniza con el suyo…

Besos

Julia dijo...

¡Ah, que no puedo decir amén si no soy Dios! ¡qué me dices, Míguel! Bueno pues tú piensa que soy Dios y así puedo decir amén -así sea- como deseo de que las cosas cambien en tu iglesia y en todas las demás y esto no me lo puede negar nadie, ni siquiera tú; por más fuerte que te parezca, no la digo "sin ton ni son" la digo con toda la conciencia de que soy capaz.

Que tengas un buen día, amigo.

Miguel Ángel dijo...

¡Que no, Julia, que tú puedes decir amén y lo que te parezca, sin que tengas que adoptar la personalidad de nada ni de nadie, ni pedir permiso ni esperar a que te lo den! ¡Faltaría plus!
Digo sólo que esa palabra es muy fuerte, que es la última del texto bíblico y que está en boca de Dios. Que cuando aparece en otros pasajes bíblicos, siempre está en momentos muy solemnes porque son transcendentales para el pueblo creyente y suponen una toma de postura, no un simple acatamiento; son un compromiso de llevar a cabo lo que se acaba de expresar. En ese sentido va mi respuesta: Dios es fiel a su palabra; si dice amén es que no hay espacio para dudar. Y nuestro amén, para estar en sintonía con el de Dios, debe brotar desde nuestra propia fidelidad.

Y ahora, como añadido, te digo algo más: el Concilio Vaticano II está aún por terminar de descubrir y desarrollar porque la TOTALIDAD de las personas que están implicadas en el asunto andamos un poco "como desviadas unas de otras" y tiramos en direcciones que no concuerdan, o deberían concordar mucho más. Deberíamos volver a sentarnos en torno a una mesa camilla, coger los documentos del Concilio, y con respeto, humildad y sin avasallarnos, volver a empezar a leer desde el principio. Mucha gente espera que lo hagamos…

Buen día para ti también. Besos.

Carmen dijo...

Ahí tengo yo también mis textos del Vaticano II, llenos de subrayados interrogaciones y exclamaciones.
Coincido contigo en que falta el remate. Y el avance. No sé si a través de un nuevo concilio o de un "papá-ángel"...yo prefiero soñar en que esta vez será "la tropa" quien abrirá la puerta...
Un beso.

Miguel Ángel dijo...

Carmen, de momento a la tropa le va según por dónde desfile; en algunas partes se marca el paso de la oca, en otras el paseo dialogado, y en alguna de más allá está desaparecida o no da ninguna señal. ¿No te parece que tendría que darse un milagro para que tanta variedad y diversidad coincidiese?

Insisto: necesitamos un "ángel".

Besos

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