San José, el de María


Dicen que José, el de María, era blando, que de buena persona se pasaba, y que quien lo pretendía, conseguía incluso tomarle el pelo. De ahí que se diga que el bueno de José… vamos que era tan buena persona que se podía hasta abusar de él.
No tuve el gusto de conocerlo personalmente, pero tengo para mí que eso son habladurías. Que la gente se imagina muchas cosas y muy raras. Y que José, el de la estirpe de David, los tenía bien puestos. Vaya que sí.
Yo me fío de él. Siempre me he fiado. Y tengo mis razones, claro, pero no las voy a dar. En su lugar me agarro a un argumento de autoridad, y dejo que hable otra persona mucho más “segura” que mi dudosa e insignificante persona: Teresa de Jesús, la Santa de Ávila. Ella dejó escrito por alguna parte:
"No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra (que como tenía el nombre de padre, siendo ayo, le podía mandar), así en el cielo hace cuanto le pide."
(Libro de la vida, cap. 6)
En cuanto al resto sobre su persona no tengo sino acudir a las más seguras fuentes, y ver qué fue y cómo hizo las cosas que ahora se cuentan como si fuera un cuentecillo. Pero de eso… nada, monada. Dudas sí, pero las justas.
Miremos, pues, miremos.



UNA NOCHE DE DUDAS

Abarrotada de peregrinos, Jerusalén esperaba con alegría la fiesta de la cosecha, ya próxima. Los once del grupo y las mujeres, reunidos por aquellos días en casa de Marcos, escuchábamos a María, la madre de Jesús, que iba sacando recuerdos de su memoria, como el que saca de su arcón cosas nuevas y antiguas.

María - Pueblo chico, infierno grande, así dicen. Y es verdad. Porque en Nazaret no se podía estornudar sin que todo el mundo se enterara del catarro. Claro, ya ustedes se pueden imaginar, éramos apenas unas veinte familias. Y aunque mi madre me había mandado a la otra punta del país para evitar habladurías, la lengua de los vecinos no se quedó quieta.

Vecina - ¿Que tú no sabes nada? ¡Ay, muchacha, pero tú estás en las nubes! ¡La hija de Joaquín! Sí, sí, la Mariíta ésa que parecía tan mosquita muerta.
Comadre - ¿Y qué pasa con ella, dime, cuéntame?
Vecina - ¿Qué pasa? ¡Que está como el pan! ¡Le echaron levadura y está creciendo la masa!
Comadre - ¡Bendito Señor, qué escándalo, qué poca vergüenza! Y mira que también el Joseíto ése no perdió tiempo, ¿eh?
Vecina - No, muchacha, qué va, a ése mejor tenerla lástima. “Si te ponen los cuernos, lararó, lararí…”

Murmuraban las mujeres y murmuraban también los hombres…

Vecino - Ya decía yo que esa morenita era demasiado alegre. Mucha risa, mucho baile, mucho juego y claro, ¡después viene el otro juego! ¡Ay, compadre, la juventud de ahora está perdida, se lo digo yo!
Compadre - ¡Y yo le digo a usted que si fuera hija mía le daba una tunda de palos que le dejaba el trasero más colorado que el Mar Rojo! ¡Es que esto es un relajo ya, compadre! En nuestros tiempos, una muchacha decente no se asomaba por la ventana ni se quitaba el pañuelo de la cara. Y usted ve ahora a estas mocosas que le enseñan a uno hasta el tobillo. ¡Y después no quieren que pase lo que pasa!
Vecino - ¡Así mismo es! Y yo pregunto, compadre, ¿qué ha dicho el novio? Porque tengo entendido que esa barriga no es suya. ¿Qué piensa hacer José? ¿Ya estará recogiendo piedras, ¿no es eso?
Vecino - Bueno, lo primero es que se entere. El pobre muchacho está en ayunas. Sí, sí, como lo oye. El José no sabe nada todavía…

Como siempre pasa, José fue el último en enterarse…

José - Pero, ¿qué está pasando aquí? ¿Tengo yo la lepra para que nadie se me arrime? Voy caminando y todos vuelven la cara. Voy al trabajo y una riéndose y la otra cuchicheando. ¡Maldita sea, ¿qué demonios pasa conmigo?
Vecino - Contigo no pasa nada, muchacho. La cosa es con ella, con tu novia.
José - ¿Con María? ¿Qué le pasa a María? Habla, di.
Vecino - Lo siento, José, pero tengo que decírtelo. El asunto apesta más que un queso rancio y mientras más tiempo pase, será peor.
José - Sin rodeos. Habla claro.
Vecino - Bueno, pues… que está esperando un hijo.
José - ¿Cómo has dicho?
Vecino - Que está preñada. Sí, así como suena. Y como todos sospechamos que tú no sembraste esa mata…
José - Pero no es posible, no es posible… Yo no puedo creer que María me haya hecho una cosa así.
Vecino - Pues créelo, muchacho. ¡Que si Noé no hubiera creído lo del diluvio, se lo hubieran comido los peces!
Boliche - ¡Al buen tiempo, José! ¿Y qué, compañero? ¿Ya te contaron el traspié de tu querida noviecita? ¡Ah, caramba, todas son iguales! ¡La que no cojea de una pata, cojea de las dos! ¡Ja, ja, ja!
José - ¡Cállate ya, Boliche!
Boliche - Pero no te preocupes, hombre, que también se la jugaron al pobre Oseas y, mira tú, ¡llegó hasta profeta! ¡Jajajay!
José - ¡Si no te largas ahora mismo, te rompo las narices!
Boliche - Está bien, hombre, está bien. «Si te ponen los cuernos… »
José - ¡Vete al diablo, desgraciado!
Boliche - ¡Que él te acompañe! ¡Jajajay!

¡Qué mal lo tuvo que pasar José! ¡Cada vez que me acuerdo de aquello me da como un remordimiento! Él me contó después que ese día se encerró en la casa y no quiso comer ni hablar con nadie.

Madre - José, hijo, ¿no vas a comer nada? José…
José - ¡No quiero nada! ¡Váyanse todos al infierno y déjenme en paz!

Estaba desesperado. Se tiró sobre la estera, cerró los ojos y trató de dormir.

José - ¡Descarada, ahora vas a saber quién soy yo! Muchas palabras bonitas y muchos arrumacos, ¡y ahora esto! Pero, prepárate, porque te voy a agarrar por los moños y te traigo aquí y te arrastro por la aldea. ¿O qué te crees tú? ¿Que por tu culpa voy a ser el hazmerreír del pueblo? Maldita sea, te voy a repudiar,(1) te voy a llevar en cueros frente a la casa de tu padre y le diré al viejo Joaquín: quédese con ella, se la devuelvo, ¡no quiero basura en mi casa! ¡Para que aprendas a respetar, que cuando uno da una palabra, la da. Y yo te dije que me quería casar contigo y tú me dijiste que también y ahora… ahora…

José se mordía la lengua para que sus hermanos no lo oyeran llorar. Se apretó los ojos con los puños, pero las lágrimas le subían a la garganta como un río salado.

José - Me has roto el corazón, María, me lo has partido como un jarro de alfarero, que ya no tiene arreglo. ¿Por qué me hiciste esto? ¿Por qué si yo te quería, si yo te quiero desde cuando jugábamos en la colina, si tú eres lo único que me da ganas de vivir, si yo no me he fijado nunca en ninguna muchacha. Sólo en ti, María. ¿Y qué voy a hacer ahora? Me largaré de aquí, donde nadie sepa quién diablos soy y… y ya encontraré otra mujer. ¿O qué te crees tú? ¿Que eres la única? Pues mira, hay muchas muchachas más bonitas que tú, ¿me oyes? Y que saben cocinar mejor, para que te vayas enterando…

José dio media vuelta en la estera, se arrebujó en la manta y trató de dormir. Pero el sueño se le escapaba como agua entre las manos.(2)

José - No, yo no puedo irme sin verte antes. Tengo que verte, aunque sea para que me digas lo que ya sé. Anda, sé valiente y dímelo tú, mirándome a la cara. ¡Sí, sí, tengo que verte!

José se sentó en la estera. A pesar de la brisa de la noche, tenía la frente bañada en sudor.

Madre - ¿Te pasa algo, José, hijo?
José - No, mamá, nada, que no tengo sueño…

Se ahogaba. No cabía en la casa. A tientas se levantó, se echó encima la túnica y, sin despedirse de su madre, abrió la puerta y se fue. No llevaba alforja ni bastón y el camino era muy largo. Pero no le importaba. Tenía que llegar cuanto antes a Ain Karem, donde yo estaba viviendo aquellos meses. Después de dos días de camino, llegó a los montes de Judá y vio a lo lejos la aldea. Se detuvo. El corazón le traqueteaba en el pecho. Respiró hondo y apuró el paso hasta la casita de mis tíos. Yo lo vi llegar…

José - ¿No es aquí donde vive…?
María - ¡José!
José - ¡María!

José se quedó pasmado en el marco de la puerta, frente a mí, con los ojos clavados en mi vientre ya crecido.

María - José, ¿qué haces tú aquí?
José - Vine a verte.
María - Pues… ya me estás viendo.
José - Sí, ya veo… ya veo…
María - Estoy esperando un hijo, José.
José - Y yo estoy esperando una palabra tuya, María. Después… después me iré y nunca más sabrás de mí.

Tía Isabel apareció enseguida. También ella había visto llegar a José…

Isabel - ¡Tú no te vas a ningún lado! ¡Y antes de ponerse tan sombrío, salude a la gente! ¡Caramba con estos jóvenes de ahora! Llegan a tu casa y como si una fuera un saco de harina. Tú eres José, ¿verdad? Estoy segura, se te ve en la cara. ¿Y qué? ¿De visita por aquí?
José - Bueno, sí, señora, yo… yo vine a hablar algo con María…
Isabel - Algo y mucho. Pero para hablar tendrán tiempo después. Ahora ven, para que te laves los pies y comas algo.
José - No, señora, yo no quiero molestar, yo…
Isabel - Vamos, muchacho, no disimules, que tienes unas ojeras más grande que los pliegues de mi túnica. Y no debes haber comido nada caliente desde que saliste de Nazaret, ¿verdad? Vamos, entra. Ahora llamo al viejo. ¡Zacarías, ven para que conozcas al novio de Mariíta! Vamos, muñeco, tranquilo… Juanito… ¿Es mi hijo, sabes? Ayer cumplió un mes. Y no es porque sea mío, pero dímelo tú, José, ¿no es más bonito que un querubín?

¡Qué bien se portó tía Isabel con José! Lo hizo entrar en la casa, le preparó un guiso, lo puso a descansar en el cuartito del fondo. Después, tío Zacarías le enseñó la huerta y una crianza de gallinas que tenía junto al pozo. Entre los dos le ensancharon el corazón. Y luego, cuando el sol ya iba bajando, en esa hora de la tarde en que todo vuelve a la calma, en que todo se ve con más serenidad, José y yo nos sentamos a conversar, junto a un olivo verde del patio.

María -
Pues… no sé por dónde empezar.
José - Pues… yo tampoco.
María - ¿Qué han dicho de mí en la aldea?
José - Bah, tonterías. Sólo saben darle a la sin hueso.
María - ¿A la qué?
José - A la lengua, María. Por eso se mueve tanto.
María - Dime, José… ¿tienes más confianza en lo que yo te diga que en lo que te hayan dicho tus amigos?
José - ¿De… de quién es el niño?
María - No lo sé.
José - ¿Cómo que no lo sabes?
María - No lo sé, de veras. Mira este árbol… Yo no sé quién lo ha sembrado, pero a cuánta gente no le habrá dado sombra, ¿verdad?
José - Si no te explicas mejor…
María - José, tampoco a una flecha le pregunta uno de qué arco salió sino a dónde se dirige en su vuelo. Escucha, antes de venir aquí, yo fui a hablar con el abuelo Isaías…

Le conté todo a José, desde el principio. Y él me escuchó en silencio, sin pestañear. Después, puso sus ojos sobre los míos, me agarró fuerte las manos y se quedó un buen rato así, callado.

José - ¿Por qué no me lo dijiste antes, María?
María - Porque… porque tenía miedo. He pasado mucho miedo, José.
José - Y yo, mucha rabia, ¿sabes?
María - Tía Isabel me ha ayudado mucho, me aconsejó.
José - Pues yo me comí lo mío solito.
María - Dime, José, ¿tú crees lo que yo te he dicho? ¿Me crees, José?
José - Te quiero, María. Te quiero y… y si tú dices que en este asunto está la mano de Dios, pues ya veremos a dónde nos va llevando. Mira, María, sea lo que sea, tú eres mi novia y me casaré contigo y ¡que salga el sol por donde salga! Y ese niño, pues… ¡como si fuera mío, caramba!
María - ¡José, qué bueno eres!
Isabel - ¡Y dilo, muchacha, que gente tan buena ya no se ve por estos rincones!
María - Tía, ¿qué hace usted ahí?
Isabel Bueno, al fin y al cabo, ésta es mi casa. ¿Con que pronto tendremos boda, no?
José - Pues sí, doña Isabel. María y yo nos vamos a casar pronto. Así que, a recoger las cosas, que mañana mismo nos ponemos en camino al norte.
María - ¿A Nazaret? ¿Y qué dirán allá cuando nos vean llegar y…?
José - Que digan lo que quieran, a nosotros qué más nos da, ¿verdad, doña Isabel?
Isabel - Claro que sí, muchacho. ¡Que gasten saliva! Lo que importa son ustedes dos y la criatura. Oye, y a propósito, ¿qué nombre le van a poner, Mariíta?
María - Pues no sé, tía, a la verdad no lo hemos pensado aún.
José - ¡Bueno, ya que otra cosa no, por lo menos que me dejen a mí ponerle el nombre! Mira, si sale niña, le pondremos como tú, María. Y si sale varoncito, pues le pondremos… Jacob. Eso, que fue un gran valiente. No, mejor Jesús, como el que entró al frente del pueblo en la tierra prometida. ¡Eso, Jesús, un nombre de libertad!

Y al día siguiente, tempranito, nos pusimos en camino hacia Galilea. Los vecinos de Nazaret, cuando nos vieron llegar juntos, se reían. Se reían de mí y, sobre todo, de José. Pero José no se dejó achicar por eso y comenzó a preparar la boda como si nada hubiera pasado. A los pocos días…

Rabino - José, recibe a María como esposa tuya, según la ley de Moisés.(3) Ámala, cuídala, sé fiel a la palabra que hoy has dado delante de todos nosotros, y que el Señor nuestro Dios te bendiga con muchos hijos y que alguno de ellos llegue a ser el Mesías que tanto necesitamos.
Todos - ¡Amén, amén!
Vecino - ¡Que vivan los recién casados!
Vecina - ¡Para que sean felices y tengan muchos hijos!
Boliche - ¡Y para que otra vez no se den tanta prisa!
Vecino - ¡Vamos, que empiece la música, que empiece el baile, y que la fiesta dure hasta el amanecer!



Mateo 1,18-24
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1. En los desposorios o esponsales quedaba formalizado el matrimonio, aunque éste no se hubiera consumado ni existiera aún el contrato matrimonial, que sólo se establecía con la boda propiamente dicha. Pero el muchacho y la muchacha desposados -y fue el caso de José y María- se consideraban ya esposo y esposa. Hasta el punto, que si moría el joven, se consideraba viuda a la mujer a efectos legales. Y si era descubierta en adulterio, se la condenaba a muerte por apedreamiento. También si el hombre quería podía repudiarla presentando contra ella el libelo de divorcio. Todo, como si estuvieran ya ligados por el compromiso matrimonial. Al tener noticia del embarazo de María, a José se le presentaban varios caminos. El de repudiarla -divorciarse de ella, rompiendo los desposorios- alegando cualquiera de las razones que la ley le ofrecía -por ejemplo, algún defecto que hubiera descubierto en María, físico o moral-. El de denunciarla como adúltera, infiel a la palabra  dada, con lo que María podía ser matada a pedradas por los vecinos de Nazaret. O el de huir de la aldea, quedando ante sus vecinos como un cobarde que no cumple con su esposa y más tarde, por el estado de María, convertirse en el hazmerreír de todos sus paisanos.

2. Para resolver las terribles dudas que tuvo que experimentar José antes de aceptar a María como esposa, sabiéndola ya embarazada, el evangelista Mateo hizo intervenir en su relato a un ángel que habla a José en sueños y le da fuerza para decidir. En la Biblia, el ángel es siempre un mensajero de Dios, que trae a los seres humanos un mensaje positivo. En su relato, Mateo buscó especialmente que sus lectores judíos relacionaran a José de Nazaret con el patriarca José, uno de los doce hijos de Jacob. En Egipto, mil años antes, José había tenido sueños en los que Dios le revelaba lo que le iba a ocurrir a él, a sus hermanos y a su pueblo, en los momentos en que comenzaba la esclavitud de Israel en Egipto. También interpretó José los sueños del faraón (Génesis 37, 5-11; 40, 1-15, 41, 1-36).

3. Pasados los siete días que solían durar las bodas, lo más ordinario era que la esposa fuera a vivir con su esposo a la casa de la familia de éste. Sobre lo que hicieran  José y María no existe ningún dato. Sí se conserva en Nazaret la pared trasera de una cueva de piedra, que desde el siglo II se venera como la «casa de María», en donde quizá viviría la familia durante todos aquellos años. Este trozo de cueva está hoy en el interior de la Basílica de la Anunciación, amplísimo templo edificado en la ciudad. Es un recuerdo de probada autenticidad histórica.


Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 1068-1076]

7 comentarios:

Laura dijo...

¡Pero cómo a éstas alturas dices esto!.

Mira ya hablaremos de los mitos escritos en las Escrituras, ya no tenemos 7 años.

José y María tuvieron un hijo Jesús, de la misma forma que todos los seres humanos, la virginidad no tiene que ver con el cuerpo, sino con la incondicionalidad de María para acoger el Misterio de lo que ES.

José, para mi es el símbolo del coraje y la limpieza de corazón.

Un abrazo .

Miguel Ángel dijo...

Laura, cuando quieras hablamos, no te inquietes.

Claro que hay mitos en la Sagrada Escritura, porque está escrita por seres humanos que tenían una cultura determinada, y empleaban su manera de entender las cosas y expresarse. Se escribieron los textos más recientes tal que hace 1900 años. Pero ocurre que ahora los leemos nosotros que también tenemos nuestra propia cultura y vemos las cosas según pensamos, y también tenemos nuestros mitos, que actúan como filtros. Mitos los tendremos siempre.

Ocurre sin embargo que si a una cebolla se la van quitando gajos y camisas, o te paras o te quedas sin nada. Una cebolla es así. Algunos piensan, por eso mismo, que la fe está vacía de contenido, que queda en nada en cuanto se desmitologiza. Otros dicen que o se tiene cuidado al lavar al niño o se nos va por el desagüe del baño…
Es broma, ya lo sabes.

Que digas que María y José hicieron a Jesús como tú lo expresas, a mí personalmente ni que quita ni me pone. Pero el texto bíblico dice otra cosa, y no se puede forzar para hacerle decir algo que puede que suene bien, pero no lo pensaron quienes lo escribieron.

Muchos nacimientos “extraños” se narran en la Biblia, pero ninguno lo fue tanto como el de Jesús. Y ahí está el meollo del asunto. Jesús fue mucho más que Isaac, Moisés, Samuel, Juan el Bautizador…

Y José, su padre, fue un santo varón que, como María, vivió el misterio de Dios en su vida como un pedazo enorme de ser humano.

Y ya lo sabes, te quiero. Besos.

Alfonso dijo...

Veo que una vez más sigues sin decir diciendo, para decir lo que no quieres decir, de tal forma que lo dicho es lo que no dices, sin entender que estás diciendo lo que dices....
Yo sé que Laura ha entendido tu respuesta ( es normal después de tanto beso y tanto abrazo)pero mi intelecto es tan elemental que no te alcanzo. ¡Por fa...! ¿me puedes aclarar otra vez ésto?: "José y María tuvieron un hijo Jesús, de la misma forma que todos los seres humanos " (Laura)
Yo, solo, saludos.

Miguel Ángel dijo...

Verás, Alberto, no te importa a quién doy besos y abrazos, que tengo además una medida muy limitadita en este aspecto. Pretendes ser mal educado, y lo consigues.

En cuanto a lo que preguntas, no tengo ningún reparo en responderte. Esto es lo que dice el texto evangélico, que corresponde al próximo día 25, día de la Anunciación:

A los seis meses, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel
(Lucas 1, 26-38).

Previamente se proclamaría una lectura del profeta Isaías (7,10-14;8,10) también muy explicativa:

En aquel tiempo, el Señor habló a Acaz: «Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»
Respondió Acaz: «No la pido, no quiero tentar al Señor.»
Entonces dijo Dios: «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»


Y digo “proclamaría” porque al caer en domingo 5º de Cuaresma cede el puesto a la liturgia de éste. Ignoro si esta Solemnidad se traslada al lunes siguiente como pretenden hacer con muchas fiestas religiosas locales y nacionales. Ya te avisaré…

Miguel Ángel dijo...

…Yo CREO con la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica que Jesucristo “… fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nacido de Santa María Virgen…”

Pero ocurre que eso del nacimiento de la misma forma que todos los seres humanos constituye una expresión mítica que sería conveniente desmontar, aunque yo no soy la persona más adecuada ni ilustrada para hacerlo.
En lo biológico, que posiblemente es lo que más te preocupa, el ser humano es un mamífero, y procrea al estilo de los mamíferos. No conozco otra manera. Pregunta a los doctos en biología, genética y medicina.
En lo demás, las cosas ya no están tan medidas. Es sorprendente las diversas maneras de engendrar que existen, no todas ellas para honor y gloria de la estirpe humana. No creo que desees que te las enumere, al menos algunas, porque a mí me resultaría desagradable. Pero sabes, o tendrías que saber, de embarazos no deseados, o frutos de la violencia, la venganza o el dominio; madres y padres que rechazan a la prole, o la abandonan, o la maltratan; parejas que usan a sus hijos para conseguir determinadas cosas, utilizándolos de uno u otro modo. En fin, la vida.

Cualquiera que sean circunstancias, la acción de Dios no falta en ningún caso, y nuestra fe mantiene que, además de los esposos, al engendrar un ser humano interviene Dios, dando la vida a su imagen y semejanza.

Esto, sin embargo, en María y José está en modo excelso, y de ahí los cristianos decimos que se da “un misterio”, que no sabemos desentrañar, pero que aceptamos gustosos. El niño que nace de María es el Hijo eterno del Padre que toma de ella su naturaleza. José no es un postizo, sino un hombre de fe que acoge con su esposa el Misterio de Dios. El Espíritu “cubre con su sombra” a ambos, a cada uno de ellos a su modo.

Todo está muy detallado, incluso con las objeciones más importantes que ha tenido este artículo de nuestra fe a lo largo de la historia, en el Catecismo. Puedes encontrarlo todo ello en los números 484-511.

No pretendo dar lecciones de catecismo, que tampoco es el objeto de este blog. Te agradezco me hayas dado esta oportunidad, pero en el futuro hazlo de otra manera.

Alfonso dijo...

A ver, Miguel Angel Velasco Serrano. No me importa que me llames Alberto, aunque tú eso lo tildarías de "mala educación". Lo que me importa es lo que dices sin decir diciendo en un medio público y como representante y ministro oficial de Iglesia Católica Apostólica y Romana.
Es verdad, tampoco debe importarme, en cuanto a besos y abrazos se refiere, tus relaciones personales e íntimas con determinado personal. Solo pretendo indicarte que quizás ese tipo de relación sea más oportuno expresarse en otro medio no tan público y que, simplemente, me hace gracia.
Te agradezco te hayas molestado en explicar "tu" dogma. Primero decirte que cuando te digo que "dices sin decir diciendo" no es para molestarte, es para que tomes conciencia que quieres jugar en los dos bandos, que quieres quedar bien entre contrarios, que vives de los católicos pero adoctrinas según los cristianos, que nos dices que tus obispos te aceptan pero no nos cuentas lo que piensan de tí,... que crees con la Iglesia Católica en María virgen en la concepción, en el embarazo, en el parto y después del parto, para divagar después abundantemente con expresiones que no alcanzo,expresiones que hacen descreer lo que dices creer.
Si el tema es muy concreto: ¿Tú crees que Jesucristo fue concebido sin necesidad de un espermatozoide de S. José?. No des después vueltas con "modos excelsos", con San Josés postizos, con misterios desentrañables, con expresiones míticas, con que además de los esposos interviene Dios, con que hay un montón de maneras de engendrar,...

Pues sí, en el catecismo viene clarito, léetelo despacito y sin prejuicios, es decir, deja de lado por un momento a tu amigo Masiá.Y ya que también me sacas el evangelio, sé honrado y léete al respecto a Mateo que creo dice algo de San José.
Hasta luego.

Miguel Ángel dijo...

Tranqui, Alfonso, o Alfonso, o como quiera que sea el nombre que te asocies, ni la Iglesia se verá resentida en sus cimientos por las muestras de afectividad manifiesta hacia sus personas queridas de este pobre clérigo, ni se mantendrá in aeternum inconmovible por la rigidez que expresas en tus formas y maneras.

En cuanto a lo de los espermatozoides del bueno de San José, ahí me has pillado. No tenía ni idea cuánto supo sobre este particular el evangelista San Mateo.

Empiezas a resultar un poco pesadito. Mis amistades me dicen que por qué no te doy boleta. Ya ves si seré paciente…

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