Aguantando el temporal




Imágenes tomadas respectivamente el 20/01/2010, 28/02/2011 y 24/02/2012 del olivo que entonces transplanté y ahora cumple su segundo año de renacimiento. En total suman 18 años, más lo poco o mucho que viviera junto a la madre y nodriza que le dio el ser. No está nada mal, tras haber sufrido dos quebrantos serios en su anatomía. No todo el mundo puede decir lo mismo.


Mirándolo esta mañana me ha sobrevenido la ocurrencia que repasar, muy por encima, el trato que la Biblia da al olivo. En general los árboles ocupan un puesto medianamente importante en la Sagrada Escritura, y son el cedro, el olivo, la vid y la higuera los que más aparecen. El olivo creo yo que es el mejor considerado. Aunque admito voces discrepantes y sugerencias divergentes.
Hay quien opina que en el Jardín del Edén el árbol de la discordia fue un olivo. No lo tengo yo tan claro, porque la manzana aparece con toda claridad, y es el manzano de donde surge. Pero no me atrevo a decir nada en contra, ya que me guío por traducciones, y pudiera ser que en el original se leyese de otra manera. Con todo es más que probable que entre la espesura de aquel vergel hubiera no uno, sino muchos olivos.
Si no estoy confundido, el olivo es citado por primera vez tras el diluvio, cuando una rama suya es tomada como señal de que la tierra ha vuelto a ser habitable. Así lo cuenta el primer libro, el Génesis:
«Al cabo de cuarenta días, abrió Noé la ventana que había hecho en el arca y soltó al cuervo, el cual estuvo saliendo y retornando hasta que se secaron las aguas sobre la tierra. Después soltó a la paloma, para ver si habían menguado ya las aguas de la superficie terrestre. La paloma, no hallando donde posar el pie, tornó donde él, al arca, porque aún había agua sobre la superficie de la tierra; y alargando él su mano, la asió y metió consigo en el arca. Aun esperó otros siete días y volvió a soltar la paloma fuera del arca. La paloma vino al atardecer, y he aquí que traía en el pico un ramo verde de olivo, por donde conoció Noé que habían disminuido las aguas de encima de la tierra. Aún esperó otros siete días y soltó la paloma, que ya no volvió donde él». (Libro del Génesis 8, 6-12)

Del olivo se extrae el aceite. Y es precisamente óleo la voz que más abunda en los libros bíblicos que tratan de las normas y prescripciones religiosas, léase Números, Levítico y Deuteronomio. Con él se ungían personas, animales y cosas que tenían que ver con Yahvéh, el Templo y sus aledaños. Pero a mí no me interesa ahora hablar de ello.
Hay un precioso texto un poco después, en Jueces, en el que se cuenta una pequeña historia muy sugerente; en ella el olivo juega, junto con los otros tres árboles arriba mencionados, un cierto papel antimonárquico. La Biblia me parece a mí que tira a republicana. Este es:
«Los árboles se pusieron en camino
para buscarse un rey a quien ungir.
Dijeron al olivo: 'Sé tú nuestro rey.'
Les respondió el olivo:
'¿Voy a renunciar al aceite
con el que gracias a mí son honrados los dioses y los hombres,
para ir a vagar por encima de los árboles?'
Los árboles dijeron a la higuera:
'Ven tú a reinar sobre nosotros.'
Les respondió la higuera:
'¿Voy a renunciar a mi dulzura
y a mi sabroso fruto,
para ir a vagar por encima de los árboles?'
Los árboles dijeron a la vid:
'Ven tú a reinar sobre nosotros.'
Les respondió la vid:
'¿Voy a renunciar a mi mosto,
el que alegra a los dioses y a los hombres,
para ir a vagar por encima de los árboles?'
Todos los árboles dijeron a la zarza:
'Ven tú a reinar sobre nosotros.'
La zarza respondió a los árboles:
'Si con sinceridad venís a ungirme a mí para reinar sobre vosotros,
llegad y cobijaos a mi sombra.
Y si así no fuera, brote de la zarza fuego
que devore los cedros del Líbano.'» (Libro de los Jueces 9, 8-15)

Dejo el Antiguo Testamento y paso raudo y veloz hacia el Nuevo, porque el único texto interesante que he encontrado, en el Libro del profeta Zacarías (4, 1-14), se vuelve a retomar en el Apocalipsis, y total mejor tocarlo allá.
Según los evangelios, Jesús no mostró especial interés por los árboles,  y creo que sólo una vez se acerca a uno para buscarle frutos, y no los encuentra; una higuera. Pero cuando ya se encuentra en Jerusalén, en la última y definitiva de sus visitas a la ciudad santa, un huerto en las afueras, que se nombra Getsemaní una veces y otras de los Olivos, le resulta especialmente atractivo para retirarse en él, huyendo del jaleo y para orar. Debía hacerlo con frecuencia, eso parece:
«Jesús enseñaba en el templo durante el día, y por la noche se retiraba al monte de los Olivos. Y todo el pueblo madrugaba para venir al templo a escucharlo.» (Evangelio de Lucas 21, 37-38)

Se convierte este lugar en emblemático, ya que en él pasó Jesús su última noche en libertad, que resultó ser del todo agónica cuando tras implorar a Abba le fuera apartado el cáliz, asumió llevar hasta el final la tarea recibida y aceptada. Allí fue asaltado por los huestes de los sumos sacerdotes, apresado y abandonado por los suyos.
San Pablo, por su parte, toma al olivo para utilizarlo pedagógicamente en su explicación del por qué y del cómo los gentiles se hacen acreedores al mensaje salvador de Jesús, del que parece se han descolgado los judíos. Utiliza para ello además del olivo cultivado, el acebuche, una especie silvestre de olivo. Así diserta y argumenta:
«Y pregunto todavía: ¿Habrán tropezado los israelitas de manera que sucumban definitivamente? ¡De ninguna manera! Por el contrario, con su caída ha llegado la salvación a los paganos, quienes a su vez han provocado la emulación de Israel. Y si su caída y su fracaso se han convertido en riqueza para el mundo y para los paganos, ¿qué no sucederá cuando alcancen la plenitud?
A vosotros, gentiles, os digo: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a algunos de ellos. Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Y es que si las primicias están consagradas a Dios, lo está toda la masa; si está consagrada la raíz, lo están también las ramas. Cierto que algunas ramas han sido desgajadas y que tú, acebuche, has sido injertado entre las restantes y compartes con ellas la raíz y la savia del olivo. Pero no presumas a costa de aquellas ramas; y por si presumes, recuerda que no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz la que te sostiene a ti. Me dirás: «Han desgajado las ramas para injertarme a mí». De acuerdo, ellas han sido desgajadas por su incredulidad y tú estás en pie por la fe. Así que no te enorgullezcas y ándate con cuidado. Porque si Dios no perdonó a las ramas originales, tampoco a ti te perdonará.
Considera, pues, la bondad y la severidad de Dios: severidad para los que han caído; bondad para ti, siempre que tu conducta responda a esa bondad; de lo contrario, tú también serás desgajado. En cuanto a ellos, los israelitas, si no persisten en la incredulidad, volverán a ser injertados. Y Dios puede muy bien injertarlos de nuevo. Porque si tú has sido cortado de un acebuche, al que por naturaleza pertenecías, y has sido injertado contra tu naturaleza en el olivo fértil, ¡con cuánta mayor facilidad podrán ser injertadas las ramas originales en el propio olivo!» (Carta a los Romanos 11, 11-24)

La última referencia al olivo se encuentra en el Libro del Apocalipsis. Retoma la quinta visión del profeta Zacarías, la del candelabro y los dos olivos. Los dos olivos del profeta son aquí los dos ungidos, rey y sacerdote, atributos de los cristianos. Es, pues, la Iglesia a quien Juan refiere la misión histórica de proclamar en el mundo el evangelio; el poder del mundo usa la violencia para sofocar su voz, pero inútilmente, pues ella completa su testimonio.
«Me dieron después una vara de medir, semejante a un bastón, diciéndome:
-Levántate, mide el templo de Dios y el altar, y cuenta el número de sus adoradores. Pero no midas el espacio exterior del templo; déjalo aparte, porque ha sido entregado a los paganos, que pisotearán la ciudad santa durante cuarenta y dos meses. Será entonces cuando haga que mis dos testigos profeticen vestidos de sayal durante mil doscientos sesenta días. Me refiero a los dos olivos y a los dos candelabros que están de pie en presencia del Señor de la tierra. Si alguno intenta hacerles daño, de su boca saldrá fuego que devorará a sus enemigos; sin remedio morirá quien intente hacerles daño.
Tienen poder de cerrar el cielo para que no llueva durante el tiempo de su ministerio profético; tienen poder para convertir en sangre las aguas y para herir la tierra cuantas veces quieran con toda clase de calamidades. Cuando hayan terminado de dar su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará. Sus cadáveres quedarán sobre la plaza de la gran ciudad, que es llamada alegóricamente Sodoma y Egipto, y en la que fue también crucificado su Señor. Durante tres días y medio contemplan sus cadáveres gentes de todo pueblo, raza, lengua y nación, sin que a nadie se permita darles sepultura. Los habitantes de la tierra se alegran y se felicitan por su muerte y hasta se hacen regalos unos a otros, porque estos dos profetas constituían un tormento para ellos. Pero después de tres días y medio, un espíritu divino entró en ellos, se pusieron en pie y un gran temor se apoderó de quienes los contemplaban.
Oyeron entonces una voz potente que les decía desde el cielo:
-Subid aquí.
Y subieron al cielo en una nube, a la vista de sus enemigos. Y en aquel momento se produjo un formidable terremoto; se derrumbó la décima parte de la ciudad y siete mil personas perecieron en el terremoto. Los supervivientes quedaron aterrorizados y glorificaron al Dios del cielo.
Ha pasado el segundo ¡ay! Pero he aquí que el tercero está a la puertas. (Libro del Apocalipsis 11, 1-14)

Este final tan calamitoso y de consecuencias tan horripilantes es, sin embargo, interpretado por quienes saben, como un anuncio profético del efecto final del mensaje en la sociedad pagana, la desaparición de la injusticia y el cambio de valores, al fin de los “cuarenta y dos meses” (1.260 días) de persecución.
Omito las muchas veces que el olivo y su fruto, la aceituna, es citado para hablar por ejemplo del cuidado de los pobres y las viudas, que tenían derecho a recogerlo para su sustento («Cuando sacudas tus olivos no hagas tras de ti rebusco en sus ramas, lo que quede será para el huérfano, la viuda y el extranjero», se lee en Deuteronomio 24, 20). O para tratar de la prosperidad, expresión de la benevolencia de Dios con los justos y cumplidores de la ley («Seré como el rocío para Israel; él florecerá como el lirio, y hundirá sus raíces como el Líbano. Sus ramas se desplagarán, como la del olivo será su eflorescencia, y su fragancia como la del Líbano», vaticina Oseas 14, 6-7). Incluso para simbolizar a quienes gozaban de la amistad divina y formaban un pueblo unido y bendecido («Tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa», que dice el Salmo 127). Sí apuntaré que de las ramas del olivo también pueden salir coronas para adornar cabezas en momentos exultantes por el triunfo ante el opresor, como ocurre en el libro de Judit: «Judit tomaba tirsos con la mano y los distribuía entre las mujeres que estaban a su lado. Ellas y sus acompañantes se coronaron con coronas de olivo…» (15, 12). O para exaltar de gozo en el día en que nace el judaísmo y se le dice al pueblo: «No estéis tristes, la alegría de Yahvéh es vuestra fortaleza… Salid al monte y traed ramas de olivo… para hacer cabañas conforme a lo escrito» (Libro de Nehemías 8, 13ss.), porque habían encontrado el Libro de la Ley, y se sentían bendecidos por Yahvéh.
Mi pretensión al escribir esto no ha sido otra cosa que mostrar que el olivo, todos los olivos, cualquier olivo, es capaz de atravesar el tiempo, alcanzar una vida muy larga, y llegar, claro que con el tronco rugoso y retorcido, hasta los últimos versos de la Biblia. Y tengo para mí que ya en el Edén el olivo destacaría sobre los demás árboles, siquiera fuera por su verdor oscuro y brillante. Eva no comería directamente una aceituna tomada del olivo, porque la cara que hubiera puesto sí habría sido el primer chiste de la historia. (¿O el primer pecado?). Pero junto con el vino, el aceite seguro que fue la primera sustancia elaborada. De ahí la tradición del pan con tomate, digo yo.
En mi pueblo, que no es olivarero, en su lugar comíamos pan mojado en vino y rociado con azúcar. Estaba buenísimo.

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