Esa santidad que nos lleva. Uno de noviembre, los Santos


Dios de mi rutina cotidiana

Señor, quiero presentar ante ti mi rutina cotidiana.
Las largas horas y días llenos de todo menos de ti. Mira esta vida de todos los días, mi Dios amable, que eres misericordioso con el hombre, que casi no es otra cosa que vida de rutina. Mira mi alma que casi no es otra cosa que una calle sobre la cual la chusma de este mundo sigue desfilando sin fin con sus innumeras bagatelas, con su murmuración y sus trajines, con su curiosidad y su vana presunción. ¿No es, por ventura, mi alma delante de ti y de tu verdad insobornable como un mercado sobre el cual los vagabundos de los cuatro vientos se dan cita y ponen en venta las pobres riquezas de este mundo; donde yo, en eterno y enfadoso desasosiego, y el mundo también y los hombres, exhibimos nuestras cosas que nada valen?
Aprendí alguna vez hace muchos años, como «filósofo» en la escuela, que el alma es al mismo tiempo todo. ¡Ay, Dios mío! ¡De cuán distinta manera he tenido que vivir ahora esta palabra respecto a lo que entonces había pensado y soñado! Mi pobre alma se ha ido convirtiendo como en un inmenso almacén, en el cual un día tras otro «todo» se le va metiendo por todos los lados, sin ton ni son, hasta que queda repleto, desbordante, de vida cotidiana.
¿Qué será de mí, Dios mío, si mi vida prosigue así? ¿Qué me pasará en aquella hora en la cual de repente todos estos objetos de la rutina diaria sean echados a una de este almacén, como ocurrirá en la hora de mi muerte? Entonces ya no habrá rutina, entonces de repente seré abandonado por todo lo que ahora llena mis días y mi vida. Pero yo mismo, ¿qué seré en esta hora única en la cual seré más yo mismo, y fuera de eso nada más? ¿Qué seré entonces yo, aquel que durante una vida sólo fue rutina, esto es, trajín y vado colmado con murmuración y fruslerías? ¿Qué será de mí cuando la pesada violencia de la muerte venga a cobrar inexorablemente y sin misericordia la cuenta justa de mi vida, de los muchos días y largos años? ¿Cuál va a ser entonces el resultado? ¡Dios mío, si Tú fuiste misericordioso conmigo, entonces, en este gran desengaño que vendrá sobre el gran equívoco de mi rutina, quizá un par de instantes será el auténtico resto de una vida inauténtica, un par de momentos en los cuales la gracia de tu amor se habrá colado en algún rincón de mi vida llena de trajín rutinario.
Pero, ¿cómo he de cambiar esta miseria de mi rutina, cómo he de volverme hacia el único ser necesario que eres Tú? ¿Cómo he de huir de la rutina? ¿No me empujaste Tú a esta rutina? ¿Acaso no me encontraba ya perdido en este mundo y en plena rutina cuando por primera vez sospeché y comprendí que mi vida verdadera debía ahogarse en ti y no en la rutina? ¿No me hiciste Tú hombre? Pero, ¿qué cosa es el hombre sino el ser que, insuficiente a sí mismo, anhela tu infinitud y por ello comienza a correr al encuentro de tus lejanas estrellas, y así recorre todas las calles del mundo, y al fin de esos caminos sigue viendo refulgir tus estrellas con serenidad y a la misma distancia?
Y mira, Dios mío, si yo quisiera huir de mi rutina, si yo quisiera volverme cartujo para no tener que hacer otra cosa que permanecer en adoración silenciosa ante tu faz sagrada, ¿estaría yo entonces realmente a salvo, encima de la rutina? Cuando pienso en las horas en las cuales estoy ante el altar o rezo el breviario de tu Iglesia, entonces sé que no son los negocios mundanos los que hacen rutina de mis días, sino que soy yo mismo el que soy capaz de transformar los acontecimientos sagrados en horas de rutina gris. Yo convierto mis días en rutina, no ellos a mí.
Por eso, sé que si en última instancia puede haber un camino que vaya a ti, irá por en medio de mi rutina. Sin la rutina solamente podría huir hacia ti si en esta santa fuga pudiera dejarme a mí mismo atrás. Pero, ¿hay algún camino en medio de la rutina que vaya hacia ti? Semejante camino ¿no me aleja acaso cada vez más de ti, más profundamente cada vez hacia el vacío ruidoso de las ocupaciones en el cual Tú, Dios silencioso, no habitas? Yo bien sé que el movimiento que le llena a uno vida y corazón llega a hastiar, que el «taedium vitae» mencionado por los filósofos, y la saciedad de la vida, de la cual habla tu palabra como la última experiencia en la vida de tus patriarcas, también se convierte cada vez más en una parte consustancial de mi ser.
Sí, finalmente la rutina se transforma por sí misma en la gran melancolía de la vida. ¿Acaso no experimentan también ésta los paganos? ¿Por ventura ya está uno contigo cuando la rutina finalmente enseña su verdadero rostro, cuando ella misma confiesa que todo es vanidad y tormento espiritual, cuando recojo la experiencia del que predica en tu nombre? ¿Es la rutina, de esa manera tan sencilla, el camino que va a ti? ¿O no alcanza mucho mejor su última victoria precisamente cuando por fin los propios objetos de la rutina, cuando las cosas que en otras ocasiones tan fácilmente ayudan al hombre en el aburrimiento y la desolación se vuelven indiferentes al corazón consumido? ¿Está, pues, un corazón cansado y decepcionado más cerca de ti que otro lozano y contento con el mundo? Propiamente, ¿dónde se te encuentra, si la afición a la rutina hace olvidarse de ti, e incluso el desengaño de la rutina no te ha encontrado todavía y hace más incapaz al corazón amargado y enfermo para encontrarte?
Dios mío, si uno puede perderte en todas las cosas, si ni la oración ni las fiestas santas, ni la paz del monasterio, ni las grandes decepciones por todas las cosas excluyen de sí tal peligro, entonces también estos objetos santos, no rutinarios, pertenecen de todos modos a la rutina. Sí, entonces la rutina no es un «trozo» de mi vida, no es solamente el trozo más largo de mi vida, sino que siempre hay rutina, «todo» es rutina, porque todo me puede robar y echar a perder lo único que es necesario, a ti, mi Dios.
Pero si en ningún sitio me has dado un lugar en el cual pueda refugiarme para encontrarte de veras, si en todas las cosas puedo perderte a ti, que eres para mí lo único, entonces he de poder también encontrarte en todas las cosas, porque de otra forma el hombre nunca podría encontrarte en modo alguno, ese hombre que sin ti ni siquiera puede existir. Entonces debo buscarte en todas las cosas, porque cada día es rutina de todos los días, y cada día es día tuyo y hora de tu gracia.
Todo es rutina diaria y día tuyo a la vez. Dios mío, otra vez vuelvo a entender lo que ya sabía desde hace mucho tiempo. Vuelve a cobrar vida en mi corazón lo que tantas veces me había dicho el entendimiento. Pero, ¿de qué sirve la verdad al entendimiento si no es a la vez la vida del corazón? Una y otra vez tengo que sacar la pequeña nota de Rusbroquio, que ya había copiado para mí hace muchos años, volverla a leer ahora, ya que el corazón la vuelve a comprender. Me consuela una y otra vez leer cómo este hombre espiritual se representaba su propia vida; el que yo todavía guste estas palabras después de tanta rutina en mi vida se me figura como una promesa de que alguna vez bendecirás también mi rutina.
“Dios viene sin cesar a nosotros mediata e inmediatamente, y nos exige obrar y disfrutar y que una cosa no resulte violentada por la otra, sino constantemente fortalecida. Y por esto el hombre espiritual posee su vida de dos maneras, a saber: descansando y obrando. Y en cada una está completa y sin dividirse. Pues está completamente en Dios, porque al disfrutar descansa, y está completamente en sí mismo, porque al trabajar ama, y en todo tiempo es excitado y avisado por Dios para renovar uno y otro, descasar y trabajar. De modo que así el hombre es justo y está en el camino hacia Dios con íntimo amor y eterno obrar. Y va penetrando en Dios mediante la inclinación de disfrutar en una paz eterna. Y se queda en Dios, y vuelve a salir hacia todas las criaturas con amor que lo abraza todo, con virtudes y justicias. Este es el escalón más elevado de la vida interior. Todos aquellos que no consiguen el descansar y obrar en un solo ejercicio no han alcanzado esta justicia. Un justo así no puede ser detenido al entrar en sí mismo, porque él entrará tanto gozando como trabajando. Mucho mejor se asemeja a un espejo doble que recoge imágenes en ambos lados. Porque en la parte más elevada de su espíritu recibe el hombre a Dios a la vez que todos sus dones, y a través de la parte más baja recoge, mediante los sentidos, imágenes corporales…”
En una sola práctica debo poseer la rutina de cada día y el día tuyo. En la excursión hacia el mundo debo volver dentro de ti, en todo, poseerte a ti, el único. Pero ¿cómo se ha de volver día tuyo mi rutina de todos los días? ¡Dios mío, sólo gracias a ti! Solamente gracias a ti puedo ser un hombre «interior» en el bullicio y distracción de la labor cotidiana. Solamente gracias a ti estoy en mí y contigo cuando salgo para estar con las cosas. Ni la angustia ni la nada, ni tampoco la muerte me libran del estar perdido en los objetos del mundo, como dicen los filósofos de hoy, sino solamente tu amor, el amor a ti. Sólo Tú, objeto y meta de todas las cosas, Tú que satisfaces plenamente, Tú que te bastas a ti mismo, eres mi liberación. Tu amor, mi Dios infinito, el amor a ti, que te yergues a través de todas las cosas, a través de su corazón, muy por encima de ellas, hacia tus infinitas latitudes, y te llevas de paso todos los objetos perdidos como himno de loa de tu infinitud. Ante ti toda la multiplicidad se vuelve unidad. Toda dispersión en ti confluye. En tu amor cada exterioridad se torna interioridad. Mediante tu amor toda salida a la rutina de cada día se vuelve incursión hacia tu unidad, la cual es vida eterna.
Pero este amor -que permite a la rutina ser rutina, y a pesar de eso la transforma en retorno hacia ti- solamente me lo puedes dar Tú. Por eso, ¿qué he de decirte en esta hora en la cual me traigo a mí mismo, el rutinario, ante tu presencia? Sólo he de hacerte una petición del más común de tus dones, que a la vez es el más elevado: tu amor. Mueve mi corazón con tu gracia. Permíteme, cuando tiendo la mano a los objetos de este mundo, por la alegría o el dolor, que mediante ellos te comprenda y ame a ti, primer principio de todos ellos. Tú, que eres amor, dame el amor. El amor a ti, para que todos mis días alguna vez desemboquen en el único día de tu vida eterna.
[Karl Rahner. Oraciones de vida. Publicaciones Claretianas. Madrid 1986, págs. 109-114]
Jean-François Millet, Pastora

II

Permítasenos decir otra vez, a pesar de que estemos repitiendo lo mismo siempre y casi con las mismas palabras, que:
- cuando se da una esperanza total que prevalece sobre todas las demás esperanzas particulares, que abarca con su suavidad y con su silenciosa promesa todos los crecimientos y todas las caídas;
- cuando se acepta y se lleva libremente una responsabilidad donde no se tienen claras perspectivas de éxito y de utilidad;
- cuando un hombre conoce y acepta su libertad última, que ninguna fuerza terrena le puede arrebatar;
- cuando se acepta con serenidad la caída en las tinieblas de la muerte como el comienzo de una promesa que no entendemos;
- cuando se da como buena la suma de todas las cuentas de la vida que uno mismo no puede calcular, pero que Otro ha dado por buenas, aunque no se puedan probar;
- cuando la experiencia fragmentada del amor, la belleza y la alegría se viven sencillamente y se aceptan como promesa del amor, la belleza y la alegría, sin dar lugar a un escepticismo cínico como consuelo barato del último desconsuelo;
- cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con serenidad y perseverancia hasta el final, aceptado por una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar;
- cuando se corre el riesgo de orar en medio de tinieblas silenciosas, sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar;
- cuando uno se entrega sin condiciones, y esta capitulación se vive como una victoria;
- cuando el caer se convierte en un verdadero estar de pie;
- cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado, sin consuelo fácil;
- cuando el hombre confía sus conocimientos y preguntas al misterio silencioso y salvador, más amado que todos nuestros conocimientos particulares, convertidos en señores demasiado pequeños para nosotros;
- cuando ensayamos diariamente nuestra muerte e intentamos vivir como desearíamos morir: tranquilos y en paz;
- cuando… (podríamos continuar indefinidamente)…
…allí está Dios y su gracia liberadora; allí conocemos a quien nosotros, cristianos, llamamos «Espíritu Santo de Dios»; allí se hace una experiencia que no se puede ignorar en la vida, aunque a veces esté reprimida, porque se ofrece a nuestra libertad con el dilema de si queremos aceptarla o si, por el contrario, queremos defendernos de ella en un infierno de libertad al que nos condenamos nosotros mismos.
Ésta es la mística de cada día: el buscar a Dios en todas las cosas. Aquí está la sobria embriaguez del Espíritu de la que hablan los Padres de la Iglesia y la liturgia antigua, y a la que no nos está permitido rehusar o despreciar por su sobriedad.
(Fragmento del libro Experiencia del Espíritu de Karl Rahner, Narcea, Madrid, 1978)

Jean François Millet, El rezo del Angelus

En este día tan señalado, no porque haya que visitar cementerios, sino porque podemos celebrar lo que somos y en que terminaremos por convertirnos, me permito romper todos los protocolos y desear a cuantos visitéis este lugar reconoceros identificados en estas palabras que tomo del libro del Apocalipsis:
«Después de esto, miré y vi una muchedumbre enorme que nadie podía contar. Gente de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie delante del trono y del Cordero. Vestían de blanco, llevaban palmas en las manos y clamaban con voz potente, diciendo:
A nuestro Dios, que está sentado en el trono,
y al Cordero, se debe la salvación.
Y todos los ángeles que estaban de pie alrededor del trono, alrededor de los ancianos y de los cuatro seres vivientes, cayeron rostro a tierra delante del trono y adoraron a Dios, diciendo:
Amén. Alabanza, gloria, sabiduría,
acción de gracias, honor, poder y fuerza
a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.
Entonces uno de los ancianos tomó la palabra y me preguntó:
-Estos que están vestidos de blanco, ¿quiénes son y de dónde han venido?
Yo le respondí:
-Tú eres quien lo sabe, Señor.
Y él me dijo:
-Estos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, le rinden culto día y noche en su templo, y el que está sentado en el trono habitará con ellos. Ya nunca tendrán hambre ni sed, ni caerá sobre ellos el calor agobiante del sol. El Cordero que está en medio del trono los apacentará y los conducirá a fuentes de aguas vivas, y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos». (7, 9-17)

¡Sois unos sant@s! ¡Sant@s, más que sant@s!

¡¡¡FELICIDADES!!!
 

3 comentarios:

Anónimo dijo...

http://youtu.be/gZQiBWzBtBY

Carmen dijo...

Con el primer texto tengo para rumiar, pensar, meditar...un buen rato. Luego sigo con lo demás.
Gracias y felicidades a tí tambien.Un abrazo.

Miguel Ángel dijo...

Vale, Carmen, tómate tu tiempo y tranquila, no pienso descolgarlo; ahí lo tendrás cuando lo necesites.

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