Historietas del Abuelo Cebolleta


¡VIVA EL PAPA!


I
El tierno episodio que voy a referir es rigurosamente histórico, como los anteriores y como los siguientes; pero no ya sólo por la materia, sino también por la forma. «Vivo está quien lo cuenta», como suele decirse..., y entiéndase que quien lo cuenta no soy yo; es un capitán retirado que dejó el servicio en 1814...
Hoy no soy escritor: soy mero amanuense; no os pido, pues, admiración ni indulgencia, sino que me creáis a puño cerrado.
Para invención, el asunto es de poca monta; y luego pertenece a un género en que yo no me tomaría el trabajo de inventar nada...
Presumo de liberal, y un pobre capitán retirado me ha conmovido profundamente contándome los sinsabores... políticos de un Papa muy absolutista...
Mi objeto es conmoveros hoy a vosotros con su misma relación, a fin de que el número de los derrotados cohoneste mi derrota.
Si lo consigo, podré exclamar como la adúltera: El que esté libre de pecado, que... me llame neocatólico.
Habla mi capitán.


II
-Uno de los más calurosos días del mes de julio de 1809, ¡y cuidado que aquel dichoso año hizo calor!, a eso de las diez de la mañana, entrábamos en Montelimart, villa o ciudad del Delfinado, que lo que sea no lo sé, ni lo he sabido nunca, y maldita la falta que me hacía saber que existía tal Francia en el mundo...
-¡Ah! ¿Conque era en Francia...?
-Pues ¡hombre! ¡Me gusta! ¿Dónde está el Delfinado sino en Francia? Y no crean ustedes que ahí, en la frontera..., sino muy tierra adentro, más cerca del Piamonte que de España...
-¡Siga usted..., capitán! Los niños, que aprendan en la escuela... Y tú, ¡a ver si te callas, Eduardito!
-Pues como digo, entrábamos en Montelimart, ahogados de calor y polvo, y rendidos de caminar a pie durante tres semanas, veintisiete oficiales españoles que habíamos caído prisioneros en Gerona... Mas no creáis que en la capitulación de la plaza, sino en una salida que hicimos pocos días antes, a fin de estorbar unas obras en el campamento francés... Pero esto no hace al caso. Ello es que nos atraparon y nos llevaron a Perpiñán, desde donde nos destinaron a Dijon... Y ahí tienen ustedes el porqué de lo que voy a referir.
Pues señor, como uno se acostumbra a todo, y el emperador nos pasaba diez reales diarios durante el viaje -que íbamos haciendo a jornadas militares de tres o cuatro leguas-, y nadie nos custodiaba, porque cada uno de nosotros había respondido con su cabeza de que no desertarían los demás, y veintisiete españoles juntos no se han aburrido nunca, sucedía que, sin embargo del calor, de la fatiga y de no saber ni una palabra de francés, pasábamos muchos ratos divertidos, sobre todo desde las once de la mañana hasta las siete de la tarde, horas que permanecíamos en las poblaciones del tránsito; pues las jornadas las hacíamos de noche, con la fresca... A ver, Antonio, enciéndeme esta pipa.
Montelimart... ¡Bonito pueblo!... El café está en una calle cerca de la plaza, y en él entramos a refrescarnos, es decir, a evitar el sol... (pues los bolsillos no se prestaban a gollerías), en tanto que tres de nuestros compañeros iban a ver al prefecto para que nos diese las boletas de alojamiento, que en Francia se llaman mandat...
No sé si el café estará todavía como entonces estaba. ¡Han pasado cuarenta y cuatro años! Recuerdo que a la izquierda de la puerta había una ventana de reja, con cristales, y delante una mesa a la cual nos sentamos algunos de los oficiales, entre ellos C..., que ha sido diputado a Cortes por Almería y murió el año pasado... Ya veis que esto es cosa que puede preguntarse.
-Pues ¿no dice usted que ha muerto?
-¡Hombre! Supongo que C... se lo habrá contado a su familia -respondió el capitán, escarbando la pipa con la uña.
-¡Tiene usted razón, capitán! Siga usted; el que no lo crea, que lo busque.
-¡Bien hablado, hijo mío!... Pues como íbamos diciendo, sentados estábamos a la mesa del café, cuando vimos correr mucha gente por la calle y oímos una gritería espantosa... Pero como la gritería era en francés, no la entendimos.
-Le Pape! Le Pape! Le Pape!... -decían los muchachos y las mujeres, levantando las manos al cielo, en tanto que todos los balcones se abrían y llenaban de gente, y los mozos del café y algunos gabachos que jugaban al billar se lanzaban a la calle con un palmo de boca abierta, como si oyeran decir que el Sol se había parado.
-¡Pues parado está, papá abuelo!
-¡Cállese usted cuando hablan los mayores! ¡A ver... el deslenguado!
-No haga usted caso, capitán... ¡Estos niños de ahora!...
-Toma... ¡Y si está parado!... -murmuró el muchacho entre dientes.
-Le Pape! Le Pape! ¿Qué significa esto? -nos preguntamos todos los oficiales.
Y cogiendo a uno de los mozos del café, le dimos a entender nuestra curiosidad.
El mozo tomó dos llaves; trazó con las manos una especie de morrión sobre su cabeza; se sentó en una silla, y dijo:
-Le Pontife!
-¡Ah!... -dijo C... (que era el más avisado de nosotros. ¡Por eso fue luego diputado a Cortes!)-. ¡El Pontífice! ¡El Papa!
-Oui, monsieur. Le Pape! Pie Sept.
-¡Pío VII!... ¡El Papa! -exclamamos nosotros, sin atrevernos a creer lo que oíamos-. ¿Qué hace el Papa en Francia? Pues ¿no está el Papa en Roma? ¿Viajan los Papas? ¿El Papa en Montelimart?
No extrañéis nuestro asombro, hijos míos... En aquel entonces todas las cosas tenían más prestigio que hoy. No se viajaba tan fácilmente, ni se publicaban tantos periódicos. Yo creo que en toda España no había más que uno, tamaño como un recibo de contribución. El Papa era para nosotros un ser sobrenatural..., no un hombre de carne y hueso... ¡En toda la Tierra no había más que un Papa!... Y en aquel tiempo era la Tierra mucho más grande que hoy... ¡La Tierra era el mundo..., y un mundo lleno de misterios, de regiones desconocidas, de continentes ignorados! Además, aún sonaban en nuestros oídos aquellas palabras de nuestra madre y de nuestros maestros: «El Papa es el Vicario de Jesucristo; su representante en la Tierra; una autoridad infalible, y lo que desatare o atare aquí, permanecerá atado o desatado en el Cielo...»
Creo haberme explicado. Creo que habréis comprendido todo el respeto, toda la veneración, todo el susto que experimentaríamos aquellos pobres españoles del siglo pasado al oír decir que el Sumo Pontífice estaba en un villorrio de Francia y que íbamos a verle.
Efectivamente: no bien salimos del café percibimos allá en la plaza (que como os he dicho, estaba cerca), una empolvada silla de posta, parada delante de una casa de vulgar apariencia y custodiada por dos gendarmes de caballería, cuyos desnudos sables brillaban que era un contento...
Más de quinientas personas había alrededor del carruaje, que examinaban con viva curiosidad, sin que se opusiesen a ello los gendarmes, quienes, en cambio, no permitían al público acercarse a la puerta de aquella casa, donde se había apeado Pío VII mientras mudaban el tiro de caballos...
-Y ¿qué casa era aquélla, abuelito? ¿La del alcalde?
-No, hijo mío. Era el parador de diligencias.
A nosotros, como a militares que éramos, nos tuvieron un poco más de consideración los gendarmes, y nos permitieron arrimarnos a la puerta... Pero no así pasar el umbral.
De cualquier modo, pudimos ver perfectamente el siguiente grupo, que ocupaba uno de los ángulos de aquel portal u oficina.
Dos ancianos.... ¿qué digo?..., dos viejos decrépitos, cubiertos de sudor y de polvo, rendidos de fatiga, ahogados de calor, respirando apenas, bebían agua en un vaso de vidrio, que el uno pasó al otro después de mediarlo. Estaban sentados en sillas viejas de enea. Sus trajes talares, blanco el uno, y el otro de color de púrpura, hallábanse tan sucios y ajados por resultas de aquella larga caminata, que más parecían humildes ropones de peregrinos que ostentosos hábitos de príncipes de la Iglesia...
Ningún distintivo podía revelarnos cuál era Pío VII (pues nada entendíamos nosotros de trajes cardenalicios ni pontificios), pero todos dijimos a un tiempo:
-¡Es el más alto! ¡El de las blancas vestiduras!
Y ¿sabéis por qué lo dijimos? Porque su compañero lloraba y él no; porque su tranquilidad revelaba que él era mártir; porque su humildad denotaba que él era el rey.
En cuanto a su figura, me parece estarla viendo todavía. Imaginaos un hombre de más de setenta años, enjuto de carnes, de elevada talla y algo encorvado por la edad. Su rostro, surcado de pocas, pero muy hondas arrugas, revelaba la más austera energía, dulcificada por unos labios bondadosos que parecían manar persuasión y consuelo. Su grave nariz, sus ojos de paz, marchitos por los años, y algunos cabellos tan blancos como la nieve, infundían juntamente reverencia y confianza. Sólo contemplando la cara de mi buen padre y la de algunos santos de mi devoción, había yo experimentado hasta entonces una emoción por aquel estilo.
El sacerdote que acompañaba a Su Santidad era también muy viejo, y en su semblante, contraído por el dolor y la indignación, se descubría al hombre de pensamientos profundos y de acción rápida y decidida. Más parecía un general que un apóstol.
Pero ¿era cierto lo que veíamos? ¿El Pontífice preso, caminando en el rigor del estío, con todo el ardor del sol, entre dos groseros gendarmes, sin más comitiva que un sacerdote, sin otro hospedaje que el portal de una casa de postas, sin otra almohada que una silla de madera?
En tan extraordinario caso, en tan descomunal atropello, en tan terrible drama, sólo podía mediar un hombre más extraordinario, más descomunal, más terrible que cuanto veíamos... El nombre de Napoleón circuló por nuestros labios. ¡Napoleón nos tenía también a nosotros en el interior de Francia! ¡Napoleón había revuelto el Oriente, encendido en guerra nuestra patria, derribado todos los tronos de Europa! ¡Él debía de ser quien arrancaba al Papa de la Silla de San Pedro y lo paseaba así por el Imperio francés, como el pueblo judío paseó al Redentor por las calles de la ciudad deicida!
Pero ¿cuál era la suerte del beatísimo prisionero? ¿Qué había ocurrido en Roma? ¿Había una nueva religión en el Mediodía de Europa? ¿Era papa Napoleón?
Nada sabíamos... y, si he de deciros la verdad, por lo que a mí hace, todavía no he tenido tiempo de averiguarlo...
-Yo se lo diré a usted, por vía de paréntesis, en muy pocas palabras, capitán. Esto completará la historia de usted, y dará toda su importancia a ese peregrino relato.


III
El día 17 de mayo de ese mismo año de 1809 dio Napoleón un decreto, por el que reunió al Imperio francés los Estados pontificios, declarando a Roma ciudad imperial libre.
El pueblo romano no se atrevió a protestar contra esta medida; pero el Papa la resistió pasivamente desde su palacio del Quirinal, donde aún contaba con algunas autoridades y su guardia de suizos.
Sucedió entonces que unos pescadores del Tíber cogieron un esturión y quisieron regalárselo al Sucesor de San Pedro. Los franceses aprovecharon esta ocasión para dar el último paso contra la autoridad de Pío VII; gritaron: ¡al arma!; el cañón de Sant-Angelo pregonó la extinción del gobierno temporal de los Papas, y la bandera tricolor ondeó sobre el Vaticano.
El secretario de Estado, cardenal Pacca (que sin duda era el sacerdote que usted encontró con Pío VII), corrió al lado de Su Santidad; y, al verse los dos ancianos, exclamaron: Consummatum est!
En efecto: mientras el Papa lanzaba su última excomunión contra los invasores, éstos penetraban en el Quirinal, derribando las puertas a hachazos.
En la Sala de las Santificaciones encontraron a cuarenta suizos, resto del poder del ex rey de Roma, quienes los dejaron pasar adelante por haber recibido orden de no oponer resistencia alguna.
El general Radet, jefe de los demoledores, encontró al Papa en la Sala de las Audiencias ordinarias, rodeado de los cardenales Pacca y Despuig y de algunos empleados de Secretaría.
Pío VII vestía roquete y muceta; había dejado su lecho para recibir al enemigo, y daba muestras de una tranquilidad asombrosa.
Era medianoche. Radet, profundamente conmovido, no se atreve a hablar. Al fin intima al Sumo Pontífice que renuncie al gobierno temporal de los Estados romanos. El Papa contesta que no le es posible hacerlo, porque no son suyos, sino de la Iglesia, cuyo administrador le hizo la voluntad del Cielo... Y el general Radet le replica mostrándole la orden de llevarlo prisionero a Francia.
Al amanecer del siguiente día salía Pío VII de su palacio entre esbirros y gendarmes, saltando sobre los escombros de las puertas, sin más comitiva que el cardenal Pacca, ni más restos de su grandeza mundanal que un papetto, moneda equivalente a cuatro reales de vellón, que llevaba en el bolsillo.
En las afueras de la puerta del Popolo lo esperaba una silla de posta, a la cual le hicieron subir, y después de esto cerraron las portezuelas con una llave, que Radet entregó a un gendarme de caballería.
Las persianas del lado derecho, en que se sentó el Papa, estaban clavadas, a fin de que no pudiese ser visto...


IV
-¡En esa silla lo encontré yo...! ¿Ven ustedes como no miento?
-Hace usted bien en interrumpirme, capitán; porque yo he terminado, y el resto queremos oírlo de labios de usted...
-Pues voy allá, señores míos.
Íbamos diciendo que Pío VII y el cardenal Pacca -¡mucho me alegro de haber llegado a saber su nombre!- estaban sentados en el portal de la casa de postas; que el pueblo se había agrupado en la calle; que los gendarmes le impedían el paso, y que nosotros los españoles conseguimos acercarnos tanto a la puerta, que veíamos perfectamente a los dos augustos sacerdotes.
Pío VII fijó casualmente la vista en nosotros, y sin duda conoció, por nuestros raros y destrozados uniformes, que también éramos extranjeros y cautivos de Napoleón... Ello fue que, después de decir algunas palabras al cardenal, clavó en nosotros una larga y expresiva mirada.
En esto sonó allí cerca un fandango, divinamente tocado y cantado por los tres compañeros nuestros, que volvían ya con las boletas para alojarnos...
Creo haberos dicho que habíamos comprado dos guitarras antes de abandonar a Cataluña; y si se me ha olvidado decíroslo, os lo digo ahora.
Al oír aquel toque y la copla que le siguió, el Papa levantó otra vez la cabeza, y nos miró con mayor interés y ternura.
El italiano, el músico, había reconocido el canto.
¡Ya sabía que éramos españoles!
Ser español, significaba en aquel tiempo mucho más que ahora. Significaba ser vencedor del Capitán del siglo; ser soldado de Bailén y Zaragoza; ser defensor de la Historia, de la tradición, de la fe antigua; mantenedor de la independencia de las naciones; paladín de Cristo; cruzado de la libertad... En esto último nos engañábamos... Pero ¡cómo ha de ser! ¿Quién había de adivinar entonces, al defender a don Fernando VII contra los franceses, que él mismo los llamaría al cabo de catorce años y los traería a España en contra nuestra, como sucedió en 1823?... En fin; no quiero hablar.... ¡pues hay cosas que todavía me encienden la sangre!
El caso fue, volviendo a mi relato, que el rostro del Papa se cubrió de santo rubor al considerar nuestra desventura y recordar el heroísmo de que España estaba dando muestras al mundo..., y que el más puro entusiasmo chispeó en sus amantísimos ojos... ¡Parecía que aquellos ojos nos besaban!
Nosotros, por nuestra parte, comprendiendo toda la predilección que nos demostraba en aquel momento el Sumo Pontífice, procurábamos expresarle con la mirada, con el gesto, con la actitud, nuestra veneración y piedad, así como el dolor y la indignación que sentíamos al verlo preso y ultrajado por sus malos hijos... Casi instintivamente nos quitamos los morriones -cosa que chocó mucho a los franceses, los cuales seguían con sus gorros encasquetados-, y nos llevamos la mano derecha al corazón como quien hace protestación de su fe.
El Papa levantó los ojos al Cielo y se puso a rezar. ¡Sabía que una bendición de su mano podía atraer sobre nosotros la cólera del pueblo impío que nos rodeaba, como nosotros sabíamos que un grito de ¡Viva el Papa! podía empeorar la situación del beatísimo prisionero! ¡Mostrábanse tan orgullosos los franceses que nos rodeaban al ver aquel supremo triunfo de la Revolución sobre la autoridad!... ¡Creían tan grande a la Francia en aquel momento!
En esto se abrió paso por entre la muchedumbre, y apareció en el cuadro que habían despejado los gendarmes, una mujer del pueblo, mucho más anciana que el Pontífice: una viejecita centenaria, pulcra y pobremente vestida, coronada de cabellos como la nieve, trémula por la edad y el entusiasmo, encorvada, llorosa, suplicante, llevando en las manos un azafate de mimbres secos lleno de melocotones, cuyos matices rojos y dorados se veían debajo de las verdes hojas con que estaban cubiertos...
Los gendarmes quisieron detenerla... Pero ella los miró con tanta mansedumbre; era tan inofensiva su actitud; era su presente tan tierno y cariñoso; inspiraba su edad tanto respeto; había tal verdad en aquel acto de devoción; significaba tanto, en fin, aquel siglo pasado, fiel a sus creencias, que venía a saludar al Vicario de Jesucristo en medio de su calle de la Amargura, que los soldados de la Revolución y del Imperio comprendieron o sintieron que aquel anacronismo, aquella caridad de otra época, aquel corazón inerme y pacífico que había sobrevivido casualmente a la guillotina, en nada aminoraba ni deslucía los triunfos del conquistador de Europa, y dejaron a la pobre mujer del pueblo entrar en aquel afortunado portal, que ya nos había traído a la memoria otro portal, no menos afortunado, donde unos sencillos pastores hicieron también ofrendas al Hijo de Dios vivo...
Comenzó entonces una interesante escena entre la cristiana y el Pontífice.
Púsose ella de rodillas y, sin articular palabra, presentó el azafate de frutos al augusto prisionero.
Pío VII enjugó con sus manos beatísimas las lágrimas que inundaban el rostro de la viejecita y cuando ésta se inclinaba para besar el pie del Santo Padre, él colocó una mano sobre aquellas canas humilladas, y levantó la otra al Cielo con la inspirada actitud de un profeta.
-¡Viva el Papa! -exclamamos entonces nosotros en nuestro idioma español, sin poder contenernos...
Y penetramos en el portal resueltos a todo.
Pío VII se pone de pie al oír aquel grito y, tendiendo hacia nosotros las manos, nos detiene, cual si su majestuosa actitud nos hubiese aniquilado... Caemos, pues, de rodillas, y el Padre Santo nos bendice una, otra y tercera vez.
Al propio tiempo álzase en la puerta y en toda la plaza como un huracán de gritos, y nosotros volvemos la cabeza horrorizados, creyendo que los franceses amenazan al Sumo Pontífice... ¡Lo de menos era que nos amenazasen a nosotros! ¡Decididos estábamos a morir!
Pero cuál fue nuestro asombro al ver que los gendarmes, los hombres del pueblo, las mujeres, los niños..., ¡todo Montelimart! estaba arrodillado, con la frente descubierta, con las lágrimas en los ojos, exclamando:
-Vive le Pape!
Entonces se rompió la consigna: el pueblo invadió el portal y pidió su bendición al Pontífice.
Éste cogió una hoja verde de las que cubrían el azafate de melocotones que seguía ofreciéndole la anciana, y la llevó a sus labios y la besó.
La multitud, por su parte, se apoderó de los frutos como de reliquias; todos abrazaron a la pobre mujer del pueblo; el Papa, trémulo de emoción, atravesó por entre la muchedumbre, nos bendijo otra vez al paso, y penetró en la silla de posta; y los gendarmes, avergonzados de lo que acababa de pasar, dieron la orden de partir.
En cuanto a nosotros, durante todo aquel día no fuimos en Francia prisioneros de guerra, sino huéspedes de paz.
Conque... he dicho.


V
-¡Aún queda algo que decir!... -exclamó el mismo que contó poco antes lo acontecido en Roma-. ¡Óiganme ustedes a mí un momento!
En 1814, cinco años después de la escena referida por el capitán, la fuerza de la opinión de toda Francia obligó a Napoleón Bonaparte a poner en libertad a Pío VII.
Volvió, pues, el Sumo Pontífice a recorrer el mismo camino en que le habían encontrado los prisioneros españoles, y he aquí cómo describe Chateaubriand la despedida que hizo Francia al sucesor de San Pedro:
«Pío VII caminaba en medio de los cánticos y de las lágrimas, del repique de las campanas y de los gritos de ¡Viva el Papa! ¡Viva el Jefe de la Iglesia!... En las ciudades sólo quedaban los que no podían marchar, y los peregrinos pasaban la noche en los campos, en espera de la llegada del anciano sacerdote. Tal es, sobre la fuerza del hacha y del cetro, la superioridad del poder del débil sostenido por la religión y la desgracia.»
Guadix, 1857.
(Pedro Antonio de Alarcón. Historietas Nacionales.)

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