José Luis Martín Descalzo prologa a Michel Quoist

Alguien ha entrado a comentar un post mío de hace unos meses en que recordé a Michel Quoist. Se ha presentado como antiguo seminarista, y en su forma de expresarse da la impresión de que añora cosas de aquel tiempo. Ante este reclamo he vuelto a leer lo que escribí entonces, 3 de marzo de este año, y me reafirmo en lo que entonces dije: que no echo en falta aquel libro, “Oraciones para rezar por la calle”, ni añoro mi juventud que necesitó de él, ni me sirve ahora el estilo que entonces me, nos, parecía tan atractivo, sugerente y útil. Sencillamente, no me sirve.
Pero ya que estaba en ello, reparé en el prólogo del libro, a cargo de José Luis Martín Descalzo. Y me di cuenta de que las palabras del cura y periodista vallisoletano tienen aún vigencia, no están pasadas. Las copio para tenerlas:
ORACIÓN: UNA PALABRA DESPRESTIGIADA

A la hora de traducir este libro de Michel Quoist ha habido para nosotros una palabra rebelde, una a la que hemos dado vueltas y vueltas. Me refiero a la palabra que sirve de título a la edición francesa de la obra: «Prières».
¿Oraciones? ¿Plegarias? Sí, cualquiera de las dos traducciones hubiera servido pero... Nos imaginábamos el libro ya en los escaparates: perdido entre novelas de títulos brillantes y libros de memorias. Veíamos la portada y sobre ella una sola palabra: «Oraciones».
Imaginarse al hombre de la calle parado ante este escaparate era cosa también fácil. ¿Qué pensaría de esta extraña palabra perdida entre colorines y colorines que gritan como la vida?
Y es que entre nosotros oración es una palabra abiertamente desprestigiada. O quizá mejor: arrinconada. El hombre de la calle viéndola campear en la portada de un libro seguramente sentiría una difícil sensación, como si este libro hubiera sido algo raro metido entre los otros, cual si estuviera aislado por una campana neumática y un globo de aire destilado lo rodease.
El español sabe, al parecer, rezar muy bien a «las horas de rezar», pero sabe también perfectamente decir a las demás horas que «ahora no estamos en Misa» y reservar su capacidad religiosa para «mejores momentos».
Por eso vacilábamos a la hora de traducir este titulo. Teníamos que decirle a nuestro hombre del escaparate que este libro era para él, que este libro no era un pedazo de iglesia injertado en una librería, sino sencillamente una librería y una calle vistas con ojos cristianos.
¿Pero es que unos ojos cristianos tienen algo que hacer en plena calle o en los últimos rincones de la vida? En la mente del hombre de hoy surge siempre esta vieja tentación: la más antigua y peligrosa de todas, la maniquea. Hemos ido creándonos un cristianismo celeste, hemos ido cogiéndole miedo al mundo y pensando que el único modo de que no se nos manchase la religión era aislándola de todo contacto con la realidad. Lo del viejo cuento de las manzanas: las buenas en un frutero aparte, no fuesen a contagiarse de las malas.
El resultado estaba siendo en muchos casos una religión sin nervio y una vida sin alma. Muchos cristianos se trasladaban durante media hora semanal a un viejo siglo arrancado a la Edad Media, y, luego a la salida se «cepillaban» esta antigüedad y... «vivían». Dentro hablaban un lenguaje «embalsamado», fuera un lenguaje «laico».
Para muchas almas el problema se multiplicó cuando la vida religiosa se les «embalsamó» también y comenzaron a construirse una oración «sin Dios» y unas misas «sin Cristo». Dios al final estaba tan ausente de sus veinticinco minutos como de las veintitrés horas y treinta y cinco. Era ya una «religiosidad laica». El padre Arrizabalaga escribió con acierto que muchos iban a misa por la misma razón que a los cadáveres sigue saliéndoles barba: por inercia vital. Muchos de los que rezaban estaban ya muertos cuando iban a misa. Vistos desde fuera seguían pareciendo vivos, pero el alma cristiana estaba ya lejos de ellos. Rezaban en la más aterradora ausencia de Dios.
DIOS ESTÁ VIVO
Por eso la primera tarea de los cristianos conscientes de hoy es meter a Dios en la oración de sus hermanos. Y, como Dios está vivo, meter la vida en toda oración cristiana. Conseguir que esta palabra «oración» no siga sonando en nuestros oídos como una palabra vieja: «centauro», «sirena» o «maguer». Meterla en la vida, en este siglo XX que vivimos. Rezar por la calle. Llevar la oración a la vida, llevar la vida a la oración, exactamente.
Llevar la oración a la vida no es, naturalmente, caminar por ella con los ojos cerrados. Ya sabéis lo de santa Teresita: quiso un día, de chiquilla, mortificar la vista y se decidió a caminar a ciegas. El resultado fue muy simple: un cesto de manzanas rodando por el suelo. Santa Teresita aprendió la lección: un santo de ojos cerrados sólo consigue fastidiar al prójimo, santamente, claro. Se trata de ir por la vida con los ojos abiertos, con los ojos cristianos.
Llevar la vida a la oración tampoco es disiparse. El hombre de hoy sigue precisando los «baños de silencio» de que Claudel hablaba. Lo que ya no es tan claro es que estos «baños» deban ser de deshumanización, que el hombre haya de abandonar sus barros, su gabardina, su alma a la puerta de la oración y acercarse a Dios con una careta arcangélica.
Es preciso volver a las cosas como son: la religión y la vida como una sola cosa. El cristiano ha de aprender a «vivir la oración» y «orar la vida». No sólo «orar en la vida» sino orar la misma vida.
NO TENER MIEDO AL MUNDO
Todo esto exige una gran sencillez de alma, una visión sin retóricas de misterios tan limpios como que Dios es nuestro Padre, que Dios se hizo uno de nuestra raza, que los hombres somos todos hermanos, que todos somos esa cosa maravillosa que es ser hijos.
Exige también no tener miedo al mundo, amar las dulces cosas de la tierra y todo lo de abajo, amar — con terrible amor — esta naturaleza tan pegadiza al pecado. Un cristianismo menos celeste, en suma.
AL PAN PAN Y AL VINO VINO
A las casas se entra por los portales, y el portal de la oración es su lenguaje. La oración — siendo así — tiene el portal bastante desvencijado. Hace poco oí rezar una novena que sumaba un total de 44 «ísimas»: santísima, dulcísima, purísima... Cuarenta y cuatro, no exagero. Me dijeron que era una novena que daba mucha devoción. «A pesar de los ísimas» pensé. Porque uno, la verdad, no podía menos de sonreír al imaginarse a los novios dirigiéndose a sus parejas con frases de este estilo: «Oh, excelentísima y preciosísima señora novia mía: asomado al espectáculo de vuestra sin par belleza...»
¡Y qué bonita y sencilla fue siempre la oración! «Los viejos salmos — ha escrito el padre Charles — nos hablan de las ranas y de los mosquitos, de la lengua de los perros, del mochuelo y de los asnos salvajes, del queso, de la manteca, del aceite y de la cerveza, de las vacas que paren — abundantes in egressibus suis — y de las vainas que se dan de comer a los cerdos. Todo esto no es muy académico, pero el Espíritu Santo no se entorpece con los escrúpulos de nuestros estetas».
¡Y la sublime sencillez de la liturgia! Es hermoso leer esa misa en la que no hay una palabra que no pudiera entender un carretero, siempre, naturalmente, que los traductores fueran tan amigos de los carreteros como de los diccionarios.
¡Qué mala suerte, en cambio, han tenido las demás oraciones! El siglo XVII volcó sobre ellas la maravillosa y complicadísima construcción de sus frases, el XVIII la friísima sabiduría de sus sabios preceptistas, el XIX la selva de su retórica y mal gusto. El XX no parece haberse inclinado sobre ellas hasta el presente. Y, sin embargo, los hombres que hoy rezamos hemos nacido casi todos en este siglo XX. Y tenemos nuestro lenguaje. Y nuestras manías y nuestros modos de decir las cosas. Un lenguaje bueno o malo, pero nuestro. Unas preocupaciones hondas o superficiales, pero nuestras. Unas esperanzas más o menos sólidas, pero profundamente nuestras.
¿Qué impide entonces que el siglo XX aporte su lenguaje a la oración de hoy? Sólo la rutina, sólo una tradición mal entendida.
Mal entendida y funesta. Porque quizá en ella se basa, en gran parte, esa extraña sensación que sentimos muchas veces al entrar en las iglesias. En muchos casos el lenguaje que allí oímos es plenamente extranjero y dista del lenguaje corriente poco menos que el checoslovaco.

Pues parece que si en el siglo XX, al decir de Martín Descalzo, había esa disociación, en el XXI nos mantenemos en ella.
Por eso termino estos recuerdos con más palabras de José Luis, el periodista a pesar de cura,

MUNDO MEJOR, ORACIÓN MEJOR

Y ahora ya sólo tiene el lector que pasar una página para entrar en el clima de Quoist. Si en las páginas que siguen aprendieran muchos lo sencilla que es la oración, el fruto de este libro estaría conseguido. Y sería tan importante...
«Deseamos — ha escrito Rademacher — un hombre nuevo, una familia nueva, un estado nuevo, una sociedad nueva, una cultura nueva y una nueva tierra. Pero las realidades exteriores de la vida no pueden renovarse sin que haya una regeneración interior. Sólo cuando hayamos tendido un puente sobre el abismo que separa al hombre de Dios, podremos llenar las otras simas».
Ese puente es la oración y toda las reformas han de empezar por ella. Tendremos un mundo mejor cuando tengamos una oración mejor. Cuando tengamos una verdadera unión con Dios y los demás hombres, cuando ni un solo dolor del mundo nos resulte extraño, cuando nos llegue a parecer normal ver a Cristo caminando por una de nuestras calles y acercarnos a Él, y decirle: «Hola, Señor, ¿cómo estás?»

En mi artículo anterior terminaba diciendo: “No puedo volver a la niñez; tampoco lo deseo. Tal vez, y si lo intentara, consiguiera renacer de nuevo, pero entonces ya sería de otra manera; otra persona, ojalá mejor persona. Pero… ¿sería posible?”
Ahora ya no deseo volver a Michel Quoist, ni ser niño, ni siquiera el joven que le leyó y oró con su libro. Pero las palabras de Descalzo, en mi madurez tardía, me dicen que siempre es tiempo oportuno para salvar ese abismo artificial que hemos establecido con Dios, y que no es más que eso, un artificio. Si lo quitamos de en medio, ¿qué nos va a impedir desmontar las otras simas, también artificiales, que nos separan de los demás?
Aunque bien mirado, puede que sea justo al revés: si tapamos los abismos que hemos colocado a nuestro alrededor para separarnos y distanciarnos de los demás, Dios estará a nuestro alcance, tanto que le podremos hasta dar la mano, nada de saludar desde lejos.
Hoy mismo, en cuanto vuelva del dentista, cojo el carretillo y salgo en busca de arena para rellenar.

2 comentarios:

Juan Navarro dijo...

Seguramente ya sabes que mi concepción de dios está más cerca del panteísmo e, incluso, de la lectura budista que de las grandes religiones monoteístas donde dios es un ente individual y distinto, al margen de todas las cosas, aunque por todo se interese y todo le sea amado. Por eso lo escribo con minúscula. Sin embargo, hablo frecuentemente de dios y de los dioses, porque quizás es una forma de hablar de mi mismo y de cada uno de nosotros. Pero le debo mucho a Martín Descalzo. Él y un fraile amigo, que me regaló algún libro suyo, me ayudaron a conocer a Jesús y a estudiar los Evangelios. Tanto que hubo una época en que debatía como un demonio sobre ellos con los Testigos de Jehová, tan apegados éstos a la letra en lugar de captar el contenido. Hace mucho tiempo que dejé de creer en ese dios, pero sigo creyendo en las personas: en Jesús, por ejemplo. No hace falta creer en dios para rezar o pronunciar una oración, es decir, en dialogar un poco cada día con este universo nuestro, es decir, con el dios que nos acoge y del que somos, como él es de nosotros.

emejota dijo...

También sabes que pertenezco al mismo "equipo" que tu amigo Juan. A estas alturas de la película me da la sensación que la palabra oración contiene más súplica y de deseo que de agradecimiento. Algunos nos conformamos con dar gracias a la vida aún en nuestros peores momentos. Es de bien nacidos ser agradecidos y a ciertas edades cualquiera de nuestra "hornada", forzosamente ha de reconocer que pedir y desear no resulta tan afortunado como pudiera parecer y que sin embargo no existe mayor felicidad que la del agradecimiento sincero. Beso.

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