Para Miguel y Miriam, en algún lugar de Argentina: mensaje en una botella

Creer no creo mucho en milagros, pero por probar que no quede.

Resulta, Miguel y Miriam, que nos perdimos en La Alhambra. Estuvimos esperándoos a la puerta del Palacio del Jeneralife mientras vosotros contemplabais las flores hasta que ya se nos cumplió el tiempo; no nos dejaron entrar porque eran las 2 y 10, y nuestra entrada era sólo hasta las 2 de la tarde. Miramos por todas partes entre el gentío y no os encontramos. Y nos fuimos, con pena, pero también con cansancio y con hambre.

Y aquí está el motivo de este mensaje lanzado al mar en una botella. Queremos que os llegue, cuando sea y como sea no importa; que os llegue para que sepáis cuánto sentimos no poder terminar con vosotros en cordial despedida, tal vez departiendo en la mesa conversación y viandas granadinas, tal vez con un abrazo fraternal.

Esta es la historia de aquella mañana del miércoles 17 de septiembre de 2008.

Granada, sobre las 9 de la mañana, dentro de La Alhambra. Quizás en el Salón de Embajadores o en la Sala de los Abencerrajes, o mira por donde a lo mejor era enfrente del oratorio del sultán y a espaldas de la clausurada y no visitable letrina regia. No recuerdo dónde, pero sí noté que, mientras yo leía a Pilar los folios reciclados en los que había fotocopiado las explicaciones que ofrece el Patronato en Internet, entre la multitud variopinta e internacional que ocupaba aquellas dependencias palaciegas, una sombra estaba pegada a mi espalda, y no era precisamente la mía. Pasaban y volvían a pasar personas a un lado y a otro, pero alguien se mantenía junto a mí, y no era Pilar, que la tenía justo por delante. Hasta que tú, Miguel, te adelantaste para preguntar si podías seguir escuchando mi lectura. Comentaste que no entendías que con la entrada no dieran algún tipo de folleto explicativo. Te dije que yo había preguntado lo mismo y me habían remitido a librerías para comprar una guía. Así empezó la cosa, y siguió junto con la visita un diálogo curioso sobre plantas, política, inmigración, costumbres…

Y nos presentamos, bueno os presentasteis vosotros: Miguel y Miriam, argentinos, tres hijos, tal vez de Mar del Plata, tú con raíces italianas, Miriam almerienses, que veníais a conocer las tierras de vuestros mayores y familiares que tenéis en Sicilia y en España, alojados en un apartamento en el Albaycín, qué más, ya no me acuerdo, pero irán saliendo cosas conforme vaya escribiendo…
Nosotros dijimos simplemente nuestros nombres, Miguel Ángel y Pilar, de Valladolid. Así de escuetos somos algunos castellanos viejos.

Total, que formamos un cuarteto de visita pormenorizada, pausada, reflexiva, curiosa de aquel emporio de belleza y de pequeños e interesantes detalles.

De los palacios nazaríes pasamos al palacio renacentista. Comentaste, Miguel, que a quién se le ocurre construir un edificio cuadrado con un patio redondo: todas las dependencias tendrían rincones "impracticables". Concluimos afirmando que tampoco importaría mucho, dado que tardaron en hacerlo 30 años, y dónde estaría entonces el bueno de Carlos V. Yo concluí que por lo menos en Yuste.

Sin prisas recorrimos todas las salas del museo de bellas artes, preguntando con avidez curiosidades a los celadores o "vigilantes", que qué barbaridad de ellos había. Entramos en el museo de la Alhambra y tú, Miguel, te interesaste por cómo los árabes mejoraron la técnica romana del agua al contemplar aljibes y botijos.
A la salida, en el patio o plaza de los aljibes, una multitud de jardineros calmaban su necesidad y tomaban fuerzas en el quiosco bar que ahí está instalado. Comentamos la cantidad de gente que vive de este monumento.
Entramos en la alcazaba y la recorrimos toda entera, desde el Cubo sobre el Albaycín y el Darro hasta la Torre de la Vela con su campana. Preguntasteis si los moros la usaban y yo respondí que no, pero no supe daros más explicaciones. Ahora sí puedo decir lo siguiente:

“La Alcazaba es la parte más antigua de la Alhambra. Fue construida en el siglo XIII por el sultán Alhamar, fundador de la dinastía nazarí, después de ser expulsado del norte de Andalucía.

La Torre de la Vela es la más grande de la fortaleza, la antigua Torre del Homenaje de los reyes moros. Cuando los cristianos tomaron Granada, trajeron una campana cuyo nombre era La Vela, o "la centinela", utilizándola para sonar las campanadas de la victoria desde el punto más alto de la Alcazaba mora. En la lucha entre las religiones, la campana se había hecho el símbolo del cristianismo, de la misma forma que la lámpara era el símbolo del Islam.

La campana es la gran protagonista de esta torre. Antiguamente, su toque servía como reloj nocturno a los agricultores de la Vega para regar sus campos. Comenzaba a sonar de 8 a 9:30 de la noche, y seguía sonando a distintos intervalos y con distintos toques hasta las 3 o las 4 de la mañana, según la estación del año. Esta campana también ha servido para llamar a los granadinos en caso de peligro. Hoy en día, es el día 2 de enero de cada año cuando la torre de la Vela y su campana recuperan el protagonismo que tuvo antaño. En conmemoración de la fecha en la que los Reyes Católicos tomaron Granada, existe una tradición por la cual todas las muchachas solteras de la ciudad que hagan sonar la campana el 2 de enero de cada año, contraerán matrimonio antes de que termine el año.

El paisaje que podemos observar desde la torre es maravilloso, ya que es posible disfrutar de un solo vistazo de una panorámica de la ciudad, Sierra Nevada, la vega y los pueblos de los alrededores.”

¡Fijaros de qué cosas me he enterado después!

Vimos la entrada a las mazmorras, y comentamos cómo estarían los presos en ellas, qué condiciones de humedad, oscuridad y frío tendrían.
Al salir recorrimos de nuevo la plaza de los aljibes y volvimos a entrar a los palacios nazaríes porque aún faltaban cosas por ver.
Recuerdo que me preguntaste por la Sala de las Dos Hermanas. Te respondí que los papeles decían que las dos hermanas eran las dos enormes losas idénticas de mármol blanco, que constituían la parte central del piso de esa sala, que no se trataba de otro tipo de hermanas.

Total que salimos en dirección a los jardines y entramos en la Torre de las Infantas. ¡Qué bonita es! Y eso que por fuera parece un fortín más. La Torre de la Cautiva no la pudimos ver por el interior, no era visitable. Ahora os confieso una circunstancia anecdótica sobre esta torre, que me dejó mal sabor de boca por no poder realizar una promesa.

El día anterior recorrimos La Alpujarra, en especial y con detalle el Valle de Poqueira. La carretera recorre tres pueblos preciosos, Pampaneira, Bubión y Capileira. Los nombres no tienen nada que ver con gallegos, sino con los primitivos íberos que habitaron estos parajes. Como la carretera seguía subiendo tiramos para arriba por una pista bastante buena y llegamos hasta el final, una cadena que cerraba el paso y un puesto forestal de control del Parque de Sierra Nevada. Subiendo media hora por una senda, -nos dijeron-, nos acercaríamos a un mirador sobre el Valle y desde el que se contemplaban El Veleta y el Mulhacen. ¡Cómo no subir, aunque íbamos con mal calzado! Pues subimos y bajamos. De vuelta a Capileira eran las 4 y media. Ningún restaurante nos daba comida. Bajamos al siguiente pueblo, Bubión, y tampoco. Al final, en Capileira, una moza gallarda y granadina, abrió su cocina y se ofreció a prepararnos un plato alpujarreño. A todo esto ya eran casi las 6 de la tarde. Delicioso y abundante, comimos estupendamente. En el diálogo nos contó que ella no era de La Alpujarra, sino de cerca de la capital, Granada; que estaba enamorada de La Alhambra, que de niña había jugado entre los leones del Palacio de los Leones, y que su deseo es que cuando muriera sus cenizas se echaran al pie de un rosal que hay en la Torre de la Cautiva. Me pidió que lo recordara cuando fuera a visitar La Alhambra. ¡Ah! También nos dijo que no dejáramos de visitar el Carmen de los Mártires, donde dicen que enterraron a los artífices de la Alhambra, mutilados para que no volvieran a realizar obras de tal belleza; de Valladolid sólo le sonaba el vino de Yllera y que su cuñado era abulense, de Santa Cruz del Valle. Nosotros le dijimos que una amiga nuestra, Toñi, había estado allí de médico en sus primeros años de profesión.
Tan simpática moza me dio ese recado y encomienda que, por estar cerrada la Torre de la Cautiva, no puede cumplir. No os dije entonces todo esto, pero yo me quedé un poco mohíno.

Os digo que la joven andaluza estaba equivocada sobre el Carmen de los Mártires, porque luego he sabido esto:

“El Carmen de los Mártires se encuentra situado junto a los bosques de la Alhambra. El lugar toma su nombre de los silos y mazmorras que en él existían en tiempos de los árabes, donde se supone que algunos cristianos sufrieron martirio, por lo que los Reyes Católicos erigieron una ermita dedicada a los Santos Mártires. Posteriormente, se construyó en el lugar un convento de Carmelitas Descalzos, del que fue prior San Juan de la Cruz entre 1582-1588. Aún hoy, se puede contemplar en los jardines el cedro (o ciprés) de San Juan de la Cruz, del que la tradición dice fue plantado por el santo. El convento fue destruido en 1842 y los terrenos fueron adquiridos por un particular, quién edificó el actual palacete. En 1958, los terrenos pasaron a propiedad pública y, en 1974, se vendieron de nuevo para la construcción de un hotel que, afortunadamente, nunca llegó a edificarse; a pesar de ello, las obras dañaron una parte del jardín y el palacete. En 1984, volvió a ser adquirido por el Ayuntamiento, llevando a cabo una reforma de todo aquello que había sido dañado, abriéndose al público a medida que ésta se iba realizando. Actualmente, consta de un palacete rodeado por bellos jardines de diferentes estilos. De entre éstos, destacan el denominado jardín romántico, con lago, isla, torreón y escondidas fuentes; el jardín monacal, con cultivo de plantas aromáticas y medicinales; el jardín oriental, con una fuente rodeada de palmeras y el patio islámico, con acequia y gruta, entre otros. Todos ellos sorprenden por su variedad y belleza.”

Vuelvo al relato.
Durante el paseo por el jardín, comentamos con los jardineros detalles de las plantas. ¿Qué son arrayanes? En vuestra tierra, decíais, son árboles grandes. En la Alhambra son los setos recortados que dibujan los jardines. Yo comentaba el parecido que tienen con el boj.
Llegamos a unos naranjos que estaban enfundados en tela de yute. Preguntamos y nos respondieron que estaban recién plantados y el forro les protegía del sol.

Así seguimos viendo, charlando, preguntando…, fotos aquí y allí, estas flores son nenúfares, ¡qué trabajo tiene esto!, decías Miguel; los conserjes de dentro no trabajan tanto como los jardineros de aquí fuera…

Para terminar: no sé quién se desvió, si nosotros o vosotros, el caso es que dejamos de vernos y nos perdimos.

Echo este mensaje dentro de la botella de este blog al mar de Internet. No importa lo que tarde y por dónde le lleven las corrientes cibernéticas. ¡Que llegue al puerto que debe llegar, en algún lugar de Argentina, y que podáis leer estas letras, expresión del buen rato que pasamos juntos y del recuerdo que nos dejasteis dos argentinos a dos castellanos en el lugar más mágico de la tierra: La Alhambra!

Post data: Esto que he escrito Pilar podría haberlo hecho mucho más completo, porque ella y Miriam hablaron mucho más que tú, Miguel, conmigo, Miguel Ángel y, sobre todo, yo contigo; y es que soy de tan pocas palabras que a veces me avergüenzo de mí mismo.

Otra Post data: Si algún curioso internauta llega hasta aquí y puede ayudar en la tarea de buscar y encontrar para volver a enlazar a personas que tuvieron la suerte de conocerse en semejante trance, que sepa que le quedaríamos eternamente agradecidos.
Firmado: Pilar y Miguel Ángel

1 comentario:

Fernando Manero dijo...

Magnífico texto, excelente descripción de una experiencia digna de ser contada. Si la Alhambra siempre es un buen lugar para maravillarse de la historia compartiéndola con los demás, el hecho de disfrutarla con una pareja argentina la hace muy gratificante, pues pocas veces encontrarás gentes tan curiosas y dispuestas a escuchar como los argentinos. Cultos y apasionados por lo que ocurre fuera de su país, como forma de compensar sus frustraciones como pueblo. Supongo que se deleitarían con tus explicaciones y con ese saber adentrarse en los vericuetos de lo que se ve y que no todos comprenden. El encuentro quedó abierto, a la espera del reencuentro que permita colmar las conversaciones emprendidas. Me gustaría ayudarte, pues escribo este comentario desde tierras mendocinas, al pie de los Andes, aprovechando un descanso del compromiso que me ha traido hasta aqui. No lo veo fácil, ya que, aunque la proximidad física sea mayor que la que tienes ahora con esa pareja de Mar del Plata (?), lo que no se consiga con una botella a la deriva en el mar cibernético y al albur de la casualidad, nada pueden hacer las buenas intenciones. Con todo, hay experiencias que permanecen abiertas, como la que acabas de contar. Permiten volar a la imaginación y abrirse a un abanico de escenarios imprevisibles.

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