Cerrado

A la hora habitual me acerco, llamo y espero. Tardan, pero al fin se abre la puerta, y alguien en bata y al parecer recién salido de la cama me mira sorprendido. «Ya no está aquí, desde el viernes está en la residencia».

Me despido y me vuelvo a casa.

Me lo había avisado; sabía que casi con toda seguridad tendría que marchar a la residencia porque su situación personal y familiar no permitía otra salida. Sin embargo, yo, en una actitud que me es muy propia de cerrar ojos y oídos ante lo que no entiendo y quiero que no sea, no cambié y continué como siempre, con la vana pretensión de que todo siguiera siendo igual.

Otra vez volví a darme de lleno en los morros.

Esto fue la semana pasada. Volvió a repetirse el mismo gesto de ningunearme, de hacerme invisible a sus ojos. Si no me quisieron avisar cuando murió él, ahora tampoco han querido informarme de la marcha de ella.

Tal vez ahora se encuentre en mejor lugar, aunque le cueste quizás un poco acomodarse a la nuestra situación. O tal vez no.

Paso página, y sigo mi camino.

Una vida a ritmo de minueto

     Pudo haber sido la suya una vida de auténtico lujo, vamos, una vida a ritmo de vals. Si hubiera aceptado alguna de las muchas ofertas matrimoniales que se le presentaron, no me cabe la menor duda que le hubiera ido muy bien, y ambos habrían sido felices, ya no sé comiendo qué; perdices o tortilla de patata desde luego que sí, pero también otras muchas cosas más refinadas, que posibles tuvo y en demasía.

     La llamábamos Ita, así, de modo tan sencillo. Imagino que su nombre verdadero sería Rafaela, porque ese nombre en masculino existía ya en la familia, y con tronío. Pero la verdad es que no lo sé, porque nunca la llamaron de otra forma.

     Ita era prima lejana de mi madre, y por decir algo, tendría que haberla llamado tía Ita. Pero nunca lo hice. La Ita, como la llamaba mamá, venía de vez en cuando a casa; nunca sola, siempre acompañada de su hermano, también soltero. Siempre serios, distantes, muy mayores. Por más que lo he intentado, nunca conseguí imaginármelos compañeros de juegos de mamá. Porque mi mamá pasó muchos veranos con su familia en San Sebastián. Ella me lo contaba con mucha alegría; debieron ser muy buenos veraneos.

     A la Ita no la conocí. He empezado a hacerlo mucho más tarde, hace apenas unos años. La volví a ver en silla de ruedas y muy anciana, cuando unos sobrinos carnales la trajeron unos días a su casa, y se presentaron con ella a celebrar una Navidad.

     A través de ellos he sabido que si la Ita no tuvo una vida tipo vals, sí tuvo una vida muy rica, sólo que a ritmo de minueto.

     Con lo que me contaron de su tía Ita, y con las cosas que mariajesús paradela ha puesto en su blog como material disponible para elaborar un artículo con el que participar en el concurso que ella  misma patrocina, he intentado exponer unos rasgos muy generales de la vida de la Ita. Me he tomado muchas licencias, pero la verdad se mantiene.

     Y se mantiene porque yo no sé contar cuentos. No sé inventarme historias. Lo único que se me puede pedir es que narre cosas que haya vivido o sucesos de los que tenga conocimiento. Mis sueños son reales, porque yo sueño despierto. Dormido, sólo duermo. Y si mientras tanto sueño, luego al despertar, no recuerdo nada.

     ¡Ojalá soñara y luego pudiera explicarlo! Diría que había tenido seres extraños junto a mí, que habría vivido aventuras sin cuento en lugares de ensueño y que había escuchado palabras misteriosas sobre arcanos imposibles para un humano convencional. Y a partir de ahí tal vez sabría cómo imaginar cosas que no han sucedido ni sucederán, y narrarlas con todo lujo de detalles como si fueran reales, para entretener a la concurrencia, o para editar un precioso libro con el título, por ejemplo,  de “Cuentos de verano para una noche de invierno”.

     Por eso mismo, sólo cuento lo que sé que es real, o se aproxima. Por ejemplo, que la Ita tuvo una máquina de coser, pero ignoro si SINGER, WILLCOX&GIBBS, FRRISTER&ROSSMANN, LADA o como la de mariajesús paradela. Y sobre relojes, vaya usted a contar los que pudo tener en su casa. Pero uso lo que me ofrecen. De coches ya no hablo, ni de papeles antiguos. Y así del resto de las cosas.

     Hay un vacío que no sé cómo llenar, por eso no lo he hecho. Pero tengo que decirlo para que quede constancia. La Ita no tuvo descendencia. Pero eso no quiere decir que no fuera maternal. Sus sobrinos la recuerdan como una compañera de juegos; más, mucho más: ella era directora, inventora, inductora, liadora, cómplice, narradora, hada, nube, alma… de sus momentos lúdicos más infantiles, o de sus vivencias infantiles más lúdicas. No fue madre, no; fue la tía más tierna que habitó sus infancias. Eso me han contado. Y así lo digo yo ahora.

     Y ya está bien. Aquí acabo esta perorata y empieza lo que yo considero que fue la vida de una prima de mi mamá, a quien llamaban la Ita, y que tuvo una vida a ritmo de minueto. Bueno, al menos a mí me lo parece.

Ponedme donde haga falta. Andanzas de una caseta

Sólo puedo deciros que soy metálica, que se me descompone en piezas que se sujetan con tornillos, y que me debieron fabricar en algún lugar del Principado de Asturias. Que fui diseñada para ocupar algún rincón en obras y similares, y servir de almacén, o de vestuario, o de retrete, o qué sé yo qué otras ocupaciones se podrían imaginar. Pero que jamás he pisado una obra. Sólo he sido instalada en verdes prados y bajo sombras gratificantes. Que no ha entrado en mí cemento, herramientas o planos de constructoras. Que tampoco ha caído sobre mí nieve en invierno, heladas de primavera ni hojas otoñales. Mi tiempo ha sido el verano.

Vayamos por pasos.

Fui encargada por una gentecilla muy animosa allá por 1981, que se fiaron de un boceto más que plano, de lo que sobre mí alguien había ideado. Corría mucha prisa, que la gentecilla tenía fecha fijada para comenzar su actividad de no sé qué.

A prisa y corriendo me hilvanaron como pudieron, con remaches, que es más rápido, y luego colocaron tornillos por aquí y por allá, para dar el pego, digo yo, pero a ellos, a la gentecilla, les hicieron la pascua.

Total, que lo que de mí recibió la gentecilla aquella fueron cuatro monstruosas piezas de chapa galvanizada que para moverlas hacía falta estar bien comidos y bebidos, y hasta una pizca beodos. Se reventaron los pobres para subirme a la camioneta, para luego bajarme de ella, y para intentar adivinar cómo enjaretar las bestiales piezas en que me encontraba dividida. Eso sin contar las ocho chapas del tejado, las cerchas, los frontales y la cumbre, que remataba el conjunto dándole armonioso empaque.

Aquella mañana nos despabiló el sol abrasándoles a ellos las manos al tocarme, y a mí calentándome hasta más allá de lo que una caseta de chapa puede aguantar. Me movieron como pudieron, me desplazaron tirando de mí hasta extenuarse y con sudor y mucho discurrir al fin me ordenaron y ajustaron bajo una sombra; así quedé fijada en un lugar paradisíaco, entre los chopos del prado de la señora de los gallos, en Sopeña de Curueño, León, España.

Fue la primera vez que me montaron y que serví de utilidad, y lo tengo tan vivo en mi recuerdo,  que no puedo sino mostrarlo en fotos.
Entonces empecé a enterarme de cuál era la tarea que a partir de entonces iba realizar. Aquella gentecilla me quería para que fuera casa y castillo, cocina y hogar, cuartel y refugio, bandera y negocio, atalaya, luz y lumbre. O sea, todo en poco, y nada en uno.
Así pues entró dentro de mí todo lo imaginable. Y serví para cuanto fue necesario.

Apenas probaba un lugar, ya me desmontaban y me llevaban al encerradero. Once largos meses parada, y luego, hala, a trotar, otro mes de campo. Y así una y otra vez, no sé cuántas, ya he perdido la cuenta.

Haciendo un esfuerzo con mi memoria… estuve, luego de Sopeña, en Trefacio, provincia de Zamora; en Vegacervera, provincia de León; en Ventanilla, Palencia.

Vuelvo a las imágenes, que dicen más que las palabras:


Junto a mí todo aquello discurría sin contar conmigo. Pero vaya si estaba, claro que estaba. Tanto que sin mí no hubieran podido hacer nada. Porque todo lo que hacían, comían, compraban, usaban y tenían, lo contenía yo. Y tras mi puerta con cerradura, guardado y bien guardado.

Pero aquello se acabó. Dio lo que tenía que dar de sí, y simplemente fue muriendo… El último desmontaje fue algo triste. Había salvado de la quema, pero quedó más que claro que ya no se podía volver a las andadas de ir por libre, creyendo que todo el monte es orégano, y resulta que no, que es orgasmo del señor marqués, por supuesto, la máxima autoridad que manda lo que manda, o sea mucho.

Total, que desde 1990, me dejaron aparcada y no volví a ver la luz. Debidamente aseada y colocada me he pasado veinte años de mi vida adormecida, sin saber qué iba a ser de mí y si a alguien podría interesar.

Dejé de escuchar risas de niños, gritos de mayores. Dejé de oler a guisos, a dulce de membrillo con un tropezón de queso, a leche recién ordeñada, a pan de horno rústico. Dejé de ser cobijo en las tormentas, caja de caudales y despensa improvisada. Dejé igualmente de ser el botiquín, la sala de consulta y el cuarto de curas de aquel hospital de campaña bajo el sol. Ya no volví a figurar en ningún programa de trabajo, ni de ocio, ni de disfrute compartido; ni a recorrer distancias cargada en un camión a la ida y a la vuelta, para ser bajada y subida al llegar o al regresar, y otra vez almacenada con cariño y cuidado, que a saber el año próximo qué podrá ocurrir y dónde terminaremos…

Ofertas sí que hubo, demandas, casi ninguna. A nadie le interesaba un armatoste como yo, tan pesado, tan laborioso de montar y desmontar, tan poco práctico frente a edificios relamidos de colonias y usos múltiples, con canchas de tenis y caballos mansos de paseo, con cursos de inglés y aventuras sin cuento en parques y jardines de la costa levantina.

Yo sólo servía para hacer campamentos a lo llano, en praderas de heno sin segar, ríos de curso ilegal y arboledas salvajes por desbrozar. A eso me acostumbraron y otra cosa no probé. Y no estuve mal, mientras se me usó, di la talla con suficiencia más que aprobada.

Ahora me proponen otra cosa, y voy a decir que sí. Que vale, que me lleven, que me monten y que me usen. Volveré a hollar una pradera, con río de aguas vivas justo al lado. Y habrá también un huerto, y un rebaño y perros por doquier y también caballos.

Y volveré a tener qué encerrar y proteger, y me utilizarán de cuarto de los trastos, herramientas, bombas de agua, tomates por madurar y cebollas que orear. Y hasta es posible que me rodeen de árboles crecederos, para que me protejan del sol, me preserven de la lluvia y el granizo, y me hagan invisible, porque soy tan discreta…
Y me pondrán, seguro, un título en alguna parte, que diga
TRASPALACIOS



Y si ahora te apetece ver más cosas, pincha en el vídeo y mira, no llega a tres minutos. Apaga, ya lo sabes, la música ambiental del blog.

¿Este está parado o simplemente lo parece?

     Desde hace mucho tiempo mantengo en la columna de la derecha, entre los blogs que sigo, uno que hace más de un año que no se menea. Y es raro, porque el asunto que trata es de importancia. Me refiero a "Causas pendientes de la humanidad”.

     Es un proyecto colectivo, con vistas a publicar un libro, si resulta. Consta de un prólogo y 85 capítulos, susceptibles de modificación, agrupando temas o relacionándolos como mejor se tercie.

     Ya el sólo título entromete, promete y compromete. Y no añado también somete, porque harto humillados nos tiene el tener tantas causas pendientes.

     Entromete. Leyendo el listado enseguida se aprecia que ocurren dos cosas: o sabes lo que tienes entremanos y es motivo de gozo el intento; o no lo sabes, y te estás metiendo donde no tienes ni idea y eres un insensato.

     Promete. El listado es muy completo. Lo escrito en cada apartado, sin ser original, que está tomado de aquí y de allá, es de momento un buen comienzo. A poco que quien se sume al proyecto aporte con su investigación y estudio, puede resultar algo digno.

     Compromete. El listado, sin ser exhaustivo, resulta suficientemente indicativo de los múltiples males que nos aquejan y de la ingente labor que queda por realizar. Quedarse de brazos cruzados pudiendo hacer algo sería una pena.

     Contrasta, a mi parecer, la euforia publicista que me ha entrado en el pasado mes de agosto, frente al silencio ominoso de este blog, a pesar de ser mucho más transcendente lo que en él se plantea que lo que en este se trata.

     Bien pudiera entenderse que es mucho más fácil, y también más evasivo, hablar del pasado, contar historias, rescatar viejas cosas, que encarar el presente y sus cuitas y proyectar un futuro en el que no repitamos lo que ya reconocimos como fallo.

     «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo», gritó Arquímedes en la antigüedad. Anda que no ha llovido y escampado desde entonces. Él buscaba un punto. Pero este otro buscaba un hombre, era Diógenes. Colón mucho más tarde se alió con Isabel de Castilla para buscar otra ruta que le llevara al tesoro. Y así, la humanidad ha seguido buscando de todo, un cambio, una idea, una ilusión, la felicidad, la paz, el fin del hambre, un atajo, entrar el primero en la sala, hacerse con el premio gordo, pillar la gran ganga en rebajas…

     En fin, lo dicho; seguiremos, a pesar de todo, en busca del tiempo perdido… Es lo que más nos duele.

[Y ahora, Julia, no me vengas diciendo que esto tampoco lo pillas, eh, cuidadín.]

¡Qué bonito es crecer!


I

Me llamo Pilar, pero también Astou. Mis papás querían mantener en mí los dos orígenes que debo tener, así que hicieron esto conmigo, ponerme Astou Pilar. Pero soy Pilar, porque nací aquí. Ya soy mayor, porque voy a cumplir tres años dentro de poco, casi en Navidad.

Ya me conocéis, porque Miguel Ángel os ha hablado de mí más de una vez. No sé si os ha contado lo más interesante, porque a mí no me preguntó. Por eso, aunque a lo mejor repita cosas, voy a poneros al día.

Mi papá es de otro país. Y se vino porque allí no podía vivir con su trabajo, y él quería casarse con mi mamá, y encargarme a mí en cuanto pudiera. Pero allí no quería hacerlo. El caso es que se vino y luego trajo a mi mamá, y luego me encargaron a mí. No me preguntéis, que yo no entiendo nada, sólo repito lo que me ha contado mi papá, y mi papá es muy listo.

A mi papá sólo lo tengo desde el viernes hasta el domingo, porque se marcha muy lejos. Dice que está trabajando.

El caso es que ya soy mayor, ya voy a la escuela y bien pronto voy a hacer tres años.

Y sabéis qué, este verano mi papá y mi mamá me llevaron a un sitio donde conocí a Carlota. Es muy chuli, y me dejó que me pusiera encima de ella. Con lo que debo pesar, ella se estuvo muy quietecita, se ve que está acostumbrada a esas cosas. Y cuando ya me cansé, -en realidad no me cansé, sino que fue por educación-, le dije al señor amigo de mi papá que me bajara.

Jo, que bien se estaba encima de Carlota.

II

Hola, me llamo Carlota. Y también este ser blancuzco y con pelos en la cara, que siempre me acaricia entre los ojos cuando va al prado, y me da azotitos en mi grupa, os ha hablado ya de mí, según me ha contado mi amo. No sé qué sabréis de mi vida, pero yo ya soy muy mayor, porque voy a hacer tres años muy pronto. Antes de que desaparezcan las heladas y vuelvan a brotar las yemas de los árboles, tendré tres años y ya podré ir con los otros a pasear llevando a alguien, porque hasta ahora estoy sin estrenar. Dice mi amo que antes de los tres, ni hablar de ello. Y como es él el que manda… Así que algunas veces salgo con ellos, y me llevan del ramal, pero eso no es nada diver.

El caso es que este verano me he estrenado antes de tiempo. Y no es para tanto como dicen los otros. La cabezada, una cosa rara que te ponen y que te enjaula desde el morro hasta las orejas, ya me la han puesto muchas veces. Pero eso otro que va encima, que se ata por la barriga y que te aprieta, eso no. Pero como vino Pilar, entonces dijeron que aunque era pronto no pasaba nada.

Me pusieron una manta y encima la otra cosa más. Y cuando comprobaron que estaba bien firme, subieron a Pilar y así estuvo un buen rato.

Yo me mantuve quieta, casi sin respirar, no se fuera a caer y se hiciera daño. Y como soy ya mayor aguanté y hasta me sacaron fotos.

Estoy deseando ser mayor del todo, para poder caminar sin ir del ramal. Voy a demostrar a mi amo que tengo mucha fuerza, y que le puedo llevar a dónde el quiera. Y si el de las barbas me lo pide, también le llevo a él.

¡Tengo unas ganas de ser ya mayor!
III

Yo soy Miguel Ángel y también ya soy mayor. No tanto como estas dos cosas tan bonitas que hoy me tienen ocupado, pero ya mismo me pongo a llegar a su edad en un plis plás. 

Astou Pilar y Carlota estaban destinadas a encontrarse. Era su destino. Todas las fuerzas de la madre naturaleza se habían coaligado para que así sucediera. Y por fin, ocurrió.

La niña que nació en España en lugar de hacerlo en Senegal, y la potrita que nació de una yegua condenada al matadero y salvada por la campanada que dio el Jefe llevándosela a tiempo a casa, ambas nacidas en invierno, este verano por fin se encontraron, se saludaron y firmaron un pacto eterno de amistad y de juegos.

Seguirán creciendo y jugando felices juntas porque tienen toda la vida por delante, y un futuro que no se torció porque, como ocurre tantas veces en la vida, sonó a tiempo la campana.





Me he entretenido en barajar unas cuantas fotos de su corta existencia, desperdiciando los últimos metrajes de estas vacaciones veraniegas, y las he adobado con música para que resulten más atractivas. Doy fe de que todo es artesanal, sin mezcla de artificio, y que las imágenes  que se exponen concuerdan plenamente con los originales.

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