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Tiempo para meditar



Esta mañana Gumi se libró del collar y se fue a su bola entre los pinos. Durante bastante tiempo no se alejó, incluso se acercaba lo suficiente como para que no le pudiera echar mano. Ya te cogeré, me dije. Pero no. Y en un momento dado, se perdió en el bosque de encinas que hay en medio del pinar. No volvió y tampoco pudimos esperarlo. Volví a media mañana, y armado de santa paciencia y con el kindle entre las manos, comencé a caminar al tiempo que rezaba maitines. La primera lectura, muy apropiada al momento, no me desanimó a pesar de su “consistencia”. Esta es:
Luego me dije: «Voy a probar con la alegría y a gozar de los placeres». Pero también esto resultó puro vacío. Llamé a la risa «locura», y dije de la alegría: «¿Qué se consigue?». Exploré atentamente, guiado por mi mente con destreza: traté mi cuerpo con vino, me di a la frivolidad, para averiguar cómo puede el hombre disfrutar durante los contados días de su vida bajo el cielo.
 Me puse a examinar la sabiduría, la locura y la necedad. ¿Qué hará el hombre que me suceda como rey? Sin duda lo que otros ya han hecho. Así observé que la sabiduría es más provechosa que la necedad, como la luz aprovecha más que las tinieblas.
 El sabio lleva los ojos puestos en la cabeza, pero el necio camina en tinieblas.
Si, pero comprendí que una suerte común les toca a todos. Así que me dije: «La suerte del necio será mi suerte: ¿qué saqué en limpio siendo tan sabio?». Y concluí que hasta eso mismo era vanidad. En realidad, nadie se acordará jamás del necio ni del sabio, ya que en los años venideros todo se olvidará. ¡Tanto el sabio como el necio morirán! Y así aborrecí la vida, pues encontré malo todo lo que se hace bajo el sol; que todo es vanidad y caza de viento.
 Y aborrecí todo el trabajo con el que me fatigo bajo el sol, pues se lo tengo que dejar a un sucesor. ¿Y quién sabe si será sabio o necio? Él heredará lo que me costó tanta fatiga y sabiduría bajo el sol. También esto es vanidad. Y acabé por desengañarme de todos mis trabajos y fatigas bajo el sol. Hay quien trabaja con sabiduría, ciencia y acierto, y tiene que dejarle su porción a uno que no ha trabajado. También esto es vanidad y grave dolencia. Entonces, ¿qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar; de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.
 El único bien del hombre es comer y beber, y regalarse en medio de sus fatigas. Pero he visto que aun esto es don de Dios, pues ¿quién come y goza sin su permiso? Al hombre que le agrada le concede sabiduría, ciencia y alegría; al pecador le proporciona la tarea de juntar y acumular, para dejárselo después a quien agrada a Dios. También esto es vanidad y caza de viento. (Eclesiastés 2, 1-3. 12-26)
Y al tiempo que leía y rezaba me acordaba de ti, Camino, y de muchas cosas que vivimos. Terminé maitines y luego laudes. Entonces a mi grito apareció Gumi y no sin alguna resistencia pude engancharlo. De vuelta con el ramal en la mano, sin prisas porque la mañana ya estaba destrozada, pensé en lo de vanidad y calculé a bulto quiénes nos juntaríamos por la tarde, y no logré una cantidad suficiente. Hace cinco años no cabíamos todos dentro. Hoy estaremos en familia. No hay vanidad que valga cuando las cosas en común son importantes.

Relevo

Pero ¿no te habían puesto compañía? Es Tomás, mi profe de primaria, que esta tarde vino a verme. Es curioso cómo en la infancia parecíamos tan distantes en edad, dignidad y gobierno, y cómo ahora en la ancianidad parecemos tan cercanos. Va a ser cierto que al final los ríos se aproximan, no importan dónde nazcan.
Tomás de cuerpo entero. Ángel, tapado por una mano inoportuna. Año 2008
Traía el programa de actos para el 50º aniversario de mi promoción colegial. Y lo dejó. También venía con la lista de los pueblos de España. Aquella rimada que nos aprendímos de memoria y que aún recitamos en trío él, Ángel y yo:
Úbeda, Martos, JAÉN,        LEÓN, Murias, Ponferrada,      VALLADOLID, Peñafiel,
Baeza, Cazorla, Andújar,     Sahagún, Astorga, Mansilla,     Valoria, Olmedo, Medina,
Huelma, Linares, Bailén,     Valencia, Bañeza y Riaño,         Rioseco, Nava del Rey,
La Carolina y Porcuna.        Villafranca y La Vecilla.            Villalón y Tordesillas.
Fue una visita interesada. Se llevaron mi Astete y el cancionero. ¡Con vuelta, eh! Quieren hacer una muestra de nuestras cosas de entonces, libros, plumieres, carteras, en fin, lo que usábamos y ahora son reliquias…

Coincidimos precisamente hoy, que hacíamos honor a Camino. Arropados por la elección de Matías, –“Echaron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles” (Hech 1, 26)–, asumimos que nos toca tomar el testigo y mantenerlo, a pesar de encontrarnos del otro lado de la raya. Ángel decide continuar, a mí no me queda otra y Tomás sigue siendo necesario.
Camino, tú ya estás jubilosamente jubilada. Pero no consigo imaginarte mano sobre mano. Algo andarás maquinando.

Yo voy soñando caminos
de la tarde. ¡Las colinas
doradas, los verdes pinos,
las polvorientas encinas!…
¿Adónde el camino irá?
Yo voy cantando, viajero
a lo largo del sendero...
-la tarde cayendo está-.

En el corazón tenía
la espina de una pasión;
logré arrancármela un día:
ya no siento el corazón
.

Y todo el campo un momento
se queda, mudo y sombrío,
meditando. Suena el viento
en los álamos del río.

La tarde más se oscurece;
y el camino que serpea
y débilmente blanquea
se enturbia y desaparece.

Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
quién te pudiera sentir
en el corazón clavada.

Antonio Machado. Yo voy soñando caminos

Un ramillete de veinticuatro



Cami, ni siquiera puedo ofrecerte esa rosa de la foto, porque fue de principio de verano y se agotó. En estos momentos no queda ni una que pueda poner y cuyo aroma nos embriague, porque la pertinaz sequía se lo llevó todo.
Pero he sacado del baúl de los recuerdos estas dos docenas de tulipanes, o margaritas, o petunias, o… Como no sé cuál es la flor que representa a León no sé qué nombre más decir.
 Se me ha ocurrido espurgar de nuestros devaneos veraniegos todos estos momentos que quedaron inmortalizados gracias a que los vivimos y a que la cámara, aun con poco rigor, captó.
¡Qué jóvenes éramos, y qué guapos, y qué alegres, y qué buenas personas!
¡Y seguimos siéndolo!
























Ausencia





Desde muy de mañana ausencia me suena por doquier. El pinar, el barrio, la ciudad, el ambulatorio, mi patio y mi jardín están henchidos de ausencia. Nada hay tan presente hoy en mí como la ausencia.
Por la tarde, llena la pequeña iglesia parroquial, es la ausencia la que nos convoca. Y en medio de aquella muchedumbre afectada por la ausencia va y dice el Jesús de Nazaret, El Ausente, desde san Juan: «Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: "¿Adónde vas?" Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor». (16, 5-11)
Ante la ausencia, el silencio. O la lectura. Lectura reflexiva. Orante. Actuante. Transformante. Nunca anquilosante, jamás paralizante.


Ausencia

Liuba María Hevia (1964)

Hay ausencias
que son como el olvido
que empolvan madrugadas y semillas
que se fueron perdidas a esos mares
donde nunca podrán hallar la orilla.

Hay ausencias que rozan con el alba
mariposas celosas del espacio
austeras prisioneras de las flores
que te ponen su miel para los labios.

Ausencia remoto fantasma
que violas las puertas que cantas
que gritas al cielo esa voz
que has llevado contigo
que escribes tú la canción que falta
que siempre nos recuerdas la distancia.

Hay ausencias
gaviotas que te salvan
que desdeñan fronteras y estaciones
que rondan las paredes, las palabras
dibujando la fe con sus creyones.

Hay ausencias
que te hablan de un mañana
que se tornan de todos los colores
que te ponen el mundo en la ventana
y de esperanza llenas los balcones.



Ausencia

José Luis Borges (1899-1986)

Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.



Ausencia de Dios

Mario Benedetti (1920-2009)

Digamos que te alejas definitivamente
hacia el pozo de olvido que prefieres,
pero la mejor parte de tu espacio,
en realidad la única constante de tu espacio,
quedará para siempre en mí, doliente,
persuadida, frustrada, silenciosa,
quedará en mí tu corazón inerte y sustancial,
tu corazón de una promesa única
en mí que estoy enteramente solo sobreviviéndote.

Después de ese dolor redondo y eficaz,
pacientemente agrio, de invencible ternura,
ya no importa que use tu insoportable ausencia
ni que me atreva a preguntar si cabes
como siempre en una palabra.

Lo cierto es que ahora ya no estás en mi noche
desgarradoramente idéntica a las otras
que repetí buscándote, rodeándote.
Hay solamente un eco irremediable
de mi voz como niño, esa que no sabía.

Ahora qué miedo inútil, qué vergüenza
no tener oración para morder,
no tener fe para clavar las uñas,
no tener nada más que la noche,
saber que Dios se muere, se resbala,
que Dios retrocede con los brazos cerrados,
con los labios cerrados, con la niebla,
como un campanario atrozmente en ruinas
que desandará siglos de ceniza.

Es tarde. Sin embargo yo daría
todos los juramentos y las lluvias,
las paredes con insultos y mimos,
las ventanas de invierno, el mar a veces,
por no tener corazón en mí,
tu corazón inevitable y doloroso
en mí que estoy enteramente solo
sobreviviéndote.



Ausencia

Miguel Hernández (1910-1942)

Ausencia en todo veo:
tus ojos la reflejan.
Ausencia en todo escucho:
tu voz a tiempo suena.
Ausencia en todo aspiro:
tu aliento huele a hierba.
Ausencia en todo toco:
tu cuerpo se despuebla.
Ausencia en todo pruebo
tu boca me destierra.
Ausencia en todo siento:
ausencia, ausencia, ausencia.


Ausencia


Lope de Vega (1562-1635)

Ir y quedarse, y con quedar partirse,
partir sin alma, y ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo, y ser demonio en pena,
y de serlo jamás arrepentirse;
hablar entre las mudas soledades,
pedir prestada, sobre fe, paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno.



Ausencia

Gabriela Mistral (1889-1957)

Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
Se va mi cara en un óleo sordo;
se van mis manos en azogue suelto;
se van mis pies en dos tiempos de polvo.

¡Se te va todo, se nos va todo!

Se va mi voz, que te hacía campana
cerrada a cuanto no somos nosotros.
Se van mis gestos que se devanaban,
en lanzaderas, debajo tus ojos.
Y se te va la mirada que entrega,
cuando te mira, el enebro y el olmo.

Me voy de ti con tus mismos alientos:
como humedad de tu cuerpo evaporo.
Me voy de ti con vigilia y con sueño,
y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
Y en tu memoria me vuelvo como esos
que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

Sangre sería y me fuese en las palmas
de tu labor, y en tu boca de mosto.
Tu entraña fuese, y sería quemada
en marchas tuyas que nunca más oigo,
¡y en tu pasión que retumba en la noche
como demencia de mares solos!


“El hombre que planta un árbol sabiendo de antemano que él no va a sentarse nunca a su sombra, es que ha comenzado a entender el verdadero sentido de la vida”



Llevo ya bastantes árboles plantados, sin esperar a que su sombra me sirva de paraguas protector ante los rayos del inclemente sol de nuestra tierra castellana. Y me pregunto si es que ya estaré en ese punto de entender el verdadero sentido de la vida.
Si fuera así, ¿sería yo bienaventurado?
Debiera serlo, porque ya hace años que disfruto del cedro y de su húmeda penumbra en el centro del jardín de la parroquia. Lo mismo ocurre con los tarais, las parras y la acacia.
Hoy renuevo esa misma esperanza al comprobar que la encina, cuya vara enterré al final de este invierno, viene diciendo ¡allá voy! No me urge dormitar bajo su ramaje, pero me entusiasma comprobar que si un ser vivo muere, -esa encina que se soleó hasta agotarse el pasado agosto caluroso-, otro ser vivo nace.
Y eso es más que suficiente para creerme en el camino de entender, + ó -, por donde capiscar el verdadero sentido de la vida.
No es casualidad que haga este comentario en el día de San Isidro Labrador, y que hoy sea el primer aniversario de la ida de Camino.
Tampoco lo es que Gumi ande retozando con mi zapatilla derecha; va a cumplir tres años, pero sigue siendo el “pequeñín”.
No me engaño, sin embargo. Tres varas puse, sólo una brota. De momento. Hasta otra nueva primavera todo puede andarse, cualquier cosa suceder…

Y con esto termino, Camino. A la sexta va la vencida


Contigo y con los jóvenes desengañados, indignados y manifestados en muchos lugares del país, me he dado cuenta de que ya he acumulado demasiada vida. No hasta el punto de considerarme viejo, sí para que otros me consideren tal.
No resulta fácil mantenerse cuando pasan tan de prisa los años y me veo sorprendido por quienes apenas hace nada, eso parece, eran como plastilina, dóciles y maleables, todo ojos, oídos y piel por donde recibir cuanta vida les llegaba,  poniendo su dedo en la llaga siempre abierta, esa herida que sigue en permanente sangrado porque no he sabido, no he querido o no he podido cerrarla para que sólo fuera cicatriz.
En el 68 tenía yo veinte años. Entonces no hice nada, fui simple espectador,  y una pizca de aprendiz. Tú tenías menos, te pilló rapaz. Cuando nos conocimos en 1985 eras una chavala de León, veterinaria, que te ofrecías para echar una mano en lo que fuera, sanidad y salud por ejemplo, de nuestros campamentos de verano. En plan pobre, a lo progre, a nuestra manera…
Los contactos veraniegos, cortos pero intensos, se completaban con largas separaciones, salpicadas de esporádicos encuentros, fugaces y explosivos, más por ti que por mí. Terminaste siendo algo más sedentaria, esposa, madre, vecina y parroquiana. ¡Vida!
Hablar, nosotros, poco. En el tú a tú soy poco expresivo, y tú conmigo tampoco te propasabas. Más silencios que otra cosa, sabía de ti por otras personas. Y tú siempre me sorprendías cuando llegabas y decías.
Así fue, por ejemplo, el bautizo de tus hijas. En el pueblo, en la enorme sacristía, haciendo corro y fiesta y luego mesa y juerga en la casa familiar.
Así ha sido ahora tu partida. Y siempre sorprendiendo, con palabras tras el silencio. Entre medias, esa sonrisa tuya, esos ojos abrazantes, esa frase soltada como despedida, nada sorprendente por sabida: ¡Os quiero!
Tanto tú como yo hemos reflexionado esta frase: "El que de joven no es de izquierdas es que no tiene corazón. El que de mayor no es de derechas es que no tiene cerebro". Tú por tu parte y yo por la mía, sin reparos y sin vergüenza, decidimos no envejecer nunca, mantener el mismo corazón, hacer que nuestro cerebro se apañase buenamente.
Tú sí parece que lo conseguiste. Yo mantengo en suspenso mi juicio, no sé qué responder.
Mi suerte y mi condena es tener ¿aún? tiempo para encontrar respuesta. Tu suerte y tu gloria es no necesitarlo, no te hace ninguna falta porque ya resolviste la ecuación de tu vida.
No te vas a quedar quieta, aunque de esa impresión, y no sepamos verlo de otra manera. Nosotros intentaremos seguir en el camino, a base de hacer cosas, llenando huecos, con aciertos y con yerros como es natural,
Mira, por ejemplo.
Esto de tu hermano Alfonso

Aquí dejamos una pequeña parte de Cami en una ceremonia informal e íntima que estoy seguro le hubiera encantado, cada uno depositamos un puñado de ceniza al pie de cada una de las ocho.
Muchos pájaros cantaban y el olor a tomillo, lavanda, jara... hicieron que el momento y el lugar fueran perfectos. Esta es una parte del Monte que está cerrada al público con lo cual su tranquilidad está asegurada, de vez en cuando me acercaré a fumar un pitillo con ella, hasta que por fin le haga caso y lo deje.
Como curiosidad añadir que este grupo de encinas anteriormente eran doce y se las conocía como los doce apóstoles por su porte y distribución.

Y esto de mi parte
Vuelvo a ejercer de cura, tal como a veces clamabas. Y en un alarde de presunción, abundando en lo mío, aprovecho que en estos últimos días por tu culpa he sido visitado en este blog a razón de más de quinientas diarias, para dar en tu nombre un mensaje a quienes te queremos, nos sentimos por ti queridos, te añoramos, nos dolemos con tu ausencia… te sentimos viva.
Tal vez sea lo que tú pretendías al dejarme por escrito el encargo que José Antonio me hizo en la madrugada de tu partida.

NO OS QUEDÉIS SIN JESÚS
José Antonio Pagola

Al final de la última cena Jesús comienza a despedirse de los suyos: ya no estará mucho tiempo con ellos. Los discípulos quedan desconcertados y sobrecogidos. Aunque no les habla claramente, todos intuyen que pronto la muerte les arrebatará de su lado. ¿Qué será de ellos sin él?
Jesús los ve hundidos. Es el momento de reafirmarlos en la fe enseñándoles a creer en Dios de manera diferente: «Que no tiemble vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí». Han de seguir confiando en Dios, pero en adelante han de creer también en él, pues es el mejor camino para creer en Dios.
Jesús les descubre luego un horizonte nuevo. Su muerte no ha de hacer naufragar su fe. En realidad, los deja para encaminarse hacia el misterio del Padre. Pero no los olvidará. Seguirá pensando en ellos. Les preparará un lugar en la casa del Padre y un día volverá para llevárselos consigo. ¡Por fin estarán de nuevo juntos para siempre!
A los discípulos se les hace difícil creer algo tan grandioso. En su corazón se despiertan toda clase de dudas e interrogantes. También a nosotros nos sucede algo parecido: ¿No es todo esto un bello sueño? ¿No es una ilusión engañosa? ¿Quién nos puede garantizar semejante destino? Tomás, con su sentido realista de siempre, sólo le hace una pregunta: ¿Cómo podemos saber el camino que conduce al misterio de Dios?
La respuesta de Jesús es un desafío inesperado: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». No se conoce en la historia de las religiones una afirmación tan audaz. Jesús se ofrece como el camino que podemos recorrer para entrar en el misterio de un Dios Padre. El nos puede descubrir el secreto último de la existencia. El nos puede comunicar la vida plena que anhela el corazón humano.
Son hoy muchos los hombres y mujeres que se han quedado sin caminos hacia Dios. No son ateos. Nunca han rechazado de su vida a Dios de manera consciente. Ni ellos mismos saben si creen o no. Sencillamente, han dejado la Iglesia porque no han encontrado en ella un camino atractivo para buscar con gozo el misterio último de la vida que los creyentes llamamos "Dios".
Al abandonar la Iglesia, algunos han abandonado al mismo tiempo a Jesús. Desde estas modestas líneas, yo os quiero decir algo que bastantes intuís. Jesús es más grande que la Iglesia. No confundáis a Cristo con los cristianos. No confundáis su Evangelio con nuestros sermones. Aunque lo dejéis todo, no os quedéis sin Jesús. En él encontraréis el camino, la verdad y la vida que nosotros no os hemos sabido mostrar. Jesús os puede sorprender.

Yo, Camino, ya termino. Tú me has sorprendido (de sorprender: admirar, conmover, fascinar, impresionar, maravillar, sobrecoger…). Me he sorprendido  al comprobar a cuántas personas sorprendiste. Nos has sorprendido a todos. ¡Ojalá lleguemos a sorprendernos y sorprenderte!

¡Va por ti, Cami!



Aquí estamos hoy, junto a ti, todos los que te queremos, los que hemos disfrutado de tu presencia y compañía.
Un mes de mayo de hace ocho años, nos sorprendió la noticia de que la muerte, celosa de tu vida, quería arrebatarte.
Desde ese momento comenzó a brillar con más fuerza tu alegría, tu apego a la vida, a tus hijos, a Jose. Tu lucha fue la nuestra. Junto a ti, admirándote, dejándonos contagiar con tu alegría, tu vitalidad, tus ilusiones, hemos crecido todos en optimismo y generosidad, porque tú: siempre estabas bien.
Junto a ti la vida era más fácil, por eso no te has ido del todo. Tan sólo nos falta tu cuerpo. Porque en cada uno de nosotros, los que hemos tenido la inmensa suerte de conocerte, has depositado un poco de ti, de tu alegría, de tu sentido del humor, de esa vitalidad que te caracterizó. Nos consideramos herederos de todo lo que has sembrado en nosotros y nos hemos quedado con un trocito de eso que a ti te sobraba: un corazón enorme. Tu recuerdo, sin duda, nos ayudará a seguir viviendo.

Daniel Ingelmo Astorga

Esto lo añadimos los demás. Y tú, Camino, asentías sonriendo



El boca a boca funcionó. Una hora antes la calle, estrecha bien es verdad, estaba colapsada. Israel y Roberto, los polis del barrio, controlaron la cosa con soltura y discreción. Tampoco fue necesario más, que la gente llegaba con orden.
Lo primero que aterrizó fueron las flores. Un torrente de colorido invadió el interior y el exterior del edificio. Predominaba el blanco, pero había de tó. Sumado a lo del día anterior, yo miraba perplejo cómo íbamos a desenvolvernos durante la ceremonia, ¿sorteándolas a saltitos? ¡Menudo bosque impenetrable! Tú, picarona, tuviste también que doblegarte a la voluntad de su compas. Es su forma de expresarte su cariño.
Sí, ceremonia, digo, porque eso fue lo que realizamos, aunque tus gustos van por otro sitio. Pero, ¿qué pretendías si no, invitándonos de la manera que lo hiciste? No pensarías que con un ratito de charleta bastaría.
Empezamos antes del tiempo señalado, porque el recinto estaba a rebosar, y podría resultar molesto el calor que entre todas y todos generábamos. (No fui previsor y no tenía instalados los ventiladores, que por otra parte, habrían resultado insuficientes).
Sonó primero la música, piano y chelo. En silencio, escuchamos. Bien digo, en silencio, porque el silencio abundó en los momentos en que no había palabra o melodía, y la concurrencia parecía estar orando, y seguro que lo hacía.
Luego entonamos esta canción, cantándola de memoria unos, otros dejándose llevar por los del al lado, otros apenas susurrando, alguien leyendo:
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me dio dos luceros que, cuando los abro,
perfecto distingo lo negro del blanco,
y en el alto cielo, su fondo estrellado,
y en las multitudes, al hombre que yo amo.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me ha dado el sonido y el abecedario,
con él las palabras que pienso y declaro:
madre, amigo, hermano y luz alumbrando
la ruta del alma del que estoy amando.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me ha dado el oído y en todo su ancho
braman día y noche, ríos y canarios,
martillos, turbinas, ladridos, chubascos,
y la voz tan tierna de mi bien amado.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me ha dado la marcha de mis pies cansados;
con ellos anduve ciudades y charcos,
playas y desiertos, montañas y llanos,
y la casa tuya, tu calle y tu patio.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me ha dado la risa, me ha dado el llanto.
Así yo distingo dicha de quebranto,
los dos materiales que forman mi canto,
y el canto de ustedes que es mi propio canto.
Gracias a la vida, que me ha dado tanto.
Me dio el corazón que agita su marco,
cuando miro el fruto del cerebro humano,
cuando miro al bueno tan lejos del malo,
cuando miro el fondo de tus ojos claros.

La ceremonia, sí ceremonia, fue lo que tenía que ser, que para eso nos dijiste que querías una misa. Y fue sencilla, e informal, como tú querías, pero guardamos las formas. Bueno, casi todas. Ejem, algunas, bastantes… en fin, eso.
Impresionante la comunión, larga, ordenada, silenciosa. Sonó, una vez más el chelo junto con el piano. Una pieza, otra, otra…
Íbamos acabando. Repletos de emociones cuerpos y almas; ahítos los corazones de cariño; los rostros graves, pero no serios ni tristes. Nos dejaste, te llevaron. Sigues estando.
En breves palabras, tu sobrino resumió tu vida, más por hacer ese gesto que por informar de lo que todos y todas ya sabíamos. Lo hizo bien, acertó en todo, sólo expresó en alta voz lo suficiente, lo que el momento requería. (En cuantito me lo mande, lo coloco; ya está avisado, lo esperamos).
Luego fue José Antonio quien con voz suave y cansada agradeció el momento y reseñó algunas cosas que sólo le pertenecen a él, y a ti, y que por deferencia nos comunicó.
Terminamos, es un decir, cantando, y ¡con qué ganas!, para muchos una vez más, para otros por vez primera,
Habrá un día en que todos al levantar la vista,
veremos una tierra que ponga: ¡libertad!
Hermano, aquí mi mano, será tuya mi frente
y tu gesto de siempre caerá sin levantar
huracanes de miedo ante la libertad.
Haremos el camino en un mismo trazado,
uniendo nuestros hombros para así levantar
a aquellos que cayeron gritando: ¡Libertad!
Sonarán las campanas desde los campanarios
y los campos desiertos volverán a granar
unas espigas altas dispuestas para el pan.
Para un pan que en los siglos nunca fue repartido
entre todos aquellos que hicieron lo posible
por empujar la historia hacia la libertad.
También será posible que esta hermosa mañana
ni tú, ni yo, ni el otro la lleguemos a ver;
pero habrá que forzarla para que pueda ser.
Que sea como un viento que arrastre los matojos,
surgiendo la verdad, y limpie los caminos
de siglos de destrozos contra la libertad.
Y no nos fuimos pa casa, seguimos, dentro y fuera, en grupos, a pares, arracimados, tiempo y tiempo. Los últimos dando las nueve, bastantes con las manos florecidas, todos con el corazón apaciguado. Y tú mirándonos a todos, sonriendo, satisfecha.
Lo habías conseguido una vez más. Te descentraste y nos pusiste en el medio. Nos tuviste donde querías, en la iglesia de Guadalupe, el lunes a las cinco.


Para más abundamiento, esto

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