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¡No me vocees!



Annuncio a Zaccaria della nascita di Giovanni Battista (1429), Jacopo della Quercia. Battistero di San Giovanni, fonte battesimale
Mientras braceaba le estaba dando al asunto de la sordera. Porque eso debía querer expresar el evangelista cuando escribió que por señas le preguntaban cómo quería que se llamase. Seguro que Zacarías, que tenía claro que el nombre de su hijo debía ser Juan, no le haría ninguna gracia que le tomasen por sordo. Ya tenía suficiente con la mudez impuesta.
Este pequeño lío evangélico, en que me he visto envuelto al mismo tiempo que inmerso en el agua, se me ha vuelto claro después al ver la foto de nuestra vicepresidenta espetando a otro diputado “no me insulte que le leo los labios”, en uno de los habituales y cansinos rifirrafes del congreso.
Si la pizpireta Soraya oye perfectamente, Zacarías no tenía por qué no; al fin y al cabo el castigo sólo fue “te quedarás mudo y no podrás hablar hasta el día que eso suceda” (Lucas 1, 20). Pero ambos aprovecharon su momento y situación para parecerlo y sacar tajada. La vice, dándose un baño de autoestima y asestarle, al tiempo, un varapalo al contrincante; el anciano para hacer valer su autoridad paterna y dignidad sacerdotal.
En esas turbulencias nos defendemos y sacamos brillo, no importa que no nos miren ni vayan a tener en cuenta lo que digamos. Tampoco pasaremos a la historia, salvo para engrosar el pelotón de los anodinos, difuminados en la masa que no cuenta.
Mira tú por cuanto, Zacarías sigue, –lo que no se puede asegurar de la Santamaría–, a cuenta de un discurso que ha quedado inmortalizado para los restos. Es el “Benedictus” que profetizó, bien es cierto que no fue él, que sólo fue el vocero.
Otro que también ha hablado, pretendiendo sublimidad, y no se sabe bien qué es lo que ha dicho, ha escrito: “La hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales”. Por cierto, sigue la gente intentado embrollarlo un poco más, que digo yo que si no tendrán otra cosa mejor que hacer.
En todo caso quiero sacudirme el mal cuerpo que me acompaña desde que escribí mi última entrada; no parece que dejara a Juan el Bautizos en buena posición, y lo lamento. Por eso mismo intento rectificar, porque no vale la excusa de que fue un pronto que me dio tras leer reseñas publicadas en los medios sobre el “Instrumentum laboris” y las novedades que sobrevienen. Cuando las cosas tienen “peso” y “medida” pretender cambiarlas o desear que lo hagan es ilusión vana y esfuerzo desaprovechado. Son como son, y así van a seguir siendo.
Esto es lo que Zacarías exclamó en un momento histórico y que se viene repitiendo desde entonces por todo el orbe conocido:
Zacarías se llenó de Espíritu Santo y profetizó:
Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.
Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.
Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.
(Lucas 1, 68-79)
Que digo yo que hay mudos cuya voz atruena, y hay parlantes que era mucho mejor que estuvieran calladitos.
En cuanto a los sordos… A los que lo son de verdad, ayudarles con signos y pantallas táctiles. A los que se lo hacen, ni caso; tampoco ellos lo harán “aunque resucite un muerto” (Lucas 17, 31).

Un santo insobornable, San Juan


Juan Bautista ante Herodes, de Mattia Pretti (1613-1699)
Y mira que a Herodes le hubiera gustado poder convencerlo. No pudo ser. Ni todo su reino lo habría logrado. El profeta le echaba en cara haber tomado por esposa a la que ya lo era de su hermano. De modo y manera que ofreció la mitad para calmar las pretensiones de su hijastra, Salomé, que bailaba que era un primor; pero, tampoco. Así que ni consiguió normalizar su matrimonio ni salvó la cabeza del profeta. ¡Y mira que lo respetaba!
Más bien lo temía. Su palabra era acerada y seca, y no admitía componendas. Tal como vestía y se alimentaba, fiel a su figura, era admirado por una gran mayoría del pueblo.
Tuvo que rodar aquella cabeza para que no cambiasen las cosas y todo un rey se humillara con grave menoscabo de la autoridad. Los enemigos acechaban.
Justo en vísperas de san Juan, acaba de aparecer el “Instrumentum laboris” del próximo sínodo de los obispos, que tratará sobre la familia. Una especie de borrador a partir del cual se debata, se reflexione y se decida. No parece que contenga novedades; apenas pequeños detalles que muchos aún consideran ir demasiado lejos. Se esperaba mucho más, con gran escandalera mediática de quienes no quieren que se mueva nada, porque la verdad es una.
Las nuevas maneras habían levantado expectativas al vuelo. Tal vez, ahora, por fin, se decía mucha gente, las cosas cambien y… No parece; al menos esa es la impresión que tengo.
De san Juan a Jesús hay un salto, mucho mayor que el que pueda dar cualquiera esta noche a una hoguera. Jugar con fuego sin quemarse es bien difícil. El Bautista, el del pelo de camello y miel silvestre, que «ni comía ni bebía», ¿sabría jugar? Tampoco de Jesús se dice que jugara, salvo de niño y en los apócrifos, pero tuvo una túnica inconsútil tejida por María que debía dar un calorcillo…
No me parece tomar ejemplo de Juan Bautista en este caso, por muy bautizador y santo que es. Prefiero a Jesús, que miró a todo el mundo con cariño y atrajo, y sigue atrayendo, a todos hacia sí.
En fin, mejor será dejarlo no sea que llamen a los bomberos.

Al Bautista lo mataron


La decapitación de San Juan Bautista. Miquelangelo Caravaggio. Concatedral de San Juan. La Valeta, Malta
La Iglesia tiene por costumbre celebrar a sus santos en la fecha en que murieron. San Juan es una excepción, porque hay día señalado también para hacer memoria de su nacimiento.
Ocurre con Juan Bautista que todo el mundo sabe que su día es el 24 de junio, tal vez por las hogueras y lo de a buscar el trébole. Sin embargo, casi nadie cae en la cuenta de que hoy, 29 de agosto, está reservado para San Juan en su martirio.
Cierto que es importante el modo como nacemos; familia, sociedad, economía, cultura, etecé, etecé… Pero no menos importante, cómo morimos (cuando nos toque o nos lo provoquen). No es que sea inevitable y del todo consecuente, pero podríamos decir que en la generalidad se muere como se ha vivido. Por supuesto que hay excepciones, pero…
El profeta Juan parece que nació humildemente pero de tronco noble; su padre pertenecía a la tribu sacerdotal, aunque en su rama rural, la más baja dentro del escalafón. Estaba, pues, destinado a seguir los pasos de su progenitor, y, por lo tanto, a servir en el templo de Jerusalén según los turnos que le correspondiera. Pero se largó al desierto, y volvió de allá talmente transfigurado. Cambió las artes sacerdotales por la voz y el gesto de los profetas. Y a ningún profeta le ha ido bien. Lo dicen los libros de historia. Tanto profana como sagrada.
Y como profeta, su muerte tenía que ocurrir lejos de los palacios. Y así fue. Sin embargo, en palacio se decidió como había de ocurrir. Esta es la historia novelada de lo que ya sabemos porque está en los evangelios.
Decapitación de San Juan Bautista. Roger Van der Weyden. “Retablo de San Juan” (1455-1460, Staatliche Museen, Berlín)

LA CABEZA DEL PROFETA


Desde hacía muchos meses, el profeta Juan veía pasar lentamente los días y las noches en el oscuro y húmedo calabozo de la fortaleza de Maqueronte donde el rey Herodes lo tenía preso.(1) La voz del que gritaba en el desierto preparando los caminos del liberador de Israel, se iba apagando entre las sucias paredes de aquella celda. Un día, la puerta del calabozo se abrió y entró Matías, uno de los amigos del profeta. Venía de Galilea, de ver a Jesús.

Matías - ¡Juan, Juan, ya estoy aquí de vuelta! ¿Cómo estás?
Bautista - Te dije que no me moriría antes de que regresaras. Y lo he cumplido. Y Tomás, ¿dónde está?
Matías - En Jerusalén. Ha ido a celebrar allí la Pascua con ese Jesús, el de Nazaret, y un grupo de sus amigos. Cuando acaben las fiestas vendrá por aquí.
Bautista - Háblame de Jesús. ¿Pudieron verlo? ¿Le dieron mi mensaje?
Matías - Sí, Juan. Para eso he venido. Para decirte que…
Bautista - ¿Que puedo morir tranquilo?
Matías - No digas eso, Juan. Tú no vas a morir. Mira, te he traído estas medicinas.
Bautista - Cuéntame lo que dijo Jesús. Es lo que más me interesa.
Matías - Jesús te dice que allí en Galilea la gente va abriendo los ojos. Que el pueblo se está poniendo de pie y echa a andar. Que a los pobres se les abren las orejas para escuchar la Buena Noticia. Que Dios está con nosotros y… y que él espera que todo esto te alegre, Juan.
Bautista - Claro que me alegra, Matías. En una boda, el novio es quien se queda con la novia. Pero el amigo del novio, que está allí, también se pone muy contento. Ahora le toca a Jesús. Él tiene que crecer mientras yo voy desapareciendo.
Carcelero - ¡Eh, tú, basta ya de palabrerías! ¡Se acabó el tiempo!
Matías - Tengo que irme, Juan. Pero volveré pronto. En  cuanto pueda.
Bautista - Te estaré esperando. Si vuelves a ver a Jesús, dile que agarre bien el arado y no mire hacia atrás. Y que si alguna vez salgo yo de este infierno, que… que cuente conmigo.
Matías - Se lo diré, Juan, se lo diré.
Carcelero - ¡Vamos, que bastante hago dejándote entrar aquí a ver a tu profeta! ¡Andando!

Matías y el carcelero se alejaron por los estrechos escalones que salían al patio. Juan se dejó caer sobre el sucio jergón, mirando fijamente el techo atravesado de goteras. Y se quedó dormido, recordando el rostro moreno de Jesús, aquel campesino de Nazaret que él habla bautizado hacía sólo unos meses en las aguas del Jordán.

Por aquellos días, se celebró en el palacio de Maqueronte el cumpleaños de Herodes.(2) Los lujosos salones del rey se llenaron de invitados: funcionarios y capitanes romanos, comerciantes venidos de Jerusalén, reyezuelos de las tribus beduinas del desierto. Todos querían felicitar al tetrarca de Galilea.

Hombre - ¡Viva el rey Herodes durante cien años más!
Mujer - ¡Salud, soberano de Galilea!
Herodes - ¡Bienvenidos todos a mi casa! ¡Que empiece la fiesta!
Mujer - ¿Te has fijado? Este Herodes tiene unas ojeras que asustan.
Amiga - Dicen que desde que metió preso al profeta Juan sufre unas pesadillas terribles…
Mujer - Pues cuando se despierte será peor. He oído que el tal Juan ni en la cárcel se está quieto. Tiene revolucionados a los demás presos. Y hasta agita a los carceleros.
Amiga - ¿De veras? No puedo creerlo.
Mujer - Pues créetelo, mi amiga. Y te digo que si el rey se descuida, ese melenudo nos va a hacer pasar un mal rato a todos. En fin, querida, esperemos que el rey le tape la boca a tiempo.
Amiga - ¡Y si el rey no se decide, que la reina le dé un empujoncito! ¡Je, je!
Herodías - ¿Qué te pasa, Herodes, mi amor? Esta mañana no haces más que mirarte el ombligo. ¿Te aburres?
Herodes - Déjame en paz…
Herodías - Humm… ¿Qué te pasa? Ven, ven… ¡Ja, ja! ¿Quieres un poquito de este licor? Te animará. Ven…
Herodes - Herodías, ¿Tú crees que esta bulla se oirá allá abajo?
Herodías - ¿Dónde abajo? ¿De qué estás hablando?
Herodes - ¡En los calabozos! ¿Dónde va a ser?
Herodías - ¡Otra vez lo mismo! ¡Sí, pues claro que se oye! ¿Y qué importa? ¿A qué le tienes miedo? ¿A un profeta sarnoso? ¡Pues sí, lo oye, lo oye todo! ¡Y se muere de envidia! ¡Profeta! ¿No quiso meterse en líos? ¡Pues ahora que las pague todas juntas! ¡Que se pudra! ¡Que reviente!
Herodes - No hables así, Herodías. Puede… puede traer mala suerte.
Herodías - La única suerte sería que ese maldito profeta se muriera de una vez. ¡Estoy harta de verte pensando en él continuamente! ¡No seas estúpido, Herodes, olvídate de esa carroña o córtale el pescuezo, decídete!
Herodes - No puedo, Herodías, no puedo… ¡no puedo!

Herodías, la amante de Herodes, la que era mujer de Filipo, el hermano del rey, odiaba a Juan.(3) Lo odiaba porque el profeta le echaba en cara a Herodes todos sus crímenes y hasta su adulterio con ella.

Herodías - ¡Salomé! ¡Salomé! ¡Ven acá, preciosa!
Herodes - ¿Para qué llamas ahora a esa hija tuya?
Herodías - Espérate, no seas impaciente…
Salomé - Sí, mamá…
Herodías - Salomé, hija, el rey está preocupado. Y yo he pensado que sólo tú puedes espantar los negros pensamientos que tiene en la cabeza.
Salomé - ¿Qué quieres que haga, mamá?
Herodías - Baila. Baila para él la danza de los siete velos. Ya sabes, uno a uno…

La música de la fiesta llegaba hasta los calabozos del palacio…

Carcelero - Tú, desdichado, ¿no oyes el jolgorio que se traen allá arriba? ¡Es la fiesta de nuestro rey!
Bautista - De tu rey, dirás. Yo no tengo nada con él.
Carcelero - Hay mucha comida, vino del más caro, música… ¡Una francachela por todo lo alto!
Bautista - Déjalos. Están engordando como los cerdos para el día de la matanza.
Carcelero - Ya te lo he dicho, lengua larga. Por eso estás aquí trancado. Si cerraras el pico de una vez, a lo mejor el rey te soltaba.
Bautista - Que me suelte y gritaré más duro que antes.
Carcelero - Ay, amigo, tú no tienes remedio. Escucha, yo soy un soldado bruto, pero la gente como tú… Si supieras, yo admiro a los tipos valientes como tú.
Bautista - No me sirve para nada esa admiración. Son palabras. Tú que puedes, ve y haz algo. Háblales a tus compañeros, diles que ustedes son hermanos nuestros, que no levanten la espada contra sus propios hermanos.
Carcelero - ¿Que diga yo eso? ¡Ja! Pero, ¿qué quieres? ¿Que me corten la lengua?
Bautista - No te atreves, ¿verdad? Pues mira, haz una cosa más fácil. Abre ese cerrojo y déjame escapar a mí y yo les hablaré.
Carcelero - ¡Ja! Peor me lo pones. Si te suelto, me cortan no la lengua sino la cabeza. No, no, no me embarulles. Yo soy un soldado. Cumplo órdenes. Y la orden que me ha dado mi jefe es vigilarte y tenerte a raya a ti.
Bautista - Las órdenes de un hombre injusto no tienes por qué cumplirlas. Rebélate, compañero.
Carcelero - Pero, ¿qué dices? ¿Estás loco? Yo soy un soldado. Y para eso estamos nosotros, para obedecer lo que nos manden. La ley es la ley.
Bautista - La ley de Herodes es el crimen y el atropello. La ley de Dios es la libertad.(4) Abre las rejas, deja salir a los presos. ¡Rebélate, compañero!

Mientras tanto, arriba, en el gran salón del palacio, Salomé terminaba de bailar, encandilando a todos los comensales. Y especialmente, al rey Herodes…

Herodes - ¡Muy bien, Salomé, muchacha! ¡Qué bien meneas las piernas, pollita! ¡Ja, ja! Me has hecho babear de gusto… Te mereces un buen regalo. ¡Ea, pídeme lo que quieras! Brazaletes, sedas, oro, plata, perfumes… Te prometo que cualquier cosa que me pidas, te la daré. ¡Te mereces la mitad de mi reino!

Entonces Herodías, que estaba reclinada junto al rey, miró a Salomé y le guiñó un ojo. Todo estaba planeado antes del baile.

Salomé - Mi señor: falta un plato en esta mesa.
Herodes - ¿Cómo dices? ¿Es que quieres comer más? No me gustaría que engordaras, muchacha. ¡Estás muy bien así como estás! ¡Ja, ja! ¿No lo creen ustedes? A ver, ¿qué quieres? ¿Más salsa, pollos, una cabeza de cordero?
Salomé - No. Quiero la cabeza del profeta Juan.
Herodes - ¿Cómo has dicho?
Salomé - Que me regales la cabeza del profeta. ¡Que me la traigan ahora mismo en un plato!
Herodes - Pero… pero, ¿qué estás diciendo, Salomé?
Herodías - Lo que has oído, Herodes.
Herodes - Esto es una trampa. ¡Maldita! Yo no puedo hacer eso.
Herodías - Has jurado delante de mucha gente, Herodes. Hay muchos testigos. ¿Es que el tetrarca de Galilea tiene palabras que se lleva el viento?

En el salón se hizo un gran silencio. Sólo lo rompía el tintinear de algunos vasos. Los borrachos no se enteraban de lo que estaba pasando allí. A Herodes le temblaban los labios cuando dio la orden.

Herodes - Aquiles, ve abajo, al calabozo y… haz lo que ha pedido esta muchacha.

Aquiles, uno de los guardaespaldas del rey, cumplió la orden recibida. Juan no dijo una palabra. Sus ojos quedaron abiertos, como cuando allá en el río miraban al horizonte esperando ver llegar al Mesías.

Cuando Matías y sus amigos lo supieron, recogieron su cuerpo, curtido por el sol del desierto y por los tormentos de la cárcel, y lo llevaron a enterrar. Todo Israel lloró al profeta Juan, el que preparó los caminos del liberador de Israel.



Mateo 14,3-12; Marcos 6,17-29.



1. En la época de los reyes, unos mil años antes de Jesús, surgió en Israel la cárcel como institución. En general, servían como calabozos dependencias que estaban dentro de los mismos palacios de los reyes o jefes de la ciudad. En tiempos de Jesús se podían hacer visitas a los presos. Éstos estaban generalmente encadenados y como castigo se les aplicaba, entre otras medidas, el cepo en los pies. Juan el Bautista sufrió la cárcel durante algunos meses en las mazmorras del palacio que Herodes tenía en Maqueronte, cerca del Mar Muerto.

2. Herodes el Grande, padre de Herodes Antipas, no tenía sangre judía. Era hijo de un idumeo y de una mujer descendiente de un jeque árabe. Las costumbres de su corte estaban influenciadas, más que por la estricta moral judía, por costumbres extranjeras y helenísticas. Herodes el Grande se casó diez veces y llegó a tener nueve esposas a la vez. Celebraba orgías donde el lujo de los vestidos y el derroche en las comidas eran famosos en los países vecinos. Era aficionado a luchas de fieras, teatro y juegos de gimnasia. La corte de su hijo Herodes Antipas, el rey de Galilea en tiempos de Jesús, cultivó también este estilo de vida. En Maqueronte, fortaleza y palacio a la vez, se celebraban a menudo grandes francachelas. El cumpleaños de Herodes era ocasión anual para ellas.

3. Herodes Antipas fue un hombre políticamente corrupto. Sus costumbres personales no fueron tampoco ejemplares. Por ambición de poder se casó con una hija de Aretas IV, rey árabe. Después, en un viaje que hizo a Roma, se hizo amante de Herodías, casada con Filipo, uno de sus hermanastros, y repudió a la hija de Aretas. Esto provocó una guerra entre el rey árabe y el rey galileo, en la que parece que Antipas resultó vencedor. Desde entonces, Herodes vivió con Herodías, que se trajo con ella a su hija Salomé. La oposición que Juan manifestó ante la unión adúltera de Herodes y la denuncia que hizo siempre de los crímenes y abusos del rey, le enemistaron con esta mujer, que fue la que en último término decidió la muerte del gran profeta del Jordán.

4. La más antigua tradición cristiana abre espacio a la desobediencia civil cuando se trata de elegir entre la ley de Dios y una ley injusta (Hechos 5, 27-29). Hasta nuestros días ha llegado este clamor profético de rebelión en las últimas palabras que pronunció en su catedral el arzobispo mártir de San Salvador, Oscar Romero: “Ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ¡No matar! Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios”.

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 1, págs. 400-406]


Se me ocurre ahora pensar que mientras siga habiendo palacios habrá profetas. Los palacios se “contienen” entre sí, pero también se alían y… confabulan. ¿Contra quién? Está claro, contra los que no tienen palacios que los acojan y protejan. Los desprotegidos necesitan profetas. Es así que siempre existirán personas y pueblos desvalidos, ergo los profetas son necesarios.
La historia de Juan ilustra de modo claro el camino a seguir: vestirse de piel de camello y alimentarse de miel silvestre. O sea, ser ejemplar. Independiente, audaz, veraz, al carecer de cuarteles a los que volver para guarecerse, el profeta sólo mira hacia delante. No puede, no sabe, dejar de dar la cara. Es su oficio y es también su destino.
¿Que ya no quedan profetas? Puesto que quien no sale por la tele, no existe, efectivamente alguien puede deducir que ya no los hay. Sin embargo, haylos. Vaya si existen. Es sólo cuestión de abrir los ojos.
Termino con esta preciosidad, procedente de la Cartuja de Miraflores, Burgos, y actualmente en el museo del Prado:
Degollación de San Juan Bautista. Maestro Miraflores

San Juan, un santo con vísperas



Lo resalto porque no es frecuente. Como que de San Juan se celebre su nacimiento. Otro hecho llamativo ya que lo acostumbrado es recordar el día de la muerte de los santos, bien por  martirio, bien de forma natural, como haremos el próximo 29 de agosto con la Degollación de San Juan.
Esto indica que quien conocemos como El Precursor no es uno más en la pléyade de nombres que componen el santoral católico. Tiene puesto de categoría. Que a nadie le extrañe, porque consta en el evangelio que Juan Bautista dio a Jesús ocasión para este comentario: -«¿Qué salisteis ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver? ¿Un hombre lujosamente vestido? Los que visten con lujo y se dan buena vida están en los palacios de los reyes. ¿Qué salisteis entonces a ver? ¿Un profeta? Sí, incluso más que un profeta. Éste es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti; él te preparará el camino. Os digo que entre los nacidos de mujer no hay otro mayor que Juan; sin embargo, el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él». (Lucas 7, 24b-28)
Esta circunstancia me brinda la oportunidad de presentar a Jerónimo Vicente Vallejo Cósida, un señor que pasó la mayor parte de su vida en Zaragoza y que se dedicó a muchas cosas, incluida la pintura. Suya es esta «Tabla del nacimiento de San Juan el Bautista» del Retablo Mayor y Sagrario de la Cartuja de Nuestra Señora de Aula Dei, 1574-1585, óleo sobre tabla, (147 x 116,5 cm), que se guarda en el Museo de Zaragoza. De carácter manierista, figuras de canon estilizado e influida por Rafael Sanzio y Leonardo da Vinci, destaca en esta tabla la composición en el espacio de los personajes, así como los blancos de las telas, los contrastes cromáticos con el rojo y el verde, la escena de fondo con la Visitación abierta al paisaje, y una muchacha posiblemente gitana (con piel más oscura) que porta joyas minuciosamente pintadas.
Existen otros cuadros con el mismo tema, de los que aquí ofrezco una pequeña selección.
El nacimiento de Juan el Bautista. Tintoretto, c. 1554. Óleo sobre lienzo, 181 x 266 cm. The Hermitage, San Petersburgo
El Nacimiento de San Juan Bautista. Jacopo Carucci (Pontormo), 1526, Galería Uffizi, Florencia

Nacimiento de San Juan Bautista. Artemisia Gentileschi, 1633-1635. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado, Madrid


Nacimiento de San Juan Bautista. Domenico Ghirlandaio (1449-1494), Capilla Tornabuoni, Santa María Novella, Florencia, Italia

Escena del nacimiento de San Juan Bautista. Retablo de la iglesia mayor del monasterio de El Paular

Ni caña dócil al viento, ni hombre vestido con lujos. Un profeta, el último. Bueno, esto no lo dijo Jesús, pero se afirma por ahí sin ningún rubor.
Por eso mismo yo creo que sigue habiendo profetas, aunque no se les pueda identificar por la piel de camello ni por alimentarse de miel silvestre.
Dejo este asunto para mejor ocasión. Hoy sólo me interesa resaltar que a Juan lo nacieron como a todo el mundo de un tiempo en que se nos hacía llegar a la vida en casa y rodeados de abuelas y vecinas.

La noche de San Juan



Ya no escribes cosas interesantes, me dice una persona amiga. ¿Y eso? Sí, me parece que has bajado el listón y ya no te lee la gente, me replica.
Me pongo a pensarlo, y acepto que es posible que haya entrado en la “anodinez” (permítaseme este palabro que pretende equivaler a trivialidad, mediocridad, insustancialidad, vulgaridad, sosería, futilidad, insipidez, nimiedad, insignificancia…), y que escribo por escribir pero sin garra. Pero me replico que así es como soy y como pienso; y como pienso, escribo y publico. Y me sigo diciendo que no lo hago para contentar e interesar a nadie, sino únicamente por el placer autocomplaciente de expresarme. Si de paso gusta, bien; y si no, pues también.
No obstante, vuelvo a pensar conmigo mismo y me sugiero que ya que no soy de grandes luces, ¿qué tal si las tomo prestadas? No por entusiasmar a persona ajena, sino por darme el gusto de pasarme esta noche sanjuanera leyendo mientras fumo, en tanto el personal se lo pasa bomba en la playa del Pisuerga esperando a ver si amanece, tarde o pronto, temprano o a su hora.
Así que me digo a mí mismo, miguelangel, toma a un clásico que encaje en el momento, ofrécetelo sin complejos y a vivir… que son dos días. Y dicho y hecho. ¡Qué más clásico que don Lope, el de Vega, autor de El Caballero de Olmedo, el de las más de mil obras escritas, el que en una sola noche hacía pasar de sus musas al teatro lo que le petara!
Y aquí está, con entradilla incluida: LA NOCHE DE SAN JUAN
Esta comedia de Lope de Vega, encargada por el Conde Duque de Olivares, fue escrita en tres días y representada el 24 de junio de 1631, en el Jardín del Conde de Monterrey en la Villa de Madrid, en una fiesta organizada por la Condesa Duquesa de Olivares, Doña Inés de Zúñiga y Velasco para sus Majestades los Reyes de España Felipe IV e Isabel de Borbón.
En la fiesta el autor no perdió ocasión para darse a conocer ante el Rey y así Lope representó al galán Don Juan, personaje que va presentando la trama y las sorpresas que va deparando la obra.
La primera comedia que se representó en dicha fiesta fue la titulada “Quien más miente medra más”, de Francisco de Quevedo y Antonio Hurtado de Mendoza. La segunda comedia, “La noche de San Juan”, escrita por Lope de Vega.



A buen entendedor/a: La gente que me conoce me acepta como soy. Hay también quienes, y deben ser legión, tras haberme conocido dijeron: cruz y raya. Y no han faltado personas que me han estudiado… en plan psicológico, buscando percances y pormenores en la infancia, desviaciones en la adolescencia, malas influencias en la juventud y hasta perversiones en la madurez. Se me ha achacado falta de esta última y, al grito de ¡madura, pibe, madura!, aconsejado que me deje seducir y conducir hacia una cordura convenientemente aceptable.
No se busquen tres pies al gato, ni se acuda a la conjunción de planetas y semovientes para explicar lo que no lo necesita. Tengo una pinta de locura en mis genes, hay también una brizna de genialidad en mi árbol genealógico, existen arrobas de “corrientez” y si algo me hace falta, digamos que solicitaría algún pequeño grano de sensatez.
En esta noche mágica, la noche de San Juan, fervientemente pido me sea concedido que la paz que ahora disfruto sea duradera por lo menos… otros sesenta y cinco años más, si es que aún me queda crédito. En cualquier otro caso, que sea lo que Dios quiera.
Gracias por anticipado.

Juan el bailarín



Esta es la única foto que se conserva, porque de todo el mundo es sabido que los archivos de la DGS no desaparecen, aunque se mantengan ocultos. Siempre puede alguien echarnos en cara nuestro pasado delictivo.
Pero a Juan también se le recuerda por lo que dijo, tal que por ejemplo esto:

Sin embargo el momento más gozoso de su vida fue cuando bailó como un poseso. No hubo entonces nadie que diese fe de aquello, no sólo porque aún no se había inventado el ecógrafo, sino porque su santa madre, Isabel la de Zacarías, se lo tuvo callado. Y María, la otra que también lo vivió, se salió por peteneras con otro baile que ha marcado época. No se pone aquí porque no es su momento.
Aquí sólo está Juan, el auténtico, el de pelo en pecho y voz clara como los cuchillos.
Que no me vengan ahora con eso de que bailar está feo.
Añadido a posteriori: Esto es de José Luis Cortés, "¡Qué bueno que viniste!", PPC, Madrid 1976

Dos versiones para una misma frase:
“Hasta que San Juan baje el dedo”



Cuando suponemos que algo no cambiará, al menos en un muy largo período de tiempo, empleamos en mi tierra, y tal parece que en parte grande del resto, esta frase. Así, por ejemplo, cuando una persona parlanchina toma la palabra, se espera que siga perorando “hasta que San Juan baje el dedo”.
Cuando deseamos que alguien muy reservado rompa a hablar pero no lo conseguimos, entonces usamos una variante: hablará “cuando San Juan baje el dedo”.
En ambas estamos refiriéndonos a un imposible, pues tal dilación en el tiempo supera la duración de la vida de cualquier mortal.
Esto no tendría mayor importancia para mí si no me hubiera encontrado con otras dos variantes que paso a relatar.
Hay dos San Juanes de cierta relevancia y a ambos por igual podría achacárseles el origen de este dicho: San Juan Bautista y San Juan Evangelista.
San Juan Bautista señaló con el dedo a Jesús al tiempo que decía: «Este es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo» (Evangelio de Juan 1, 29).
La imaginería religiosa le ha mostrado con un dedo levantado, apuntando a un cordero, a un rótulo con la frase inscrita Ecce Agnus Dei, al cielo…
San Juan Evangelista, que parece ser estuvo junto a María al pie de la cruz, a veces ha sido representado en un momento antes indicando a la Madre de Jesús con el dedo índice el camino del Calvario.
Avalan esta última explicación unos versos de Francisco Rodríguez Marín (Osuna, 1855-Madrid, 1943), en su obra Cantos populares españoles (2.ª ed., tomo II, página 343), concretamente estas dos coplas:
Mucho quiero a San Francisco
porque tiene cinco llagas,
pero más quiero a aquel santo
que con el dedo señala.
---------
Tienes mucha fantesía
y te tienes e queá
señalando con er deo
como se quedó San Juan.
Y comenta: «Aluden a San Juan Evangelista, a quien los escultores y pintores suelen representar en actitud de mostrar a la Virgen Madre el derrotero de su Hijo».
Personalmente prefiero que el referente sea el Bautista, del cual he visto cuadros y tallas con el dedo apuntando. En tanto que ignoro, no digo que no exista, que el Evangelista sea representado de esa guisa, con el dedo señalando.
Obra de Salzillo. San Juan Evangelista (1756)
Además, a éste último, ya le sobra y le basta con el libro que le ponen en las manos y el águila que le cobija. En tanto que al primer Juan, alias “El Bautizos”, que le pinten o le esculpan una piel de camello por vestido como único adjetivo resulta desconsiderado. Fue más importante por lo que nos indicó que por cómo trajeaba. Y no lo digo yo, como si fuera una ocurrencia mía. Lo dijo Jesús y con palabras que resuenan:
-«¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta: él es de quien está escrito: Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti. Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista, aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él. Desde que apareció Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos pretenden apoderarse de él. Pues todos los profetas y la ley anunciaron esto hasta que vino Juan. Y es que, queráis aceptarlo o no, él es Elías, el que tenía que venir. El que tenga oídos, que oiga». (Evangelio de Mateo 11, 7a-15)
Hoy es San Juan. Festejamos que nació. Sólo de él y de Jesús ¿no es curioso? Veinticuatro de junio, veinticinco de diciembre. Está claro con absoluta claridad: hasta que San Juan baje el dedo señala al que tuvo el detalle de hacer del río Jordán su propio baptisterio.

♫♫♫A cortar el trébole, el trébole, el trébole, a cortar el trébole la noche de San Juan♫♫♫

Mientras escribo esto se está preparando en muchos lugares la hoguera que celebra el paso de un instante, que no sé muy bien qué significa, pero que un gentío enorme disfruta.
Bien digo lo de paso, porque es cambio, salida y entrada, nexo, muda o conversión.
Algunas personas y colectividades se las dan de que celebran la noche más larga del año, y no es verdad. En ciertos sitios se ufanan de sentirse, durante unos instantes, en sintonía y comunión con las fuerzas más primigenias de la abuela naturaleza. Y tampoco es cierto. Esto lo digo por lo que se ve que queda después de los saltos y las borracheras. Y hay también lugares y personas que simplemente queman su vida haciendo como que lo que arde es el mundo entero. Cosa que igualmente ni es exacto ni es verificable. Aunque a primera vista dé toda la apariencia de verosimilitud.
A mi plin.
Uno de los momentos más entusiasmantes que vivo a lo largo del año es la nochebuena. Por ser Navidad, por juntarme con la gente que quiero y me quiere, por las buenas palabras que comunican tan buenos deseos y por sentarme a la mesa comiendo y cantando villancicos. Siempre me ha gustado porque sí y también por los buenos sentimientos que afloran o nacen, que no siempre hay que pensar que son ficticios, artificiales. Pero también porque es el comienzo de los días que empiezan a crecer, y que desde hace ya la tira voy disfrutando uno tras otro, casi cronometrando los instantes que un sol se adelanta sobre el anterior en una progresión misteriosa y mágica que no cambio por ningún otro momento de la jornada.
Por lo mismo, y al contrario, esta noche, la más corta al decir de esos mentirosos que se olvidan del auténtico solsticio de verano que ocurre en el paso del 20 al 21 de junio, me produce cierta tristeza; a partir de ahora el sol se irá antes, la jornada durará lo mismo pero la oscuridad será más persistente y duradera y cuando me levante de la cama tendré que esperar cada vez un poco más al hermano luminoso que alimenta, ilumina y embellece nuestra madre tierra.
Tal vez debiera unirme a quienes esta noche encienden una hoguera para con su fuego alimentar al sol y darle ánimos que le acompañen en el duro invierno, justo ahora que iniciamos el verano. Al menos me sentiría útil, y no triste como me percibo.
Me ocurre ahora de mayor como cuando de pequeño el primer día de vacaciones de verano ya me sentía estafado por la vida, porque lo que tanto había ansiado durante el curso ya empezaba a escurrírseme de las manos. Apenas iniciadas, ya menguaban. ¡Qué poco me duraban!
Una confidencia: Algunas noches, al irme a la cama, me descubro a mí mismo abrazando a Moli y diciéndola por lo bajinis: “Si te mueres, te mato”.
¿Seré como el perro del hortelano?

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