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El valor de la ceniza


¿Quién dice que las cenizas no valen para nada? Mi papá estaba entusiasmado con una parcela que teníamos en una zona del pueblo conocida como “los cenizales”. Debió ser un enterramiento en tiempos muy antiguos y su tierra era mollar y fertilísima. Si la cosecha de aquella pieza era regular, el año era malo; el resto no daría nada. Muchas sementeras, al hacer cálculos, los cenizales salvaron la medida marcada en la panera. De modo que, cuando en primavera, me llevaba para inspeccionar el campo, visita obligada era aquella parte entre la colina donde estaba el cementerio y la curva del Valdeginate antes de enfilar la recta donde se sitúa Castromocho. De cómo estuviera el cereal de aquella tierra dependía volver de buen o mal humor.
Sí, las cenizas tienen valor. Acabo de leerlo en internet. Sirven, entre otras cosas, para analizar la composición de los alimentos. En esto los ingleses parece que llevan la delantera al resto, que vamos poco a poco poniéndonos a su altura.
También lo sé porque veo CSI, donde miran las cenizas, primero con lupa, y luego con unas máquinas en el laboratorio que dicen todo lo que los investigadores quieren saber. Así resuelven todos los casos. Son unos machotes.
A mí la ceniza no me sirve para nada, de modo que suelo llevarla al contenedor (de basura). Y he tirado mucha a lo largo de mi vida. Primero fue limpiando la gloria, que a base de quemar paja te obligaba siquiera una vez a la semana a sacar la ceniza para hacer hueco. Si quería tener calor, no podía descuidarme. Luego fue la bilbaína. Aquí la ceniza era de ovoide. A diario, porque era una cocina nº 0 y tan pequeña que había que meter los carbones de uno en uno. Y cuando crecimos, me tocó limpiar una panzaburra de caldera L 40 que se tragaba cien kilos de una tacada. Varios calderos salían de cenizas porque aquella mala bestia no se conformaba a diario con una sola comilona.
Ahora, todo gas y energía eléctrica, no saco más ceniza que el producto de la combustión de mis cigarros.
Ya he dicho a mi gente que llegará un miércoles de ceniza en que, o la traen ellos, o nos quedamos compuestos y sin nada que ponernos.
Con esta broma, que me han perdonado sin mayor problema, hemos celebrado por triplicado el rito que inaugura la Cuaresma. Y puedo asegurar, y aseguro, que nadie se ha ido triste y meditabundo a pesar de llevarse la ceniza en la cabeza.
¿Será porque consideran que han salido ganando?
En previsión de que la cosa no resultara gratificante, el lunes nos fuimos de excursión al campo. Y nos trajimos estas fotos como recuerdo. Además de patatas, cebollas, ajos y un queso que huele que alimenta. No hay fotos de algunas chapucillas que allí quedaron, y que es de esperar que duren lo suficiente.

Es miércoles de ceniza y tendría que presentar las cuentas



Primero porque es de justicia, y segundo porque es preceptivo. Y hay un tercero, porque así termino y descanso.
Pero aún ni he empezado. Por supuesto están hechas todas las anotaciones; y el libro del año en curso, “casi” completo; sólo falta cerrarlo y ofrecer el balance final.
Hay quien lo cuadra en cuanto suenan los cohetes de nochevieja. Yo, espero a la cuaresma. Que digo yo que si tendré alguna fijación, porque por más que me lo proponga, no lo termino antes.
¡Con lo fácil que es! dirá alguien. Y sí, claro que lo es; si las cuentas están bien hechas, ponerlas final es cosa de coser y cantar. Y ya cantarán si están mal; entonces no cuadrarán ni con cartabón ni con escuadra.
Estas están bien hechas, quien las lleva es persona de toda confianza. Da seguridad.
¿Entonces? Pues entonces es que hay que ofrecérselas a dos bandas, de diferente constitución y disímil apreciación.
A la oficialidad en primer lugar, que exige que los gastos y los ingresos se ordenen según el reglamento. Y el reglamento en cuestión es el plan general de contabilidad. Una cosa muy extraña que sólo parecen entender los agentes contables y sus ayudantes.
Y a mi gente, en segundo lugar. Que entiende las cosas de manera muy normal y no mira si el teléfono es un gasto de funcionamiento o las hostias son compras; igual que el gas, la electricidad y el agua son cosas que se usan y hay que pagar, y no suministros exteriores.
Así que tengo que ofrecer las cuentas de la parroquia según dos versiones. Y que ninguna sea mentira. O sea, que las dos sean verdaderas.
Yo me pondría a ello, a pesar de la pereza, pero no puedo. El “casi” de más arriba se debe a que BBVA se ha retrasado en enviar los justificantes de ingresos y gastos del mes de diciembre. Llega la cuaresma, sí, hoy es ceniza. Siguiendo la costumbre y el ritual impondré una pizca de polvo sobre las cabezas que se me ofrezcan. Por el contrario y a pesar de nuestros usos y costumbres, el balance final de la contabilidad parroquial tendrá que esperar.
En su lugar, en vez de números, valga otra cosa mariposa. Al fin y al cabo, y puesto que esto no es ninguna empresa y nosotros accionistas, lo hecho hecho está y los dividendos nadie los pide, tampoco se esperan.


La víspera de la Cuaresma
[Cuento. Texto completo.]
Anton Chejov
-¡Pawel Vasilevitch! -grita Pelagia Ivanova, despertando a su marido-. Pawel Vasilevitch, ayuda un poco a Stiopa, que está preparando sus lecciones y llora.
Pawel Vasilevitch, bostezando y haciendo la señal de la cruz delante de la boca, contesta bondadosamente:
-Ahora mismo, mi alma.
El gato, que dormía junto a él, levanta a su vez el rabo, arquea la espina dorsal y cierra los ojos. Todo está tranquilo. Se oye cómo detrás del papel que tapiza las paredes los ratones circulan. Pawel Vasilevitch se calza las botas, viste la bata y, medio dormido aún, pasa de la alcoba al comedor. Al verlo entrar, otro gato, que andaba husmeando una galantina de pescado sita al borde de la ventana, da un salto y se oculta detrás del armario.
-¿Quién te manda oler esto? -dice Pawel Vasilevitch al gato, mientras cubre el pescado con un periódico-. Eres un cochino y no un gato.
El comedor comunica directamente con la habitación de los niños.
Delante de una mesa manchada de tinta y arañada, se encuentra Stiopa, colegial de la segunda clase. Tiene los ojos llorosos. Está sentado; las rodillas levantadas a la altura de la barbilla, y se agita como un muñeco chino, fijos los ojos en su libro de problemas.
-¿Qué? ¿Estudias? -le pregunta Pawel Vasilevitch, sentándose junto a la mesa y bostezando siempre-. Sí, niño, sí, nos hemos dormido, nos hemos hartado de blinnis y mañana ayunaremos, haremos penitencia y luego a trabajar. Todo lo bueno se acaba. ¿Por qué tienes los ojos llorosos? Se ve que, después de los blinnis, el estudiar te coge cuesta arriba. Eso es..
-¿Qué es eso? ¿Te estás burlando del niño? -pregunta Pelagia Ivanova desde el aposento vecino-. Ayúdalo, en vez de mofarte de él. Si no, mañana ganará otro cero.
-¿Qué es lo que no comprendes? -añade Pawel Vasilevitch dirigiéndose a Stiopa.
-La división de los quebrados.
-¡Hum! Es extraño. Esto no tiene nada de particular. Coge la regla y léela atentamente. Ella te enseñará lo que has de hacer.
-La cuestión es saber cómo se debe hacer. Enséñaselo tú mismo.
-¿Que te diga cómo? Muy bien; dame tu lápiz. Imagínate que tenemos que dividir siete octavos por dos quintos... ¡Oye; el té! ¿Está listo? Me parece que ya es tiempo de tomarlo... Sigamos la operación. Imaginémonos que no son dos quintos, sino tres quintos. ¿Qué obtendremos?
-Siete por dieciséis -contesta Stiopa.
-Es así; perfectamente; pero el caso es que lo hemos hecho al revés. Ahora para corregir... ¡Me has trastornado la cabeza! Cuando yo frecuentaba el colegio, mi maestro, un polaco, me equivocaba cada vez que le daba la lección. Al empezar por explicar un teorema se ponía encarnado, corría por toda la clase como si lo persiguieran, tosía y acababa por llorar. Nosotros, generosos, hacíamos como si no lo comprendiéramos. ¿Qué tiene usted? ¿Le duelen acaso las muelas? -le preguntábamos-. Nuestra clase se componía de muchachos traviesos, sin duda; mas por nada en el mundo hubiéramos pecado de falta de generosidad. Alumnos como tú no los había; todos eran mocetones; por ejemplo, en la tercera clase había uno que se llamaba Mamajin. ¡Qué tronco, Dios mío!; su estatura era de más de dos metros. Sus puñetazos eran temibles. Al caminar hacía temblar el suelo. Pues esto mismo Mamajin...
Detrás de la puerta resuenan los pasos de Pelagia Ivanova. Pawel Vasilevitch guiña el ojo y dice a Stiopa:
-Tu madre viene. Sigamos... De modo que lo has comprendido bien -dice alzando la voz-. Para hacer esta operación se requiere...
Pelagia Ivanova exclama:
-El té está listo.
Pawel Vasilevitch arroja el libro y van a tomar el té. En el comedor se hallan ya, en torno de la mesa, Pelagia Ivanova, una tía que jamás despegaba los labios, otra tía que es sordomuda, la abuela y la comadrona.
El samovar canta y despide ondas de vapor que suben hasta el techo. De la antesala, las colas al aire, llegan los gatos, soñolientos y melancólicos.
-Bebe más té -dice Pelagia Ivanova a la comadrona-. Endúlzalo más; mañana es vigilia; hártate.
La comadrona toma una cucharadita de dulce, la acerca a sus labios con indecisión, pruébalo y su cara se ilumina.
- Muy bueno es este dulce. ¿Lo han hecho en casa?
-¡Naturalmente! Todo lo confecciono yo misma. Stiopa, hijito mío, ¿no es demasiado flojo tu té?... ¿Te lo has bebido ya?... Te voy a poner otra tacita.
Pawel Vasilevitch, dirigiéndose a Stiopa:
-Aquel Mamajin no podía soportar al maestro de francés. «Yo soy de noble estirpe», alegaba Mamajin. «Yo no he de permitir que un francés sea mi superior; nosotros vencimos a los franceses en 1812.» A Mamajin se le propinaban palizas; pero, en general, cuando él veía que lo iban a castigar, saltaba por la ventana y no se le veía más en cinco o seis días. Su madre acudía al director, suplicando que mandara a alguien en busca de su hijo y que lo reventara a palos. «Por Dios, señora, suplicaba el maestro, si hacen falta cinco auxiliares para sujetarlo.»
-¡Jesús, qué pillete! -murmura Pelagia Ivanova aterrorizada-. ¡Y qué madre más importuna!
Todos callan. Stiopa bosteza y contempla en la tetera la figura de chino que ya vio mil veces. Las dos tías y la comadrona beben el té que vertieron en los platillos. El calor que dan la estufa y el samovar es sofocante. En la fisonomía de todos se revela la pereza de quien tiene el estómago repleto y que, sin embargo, se cree dispuesto a comer todavía. El samovar está vacío; se retiran las tazas; mas la familia continúa en torno de la mesa. Pelagia Ivanova se levanta de cuando en cuando y se encamina a la cocina para entenderse con la cocinera respecto a la cena. Las dos tías permanecen inmóviles y dormitan sin cambiar de postura. La comadrona tiene hipo y a cada momento exclama:
-Se diría que apenas he comido y bebido.
Pawel Vasilevitch y Stiopa, sentados aparte, ojean un periódico ilustrado de 1878.
-«El monumento de Leonardo de Vinci, frente a la galería Víctor Manuel» -lee uno de ellos-. Vaya, parece un arco de triunfo. Un caballero y una señora. En perspectiva, hombrecitos.
-Aquel hombrecito -dice Stiopa- se parece a un colegial.
-Vuelve la hoja. «La trompa de una mosca vista al microscopio.» Valiente trompa. Valiente mosca. ¿Qué aspecto será el de una chinche vista al microscopio? ¡Qué feo es eso!
En el reloj suenan las diez. La cocinera entra y se prosterna a los pies de su amo:
-Perdóname, por Dios, Pawel Vasilevitch -dice ella levantándose en seguida.
-Y tú perdóname también -responde Pawel Vasilevitch con indiferencia.
La cocinera pide perdón en la misma forma a todos los presentes, excepto a la comadrona, que ella no considera digna de tal atención. Así transcurre otra media hora en toda calma.
El periódico ilustrado es relegado encima de un sofá, y Pawel Vasilevitch declama unos versos que aprendió en su niñez. Stiopa lo contempla, escucha sus frases incomprensibles, se frota los ojos y dice:
-Tengo sueño, me voy a acostar.
-¿Acostarte? No es posible. Si no has comido nada...
-No tengo hambre.
-No puede ser -insiste la madre asustada-. Mañana es vigilia...
Pawel Vasilevitch interviene.
-Es imposible...; hay que comer. Mañana comienza la Cuaresma...; es necesario que comas.
-¡Tengo mucho sueño!
-En tal caso, a comer en seguida -añade Pawel Vasilevitch con agitación...-. ¡Pronto! ¡A poner la mesa!
Pelagia Ivanova hace un gran gesto y corre hacia la cocina, como si se hubiese declarado en la misma un incendio.
-¡Pronto! ¡Pronto! Stiopa tiene sueño. ¡Dios mío! Hay que apresurarse.
A los cinco minutos, la mesa está puesta; los gatos vuelven al comedor con los rabos erguidos, y la familia empieza a cenar. Nadie tiene hambre. Los estómagos están repletos. Sin embargo, hay que comer.
FIN

Es miércoles de ceniza



¡Ejem! Ya me he enterado de que por fin ha sido aceptada la ILP contra los desahucios y por la dación en pago que firmé anoche, de prisa y corriendo, porque estuve distraído en otra cosa. Esto lo preparé porque pensaba que iba a ser que no. Ya veo que es que sí. Pues me alegro. Con todo y con eso, mantengo a Cortés en esta entrada. No tengo enmienda.

El patrimonio artístico-religioso de La Arbolada


Según se entra…
El otro día apareció un señor por la parroquia y se me presentó, con documento oficial y todo, como un encargado de Patrimonio Diocesano. Quería hacer un reportaje gráfico de lo que había aquí. Le dije que no me enseñase ningún papel, y que era libre para fotografiar lo que le pareciera. También le indiqué que en la página web parroquial, de cuya dirección ya tenían constancia en las oficinas diocesanas, estaba todo cuanto era menester y que si faltaba algo, con preguntar lo tendría al momento.
Dejó apuntar la url para después, creo que al final se olvidó de ella, y se dispuso a tirar de máquina. Acabó rápido. Me dejó claro que no teníamos nada reseñable, vamos que éramos más pobres que las ratas.
Eso sí, alabó que el templo estuviera abierto y la entrada franca. Menos mal que nos dijo algo interesante, en lo que salimos bien parados en términos relativos; en los absolutos, creo que tampoco.
Olivo, Capilla, invernadero
El caso es que en La Arbolada, además del cuadro de la Purísima del que escribí aquí hace unos días, hay más cosas y me gustaría darlas a conocer, no por su valor sea el que sea, sino porque no se piense que allí no lo tienen en consideración. La verdad es que han mostrado interés en dotar a la pequeña capilla con todo lo que han encontrado a mano.
Para empezar, hay que decir que es lo primero que se ve según se entra: un edificio exento, unido al cuerpo central por un túnel, tipo invernadero, que resulta ser un solarium energético y rejuvenecedor. Al final, como si fuera un “palomarcico”, -Teresa de Jesús dixit-, una construcción de planta cuadrada, al más viejo estilo eremita, resulta ser el lugar de oración y recogimiento.
No hay pared libre de añadidos, y se diría que alguien porfió por meter de todo, en una mezcla que aunque parezca intencionada, sólo resulta un recogedero de restos de naufragios.
La Virgen del Buen Consejo en tríptico, que se abre y se cierra

Crucificado resucitado

Sagrada Familia de alto copete

Sagrada Cena en metal, todo un clásico

Corazón de Jesús. Tal vez de un cuarto de estar o de un recibidor

La sede está suficientemente señalada

Catorce relieves como este circunvalan el interior del recinto. Es el Vía Crucis

San Pancracio. Todo lo consigue

Virgen de estilo románico, pero de antesdeayer
Aún así, según entras no te resulta molesto, más poco acogedor.
Por eso nosotros en lugar de hacerlo ahí, tomaremos la ceniza de este miércoles en este otro lugar, menos sagrado tal vez, más hogareño seguro: es la sala de estar, donde pasan la mayor parte de su tiempo las personas residentes en este centro. Sirve para todo, tanto roto como descosido.
 
Esto es como un tren de los de antes, aunque falte primera y segunda. La tercera es la más diver. ¿Quién se apunta?
¡Pasajeros al tren!

Jueves después de Ceniza



Ya se calmó todo. Cada oveja con su rebaño, los niños y niñas en el cole, como Dios manda; los disfraces al baúl o a la basura; y con la ceniza sobre la cabeza o con la cabeza sin ceniza, porque total para qué, proseguimos avanzando por este marzo soleado y sereno; así ocurre aquí en mi tierra, porque dicen que por otras no.
Hoy ha sido para mí un buen día. Empecé por la mañana, celebrando con los ancianos de La Arbolada un rito entrañable y sosegado; ellos recordando sus tiempos mozos, yo acompañando su presente e intentando darles una palabra de cariño y unos gestos casi rituales pero menos, que enseguida se ponen a rememorar cosas y terminan dándose a la penitencia.
A todo esto he de decir que me he encargado de una residencia de personas ancianas, cuyo pater ya no puede hacerles el servicio porque también él pasó la edad de ejercer. Así que ahora soy yo su capellán asistente.
Lo curioso del caso es que la tal residencia está emplazada en lo que antes, cuando yo iba y venía del Pino a dar mis clases a la gente agraria, era una fábrica de botones, y así era conocida por todos aquellos contornos. Eso sí, sólo trabajo femenino; creo que no hubo moza de mi barrio que no pasara por allí una buena temporada, haciendo botones, por supuesto.
Fui en coche, pero no puedo asegurar que no lo haga en bici, en cuanto le coja la medida al tiempo de llegar, hacer ambiente, cumplir lo estipulado y rematar la faena con saludos, besos y abrazos. Uno no deja de ser lo que es, y genio y figura, hasta la sepultura.
Claro que habrá que tener el cuenta la climatología…
Luego ya en la tarde, y antes de entrar propiamente en la cuaresma, me largué a la piscina a relajarme y a estirar las vértebras lumbares y cervicales, o a encogerlas, que no sé muy bien si es lo uno o lo otro lo que cura.
Y ya, para terminar la jornada, mi gente vino a recoger su alícuota parte de ceniza, a la que también ella tiene su derecho, que para eso ellos son feligreses y yo su párroco.
Total, que me pilló la madrugada recogiendo en mi ordenador lo que me faltaba de cuando se me rompió la máquina. Recuperé los correos, que estaban en gmail; y al bajarlos me aterrorizó su cantidad: en apenas tres años de vida internáutica he recibido o mandado la friolera de 6.432 mensajes. Si esto no es prodigalidad, que baje San Pedro y me diga que no con el dedo.
Hoy, o sea ayer, miércoles, amaneció un buen día, el sol apareció por la raya mientras desayunaba, y cuando me puse a caminar ya estaba sobre el horizonte unos cuantos palmos.
Espero que mañana, o sea hoy, cuando amanezca, haga otro tanto de lo mismo.
Y termino haciendo publicidad. Los de INEA, unos chicos muy majetes, de la esfera jesuita, que por cierto también se dedican a la cosa de la agricultura, -no en vano las siglas corresponden al rimbombante título “Instituto Nevares de Empresarios Agrícolas”, pero en la actualidad está rebautizado como Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica Agrícola- han cedido una parte de sus instalaciones docentes para que en ellas funcione la página web “Rezandovoy”, que acaba de iniciar su andadura, y de la que es posible que haga algún comentario en cuanto me entere bien de lo que ofrece. Ya contaré, ya.

PD. Lo que no cuento también ha ocurrido, pero carece de importancia: lavado de ropa, que el lunes que es mi día de colada no puede; cocina y fregadero; limpieza rápida de casa; "resituado" de mobiliario (en casa Moly y cia. se encargan del desordenado, y en la iglesia, el personal) y pequeñas reparaciones sobre la marcha. En fín, esas cosas…

Miércoles de Ceniza

 
De las cenizas nacen las flores

De las cenizas nacen las flores
con mil colores y variedad;
y del silencio brotan las voces
con el sonido en un cantar.
Miro mis manos y están muy negras
soy egoísta como el que más
quiero lavarlas, quiero ofrecerlas,
para que ayuden a los demás.
¡Fuego!, ¡Fuego!; toda mi vida es un
¡Fuego!, ¡Fuego!; iluminada con
¡Fuego!, ¡Fuego!; para volver a empezar.(Bis)

Todo lo malo que soy y tengo
todo lo quiero hoy olvidar;
todo lo malo hecho en fuego
y de su lumbre la luz saldrá.
Será mi vida como una hoguera
que alumbre a todos cada vez más;
con alegría y con mi entrega,
con mi cariño alumbrará.
¡Fuego!, ¡Fuego!; toda mi vida es un
¡Fuego!, ¡Fuego!; iluminada con
¡Fuego!, ¡Fuego!; para volver a empezar.(Bis)

Cuando se apaguen todas las llamas
sólo cenizas ya quedarán.
Pondré su seña sobre mi frente
para que nunca pueda olvidar.
Que de este fuego brote una vida
que alumbre a todos con claridad.
Cuando quememos todas las cosas
que tantas veces hacemos mal.
¡Fuego!, ¡Fuego!; toda mi vida es un
¡Fuego!, ¡Fuego!; iluminada con
¡Fuego!, ¡Fuego!; para volver a empezar.(Bis)

José Luis Saborido Cursach

Tanto la letra como la música de esta canción están incluidas en "Niños. Catequesis de la Vida". Sal Terrae. Santander 1982

Miércoles de Ceniza


Sí, miércoles de ceniza.

La ceniza, el ramo de olivo y el cartel de Manos Unidas-Campaña contra el Hambre: “Contra el hambre, defiende la tierra”.

Tras el ruido del carnaval, que por aquí no ha pasado de moderado, un rato de sosiego, de introspección y reflexión.

Llegamos cansados del día, ateridos y mojados.

Estuvimos animados y animosos. Celebramos y brindamos.

Salimos, ni señalados ni marcados, convencidos y decididos.

No hubiera estado mal, pero no lo leímos. Por eso lo pongo ahora aquí, porque acabo de descubrirlo allí y me apetece tenerlo cerca para mí y para quien venga.



Ash Wednesday1 de T. S. Eliot2 (1930)


I

Porque no espero retornar jamás
Porque no espero
Porque no espero retornar
Deseoso del don de éste y de la visión de aquél
Ya no me esfuerzo más por esforzarme por cosas semejantes
(¿Por qué debiera desplegar las alas el águila ya vieja?)
¿Por qué debiera lamentarme yo
Por el poder perdido del reino acostumbrado?

Porque no espero conocer jamás
La endeble gloria de la hora positiva,
Porque pienso que no
Porque conozco que no he de conocer
El único real de los poderes transitorios
Porque no he de beber
Allí, donde los árboles florecen, y los manantiales fluyen, pues -de nuevo- no hay nada

Porque yo sé que el tiempo es siempre tiempo
Y que el espacio es siempre sólo espacio
Y que es actual lo actual sólo en un tiempo
Y sólo en un espacio
Me alegra que las cosas sean tal como son y
Renuncio al rostro bienaventurado
Y renuncio a la voz
Porque no he de esperar ya retornar jamás
Me alegro en consecuencia, al tener que construir algo
De qué alegrarme.

Y ruego a Dios se apiade de nosotros
Y le ruego que yo pueda olvidarme
De aquellas cosas que conmigo mismo discuto demasiado
Explico demasiado
Porque no espero retornar jamás
Deja que estas palabras respondan
Por lo que se ha hecho, para no volver a hacerse
Que el juicio no nos sea demasiado gravoso

Porque estas alas ya no son alas para volar
Sino sólo abanicos que baten en el aire
El aire que ahora es terriblemente angosto y seco
Más angosto y más seco que la voluntad
Enséñanos a preocuparnos y no preocuparnos
Enséñanos a quedarnos sentados quietos.

Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte
Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte.


II

Señora, tres leopardos blancos estaban recostados bajo un árbol de enebro
A la fresca del día, tras haberse saciado hasta el hartazgo
De mis piernas mi corazón mi hígado y aquello que había sido el contenido
De la esfera ahuecada de mi cráneo. Y dijo Dios
¿Vivirán estos huesos? ¿Vivirán
Estos huesos? Y aquello que había sido el contenido
De los huesos (que ya se habían secado) dijo con un gorjeo:
Gracias a la bondad de esta Señora,
por su belleza, y porque
honra a la Virgen meditando
brillamos relucientes. Y yo, que estoy aquí disimulado,
ofrezco mis acciones al olvido, y mi amor
a la posteridad del desierto y al fruto de la calabaza.
Esto es lo que rescata
Mis entrañas, los nervios de mis ojos y las partes indigeribles
Que rechazan los leopardos. La señora se retira
Con un vestido blanco, a contemplar, con un vestido blanco.
Que la blancura de los huesos sirva de expiación para el olvido.
No hay vida en ellos. Como estoy olvidado
y he de estar olvidado, así me olvidaría
Al consagrarme, concentrado en un propósito. Y dijo Dios
Su profecía al viento, al viento solamente porque sólo
Sabe escuchar el viento. Y los huesos gorjeaban en un canto,
Acompañados por los saltamontes. Y decían:

Señora del silencio
Calmada y afligida
Desgarrada e intacta
Rosa de la memoria
Rosa de los olvidos
Agotada y nutricia
Preocupada y tranquila
La Rosa singular
Es ahora el Jardín
Donde el amor termina
Da fin a los tormentos
De amor insatisfecho
El tormento mayor
Del amor satisfecho
Final de lo infinito
Viaje a ninguna parte
La conclusión de aquello
Que es inconclusible
Discurso sin palabra y
Palabra sin discurso
Las gracias sean dadas a la Madre
Por el Jardín
Donde el amor termina.

Bajo un árbol de enebro, cantaban esparcidos los huesos relucientes
Estamos satisfechos de estar desperdigados, no hicimos nada bueno los unos por los otros
A la fresca del día, bajo un árbol, con la anuencia de la arena,
En olvido de sí mismos y de los otros, juntos
en el silencio del desierto. Esta es la tierra que
dividiréis por lotes. Y ni la división ni la unidad
importan. Es la tierra. Tenemos nuestra herencia.


III

Al doblar la segunda escalinata por primera vez
Me di vuelta y miré lo que había abajo,
La misma forma serpenteante sobre el pasamanos
Tras los vapores en el aire fétido,
En pugna contra el diablo de las escaleras,
Con su engañoso rostro de esperanza y desesperación.

Al doblar la segunda escalinata por segunda vez
Las dejé serpenteando y enrollándose ahí abajo;
Ya no había más rostros, la escalera estaba oscura,
Húmeda y escarpada, como la boca de algún viejo que babea sin remedio,
O las fauces dentadas de un tiburón ya viejo.

Al doblar la tercera escalinata por primera vez
Había una ventana panzona como el fruto de la higuera
Y detrás del espino florecido y de la escena pastoril
Una figura de anchas espaldas ataviada en verde y en azul
Hechizaba con una flauta antigua el mes de mayo.
Son dulces los cabellos que se agitan, los cabellos castaños que ondean sobre la boca,
Los cabellos violetas y castaños;
La distracción, la música de la flauta, las pausas y los pasos de la mente en la tercera escalinata,
Cada vez más se apagan; una fuerza mayor a la esperanza y a la desesperación
Sube por la tercera escalinata.

Señor, yo no soy digno
Señor, yo no soy digno

pero una palabra Tuya bastará.


IV

Quien caminaba entre el violeta y el violeta
Quien caminaba entre
Las varias gamas de variados verdes,
De azul y blanco, con el color de María,
Mientras hablaba de cosas triviales
Sin saber y sabiendo sobre el dolor eterno
Quien caminaba entre los otros mientras caminaban,
Quien hizo que las fuentes brotaran vigorosas e hizo frescas las aguas de los manantiales

Enfrió la piedra seca e hizo firme la arena
Con el azul de los delfinios, el azul del color de María,
Sovegna vos

He aquí los años que andan entre medio, haciendo a un lado
Los violines y las flautas, reinstaurando
a una que se mueve en el tiempo entre el sueño y el despertar, vestida

Con un manto de luz blanca, envuelto en la cabeza.
Los años nuevos van, reinstaurando
A través de una nube de lágrimas brillante, los años, reinstaurando
Con versos nuevos una rima antigua. Redime
El tiempo. Redime
La visión no leída en el sueño más alto
Mientras los unicornios enjoyados arrastran la carroza fúnebre dorada.

La hermana silenciosa con su velo azul y blanco
Entre los tejos, tras el dios del jardín,
La de la flauta sin aliento, agachó la cabeza e hizo un gesto, pero no dijo nada

Pero brotó la fuente y cantó el pájaro
Redime el tiempo, redime el sueño,
Muestra de la palabra nunca oída, nunca dicha,
Hasta que el viento arranque mil murmullos del tejo

Y después de este destierro.


V

Si se perdiera acaso la palabra perdida, si se gastara acaso la palabra gastada
Si se escuchara acaso y se dijera
La palabra no dicha ni escuchada;
Aún seguiría siendo la palabra no dicha, la Palabra no escuchada,
La Palabra sin palabra, la Palabra dentro
Del mundo y para el mundo;
Brilló la luz en las tinieblas y
Contra la palabra el mundo inquieto seguía dando vueltas
Alrededor de la Palabra silenciosa

Oh pueblo mío, ¿qué te he hecho?

¿Dónde habrá de encontrarse la palabra, dónde
resonará? Aquí no, porque aquí no hay silencio suficiente,
ni en el mar ni en las islas, ni
en el continente, tampoco en el desierto o en las praderas húmedas,
para quienes caminan en lo oscuro
durante el día y durante la noche
el lugar apropiado y el momento justo no son éste
no hay un lugar de gracia para aquellos que rehuyen el rostro
ni tiempo de alegrarse por aquellos que caminan entre el ruido pero niegan la voz

¿Ha de rezar la hermana del velo
por los que andan en lo oscuro, los que Te han elegido y enfrentado,
los que están desgarrados sobre el cuerno entre estación y estación, entre un tiempo y otro, entre
una hora y otra, una palabra y otra, entre un poder y el otro, los que esperan
en medio de lo oscuro? ¿Ha de rezar la hermana
por los niños que esperan en la puerta
que no se irán de allí, y que son incapaces de rezar?
Reza por los que eligen y por los que se oponen

Oh pueblo mío, qué te he hecho.

¿Ha de rezar la hermana entre los árboles de tejo esbeltos
por quienes la ofendieron y ahora tienen miedo
y no pueden rendirse y afirmar ante el mundo y negar entre las rocas
en el último desierto entre las últimas rocas
azules el desierto en el jardín el jardín en el desierto
de la sequía, y escupir de la manzana la semilla seca?

Oh pueblo mío.


VI

Porque no espero retornar jamás
Porque no espero
Porque no espero retornar
A debatirme entre la ganancia y la pérdida
En este breve tránsito donde se cruzan sueños
El crepúsculo por el que cruzan sueños entre el momento de nacer y el de morir
(Padre, bendíceme) aunque no quiero desear estas cosas,
Desde el gran ventanal hasta la costa de granito
Las velas blancas siguen volando rumbo al mar, volando al mar
Velas intactas

Y el corazón perdido se endurece y se alegra
Por la lila perdida y por las voces que el mar perdió
Y el espíritu débil se apura en rebelarse
Por el cetro de oro torcido y el aroma que el mar perdió
Se apura en recobrar el grito de la codorniz y el del chorlito que vuela en círculos
Y el ojo ciego crea las formas en las puertas de marfil
Y renueva el olor el gusto de salitre de la tierra arenosa.

Es el momento de tensión entre morir y el nacimiento
El lugar solitario donde tres sueños cruzan
Entre rocas azules
Pero cuando las voces arrancadas al tejo comiencen a perderse
Que se agite en respuesta el otro tejo

Bendita hermana, santa madre, espíritu del jardín y la fuente,
No permitas que el uno al otro nos burlemos mediante falsedades
Enséñanos a preocuparnos y a no preocuparnos
Enséñanos a quedarnos sentados quietos
Incluso entre estas rocas,
Con nuestra paz entre Su voluntad,
Hermana, madre
Y espíritu del río, espíritu del mar,
No permitas que me aparte

Y llegue a Ti mi clamor.

–––––––––––––––––––––––––

(1)
     El texto traducido al castellano (español) de Ash Wednesday aparece en varias lugares de internet. Pero en su versión íntegra, sólo la he encontrado en ZAIDENWERG, a quien agradezco me permita tomárselo prestado para mostrarlo aquí.
     Sepa, pues, el mundo mundial entero, que Ezequiel Zaidenwerg es su único propietario, y un servidor de ustedes un simple copista, o copión, si les parece.

     Y me callo, que he entrado en Cuaresma.

(2)
     Sobre T. S. Eliot
http://www.edukativos.com/biografias/biografia3172.html
http://es.wikipedia.org/wiki/T._S._Eliot 
http://www.poemas-del-alma.com/blog/biografias/biografia-de-t-s-eliot
http://amediavoz.com/eliot.htm

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