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Inocentes, inocentes, inocentes



Parece que estoy escuchando este grito al tirarme de la cama, en este hermoso día de primavera más que de invierno. Si no fuera por los muchos fuegos que arrasan los hermosos bosques de la cornisa cantábrica, esta sería una estupenda manera de celebrar el día. Ya no hace falta colgarle a nadie un monigote en la espalda para provocar, si no la risa, la sonrisa al menos. Ahora basta decir: ¡empate a 1515!
Por mí seguirían encerrados en aquel polideportivo hasta que empezara 2016, incluso hasta después de reyes. Don Arturo no se lo merece. Ni los demás tampoco. En un domingo, por cierto dedicado a la sagrada familia, en que no había nada noticiable, muchos estuvimos pendientes de su decisión… que resultó salomónica. Ni fumata blanca, ni fumata negra. Humo, simplemente.
Ya digo, si no fuera por esos malditos incendios…

Aunque nos lo tomemos a broma y la inocencia tenga tanto encanto, el relato –inventado o histórico– que sustenta la fiesta de este día es trágico, y habla de tiranos y de gente que sufre sus excesos a lo largo de nuestra más que dolorosa historia. ¡Qué historia, madre mía, tan terrible!
Sarcófago de Blanca Garcés de Navarra, en el que se representa una escena de la matanza de los Inocentes.

SANGRE DE INOCENTES


María - Jesús estaba casi acabado de nacer cuando el rey Herodes -pero no éste de ahora, sino su padre, que era tan canalla como él- mató a tantos paisanos allá por el sur, ¿se acuerdan?(1)

Mateo - Pero ustedes ya estaban en Galilea, ¿verdad, María?
María - Ay, sí, gracias a Dios ya habíamos regresado a Nazaret con el niño. Pero, y con todo, Mateo, ¡te digo que pasamos unos miedos!
Mateo - Y no era para menos. Aquellos últimos años del viejo Herodes fueron los peores. Parece que él se olía ya su final y se volvió más y más cruel. Pero, cuéntanos cómo lo pasaron por allá por tu aldea, María. Anda, cuéntanos…

Recuerdo muy bien a Mateo, el que había sido cobrador de impuestos, escuchando atentamente aquellos relatos que María, la madre de Jesús, nos hizo a todos los del grupo mientras esperábamos, reunidos en Jerusalén, la fiesta de Pentecostés.

María - Tú te acordarás, Mateo, porque el lío comenzó con tus colegas, cuando el bandido de Herodes aumentó los impuestos. Sus recaudadores se regaron por todas partes. Claro, iban bien custodiados por la policía por si acaso. De pueblo en pueblo y de aldea en aldea, llegaban y avisaban la subida. Imagínense, medio siclo de plata por cabeza. ¡Una barbaridad! Ya era demasiado abuso.

Hombre - ¡Medio siclo! ¿De dónde rayos vamos a sacar medio siclo si no tenemos ni para un puñado de dátiles? Maldita sea, pero ¿qué se ha creído este hijo de Satanás, que puede seguir tirando y tirando de la cuerda sin que se rompa?
Mujer - ¡Una hogaza de pan a tres ases, la leche subió a cuatro y el aceite ni se diga! ¡Y encima, a regalarle plata al rey para que adorne su palacio! ¡Mala peste se lo lleve!
Viejo - ¡Pues aquí no pagaremos el impuesto! No, señor. Se acabó y se acabó. Yo no pago ni medio siclo ni medio céntimo.
Hombre - Ni yo tampoco. Y si quiere, que venga y nos degüelle a todos. ¡Para ver morir a mis hijos de hambre un día y otro, mejor acabar de un sablazo!

Dicen que Herodes, cuando se enteró de que la gente protestaba, en vez de aflojar, apretó más.

Herodes - ¿Cómo? ¿Que se quejan por el nuevo impuesto? ¡Ah, qué lástima! Mis súbditos no comprenden lo necesario que es embellecer este Templo donde habita el Dios del cielo y este palacio donde habito yo, el dios de la tierra. En fin, al que no quiera pagar, métanlo preso.
Soldado - Son muchos los rebeldes, majestad. No cabrían en las prisiones.
Herodes - Pues entonces, mátenlos. En la fosa sí cabrán ¿verdad? ¡Sí, sí, así es más rápido y mejor! Tampoco conviene que haya tantos campesinos. Si son muchos, se hace más difícil controlarlos.

¡Cuántos habrán muerto por negarse a pagar el impuesto! ¡Y no sólo en aquel año, que mientras ese desalmado estuvo gobernando, todo fue crimen y atropello! ¡Ay, yo no sé, yo a veces me pregunto cómo Dios permite que esos asesinos vivan tanto tiempo y hagan tanto daño sin que nadie les pida cuenta de toda esa sangre inocente!

Mateo - ¿Y en Nazaret, María, también tuvieron problemas?
María - Bueno, los abusos fueron mayores por el sur. Pero también en Galilea nos sobresaltamos. Y los hombres de la aldea y de los otros rincones de por allá hasta pensaron en salir fuera del país para no vivir con tanta zozobra.

Viejo - Pero, compadre, ¿qué puede esperarse de un hombre que estrangula a los suyos? Pues eso hizo Herodes con dos de sus hijos. ¿Y a la tal Mariana, la que dicen que era su esposa más querida, no la mandó matar también?
José - Pues si a los que quiere los mata, ¿qué nos queda a nosotros?
Vecino - Huir, José, eso es lo que nos queda. Huir, irnos lejos, largarnos de una vez de este desgraciado país.
José - Pero, ¿cómo dices eso, Rubén? ¿A dónde diablos vamos a irnos nosotros que ni un carretón tenemos para cargar los trastos?
Vecino - A donde sea. A la montaña. O a las ciudades griegas. O a Egipto, si hace falta.(2) Y olvídate del carretón, compañero. Cuando hay que correr, hasta las sandalias sobran.
José - ¿Y abandonar uno su casa y dejar sus sembrados?
Vecino - ¿Y qué quieres tú, José? Lo primero es el pellejo y nuestros hijos que están en peligro. Piensa en tu muchachito. Piensa en María, tu mujer. ¿Eh, viejo, tengo o no tengo razón?
Viejo - Bueno, muchacho, puede que tengas razón y puede que haya que ponerse en camino. Pero, ¡qué fácil lo pintas tú! Se ve que tú no has estado por ahí, rodando por el mundo. Yo sí, yo pasé unos años del otro lado del río. ¡Y allá no vuelvo ni para recoger el alma que se me hubiera quedado!
José - Pues por ahí, por Perea, más allá del Jordán, ¿no anda el compadre Neftalí y su familia?
Viejo - Sí. ¡Y mira cómo le va! El otro día con la caravana de los moabitas supe que las están pasando negras. Y tiene que ser. Se imaginan lo que es llegar a otro pueblo, sin vecinos, sin amigos, sin entender un cuerno de lo que hablan los demás porque tienen otra lengua y otras costumbres, y hasta otra comida, caramba, que uno ya está hecho a comer su guiso y a beber su vino aunque le salga agriado. Y luego, vete a mendigar trabajo y no te lo dan porque si no hay sitio para los de dentro, ¿qué va a haber para los que vienen de fuera? Y así un día y otro, y ves a los hijos que no encuentran su acotejo porque los demás niños los miran como apestados y les dicen cosas, y la mujer que no te sale de casa porque no aprende a hablar y no sabe desenvolverse ni en el mercado, y uno se siente como que está de más, como entrometido. Y te va entrando una tristeza… ¡Maldita sea, ésta es una soledad muy sola la de sentirse así, tan lejos de todo lo de uno!
Vecino - Bueno, viejo, pero tampoco uno por irse se tiene que dejar morir. Mire a Moisés, que también estuvo en el exilio y luego regresó. Así que el que se va, se lleva la esperanza de volver.
José - Pues yo no quiero criar a mi hijo en tierra extraña. Yo no me voy.
Vecino - Los hijos, siempre los hijos. Por ellos nos vamos y por ellos nos quedamos. ¿Y sabes lo que yo pienso, José? Que estos tiempos no están para andar preñando mujeres. Sí, sí, te lo digo en serio. ¿Saben lo que me contó un camellero de Belén? Que en algunas aldeas del sur las mujeres están tomando no sé qué brebaje para no parir.
Viejo - ¿Y eso por qué, muchacho?
Vecino - Dicen que no quieren tener hijos. Que para qué pasar tanto trabajo para tenerlos y criarlos y luego que venga un guardia y le dé una cuchillada. Es dolor sobre dolor. Así que, mientras ese sanguinario de Herodes esté en el trono, ellas no darán a luz. Y hacen bien, caramba.
Viejo - Pues no, yo creo que no hacen nada de bien. Al revés. ¿No comprendes que eso es lo que quieren ellos? Que seamos pocos para tenernos bien ajustado el yugo. Si no engendramos hijos, ¿qué esperanza tenemos de sacudirnos un día la barra que nos han puesto sobre la nuca?
José - La esperanza está en el Mesías, así dice el rabino. Pero, al paso que vamos, si no se apura un poco…
Viejo - No, hijo, no. El Mesías no se apurará si nosotros mismos no nos damos prisa. La libertad no viene, hay que ir a buscarla. Mírate las manos. ¿No lo ves? Ahí está el Mesías. Cierra el puño. Ahí está la fuerza del Mesías. Nuestra fuerza son nuestros brazos. Nuestro único ejército son nuestros hijos y nuestras hijas. Por eso ellos los matan, porque tienen miedo a que todas esas manos se junten y todos los puños se aprieten, y entre todos zarandeemos el trono donde está sentado el tirano. Tienen miedo y por eso matan. Herodes mata. El emperador de Roma también mata. Todos, todos ellos se creen muy fuertes porque matan, pero en el fondo tiemblan porque saben que, tarde o temprano, el pueblo los echará abajo. Acuérdense, acuérdense de lo que pasó en Egipto hace mil años. Cuando nuestros abuelos bajaron a aquella tierra, allá por los tiempos del viejo Jacob, eran muy pocos, un grupito de nada. Pero, a fuerza de trabajar los hombres y de parir las mujeres, fueron creciendo y llenando el país. Entonces comenzaron los líos con el faraón, que era el mandamás de aquel lugar.

Faraón - ¡Maldición! ¿Qué diablos pasa con los hebreos que se multiplican como chinches?
Criado - Ya usted sabe, excelencia, que los pobres, como no tienen otra cosa en qué entretenerse, se acuestan temprano… ¡y claro, pasa lo que pasa!
Faraón - No le encuentro la gracia.
Criado - ¿Por qué no, excelencia? Mientras más sean, mejor. ¡Así usted tendrá más esclavos para trabajar!
Faraón - Y también más bocas para protestar.
Criado - ¡Tendrá más brazos para levantar pirámides!
Faraón - ¡Lo que tendré serán más brazos para hacerme la guerra, imbécil! ¡Hay que aplastarlos!

Viejo - Y eso hicieron los capataces de Egipto con nuestros abuelos. Les amargaron la vida obligándoles a fabricar ladrillos, les hicieron doblar el lomo como animales. Pero nuestras abuelas seguían pariendo hijos como si nada.

Faraón - ¡Maldición! Aumentan, siguen aumentando, crecen como el pan, los veo por todas partes.
Criado - Hablando de pan, excelencia, los esclavos dicen que no pueden trabajar, que tienen mucha hambre.
Faraón - ¡Lo que tienen es mucha haraganería! Óyeme bien: si alguno protesta, ¡látigo con él!

Viejo - Y con los trabajos forzados comenzaron las amenazas, los malos tratos, la cárcel y… los crímenes. La situación se puso muy dura, cada vez peor. Como ahora, más o menos. Como siempre que a un gobernante se le suben los humos y se cree que es dios en la tierra. Pero el pueblo, como un río desbordado, seguía creciendo y llenando el país.

Faraón - ¡Maldición! Estas hebreas paren como conejas. Hay que cortar por lo sano. ¡Llama inmediatamente a las comadronas!
Comadrona - A la orden, faraón.
Faraón - Óiganme bien, comadronas. Cuando asistan a las mujeres hebreas, si es un varón el que saca la cabeza… ¿Entendido? A las hembras, déjenlas con vida. ¡Dentro de unos años les servirán de diversión a mis soldados! ¡Ja, ja!

Viejo - Pero aquellas comadronas tenían buen corazón y dejaban con vida a las niñas y también a los niños…

Faraón - ¡Maldición de maldiciones! ¿Es que no hay respeto a la palabra del faraón? ¿Por qué no han cumplido mis órdenes?
Comadrona - Lo que pasa, señor faraón, es que las hebreas son mujeres fuertes. Vaya, que no son tan delicadas como las egipcias, ¿usted comprende? Y antes de que lleguemos nosotras a partearlas, ya ellas han dado a luz y hasta le han cortado el ombligo.
Faraón - ¡Y yo les voy a cortar a ustedes dos la cabeza por embusteras! ¿Qué quieren? ¿Burlarse de mí? ¡Pues ahora van a saber quién soy yo! ¡Aquí, todos mis soldados, aquí! ¡Doy orden de matanza contra todos los niños hebreos menores de dos años! Ahóguenlos en el río, pásenlos a cuchillo, lo que les sea más fácil, ¡pero que no quede ni uno!
Comadrona - Pero, faraón, esos niños son inocentes.
Faraón - ¿Inocentes? Ahora son inocentes, pero dentro de muy poco comenzarán a alborotar y se unirán con los otros esclavos y se harán fuertes, ¡y nadie podrá contra ellos! Ahora estamos a tiempo. ¡Mátenlos a todos!

Viejo - Y los guardias del faraón de Egipto cumplieron aquella orden tan terrible y derramaron la sangre de muchísimos de nuestros niños. Dicen que hasta en el cielo se oyeron los llantos de aquellas madres. Eran como los gritos de Raquel cuando lloraba por sus hijos sin querer ningún consuelo porque ya estaban muertos.
Vecino - ¿Y entonces, viejo?
Viejo - Bueno, el faraón pensó que ya todo estaba resuelto, que se había salido con la suya. ¡Qué tonto! No sabía que en su propia casa estaba criando al que luego le iba a dar el bastonazo, a Moisés, el que le echó encima las diez plagas y levantó a todo el pueblo con él.
Vecino - En aquellos tiempos fue Moisés…
Viejo - Y hoy puede ser cualquiera de nuestros muchachos. Mira a Benjamín, el hijo de Rebeca. Mira a Tino, el hijo de Ana. Mira a Jesús, el hijo de María. Nuestros niños nacen. Hay esperanza. Ellos continuarán el camino que nosotros abrimos. Moisés no llegó a pisar la tierra prometida. Pero los que vinieron detrás, sí. El exilio dura cuarenta años, pero no más…

María - Aquella noche, cuando José volvió a casa, estaba muy preocupado. Me contó del compadre Neftalí, que se había ido. De Ismael y su mujer, que también se iban. Me habló de muchos vecinos de la aldea que ya tenían dentro la comezón de escapar, de irse lejos. Eran tiempos malos aquellos, la verdad. Te digo, Mateo, que aquel viejo de Nazaret tenía razón. Lo que estábamos viviendo se parecía mucho a lo que habían vivido nuestros abuelos allá en Egipto.

Mateo, el que había sido publicano, no perdía una sola de las palabras de María, y las iba guardando cuidadosamente en su memoria.(3) Unos años más tarde, cuando cogió la pluma para escribir su evangelio, tomó prestadas aquellas historias antiguas de nuestro pueblo, y habló de Jesús como del nuevo Moisés, el hijo que Dios había llamado de Egipto para liberar a sus hermanos.



Mateo 2,13-18


1. Cuando Jesús nació, aunque la influencia romana se dejaba sentir cada vez con más fuerza en Palestina, aún gobernaba en el país el rey Herodes el Grande. Su reinado duró 40 años y durante él las clases ricas de Jerusalén y su propia corte vivieron en un ambiente de lujos y derroche hasta entonces desconocidos en el país. Los impuestos daban anualmente a Herodes la suma de mil talentos, unos 10 millones de denarios. Herodes fue un gran constructor. Su obra más importante fue la reconstrucción del Templo de Jerusalén, llamado «el segundo Templo», pues el primero, construido por Salomón, fue arrasado por los babilonios al invadir el país, 587 años antes de Jesús. Otra de sus construcciones deslumbrantes fue la ciudad-puerto de Cesarea. La escandalosa vida privada de Herodes, los enormes impuestos con que cargó al pueblo, su crueldad y falta de escrúpulos, hicieron de él un rey temido y odiado por sus súbditos. A su muerte, con la división del reino en cuatro partes -una de ellas, Galilea, para Herodes Antipas, el que aparece en los evangelios-, se consumó la anexión definitiva de Palestina al imperio romano.

2. Los tiempos de Herodes el Grande fueron tiempos de gran enriquecimiento para los poderosos y de dolor para los pobres en toda la zona de Galilea, la patria de Jesús. El ambiente era de represión, angustia, pobreza e incertidumbres y muchos israelitas contemporáneos de José y María se iban hacia Egipto y hacia otros lugares. «Huían» de la miseria y de la persecución. Entre Israel y Egipto hubo desde los siglos anteriores a Jesús unas relaciones muy estrechas. Las ciudades egipcias de Elefantina y Alejandría eran sede de colonias de emigrantes judíos de gran importancia. La «diáspora» -judíos en el exilio- se calcula en más de cuatro millones de personas, frente al escaso medio millón que vivía dentro del territorio de Israel. Esta emigración, tan abundante, se nutría de israelitas acosados por la necesidad provocada por las periódicas hambrunas que padecía el país o por la explotación a la que se sometía a campesinos y artesanos. También emigraban grandes negociantes, que querían estar situados en las ciudades mediterráneas que eran en aquel tiempo los más importantes centros comerciales.

3. Cuando Mateo escribió el evangelio, al contar los primeros años de la vida de Jesús, hizo responsable a Herodes el Grande, un rey que tuvo reputación de criminal entre sus súbditos, de la matanza de los inocentes, ligando este hecho a la llegada de unos magos orientales a Jerusalén y a la huida a Egipto de José, María y el niño. Estos tres relatos -el de los reyes magos, el de la matanza de los inocentes y el de la huida a Egipto- no son hechos históricos, son esquemas catequéticos. Lo que es histórico es la crueldad de Herodes y el hecho de que en aquella época había en Egipto ciudades con importantes colonias de emigrantes y exiliados judíos.

Con las historias de la matanza de los inocentes y de la huida a Egipto, Mateo quiso vincular a Jesús con Moisés, el gran liberador del pueblo. Cuando nació Moisés, el Faraón decretó la muerte de todos los niños israelitas varones (Éxodo 1, 15-22). Ya mayor, Moisés tuvo que huir al sur de Egipto para desde allí volver a liberar a sus hermanos (Éxodo 2, 11-15). Mateo incluyó hechos similares en la vida de Jesús para presentarlo como «el nuevo Moisés».

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 1107-1115]

Jesusín el de José


Estatua de San José por los hermanos Duthoit (siglo XIX).  Catedral de Notre Dame de Amiens


En mi pueblo, que siempre hemos sido muy machistas, nos nombraban de esa manera, aludiendo a nuestro padre. En otros lugares apelan a la madre, quién sabe por qué, tal vez porque hay padres que desaparecieron. Yo fui “Vidalín”, y a Jesús es posible que le dijeran “Pepín”. Total son costumbres mediterráneas.
El caso es que José, en Nazaret, además del marido de María, sería también el padre de Jesús. Porque, reconozcámoslo, de otro modo no hubiera sido tan famoso.
Hay padres que muestran orgullosos a sus hijos, y hay hijos que viven de la renta de sus padres. Hay padres que se proyectan en sus vástagos, y hay hijos que no hay manera de saber de dónde salieron, son irreconocibles.
Algo tuvo que tener José para que Jesús saliera como salió. Por eso no consigo encontrar una imagen o estampa que refleje al José que me imagino. Con él, el imaginario colectivo no ha logrado encontrar el punto. Claro, con un padre putativo, no merece la pena gastarse demasiado.
Sin embargo, hay un relato, literario por supuesto, que se aproxima, aunque se distancie de la tradición y piedad populares.
Más o menos dice así:

UN HOMBRE JUSTO


Eran las vísperas de Pentecostés. Jerusalén rebosaba de peregrinos, compatriotas y extranjeros, venidos de las cuatro puntas del imperio romano, para celebrar la fiesta de las primicias. En aquellos calurosos días del verano, allá en la planta alta de la casa de Marcos, donde tantas cosas habíamos vivido juntos, María, la madre de Jesús, nos contó algo de los años revueltos y difíciles que vivió nuestro país a la muerte del rey Herodes.

María - Yo digo que salimos de mal para peor. Porque cuando murió el viejo Herodes, sus hijos, que eran tan sinvergüenzas como él, se picotearon el reino en tres pedazos. Cada uno agarró su tajada y le dejaron el campo más libre a los romanos. Fueron años muy malos aquellos. Más impuestos, más protestas de la gente y más crueldades de los gobernantes…

Vecino - ¡Como lo están oyendo, paisanos! ¡Dos mil cruces y dos mil crucificados! ¡Algo espantoso!
Vieja - ¡Que el cielo nos ampare!
Vecino - ¡Todos los buitres del país se han juntado en Jerusalén! ¡La ciudad huele a muerto!

María - Cada día, con las caravanas, llegaban noticias tristes a nuestra aldea. Fue por entonces cuando un tal Judas,(1) que tenía sangre de los Macabeos en las venas, hizo un robo de armas en Séforis, que en aquel tiempo era la ciudad más importante de nuestra provincia. ¡Ay, madre mía, qué angustia pasamos cuando aquello!

Hombre - ¡Abajo Roma, fuera los invasores!
Mujer - ¡Herodes vendepatria!
Muchacho - ¡Israel para los israelitas!

María - La venganza del ejército romano fue terrible. ¡Con decirles que mandaron tropas de la capital! Le pegaron candela a muchas casas. Yo creo que metieron presa a media ciudad. Desde Nazaret, que sólo queda a un par de millas de Séforis, veíamos la humareda y oíamos los gritos de los vecinos que salían huyendo. Desde entonces, Galilea se volvió un campo de batalla. Vivíamos con el corazón en la boca. Uno salía de la aldea y veía un muerto aquí y un crucificado allá. Los policías de Herodes y los soldados romanos se nos metían en las casas, nos amenazaban, veían un grupo y a palo limpio.(2) Todo el que protestaba, al cuartel. Y, claro, lo que pasa siempre, mientras más aplastaban al pueblo, más fuerte se hacía la resistencia. Que yo recuerde, ahí fue cuando comenzó el movimiento de los zelotes.(3)

Hombre - ¿Quieres unirte a nosotros, muchacho?
Muchacho - Sí. Voy con ustedes. ¿Qué tengo que llevar?
Hombre - Nada. ¡Solamente afilar el cuchillo y jurar venganza contra los que pisotean a nuestra patria!

María - Jesús tendría como unos dieciocho años cuando un grupo de zelotes secuestró en Séforis a un capitán romano. Como rescate pedían a varios prisioneros. Pero la cosa salió mal. Bueno, yo no me acuerdo mucho cómo fue el lío, pero aquella noche, en Nazaret, no se oyeron ni los gatos. Todos los vecinos le echamos la tranca a la puerta y nos acostamos muy temprano. Ya estábamos dormidos cuando oímos unas voces.

Fugitivo - Hermano… hermano…
María - ¡José! ¿No estás oyendo? Alguien está ahí en la puerta… ¡José!
Fugitivo - ¡Hermanos, déjanos entrar! ¡Ábrenos!
José - ¿Qué pasa? ¿Quiénes son ustedes?
Fugitivo - Venimos huyendo de Séforis. Los soldados andan detrás de nosotros.
Compañero - ¡Han matado a muchos compañeros del movimiento! ¡Si nos agarran, nos colgarán de una cruz!
Jesús - ¿Qué pasa, mamá?
María - ¡Psst! Calla, Jesús, espera.
José - ¿Qué… qué quieren de nosotros?
Fugitivo - ¡Déjanos pasar la noche en tu casa, compañero. ¡Escóndenos!
María - Ay, José, por Dios, tengo miedo. Es muy peligroso.
José - Ya sé que es peligroso, mujer. Es un riesgo grande, pero hay que correrlo. Al fin y al cabo, son hermanos nuestros, ¿no?
María - No sabemos ni quiénes son.
José - No importa. Nos necesitan. Tú, Jesús, ¿qué dices tú?
Jesús - Sí, papá, ábreles. ¡Si uno estuviera en el pellejo de ellos!

María - Y José les abrió la puerta de nuestra casa.(4)

Fugitivo - Gracias, compañero, gracias. ¡Uff! Hemos llamado a varias puertas en la aldea, pero nadie quiso abrirnos.
José - A esta hora todos estarán durmiendo.
Fugitivo - Sí, la gente siempre está durmiendo cuando más falta hace.
José - Ea, tírense ahí en el fondo y échense estos trapos encima. María, dales algún pan y… No hay mucho, ¿saben?

María - Yo no pude pegar ojo. Todos los ruidos, hasta los grillos me espantaban. Cerca de la medianoche, sentimos los caballos romanos que cruzaron la aldea sin detenerse. Iban buscando a los fugitivos por el camino de Caná. Antes de cantar los gallos, los dos hombres se levantaron y, a tientas, se acercaron a José.

Fugitivo - Hermano, ya nos vamos.
José - ¿Necesitan algo para el camino?
Fugitivo - Deséanos buena suerte, sólo eso.
Compañero - Nos has salvado la vida, compañero, Gracias. ¡Adiós!
José - ¡Adiós! ¡Y que el Señor les acompañe!

María - Abrieron la puerta y se fueron corriendo.

José - Ya ves, María, no hay que achicarse ante los problemas.
Jesús - Eso es lo que quieren ellos, mamá, tenernos divididos a fuerza de miedo.
María - Sí, sí, ustedes digan lo que quieran, pero yo tenía
un susto más grande que Daniel en el foso de los leones.
José - Bueno, mujer, tranquilízate. Ya todo pasó.

María - Sí, pensamos que todo había pasado. Pero a la semana siguiente, una mañana, mientras José y Jesús estaban trabajando en el campo…

Soldado - ¡Eh, tú, ven acá!
María - ¿Yo? ¿Qué… qué quieren ustedes?
Soldado - Que vengas te digo.

María - Dos soldados romanos, a caballo, se detuvieron frente a nuestra choza. Yo estaba amasando la harina para el pan.

Soldado - ¿Cómo se llama tu marido?
María - José.
Soldado - A ese mismo es al que andamos buscando. ¿Dónde está, habla?
María - El no ha hecho nada malo. ¿Por qué?
Soldado - ¡Que dónde está te digo!
María - No lo sé… no lo sé.
Soldado - ¿No lo sabes, verdad? ¡Ahora vas a saberlo!

María - Los soldados se desmontaron de los caballos y se me acercaron con una sonrisa burlona y el látigo de cuero entre las manos. Yo temblaba y tuve que apoyarme contra el muro.

Soldado - ¿Dónde está la basura de tu marido, eh?
María - Se fue. Y no viene hasta la noche.
Soldado - ¡Ja! ¿Oyes, Néstor? No vuelve hasta la noche. ¡Ja, ja, ja! Ven, Néstor, ven que estas campesinas apestan un poco porque no se bañan, pero, no creas, están buenas… ¡Ja, ja!
María - Suélteme, suélteme…
Soldado - ¿Dónde está tu marido, muchachita?
María - No lo sé. De veras, no lo sé. ¡Suélteme!
Soldado - ¡Aprovecha, Néstor, que estas oportunidades no se dan todos los días!
María - Suélteme… suélteme…

María -¡Dios santo, si José no hubiera llegado en ese momento, no sé que habría sido de mí!

José - ¡Hijo de perra, suelta a esa mujer! ¡Que la sueltes te digo!
Soldado - ¿Eh? Y éste, ¿de dónde sale?
José - ¡Fuera de mi casa! ¡Fuera de mi casa he dicho!
Soldado - ¿Así que no venía hasta la noche? Tú eres el que le dicen José, ¿no es eso?
José - Sí. ¿Qué pasa conmigo?
Soldado - Que te andamos buscando, amiguito.
José - Pues ya me encontraron. ¿Qué quieren?
Soldado - ¿Con que escondiendo a rebeldes en esta asquerosa ratonera, ¿verdad? Sí, sí, no pongas esa cara… Aquí todo se sabe. Y tú escondiste a dos de los que salieron huyendo de Séforis cuando lo del secuestro. Pero de Roma no se burla nadie, ¿entiendes?
María - ¡Ay, no, no le peguen! ¡El no hizo nada!

María - Agarraron a José y lo empujaron. El soldado más fuerte lo pateó como un salvaje en la cara, en la espalda, entre las piernas. El otro me cortaba el paso a mí, que gritaba como una loca. ¡Ay, Dios mío, y no poder hacer nada! En ese momento llegó Jesús del trabajo. Cuando vio lo que estaba pasando, dejó las herramientas y se lanzó contra el soldado que estaba aporreando a José. Pero de un puñetazo en plena cara me lo tiraron al suelo.

Soldado - Maldita sea con estos campesinos, ¿cuándo van a aprender a respetar a las autoridades? Déjalo ya, Néstor, ya está bien madurito. ¡Ea, vámonos ya!
María - José, José… ¡Ay, Dios mío! Jesús, corre, avisa a Susana, que venga pronto. ¡Ay, Dios mío!

María - Mi comadre Susana y Nuna y todas las vecinas de Nazaret vinieron enseguida con bálsamos y cataplasmas.

María - ¿Cómo te sientes, José, dime?
José - ¡Ay! Peor que Adán. ¡Ay! ¡A Adán le partieron una costilla y a mí una docena, ay!
Susana - ¡Dale gracias a Dios que salvaste el pellejo!
María - Yo se lo dije, Susana, que era muy peligroso esconder a esos tipos. Los romanos no perdonan.
Susana - Bueno, bueno, ahora a descansar. Y le das algo caliente dentro de un rato, María. Y que no se mueva, ¿eh?

María - Desde aquel día José ya no se sintió bien. Se levantaba, seguía trabajando, pero por las noches se derrumbaba en la estera como si no pudiera ni con su alma.

María - José, así no puedes seguir. ¿No quieres que le avise al médico de Caná, que venga a verte?
José - ¿Y con qué le pagamos, mujer, si no tenemos ni para las lentejas? No te preocupes. De veras, ya no me duele tanto.

María - Pero los días pasaban y José no se ponía mejor.

María - Jesús, hijo, tu padre está malo. Estoy muy angustiada. El dice que son las fiebres…
Jesús - Fueron los golpes, mamá. ¡A papá lo reventaron esos soldados! ¡Pero ya la pagarán, te juro que la pagarán!
María - Busca al médico, hijo. Mira, llévate las dracmas de la boda… Otra cosa no tengo. Véndelas y con eso le pagas. Ve pronto, anda.

María - El médico vino, pero José no se alivió. Y los días siguieron corriendo uno sobre otro.

María - ¿Te sientes mejor, José?
José - Sí, hoy me siento bastante bien. Por lo menos, no tengo ese dolor aquí en los riñones. ¡Y hasta tengo ganar de comer! ¡De comer y de pelear, caramba!
Jesús - Pues yo estoy preparado, papá. Cuando te levantes, ya iremos…
José - ¿Iremos a dónde, Jesús?
Jesús - A vengarnos de lo que te hicieron. Quico y yo averiguamos dónde están esos dos soldados.
José - Pero, ¿qué estás diciendo, muchacho?
María - ¡Jesús, te lo suplico, deja eso, no te metas en ningún lío! ¡Ay, Dios santo!
Jesús - ¿Anjá? ¿Y nos vamos a quedar así? Vienen y te patean en tu propia casa, insultan a tu madre, matan a golpes a tu padre, ¿y se va a quedar uno con los brazos cruzados? La ley dice «ojo por ojo y diente por diente». ¿O no?

María - José, acostado en la estera, sobre el suelo de tierra de la choza, miró a Jesús con sus ojos negros y ojerosos…

José - Escúchame, hijo: la ley dice eso, sí. Pero desde que Moisés escribió esa ley, ¿tú crees que ha habido menos ojos saltados y menos dientes rotos? No, al contrario. Porque el fuego se apaga con arena y no con más fuego.
Jesús - Pero, papá, entonces…
José - Hay que buscar otro camino, hijo. Y, para eso, lo primero es sacarte la violencia del pecho. No guardes odio, Jesús. El que odia, se hace esclavo de su propio odio. Y yo te quiero ver libre, muchacho. Sí, lucha, pelea, defiende a los tuyos, saca la cara por todos los que lo necesitan, pero no tomes venganza. Y déjalos a ellos, que los violentos acabarán todos como el alacrán, que se clava su propio veneno.
Susana - Bueno, lo que hay que dejar ahora son esas conversaciones medio sombrías, que este nazareno ya está bueno y sano. Vamos, María, vete lavando la ropa, que el marido tuyo se levanta mañana o pasado.

María - Pero no, no se levanto más. Fue un sábado, a media mañana, con un sol brillante sobre la aldea, cuando murió. Jesús y yo, y todos los vecinos de Nazaret estábamos a su lado. Y lo lloramos como se llora a los hombres justos. No, no me pidan que les cuente más porque me pongo muy triste. Yo lo quería tanto… Cuando murió pensé que se me acababa el mundo. Jesús también lloró mucho aquel día. Creo que José le enseñó a él cosas importantes: le enseñó a trabajar la tierra, a levantar los ladrillos… Le enseñó, sobre todo, a luchar. A luchar y a perdonar.(5)




1. Judas el Galileo fue el fundador del movimiento zelote. En los años del nacimiento de Jesús, este revolucionario organizó la oposición al censo ordenado por Roma. Después, durante la juventud de Jesús protagonizó un gran levantamiento contra el poder romano. Conquistó la ciudad de Séforis, a pocos kilómetros de Nazaret, que era entonces la capital de Galilea y el principal centro comercial de telas del país. Allí se hizo fuerte con un importante grupo de guerrilleros. Quintilio Varo, legado romano en Siria, aplastó a sangre y fuego aquella revuelta. Séforis fue reducida a cenizas y cientos de zelotes fueron crucificados en la ciudad. Para el movimiento revolucionario, el golpe fue duro y tardaron algunos años en reorganizarse. A pesar de la continua represión contra los zelotes, hasta el año 70 después de Jesús el movimiento no fue definitivamente liquidado por los romanos, pues era muy importante el apoyo que le daban los campesinos galileos y las clases más pobres de la sociedad de Israel. Herodes Antipas reconstruyó Séforis. Los dos hijos de Judas el Galileo fueron crucificados por los romanos.

2. Las tropas romanas, junto a las del rey Herodes, mantenían el orden y la «paz» en los revueltos campos de Galilea. Lo hacían con la soberbia propia de los ejércitos ocupantes, que se sienten dueños de la vida de la población sometida. Con esta prepotencia, eran frecuentes las violaciones, los apaleamientos y el saqueo de los bienes de los campesinos.

3. La muerte de Herodes el Grande, tras un reinado tiránico de 40 años, supuso un momento especialmente crítico en Palestina, prácticamente dominada ya por el imperio romano. Por estos años, surgieron en Galilea una serie de movimientos insurreccionales armados que tuvieron un gran arraigo entre el pueblo y que fueron la base de la que se formaron los grupos zelotes. El zelotismo tuvo origen campesino. Galilea, más al margen de la burocracia, el orden y la ley que imperaban en Jerusalén, había sido foco tradicional de todos los movimientos antiromanos y mesiánicos. Tenía que serlo del movimiento zelote, que Jesús vio nacer y desarrollarse y cuyos ideales conoció perfectamente. Tanto, que cuando al comenzar su actividad profética anunciaba «¡El reino de Dios está cerca!», coincidía con la proclama de esperanza que los zelotes habían hecho popular por toda Galilea como bandera contra los ocupantes romanos.

4. En Israel, como en la mayoría de los países orientales, la hospitalidad es una de las virtudes más arraigadas en el pueblo. Era una grave falta tanto negarla al que la pedía como  rechazarla al que la brindaba. La hospitalidad incluía abrir la puerta, el saludo, el servicio, la protección y la compañía al huésped que era acogido en la casa. Todo esto se hacía sin que lo mandara expresamente la ley y sin que se esperara a cambio alguna recompensa. La hospitalidad debía abarcar a toda persona, sin hacer excepciones con extranjeros o desconocidos.

5. De José, el esposo de María, los evangelios sólo dan algunos datos: era de la familia de David, era artesano de oficio, acogió a María como esposa y fue «un hombre justo» (Mateo 1, 19). Todo hace suponer que José murió antes de que Jesús comenzara su actividad pública, porque a partir de entonces María aparece siempre en los evangelios sola, como una mujer viuda. La muerte de José no aparece en los evangelios. No tenemos ningún dato histórico sobre ella. Sí es histórico el ambiente de revuelta social en que vivió Galilea durante los años de la infancia y la juventud de Jesús, años en los que probablemente murió José.

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 1144-1153]

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