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A vueltas con la Pascua



No es aquí el sitio donde mejor tratar este asunto, pero es el único que tengo. Y aunque sea un medio público, tiene la particularidad de que ni los ojos ven, ni los oídos oyen, los gestos que se manifiesten ni las palabras que se digan. Al ser sólo escritura, y esto previo a querer o no querer leer, parece como que no te diriges a nadie distinto de ti mismo. Así, pues, tengo la impresión de estar a solas, y esto me da cierta tranquilidad.
En cuestiones de religión hay como dos dimensiones o niveles: la externa y oficial, y la personal e interna. La primera se ve y la segunda… se intuye. Responder “amén” a una juntamente con el resto no necesariamente se corresponde con “así es, efectivamente; así lo creo” del propio fuero interior. Esto ocurre en momentos muy concretos. Así, por ejemplo, tras la audición de algún texto bíblico proclamado como lectura litúrgica, la respuesta al unísono ratificando el “Palabra de Dios”, puede ser concomitante con una negativa a reconocer dichas palabras, bien porque suenen raro, bien porque directamente no se acepten. Ejemplos hay para dar y tomar. Es ya un hecho demasiado habitual que tras usarse algunos párrafos de las cartas de San Pablo referidas a la mujer, alguien, a la salida, venga a decir que cómo es posible que eso no se borre de la Biblia, que cómo aún se sigue utilizando en estos tiempos, que si la Iglesia tal o cual respecto del sexo femenino.
Así fue como hace algunos días, alguien me interpeló durante la homilía respecto de Lázaro, el amigo de Jesús, hermano de Marta y María: “Resucitó o no resucitó”. En voz alta, y sin previa preparación, hube de improvisar un precipitado “Lázaro salió de la tumba como sólo lo puede hacer un muerto: vedlo en el mismo texto. Según nuestra fe el que resucitó fue Jesús. A lo demás habrá que buscarlo interpretación”.
A la vista del revuelo de aquella mañana de domingo, ¿debo ser más cauto y comedido cuando se trata de asuntos complicados? No lo tengo claro.
Se da por supuesto que en la Biblia hay relatos de milagros y de hechos portentosos. Dios, que es “todopoderoso”, entra a saco sobre este mundo físico, cambiando cosas cuando lo considera oportuno; porque puede… luego lo hace. Igual detiene al sol en lo alto del firmamento, que cubre la tierra con un manto de agua, que rompe el mar en dos cachos, que permite que unos jóvenes aguanten impávidos dentro de un horno encendido, que un mar embravecido se amanse a su sola voz, que el hijo de la viuda de Naím vuelva a la vida, que… La lista es larga y no pretende ser exhaustiva.
Hay quien lee y acepta. Hay quien escucha, e interpreta. Y hay también quien se cabrea si alguien se permite expresarse de forma diferente.
Los textos que hablan de la resurrección de Jesús son un ejemplo de cómo, desde la fe, eso de ver y creer no tiene necesariamente que significar que ante unos hechos “evidentes” no cabe otra cosa que “tragar”. De evidencia, nada. De tragar, mucho menos.
Como no soy teólogo, –simple estudiantillo–, no debo correr el riesgo de meter la pata. Otras personas mucho más doctas lo han tratado de acercar desde su propia fe y con los instrumentos que tienen más a mano. Es un misterio insondable. Y valga la redundancia. Ante él, se puede tirar por lo fácil, que en este caso no es lo más recto, y tomarlo tal cual. O tratar de hacerlo “encuentro” y dejar que penetre en el propio interior, que va a derecho, aunque suponga rompimiento y complicación.
No es suficiente decir qué no es. Y no se trata, por ejemplo, de una reconstrucción, revitalización, recomposición, revivificación…
Afirmar lo que pueda ser, y no meterse en berenjenales, es dejar hablar a San Pedro, «Dios ha glorificado a su siervo santo y justo» (Hech 3,1 - 4, 31), o a San Pablo, «Cristo… ha sido… elevado por Dios gloriosamente» (1 Tim 3, 16).
«¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo vive en vosotros?» (1 Cor 3, 16).  «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 19). No es predicar una “verdad”. Es confesar la propia fe. E intentar, además, comprender. Por eso no me disgustan elaboraciones y reconstrucciones que se intenten a la búsqueda de lo que “realmente ocurrió” y que en los textos originales aparece revestido de un formato mítico, mágico o legendario. Haberlas haylas, y bastante razonables*. Exigir aceptar el texto tal cual se lee, es pasarse. No es ortodoxia, es cerrilismo. Y que se me perdone este calificativo, no pretende ofender.
Jesús ha resucitado y camina delante de nosotros a Galilea. Allí le encontraremos.

Y de eso se trata. No de echar a nadie nada en cara.
––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––––
* Entre muchos autores, estos por ejemplo:
Andrés Torres Queiruga: Repensar la resurrección
John Selby Spong: ¿Qué ocurrió realmente?

«No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mateo 28, 10)



Resultado de estos días, ese montón de ceniza puede resultar engañoso para ojos no avisados. El fuego que la produjo no era destructivo. Voraz sí, como lo es la vida misma. Y controlado, por supuesto. Es la fuerza que produce experiencias como aquella de Emaús, «¿no ardía nuestro corazón?», que trabaja desde el interior aunque sus efectos sean compatibles con la comprobación técnico-científica.
No entiendo por qué se quiere dar por liquidada esta historia. Se trata de un legado recibido sobre un relato que se pasa de boca a oído desde hace demasiado tiempo. Ni siquiera Nietzsche conoció a los primeros relatores. ¿A qué viene ahora hacerle decir que el cristianismo es cosa finita? Si llegó a pensarlo, si lo puso por escrito, si consta como afirmación en alguna de sus obras, ¿no lo haría más bien como crítica a lo que hoy aparenta que como constatación de evidencia? ¿No será más bien lo mismo que expresó Dostoievski por activa, en lugar de hacerlo por pasiva?
No se engañe nadie al contemplar esos ridículos residuos. No valen nada, no demuestran nada, nadie va a reclamarlos.
Lo importante es lo que pasó. Llamarlo viento arrollador, fuego acrisolador, luz cegadora o misterio insondable, no deja de ser simple adjetivación. Hay que mirar más adentro, mucho más allá de meras sensaciones.
Una brisa suave, apenas perceptible, es expresión mucho más aproximada. Una claridad suficiente de amanecer o la calidez confortable de las mantas de mi tierra, se acercan bastante mejor.
Eso mismo es lo que sentía esta mañana al entrar en mi parroquia donde ya estaban esperándome para celebrar la Pascua.
De miedo, nada. Cero al cociente y bajo la cifra siguiente.
La cita es en Galilea, por supuesto. Todo derecho según se mira, no tiene pérdida.
Con la frase que titula este escrito bien podía acabar el texto sagrado, y de hecho para mí, en este versículo del evangelio de Mateo, como cristiano que pretendo ser, está todo lo que entiendo que Jesús me está indicando.
“Las religiones monoteístas evidencian un tipo de miedo religioso, el temor de Dios, y cada una, desde el judaísmo hasta el islam, han desarrollado su particular teología al respecto. Es de destacar que ciertas religiones recurren a adoctrinar en el periodo de aprendizaje infantil con amenazas de sufrimiento infinito y eterno si no se cree en sus postulados y si no se cumplen sus normas. Otras religiones, como el budismo, se fundamentan directamente en la necesidad de evitar el dolor y el sufrimiento, y por tanto, de manera indirecta, tienen una especial relación con el miedo”.
Esto se escribe y publica en la enciclopedia de Internet. Una vez más, alguien debería corregir inexactitudes comúnmente aceptadas, al menos por lo que se refiere a Jesús y al Dios que él nos manifiesta.

¡Que trabaje ruton!


Hubo un tiempo, era yo mucho más joven, en que se creía que las cosas se hacían solas. Y si no, es que faltaba ruton. ¿Quién o qué era ruton?
Lo de menos es lo que fuera o fuese; basta con decir que se convirtió en una muletilla que todo el personal repetía, con una alegría entre confiada e irresponsable, con una seguridad de todo a cien, es decir, de pacotilla; en fin, con la venda puesta sobre los ojos de quienes sabían que desfiguraban su propia realidad, pero conformados ya que a falta de pan, buenas son tortas.
Cierto es que en ciertos momentos nos creímos capaces y sujetos de nuestra realidad; política, económica, social. Así fue en los comienzos de la democracia. Así también en los tiempos primeros del posconcilio, en la iglesia por supuesto.
Luego eso se fue olvidando, o nos lo hicieron olvidar, a golpe de norma, de ninguneo, de aburrimiento. Ahora en todo ello mandan quienes mandan, hacen quienes hacen y figuran quienes figuran. El resto, o sea la mayoría, simples comparsas.
Así que cuando hay que hacer las cosas, nos encogemos de hombros, miramos para otra parte y soltamos –más bien sólo pensamos: ¡que trabaje ruton!
Esta mañana estaba todo preparado, debidamente avisados de la fecha y presentes los que quisimos; no fue lleno, pero casi. Y duró la hora exacta. Pero ¡qué hora!
No fue sólo el anuncio, una frase como otra cualquiera al fin y al cabo, de que ha resucitado. Se palpaba en el ambiente, se veía en los rostros, era claro como el sol que brilló solitario una hora antes, se escuchaba en los cantos y en las fórmulas recitadas y sentidas: era convencimiento; más que fe o sabiduría, había compromiso y decisión; no sólo esperanza en un futuro, que también, sino hechos rotundos. Está resucitado porque no vamos buscarlo al sepulcro, porque lo ponemos en medio de la vida, porque le llevamos con nosotros adonde sea que vayamos, incluso a Galilea.
Muy bonita la homilía. Hoy no la he tenido, para no alargar más la misa. Bueno, lo que sea, me ha gustado mucho. Venimos a felicitarle por este bautizo (en realidad fueron tres), nunca habíamos estado en uno así. Pues eso quiere decir que habéis venido poco por aquí. Sí, será eso. Queremos entregar un donativo. Ahora no es el momento, tenéis la vida entera. Pero no vamos a dejarlo debajo de un banco. Pues mirad a ver y enteraos de cómo es vuestra parroquia.
Se llama catalizador a un cuerpo o sustancia ante cuya presencia los elementos existentes reaccionan de una manera que sin él no lo harían.
Algo más o menos parecido ha ocurrido esta mañana en mi parroquia. Como es natural no ha quedado capturado en ninguna foto, y hemos hecho muchas. Éstas que ahora coloco son únicamente para ambientar.
Estaba el Resucitado, por supuesto; pero estábamos nosotros que somos sus manos, su boca, sus ojos, sus pies… Nuestros cuerpos son su cuerpo; nuestras personas, Él en persona.

«No hagáis que los muertos sigan muertos»



Esta frase se me ha ocurrido a mí solito, aunque creo que alguna ayuda sí que he tenido. Y me ha venido cuando he visto la foto de las autoridades de mi ciudad ante la tumba de los vallisoletanos ilustres. El arzobispo rezaba el responso y el resto cumplía el rito como mandan las ordenanzas.
Ahora mismo no caigo qué cuerpos puedan estar enterrados en esa sepultura, pero en un rápido repaso por la historia local puede que haya de literatos, alcaldes, artistas plásticos, ingenieros de obras públicas, arquitectos, expertos en leyes, en fin, gentes que han señalado con su obra lo que hoy es Valladolid. [Faltan, y ya es faltar, barrenderos, oficinistas, bomberos, fontaneros, maceros, guardias, limpiadores, jardineros, alcantarilleros… en masculino y en femenino. No caben todos en tan reducido espacio].
Honrarles de esa manera es acentuar que, en tanto que su obra está repartida por la geografía y la historia de la villa, sus personas siguen ahí, bajo la losa de mármol, esperando que una vez al año se acerquen para recordarles como lo que fueron, gente ilustre, y señalarles lo que ahora son, muertos.
Puede incluso que se diga que siguen vivos en libros, edificios, monumentos, parques y jardines, ordenanzas y remodelaciones urbanas; pero el responso no se recita frente al callejero ni en la biblioteca municipal, tampoco en el Campo Grande, y mucho menos en los barrios que han expandido la urbe a lo largo del Pisuerga, a lo ancho de este valle por encima de cerros y altozanos.
No han sido ellos solos, los de alto rango. También el pueblo llano ha visitado el camposanto para acercarse a rendir sentido homenaje a sus allegados fallecidos. Flores, naturales o artificiales, limpieza de lápidas, un momento de silencio, una oración, unas palabras, alguna que otra lágrima, y callados o hablando muy quedo volver a casa.
Este rito que se repite por tradición y piedad, también por sentimiento, tiene su excepción tanto en quienes asisten con más asiduidad, incluso diariamente, como en los que no asisten nunca.
No pienso ni quiero criticar o devaluar una costumbre que está arraigada y extendida aquí y otras muchas partes. Allá por donde he viajado he podido ver cementerios con toda clase de tumbas, del tamaño y riqueza proporcional al empaque y hacienda de las personas finadas. No fueron sólo los faraones quienes buscaron eternizarse en las pirámides; tal parece que quien no tiene un mausoleo, grande o pequeño, barroco o sencillo, nunca ha existido. Lo respeto, pero si miro, paso de largo. ¡Ojala la memoria que mantenga a esas personas en sus deudos esté en consonancia con la magnitud de estos monumentos! Aunque no, porque entonces los pobres quedarían en evidente desigualdad, frente a tanto cariño empedrado -o "enrocado"- en losas, cruces, ángeles y floreros.
Tengo la suerte de creer en que la vida no se puede, porque no se deja, encerrar bajo el suelo ni entre piedras, tampoco en la mar ni sobre los campos abiertos.
Si hubo un tiempo en que los cuerpos de los guerreros muertos en combate debían ser piadosamente enterrados y venerados en tanto llegara el momento de la resurrección, y ofrecer sacrificios por sus pecados tal y como consta en el segundo libro de los Macabeos (12, 40-46), ahora estamos en otro tiempo, y la pregunta «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?» que figura en el evangelio de San Lucas (24, 5) se llena de sentido para todo ser humano al decir de San Pablo: «Si nuestra existencia está unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya» (Rm 6, 5). Y esto para mí es una cuestión transcendental, pues Jesús se ofreció como pan entregado y vino derramado para la vida de todos, tal y como vemos que dice el Nuevo Testamento (Mt 26, 26-30; Mc 14, 22-25; Lc 22, 15-20; 1 Cor 11, 23-25), y Dios siempre es Dios-para-nosotros en la vida y en la muerte, «Dios de vivos» (Cf. Lc 20, 38; Rom 14, 7 ss).
Con todo y con eso, cada cual que haya lo que quiera. Yo termino diciendo que no voy al cementerio, y, como San Pablo, que puesto que «hay quien da especial relieve a ciertos días, y hay quien los considera todos iguales; que cada cual actúe según su propia conciencia. El que piensa que hay que celebrar ciertos días, lo hace por el Señor; el que come de todo, lo hace también por el Señor, y de hecho da gracias al Señor por ello; y el que no come ciertas cosas, se abstiene de comerlas en consideración al Señor, y también da gracias a Dios.»
Y no se me escandalice nadie, que seguiré como siempre acompañando a mi gente tanto en sepelios como en aniversarios, no sólo porque así quiero hacerlo, es que es lo que ellos creen y así también lo pide la Iglesia.

Termina abril

 
Termina abril, el mes que más que gusta. No sólo porque en él me nacieron y bautizaron. Sobre todo porque es el tiempo en que todo parece renacer. Tras un invierno largo, frío y tenebroso, irrumpe el nuevo ciclo de la vida restallando a borbotones por todos los poros del cuerpo, el mío, y de la tierra, de todos.
He dado una vueltecita por los lugares que frecuento en internet y he visto de todo. La primavera la sangre altera, no hay más que mirar. Está el patio un tanto movidito, en lo político, en lo social, en lo deportivo, en lo religioso. Así es la vida. Llegará el verano y la calma, o el sol que todo lo aplana, reinará; eso espero.
De momento hay ruido. Mucho.
Acabo de recibir en el buzón parroquial dos emails del Patriarcado Católico Bizantino(?) clamando apostasía ante la inminente beatificación del Papa Juan Pablo II. Mientras tanto, en Roma preparan la llegada de un millón y medio de peregrinos, dictadores incluidos.
Barça y Madrid se enzarzan, en tanto que Mouriño bocifera lo que le parece.
El PNV se niega a no sé qué si el gobierno no hace tampoco sé qué.
Hoy el despacho parroquial de Caritas ha estado hasta la bandera. No hay trabajo, no hay comida. Y la solidaridad caritativa llega a lo que llega…
Mientras tanto, al sol, el parque infantil del barrio estaba llenito de nenes y mamás/papás, entretenidos. Estos eran los que menos ruido hacían, y eso que no se contenían, qué va.
Y en algunos blogs de temática religiosa se insultan y se condenan mutua y recíprocamente, o se agasajan y se aplauden, según. La razón, que no consiguen ponerse de acuerdo en cómo entender y explicar eso de la resurrección de Jesús al tercer día. Nada nuevo. Que si es un dato histórico, que si eso no puede ser, que si es magia potasia, que sólo es cuestión de fe y corresponde a lo más personal e indemostrable, que si la realidad transformada…
Voy a tratar de acabar este mes romo de sólo treinta días en paz conmigo mismo, y espero que también con el resto de la humanidad. Con Moly, Berto y Gumi estoy en paz, lo he comprobado. Me lo acaban de decir.
Pero no puedo sino turbarme un poco al recordar unas palabras de San Pablo, el Saulo desmontado del caballo misteriosamente, que en un follón parecido soltó esta retahíla de palabras nada tranquilizadora:
«Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados a Cristo -judíos o griegos-, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.»
Aquellos locos que al grito de «¡Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Pedro!» vivían en estrecha comunión, siendo la admiración por cómo se amaban, en realidad eran mal considerados por sus vecinos, tenidos como criminales subversivos contra el estado romano y perseguidos a muerte hasta que un emperador vio negocio redondo y los domesticó.
Y así estamos, tan mansos y faltos de mordiente que, incluso con manifestaciones multitudinarias y todos los focos de los medios del mundo mundial enchufándonos, no nos libra nadie de aquello que dice el libro del Apocalipsis: «Eres sólo tibio; ni caliente ni frío. Por eso voy a vomitarte de mi boca. »
¡Ay, qué pena que se acabe abril!

¿Quién dijo que no podía ser?



No es la muerte, sino la vida.
la que viene a nuestro lado
al final de nuestra existencia.
No, no es esa bruja huesuda de la guadaña
la que puede recoger este hermoso fruto
que ella no sembró, ni regó, ni floreció.
Es la Vida,
es el Dios de la Vida el que viene a coger con su fuerte mano
el fruto de nuestra vida,
para ponerlo en su Mesa,
en el banquete del Reino de los Cielos.
El Viernes Santo no es el fin;
es el comienzo
de una realidad infinitamente más grande que nuestros sueños y nuestros trabajos,
pero que ha nacido en el mismo curso de nuestros trabajos y nuestros sueños,
de nuestros sudores y nuestras esperanzas.
Siempre que luchamos por una sociedad mejor,
donde se camine hacia el ideal de Dios manifiesto en toda la Sagrada Escritura,
hacia una sociedad en la que vivamos como hermanos que trabajan unidos,
que comparten los frutos de la tierra según verdaderas necesidades,
no según sus falsas ambiciones,
estamos sembrando el mundo que no será vencido por la muerte,
sino que,
como un agua viva que se filtra por la tierra,
traspasará sus muros por entre los cimientos,
y aflorará al otro lado
en la tierra de la vida verdadera,
de la vida permanente,
en la Tierra Prometida.



Todavía, muchos cristianos,
un poco despistados,
ponen su máximo interés en prepararse durante la Cuaresma
para celebrar el Viernes Santo,
donde todo acaba,
donde el silencio y la muerte
tienen, prácticamente, la última palabra,
aunque no nieguen, en teoría, la resurrección.
Pero no:
Sin que eso esté mal, es incompleto.
La verdad es que la fiesta cristiana más importante del año
va de la Noche de Pascua al día de Pentecostés.
Todos esos días son para la comunidad cristiana como una única fiesta,
en la cual celebramos al Dios de la Vida,
que hizo florecer de nuevo las ramas del Arbol muerto de Cristo,
y que ya en nosotros, por su Espíritu, va infundiendo su nueva savia de vida,
por la que saboreamos ya la vida futura mientras estamos aún en camino,
y esperar que llegaremos a ella como ciudadanos del cielo que somos,
aunque todavía en la «Dispersión».
Por eso, no nos extrañéis los hombres no creyentes
de que, a veces, los cristianos añoremos la llegada a la Patria,
y, en ocasiones, hasta nos impacientemos por llegar,
aunque aceptamos con toda paz y empeño vivir aquí todos los días que hagan falta,
y realizar aquí todas las tareas que podamos y debamos cumplir.
Más bien creo que los no cristianos deberían extrañarse
si diciendo esperar lo que esperamos
manifestamos muy poca prisa por llegar a la meta.
La postura más coherente del cristiano es la de los versos teresianos:
«Vivo sin vivir en mí,
pues tan alta vida espero
que muero porque no muero.»

Hay que confesar que esta hermosa tensión que nos da la esperanza cristiana
ha sido tan deshonestamente manipulada para convertirla en adormidera del pueblo,
en calmante de sus dolores y opresiones,
que se necesita aclarar urgentemente algunas cosas:
No deseamos el cielo porque queramos huir de los hombres,
sino porque queremos acercarnos a una sociedad verdaderamente humana y fraternal.
No deseamos el cielo porque nos creamos hombres perfectos, acabados y buenos,
sino precisamente porque tantas veces sentimos no dar la medida que deberíamos,
que no somos de verdad hijos de Dios y hermanos de los hombres,
que no somos todavía más que medio-hombres,
y allí esperamos llegar a ser hombres hechos y derechos,
hijos de Dios y hermanos de todos, de verdad y para siempre.
No deseamos el cielo porque queremos huir las tareas de la tierra,
sino que nos aplicamos aquí con todas nuestras fuerzas el tiempo necesario,
pero nos alegra saber que cada día estamos más cerca
de la sociedad perfecta a la que caminamos
y que la Biblia llama la Jerusalén Celestial.



No deseamos el cielo porque queramos estar ya, al fin, solitos
mientras quedan fuera todos los demás,
sino que nuestra fe cristiana permite mirar con optimismo la salvación
de todos los hombres de buena voluntad
por caminos y vericuetos que la Iglesia no puede controlar,
pero que el Espíritu sabe conducir en el fondo de sus corazones.
Y, desde luego, nuestro deseo y alegría sería ver que toda la humanidad
podemos cantar por diversos motivos
el amor, la compasión y la comprensión
del Dios de la bondad, del Dios Padre de todos, Dios del amor y de la vida.
Finalmente, quiero advertir que el hombre que realmente ha puesto en el cielo
su esperanza,
no solamente no es un alienado,
sino un buen colaborador en la lucha por mejorar este mundo.
Porque al que ama el cielo con toda su alma, ya no le importa la muerte,
que en realidad no es para él más que la puerta de la vida.
Y si no le importa la muerte,
menos aún le pueden importar los fracasos o los éxitos, la persecución o la espada,
porque todo ello,
poco a poco o de un tajo,
le acerca a la Casa de la Vida.
El que ha vencido el miedo a la muerte, ha vencido a la muerte y es libre.
Porque sabe que cuanto más entregue su vida en servicio a los hermanos
y a sus nobles causas,
más plenamente encontrará una vida nueva.
«El que pierda su vida, la ganará.»
Es Palabra de Dios,
del Dios que no habló sólo con palabras,
sino que en Viernes Santo se jugó la vida por nosotros.
La perdió.
Y en esa muerte a lo muerto reapareció para el Hombre la vida plena
que ya no lleva como esta nuestra ningún germen de mortalidad,
la única que puede recibir verdaderamente y sin contradicción ese amado nombre:
¡VIDA!


El primer día de la semana…

Pascua de Resurrección

https://sites.google.com/site/miguelangelvelascoserrano/mavs/Resucit.jpg
Yo volveré a cantar el (al) amor y (a) la esperanza,
yo volveré a cantar los caminos de la paz. (bis)
Cuando los fríos se acerquen, las flores se morirán,
pero con la primavera, de nuevo renacerán.
Quizás me veas llorar, cuando un amigo se va,
la muerte (se) lleva a los míos, pero sé que volverán.
Yo volveré a cantar… (bis)

Quizás me veas morir, quizás me veas marchar,
no llores si eres mi amigo, me volverás a encontrar.
No sé ni cómo ni cuándo, pero será en un lugar,
en donde no haya cadenas, y en donde pueda cantar.
Yo volveré a cantar... (bis)
Quizás me veas sufriendo, por amar a los demás,
quizás me veas gritando, que el pobre no tiene pan.
La cárcel no es mi morada, las rejas se romperán,
si fuerte son las cadenas, más fuerte es nuestro cantar.
El dolor es pasajero y la vida vencerá.
Yo volveré a cantar...

Es Ricardo Cantalapiedra.

Ya que no encuentro el modo de ponerlo con música, voy a las fuentes clásicas y os invito a escuchar esto tan precioso:

[Por supuesto, suprimiendo la música propia del blog en la teclita de marras que ya conocemos]





TODAVÍA CANTAMOS, TODAVÍA PEDIMOS,
TODAVÍA SOÑAMOS, TODAVÍA ESPERAMOS…

A pesar de los golpes que asestó a nuestras vidas
el ingenio del odio desterrando al olvido
a nuestros seres queridos.

Que nos digan adónde han escondido las flores
que aromaron las calles persiguiendo un destino.
¿Dónde, dónde se han ido?

Que nos den la esperanza de saber que es posible
que el jardín se ilumine con las risas y el canto
de los que amamos tanto.

Por un mundo distinto, sin apremios ni ayunos,
sin dolor y sin llanto y porque vuelvan al nido
nuestros seres queridos.

Víctor Heredia







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