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El Gran Sábado

Las primeras luces de la mañana, que se colaban por una estrecha ventana, nos desperezaron lentamente. Aquel sábado, al día si­guiente de la muerte de Jesús, era día de descanso y de fiesta grande en Jerusalén y en todo el país. Desde la tarde del día an­terior, los once y las mujeres estábamos escondidos en el sótano de la casa de Marcos, el amigo de Pedro, esperando regresar pron­to a Galilea. Los ojos de todos, cansados por la mala noche y el llanto, se acostumbraron pronto a la penumbra de aquel escon­drijo, donde se guardaban viejas prensas y algunos barriles de aceite.

Pedro - Parece que ya es de día, compañeros…
Juan - ¿Pudiste dormir algo, María?
María - Un poquito sí, pero…
Magdalena - Vamos, recuéstate otro poco y descansas. Susana y Salomé ya han ido a preparar algo caliente. Hay aceitunas y pan. Tú no te muevas.

Enseguida mi madre y Susana trajeron un jarro de caldo y un puñado de aceitunas. Nos sentamos a comer en silencio, con desgana. La tristeza de todo lo vivido el día anterior pesaba sobre nosotros como un fardo insoportable.

Juan - Marcos estuvo aquí hace un rato, cuando todavía estaba oscuro. Se volvió a ir. Dice que vendrá a mediodía con algo para comer.
Susana - Pues para el hambre que tenemos… Anda, María, un poquito de pan.
María - No, Susana, no puedo.
Santiago - ¿Y qué hay de nuevo por la ciudad?
Juan - Han encontrado a Judas… ahorcado.
Pedro - Pero, ¿qué dices, Juan? ¿Dónde?
Juan - En Getsemaní. Donde estuvimos la noche del jueves. Colgado de un olivo.
Magdalena - ¡Pero, Dios mío, ¿qué ha sido esto?! ¿Una pesa­dilla? ¡Maldita ciudad! ¡Juro por todos mis muertos que en lo que me queda de vida no vuelvo a poner las patas en esta ciudad del demonio!
Juan - Vamos, Magdalena, tranquilízate. No conviene hacer bulla.
Andrés - Lástima con Judas… Era un buen compañero.
Santiago - No vengas ahora con lástimas, Andrés. Él fue el culpable de todo.
Andrés - ¿Él, Santiago, él? Él fue un loco que se dejó engatusar, Dios sabrá por qué, pero él no fue el único culpable.
Juan - Los culpables ya sabemos quiénes fueron. ¡Que Dios los confunda a todos, canallas!
Pedro - Es verdad, pelirrojo. Con Judas hubiéramos terminado entendiéndonos. Era de los nuestros. Pero con esa pandilla del Sanedrín y esos perros romanos… Pero, ¿por qué no hicimos algo, por qué nos quedamos así, como imbéciles, con los brazos cruzados? Yo el primero, sí, sí, no me miren, yo el primero… ¡Maldita sea, no valemos ni cuatro ases, somos la basura de las basuras!
Natanael - No le des más vueltas, Pedro. ¿Para qué? Ya se acabó todo.

La lluvia incesante que había caído sobre Jerusalén el viernes inun­dó la pequeña azotea que daba sobre nuestro escondite. Desde por la noche, las goteras formaban charcos en el suelo.

Susana - ¿Por qué no rezamos, eh? En los momentos malos consuela mucho. Vamos a pedirle a Dios que vengan días mejores. ¿Eh, qué les parece? María, ¿quieres empezar?

María levantó del suelo el rostro, avejentado por el dolor, y miró a Susana con ojos cansados.

María - No, mejor empieza tú. Nosotros ya te seguiremos.
Susana - Bueno, entonces… Dios nuestro, de día te pedimos auxilio y de noche te invocamos. Ven en nuestra ayuda…
Todos - Ven en nuestra ayuda porque te estamos llamando…
Susana - Te estoy esperando, Señor, respóndeme…
Todos - Respóndeme porque confío en ti…
Susana - Tú eres mi Dios, yo te busco, atiéndeme, porque mis enemigos… me han tendido una trampa…

Nos costaba rezar. Las palabras se nos morían en la boca antes de nacer, inútiles, carentes de sentido. Sobre el suelo, las jarras habían quedado medio llenas y apenas habíamos comido unos pedazos de pan.

Juan - Dice Marcos que mañana al amanecer nos sacará para Galilea por el camino de la costa. Él lo conoce bien y por esa ruta tendremos menos problemas. Además, como muchos peregrinos ya regresan el domingo al norte podremos disimularnos mejor.
Mateo - ¿Y no habrá peligro? Quizá es mejor esperar a que pasen unos días más.
Juan - No, Mateo, el peligro lo corremos aquí. A esta hora seguro que andan buscándonos.
Felipe - Bah, ¿para qué van a querer encontrar a un hatajo de miedosos como nosotros?
Juan - Querrán acabar con el grupo, Felipe.
Santiago - No tienen que acabar con nada, Juan. El grupo ya se acabó.
Pedro - ¿Ah, sí, pelirrojo? ¿Y de dónde te sacas tú eso? ¿O es que no podemos seguir haciendo cosas juntos?
Santiago - ¿Qué cosas, Pedro, a ver, qué cosas? Cada uno se irá para su lado y ya… ¡Qué más!
Pedro - Eso no puede ser… Si Jesús empezó fue para que siguiéramos detrás.
Santiago - Pues vete tú detrás tirando piedras como siempre y fanfarroneando. A ver si eso sirve para nada.
Pedro - ¿Y tú, qué, eh? ¿Y tú, qué?
Santiago - Bah, Pedro, eres perro que ladra mucho y no muerde nunca.
Pedro - ¿Yo, verdad? Como si tú hubieras hecho algo para sal­var a Jesús. Escondido por las esquinas…
Santiago - Sí, está bien, pero… por lo menos…
Pedro - ¿Por lo menos, qué? Dilo, dilo de una vez. ¡Mal­dita sea contigo, Santiago! Siempre es lo mismo. ¡Sí, está bien, yo fui un cobarde! ¡Yo dije que no lo conocía! Pero, ¿qué hubieras hecho tú si te ponen una espada y…?
Susana - Por Dios, por Dios, cállense de una vez. ¿También tienen que pelear hoy? ¿Es que ni por respeto a Jesús, que en paz descanse, se pueden ustedes callar?

María, con la mirada perdida más allá de aquellas cuatro sucias paredes, nos oía hablar y seguía llorando, en silencio, inconsolable. Estaba destrozada. Al verla así, todas las lágrimas que había contenido durante el día anterior me vinieron a los ojos.

Felipe - Vamos, Juan, hombre, no llores. Piensa que dentro de unos días estaremos otra vez en el lago, lejos de todo esto.
Juan - Por eso lloro, Felipe, por eso.
Susana - Déjalo, hijo, que se desahogue.
Juan - No puedo creer que vamos a volver a echar las redes, a pescar, a ir a la taberna… y que Jesús… como si nada hubiera pasado… como si todo hubiera sido un sueño.
Felipe - Y lo fue, por mi vida, que lo fue. ¿No me digan que no fue un sueño creer que el Reino de Dios llegaba ya y que nosotros, una partida de muertos de hambre, lo estábamos empujando? Primera y última vez que me agarran a mí para una cosa de éstas.
Susana - La vida es así, es así mismo. Más amarga que una almendra antes de madurar.
Tomás - ¿Por qué será qu-que los bu-bu-buenos siempre ter-ter-minan mal?
Andrés - No, esto no terminó, Tomás. No puede terminar. Va a ser difícil que el pueblo olvide al moreno.
Susana - Ay, mi hijo, con el tiempo todo se olvida. El tiempo se encarga de borrarlo todo.
Pedro - No, Susana, con Jesús no va a ser igual. Él era dis­tinto… un tipo grande, María, tu hijo. El mejor amigo que yo he tenido en mi vida.
Santiago - ¿Te acuerdas, tirapiedras, cuando lo conocimos allá en el Jordán, cuando lo de Juan el bautizador?
Andrés - Claro, Santiago, cómo no…
Felipe - ¿Y tú, Nata? Hicimos el camino con él desde Magdala hasta el río. Era un gran conversador. Siempre haciendo historias y chistes. Por eso la gente lo entendía tan bien. Por todos los ángeles, ¿quién me iba a decir que esto iba a acabar así?
Mateo - Pero Jesús sí lo olía. Aquella noche que estábamos en Cesarea, al norte. Él ya tenía su preocupación. Y cuando vini­mos a Jerusalén…
Susana - No teníamos que haber venido nunca.
Juan - El moreno se ha portado como un valiente. Ayer se lo oí a uno de los soldados. Lo molieron a golpes en la cárcel, ya vieron cómo quedó, pero no le sacaron ni una palabra, ni una.
Pedro - Y al ladrón de Anás parece que le cantó las verdades. Dice tu amigo, Juan, que ese viejo tramposo estaba después que se lo llevaban los demonios.
Andrés - Y con Pilato y con Caifás lo mismo. Les dijo todo lo que había que decirles. Era el plan que habíamos pensado, ¿se acuerdan? Después de lo del templo, ir delante de los señorones de Jerusalén para echarles en cara sus crímenes. Jesús cum­plió el plan, él solo.
Juan - Hasta el final el moreno. No lo doblaron, no… Lo par­tieron pero no lo doblaron.
María - ¿Por qué, Dios mío, por qué? ¿Por qué no lo salvaste de la muerte, por qué?

María, que hasta aquel momento nos oía como ausente, tragándose las lágrimas, rompió a llorar como un río que se desborda. Se inclinaba hasta tocar el suelo con la frente, con las manos cubriéndole el rostro. Susana y mi madre la sostenían.

María - ¿Por qué, Dios mío? Él era bueno. No tenía que ha­ber muerto. Yo lo necesitaba. Los pobres de este país lo necesitaban. ¿Por qué, por qué? No merecía una muerte tan horrible. ¿Por qué tenía que terminar así? Tanta muerte, Dios mío, tanto abuso, tanto crimen de esta gente. ¿Por qué ganaron ellos? Ahora estarán banqueteándose y mi hijo muerto, muerto… ¿Hasta cuándo, Dios mío, hasta cuándo vas a permitir que los injustos se salgan con la suya? ¿Hasta cuándo?
Susana - Vamos, María, vamos. Tráele un poquito de agua, Magdalena.

María, extenuada, recostó su cabeza sobre mi espalda, cerró los ojos y su recuerdo volvió otra vez al día anterior, al rostro muer­to y ensangrentado de Jesús que ya no volvería a ver nunca más.

Santiago - ¿Y ya sabrán por Cafarnaum lo que ha pasado?
Juan - No hay tiempo todavía, Santiago.
Mateo - No creas, las noticias vuelan más ligeras que las águilas.
Tomás - Ti-tienes razón.
Pedro - Cuando en Cafarnaum sepan que al moreno…
Felipe - No pasará nada, Pedro, nada. La gente no va a hacer nada. Los pobres estamos acostumbrados a tragarnos las lágrimas.
Magdalena - ¡Pues eso es lo que tenemos que hacer, caramba, dejar ya de llorar y echar para adelante. Y no lo digo por ti, María; que tú tienes más derecho que nadie para llorar lo que quieras. Pero yo creo que si Jesús estuviera vivo no querría vernos así, mirando al suelo, jeremiquiando. ¡Hay que hacer al­go, hay que seguir luchando!
Santiago - ¡No grites tanto, Magdalena! ¿Qué quieres tú? ¿Que te vengan a buscar?
Magdalena - ¡Que me busquen y que me maten a mí también! ¡A mí qué me importa! ¡Él murió por algo que valía la pena! ¡Así que, si es por eso, que me maten a mí también! ¡A mí qué me importa ya nada!
Susana - Pero, hija, ¿qué vamos a hacer ya? Ya todo se aca­bó. Mañana, lavar bien el cuerpo como Dios manda y perfumarlo como él se lo merecía. Y después, volvernos a Galilea. ¡Y que Dios nos asista! Ya no hay nada más que hacer, mucha­cha, no hay nada más que hacer.

Fueron horas tan largas como años las que vivimos aquel Gran Sábado de fiesta, encerrados en el sótano de la casa de Marcos. Las pasamos todos juntos, a ratos callados, a ratos llorando, re­cordando cada palabra y cada gesto de Jesús, reunido ya con su pueblo, en el silencioso reino de los muertos.(1)



Lucas 24,1


1. Jesús murió realmente. Los hechos que ocurrieron después, la afirmación de que Jesús había resucitado, no entraban en el marco de creencias de sus amigos ni de Jesús mismo, que no podían ni imaginar una resurrección individual e inmediata. Una interpretación de estos hechos afirma que Jesús había ya anunciado a sus discípulos que iba a resucitar, pero que ellos no le creyeron (Mateo 16, 21; 17, 22-23; 20, 17-19). En los textos de los evangelios que recogen tres predicciones de su muerte hechas por Jesús, se habla de un plazo de «tres días», después del cual Jesús «resucitará». En arameo «tres días» significa «pronto», «en breve tiempo» porque no existe ninguna palabra equivalente a «varios», «algunos». La frase «al tercer día resucitará» que los evangelistas pusieron en boca de Jesús debe leerse así: «en muy poco tiempo llegará el Reino». Jesús consideró siempre que la llegada del Reino, del final de los tiempos, era algo inminente.

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 987-993]

Una pasión auténtica XI: Hasta la muerte de cruz


A pesar de la prohibición del gobernador Poncio Pilato, una avalancha de gente logró atravesar la Puerta de Efraín detrás del piquete de soldados. Allí, entre el camino que va a Jaffa y la muralla de la ciudad, estaba el Gólgota, una colina redonda y pelada como una calavera.(1) En ella, en vez de árboles, había sembrados postes de madera, muchos palos negros donde habían agonizado centenares de hombres en el tormento de la cruz.(2) El aire olía a podrido. La llovizna no cesaba de caer y nos hacía resbalar sobre los hierbajos y las piedras ensangrentadas de aquel macabro lugar.

Centurión - ¡Todos fuera! ¡Que nadie se acerque! ¡Orden del gobernador! ¡Atrás, atrás todos! ¡Solamente los condenados a muerte! ¡Todos los demás, fuera!

Los soldados nos empujaron y formaron un cordón con las lanzas atravesadas para que nadie se acercara a los prisioneros. El centurión, a caballo, les hizo señas a los verdugos.

Centurión - Eh, ¿a qué esperan? Desnúdenlos. La ropa será para ustedes, cuando hayan terminado. ¡Vamos, de prisa!

Los crucificadores le echaron mano a Jesús y a los otros dos jóvenes zelotes que iban a ser ajusticiados con él. Les quitaron la túnica y el calzón. Los tres quedaron completamente desnudos, solamente con la tablilla de cargos colgada al cuello, frente a la multitud que se agolpaba en la ladera del Gólgota. Jesús tenía el cuerpo destrozado por los azotes y las torturas y apenas se sostenía en pie. Temblaba de fiebre.

Centurión - ¡Silencio! ¡He dicho silencio!

El centurión nos miró a todos con un gesto de desprecio.

Centurión - Vecinos de Jerusalén, forasteros de otras provincias: estos hombres que ustedes tienen delante se atrevieron a desafiar el poder de Roma. Pero nadie escapa a las garras del águila imperial. Mírenlos ahora: desnudos y avergonzados. Lean sus delitos: conspirador, agitador del pueblo, rey de los judíos. Escarmienten todos: así acaban los que se rebelan contra Roma, ¡porque el imperio del César es inmortal! ¡Viva el César de Roma! ¡He dicho que viva el César de Roma!

Pero nadie contestó. Solamente apretamos los puños con rabia. Bajo la lluvia obstinada, estábamos allí los de siempre: los pobres de Israel, los campesinos galileos, los que vivían en las barracas de Jerusalén, los que tantas esperanzas habían puesto en Jesús.

Hombre - No llore, paisano. Que ellos no nos vean llorar. No le dé usted ese gusto a los verdugos ni esa pena a los que van a morir.

El cordón de soldados se abrió para darle paso a un sacerdote del Templo que, como era costumbre, invitaba a los condenados a muerte a arrepentirse de sus pecados antes del último suplicio.

Sacerdote - ¡Pidan el perdón de Dios, rebeldes!(3) ¡Acaso e1 Señor tenga misericordia de sus almas! Tú, el que te hiciste llamar profeta y Mesías, reconoce tu culpa antes de morir. Vamos, di: «Señor perdona mis muchos pecados». Dilo.
Jesús - Señor… perdónalos a ellos… porque no saben lo que hacen.
Sacerdote - ¡Charlatán hasta el final!

El sacerdote, alzando los hombros con indiferencia, se puso a un lado. Mientras tanto, un guardia ofreció a los tres sentenciados un poco de vino mezclado con mirra para que soportaran mejor el dolor. Pero Jesús no quiso beberlo. Entonces el centurión indicó los tres palos donde iban a ser colgados los prisioneros y dio la orden para comenzar la ejecución.

Centurión - ¡Clávenlos!

Cuatro soldados se ocupaban de cada reo. A Jesús lo tumbaron sobre el madero áspero y mojado. La espalda, en carne viva, se contrajo. Lo agarraron fuerte, estirándole el cuerpo. Un soldado se sentó sobre el brazo derecho de Jesús para que no resbalara y agarró el primer clavo, grande y mohoso.

Soldado - ¡Aguanta, muchacho, muérdete la lengua y aguanta!

Puso el clavo entre los huesos de las muñecas, levantó el mazo y descargó el primer golpe, seco y bárbaro. Un gemido profundo se escapó de la boca de Jesús, un aullido salvaje que parecía salir de las entrañas de la tierra y no de las de un hombre. La sangre comenzó a manar a borbotones. Los dedos de la mano se agarrotaron, todos los músculos del cuerpo se crisparon por el dolor espantoso. Pero el soldado continuó clavando como si nada hasta que el hueso estuvo bien sujeto a la madera.

Soldado - ¡Ea, sigan ustedes!

Le pasó el mazo a los otros soldados que estiraban el brazo izquierdo de Jesús. Y le hundieron en la carne el segundo clavo.

Santiago - Pedro, ven, vamos a acercarnos.
Pedro - No puedo, pelirrojo… No lo resisto.
Santiago - Por lo menos, que nos vea la cara cuando lo levanten, que sepa que estamos aquí con él.
Pedro - Eso es lo que no puedo, Santiago, no me atrevo a mirarlo. He sido un cobarde.
Santiago - Todos hemos sido cobardes, Pedro. Tú y Judas y yo… Todos.

Cuando los brazos estuvieron clavados al madero, los soldados lo amarraron con sogas y comenzaron a tirar de él apoyándolo sobre el palo vertical, negro y tambaleante, que con la lluvia rezumaba sangre vieja de otros ajusticiados.

Centurión - ¡Epa, mis hombres, tiren duro! ¡Otra vez!

El madero, con el cuerpo de Jesús colgado de él, se fue elevando lentamente hasta que al fin encontró su enganche en la punta del otro palo, formando la «t» de la cruz.(4) Le pusieron una cuña de madera entre las piernas para aguantar el cuerpo. El verdugo buscó otra vez las herramientas, le dobló las piernas por las rodillas en ángulo, le cruzó un pie sobre otro y con pesados golpes de maza le atravesó un clavo más largo entre los huesos de los tobillos.

Centurión - ¡Ahora sí estás en tu trono, rey de los judíos!

Los soldados, riéndose, clavetearon por último la tablilla de cargos sobre la cabeza de Jesús. Habían terminado su trabajo. Ya podían ir a repartirse la ropa de los prisioneros y jugarse la túnica a los dados. Muy cerca de Jesús habían clavado a Dimas, el zelote. Y al otro lado, a un tal Gestas, también del movimiento.

Gestas - Yo no quiero morir… ¡no quiero! ¡Maldición, maldición! Y tú, nazareno… ¿no decían que tú eras el Mesías, el que nos iba a liberar? ¡Maldición también contigo!
Dimas - ¡Cállate, Gestas, no lo maldigas! Él luchó por lo mismo que nosotros. Oye, tú, Jesús, ¿qué pasó, compañero? ¿Qué pasó con tu Reino de Dios? ¿No dijiste que iba a llegar pronto?
Jesús - Sí… hoy… hoy mismo.(5)
Gestas - ¿Cómo ha dicho éste? ¿Hoy? ¡Ja!
Jesús - Ten confianza. Todavía estamos vivos. Dios no puede fallarnos. Hoy llegará su Reino… Hoy.
Hombre - ¿Qué ha dicho el profeta?
Mujer - Que el Reino de Dios llega hoy…
Hombre - Que el Reino de Dios llega hoy…

Corrió de boca en boca lo que Jesús había dicho. Y todos, con los restos de esperanza que aún nos quedaban, levantamos la cara al cielo esperando que se abriera de un momento a otro, esperando contra toda esperanza que el Dios de Israel, hiciera algo para impedir aquella injusticia. Pero el cielo lluvioso seguía cerrado sobre nuestras cabezas como una inmensa losa de sepulcro.

María - Juan, por favor, diles a esos soldados que nos dejen pasar. Quiero estar junto a él.
Juan - Ven, María, vamos.

Mientras nosotros tratamos de acercamos al cordón de soldados que cerraba el paso hacia las cruces, el grupo de familiares y sirvientes de los sacerdotes y magistrados del Sanedrín, los mismos que habían chillado en la Torre Antonia pidiendo la condena de Jesús, llegaron al Gólgota.

Hombre - ¡Mírenlo ahí! ¿Así que hoy llega el Reino de Dios? ¿Y ése es el rey? ¡Pues vaya trono que se ha buscado!
Viejo - ¿No dicen que curó a tanta gente? ¡Anda, médico, cúrate ahora a ti mismo! ¡Bájate de ahí, vamos!

Se burlaban de Jesús y se reían de nosotros. Uno de ellos tomó una piedra y la arrojó contra la cruz.

Hombre - ¡Toma, por embustero!
Viejo - ¡Profeta de piojosos! ¡Impostor!

Otro tuvo más puntería y le rebotó la piedra en la misma cara de Jesús. La gente, indignada, se agachó a recoger piedras también y enseguida volaron de una parte y otra.

Centurión - ¡Maldita sea, largo de aquí todos! ¡Soldados, disuelvan el populacho! ¡Fuera de aquí todos, fuera!

El centurión romano, temiendo nuevos disturbios, ordenó desalojar la ladera del Gólgota donde nos apretujábamos los amigos y también los enemigos de Jesús.

Soldado - ¡Ya lo oyeron! ¡Todos fuera!
María - Por favor…
Soldado - No se puede pasar, señora. Es una orden.
María - Por favor…
Juan - Ten un poco de lástima, soldado. Es su madre.

María y Susana, y mi madre Salomé, y la Magdalena y también Marta y María, las de Betania, llegaron hasta los soldados. Yo también iba con ellas.

Soldado - Bueno, pasen, pero no alboroten. Si no, las saco a patadas.

María, mordiéndose los labios para no llorar, echó a correr hasta el pie de la cruz. Sobre los dos palos Jesús forcejeaba tratando de hallar un alivio imposible. El cuerpo, totalmente crispado, se retorcía de dolor. Pero no podía escapar de allí.

María - Hijo… hijo…

María no pudo contenerse. Se abrazó al palo negro que chorreaba sangre y pegó la frente contra los pies de Jesús destrozados por aquel clavo de hierro. Jesús reconoció aquella voz y, haciendo un enorme esfuerzo, inclinó la cara hacia ella.

María - Hijo… hijo mío…

Jesús miró a su madre. Quiso sonreírle, pero sólo consiguió una mueca.

Jesús - Ma… Mamá…

Luego sentí su mirada vidriosa, casi perdida en la agonía, fijándose sobre mí.

Jesús - Juan… cuida tú… a mi madre… cuídamela.
Juan - Sí, moreno, claro.

No tuve valor para decir nada más. Las mujeres, a mi lado, comenzaron a rezar bajito, pidiéndole a Dios una muerte rápida para ahorrarle sufrimientos.

Mujeres - Ayúdalo, Señor, dale ya el descanso de todas sus fatigas. Dios de los humildes, Dios de pobres, dale ya el descanso de todas sus fatigas.
Jesús - ¡Dios! ¡Dios!(6) ¿Por qué me has dejado solo? ¿Por qué me fallaste? ¿Por qué fracasó todo, por qué?

Se hizo un silencio de muerte. La cara de Jesús estaba amoratada, las venas del cuello se le hincharon hasta reventar y comenzó a resollar en agonía. Se ahogaba.

Jesús - Agua… agua… tengo sed.(7)

Un soldado tomó un trapo, lo mojó en el vino mezclado con mirra, lo hincó en la punta de su lanza y se lo acercó a los labios. Jesús apenas pudo probarlo.

Jesús - Se acabó… todo se acabó.

La última enemiga ya rondaba cerca. Las mujeres, presintiendo el final cercano, comenzaron a arañarse la cara y tirarse de los pelos y golpearse la frente contra la tierra empapada en sangre y agua. Sólo María se aferraba al palo negro de la cruz con la cara pegada a los pies ensangrentados de su hijo.

Jesús levantó la cabeza. Jadeaba. Tenía los ojos abiertos y fijos en un cielo gris y silencioso. No había ninguna señal. Sintió un dolor atroz que le recorría todo el cuerpo. Se revolvió en un último espasmo apretando los dientes. No podía soportar aquello ni un instante más. Colgado entre el cielo y la tierra, reunió las últimas fuerzas que le quedaban…

Jesús - Padre… pongo mi suerte en tus manos… ¡Padre!

Fue un grito desgarrador.(8) Después, inclinó la cabeza. Todo el cuerpo se desplomó pesadamente sobre el madero. Eran como las tres de la tarde del viernes 14 de Nisán.



Mateo 27,33-50; Marcos 15,22-38; Lucas 23,33-46; Juan 19,18-30.


Comentarios

1. El Gólgota -palabra aramea que significa «cráneo»- o Calvario –lugar de la calavera-, era una pequeña colina situada fuera de las murallas de Jerusalén. Era costumbre realizar allí las crucifixiones. Los alrededores del lugar se dedicaban a cementerio. Había varias tumbas particulares -en una de ellas enterraron a Jesús- y otras eran fosas comunes para los cuerpos de los ajusticiados. La Puerta de Efraín, abierta en la parte noroeste de las murallas, daba al Gólgota. Como el lugar era algo elevado, desde la ciudad se podían ver las cruces con los crucificados colgando de ellas. Las ejecuciones eran públicas para que sirvieran como escarmiento a los ciudadanos.

La basílica del Santo Sepulcro, en Jerusalén, es un enorme edificio que abarca el espacio donde estuvo la colina del Gólgota y la sepultura de Jesús, muy cercana a ella. En el interior de la basílica, con muchos altares, imágenes y diferentes capillas, se conserva parte de lo que fue la roca del Gólgota. El lugar es de plena autenticidad histórica.

2. La muerte en cruz la usaron los persas, los cartagineses y en menor medida los griegos. La emplearon en gran escala los romanos, que la consideraban el suplicio más cruel y denigrante que existía. La reservaban para los extranjeros y sólo en escasas ocasiones se crucificaba a ciudadanos romanos. Era la pena de muerte que sufrían los esclavos. A los hombres libres se les podía crucificar por delitos de homicidio, robo, traición y, sobre todo, por subversión política. Roma crucificó a millares de judíos durante su dominación en esta rebelde provincia oriental. Era costumbre desnudar a los crucificados para así aumentar su humillación. Siglos de historia, de cultura y arte han hecho del crucificado una joya, un adorno, un motivo decorativo. Pero la cruz no era más que un horrendo patíbulo. Y el crucificado, un maldito (Deuteronomio 21, 23). La muerte en cruz significaba la exclusión de la comunidad de Israel y de la comunidad romana. Jesús fue asesinado fuera de las murallas de Jerusalén, maldito por la ley de su pueblo, expulsado y marginado del sistema del imperio. Las instituciones políticas, religiosas y económicas lo arrojaron fuera de su seno. Es en ese excomulgado en quien creen los cristianos. Ver en Jesús, un guiñapo ensangrentado colgado de un palo, la revelación de Dios resultó un escándalo en la historia de las religiones.

3. La primera de las «siete palabras» de Jesús en la cruz respondió a una costumbre religiosa de Israel. Por entender que la muerte tenía un valor de expiación, de perdón,  aun a los delincuentes se les exhortaba antes de morir a que pronunciaran el llamado “voto expiatorio” con una fórmula que decía: «Que mi muerte sirva de expiación de todos mis pecados», equivalente a decir “Que Dios me perdone”. Jesús no dijo esto, reivindicó hasta el último momento su inocencia y pidió a Dios que perdonara a los asesinos, porque ellos eran los que estaban en pecado.

4. En el suelo, se les clavaba a los ajusticiados los brazos al palo transversal de la cruz que ellos mismos habían llevado hasta el lugar del suplicio. Los clavos se introducían en las muñecas, entre los dos huesos del antebrazo. De clavarlos en las palmas de las manos, el cuerpo se desgarraba por falta de sostén. Cuando los brazos estaban clavados, se izaba a los reos con sogas para colocar el palo horizontal sobre el vertical, que estaba ya hundido en la tierra. Se clavaban entonces los pies, introduciendo el clavo entre los huesos del tobillo. El dolor era indescriptible. Finalmente, se clavaba la tablilla de acusaciones en lo alto de la cruz para que fuera leída por todos.

La cruz no era esbelta, como algunas que se ven en las imágenes. Era más bien corta. Los pies del ajusticiado quedaban a muy poca distancia del suelo. Entre las piernas tenía el madero una especie de saliente para sostener el cuerpo, que quedaba medio sentado. Se trataba así de evitar que el reo se desplomara, pero no por piedad, sino para prolongar lo más posible su tormento. Muchos crucificados permanecían días enteros agonizando en la cruz a la vista de los curiosos, rodeados de aves de rapiña. Si Jesús murió tan pronto, fue porque estaba ya deshecho por las torturas. La tensa e insoportable posición de todo el cuerpo iba dificultando cada vez más la respiración y la circulación de la sangre. Generalmente, la muerte de los crucificados sobrevenía por asfixia.

5. Jesús mantuvo hasta el último momento la esperanza de que Dios iba a intervenir para liberarlo de la muerte. Esperó una irrupción del Reino de Dios, sin admitir que Dios pudiera fallarle. El hoy del que habló a sus compañeros de tormento indica que él esperaba un rescate inminente.

6. La “cuarta palabra” de Jesús en la cruz la conservaron los evangelistas en griego, dando su traducción, para causar así un mayor impacto en el lector. Al final, Jesús se sintió abandonado por Dios, dejó de esperar y experimentó su vida como un fracaso. Por eso dijo: “Elí, Elí lemá sabaktaní”. Marcos encabezó esta frase con la forma aramea: “Eloí Eloí”. Al final, Jesús no llamó a Dios como lo hacía habitualmente: “papá” (abba). Le llamó Dios. Con las mismas palabras comienza el salmo 22, un impresionante grito de angustia y abandono.

7. Los crucificados sufrían una sed espantosa, uno de los mayores tormentos del suplicio de la cruz. La continua hemorragia producida por los clavos deshidrataba al reo. Cuando Jesús se quejó, le acercaron una droga para aliviar el dolor.

8. Jesús no perdió el conocimiento en la cruz. Aunque extenuado por las torturas, vio llegar la muerte con plena lucidez. Al grito inarticulado y desgarrador que dio al expirar (Marcos 15, 37) el evangelio de Lucas le dio después la forma de una oración confiada: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23, 46; Salmo 31, 6).

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 969-978]

Una pasión auténtica X: El camino del Gólgota

Soldado - ¡Fuera, sarnosos, fuera! ¡Maldita chusma! ¡Detrás de ellos van a ir todos ustedes a la cruz! ¡Dejen el paso libre, desgraciados!

Varios soldados romanos, a caballo, empuñaban sus látigos tratando de dispersar a la multitud que se apretujaba junto a los portones de la Torre Antonia. La sentencia de muerte de Jesús ya estaba firmada. Llenos de ira y de decepción, no nos resignamos fácilmente y continuamos protestando delante de la fortaleza romana.

María - ¡Ya no podemos hacer nada, Juan, nada!
Juan - ¡Canallas, canallas!
Magdalena - ¡Las pagarán todas juntas, sinvergüenzas, romanos de mala madre!

La Magdalena, enfurecida, no dejaba de gritar. Yo estaba con ella y con las otras mujeres muy cerca de la puerta principal del Enlosado. María, la madre de Jesús, con los ojos enrojecidos, se arañaba la cara, llorando sin consuelo. Susana y Salomé la sostenían. Había llegado la hora mala de acompañar a los condenados hasta el lugar del último suplicio. Los soldados luchaban a empujones y a latigazos contra la multitud enardecida.

Hombre - ¡Pilato asesino!
Juan - ¡Abajo Caifás y toda su pandilla!
Soldado - ¡Acaba de una vez con esa chusma! ¡Échales encima los caballos! ¡Fuera de aquí, malditos! ¡Despejen la calle!

Descargados con furia por los soldados, los látigos restallaban sobre las piedras mojadas y hacían huir entre alaridos a la gente. Pero cuando los caballos se alejaban un poco, la multitud volvía a agolparse. Roncos de gritar, empapados por aquella lluvia terca que no cesaba de caer sobre la ciudad, desafiamos a los soldados hasta el último momento.

Hombre - ¡Asesinos! ¡La sangre del profeta caerá sobre sus cabezas!
Juan - ¡Algún día le cortaremos las alas al águila romana!
Mujer - ¡Y derribaremos la Torre Antonia!
Magdalena - ¡Desde los cimientos!

En el Enlosado, la tropa, con sus corazas de metal y sus mantos rojos, rodeaba a Jesús y a los dos zelotes para impedir que la avalancha rompiera el cerco y se lanzara sobre ellos. Ya iba a ponerse en marcha el piquete.

Soldado - ¡Tengan su trofeo, malditos! ¡Ustedes se la buscaron, pues a cargar con ella! ¡Arriba los brazos! ¡Vamos, tú!

Entre la nuca y los brazos, como si fuera un yugo, los soldados les amarraron los palos transversales de las cruces a los tres condenados a muerte.(1)

Soldado - ¡Ahora tú, desgraciado!

Dimas y Gestas eran dos muchachos tan jóvenes como Jesús.(2) Habían estado pocas horas en los calabozos de la fortaleza romana y, aunque torturados, no habían pasado por el terrible suplicio de los azotes.

Soldado - ¡Te toca el turno, nazareno!

Los dos sostuvieron bien el madero, pero Jesús no pudo con él. Se tambaleó. El peso de aquel palo negro, manchado con la sangre de otros crucificados, fue demasiado para él y cayó de bruces sobre las piedras del patio.

Soldado - Pero, ¿de qué pasta está hecho este «profeta»? ¡A ver, levántate! Trae una cuerda, tú.

Entre dos soldados pusieron a Jesús en pie, sin desenyugarle los brazos del madero. El centurión le pasó entonces una gruesa cuerda por la cintura para tirar de él y la amarró a la silla de uno de los caballos.

Soldado - ¡Sooo! ¡Caballoo!
Soldado - ¡Andando! ¡Al Gólgota!

Cuatro soldados, a caballo, chasqueando sus látigos a un lado y a otro, abrían la marcha. Entre ellos, el pregonero, haciendo sonar una matraca, anunciaba a toda la ciudad el delito de los reos. Detrás, Dimas, Gestas y Jesús, con los palos de las cruces sobre los hombros, custodiados por una doble fila de guardias.

Mujer - ¡Arriba el profeta de Galilea!

Cuando Jesús atravesó el portón del Enlosado y salió a la calle, la gente comenzó a aplaudir y los aplausos crecieron incontenibles entre la multitud. El pueblo, que lo quería y que sólo unos días antes lo había aclamado en el templo, tan cerca de aquella odiada fortaleza romana, trataba de alentarlo y darle fuerzas en su camino a la muerte.

Hombre - ¡Has sido un valiente, nazareno!
Mujer - ¡Que el Señor te sostenga hasta el final y que se apiade de nuestro pueblo!
Juan - ¡Desgracia de país! Todos los que dicen la verdad terminan mal!

La tropa que acordonaba a los sentenciados, temerosa de una revuelta, nos empujaba con los escudos. Muchos, resbalando, caían al suelo. Apretados por una masa incontenible, sin importarnos las armas romanas, echamos a andar detrás de los condenados. Cuando el piquete enfiló la calle del mercado, Poncio Pilato, que lo había presenciado todo desde uno de los balcones, cerró con desgana la ventana del pretorio.

Pilato - ¡Uff! ¡Por fin!
Soldado - Gobernador, ahí fuera hay un grupo de magistrados que desean hablar con usted.
Pilato - ¿Y qué es lo que quieren ahora?
Soldado - Es en relación con lo que usted mandó escribir en la tablilla de cargos del prisionero.

Al salir del Enlosado, Jesús, como todos los condenados a muerte, llevaba al cuello una tablilla de madera con la causa de su sentencia.(3) En aquel letrero se podía leer esta frase: «El rey de los judíos», escrita en latín, en griego y en hebreo.

Magistrado- Nos parece de capital importancia aclarar este punto.
Pilato - ¿Qué punto, maldita sea?
Magistrado- No es correcto que su excelencia haya mandado escribir: «El rey de los judíos».
Pilato - ¿Y se puede saber por qué no es correcto?
Magistrado- Todos nosotros creemos que hubiera sido mejor escribir: «Este ha dicho: yo soy el rey de los judíos». Usted lo comprenderá, gobernador: ¿cómo va a ser rey ese piojoso? Precisamente su delito es «haberse declarado» rey. ¿Me he explicado, excelencia?
Pilato - Usted se ha explicado muy bien. ¡Pero yo estoy harto de ese galileo y de todos ustedes! ¡Así que, váyanse al infierno todos! ¡Lo escrito, escrito está, y no pienso cambiar ni una sola letra!

Pregonero - ¡Así terminan todos los que se rebelan contra Roma! ¡Así terminarán sus hijos si siguen conspirando contra el águila imperial! ¡Viva el César y mueran los rebeldes!

El pregonero, un hombre bajito y calvo, ahuecaba las manos junto a la boca, anunciando a todos el delito de los prisioneros. Su voz gangosa se perdía en el griterío de la multitud agolpada a lo largo del camino que los condenados a muerte tenían que recorrer. En una esquina descubrí a Pedro y a Santiago. Me miraron con ojos de espanto, derrotados. Más adelante vi también a otros del grupo, perdidos entre la gente.

Hombre - Ahora sí que se le acabó el cuento a este «Mesías».
Magistrado- ¡Bendito sea Dios que hemos podido cortar por lo sano!
Hombre - Mire la chusma, magistrado. Si esto hubiera seguido así, no sé a dónde hubiéramos ido a parar.

El cortejo había avanzado muy poco trecho cuando Jesús, que iba el último, agotado hasta el extremo, cayó sobre el lodo resbaladizo de la calle.

Mujer - Pero, ¿no les da lástima de ese hombre?
Soldado - ¡En pie, nazareno, que tenemos prisa! ¡Vamos!
Soldado - Este no puede dar un paso más. ¡Está reventado!
Soldado - Ya verás que sí. ¡Toma!

Dos soldados le entraron a puntapiés a Jesús para que se levantara. El que sostenía la cuerda tiró de ella, intentando izarlo. La gente se arremolinó a su alrededor. Entonces nos acercamos un poco más. A través de la túnica hecha jirones, pudimos verle el cuerpo machacado, hecho una llaga.

Soldado - Quítale el leño de encima, a ver si se levanta de una vez.
Soldado - Este hombre está muriéndose…

El centurión mandó quitarle el madero de los hombros. Jesús, en el suelo, jadeaba ahogándose.

Soldado - Así no va a llegar al Gólgota. Se nos muere en el camino.
Soldado - ¡Nada de eso! ¡A éste hay que colgarlo de la cruz! ¡Son las órdenes! Eh, tú, tú… sí, tú mismo, el grandote ése… ¡Ven acá!
Cireneo - ¿Qué pasa conmigo?
Soldado - Ya puedes ir quitándote el manto.
Cireneo - Pero, si yo no he abierto la boca. Yo no he hecho nada.
Soldado -¡Lo vas a hacer ahora, imbécil! ¡Vamos, a cargar con este palo! Esta piltrafa tiene que llegar viva allá afuera.
Cireneo - Oiga usted, soldado, yo vengo de arar mi campo. ¡Le juro que en mi vida me he metido en política!
Soldado - ¡Al diablo con este tipo! ¡Guardias, tráiganlo acá!

Simón, un campesino ancho y fuerte de la región de Cirene, con la piel curtida por el sol, quiso escabullirse entre la gente, pero dos soldados lo agarraron enseguida y lo trajeron a empujones.(4) El centurión lo obligó a cargar con el leño que Jesús había llevado hasta allí.

Cireneo - ¡Maldita sea! ¿Pero que habré hecho yo para que me metan en esto?

El piquete de ejecución siguió su camino bajo la lluvia. Simón, con el palo de la cruz a cuestas, iba detrás de Jesús, que andaba casi arrastrándose. Sus pies, descalzos y heridos, resbalaban continuamente en la calle mojada. Al llegar al barrio de Efraín, ya cerca de las murallas de la ciudad, en la esquina que llaman de la Higuera, vimos a un grupo de mujeres de la Cofradía de la Misericordia, con sus mantos negros empapados en agua, llorando y dándose fuertes golpes de pecho.(5)

Mujeres - ¡Ten compasión de ellos, Dios de Israel! ¡Ten piedad de los reos! ¡No te acuerdes de sus muchos pecados!

El piquete se detuvo. Era la costumbre. Aquellas mujeres, de las clases más ricas de la capital, salían a la calle, por caridad, a llorar por los condenados con grandes gritos y lamentos. Jesús alzó la cabeza. Con sus ojos hundidos, cubiertos de sangre, intentó mirarlas…

Mujeres - ¡No te acuerdes de sus pecados, Dios de Israel! ¡Perdona sus rebeldías!
Jesús - ¡Mejor sería que lloraran por ustedes mismas y por sus maridos, que son los culpables de que esto pase! ¡Y prepárense, señoras, que si así le han hecho a los árboles verdes, a los que son árboles secos les pasará mil veces peor!
Soldado - ¡Cállate la boca! ¡Mira con lo que sale éste ahora! ¡Vamos! ¡Caminen, caminen! ¡En marcha!

Cuando llegamos a la Puerta de Efraín, la multitud se apretujó para poder salir de la ciudad detrás de los condenados.(6) Pero los soldados se metieron por medio y con sus lanzas atravesadas no nos dejaban pasar.

Soldado - ¡Por aquí no se puede! ¡Está prohibido! ¡Ordenes del gobernador!
Soldado - ¡Dense la vuelta y lárguense a sus casas! ¡Se acabó la fiesta!

Pero la gente empujó con fuerza y en el primer momento los soldados, desconcertados, tuvieron que apartarse. La Magdalena, María y yo, logramos atravesar el cerco y pasar al otro lado de la muralla con un puñado de hombres y mujeres. María echó a correr hacia Jesús, que había caído nuevamente al suelo. Se inclinó y trató de levantarlo.

María - Jesús, hijo…
Soldado - Déjalo, mujer, no puedes acercarte.
María - Soy su madre. Jesús…

Jesús, haciendo un gran esfuerzo, se irguió lentamente para mirar a su madre. Luego se desplomó sin fuerzas sobre la tierra mojada. Dos soldados apartaron a María de un empujón. En la cima pelada del Gólgota, sólo cubierta de hierbajos secos, ya estaban levantados los palos de las cruces.



Mateo 27,31-32; Marcos 15,20-21; Lucas 23,26-32; Juan 19,17.


Comentarios

1. Era costumbre de los romanos que el reo que iba a ser ajusticiado llevara hasta el lugar del suplicio no la cruz entera, como suele aparecer en las imágenes, sino sólo el palo transversal, al que se llamaba «patibulum». Este leño, a menudo de madera de olivo, era colocado tras la nuca, sobre los hombros, y debía ser sostenido con los brazos, que eran amarrados a él, como si fuera un yugo. Para un hombre que había sido torturado, aquella postura resultaba dolorosísima. Esto explica la enorme fatiga que sufrió Jesús y que llevó a los soldados a pedir la ayuda de Simón de Cirene.

2. Con Jesús fueron llevados a crucificar dos zelotes. No eran simples ladrones, eran reos políticos. La palabra griega empleada en el evangelio es «lestai», la misma que se usaba para designar a los militantes de este grupo guerrillero. Los nombres de Dimas y Gestas no son históricos. Los maderos que llevaron sobre sus hombros los tres condenados a muerte de aquel día rezumarían la sangre de otros muchos condenados. Jesús no fue el único crucificado de la historia. Ni siquiera aquel día su caso fue excepcional.

3. Sobre una tablilla, llamada el “título”, se escribía la razón por la que el reo era condenado. La llevaba un pregonero delante del reo o se colgaba al cuello de éste. Atravesar las calles de la ciudad con el patíbulo en los hombros y el título al cuello era la última humillación a la que se sometía al reo antes de su muerte. Se hacía así para que sirviera de escarmiento y advertencia a posibles futuros alborotadores. La tablilla que llevó Jesús, escrita por Pilato, señalaba con esta fórmula la razón de la condena: “Jesús el Nazareno, el rey de los judíos”. Así, la acusación última contra Jesús fue de tipo político. La tablilla indicaba que era ajusticiado por pretender ser el representante del pueblo de Israel. En “rey de los judíos” los contemporáneos de Jesús leían el “Mesías”. Políticamente,  el «rey» de los judíos era entonces el César de Roma y pretender cualquier liderazgo al margen de esta realidad, era atentar contra el imperio.

El título de Jesús fue escrito en tres lenguas: hebreo, latín y griego. En la lengua de Israel, en la lengua del imperio y en la lengua de los griegos, extranjeros presentes durante las fiestas. Era importante para Roma que esta tablilla fuera bien comprendida por los miles de visitantes que había en Jerusalén. Debía quedar bien claro para todos el poder con que Roma castigaba a los agitadores. El INRI que aparece en la tablilla  de casi todos los crucifijos es la abreviatura de la condena escrita en latín: «Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum».

4. El evangelio de Marcos precisa que Simón de Cirene era padre de Alejandro y Rufo (Marcos 15, 21). Seguramente estos dos muchachos formaban parte de las comunidades cristianas para las que se escribió este evangelio. En una de sus cartas, Pablo menciona a un tal Rufo, que podría ser el hijo de este Simón (Romanos 16, 13). Cirene, su  lugar de origen, era una zona de África, situada donde hoy está Libia. En aquella colonia extranjera, que había sido griega y que después fue provincia romana, habitaban muchos judíos. Algunos venían a las fiestas de Pascua y otros, nacidos allí, residían en Jerusalén habitualmente.

5. Las damas de Jerusalén formaban una especie de cofradía benéfica. Además de dar limosna, tenían la obligación de rezar por la conversión de los condenados a muerte y de llevarles al patíbulo vino mezclado con incienso, que actuaba como narcótico, para atenuar sus dolores.

6. El camino que Jesús recorrió hasta el Calvario, el viacrucis, iba desde la salida de la Torre Antonia, al lado del Templo y, atravesando la ciudad por los barrios del norte, llegaba hasta la Puerta de Efraín, por la que se salía fuera de las murallas, donde estaba la colina del Gólgota. Actualmente, una larga y retorcida calle de Jerusalén, empinada como todas las de la vieja ciudad, lleva el nombre de Vía Dolorosa. Termina en la Basílica del Santo Sepulcro. Resulta difícil asegurar que el trazado de esta calle corresponda al recorrido exacto que hizo Jesús hace dos mil años. A lo largo de la Vía Dolorosa, distintas iglesias y lugares recuerdan las 14 estaciones que la tradición, desde hace siglos, fijó como pasos en el camino de Jesús a la cruz. Algunas de estas estaciones tienen base en los textos del evangelio y otras -la Verónica, el encuentro con María y las tres caídas- tienen su origen en la tradición cristiana.


Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 960-968]

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