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La revancha



El año paso hube de conformarme con un único ejemplar de membrillo. No pude hacer conserva. Ayer, me puse las botas.
Veinte tarros de mermelada puestos en orden de batalla.
Tengo para mis amistades y para mi propio consumo.
Pudo haber sido mucho más, porque en su momento bien florido lució mi membrillar. Un verano extraño, y un otoño peculiar, dieron con unos frutos sabrosos pero de tamaño menor.
No importa. Si no es grande la cantidad, sí lo será el placer de untarlo en el pan para desayunar. Seguro que tengo hasta la próxima cosecha.

En Santa Bibiana, sopas al estilo de mi mama


No ha llovido, luego no lloverá en cuarenta días y una semana. Pero hace un frío de bigotes. Lo he decidido: hoy sopas de ajo.
Pan atrasado, o séase, duro




Troceado bien finito




Ajo, mucho ajo. En láminas y machacado




Chorizo. Si de la tierra, bien. Y si no, cualquiera




Aceite del bueno. Manteca de cerdo ya no se lleva




En plena faena




Pimentón del picante, que el otro no vale




Y… ¡al horno! Por lo menos dos horejas




¡Equilicuá!

Ya puestos…




Saco también a éste, que, igualmente que la olla exprés, vino de la casa de mi abuela. Llegaron al tiempo algunas otras cosillas más, de las que he decidido no hablar; sólo me autorizo a citar una cama niquelada con su correspondiente cómoda que formaban parte del dormitorio de soltera de mi madre.
Este armario estuvo siempre en la galería, lugar en la parte trasera de la vivienda, donde los nietos pasábamos muchos ratos oteando los tejados y los patios interiores de las casas que rodean por detrás a la iglesia de San Felipe Neri, en el centro de la ciudad. Ahí, por navidad, jugábamos a la lotería, sacando bolitas numeradas y rellenando cartones. Ahora eso se llama de otra manera.
Es verdad que allí también estaba la máquina de coser; por eso había momentos en que los nenes estorbábamos y debíamos emigrar hacia en interior o directamente hacia fuera, a la plaza del Salvador.
Este armario lo conocí sin aspecto atrayente. Deslucido, sin una mano de cera en toda su vida, salpicado al regar las macetas que solían apoyarse en él, resecado por el sol poniente que entraba a raudales por los amplios ventanales, resultó ser el desprecio que yo recogí, cuando hubo que desmantelar aquella casa para hacer una nueva. Tardó mucho, pero mucho, mucho, en construirse, pero de eso no va este relato.
La cama y la cómoda las uso tal cual estaban. Este armario lo planté en la cocina y esperé a ver qué se me ocurría.
Como las ventanas del lugar donde me hago de comer dan al interior del patio, al entrar o salir para cualquier cosa en la parroquia hay que pasar por delante de ellas. Así que estoy constantemente en exposición, y todo el personal sabe si frío, friego, meriendo o hago la colada.
¿Qué vas a hacer con eso? me decían. No sé, ya veré.
Primero tuve que devolverle a lo que podría ser su imagen primigenia. Para ello había que enderezar tablas, ajustar puertas, aproximar la madera en las enormes grietas del mueble… en fin; eso, o tirarlo.
Luego alguien se dejó olvidado un bote de pintura a medio terminar. Lo aproveché y, sin preocuparme si era ese el color más adecuado, apliqué un mazarrón oscuro a la madera limpia de pino desvaído. Y terminado lo cual, quedó entronizado ahí, justamente frente a la mesa que está junto a la ventana.
Ahora estoy a punto de proceder a repasar las faltas de pintura que el tiempo, largo, que lo he estado usando ha ido causándole. Y cuando termine volveré a mirarlo como la primera vez cuando llegó, y me sentiré satisfecho.
Puede, solamente puede, que me anime y le aplique una mano de barniz para hacerle más robusto al uso. Ya se sabe que en la cocina se trabaja rápido y descuidadamente. Por eso ahora se usa el granito en las encimeras y las vitrocerámicas están hechas a prueba de rayones.
En cuanto a los papeles que diariamente inundan mi buzón con anuncios de muebles de cocina o de profesionales que te montan lo que quieras, todo de máxima calidad y a la medida, seguiré recogiéndolos aparte para llevarlos al contenedor azul, ese que, cuando se lo llevan y hace viento, riega todo el barrio de trozos de periódico, tiques del supermercado, cuartillas emborronadas y pañuelos desechables que no hay quien los pueda coger una vez que vuelan llevados por las ráfagas del aire.

Una cabeza de pescado





“¿Has metido la cabeza en el congelador?” “No, ya lo haré”, fue mi respuesta de antesdeayer, cuando la trajo y la dejó encima de la mesa de la cocina. Pero no lo hice. Y ahora, ya entrada la mañana vuelve a la carga con la cabeza de merluza, y yo, la verdad, que ni la había mirado, saco el paquete del frigo y al deshacer el envoltorio grito como suelo hacer “¡esto no es merluza!”. “¡Que sí, que me la dio mi hermana!”. “Esto no es merluza”, concluyo pescando por la cola el espinazo y mostrándolo ante sus narices. “No sé qué coño es, pero no es merluza”, rubrico voceando más alto. Confirmo que yo, español, hablo alto; le doy la razón a León Felipe. Pensar, no sé si pensaré; alto, vaya que hablo alto. Pero no es para apabullar; debe ser para reafirmarme. Será.
Miro el paquete otra vez antes de embutirla en el congelador y leo en letra pequeña: corvina. ¿Corvina? A Internet.


Corvina Argyrosomus regius       (Eng) Meagre   (Fr) Maigre
Es un pescado blanco de agua salada. También llamado Andeja o Reig. Pertenece a la familia de los sciénidos, y es pariente de los corvallos y los verrugatos. Habita en profundidades que van de los 15 a los 300 m. de profundidad. Se halla en aguas costeras y estuarios salobres, en fondos lodosos y arenosos.
Se trata de un pez muy voraz de dieta fundamentalmente carnívora, que se alimenta de crustáceos, moluscos, gusanos y peces.
Es una especie eurihalina es decir, poco susceptible a la salinidad, cuyos ejemplares jóvenes prefieren niveles bajos de salinidad y zonas con mucha vegetación.


Sea lo que sea la o el “corvina”, será pasto de mi voracidad como cualquier tipo de cabeza de animal de agua, dulce o salada, o de tierra. De aire no, no sé por qué.
Y en estas estoy y me da por correr a escribir, que es que últimamente me urge hacerlo en cuanto cualquier cosa me sucede, de las de siempre o de las raras.
Y aquí estoy, tratando de unir palabras sobre lo que me ocurre.
Ayer noche me tragué una entrevista larga, de más de 47 minutos, que hacían a Dolores Aleixandre*. Me quedé pegado hasta que llegó el final, y con sabor a poco. Más, decían mis tripas, di más, que la pregunten por…
Como que volví a aquellos tiempos en que lo más progre era ir a escuchar a los progres. Salía remozado y con la convicción de que a hurtadillas participaba activamente en la lucha, sin haberme movido, sin haber ejercido, sólo por estar allí, oyendo.
Cuando la vida me puso delante, y ya no podía estar sentado sino ejerciendo, empezaron mis verdaderos problemas. Ahora era yo mismo el que tenía que hablar, a quien preguntaban o requerían; el que tenía que decir qué, cómo y cuándo; y también por qué. Y dejó de ser molón ser de la progresía juvenil. Y ya no era agradable que alguien viniera a avisarte de que estabas fuera de tiesto, que la tradición decía y las normas mandaban y que otros no hacían lo que tú querías que se hiciera.
Tras el primer batacazo por intentar aplicar lo que recibí de mis maestros sin anestesia previa y sin lección introductoria, fui moderando poco a poco mis ansias y sin aparcar las convicciones no despreciaba nada, ni las verduras ni la carne, ni la fruta ni el pescado, pero no lo intentaba meter a palo seco. Dejé que el tiempo también jugara su baza.
Ahora escucho a Isabel, a sus noventa y cuatro, decir a las vecinas a mis espaldas: “Si yo tampoco le entiendo todo, es que mi oído ya no es el que era. Pero es lo que hay, y no es mal chico; si viniera otro ¿lo haría mejor?”.
Uno no es un loro, ni siquiera un periquito. No salí programado para repetir las lecciones aprendidas a puro golpe de codo, aunque algo me tocó; ni acepté sumisamente ser un clon de ningún clan. Luchamos contra ello. Sufrimos por superarlo. Es verdad que terminaron por darnos facilidades de pago y abreviaron el final, no matándonos, sino perdonándonos la vida. Pero me, nos, condenaron al ostracismo. Desde entonces somos una rara especie, a extinguir según dicen. Dinosaurios, exclaman; viejos y carcamales que ni saben vestirse, ni aprecian el brillo de las buenas formas de toda la vida, lo que da prestigio y prestancia.
No me importa. Mi mamá solía traer de la plaza cosas que las pescateras anunciaban como raras. Era peces de bahía, pequeños y con mucha espina. O de río, con sabor a pecina. Difíciles de comer pero muy fáciles de cocinar, que ella no fue nunca experta. Feos todos ellos a más no poder. Nada que ver con una preciosidad de pescadilla o con la majestuosidad de la merluza. Y nos chupábamos los dedos ante la mirada atónica de mi padre, que él era de tradiciones firmes y seguras, de poner las cosas al estilo de su casa, como siempre se había hecho, como debían ser las cosas.
Un cura no puede ofrecer, como sucede conmigo, una imagen relativa.  Ha de dar seguridad. Saber a qué atenerse. Se espera escuchar de mí cosas sabidas porque están mandadas y ordenadas, escritas, subrayadas y promulgadas. Hay quien se espanta y no vuelve. O deja de mirarme y escucharme, y conecta a su manera con lo que quiere e interesa, aprovechando lo aprovechable. Sucede que algunas personas no irían a otro sitio, y lo dicen claramente, si tú no lo haces no busco en otra parte. A veces pienso que es por no desplazarse; pero otras me digo que tal vez haya algo más, aunque no termino de aclararme.
Cuando abrí este blog, en el perfil me preguntaban, tras el nombre y la ubicación, el sector. Las ofertas de este apartado incluían entre muchas “religión”. No me pareció, como nunca me ha parecido. Siempre he dicho que la fe cristiana no es una religión, pero nadie o casi nadie me lo cree. Al poner cura de barrio, al ser sacerdote de la Iglesia católica, al presentarme como el párroco de aquí, seamos sinceros, ¿quién va a dejar a un lado los prejuicios religiosos?
O lo prejuicios humanos. ¿Celibato? ¿Pedofilia? ¿Súbdito de una monarquía absoluta? ¿Espía infiltrado de otro país? ¿Doble vida? ¿Gescartera? ¿Mantenido con el dinero de todos? ¿Privilegiado? ¿Ultramontano? ¿Comedura de coco?
Es raro sentirse mirado raramente, como un bicho raro. Como cuando competíamos en primera división de balón volea, como se decía entonces, y éramos los únicos que dábamos réplica al temido “Universitario”; los del pequeño “Pisuerga”, facusa para los amigos (fábrica de curas sociedad anónima), que íbamos en sotana con la ropa deportiva por debajo, y al terminar, sin ducharnos por no desnudarnos en público, nos volvíamos a ensotanar para lavarnos en el seminario, con recato y hasta con una pizca de vergüenza.
Bichos raros. Sí. Ahora me dicen chavales y chavalas que ellos también lo son si lo dicen en voz alta. No está de moda. Hay prejuicios.
En fin, estas cosas me ha dado por pensar ante esta hermosa cabeza de pescado que se comercializa con el nombre de corvina. Un día de estos me la zampo y la disfruto.

 
*Dolores Aleixandre es harto conocida en este blog. Su cabeza no tiene nada en común con la corvina, salvo que se aparta de lo trillado; está muy bien amueblada y de ella salen cosas muy interesantes. Anoche, mientras la escuchaba y la veía a toda pantalla, sus manos me atraían como un imán. Visionar esta entrevista produce muy buenos efectos sobre la salud, la física y la mental. Os la recomiendo.

Revoltijo

 

Aprovecho un rato en la mañana para escabuchar el jardín. La lluvia escasa pero suficiente ha dejado la tierra blanda y mollar. En poco más de media hora lo he dejado limpio de raíces perniciosas u ociosas, y listo para el abonado de primavera. Una gozada darle a la azada con un sol claro y dominador a temperatura ambiente.
Mientras tanto la lavadora, el mejor invento del último milenio, hacía su trabajo. Sólo he tenido que restregar un poco unas manchas de carmín (?) del besapiés del Niño en Navidad. Ahora hacen ese colorante de una fijeza y permanencia que asusta, oiga usted. Claro que, por contra, protege los labios contra vientos ásperos y cura los sareados* persistentes.
De otra parte, Gumi y Berto riñen, que para eso son familia; y no sé bien cuál es la razón, si es que se quitan uno a otro el sol, o es que deben de vez en cuando marcar quién de los dos ostenta la autoridad. La paternidad no, porque esa está bien clara.
Compruebo un día más que los periódicos digitales tardan bastante en actualizarse; y aunque son online, es ya entrado bien el día y aún sigo con las noticias de ayer.
En la cocina esperan tranquilos los preparados para la comida de hoy. En un momentín voy a trabajar con ellos. Hoy toca pasta. Pero no será al estilo italiano, que va; aquí todo es celtibérico y carpetovetónico. Spain is different!
Compruebo la erudición, una vez más, del blog Joludi, y lo prolífico que resulta algunos días, tal que hoy por ejemplo. Quince artículos, de variada extensión, pero todos con igual chispa, estilo y dominio del saber de ahora y de antes. Instructivo al tiempo que entretenido.
Carlos Carnicero, por su parte, certero, claro y contundente. Hoy pone en evidencia que no toda estética es ética. ¿O habrá querido decir lo contrario? Bueno que me lío; leedlo, maldit@s, leedlo**.
Aburrido por los correos que me llegan, dejo este cacharro y me lanzo en plancha a rezar entre cacharros. Si me sale bien, disfrutaremos. Y si no, pues también. ¿Por qué, si no, iba a decir Santa Teresa que Dios me espera entre los pucheros?
Voy para allá a comprobarlo. Aquí dejo esta pequeña historieta que he tomado de allí:
«Algunas veces se extasiaba con la sartén en la mano, "que también entre pucheros anda el Señor".
Al comienzo de sus fundaciones ordenó la Santa que se hiciese la cocina por semanas y cuando le tocaba a ella ponía un esmero singular y ponía en evidencia su ternura maternal con las hermanas. Su compañera de semana, Isabel de Sto. Domingo, la vio alguna vez arrobada con la sartén en la mano, y dábase el caso que no quedaba en la casa más aceite que el que había en la sartén, y asiéndose de la misma sartén para que no se derramase, se sentía contagiada por el arrobo de la Madre y con riesgo de quedar ambas extasiadas asidas de la sartén.
Dice F. Ribera que "de noche estaba pensando cómo guisaría los huevos y el pescado y cómo haría el caldo que fuese diferente de lo ordinario, para dar algún regalo a aquellas siervas de Dios, y aquella semana era la casa bien proveída". Quedó memoria en San José de Ávila que cierto día, no de su semana, preguntó la Madre a la semanera:  ¿Qué tienen para cenar mis monjas? Respondió la otra: Madre, tengo rábanos y leche.  Exclamó la Santa:  ¡Dios sea conmigo! ¡Rábanos y leche! Tráigame unos huevos, y con esa leche y pan rallado haremos un manjarcillo, y con eso cenaremos.  Hasta hoy se guarda este guiso, en memoria de la Madre que no quiso matar a sus monjas con rábanos y leche.»

El postre de hoy
* Sareado/a: dícese de la piel, rostro, labios, etc. ásperos, resecos y con escamas. En la provincia de Palencia se utiliza. No figura en el DRAE.
** Alusión sin malicia a aquel ¡Danzad, danzad, malditos! de Sydney Pollack, de 1969, con Jane Fonda, Michel Sarrazin…

Membrilleando en mi cocina



Del árbol de los membrillos y del cajón de frutos que recolecté poco quedó, que cuando hice el reparto que ya comenté apenas sí resultó algún ejemplar esmirriado o defectuoso por okupas inoportunos. De modo que ya estaba resignado a no hacer este año la conserva de que me nutro en mis desayunos mañaneros.

Pero alguien llegó con un fardel de no sé dónde. Eran membrillos. En los huertos se dan muchos frutos; unos se usan directamente, a mordiscos; otros, apenas necesitan una sencilla condimentación; pero algunos, como los membrillos, requieren tomarse más molestias. Y hay gente que no está por la labor. Así fue como me llegó una cantidad de membrillos ajenos, y como "a equino donado no le debes periscopear el incisivo", los junté a los que me quedaron sobrantes del reparto y decidí meterlos en mi cocina, que algo se me ocurriría.

Lo primero, quitarles la pelusa. Porque el membrillo es lo que tiene, que hay que cepillarlo. Una vez hecha la limpieza, aparece su piel amarilla de un brillo preciosísimo. Helo ahí:




A continuación los troceé, quitando el corazón y la parte cavernosa que los bichitos habían construido a lo largo de todo el verano, trabajando afanosamente bajo la piel, hasta salir al exterior y largarse en busca de otro lugar donde anidar.

Los trozos sanos los cocí en el microondas, que no es cuestión de estar en los fogones toda una mañana. En poco más de una hora quedó el asunto preparado para añadirle el azúcar, y terminar el proceso.


Finalmente, la pasta resultante fue introducida en estos frascos en espera de encontrar el momento de empezar a degustarse.


Seis hilos, 6, que debidamente etiquetados, pasarán a un posterior reparto, que también en este último estadio de proceso tiene lugar. El resultado es que me quedará un par de tarros para mi gasto particular.

Si a esto añado lo que me regalen, ya tengo mermelada para una buena temporada.


No salgo yo en las fotos porque con el mandilón que me cubre no estoy nada fotogénico. Tal vez en otra ocasión, me lo pienso, y me pongo.

Mientras el mundo progresa, ¿yo regreso?

El avión de pasajeros más grande del mundo aterriza en el aeropuerto de El Prat





     Esta noticia ha estado a punto de estropearme la siesta. Sí, porque justo es empezar el informativo de las tres por la tele y es que caigo redondo. Pero hoy, al menos durante cinco minutos, me he mantenido espabilao y he pillado la noticia. Hela, pues, ahí, con imágenes suficientes del monstruoso aparato.

     Alberga casi un millar de pasajeros, ochocientos y pico, -no sé cuánta tripulación irá-, con autonomía para quince mil kilómtros, desde Madrid a Santiago de Chile, tele particular por pasajero con veinticuatro canales y no sé cuántas películas, comida firmada por los mejores chefs del mundo y asientos convertibles en camas de dos metros de altura (sic), según afirmaba la locutora. Un monstruo, ya digo.

     El susodicho aparatejo estuvo a punto de dar al traste con mi siesta, pero no lo consiguió.

     Aprovecho, no obstante, la coyuntura para firmar mis platos preferidos, cuya imagen sí que pongo, para que veáis cómo me maltrato.

Cabeza de congrio con patatas, el martes

Alubias blancas con costilla de cerdo, el miércoles

Macarrones con carne picada y salsa de tomate, el jueves

Arroz con congrio y tropezones, el viernes

Cocido castellano, hoy, sábado. La sopa ya me la tomé.


Ahora la pregunta del millón. Mido 1.680 mm., peso 62.500 gramos, y como como una lima. ¿Cabe esto en cabeza razonable? Yo, no lo entiendo. Dicen que es que salgo a mi padre…

Mermeladeando con higos



Clase teórico práctica (CTP) de cocina de altos vuelos y bajos presupuestos

a) Planteamiento del problema:
     Es así que en mi barrio casi todas las casas tienen patio, jardín o ambas cosas. Claro que la gente lo llama huerto. Y en dicho patio, jardín o huerto, suele haber parras, higueras, almendros, albérchigos, cerezos, manzanos, etc.
     Es así, igualmente, que mi gente es dadivosa y receptosa, es decir, da y recibe de las cosas que tienen.
     A mí me consideran un vecino más, y por tanto sujeto de dádivas y objeto de recepciones. (Esta burrada estilística y gramatical como que no la veis, hacedme este favor).
     Concluyendo, que me han traído un fardel (ahora se llama bolsa de plástico) con unos cinco quilos de higos, de diferentes procedencias vecinales. Dos he destinado al consumo directo, y los tres restantes a la elaboración artesanal de conservas domésticas.
     Esta mañana he decido dejar de comer higos, y proceder a confitarlos.

b) Herramientas y utensilios indispensables:
     - Una cocina. Uso la que me traje de casa de mis padres cuando ellos pasaron a la mixta. Es una corberó de hace más de cincuenta años, pero va como un tiro. Gas ciudad, por supuesto, que he entrado en la modernidad.
     - Un microondas, modelo 1995 que me tocó en la Caja por los puntos que me atribuyeron. Ya les di las gracias entonces, no me repito.
     - Una olla exprés heredada de mi abuela materna. Es una Laster, fabricada por García de Legarda, Bilbao, Vizcaya, España, modelo 1945. Sólo usaremos la parte inferior, la de arriba no la mancho y tampoco la friego.
     - Una cuchara de madera de boj, fabricada por mí mismo a partir de un tronco que me traje de Benasque, Huesca, España, un verano del año no me acuerdo.
     - Una batidora, marca tranlará, modelo profesional, 1000 watios de potencia y 20 velocidades. Una auténtica trituradora.
     - Frascos de vidrio, modelo diversificado, debidamente higienizados. Todos reutilizados.
     - Un mandilón modelo unisex, negro con rayas blancas verticales que estilizan mi figura y me hacen parecer todo un doncel. (Creo que antes lo llevaban los mozos de carnicerías y similares, una jojoya).
     - Una cuchara sopera, o sea grande, para repartir y hacerlo bien.

c) Realización





1ª Lección: pesaje del producto y cocción a cámara lenta, con regulador de tiempo incorporado.


2ª Lección: azucarado rigurosamente controlado, al poco más o menos, para una dieta ecológica, sana y sabrosona.

 

3ª Lección: ebullición alegrosa de la mezcla y molturación en frío o en caliente, que más da, para evitar tropezones en el posterior pringe y rechupeteo. 

4ª Lección: reparto y me llevo el mejor parto y posterior enfriamiento para que ni queme ni huela; sólo sepa.

5ª Lección: etiquetado de los envases, debidamente uniformizados y personificados, indicando las cualidades gustativas, olfativas, nutritivas, degenerativas y oftalmológicas. Posterior distribución al personal por riguroso orden de preferencia.


6ª Lección y última: levantamiento de acta notarial de la veracidad del hecho acreditado.

Ponedme donde haga falta. Andanzas de una caseta

Sólo puedo deciros que soy metálica, que se me descompone en piezas que se sujetan con tornillos, y que me debieron fabricar en algún lugar del Principado de Asturias. Que fui diseñada para ocupar algún rincón en obras y similares, y servir de almacén, o de vestuario, o de retrete, o qué sé yo qué otras ocupaciones se podrían imaginar. Pero que jamás he pisado una obra. Sólo he sido instalada en verdes prados y bajo sombras gratificantes. Que no ha entrado en mí cemento, herramientas o planos de constructoras. Que tampoco ha caído sobre mí nieve en invierno, heladas de primavera ni hojas otoñales. Mi tiempo ha sido el verano.

Vayamos por pasos.

Fui encargada por una gentecilla muy animosa allá por 1981, que se fiaron de un boceto más que plano, de lo que sobre mí alguien había ideado. Corría mucha prisa, que la gentecilla tenía fecha fijada para comenzar su actividad de no sé qué.

A prisa y corriendo me hilvanaron como pudieron, con remaches, que es más rápido, y luego colocaron tornillos por aquí y por allá, para dar el pego, digo yo, pero a ellos, a la gentecilla, les hicieron la pascua.

Total, que lo que de mí recibió la gentecilla aquella fueron cuatro monstruosas piezas de chapa galvanizada que para moverlas hacía falta estar bien comidos y bebidos, y hasta una pizca beodos. Se reventaron los pobres para subirme a la camioneta, para luego bajarme de ella, y para intentar adivinar cómo enjaretar las bestiales piezas en que me encontraba dividida. Eso sin contar las ocho chapas del tejado, las cerchas, los frontales y la cumbre, que remataba el conjunto dándole armonioso empaque.

Aquella mañana nos despabiló el sol abrasándoles a ellos las manos al tocarme, y a mí calentándome hasta más allá de lo que una caseta de chapa puede aguantar. Me movieron como pudieron, me desplazaron tirando de mí hasta extenuarse y con sudor y mucho discurrir al fin me ordenaron y ajustaron bajo una sombra; así quedé fijada en un lugar paradisíaco, entre los chopos del prado de la señora de los gallos, en Sopeña de Curueño, León, España.

Fue la primera vez que me montaron y que serví de utilidad, y lo tengo tan vivo en mi recuerdo,  que no puedo sino mostrarlo en fotos.
Entonces empecé a enterarme de cuál era la tarea que a partir de entonces iba realizar. Aquella gentecilla me quería para que fuera casa y castillo, cocina y hogar, cuartel y refugio, bandera y negocio, atalaya, luz y lumbre. O sea, todo en poco, y nada en uno.
Así pues entró dentro de mí todo lo imaginable. Y serví para cuanto fue necesario.

Apenas probaba un lugar, ya me desmontaban y me llevaban al encerradero. Once largos meses parada, y luego, hala, a trotar, otro mes de campo. Y así una y otra vez, no sé cuántas, ya he perdido la cuenta.

Haciendo un esfuerzo con mi memoria… estuve, luego de Sopeña, en Trefacio, provincia de Zamora; en Vegacervera, provincia de León; en Ventanilla, Palencia.

Vuelvo a las imágenes, que dicen más que las palabras:


Junto a mí todo aquello discurría sin contar conmigo. Pero vaya si estaba, claro que estaba. Tanto que sin mí no hubieran podido hacer nada. Porque todo lo que hacían, comían, compraban, usaban y tenían, lo contenía yo. Y tras mi puerta con cerradura, guardado y bien guardado.

Pero aquello se acabó. Dio lo que tenía que dar de sí, y simplemente fue muriendo… El último desmontaje fue algo triste. Había salvado de la quema, pero quedó más que claro que ya no se podía volver a las andadas de ir por libre, creyendo que todo el monte es orégano, y resulta que no, que es orgasmo del señor marqués, por supuesto, la máxima autoridad que manda lo que manda, o sea mucho.

Total, que desde 1990, me dejaron aparcada y no volví a ver la luz. Debidamente aseada y colocada me he pasado veinte años de mi vida adormecida, sin saber qué iba a ser de mí y si a alguien podría interesar.

Dejé de escuchar risas de niños, gritos de mayores. Dejé de oler a guisos, a dulce de membrillo con un tropezón de queso, a leche recién ordeñada, a pan de horno rústico. Dejé de ser cobijo en las tormentas, caja de caudales y despensa improvisada. Dejé igualmente de ser el botiquín, la sala de consulta y el cuarto de curas de aquel hospital de campaña bajo el sol. Ya no volví a figurar en ningún programa de trabajo, ni de ocio, ni de disfrute compartido; ni a recorrer distancias cargada en un camión a la ida y a la vuelta, para ser bajada y subida al llegar o al regresar, y otra vez almacenada con cariño y cuidado, que a saber el año próximo qué podrá ocurrir y dónde terminaremos…

Ofertas sí que hubo, demandas, casi ninguna. A nadie le interesaba un armatoste como yo, tan pesado, tan laborioso de montar y desmontar, tan poco práctico frente a edificios relamidos de colonias y usos múltiples, con canchas de tenis y caballos mansos de paseo, con cursos de inglés y aventuras sin cuento en parques y jardines de la costa levantina.

Yo sólo servía para hacer campamentos a lo llano, en praderas de heno sin segar, ríos de curso ilegal y arboledas salvajes por desbrozar. A eso me acostumbraron y otra cosa no probé. Y no estuve mal, mientras se me usó, di la talla con suficiencia más que aprobada.

Ahora me proponen otra cosa, y voy a decir que sí. Que vale, que me lleven, que me monten y que me usen. Volveré a hollar una pradera, con río de aguas vivas justo al lado. Y habrá también un huerto, y un rebaño y perros por doquier y también caballos.

Y volveré a tener qué encerrar y proteger, y me utilizarán de cuarto de los trastos, herramientas, bombas de agua, tomates por madurar y cebollas que orear. Y hasta es posible que me rodeen de árboles crecederos, para que me protejan del sol, me preserven de la lluvia y el granizo, y me hagan invisible, porque soy tan discreta…
Y me pondrán, seguro, un título en alguna parte, que diga
TRASPALACIOS



Y si ahora te apetece ver más cosas, pincha en el vídeo y mira, no llega a tres minutos. Apaga, ya lo sabes, la música ambiental del blog.

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