Posiblemente, con
toda seguridad, este sea el último año que vienen ellas a recordarnos dónde
están y solicitar ayuda. Me refiero a las hermanitas de los pobres, que no
tienen más salida que cerrar alguno de sus centros para que otros se mantengan.
Así es como Mi Casa, que así se llama el centro de ancianos que regentan, va a
desaparecer de Valladolid. Llegaron pronto, hace más de cien años. He intentado
dar con la fecha, pero no lo he conseguido.
Fundadas en 1839 por
Juana Jugan, llegaron a España en 1863. En mi ciudad se asentaron primero en la
calle San José, para trasladarse en 1976 a un nuevo edificio en las afueras,
junto a la carretera de Segovia, que tenía acceso por un camino que se llamó a
partir de entonces de Juana Jugan, por su fundadora.
Recuerdo de mi
infancia que a las hermanitas y a sus asilados siempre se los tenía en cuenta,
no sólo en Navidad, en todo tiempo y circunstancia. Ellas asilaban a las
personas más pobres, no aceptando sus donativos ni sus herencias, pero sí la
caridad de cualquiera, sin atesorar, sólo para el día a día. Por eso no les
faltaban alimentos, ni ropa, ni útiles de aseo, ni personas que sirvieran en el
comedor, incluso, mejor dicho especialmente, los domingos y festivos.
Es así como entonces
cualquiera podía esperar no verse desasistido en su vejez, porque estaban ellas
para asegurarle cobijo.
Luego apareció el
negocio, que es lo contrario al ocio, y milagrosamente se multiplicaron las
casas para ancianos, las residencias geriátricas, los hoteles con muchas
estrellas para la última edad. Y también los antros de todo tipo y pelaje. Tardó
la administración pública en poner orden y concierto, pero al fin lo consiguió
a base de inspecciones y levantamiento de actas de denuncia con amenaza de
sanción económica o cierre definitivo.
No clausuran Mi Casa
por falta de medios, lo hacen porque no hay relevo. Faltan vocaciones, dicen. Y
es verdad, hay carisma pero no quien lo quiera asumir, al menos en las
condiciones en que hasta ahora se ha venido haciendo.
Cada vez que he
entrado en aquella casa, limpia, reluciente, ordenada, me han recibido con una
sonrisa y cariño en cantidades. Allá he acercado a lo más humilde y postrado
que el ser humano puede llegar a ser, y siempre ha sido acogido y atendido como
si se tratara de un príncipe, de una marquesa. Allá conviven, y lo han venido
haciendo generaciones, arzobispos y doctores con muleros e iletradas; en la
misma sencillez, con la máxima atención, recibiendo absoluta dedicación.
Han llegado esta
tarde la hermana limosnera y su joven conductora. La primera, muy mayor, no
recordaba que ya el año pasado habían estado aquí; y era su compañera quien
dirigía el diálogo con dulces insinuaciones y corregía su yerros sin hacerse de
notar. Una anciana y sin relevo, una chiquilla sin futuro. No queda otra que
asegurar el presente. Por eso cierra Mi Casa, para que otra, tal vez la de
Ávila, o Plasencia o Salamanca, siga abierta y funcionando.
Ahí es donde me
gustaría que los santos oficiales hicieran milagros. No para reconocimientos
oficiales ni para completar vitrinas de trofeos, sino para que su obra
continúe. Así que, Santa Juana Jugan, tienes once meses para hacer un imposible, que esto no termine.