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A vueltas con la Pascua



No es aquí el sitio donde mejor tratar este asunto, pero es el único que tengo. Y aunque sea un medio público, tiene la particularidad de que ni los ojos ven, ni los oídos oyen, los gestos que se manifiesten ni las palabras que se digan. Al ser sólo escritura, y esto previo a querer o no querer leer, parece como que no te diriges a nadie distinto de ti mismo. Así, pues, tengo la impresión de estar a solas, y esto me da cierta tranquilidad.
En cuestiones de religión hay como dos dimensiones o niveles: la externa y oficial, y la personal e interna. La primera se ve y la segunda… se intuye. Responder “amén” a una juntamente con el resto no necesariamente se corresponde con “así es, efectivamente; así lo creo” del propio fuero interior. Esto ocurre en momentos muy concretos. Así, por ejemplo, tras la audición de algún texto bíblico proclamado como lectura litúrgica, la respuesta al unísono ratificando el “Palabra de Dios”, puede ser concomitante con una negativa a reconocer dichas palabras, bien porque suenen raro, bien porque directamente no se acepten. Ejemplos hay para dar y tomar. Es ya un hecho demasiado habitual que tras usarse algunos párrafos de las cartas de San Pablo referidas a la mujer, alguien, a la salida, venga a decir que cómo es posible que eso no se borre de la Biblia, que cómo aún se sigue utilizando en estos tiempos, que si la Iglesia tal o cual respecto del sexo femenino.
Así fue como hace algunos días, alguien me interpeló durante la homilía respecto de Lázaro, el amigo de Jesús, hermano de Marta y María: “Resucitó o no resucitó”. En voz alta, y sin previa preparación, hube de improvisar un precipitado “Lázaro salió de la tumba como sólo lo puede hacer un muerto: vedlo en el mismo texto. Según nuestra fe el que resucitó fue Jesús. A lo demás habrá que buscarlo interpretación”.
A la vista del revuelo de aquella mañana de domingo, ¿debo ser más cauto y comedido cuando se trata de asuntos complicados? No lo tengo claro.
Se da por supuesto que en la Biblia hay relatos de milagros y de hechos portentosos. Dios, que es “todopoderoso”, entra a saco sobre este mundo físico, cambiando cosas cuando lo considera oportuno; porque puede… luego lo hace. Igual detiene al sol en lo alto del firmamento, que cubre la tierra con un manto de agua, que rompe el mar en dos cachos, que permite que unos jóvenes aguanten impávidos dentro de un horno encendido, que un mar embravecido se amanse a su sola voz, que el hijo de la viuda de Naím vuelva a la vida, que… La lista es larga y no pretende ser exhaustiva.
Hay quien lee y acepta. Hay quien escucha, e interpreta. Y hay también quien se cabrea si alguien se permite expresarse de forma diferente.
Los textos que hablan de la resurrección de Jesús son un ejemplo de cómo, desde la fe, eso de ver y creer no tiene necesariamente que significar que ante unos hechos “evidentes” no cabe otra cosa que “tragar”. De evidencia, nada. De tragar, mucho menos.
Como no soy teólogo, –simple estudiantillo–, no debo correr el riesgo de meter la pata. Otras personas mucho más doctas lo han tratado de acercar desde su propia fe y con los instrumentos que tienen más a mano. Es un misterio insondable. Y valga la redundancia. Ante él, se puede tirar por lo fácil, que en este caso no es lo más recto, y tomarlo tal cual. O tratar de hacerlo “encuentro” y dejar que penetre en el propio interior, que va a derecho, aunque suponga rompimiento y complicación.
No es suficiente decir qué no es. Y no se trata, por ejemplo, de una reconstrucción, revitalización, recomposición, revivificación…
Afirmar lo que pueda ser, y no meterse en berenjenales, es dejar hablar a San Pedro, «Dios ha glorificado a su siervo santo y justo» (Hech 3,1 - 4, 31), o a San Pablo, «Cristo… ha sido… elevado por Dios gloriosamente» (1 Tim 3, 16).
«¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu Santo vive en vosotros?» (1 Cor 3, 16).  «Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 19). No es predicar una “verdad”. Es confesar la propia fe. E intentar, además, comprender. Por eso no me disgustan elaboraciones y reconstrucciones que se intenten a la búsqueda de lo que “realmente ocurrió” y que en los textos originales aparece revestido de un formato mítico, mágico o legendario. Haberlas haylas, y bastante razonables*. Exigir aceptar el texto tal cual se lee, es pasarse. No es ortodoxia, es cerrilismo. Y que se me perdone este calificativo, no pretende ofender.
Jesús ha resucitado y camina delante de nosotros a Galilea. Allí le encontraremos.

Y de eso se trata. No de echar a nadie nada en cara.
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* Entre muchos autores, estos por ejemplo:
Andrés Torres Queiruga: Repensar la resurrección
John Selby Spong: ¿Qué ocurrió realmente?

Cocinando, de ¿cocinilla?



Saco la sartén del horno y la pongo sobre el fuego. Desembarazo la olla de su protección plástica (a fuerza de no utilizarla con frecuencia he decidido tenerla metida en una bolsa de plástico para que no esté luego pringosa) y también la sitúo sobre el hornillo. Echo un chorretón de aceite en la sartén y medio de agua la olla. Empiezo a hacer la comida.
Es una rutina que no he perdido, aunque ahora no me toque porque compartir mesa también implica ceder en cosas. Para mí es un ritual imprescindible; como el vestirse, como el entrar en casa. Guisa lo que comas, lava lo que vistas, limpia tu casa. Hacerlo yo mismo, penarlo y sufrirlo para luego disfrutarlo. No hay en ello nada extraordinario. Lo vienen haciendo así desde siempre las amas de casa. ¿No han de hacerlo los amos de casa? Pues eso.
Pelo el ajo y lo troceo. Parto la cebolla y, mientras me seco las lágrimas involuntarias, la voy haciendo trocitos. Luego lo mismo con la zanahoria. Pico una guindilla; va, la pongo entera, y si calienta, que caliente. Y luego cuatro hermosos tomates de la huerta de amigos… puede que cada uno sea de hortelano diferente, puede.
Es una suerte, o una desgracia, vete tú a saber, no tener que ir primero a por leña, luego a por agua, y después a desenterrar zanahorias, cebollas y ajos, cortar pimientos y tomates, incluso segar cereal para hacer tallarines. Todo sale, o casi, de unos embases pulcros e higienizados. Como la carne picada de cerdo que acabo de comprar.
Caliente el aceite en la sartén, voy echando todo el picadillo de verduras, removiéndolo lentamente mientras cuece.
Y pienso mientras tanto en cómo la vida nos va dando vueltas y vueltas, hasta dejarnos pasaditos del todo.
Los tomates he decidido hacerlos puré con la batidora, así me evito pelarlos; es incómodo luego sacarse pellejitos de la boca si no puedes masticarlos. Así que termino con el mejunje rojizo sobre el guiso adelantado, y ahora espero con tranquilidad que todo termine en su primera parte.
En la olla el agua hierve. Peso trescientos gramos de pasta, para dos personas es más que suficiente, (y algo quedará para Berto y Gumi). Dejo que se vayan ablandado en el agua, y cierro la olla. A esperar que coja presión, y luego apenas un minuto, nada más.
He llegado a la conclusión que cocer la pasta en olla exprés me gusta mucho más que de otra forma. Ya sé que los entendidos me echarán pestes y maldiciones… A mi plim.
Remuevo de vez en cuando el contenido de la sartén, para que no se pegue el tomate, mientras sigo dándole a la tecla. Tal vez, también Álvaro Pombo, haya hecho lo mismo mientras escribía su última novela, “Quédate con nosotros, Señor, porque atardece”* (Destino 2013, 256 páginas, 18,90 €), de la que acabo de leer una reseña nada más y nada menos que de Andrés Torres Queiruga. ¿Un teólogo lector del novelas? ¡Qué cosas! Puede que también este sea cocinero, además de fraile.
Me llega el gorgotar desde la cocina y el tembleque que la tapa sufre sobre la sartén. Todo está bajo control.
No sé si es suerte o desgracia no tener otro tipo de atenciones que atender, tipo ¡niño no grites tanto!, o por favor pase la mopa por debajo de la cama… Cuando uno vive solo esas cosas no se dan, tampoco se disfrutan.
Ya está todo. Ahora echo la carne, apenas dos minutos, que si no se endurece.
Y ¡et voilà! Pongo la mesa y a esperar que llegue la otra parte contratante.

* En un pequeño convento trapense situado al sur de Granada, en el caserío de La Gorgoracha, aparece ahorcado el padre Abel, uno de los monjes, y a pesar de que ha sido un suicidio, el prior ha tomado la decisión de declarar el hecho como muerte accidental. El impacto brutal que lo ocurrido provoca en cada uno de los cinco miembros de la comunidad se verá agravado por la determinación un tanto morbosa de un intelectual mediático granadino por ahondar en la verdadera naturaleza de esa muerte y sacar a la luz el diario del fraile, en que previsiblemente daba razón de sus razones.
A pesar de la ocultación y la manipulación del prior, que quiere preservar la vida de quietud, oración y fe de su comunidad, la turbación invadirá el ánimo del resto de los monjes y provocará una conmoción que transformará sus vidas.
Una intensa novela en que la indagación espiritual y filosófica se entrelaza con una insospechada trama criminal, y que confirma a Pombo a la cabeza de la narrativa más intrépida y deslumbrante de nuestro país.

Perdón, Señor, Perdón. Martes Santo


 

Hoy toca esto, es lo suyo. Y estoy arrepentido de todo el mal que he hecho, a sabiendas, claro; y también sin darme cuenta, que en ello igualmente soy culpable, bien por negligencia, despiste o querer hacerlo todo tan deprisa; que es que entro en cristalería ajena como Gumi juguetón cuando arremete contra mis pantuflas: queda todo destrozado.
Esto dicho, no vendría mal abrir un poco el abanico y decir desde este pequeño mundo, tan pequeño que ni se nota, que el mundo grande, el que sí se aprecia sin atizar a la lupa, necesita de arrepentimiento, que hay mucho mal suelto y mucho daño por reparar. No vendría mal un poco de mea culpa por aquí y por allá. Y no digo más.
De lo que sí quiero decir es de esto otro.
Acaban de tirar de las orejas a un señor, que es gallego, cura y teólogo. Lo han hecho otros señores que se tienen por maestros de la Santa Madre Iglesia. El señor se llama Andrés Torres Queiruga. Los señores, por su parte, constituyen la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, de la Conferencia Episcopal Española.
Tengo para mí que aquí lo que se cuece es una cuestión de prestigio, de autoridad mal digerida y peor gestionada, de poco aprecio hacia las ovejas del rebaño que debieran cuidar y apacentar.
Tengo también, por otra parte, la suerte de haberme formado, es un decir, a partir de otras personas, mucho más recias, que ni perseguían reconocimiento, ni pretendían vivir de las rentas, ni querían ser más que nadie, sino humildes y esforzados. Por eso me siento libre ante este señor y ante estos otros señores, para manifestarme ahora sin temor, aunque no sea digno de inmiscuirme en la parte intelectual que está en discusión. Quien lo entienda, que lo haga.
Sólo digo que el señor Torres Queiruga se merece un respeto, y, si se me apura, estar a su altura en conocimientos o callar. Y que los señores obispos en cuestión necesitan dejar los miedos que le tienen a la parte más oscura que existir vaya si existe dentro de la Iglesia, hacer gimnasia de mantenimiento para relajarse el cuello y solucionar la tortícolis que sufren, volver a estudiar para refrescarse la memoria y meditar sobre la parábola… pongamos por ejemplo, del criado despiadado. Esta tomo porque ya se han usado otras partes del evangelio con mejor o peor fortuna, que aquí cada quien usa las cosas a su modo.
Estos señores obispos no se han portado bien, no señor. Llevan tiempo haciendo ruido, demasiado. Han pecado de indiscretos. Han avisado con querer dar un escarmiento… y ha resultado cual pedo de vieja, dicho con todo los respetos para las ancianas. Ese es uno de sus pecados veniales.
Han quitado la fama gravemente. Han colocado al teólogo a la vista de todos, a modo de vituperio. Han dejado claro que opinan que sus ideas, sus libros, su pensamiento no merecen la atención, además de no ser correctos; aunque no hayan convencido. Han alimentado a las fieras vocingleras, en lugar de cortarlas el paso diciéndolas que esos modos no valen. Eso ya es pecado mortal.
En penitencia deberían ponerse pantalón y camisa de costaleros, y a cara descubierta caminar tras el paso del Cristo del Perdón.
Y luego en casa deberían copiar unas mil veces frases de arrepentimiento, las que ellos fueran capaces de hilvanar y de parir.
Pero antes de todo eso, es preciso que llamen al teólogo gallego y en una charla de café en torno a una mesa camilla disculparse, tranquilizarle y asegurarle que ya no van a volver a querer meterle un dedo en el ojo ni pisarle la sotana ni auparse de puntillas cuando se crucen con él.
Todos y todas lo entenderíamos. Al fin y al cabo también son humanos, los pobres.

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Al objeto de hacer este escrito menos indigerible, pongo a continuación estos enlaces para consultar, en caso de que interese, sin ánimo de pretender ser exhaustivo:

En el camino nos encontramos…

 
Uno de los textos del Nuevo Testamento con los que más disfruto es el relato evangélico que narra la experiencia que dos discípulos de Jesús, que volvían a casa con todas sus banderas rotas, vivieron por el camino. Iban a una aldea llamada Emaús. Hoy, precisamente, se proclama este texto, Lucas 24,13-35.
Algún camino he recorrido en mi vida, y puede que en algo se hayan parecido al que recorrieron estos dos buenos elementos. Ahora ya soy más sedentario, aunque mis botas para caminar están siempre listas y a mano.
Pero mira tú por cuanto este cuadro me observa desde la pared cuando duermo, cuando leo en la cama, cuando sueño despierto o cuando dormido, pienso.
"Los peregrinos de Emaús". LEON LHERMITTE. (French 1844-1925)


Esto de los relatos tiene su qué. Casi todo lo que sé lo he oído, lo he escuchado, lo he leído, lo he rumiado, lo he aprendido. Pero algunas cosas, pocas es verdad, ya no las tengo por recibidas; las he tomado directamente, he tenido esa suerte de encontrármelas, y han hecho que el relato perdiera su primacía.
Es el caso, por ejemplo, de aquello que le pasó a un tal Saulo, cuando dicen que le tiraron del caballo. Si le ocurrió o no, para mí ya no es problema. A mí sí me han tirado, y con eso ya me basta.
Parafraseando a Andrés Torres Queiruga, también yo me pegaría unos pases de valé si alguien viniera diciendo que se ha encontrado una tumba del siglo I y en ella están los huesos de Jesús. Para estar vivo y ser el Viviente, no necesita llevarse encima tanta morralla. ¡Qué falta le hace a Quien da vida llevar en el bolsillo reliquias muertas! Si dijo «Ésta es mi sangre derramada por vosotros» ¡cómo va a esperar que nosotros la embotellemos esperando se licúe ante nuestros ojos! 
¡Qué importante es estar en camino, o al menos dispuesto a volver a él! Salirse del camino, dejar de caminar, es como renunciar; suena a derrota.
No seré yo quien diga que echar raíces paraliza; pero cuántas veces ambas cosas van juntas, y la una lleva a la otra, de forma recíproca y por perifrástica. Conozco quien lo ha hecho, enraizarse y seguir en activo, y de forma paradigmática; pero no abunda.
Aquí dejo el relato apañado por estos hermanos, María y José Ignacio López Vigil, copiado del libro con el que vengo mareando desde hace una temporada:
Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 1012-1019]




POR EL CAMINO DE EMAÚS

Aquel primer día de la semana, los vecinos de Jerusalén, a pesar de la fiesta del Sábado, se despertaron tristes, perplejos, sin terminar de creerse lo que había ocurrido el viernes en la colina del Gólgota. En casi todas las casas de la ciudad se hablaba aún de aquello y de la suerte mala de Jesús, el profeta de Nazaret, asesinado por los gobernantes de la capital. Nosotros estábamos escondidos por miedo a los guardias que seguían vigilando las calles. Desde la primera hora, nuestro sobresalto fue mayor cuando Pedro y las mujeres llegaron diciendo que el sepulcro estaba vacío y que habían visto a Jesús.

Marcos - Bueno, acabemos de una vez. ¿Ustedes piensan regresar a Galilea o se van a quedar aquí?
Santiago - No sabemos, Marcos.
Pedro - ¡Sí sabemos, Santiago! Nos quedamos. Aquí están pasando cosas muy raras. ¡Hasta que no se aclaren, de aquí no se mueve nadie!
Marcos - Pedro, óyeme bien lo que te digo: ¡tranquilízate!
Pedro - Te oigo, Marcos, y estoy tranquilo. Digo lo que he visto. ¡Y aunque me arranques la lengua, los dientes y el galillo lo seguiré diciendo: ¡Jesús está vivo! Pero, ¿es que no comprenden lo que ha pasado, cabezas de alcornoque? ¡Los de arriba no se salieron con la suya! ¡Dios ya le dio la vuelta a la torta! Era lo prometido: los pobres, que éramos siempre los últimos, somos los primeros, ¡y los muertos están vivos! ¡Ya llegó el Reino de Dios! ¡Yo lo he visto!
Marcos - Bueno, bueno, bueno. Siento lo que te pasa, tirapiedras, de veras. Parece que no hay remedio.
Magdalena - Y doña María y yo tampoco tenemos remedio, ¿eh? ¡Vamos, ábranse el coco de una vez! ¡No estamos diciendo mentiras!
Santiago - ¡No! ¡Están diciendo locuras, que es peor! ¡Y si seguimos así, todos acabaremos viendo angelitos!
Marcos - Está bien, no se vayan a Galilea. Hagan lo que quieran, pero aquí ya queda poco que comer. Voy a comprarles algo. A ver si con un buen plato de garbanzos la cabeza se les pone otra vez sobre los hombros. ¡Vuelvo pronto! ¡Tranquen bien la puerta y no le abran a nadie!

Cerca del acueducto, junto al mercado chico, Marcos se encontró con Cleofás, un viejo amigo suyo. Cleofás era médico.(1) Su nariz ganchuda se doblaba sobre el bigote y un turbante de muchos colores le cubría la calva. En el barrio de Ofel eran muy famosas sus hábiles manos de curandero.

Cleofás - ¿Qué es de tu vida, Marcos, granuja? ¡Cuánto tiempo sin verte el pelo!
Marcos - ¡Caramba, Cleofás, matasanos, digo yo lo mismo! Pero, con lo de estos días… Supiste, ¿no?
Cleofás - Querrás decir lo de Jesús.
Marcos - ¿Y qué más? Ya sabes que soy un buen amigo de los que andaban con él. Esto ha sido muy duro, la verdad.
Cleofás - Parece como si Dios se hubiera olvidado de nosotros. Por acá, la gente está que no levanta cabeza, no hablan de otra cosa.
Marcos - Pues si vieras a los amigos de Jesús…
Cleofás - Destrozados, ¿verdad?
Marcos - No. Locos. Tres de ellos, de remate. La madre, una muchacha de Magdala y Pedro, el que yo más conozco. Trastornados. Imagínate, dicen que lo han visto esta mañana y que han hablado con él.
Cleofás - Pobre gente. Con un golpe así…
Marcos - Deberías venir a casa, Cleofás. Tú sabes de yerbas y de emplastos. Están muy mal, créeme. Eso, ¿por qué no vienes hoy a comer con nosotros?

Cleofás aceptó enseguida la invitación. A media mañana, Marcos se apareció con su amigo, el médico, que se sentó a la mesa con nosotros.

Cleofás - Muy sabrosos estos garbanzos… ¡Hum!
Magdalena - Las cocineras estamos aquí, doctor Cleofás. Doña María y yo los preparamos. Los demás lloriqueando y nosotros ¡tralará, tralarí! ¡Y ya ve qué buenos quedaron!
Marcos - ¿Te das cuenta? Las dos más animadas que un par de cascabeles. ¿Qué te parece? ¿Completamente locas, verdad?
Cleofás - Un poco exaltadas, sí. Creo que lo mejor sería un cocimiento de belladona en ayunas y después dormir mucho.
Marcos - Y a Pedro, ¿1o mismo?
Pedro - ¡Yo no necesito nada, Marcos! ¡Te estoy oyendo! Trajiste a Cleofás para que nos curara, pero ninguno de nosotros tres está loco. ¡Tengo la cabeza en su sitio! ¡Y los ojos y las orejas también! ¡Hemos visto a Jesús! Hablamos con él. Sí, sí, yo no sé cómo Dios habrá hecho una cosa así, ¡pero la hizo! ¿Por qué no lo quieren creer?
Magdalena - Déjalos, narizón. Ya tendrán que limpiarse los mocos y tragarse las lágrimas cuando ellos mismos lo vean. Déjalos, déjalos…
Cleofás - Bueno, amigos, me alegro de haberlos conocido. Pero, ahora, se hace tarde y tengo que irme.
Marcos - Pero, ¿cómo? ¿Tan pronto? ¿A dónde diablos vas tú ahora?
Cleofás - Aquí cerquita, a la aldea de Emaús.(2) Tengo que resolver un asunto.
Marcos - Pues no te vayas solo y resuelves dos. ¿No está en Emaús la fuente esa de las aguas que hierven? Dicen que esa agua lo mismo te cura los granos que las fiebres negras. ¿Por qué no te llevas contigo a Pedro? A ver si se le pasa este empecinamiento.
Pedro - ¡Déjame en paz, Marcos! Yo he dicho que no pongo un pie fuera de esta casa. Vete tú y échate de cabeza a la fuente, a ver si se te ablanda, ¡descreído!
Marcos - Pues mira, que no es mala idea. Si, sí, me voy. Te acompaño, Cleofás. Tanta penumbra y tanta historia me tienen ya mareado. Por el camino me despejaré un poco. Anda, vámonos.

Cuando Marcos y su amigo Cleofás salieron, cerramos la puerta con tres cerrojos. Terminando de comer, Pedro y las mujeres volvieron a contarnos lo que habían visto, lo que habían oído. Nosotros, aburridos del mismo cuento, no nos creíamos nada de aquello.

Pasaron varias horas. Era ya oscuro y habíamos encendido un par de lamparitas cuando la puerta del sótano se vino abajo por los golpes.

Cleofás - ¡Eh, eh, ábrannos! ¡Ábrannos!
Marcos - ¡Pedro! ¡Juan! ¡Abran la puerta!
Santiago - ¡Recuernos, quién viene a estas horas!
Magdalena - Parece la voz de Marcos, ¿no oyes?
Pedro - Abre tú, Santiago. Con cuidado. Puede ser una trampa.

Cuando mi hermano abrió la puerta, Marcos y Cleofás, empujándola, entraron como un torbellino. Venían empapados en sudor y saltando de alegría.

Marcos - ¡Tenían razón ustedes! ¡Lo hemos visto! ¡Lo hemos visto éste y yo!
Pedro - ¡Ajajá! Ahora, ¿verdad? ¡Tráeles la belladona a estos dos, María!
Santiago - Pero, ¿qué cosa es esto? ¿Una jaula de locos? ¿Cómo es posible que un doctor como usted…?
Magdalena - Cállate la boca, Santiago, que hablen ellos. A ver, ¿cómo fue? ¿Dónde fue? ¡Digan!
Cleofás - ¡Escuchen! Nosotros salimos para Emaús por el camino de Jaffa. Íbamos conversando. Como no teníamos prisa…

Cleofás - Es terrible, Marcos. Pobre gente, pero no es para menos. En toda mi vida he visto yo una injusticia mayor que el juicio que le hicieron al nazareno. Es para volverse locos y más.
Marcos - ¿Sabes? Yo conocía a Jesús hacía ya más de un año. Qué tipo, Cleofás. De ésos que los catas a la primera. Un hombre de una pieza. Yo le decía a Pedro: si no es el Mesías, está muy cerca.(3) Dios estaba con él, Cleofás. Y los pobres de este país también. Era de los nuestros.
Cleofás - No tenía que haber muerto. Ya ves, lo que son las cosas: la hierba mala no se muere y a los que sirven, nos los quitan enseguida.
Marcos - Este pueblo está dejado de la mano de Dios. No se puede esperanzar uno con nada, caramba.

Marcos - Y así, conversando y conversando, llegamos a la altura de Gabaón. Y en una de las vueltas del sendero, vemos a un paisano que también iba con su bastón de camino.
Cleofás - Se nos arrimó y enseguida se metió en la conversación. Dice el paisano: Van ustedes con cara tristona. ¿Qué? ¿Les pasa algo? Yo me dije para mí: Maldita sea, ¿y este curioso de dónde sale ahora? ¿Quién le manda meterse donde no lo llaman?
Marcos - Le dije que íbamos hablando de Jesús. Y el paisano, así como lo oyen, que no sabía nada de lo que había pasado aquí el viernes.

Marcos - Pues serás tú el único peregrino que ha estado en Jerusalén y no se ha enterado.
Cleofás - Sí, hombre, lo de Jesús. ¿Cómo no vas a saberlo? Si desde el día del alboroto en el templo no se ha hablado de otra cosa en la ciudad.
Marcos - Era un profeta. O más que profeta, uno ya no sabe bien ni lo que era. Hizo cosas grandes y habló bien duro. Sin pelos en la lengua, ¿comprendes? El galileo se enfrentaba lo mismo con Pilato que con el gordo Caifás. ¡Y les cantaba hasta los catorce improperios! Nosotros creíamos que Dios iba a hacer justicia por su mano, esperábamos que él iba a liberar a Israel de todos estos pillos que nos gobiernan.
Cleofás - Pero las cosas salieron al revés. Ni llegó el Reino de Dios ni pasó nada. Lo mataron como a todos los que dicen la verdad. Y ahora, a seguir tirando con el yugo en la nuca. ¡Siempre es lo mismo!

Marcos - Y el paisano aquel callado, escuchándonos con interés. Parecía buena persona. El caso es que por contar, le contamos hasta lo del zipizape de ustedes las mujeres esta mañana y lo de Pedro, todo eso… Y que nosotros no nos creíamos nada, como es natural.
Cleofás - Y entonces fue cuando nos dijo que éramos unos idiotas, con la cabeza más dura que un callo. La verdad, yo me molesté bastante. Me dije: Pero, ¡qué tipo más atrevido! ¡Que vaya a meterse con su suegra si quiere!
Marcos - Y ahí mismo el paisano se destapó y toda la saliva que había guardado escuchándonos, se la gastó hablando de una ensarta de cosas de las Escrituras. Se las sabía al derecho y al revés.
Cleofás - Amigos, nos dijo cosas grandes, de ésas que no se olvidan. Nos dijo que los que luchan por la justicia mueren, pero que su muerte Dios no la echa en saco roto, que ellos son como semillas que se hunden en la tierra y nacen de nuevo, llenas de frutos. Nos repetía que no estuviéramos tristes porque jamás ni nunca la muerte tiene la última palabra.
Marcos - Y decía también que todo esto había sido como la Pascua en Egipto, cuando Moisés. Que el Mesías había tenido que atravesar el Mar Rojo de la sangre para poder entrar en la tierra prometida. Que nos secáramos las lágrimas, que el Reino de Dios ya había empezado. Bueno, yo no sé repetírselas, pero aquel paisano decía las cosas de una manera que te ponía la carne de gallina.
Cleofás - Eran palabras que te entraban para adentro como brasas.
Marcos - Pero lo mejor viene ahora. Resulta que cuando llegamos a Emaús…

Cleofás - Oye, tú, ¿te vas ya?
Marcos - Podías quedarte con nosotros. Fíjate, ya se está haciendo tarde, es casi de noche. Quédate aquí, hombre, hay sitio para los tres.

Cleofás - ¡Qué ganas teníamos de que se quedara! Y se quedó. Y nos sentamos a cenar allá, en la taberna de Samuel. Nosotros cada vez más entusiasmados con la conversación…
Marcos - Y entonces, cuando estamos comiendo, el paisano agarra un pan, hace la bendición, lo parte y nos da un pedazo a cada uno.(4) Compañeros, igualito que el jueves por la noche, cuando cenamos la Pascua juntos aquí mismo, igualito, igualito. ¡Era él! ¡Era Jesús! ¡Estoy seguro, compañeros!
Magdalena - ¿Lo ven? Es lo que yo digo, ¡que el moreno está vivo! ¡Que no se lo tragó la tierra!
Cleofás - ¡Sí, amigos, parece mentira, pero es la purísima verdad, la purisísima! ¡Jesús está vivo! ¡Sí, lo hemos visto! ¡Y esto hay que gritarlo a los cuatro vientos! ¡Que lo sepan todos! ¡Que se entere todo el mundo! ¡Que Jesús está vivo!

¡Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión!
¡Grita con voz fuerte, alegre mensajero para Jerusalén!
¡Grita sin miedo,
di a las ciudades de Judá: !Ahí está nuestro Dios!
¡Ya viene para consolar a todos los que lloran,
para cambiar nuestra ceniza en corona,
el traje de luto en vestido de fiesta,
nuestro desaliento en cantos de victoria!



Marcos 15,12-13; Lucas 24,13-35.


Comentarios

1. En Jerusalén, como en todas las ciudades y aldeas de Israel, había médicos. Eran considerados artesanos. Se ocupaban sobre todo de medicina externa: vendajes, emplastos, ungüentos. Los conocimientos sobre el funcionamiento del cuerpo eran mínimos. Como la medicina tenía aún mucho que ver con remedios mágicos, a veces se tenía cierta prevención contra los médicos, considerándolos charlatanes o gente interesada en aprovecharse de los demás.

2. Emaús era un aldea a unos 30 kilómetros de Jerusalén, en la Sefelá, extensión amplia de terreno llano, situada entre los montes de Judá y las llanuras costeras. Durante la guerrilla de Judas Macabeo fue lugar de acampada de los israelitas (1 Macabeos 3, 57). Actualmente no se sabe con exactitud dónde estuvo la Emaús del evangelio. En una pequeña aldea árabe, El-Qubeibeh, hay una iglesia que recuerda el relato de Emaús. En la aldea se conservan restos de una calzada romana del tiempo de Jesús.

3. La esperanza del Mesías que durante siglos había alentado al pueblo de Israel fue concretándose de distintas maneras con el tiempo. Después de la resurrección de Jesús, los discípulos reconocieron en él al Mesías esperado. La vida y la muerte de Jesús les mostró que él se identificaba con el Siervo de la Justicia del que ya había hablado el profeta Isaías (Isaías 42, 1-4; 49, 1-6; 50, 4-9; 53, 1-12), más que con el rey triunfador, el personaje celestial misterioso o el profeta vengativo que otros habían imaginado. Cuando las primeras comunidades cristianas reconocieron en Jesús al Mesías, comenzaron a llamarlo también “Cristo”, es decir, el Ungido de Dios, su Enviado, su Bendito. De los cuatro evangelios, es el de Mateo el que más marca el carácter mesiánico de Jesús, por ser un texto dirigido especialmente a los lectores judíos.

4. En varias ocasiones los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan. En Israel nunca se partía el pan con cuchillo. Y todas las comidas se iniciaban con el gesto de partir el pan, que hacía el que presidía la mesa. Jesús debió haber tenido una forma particular de hacerlo cuando comía con sus compañeros, por la que ellos lo identificaban y reconocían.

Si callan éstos, hablarán hasta las piedras…

Hay momentos en que le entran a uno ganas de filosofar, de inventarse grandes palabras, quizás para tapar o, al menos, disimular el enorme vacío en que nos encontramos. Con frecuencia recurrimos al humor, negro-blanco-o-amarillo, para no mostrar ni reconocer nuestro llanto, para ocultar que nuestro estómago está vacío o que estamos más solos que la una.

No sólo estamos en crisis profunda en asuntos económicos; nuestra crisis es existencial, filosófica y religiosa. Por doquiera que se mire, salvo honrosas excepciones, se constata que esto es un auténtico erial: la pertinaz sequía climatológica se ha cebado también en la capacidad intelectiva del personal que debería ser, por su estatus social, político o religioso, luminarias para el resto de la colectividad humana.

Por ello mismo la mera existencia de quienes con su reflexión lúcida, trabajo infatigable, alargado testimonio personal y coherencia diáfana contra viento y marea, debería ser un valor, no sólo a conservar sino a hacer rentable por los que ostentan cualquier tipo de autoridad y poder.

Hace apenas unos días que surgió el rumor de que a un teólogo, además de buena persona prolífico escritor, de nombre Andrés Torres Queiruga se le estaba preparando, por parte de la Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española, una reprobación por no expresar como mandan los cánones la doctrina oficial católica. Los foros y blogs especializados han hecho correr auténticos chorros virtuales de comentarios de todo tipo y pelaje.

Este testimonio, sin embargo, pescado en “Rumores de Ángeles”, de Religión Digital, debería ser más que suficiente para hacer recapacitar a esos sesudos cancerberos de la ortodoxia sobre la procedencia de su pretensión; y no digo, no, que también podría ser para ellos un serio toque de atención: ¿Quienes ostentan títulos y poderes de ordeno y mando son también y al mismo tiempo estímulo y ejemplo? A ver si al cabo de esta historia va a resultar que como en tantas otras ocasiones el alguacil termine (o debería terminar) siendo alguacilado.

Basta de rollo y seguid leyendo, que este testimonio bien merece la pena:

«Querido amigo: He leído estos días el intento de la C.E. de condenar tus escritos, algo que ya han intentado anteriormente. Quiero con estas líneas, manifestarte mi total apoyo y expresarte todo mi agradecimiento por los horizontes que has ayudado a abrir en mi vida a través de tu obra. Te digo esto ahora, en unos momentos en los que estoy atravesando una situación crítica que en unos días desembocará en la extracción de un riñón y ver la metástasis que se ha producido.

Mi carácter, siempre positivo, quiere luchar y apurar todas las posibilidades, sin perder de vista que es probable que esté iniciando el despegue hacia ese Dios Amor que me has ayudado a descubrir.

Desde que leí Recuperar la Creación, mi vida cambió; “caí en la cuenta” de lo que significaba la aceptación de esa imagen de ese Dios que crea única y exclusivamente por amor, que no busca gloria ni alabanza, que crea un mundo al que dota de autonomía, que no interviene caprichosamente y que nos crea como seres inteligentes, dotados de razón, capaces de relacionarnos entre nosotros y con todo el cosmos y con el gran regalo de la libertad y todo con el único fin de compartir su felicidad, sosteniendo, impulsando y promoviendo la Creación y con una intención ,desde el principio, de salvarnos de nuestra infinitud, limitaciones y resistencias culpables.

He comprendido que nada negativo o que signifique mal, puede venir de ese Dios. Ahora, en estos momentos difíciles, veo que también ha cambiado mi forma de orar. Muchas personas vienen a decirme que rezarán por mí y a parte de agradecerles su intención, les digo que en lugar de rezar “por mí” lo hagan “rezando conmigo”, pues mi oración sólo consiste en dar gracias por todo lo recibido.

Debo confesar que estoy atravesando una de las experiencias más hermosas de mi vida . El verme rodeado de mi mujer, de mis seis hijos, mis once nietos y de tantos amigos que se interesan por mí, me hace ver en cada uno de ellos, el rostro humano de ese Dios amor, de ese Dios que no impone, que no exige, que está totalmente entregado por amor, que nos lo ha dado todo y que es el fundamento de nuestra libertad. Un Dios que solo pide ser acogido y que nos dejemos amar y ser Él.

No hace mucho descubrí unos versos de un poeta que recuerdo su nombre, que me gustaron tanto que los he incorporado a mi conjunto de oraciones:

Desde que te conozco tengo en cuenta la muerte.

Pero lo que presiento no se parece en nada a la tristeza, sino a la certidumbre de que mis días en este mundo, me han permitido encontrarme contigo.

Tengo la impaciencia de los que aman y la urgencia de los enamorados.

El amor, es lo único que mi corazón sabe.

Medito estas cosas, pensando en la resurrección, cuando me alzaré sobre el tiempo y el espacio.

Sueño con el momento del abrazo y con el instante de mi fusión contigo.

Y espero la mañana en la que ya no habrá límites.

Un cordial abrazo

Juan Alemany Dezcallar»

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