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Invierno








De invierno, de Rubén Darío

En invernales horas, mirad a Carolina.
Medio apelotonada, descansa en el sillón,
envuelta con su abrigo de marta cibelina
y no lejos del fuego que brilla en el salón.

El fino angora blanco junto a ella se reclina,
rozando con su hocico la falda de Aleçón,
no lejos de las jarras de porcelana china
que medio oculta un biombo de seda del Japón.

Con sus sutiles filtros la invade un dulce sueño:
entro, sin hacer ruido: dejo mi abrigo gris;
voy a besar su rostro, rosado y halagüeño

como una rosa roja que fuera flor de lis.
Abre los ojos; mírame con su mirar risueño,
y en tanto cae la nieve del cielo de París.



Sol de invierno, de Antonio Machado

Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.
Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.
Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
«¡El sol, esta hermosura
de sol!...» Los niños juegan.
El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra.



Jardín de invierno, de Pablo Neruda

Llega el invierno. Espléndido dictado
me dan las lentas hojas
vestidas de silencio y amarillo.

Soy un libro de nieve,
una espaciosa mano, una pradera,
un círculo que espera,
pertenezco a la tierra y a su invierno.

Creció el rumor del mundo en el follaje,
ardió después el trigo constelado
por flores rojas como quemaduras,
luego llegó el otoño a establecer
la escritura del vino:
todo pasó, fue cielo pasajero
la copa del estío,
y se apagó la nube navegante.

Yo esperé en el balcón tan enlutado,
como ayer con las yedras de mi infancia,
que la tierra extendiera
sus alas en mi amor deshabitado.

Yo supe que la rosa caería
y el hueso del durazno transitorio
volvería a dormir y a germinar:
y me embriagué con la copa del aire
hasta que todo el mar se hizo nocturno
y el arrebol se convirtió en ceniza.

La tierra vive ahora
tranquilizando su interrogatorio,
extendida la piel de su silencio.

Yo vuelvo a ser ahora
el taciturno que llegó de lejos
envuelto en lluvia fría y en campanas:
debo a la muerte pura de la tierra
la voluntad de mis germinaciones.



Canción de invierno, de Juan Ramón Jiménez

Cantan. Cantan.
¿Dónde cantan los pájaros que cantan?

Ha llovido. Aún las ramas
están sin hojas nuevas. Cantan. Cantan
los pájaros. ¿En dónde cantan
los pájaros que cantan?

No tengo pájaros en jaulas.
No hay niños que los vendan. Cantan.
El valle está muy lejos. Nada...

Yo no sé dónde cantan
los pájaros -cantan, cantan-
los pájaros que cantan.



Invierno para beberlo, de Vicente Huidobro

El invierno ha llegado al llamado de alguien
Y las miradas emigran hacia los calores conocidos
Esta noche el viento arrastra sus chales de viento
Tejed queridos pájaros míos un techo de cantos sobre las avenidas
Oíd crepitar el arcoiris mojado
Bajo el peso de los pájaros se ha plegado
La amargura teme a las intemperies
Pero nos queda un poco de ceniza del ocaso
Golondrinas de mi pecho qué mal hacéis
Sacudiendo siempre ese abanico vegetal
Seducciones de antesala en grado de aguardiente
Alejemos en seguida el coche de las nieves
Bebo lentamente tus miradas de justas calorías
El salón se hincha con el vapor de las bocas
Las miradas congeladas cuelgan de la lámpara
Y hay moscas
Sobre los suspiros petrificados
Los ojos están llenos de un líquido viajero
Y cada ojo tiene un perfume especial
El silencio es una planta que brota al interior
Si el corazón conserva su calefacción igual
Afuera se acerca el coche de las nieves
Trayendo su termómetro de ultratumba
Y me adormezco con el ruido del piano lunar
Cuando se estrujan las nubes y cae la lluvia
Cae
Nieve con gusto a universo
Cae
Nieve que huele a mar
Cae
Nieve perfecta de los violines
Cae
La nieve sobre las mariposas
Cae
Nieve en copos de olores
La nieve en tubo inconsistente
Cae
Nieve a paso de flor
Nieva nieve sobre todos los rincones del tiempo
Simiente de sonido de campanas
Sobre los naufragios más lejanos
Calentad vuestros suspiros en los bolsillos
Que el cielo peina sus nubes antiguas
Siguiendo los gestos de nuestras manos
Lágrimas astrológicas sobre nuestras miserias
Y sobre la cabeza del patriarca guardián del frío
El cielo emblanquece nuestra atmósfera
Entre las palabras heladas a medio camino
Ahora que el patriarca se ha dormido
La nieve se desliza se desliza
                                                se desliza
Desde su barba pulida



Chopo de invierno, de Dámaso Alonso

Huso de la hiladora,
a la mañana blanca y nueva,
chopo desnudo y fino:
entre la niebla,
hilas ropas de boda
para la Primavera.
Un arroyito claro
te lame el pie: se lleva
el hilillo que hilas
de tus copos de niebla;
el hilillo que hilas
y que se va cantando
entre la hierba
fresca.

Dedicatoria


Ha debido llegar antes de misa, y, no sé cómo, ha dado con su libro; lo tenía en la mesilla. Me lo he encontrado antes de comer encima de la mesa camilla, con esta dedicatoria de su puño y letra:
En realidad, no sé si Andrés ha tratado de dirigirse a mí o de expresarse a sí mismo. Acojo su escrito como dicho por él en nombre de muchos: así soy, de esta manera nos consideramos; esto es lo que buscamos, no nos contentaremos con menos.
Por encima de la niebla, de Andrés C. Bermejo, no es sólo un libro de poemas. Es todo un ideario y un compromiso.
Gracias, Andrés, lo tendré en cuenta. Me esforzaré por estar a la altura.

Por encima de la niebla



Andrés me ha entregado su nuevo libro de poemas. Es más “gordo” que el anterior. Y también mejores introductores: Miguel Delibes, Nicolás Borrego, Joaquín Díaz, Sergio López y Mercedes Aurora Blanco.
Y un detalle que no puedo callarme: una dedicatoria a todos sus alumnos y alumnas desde que empezara a ejercer su vocación/profesión de maestro. Están todos los nombres, a partir del curso 72 hasta el 2007, en las seis apretadas páginas iniciales.
En este día brumoso, en lo climatológico y en lo anímico, me lo dio con prisas, porque era la hora de empezar la Eucaristía. Ya encontraremos el momento para la dedicatoria.
No los he contado, pero calculo doscientos textos, de entre los que me parece destacar el que pone título a la edición.
POR ENCIMA DE
LA NIEBLA

Hoy hace niebla,
hay niebla;
pero detrás de los cristales,
arriba,
en el cielo,
como todos los días,
ha salido el sol;
hay sol
por encima de la niebla.

Es como un cuento:
la niebla
esconde princesas,
esconde piratas
en los mares,
cisnes negros y blancos
en los lagos,
y hasta ogros sin sentido
fuera de las cavernas;
también esconde caperuzas
para tapar las cabezas,
y montañas con nieves blancas
sin huellas,
sin pisadas en las lomas,
porque nadie subió a verlas.

La niebla
no puede ocultar
el amor de los que empiezan
ni las manos que acarician
ni los versos del poeta
ni del maestro las notas
ni los óleos del pintor
ni del escultor la piedra.

Hoy hace niebla,
hay niebla;
pero detrás de los cristales,
arriba,
en el cielo,
como todos los días,
ha salido el sol;
hay sol
por encima de la niebla.


Andrés C. Bermejo

¿Cuántos de nosotros deberíamos ir al infierno?


Acabo de levantarme de la siesta y, con los ojos a medio abrir, leo en la pantalla esta frase que dicen pertenece a papa Francisco. Restriego mis párpados y vuelvo a leer. Como no termino de entender, busco para confirmar la exactitud de la letra y la autoría. Confirmado, es textual y la ha dicho el papa.
Y ¿ahora qué? Pues ahora nada. Bueno, sí; me sale ¡me cachis con la teología que está en la base!
No me cuesta decir con el militar, “no soy digno de que entres en mi casa”, que aparece en el evangelio. No la tengo como para recibir visitas, ni puedo exigir a quien venga que se aguante con lo que encuentre. Bienvenido a mi casa quien no tenga que descender de ninguna altura, ni ascender para alcanzar el dintel de mi puerta. Por eso, entre otras cosas, vivo en una vivienda a ras del suelo. Y tan feliz.
Si Dios estuviera en el cielo, mal lo tendríamos para que cupiera por el hueco. Si un ser humano viviera en el inframundo, no me saldría invitarle a venir, para no avergonzarme(le); sería (debería ser) yo el que se aproximara a él.
Así las cosas, creo con mi paisana Teresa de Jesús, la Santa Andariega, que Dios está entre mis cacharros de cocina, junto a mi mesa camilla, al borde de mi estrecha cama de noventa por ciento ochenta centímetros (niquelada y la que usó mi mamá en su juventud en la casa paterna), e incluso pedalea cuando me muevo de acá para allá por la gran ciudad, haciendo silencio en medio del tumulto del tráfico, pero eso sí, con un ojo atento a la circulación.
Un Dios así no puede dejar que yo piense de semejante manera. Ni siquiera cuando meto la pata y me pregunta ¿qué estás haciendo con tu hermano? No puedo imaginar qué infierno pueda él tener dispuesto para mandarme a mí o a quien sea para siempre jamás.
Hace mucho que he renunciado a nombrar ese lugar. Y si existiera, me niego a pensarlo como destino de nadie. Aquí la doble negación no afirma, niega dos veces.
Si papa Francisco lo ha usado ayer en Santa Marta, él sabrá por qué. Si ha querido aleccionar a alguien, sus motivos tendrá. A mí, no. Incluso me apena que haya echado mano de semejante herramienta.
Humildemente creo que yo no debería ir al infierno. En realidad, nadie que yo conozca o haya conocido. Ni hablar. Suficientes infiernos hay en este mundo de nuestros pecados como para encima disponer de este otro, dilatado en la duración y henchido de sufrimientos inimaginables.
Si al infierno no, ¿entonces tal vez al purgatorio o al limbo? Dado que ya está dicho que el limbo no existe, ¿purgatorio para qué? ¿No es suficiente con este valle de lágrimas?
Con los recursos catequéticos hay que tener mucho cuidadín. Si no se tiene, alguien puede coger el rábano por las hojas y se arma. A papa Francisco yo le recordaría, con perdón, un soneto de nuestro más ingenioso y prolífico escritor, don Lope de Vega, que dice
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Los de mi generación lo conocemos desde muy pequeños, y aunque no lo recitemos en voz alta, este soneto está tan metido en las entrañas que nos sale de natural mientras vivimos.
Llegando al final de este escrito, veo en Internet que no está claro quién fuera el escribano de estos versos. Si Santa Teresa, si San Juan de la Cruz, si el agustino Miguel de Guevara, si el P. Torres, capuchino, o el P. Antonio Panes, franciscano. Yo me aferro a mi niñez y aprovecho que Montoliú lo dice para seguir creyendo que don Lope fue su autor. Y sin más, publico y me voy a la cama, recitándolo, por supuesto, y creyéndome sincero al rezarlo.

Diez años y un día



MADRID, UN 11 DE MARZO, TAN TEMPRANO
(Cantar de ciegos)
A las víctimas de los trenes de Atocha,
Santa Eulalia y El Pozo (Madrid).
Con temblor.
1
En un mar de picas y ténebres
alfanjes encrespados, herido ya
de muerte el postrer
fulgor de las estrellas, noche
aún, noche de oscuros
signos y señales en los astros, noche
de hielo y sangre en los espejos, noche
de rosas rotas por la escarcha asesina,
temprano
corren cuádrigas desbocadas hacia Madrid.
Navegan como bajeles de velas inflamadas
de amarillas tormentas y huracanes
en esa hora temprana y núbil, (hora
de somnolencias y dulzor en los besos
de despedida, hora de resurrecciones
a la luz, que no de llantos), de un 11
de marzo de 2004.
Vienen conducidas por tristes
ángeles madrugadores que soplan
con sus bocas de escorpiones
oscuros vientos amarillos
sobre las velas. Traen
rojos presagios engarzados
en las rojas, fúnebres
geometrías de sus ruedas.
Temprano
traen un vértigo de cuerpos
y de almas dispuestos a la vida, Sísifos
recién levantados de las sombras y el blanco
rocío de la noche por si es posible subir
el mundo hacia la cumbre, florecerlo.
(En la distancia oía yo, sin embargo,
el berrido metálico de las olas
acechando la quilla del bajel
y la voz inmarcesible
de la Elegía a Ramón Sijé:
temprano levantó la muerte el vuelo)
2
Puesta en pie la vida, al alba, y estrenada
en las acacias y los ojos abiertos
para las tareas y los sueños por cumplir
de quienes navegan por sendas voraces
hacia ese cielo dulce
y prometido de Madrid:
Quizás
algún viajero –ese chaval
de ojos legaña y cresta, por ejemplo-,
mecido sobre los zapatos de hierro
ya sembrados de oscuros
alfanjes amarillos, vaya
dibujando en su frente aún surcada
de noches, ajena a los rojos
presagios anidados en las ruedas, notas
de guitarra y torsiones y ácidos
escorzos tecnopop para combatir
el tedio somnoliento del camino.
O teja como Aracne añoranzas
de azules guacamayos, tan de rojo, tan verdes,
la señora de al lado orlada
de huipiles con sonrisa, apenas
relucidos en esa luz primera, recién
amanecida, con que se escinde
el día de la noche.
O puede
que el viajero, sonámbulo, diseñe
granados ascensos imposibles
en el escalafón fratricida: el señor
de corbata, tan pulcro, tan blanquito.
(Hasta mi cama, sin embargo,
llegaba vulnerado, en la distancia,
el mugido de los vientos amarillos)
3
Y de pronto, tan temprano, enceguecidos
por oscuros fulgores cainitas, zozobraron
los bajeles contra los acantilados: hierros
fundidos por un altivo fuego se levantan
en remolinos de ira hacia un cielo
desnacido y roto.
Arden
leños candentes en una pira
de cuerpos y de almas aventada
por vengadores vientos
amarillos: rosas
rojas rotas, huesos
arrancados de su sitio, desolados,
esparcidos por una largo valle de asfaltos
y de muertes.
Andan
por los andenes lacias
orquídeas moradas buscando
un mínimo rincón para morir, mientras
lloran pañuelos blancos las campanas
hasta humedecer el grito
de los huesos desolados.
(Yo también había sido sajado
en los ojos por el fuego
y detenía con un pañuelo rojo
la sangre de la herida)
4
Temprano había puesto la serpiente
su híspido negro nido
entre las vías y crecieron
como por ensalmo camposantos
de rojas amapolas sobre el suelo
de Madrid:
los navegantes
del bajel –el chaval
de la cresta, la señora del huipil
sin brillos ni sonrisas, el blanquito
señor de la corbata…- eran derribados
de su aliento; desposeídos, de golpe,
de sus sueños; talados
como los espectros que Goya
pintó con ese desorbitado mirar
hacia la muerte en Los fusilamientos
del tres de mayo.
Temprano
lloran gritos de sangre
los rascacielos de cristal
y cemento, altas tubas verticales
para un réquiem de pánicos y llantos.
(Se han cumplido los fúnebres
presagios en esta hora
renegada de luz, metálica, crecida
de picas y de alfanjes)
5
Y ya no llevan las cuádrigas a ningún
cielo dulce -de Madrid ¿adónde?…- sino
a un infierno de muertes sin anunciar,
muertes a la amanecida, tan tempranas:
vías decapitadas por la ley del talión:
ojo por ojo (porque ha habido ojos
arrancados a sus cuencas desde el día
en que el hombre descubrió sus propias
garras violáceas; qué barro
inicial tan corrompido; qué daga
permanente florecida
en la piel del tiempo)
Vías
humilladas contra su destino
de hacer correr la vida y sus estaciones,
ahora sendas cortadas
sin proyección o meta, sino
a la vieja, multiplicada
costumbre de la sangre.
6
¡Qué andadura errante y desolada!: velas
heridas de bajel y pies
de hierro descarrilados para siempre
sobre los andenes huérfanos, amortajados
por la oscura mano de unos ángeles
voraces, sin alas ni fulgores, ángeles
revestidos de sombra que siembran
de tristes crisantemos
todas las aceras de Madrid:
ciudad
rajada en canal como una res
sacrificial, sin cabeza ni luz, en la fría,
vil, amarga
cadena de un matadero
de corderos inocentes.
(Me postro y beso
su memoria y nombro
en el ágora sus nombres, uno
por uno, como en un antiguo
cantar de ciegos adolorido)
7
Abierta, sí, en sus venas
de hierro y brea, Madrid:
supervivientes
en pie con la sangre en las manos
corriendo para reverdecer la vida
en las exangües arterias amputadas
de sus prójimos.
Manos
rojas, manos blancas al cielo, manos
negras, furtivas, sajando fríamente
de arriba abajo la ciudad. Manos
yertas, deshabitadas, de las víctimas
despidiéndose sobre los andenes
con un pañuelo blanco
entre los dientes:
¡Adiós!
Lava
y lágrimas a un tiempo en las cuádrigas
que corrían a Madrid tan pronto, tan temprano,
para estrenar la luz, capituladas ahora
por enrojecidos presagios ya cumplidos: fúnebres
relojes de estación –Atocha, Santa Eulalia,
El Pozo- con las manecillas asustadas
en rápido regreso hacia la noche.
(Era
un 11 de marzo, tan temprano, sin alba)
8
Hasta mi cama, en la distancia, llegó
el furor de las olas, el agrio
hedor de los oscuros vientos amarillos, el último
vestigio de los náufragos: unas cuerdas
rotas de guitarra tecnopop, una corbata
en blanco, y flotando en el aliento
herido de mi estancia plumas rojas
y verdes de guacamayos sin voz, huipiles
sin cantos ni sonrisas, a punto
de ser inmortalizados en un dolmen
construido de fuego y luz, de manos
blancas vulneradas y de vías
sólo surcadas desde entonces
por la memoria de los que un día cualquiera
navegaban hacia la vida.
¡Va por ellos!
(Fue un 11 de marzo, tan temprano, sin alba)

Quintín García

 

[Tomado de Diario de Salamanca]

Quintín García González (Piña de Esgueva, Valladolid, 1945), es sacerdote dominico, poeta, narrador y periodista. Desde hace años vive en Babilafuente (Salamanca). Ha ganado numerosos premios literarios, tanto de poesía como de relatos y novela corta. Entre sus poemarios publicados están Carne en fulgor (2006, San Sebastián, Premio Kutxa Ciudad de Irún); Del invierno a la luz (Asociación Cultural “El Zurguén”. Morille, Salamanca. 2009). Y las novelas cortas; A título póstumo (2001, Primer Premio del I Certamen de Novela Corta Ciudad de Dueñas) y Viaje y resurrección de Lázaro de Tormes (Hergar, Salamanca, 2013)

El peso del mundo

 
EL PESO DEL MUNDO

A. Juan Pintor

Llenando el mundo el sol abre
la meseta más y más.
¡Las tapias pardas, los surcos
esponjados, y el volar
de unos gorriones!
Ya todo se puede casi tocar.
La vega se azula; el vaho
y el perfume del habar,
el son del agua los moja,
y adensa el cielo, en el caz
de los molinos, su umbría:
las hojas se oyen temblar.
¡Relente y sol en lo verde
que se entrecruza! ¡Vivaz
sabor del alma hacia el día
profundamente rural
que afirma al hombre en su sitio
y a la muerte en su lugar!
Mi corazón va cantando
y encima de un cerro está
donde las trémulas viñas
parecen aletear.
Respiro, y el pie zahonda
aún la nocturna humedad
de la tierra, que es trabajo
más que paisaje, y frugal
esperanza cotidiana
del hombre que amasa el pan
con el sudor de su frente
y hace de adobes su hogar.

Vuelan alondras. El aire
da a la anchura realidad,
y olor silvestre al espacio
de madreselva y zarzal.

Mudamente, la mirada
se acostumbra a caminar
por la lontananza, y siente
júbilo de libertad
al ver hoy lo que otros ojos
también mañana verán.
Mañana, y hoy, y mañana,
mansamente y siempre igual,
la luz que transcurre ahora
aún más pura volverá
al corazón de otros hombres
como el agua al hontanar.
Mañana, y hoy, y mañana,
sobre Castrillo y Nistal,
descansa el peso del mundo
en la alada suavidad
del paisaje, y corre el tiempo
desde el viejo manantial,
repitiendo, gota a gota,
de sol a sol, la unidad
de lo que miran los ojos
humildemente al mirar.

Los años del mundo tienen
pesadumbre de encinar.

Como un bando de palomas
sobre la tierra estival
se posa en el pensamiento
del hombre la soledad.
Tranquila en la superficie,
como la masa del mar,
que inmóvil en su honda fuerza
torna reposo su afán,
la tierra rueda, y parece
lentamente su rodar
costumbre del horizonte
bajo la luz cenital.
Lejos, las norias humildes
giran en su claridad
entre el rumor de los trillos
que van y vienen y van.
Hoy, y mañana, el sonido
continuo, puro, mortal,
teje la santa armonía
del tiempo, en la eternidad
íntimamente aldeana
del rincón que Dios nos da.
Mañana, y hoy, como ahora,
y siempre, y todo, al azar
de la estación y del día
que hace a los campos cambiar,
tenuemente abandonando
su sombra muerta detrás.

La ilusa quietud del sol
situando las cosas va
entre un azul de penumbra
y un reposo de piedad.
Todo gravita, y se siente
el tenue soplo pasar
del tiempo. Los chopos flotan
en el tiempo, y rumia en paz
el buey la hierba del prado
que aviva el agua al regar.
Los ojos ven hacia dentro,
buscando sombras, y al ras
del rastrojo, los rebaños
se responden al balar.
Todo es despacio, y tan simple
vivir como respirar,
mientras el jugo del tiempo
nos promete que será
lo mismo que este momento
mañana el siempre fugaz.
Todo es mañana, y sin horas,
fluye la vida al compás
del sol, del viento, del agua,
del coger y del sembrar,
la sustancia remejiendo
de un ayer inmemorial.

Vivir, vivir como siempre.
Vivir en siempre, y amar,
traspasado por el tiempo,
las cosas en su verdad.
Vivir desde siempre a siempre.
Vivir hoy siempre, y estar
arraigado aquí y ahora
como Castrillo y Nistal.
Una luz única fluye.
Siempre esta luz fluirá
desde el aroma y el árbol
de la encendida bondad.
Siempre esta luz y este peso
de dulcedumbre natal,
tendido el cuerpo a la orilla
de lo que no tiene edad.
Siempre la hierba de ahora.
Siempre volverla a segar
desde las mismas raíces.
Siempre otra vez a empezar,
al son del gallo en lo oscuro
de las puertas, y al brillar
pálido, de las estrellas
que hacen al campo soñar…

¡Bendito tiempo supremo
sobre Castrillo y Nistal,
y nava triste de Cuevas
donde cruje el centenal,
y agua seca de Barrientos,
y alameda de Carral,
llena de música y sombra
por las noches de San Juan!
¡Oh peso del mundo, dulce,
bajo la tierra al arar,
bajo la nieve al caer,
bajo el resol del trigal,
bajo el aire en primavera
cuando vuela el gavilán,
y vibra el fresno delgado,
ya verde junto al tapial!
¡Oh peso del mundo, peso
de mi cuerpo sobre el haz
del mundo, sobre la masa
tibia de agosto total…!
¡Mañana, y hoy, y mañana,
cuando el oro del almiar,
cuando el son de las estrellas,
cuando el fuego en el pinar
lejano, cuando un silencio
de empañamiento inmortal…!
Todo en rotación diurna
descansa en su más allá,
espera, susurra, tiembla,
duerme y parece velar,
mientras el peso del mundo
tira del cuerpo y lo va
enterrando dulcemente
entre un después y un jamás.

Leopoldo Panero (Astorga, León, 17 de octubre de 1909 – Castrillo de las Piedras, León, 27 de agosto de 1962)


 
La muerte de Leopoldo María Panero, a quien se denominó “el poeta de la trasgresión”, me ha sugerido colocar este poema de su padre, Leopoldo Panero, que llevaba, tiempo ha, esperando en mi almacén a que hubiera un motivo. No me valían las simples ganas de airearlo.
En cuanto a poesía soy muy normalito; me gusta la sencillita, que no requiere saber de métrica ni de rítmica, que se entiende al natural, tanto, que si supiera y tuviera lo que hay que tener, también la podría escribir yo. Panero padre habla el lenguaje que conozco y dice de cosas que yo sé. Lo hace de una manera deliciosa, eso es lo que me maravilla.
Esta de ahora, por ejemplo, El peso del mundo, expresa el transcurrir del tiempo, el devanarse la vida, el gastarse uno mismo en la compleja tarea de existir viviendo. Y parece que, aun siendo consciente del “peso”, e incluso del “costo”, que supone, no destila pesar, sino esperanza; incluso yo diría, alegría.
No es el caso del Panero hijo que acaba de morir. Es demasiado áspero para mi paladar, desabrido y torturado.
Escojo, y lo hago con disgusto, este poema que acabo de conocer, y que me gusta más bien poco.

El Loco

He vivido entre los arrabales, pareciendo
un mono, he vivido en la alcantarilla
transportando las heces,
he vivido dos años en el Pueblo de las Moscas
y aprendido a nutrirme de lo que suelto.
Fui una culebra deslizándose
por la ruina del hombre, gritando
aforismos en pie sobre los muertos,
atravesando mares de carne desconocida
con mis logaritmos.
Y sólo pude pensar que de niño me secuestraron para una alucinante batalla
y que mis padres me sedujeron para
ejecutar el sacrilegio, entre ancianos y muertos.
He enseñado a moverse a las larvas
sobre los cuerpos, y a las mujeres a oír
cómo cantan los árboles al crepúsculo, y lloran.
Y los hombres manchaban mi cara con cieno, al hablar,
y decían con los ojos «fuera de la vida», o bien «no hay nada que pueda
ser menos todavía que tu alma», o bien «cómo te llamas»
y «qué oscuro es tu nombre».
He vivido los blancos de la vida,
sus equivocaciones, sus olvidos, su
torpeza incesante y recuerdo su
misterio brutal, y el tentáculo
suyo acariciarme el vientre y las nalgas y los pies
frenéticos de huida.
He vivido su tentación, y he vivido el pecado
del que nadie cabe nunca nos absuelva.

Leopoldo María Panero (Madrid, 16 de junio de 1948 - Las Palmas de Gran Canaria, 5 de marzo de 2014)

Le están saliendo cardenales



Y duelen. Al menos a mí. Supongo que a él también.
Mi madre era muy propensa a los hematomas. Se daba un golpecito de nada con cualquier mueble, por ejemplo, con la cama al hacerla, y tenía ya lo morado en las piernas o en los brazos para tiempo.
Parece que es cosa del sistema vascular; las venitas son muy frágiles y se rompen fácilmente. También hay quien dice que no es eso, que es que están demasiado superficiales, desprotegidas, y por eso se lesionan con frecuencia.
Yo no sé cuál será la razón. Pero me descubro de vez en cuando con una de esas manchas en cualquier parte de mi cuerpo, y si me toco ahí, me duele.
Otras veces no; quiero decir que son producto de una buena costalada. Pues anda que no me las he dado buenas yendo en bici. O andando, como el otro día que Gumi me enreató con la cuerda y di de narices contra el suelo. Rompí el pantalón y magullé la rodilla.
Supongo que a Francisco, papa, le ocurrirá lo mismo. Seguro que se aguanta o lo disimula, pero veo que ya tiene  unos cuantos. Lo malo es que tienen nombre y apellidos, y patas, quiero decir piernas; o sea que se mueven, están vivitos y coleando. Y también boca, o sea por donde “echan”.
Vamos a identificarlos y enumerarlos:
1º Cardenal en breve Fernando Sebastián Aguilar, que se acredita además como cronista rosa y médico entendido en problemas de salud al afirmar:
«Todas las mujeres que quieren abortar lo que buscan es quitarse del medio a sus hijos para disfrutar de la vida».
La homosexualidad es «una manera deficiente de manifestar la sexualidad». «Yo tengo hipertensión, ¿me voy a enfadar porque me lo digan? (…) Muchos casos de homosexualidad se pueden recuperar y normalizar con un tratamiento adecuado. No es ofensa, es estima. Cuando una persona tiene un defecto, el buen amigo es el que se lo dice».
Por cierto, habla y escribe en español. Se le entiende todo; otra cosa diferente es que uno alucine escuchándole o leyéndolo.
2º  Cardenal Juan Luis Cipriani, peruano, se defiende también en su idioma pero habla castellano. Tiene para varios gustos. Desde llamar “sinvergüenza” al árbitro del partido Perú-Uruguay, hasta “herejes” a los teólogos Gustavo Gutiérrez y Teresa Forcades, pasando por tildar de “ingenuo” al prefecto de la congregación de la defensa de la fe, y de paso al propio papa Francisco.
3º Cardenal Herhard Ludwig Müller, alemán, aunque se defiende en castellano. De él son estas palabras:
En la Iglesia «el poder jurisdiccional está en las manos de los ministros ordenados». Por lo cual la mujer no puede presidir Congregaciones, aunque sí dirigir Pontificios Consejos.
4º Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez, dominicano. También hispanoparlante. Este señor ha dicho muchas cosas, que no considero reproducirlas en mi blog. Pero estas que pongo a continuación, dichas en medio de una celebración eucarística, son de especial significación:
«Tengo dentro una profunda laguna, fui educado por los jesuitas, quise y quiero a los jesuitas, pero con este sinvergüenza no me interesa nada. Que se ha dedicado, con unos grupos izquierdistas, a hacer lo que a él le da la gana. ¡A mí hay que respetarme en este país, aunque ese señor se crea que es el supremo pontífice! Yo estoy muy incómodo, molesto. No acepto que un sacerdote ande diciendo tonterías públicamente. Aquí está el superior de los jesuitas, dígale: ‘cállese y punto'. ¿Quién es usted para andar hablando tonterías?» Todo esto refiriéndose a un cura jesuita, Mario Serrano, que dirige el centro Bonó en defensa de los descendientes de los antiguos inmigrantes haitianos en Santo Domingo que, por sentencia del tribunal supremo dominicano acaban de ser declarados “personas extranjeras en tránsito”, no importa que hayan nacido y crecido en aquel país desde hace más de ochenta y cinco años.
5º Cardenal no, simple obispo,  Juan Antonio Martínez Camino, español. Habla mi idioma, pero qué poco le comprendo. Acaba de decir en Valencia:
Una mujer que ha sido violada tampoco debe poder abortar porque «ser objeto de una injusticia no justifica cometer otra».
Es verdad que los cardenales se curan ellos solitos, aunque duelan mientras tanto. Estos cuatro señores dejarán algún día de doler, pero curarse… ese es otro cantar.
Dado que no hay tratamiento ni curativo ni paliativo, no merece la pena discutir razonando ni porfiar insultando. Sólo aguantarse. 
Como me aguanto el cardenal que mantengo en el alma desde hace exactamente un año. Moli se me fue. Y no tengo consuelo.
Quisiera ser poeta, y escribir versos esta noche; porque me lo pide el cuerpo, porque mis tripas me lo exigen. Pero no sé hacerlo. Pido las palabras, mejor dicho, las robo, de uno que es maestro en estas cosas, y aunque él miraba a "Sirio", yo las repito mirándote a ti, Moli.


A MI PERRO

Oh, sí, lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos profundos.
Yo bajo a donde tú estás, o asciendo a donde tú estás
y en tu reino me mezclo contigo, buen Sirio, buen perro mío, y me salvo contigo.
Aquí en tu reino de serenidad y silencio, donde la voz humana nunca se oye,
converso en el oscurecer y entro profundamente en tu mediodía.
Tú me has conducido a tu habitación, donde existe el tiempo que nunca se pone.
Un presente continuo preside nuestro diálogo, en el que el hablar es el tuyo tan sólo.
Yo callo y mudo te contemplo, y me yergo y te miro. Oh, cuán profundos ojos conocedores.
Pero no puedo decirte nada, aunque tú me comprendes... Oh, yo te escucho.
Allí oigo tu ronco decir y saber desde el mismo centro infinito de tu presente.
Tus largas orejas suavísimas, tu cuerpo de soberanía y de fuerza,
tu ruda pezuña peluda que toca la materia del mundo,
el arco de tu aparición y esos hondos ojos apaciguados
donde la Creación jamás irrumpió con una sorpresa.
Allí, en tu cueva, en tu averno donde todo es cénit, te entendí, aunque no pude hablarte.
Todo era fiesta en mi corazón, que saltaba en tu derredor, mientras tú eras tu mirar entendiéndome.
Desde mi sucederse y mi consumirse te veo, un instante parado a tu vera,
pretendiendo quedarme y reconocerme.
Pero yo pasé, transcurrí y tú, oh gran perro mío, persistes.
Residido en tu luz, inmóvil en tu seguridad, no pudiste más que entenderme.
Y yo salí de tu cueva y descendí a mi alvéolo viajador y, al volver la cabeza, en la linde
vi, no sé, algo como unos ojos misericordes.


Aleixandre, Vicente. "Retratos con nombre", en Poesía y prosa. Edición de Leopoldo de Luis. Madrid: Bruguera, 1985, p. 321.

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