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Ay, aquellos cantos religiosos…


Tal vez porque tras la siesta el día sigue nublado y cae un chirimiri empalagoso, me ha invadido la nostalgia y me ha llegado de repente una musiquilla dulce, con una letra, no cursi pero sí “antigua”, que me ha transportado a la niñez.

Angelicalmente a mis siete años, saliendo del banco con mis compañeros para formar dos filas en el pasillo central de la enorme capilla del colegio, me acercaba a comulgar entonando cantos con el acompañamiento al órgano del hermano Jorge.

Podía ser un domingo o un viernes primero de mes. Quizás fuera en alguna fiesta señalada, tal que el día 11 de febrero, la Virgen de Lourdes, patrona del colegio; o el 7 de abril, San Juan Bautista de la Salle, fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, los “baberos”… Aunque, recordándolo mejor, en esos días tan señalados el canto correspondía a la Escolanía, que ocupaba todo, absolutamente todo, con el hermano Julián a la batuta; los demás sólo escuchábamos y comulgábamos.

No, no nos hacían ir mucho a misa, al menos a los alumnos externos. Pero yo sí iba, todos los domingos y todos los primeros viernes de mes.

Los domingos, porque por la mañana había deporte de alto nivel. Y entonces éramos importantes en balonmano. Luego sería el baloncesto. Hasta la hora de comer teníamos diversión asegurada.

Los primeros viernes, porque en casa me inducían a ello, y me divertía ir al cole en ayunas con un bocadillo de tortilla francesa y una pieza de fruta, y salir de clase para ir a la capilla mientras “los que no” se quedaban allí en silencio y trabajando.

Ya había casi olvidado aquella piadosa práctica de mis años infantiles, y hete aquí que por correo acaban de recordármela. Una circular de la Delegación Diocesana de Pastoral, llegada esta misma mañana, insta a todas las parroquias a reinstaurar aquella devoción de antaño, con el añadido de la práctica de la confesión.

Mientras tomo nota y veo lo que proceda, he recordado una de aquellas canciones con las que, en fila, nos acercábamos a comulgar. Internet me dice que además de tener la música, también sabe quién fue su autor, precisamente el hermano León. ¡Qué cosas!




Oh, buen Jesús

Autor: Hno. León de Jesús

Letra:

  1. ¡Oh, buen Jesús!, yo creo firmemente
    que por mi bien estás en el altar,
    que das tu Cuerpo y Sangre juntamente
    al alma fiel en celestial manjar,
    al alma fiel en celestial manjar.

  2. Indigno soy, confieso avergonzado,
    de recibir la Santa Comunión.
    Jesús, que ves mi nada y mi pecado,
    prepara Tú mi pobre corazón,
    prepara Tú mi pobre corazón.

  3. Pequé, Señor, ingrato te he ofendido.
    Infiel te fui, confieso mi maldad.
    Me pesa ya, perdón, Señor, te pido;
    eres mi Dios, apelo a tu bondad;
    eres mi Dios, apelo a tu bondad.

  4. Espero en Ti, piadoso Jesús mío,
    oigo tu voz que dice: "Ven a Mí".
    Porque eres fiel, por eso en Ti confío,
    todo, Señor, yo espérolo de Ti;
    todo, Señor, yo espérolo de Ti.

  5. ¡Oh, Buen Pastor, amable y fino amante!
    Mi corazón se abrasa en santo ardor.
    Si te olvidé, hoy juro que, constante,
    he de vivir tan sólo de tu Amor;
    he de vivir tan sólo de tu Amor.

  6. Dulce maná y celestial comida,
    gozo y salud de quien te come bien.
    Ven sin tardar, mi Dios, mi Luz, mi Vida.
    Desciende a mí, hasta mi pecho ven;
    desciende a mí, hasta mi pecho ven.

Nota: La devoción de los "Los Nueve Primeros Viernes dedicados al Sagrado Corazón de Jesús" consiste en asistir a misa, confesar y comulgar. En mi infancia para comulgar debía guardarse ayuno riguroso desde el día anterior, o sea desde las 0:00 horas. Sólo se podía tomar un poco de agua, en caso de necesidad.

Sigue teniendo sentido…

No sé por qué motivo, pero hoy he vuelto a recordar. Tal vez ha sido el comentario de mi compañero de al lado, Fernando Manero, o puede que haya sido un artículo colgado en Atrio por Eloy Isorna, o sencillamente el bueno de Leonardo Boff con su escrito semanal en Koinonia. El caso es que me ha entrado cierta añoranza, melancolía, nostalgia, tristeza, pena… o similar.

¿Qué decir? Más que palabras, escuchemos esta melodía, esta canción. Para algo más que para adorno nos pusieron las orejas, ¿no Clares?

Es Bob Dylan:





Fue Julita, cómo no, la que me hizo llegar esta preciosa composición.
Siento que la música no vaya sincronizada, pero desde el mismo blog la podéis disfrutar.

A mi madre en el día de su cumpleaños

Mi madre hoy habría cumplido 91 años. No llegó, se quedó en 87. Pero todo fue gracia de Dios, entoldada por la naturaleza humana.

Hoy, día de su nacimiento según la carne, recuerdo aquel otro día en que nació para la otra vida, y lo hago con agradecimiento y con esperanza, y también con alegría.

Mamá, que te vaya bonito. Desde aquí te recuerdo y también te siento cercana. Noto y he notado tu cariño junto a mí todos los días desde que te llevaron, desde que te fuiste. No dejaste ningún vacío, sino presencia misteriosa y reconfortante.

Ahora tendrás tiempo de estudiar música, la que tan bien interpretabas improvisando. Y de hacer punto con lana de colores imposibles, como acostumbrabas. Y de tomar el sol sin medida y de ponerte negra hasta los topes. Y de pelar la hebra con cualquier hijo e hija de vecino o vecina, que para eso no te cortabas ni un pelo. Y de estar siempre animosa y animante, y de no ver problema en ningún cuestión banal o importante. Y de ponerte el mundo por montera, que para eso tenías tú lo que había que tener.

Mamá, que sigo recordándote con alegría y que me sigues ayudando en todos y cada uno de los instantes de mi vida.

Da, de mi parte, un cariñoso saludo al Abba. Y por supuesto, no riñas con papá, que estará como siempre leyendo alguna novela de vaqueros o fumándose un ducados con su panda de tertulianos.

Yo por aquí, sigo marchando…, y estoy bien.

No pudo ser…

He tenido una inspiración…

A pesar de las buenas intenciones de algunos, ver este ejemplo, el poder de captación que unos y la falta de referencias firmes o de información-deformación-formación o, vaya usted a saber, simplemente la banalidad del ser humano, don juan se nos ha, no muerto, no, pero sí desaparecido.

El 1 de noviembre uno no sabe si celebra a los santos y santas de la historia y de la humanidad entera, o si ha de ponerse una calabaza en la cabeza y llevar una vela de casa en casa, recordando lo que allá lejos otros con o sin razón celebran, porque son muy originales, o muy distintos, o simplemente muy tontos, y no tienen raíces o no quieren saber nada de ellas, que son muy, pero que muy suficientes ellos solitos para construirse su propio estilo y su característica arquitectura mental y social.

Pero yo, con forges, sigo erre que erre, que es muy español y muy torero, aunque a mí maldita la gracia que me hace la tauromaquia.

Helo, ahí lo tienes, todo saleroso y dicharachero:

He visto una peli

Anoche vi una película, que fui invitado por Asun que me dio las entradas para la Seminci. Yo creí que iba a estar lleno el Calderón, que ponía ya no hay entradas para la sesión de las 22:00 horas, pero qué va, que había sitio de sobra en el patio, y casi todas las plateas y demás estaban como el queso de gruyère o más, casi vacías. Misterio (?).

El caso es que vi "La buena nueva", de Helena Taberna. Una navarra de una pieza, una tía fetén.

Trata la historia de una historia real, escrita por un cura que lo fue en su Navarra natal, de párroco en Alsasua durante los años 30 y pico. El ayuntamiento socialista y los azules y requetés a la sombra agazapados. Y se arma el tiberio y hay fusilamientos y dolor y ruptura y mala baba y lágrimas y soledad. El cura en medio, ¿de dónde? ¿del seminario? ¿de Roma? No. Viene del orfanato. Y se acerca al dolor, y lo hace con humanidad, es decir con ternura, con decisión, con recursos, con amor. Y se acerca al horror, y lo hace con humanidad, que es gallardía, hombría, bondad, valentía.

Pero los dos bloques son roca dura, fría, inmóvil e inmovilizadora.

Y el curita recoge cosas, y cava y abona, y pinta y anima a coser y coser para recomponer, para aliviar, para acompañar, para abrazar…, para besar.

Al final, ante la sima siniestra y acogedora de la humanidad rota, él y con él las que guardarán la memoria. En otra parte, un ritual impresionante, im-presionante, aplastante, demoledor, horrible, que mete miedo de que vuelva a emerger en la historia monstruo tan deshumanizante.

No tengo nada que decir de técnica de cine, que no tengo ni pajolera idea. Sí sé que se me lloraron los ojos, en silencio, en la oscuridad, por sentir y por doler. Pero también porque al final, ¿será siempre esa la solución?
¿El que se topa con la institución tiene que irse por fuerza? ¿No cabe posibilidad de cambiarla desde su interior, aunque sea con sangre, sudor y lágrima? ¿Hasta dónde puede y debe llegar la fe, la confianza, le esperanza, la CARIDAD? ¿Hasta dónde no puede y no debe llegar aunque se trate de la propia vida?

El resumen de la película está aquí: Resumen más o menos bien hecho de La buena nueva

Información adicional, y muy esclarecedora e interesante

Y esto es un corolario, que puede sobrar, o no, según se mire

Este está pendiente

He tenido una inspiración… sobre Manzacosas.
Julita, mi Julita, lectora incondicional y silenciosa, amiga desde ¡siempre! me avisó de que manzacosas ya no estaba, aunque sí su blog. Abro esta entrada, porque me juramento a leer todos sus posts (comentarios incluidos), y hacer después un resumen que sea no epitafio, no, tampoco homenaje que no me corresponde, sino… cómo decirlo, un monumento (dentro de mis posibilidades que llegan, ya sabéis, hasta donde llegan) a un señor burgalés que un cierto día me visitó para decirme:

"Hola. Llego a este blog a través del de FERNANDO MANERO. Veo que eres sacerdote, y veo que te expresas con sinceridad, lo que me agrada. Un saludo. Manzacosas"

No me digáis que no es un precioso regalo de "alguien" que entra y te echa este piropo. Además que él, el manzacosas, ya está con el Abba, Padre o Madre, o lo que sea. ¡Que más da! ¡Que sea lo que quiera! Lo que de verdad me (nos) importa es que SEA. Y ES. Vaya que si ES, ¡voto a bríos!

Cosas de pueblo

Llegó con su melena, tampoco tan larga, y sus barbas, tampoco tan descuidadas. Pero llegó, no con miedo, no, más bien con prevención y, sobre todo, con timidez, mucha timidez. Iba mandado, y no sabía bien a dónde iba.

Saludos, buenas palabras, mejores deseos… Apretones de mano, palmadas en la espalda, algún beso en el reverso de la mano derecha, tal vez un Dios le bendiga… Un poco azorado, de tú, oye, de tú, que es mejor, mucho más fácil…

Pasó algún día. Había que comer. Ni bar de comidas, ni tienda, ni comercio diario, que llegaba a días, carnicero, fresquero, frutero…, sólo el pan. Así que repitió la costumbre del anterior: encontrar casa donde pudiera compartir mesa, o al menos la comida, pagada por supuesto.

Recorrido matutino, nada. Recorrido vespertino, también nada.

Al tercer día, una anciana hermana de un obrero del campo jubilado se prestó a darle de comer durante algún tiempo, hasta que hubiera más suerte. ¡Qué comidas! Ella de pie, al lado, esperando que él acabara la sopa, para servirle el pescado. Luego el postre. ¿Le ha gustado? Estaba todo muy rico, muchas gracias, pero yo preferiría que no estuviera así, que se sentara conmigo… Ella nerviosa no sabía qué decir. Eso no podría ser, eso no estaría bien. No hubo más. Y así pasaron otros días.

Un día, tal vez el décimo, o el vigésimo quinto, entró en su casa, ella bajita, ni morena ni rubia ni castaña, sonriente y avergonzada, a su lado dos hijas como dos castillos de jóvenes, de llenas, de guapas, de altas, y también la pequeña, Elena, de unos 6 ó 7 años. Que si podría acogerme…, que sí, que lo hemos hablado en casa y que sí que venga usted con nosotros que donde comen cuatro comen cinco. Eran siete, el matrimonio, tres hijas y dos hijos. El hombre de la casa está con el ganado en el campo, que es pastor, llegará muy tarde, pero ya está hablado. Él se emocionó como hacía tiempo que no se emocionaba, y mira que el puñetero era reacio a las emociones, tanto que las ocultaba hasta hacerse daño. Por fin ya no comería solo, charlaría, reiría, trataría de ser uno más entre todos ell@s.

Y fue feliz en aquella casa.

Os recuerdo, os quiero: Nicolás, Fidela, Miguel Ángel, Mercedes, Manoli, Darío y Elena.

Fueron su familia, su nueva familia… durante aquellos dos años, y bastantes más.

Por lo demás, los chavales, digo chavales y chavalas. Baloncesto en el patio del ayuntamiento. Paseos por el valle en bici, a pie o en coche. Llegaron a viajar en el pobre cacharro más de 15, ¿cómo? milagro de la multiplicación del espacio (Tranquis, que íbamos por caminos y similares). Ping-pong en la cuadra de la enorme casa rectoral convertida en sala de bailes y otros menesteres. Tardes viendo la tele en el teleclub. Y música. Porque tenía guitarra. La única del pueblo, al menos no se sabía que hubiera otra. Y por supuesto los monaguillos, los mismos que participaban en todo lo demás.

Un día llegó nuevo un señor, y señora por supuesto, que compró casa de larga historia y bella planta, vamos casa solariega. Y este señor que venía a vivir no, venía de vez en cuando. Y luego llegó otro señor, ya no sé si con señora, que resultó hermano del anterior. Andaba mucho por el campo, tomaba el sol, se mojaba con la lluvia y era como distinto.

Y un día se le acerca este señor y como no queriendo la cosa empieza a hablar y a preguntar, qué, cosas del pueblo. Y en éstas va y le dice: en este pueblo pasa algo raro. Los chavales, las chavalas, cantan cuando van por ahí ¡a desalambrar, a desalambrar, que la tierra es mía, tuya y de aquel!, y soldadito de Bolivia, soldadito boliviano, y en mi pueblo sin pretensión tengo mala reputación, y voy a cantar el corrido de un hombre que fue a la guerra, y carne de yugo ha nacido, y vamos por ancho camino, nacerá un nuevo destino, ven, y muy bien, voy a preguntar por ti, por ti, por aquel, y te recuerdo amanda, la calle mojada, y me lo decía mi abuelito, me lo decía mi papá, y si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré como un anillo al agua, y andaluces de jaén, aceituneros altivos, y tú y yo muchacha estamos hechos de nubes, y nuestras horas son minutos cuando esperamos saber, y tú no puedes volver atrás porque la vida ya te empuja, y cuando ya nada se espera personalmente exaltante, y ciego que apuntas y atinas, y pues es amarga la verdad, y hace mucho el dinero, y levántate y mira la montaña…, que digo yo que esas cosas no las aprenden en la escuela del pueblo, que dónde las habrán oído. Y le mira, con media sonrisa que no lo es, tampoco media mueca, y continua preguntando cosas del pueblo.

Y siguió la historia aquella en aquel pueblo.

Ha pasado el tiempo y él se pregunta qué será de aquellos chavales y chavalas, qué cantarán si es que aún cantan, qué vivirán si aún viven. Y también se pregunta por aquel señor preguntón, que ni sonreía ni ná.

Pero de aquella familia, Nicolás, Fidela, Miguel Ángel, Mercedes, Manoli, Darío y Elena no se pregunta nada, porque la lleva en el corazón. ¡Nos veremos! ¡Palabra!

Historias pasadas que no mueven molinos..... de viento

¡A ti te voy a echar del pueblo!
El que hablaba desde el medio de la calle era Pedro, el alcalde. Le decía al melenas que venía rodeado de chavales y chavalas al campo de juego del ayuntamiento, o sea del pueblo.
Mira, Pedro, yo soy el cura de este pueblo porque me lo ha mandado el obispo. Tú no puedes hacer nada, así que no te pongas de esa manera. Ya lo sabes.

¿A qué venía esta invectiva, en tono acre y voz alta?

A una historia que poco o nada tiene que ver con aquellos enternecedores cuentos de la posguerra italiana de Guareschi, en los que un alcalde bravucón, comunista y descreído (?) y un ensotanado cura fascista (?) no menos bravucón, mantenían en constante tensión simpática a la población humana y divina de un pequeño pueblo de la Italia de entonces.

La cosa, el asunto, el tema empezó mucho antes. Apenas a pocos meses de aparecer por allí un tipejo sin pinta de cura, pero que era el cura. Lo de menos ahora es cómo era, qué decía, cómo se comportaba, que eso no cuenta, al menos ahora.
Lo importante es que en aquella temporada, tuvo la fortuna o “infortuna”, cada quien piense como quiera, de morir el caudillo, o sea Franco. Todos ya sabemos quién fue, no hacen falta más explicaciones. Y quien no lo sepa, que busque en Internet, que está al lado.

El caso es que ya de noche, llaman a la puerta de la rectoral (o sea donde vivía el cura del pueblo). Son el Alcalde y el Teniente de Alcalde (notad que las iniciales las resalto, que eran personas importantes). Vamos, Pedro y Juan. Muy serios dicen: Oye, mira, que ha muerto el caudillo y que dice el gobernador civil que te encarguemos un funeral para el domingo. Yo, respiro, no lo sabía. Y entraron y nos sentamos alrededor de la camilla. Y empezamos a hablar los tres. El cura intentar razonar que no puede hacer una misa funeral por alguien que ni ha sido del pueblo, ni siquiera tuvo el detalle de hacer algún alto en él si alguna vez pasó cerca. Vamos que sí, que fue el jefe del estado, pero que estaba tan lejos, que mejor dejarlo pasar. Un día, cualquiera, en misa, lo recordamos y ya está. Que lo otro puede hacer daño a algunos, que esto es un pueblo pequeño y que del otro bando también hay.
La conversación fue alargándose; de las formas suaves pasamos a las más ásperas; subimos la voz y hasta chillamos. Pero como la rectoral estaba al borde del pueblo, y en aquella calle no había más que corrales, no se enteró nadie. Bueno sí, se enterarían las ovejas, pero como ellas sólo balan, nunca se supo su opinión
Llegó un momento de la discusión en que ni pa´lante ni pa´tras. Y va el cura, y se quiere echar un farol, y va y dice: Bueno, lo que diga el obispo. A esto son los 11 y media de la noche, que entonces todavía no se decía 23:00 horas. Teléfono. Lo coge personalmente el obispo, qué pasa, mire que quieren un funeral y tal, que ¿qué hago? Y va mi obispo y me dice: Tú haz lo que tengas que hacer. Yo tengo un funeral en la catedral.

Total, que celebramos el funeral, por supuesto con las autoridades locales esta vez en el primer banco de la iglesia.

Pasaron los días o los meses. A lo mejor fue en primavera, ya no me acuerdo. El caso es que un domingo llaman a la puerta del cura. Está en el cuarto de baño, en el piso de arriba, que así estaba hecha la casa. Dormir abajo, lo demás, arriba. Porque entonces comía en casa de mi patrona, una santa de las de verdad, aunque claro, no era hija del pueblo.
Abro el balcón solemne de la rectoral, me asomo y veo abajo a la pareja de la guardia civil. Que tiene usted que bajar, que tenemos una razón para usted.
Os podéis imaginar. La guardia civil en casa del cura, que habrá pasado dice el personal curioso, si se lo llevan qué pasa con la misa comentó alguien con alguien. Bajé, charlamos, se fueron y yo volví a mis quehaceres. O sea, lavarme, desayunar y correr a decir las misas correspondientes.
Los guardias habían ido a decirme: el Sr. Juez Comarcal, le espera a usted el martes que viene en el Juzgado.
Y nada, eso, que fui, me recibió, me preguntó, le respondí, nos despedimos, y hasta ahora. Eso fue todo. O sea: Es usted el cura de ese pueblo, sí. Se ha negado a un funeral, no. Tiene usted algo más que decir, no.

Llegaron las fiestas del pueblo, recuerdo bien, San Pedro. El día en que se contratan los pastores para todo el año (supongo que se conservará aún esa tradicional costumbre, aunque a lo mejor con lo del cambio climático y la conversión al euro ya no se estila). Fiesta grande. Los chavales se encargan de ellas, eso, el baile, los cohetes, los juegos (bueno, eso no, que se los dejaron que los organizara el cura), el bar, las peñas, en fin todo ese montaje que supone las fiestas del pueblo.
El alcalde mangoneó y arrendó el bar a un amigo. Los jóvenes se cabrearon y no sé qué le hicieron. Teléfono de nuevo. Llegaron los guardias, detuvieron a 5 ó 6 y los encerraron en el ayuntamiento. Se enteró la gente. Alguien dijo que les estaban pegando. Los padres, las madres, los hermanos y hermanas, los pequeños y los grandes salieron en dirección, cómo no, del ayuntamiento. Al final, todo el pueblo revuelto y voceando que les dejaran salir, que ya estaba bien de agredir.
No sé quién volvió a coger el teléfono (y ya van tres), pero al mediodía de aquel día, San Pedro, llegaron a un pequeño pueblecito de los torozos castellanos 10 ó 12 yips (sé decirlo y hasta describirlo, pero no escribirlo) (corrección sugerida: se dicen "jeeps") llenos, o sea entre 30 y 40 guardias civiles de los de metralleta, casco y porra y guantes de boxeo (nada de a pie, mosquetones y porra). El pueblo copado, reculó cada cual a su cobijo. El curilla, atrevido y osado, se coló en el ayuntamiento y suplicó al alcalde que les mandara marcharse, que sólo él podía hacerlo. No, que se van a enterar de quien soy yo.
El cura comió de prestado, que ese día como era fiesta estaba invitado. Pero en aquella mesa se lloró más que comió, que aquella gente era buena y sencilla, y las viandas de postín quedaron casi intocadas. Qué desperdicio.
Luego hubo lo que tenía que haber. Un juicio, con acusaciones y tal, o no, que no lo hubo, bueno no me acuerdo. Lo que si pasó es que en los días siguientes vinieron amigos de la ciudad entendidos en cosas de derechos y defensas, hablaron con unos y con otros, vieron que no había lesiones, que tampoco malas caras, que al fin y al cabo todos eran parientes, que por qué no dejarlo al fin en nada. Y en nada se quedó. Pero al cura le dejaron con el culo al aire. Porque la noche de marras, todos fueron a la rectoral a pedir información sobre abogados defensores. Y el cura, tonto él, tiró de teléfono (ya es la cuarta, qué obsesión), también él, y metió bien metida la pata.

Pasó el tiempo, no sé si mucho o poco, pero llegó el momento de decir (que no, que no fue por teléfono, que con él hablaba de tú a tú): señor obispo, cámbieme de parroquia, que aquí me asfixio.
Y me cambió.
Ojo, quede claro. No me echaron. No fueron las beatas. Tampoco el alcalde. Ni siquiera el juez o el gobernador. Me fui porque el obispo me mandó a otro sitio. Y yo sé obedecer, que soy, bueno no sé lo que soy.

P.D.

Que ¿por qué cuento esto a estas alturas? Porque ya está contado en los papeles, salimos en el periódico de entonces, y porque ya hace tanto que no se acuerda nadie. Pero también porque he recordado ahora, y es bueno recordar si al hacerlo, descansas.

Moraleja: No te calles lo que tengas que decir, ni aunque te maten. Que como ves, no te van a matar, tonto, que es de broma.

Eloy, ¿me oyes?

Aquella mañana vino a hablarnos un misionero. Estaba o había estado en algún país de sudamérica. Y habló de muchas cosas, de bautizos no, de lo demás, de todo. Y habló de pobres y pobreza, y de que había que no quedarse al margen. ¿Entendimos a aquel buen hombre o no entendimos nada?

Estoy hablando de hace muchos años. En segundo de filosofía, seminario mayor de mi ciudad, años 65 ó 66.
Se fue el misionero. Nos quedamos sólo los del curso, muy numeroso por cierto, casi 40; ya era raro ese número entonces, ¡mira cómo estamos (o están, que no lo tengo ni claro) ahora!
Y empezamos recordando ideas y aprendizajes. Fuimos añadiendo cosas y también subiendo el tono. Al final alguien gritó: ¡No estamos haciendo nada! ¡Cómo no!, gritó otro que esperaba algún día cambiar el mundo y sus cimientos con su prédica.
Pobres de allí sí que eran pobres. Pobres los de aquí, voceaba otro. Nadie entendía nada, pero hablar vaya si hablamos. Incluso llegamos a pensar que cada quien sacara las castañas de los propios, o sea, cada uno en su casa y Dios en la de todos.
No se votó, porque no había nada que votar. (Tenían que habernos botado a todos, superiores a la cabeza). Pero no ocurrió nada, porque de verdad, no éramos malos, aunque no diéramos ninguna talla.

Se fueron a Perú, creo que a Arequipa, Tomás, el otro Tomás, José María y Eloy. El resto nos quedamos, es un decir, nos fuimos desperdigando. Incluso algunos llegaron hasta Roma, no por saber, sino por tener un título más fácil que les diera cobijo seguro en su futuro.
Otros nos quedamos un poco menos lejos.
De la pobreza y los pobres, cero. Se olvidó. Nosotros a lo nuestro.

Ha pasado el tiempo. Cada quien está en donde está, quí lo . Unos poquitos aquí, sin romper un plato. Los de Perú, volvieron todos menos un Tomás, y por supuesto Eloy que se fue o lo llevaron. Los de Roma, donde estén sus títulos estarán. Los de algo menos lejos, seguimos aquí haciendo casi nada.

Pero no acaba aquí. Eloy, ¡ay Eloy el de la casa del Abba!, pasó por mi lado un día que venía hacia (o de, que no recuerdo bien) Alemania o Bélgica o Suiza, qué se yo, nos rozamos, nos miramos, nos reconocimos, hablamos, seguimos hablando ya en corrillo aparte de los demás, nos dimos señas y reseñas (y mira que entonces estaban mal vistas las capillitas y los grupitos), y desde entonces y hasta su muerte (tránsito hacia la casa del Padre) no dejó él de cartearme y yo de mandarle cosas.
Él llegó a ser no sé qué de importante en los arrabales, casi desierto, con voz en las ondas, que allí se estila mucho, con cocinas y comedores comunes, con gritos, con ruegos, con susurros tocando a rebato por arrancar de la pobreza a miles de peruanos. Y de rebote y por contagio y también y sobre todo por abrazo a la cintura, de toda sudamérica. Ah, también fue cura, hasta el final.




Y yo sigo aquí. Y sigo y no sé porqué sigo, y hago y no sé porqué hago.
Me paro y veo que no es cierto, que hablo en singular y resulta que debería hacerlo en plural.
Hacemos, aunque “yo” no sé ni porqué ni para qué, que los demás sí lo ven (así parece al menos), y tiran de mí, y me empujan, y me riñen, y me acarician, y me exigen y me sacan los colores, y en fin, también me besan.

Eloy, amigo, hermano, no sé porqué hoy te recuerdo, y te añoro y te digo muy bajito: hace ya unos días que no sé qué me pasa, que lloro por nada. ¿Será que me estoy haciendo viejo? Pero si ya he dicho hace poco que estoy hecho un mulo, que corro, nado, salto… Pues eso, Eloy que un abrazo muy muy fuerte, y tira al Abba cariñosamente de las barbas, que yo también las tengo y alguna vez algún niñ@ también a mí me tira.

Eloy, fíjate qué raro, que yo nunca escribí más que para examen y apuntes y cartearte, pues ahora fíjate bien lo que te digo: al escribir me salen ripios y rimas y en fin eso que de jovencitos tan bien algunos hacíais. Qué cosas ¿verdad?

Para más información esto: Vida y milagros de Eloy Arribas Lázaro

Ventura

Anoche estuvimos de fiesta. La Pilarica ponía nombre a una plaza del barrio: Plaza del P. Buenventura Alonso S.J. O sea, la plaza de Ventura. No hace falta más. Pero como el tiempo pasa y la historia envejece, los jóvenes ya no saben, desconocen. Y una placa más abajo describe por si acaso.

Hubo fiesta, y cantos, y palabras, y recuerdos, y sopas de ajo.
Bailes, abrazos, ojos tiernos traicioneros que rezuman emoción y añoranza y pena…
Una proyección en powerpoint o en openoffice, no recuerdo, puso imágenes, chavales, montañas, iglesias, árboles fósiles, calles pardas de tierra, campos castellanos…
Fue poco para lo mucho que es (fue) Ventura, el callado, el discreto, el hombre de una pieza, el creyente lleno de fuerza y de coraje, siempre en la penumbra que alumbraba como fuego.
Ventura, amigo, hermano, siempre adelante sin romper, sin cascar, sin forzar, siempre dócil al viento que sopla como y donde quiere, pero siempre constante y tozudo y machacante.
Te cantó Sabo esta pieza con música propia que no recuerdo pero sí la letra, que la apunto ahora mismo:

De la tierra,
lluvia, escarcha, trigo y tallo.
De la tierra
y de trozos milenarios,
y de sol, y del sol hermano.

De la sierra,
Salas, Silos y otros campos.
De la sierra,
y de Hacinas en el llano,
y de amor, y de amor granado.

El compañero que va sembrando
trozos de tierra en libertad.
Cada matojo de pelo cano
es un cimiento de su verdad.
Es mojón y es raíz,
es puente, carro, cañada y flor.

De la tierra,
nunca quiso ser esclavo.
De la tierra,
su mirada ha ido tallando,
con amor, con amor de hermano.

De la sierra,
desde Hacinas palpitando.
De la sierra,
vida a vida roturando
con valor y una flor brotando.

De la tierra,
de la tierra,
de la tierra.

Más fuerte que mi pudor, más grande que mi intimidad

Internet es un medio público. Internet es neutro. Internet ni manda ni prohíbe. Es un lugar donde todo es recibido. Es también un medio sobre el que convergen millones de ojos. Curiosidad. ¿Sólo curiosidad? También hay sed de información, afán de aprender, necesidad de encontrar respuestas; y sus recíprocas: informar, enseñar, responder…
De todo ello y de mucho más he usado y disfrutado desde que, hace apenas unos meses, navego por este mar inmenso de posibilidades.
Esta noche quiero volver a tentar a la suerte, volver a tirar otra botella al agua para que llegue al puerto que sea o simplemente se llene de líquido y se hunda hasta el fondo.

Anoche terminé de leer un libro que me ha ayudado sobremanera. Su autora, Dolores Aleixandre; título, Las puertas de la tarde; subtítulo: Envejecer con esplendor. Editado por Sal Terrae. No. No es publicidad. Tampoco tengo permiso para usarlo en público, pero no creo que lo que ahora escriba vaya a causar infracción de la ley de propiedad intelectual, como reza en una de las primeras páginas. En todo caso, asumiré mi responsabilidad. Necesito decir algo y lo voy a hacer.

Me lo han regalado. Al cumplir 60 años una amiga entrañable juzgó que yo entraba en la etapa que solemos etiquetar como Tercera Edad. Me vendría bien, me dijo, que empezara a pensar en ello. Y me lo dio.
Empecé a leerlo por el único motivo de que su autora me deleita y me maravilla con su manera de interpretar la Sagrada Escritura, por su dominio para relacionar lo que nunca yo relacionaría, por la profundidad a la que llega en el estudio de personajes y situaciones; en suma, porque me hacía gustosos textos a simple vista áridos para mí.
Y empecé poco a poco, como con desgana (yo ¿tercera edad? Pero ¡si corro como una liebre y nado como un delfín!); cinco páginas una noche, otras cinco o seis la siguiente… En fin, todo el verano para llegar a la página 174.
Anoche fue distinto. Empecé el capítulo 17, Ensayo general. Dolores fue introduciéndome en eso que ahora está tan desfasado y hasta ocultado: cómo prepararse para morir. Y ahí me cogió del todo y de repente. Y lo acabé. Y pasé al siguiente, el 18, Las manos del trapecista, y me derrumbé (lloré con calma y suavemente, me llené de paz y me perdoné). Terminé el capítulo, apagué la luz y me dormí plácidamente. La noche vino a mí con toda su luminosidad.

El libro me había ayudado a entender la muerte de mamá. Ojalá me ayude a preparar la mía.

Hace tres años y medio, exactamente el 7 de mayo de 2005, mi madre se moría. Había perdido la vista al deteriorarse la mácula. Estaba prácticamente sorda. El cáncer había destruido su lengua. Creo que sólo nos reconocía a papá y a sus hijos por el olor y por el tacto. Habíamos decidido ella y nosotros que nada de cortar, ni rajar ni especular con su cuerpo; lo que había es lo que había, y a esperar en casa, por supuesto.
Aquella tarde, sobre las 4 más o menos, con una voz que no era voz me dijo ¡ayúdame, me muero! Apenas la oí, pero entendí. Agarré más fuerte su mano, pegué mi boca a su oreja menos mala y dije: ¡Mamá, confía en Dios, déjate llevar! Lo repetí muchas veces. Papá asistía en silencio, me dejaba hacer. Mi hermano estaba en otra parte de la casa. En ningún momento se me ocurrió ofrecerla una plegaria, un salmo, leer algún pasaje bíblico, recitar jaculatorias de las que ella sabía… Simplemente ¡Mamá, confía en Dios, déjate llevar! Como si fuera un mantra. Eso fue lo que hice.
Era sábado. Llegaba la hora de la misa en la parroquia y como ella ya no hablaba ni se movía, sólo respiraba, avisé a mi hermano de que tenía que irme. Después de la misa, cuando volvía en bici para casa, mi hermano me llamó para decirme: no corras demasiado, acaba de morir. Ha dicho algo, pregunté. Desde que te fuiste no se ha movido, respondió; solamente una expiración profunda y ya.

Murió papá a los pocos días, exactamente el 10 de junio. Se durmió.

Sus muertes han sido como sus vidas: discretas, aleccionadoras, fortificantes, mejor revitalizantes. Sus presencias las siento muy vivas aún.

Sin embargo, yo tenía una pena metida en alguna parte del alma. Sentía que la súplica de mi madre pidiéndome ayuda estaba ahí, como insatisfecha, como cuando de pequeño me reñía: ¡qué te he dicho (ella quería decir enseñado)! ¡sabes más de lo que expresas! ¡sé capaz de sacar más de ti!
No era un rum-rum permanente; sólo de vez en cuando; tampoco había motivo para notarlo, simplemente lo sentía.
Anoche, leyendo a Dolores Aleixandre en el párrafo que empieza diciendo: «Saber caer, soltar…» caí en la cuenta, sentí la aprobación de mamá y yo me convencí de mi acierto. Lo había hecho bien. No tenía que sentir ni culpa ni pena. Hice lo que ella quería y todo lo que yo sabía y podía hacer. Y al sentir la mirada cariñosa de mamá, corrieron mis lágrimas hasta la sábana y me concedí el perdón.

Y porque quiero que esto ayude a quien lo necesite lo voy a transcribir a continuación. Es sólo una parte del capítulo 18, págs. 185 a 187. Dolores cita en este texto a R. M Rilke, Cartas a un joven poeta, Siglo XX, Buenos Aires, 1959, 54 y a Henry Nouwen, Escritos esenciales, Sal Terrae, Santander 1999, 146-147.

»Cuando algo se me cae desde la ventana,
aunque sea lo más menudo,
¡cómo se precipita la ley de gravedad,
fuerte cual el viento del mar,
sobre cada brizna; sobre cada baya,
y las conduce al corazón del mundo!
Cada cosa está vigilada por un hada pronta a volar:
Así cada piedra, y cada flor,
y cada niño por la noche.

»Solamente a nosotros, henchidos de soberbia,
nos urge abandonar estas correspondencias
para ir al vano espacio de alguna libertad,
en lugar de entregarnos a las fuerzas prudentes
y de elevarnos como un árbol.
En vez de acomodarnos, dóciles y tranquilos,
a las rutas amplísimas,
nos enlazamos de muchas maneras,
y el que se aparta de los círculos
queda indeciblemente solo.
Debe aprender entonces de las cosas,
a empezar nuevamente como un niño.
Pues ellas, que pendían del corazón de Dios,
de él nunca se alejarán.
El que osó superar
en el vuelo a los pájaros,
otra vez una cosa debe saber: ¡caer!
Pacientemente descansar
en la gravedad».

»Saber caer, soltar… Difícil aprendizaje para nosotros, que nacemos con un fuerte instinto prensor y a lo largo de nuestra vida solemos ejercitarlo en sus mil modalidades de agarrar, apoderarnos, retener, sujetar, asir, prender, hacer presa, aferrar, controlar… Nada nos es tan ajeno como ese «pacientemente descansar en la gravedad» y «pender del corazón de Dios». Como en aquella historia del alpinista que, en medio de la noche, se deslizó por un helero agarrado a su cuerda, quedando suspendido en el vacío. Cuando le pidió a Dios que acudiera en su auxilio, escuchó su voz que le decía: «¡Suelta la cuerda!» No se atrevió a hacerlo hasta que, al amanecer, ya casi congelado, se dio cuenta de que sólo la distancia de medio metro le separaba del suelo. Pero preferimos «morir congelados» antes de hacer ese gesto sencillo de abrir las manos y soltar.
»Quizá fue eso lo que más debió de deslumbrar a Pablo de Jesús: aquello de que, «siendo de condición divina, no retuvo ávidamente ser igual a Dios…». El término que emplea podría traducirse como «aferrar una presa o un botín», algo que nuestras manos posesivas conocen bien, mientras que Él parecía ignorar en qué consiste ese gesto, porque en Él todo era apertura, abandono, descentramiento, capacidad de entrega y de acogida. Y es ése el gran aprendizaje que tenemos que ir haciendo a lo largo de nuestra vida, algo que el Salmo 46 llama «rendirse»: «Rendíos y reconoced que yo soy Dios» (46, 11); y el verbo empleado significa también abandonar, soltar, ceder, cejar, permitir, consentir…
Lo refleja bien esta anécdota que cuenta Henry Nouwen: «Los Flying Rodleigh son unos trapecistas que actúan en el circo alemán Simoneit-Barum. Cuando el circo llegó a Friburgo hace dos años, mis amigos Franz y Reny nos invitaron a mi padre y a mí a ver el espectáculo. Nunca olvidaré cuán extasiado quedé cuando vi por primera vez a los Rodleigh moverse en el aire, volando y agarrándose como elegantes bailarines. Al día siguiente, regresé al circo para verlos de nuevo y me presenté a ellos como uno de sus grandes admiradores. Me invitaron a asistir a sus sesiones de práctica, me dieron billetes de entrada gratis, me invitaron a cenar y me sugirieron que viajara con ellos durante una semana en un futuro próximo. Lo hice, y nos convertimos en buenos amigos. Un día, estaba yo sentado con Rodleigh, el jefe del grupo, en su caravana, hablando sobre los saltos de los trapecistas. Y me dijo : “Como saltador, tengo que confiar por completo en mi portor. El público podría pensar que yo soy la gran estrella del trapecio, pero la verdadera estrella es Joe, mi portor. Tiene que estar allí para mí con una precisión instantánea, y agarrarme en el aire cuando voy a su encuentro después de saltar”. “¿Cuál es la clave?”, le pregunté. “El secreto –me dijo Rodleigh- es que el saltador no hace nada, y el portor lo hace todo. Cuando salto al encuentro de Joe, no tengo más que extender mis brazos y mis manos y esperar que él me agarre y me lleve con seguridad al trampolín”. “¿Qué tú no haces nada?”, pregunté sorprendido. “Nada –repitió Rodleigh-. Lo peor que puede hacer el saltador es tratar de agarrar al portor. Yo no debo agarrar a Joe. Es él quien tiene que agarrarme a mí. Si yo aprieto las muñecas de Joe, podría partírselas, o él podría partirme las mías, y eso tendría consecuencias fatales para los dos. El saltador tiene que volar, y el portor agarrar; y el saltador debe confiar, con los brazos extendidos, en que su portor esté allí en el momento preciso”.
»Cuando Joe dijo esto con tanta convicción, en mi mente brillaron las palabras de Jesús: “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”. Morir es confiar en el portor. Cuidar de los moribundos es decir: “No temáis. Recordad que sois los hijos amados de Dios. Dios se hará presente cuando deis el salto. No tratéis de agarrarlo; él os agarrará a vosotros. Lo único que debéis hacer es extender vuestros brazos y vuestras manos y confiar, confiar, confiar».

Se murió Joaquín

En un foro que edita Atrio, a una aportación mía, alguien me respondió preguntando sobre mi comunidad:
"¿Cómo es su historia? ¿Cómo son sus miembros? ¿De dónde vienen? ¿Qué les preocupa? ¿En qué andan? ¿Qué hacen cuando se juntan, de qué hablan, cómo se tratan, cómo se escuchan? ¿Qué interés tienen por el otro, por sus cosas? ¿Cómo y quién decide lo que van a hacer juntos? ¿Qué esperan de la Comunidad? ¿Cuál es su vivencia de Dios? …"

El asunto versaba sobre lo aburridas que son la mayoría de las celebraciones de la Eucaristía. Yo me permití advertirles que estaban hablando del "cielo" -por decir un lugar incierto y no terreno-, que la realidad humana y terrena es más terca y no se puede acercar uno a ella con ideas preconcebidas desde un incierto idealismo.

Bueno, pues resulta que esta mañana hemos celebrado el funeral de Joaquín, el del 8º como decía mi madre, el marido de Lola, con quien tantas labores hizo ella en casa de una o de la otra.

¿Resultó aburrido el ceremonial? ¡Qué gilipollez preguntar eso! Yo estaba muy sensible y emocionado; por mí, y por Lola, y por Isabel (la hija que adoptaron, que yo vi crecer, que fui observando cómo se iba "asemejando" milagrosamente a sus padres adoptivos, que ya está casada y es madre…), y también por mis padres que tuvieron tan buena amistad con ellos dos.

El funeral fue una acción de gracias "agradecida" por la cantidad de gente buena que me ha tocado en suerte conocer; fue un acto comunitario en la fe aunque no conocía a la mayoría de la gente que estaba allí; fue un momento liberador porque sé que la muerte no es nada terrible, sino una puerta abierta a la Vida; fue y sigue siendo -porque me está durando todavía en la tarde- un "kairós" (tiempo fuerte), un mojón, un punto kilométrico, una señal en el camino que me orienta y me asegura que la dirección no es demasiado incorrecta.

Me queda el recuerdo de aquel señor con bigote con quien coincidía tantas veces en el ascensor, serio, poco hablador, que de pequeño me daba cierto miedo, que resultó ser una persona encantadora, vitalista, simpática y comunicadora, que a sus 88 años sentía que ya no podía ir a nadar de madrugada a la piscina “por prescripción facultativa”…

Joaquín, recoge el fruto de tus trabajos, enjuga nuestras lágrimas y sigue estando junto a Lola e Isabel que te necesitan aún.

Vaya racha

Hoy hemos enterrado a Angelita. Durante el funeral montaban, en la parte de atrás, la caseta para la fiestas. La muerte y la vida se entremezclan de una manera tragicómica. El muerto al hoyo y el vivo al boyo.

No. No es así, no somos así. Simplemente es la vida que no para. Unos nacen, otros mueren, y los vivos viven. Y no se puede parar. No se debe parar. Es verdad lo que la vida es como un río, continuamente discurriendo, sin parar y rebasando cualquier obstáculo, o sorteándolo, quién sabe, porque el agua busca por donde discurrir y avanzar…

La familia estaba entera. Claro, ya se sabía, se esperaba. Lo que me llamó la atención fueron las tres nietas mayores, jóvenes aún, que estaban desconsoladas. No las conocía, nunca la había visto. ¿Quién sabe?

En todo caso hoy ha sido un día duro de calor. Hemos tenido algo bajo el ánimo. Tal vez mañana consigamos remontar un poco el vuelo. Mañana siempre será otro día.

No sé si debo…

Acaba de morir Nati. ¡Qué año y medio ha pasado la pobre! ¡Qué ilusión por estar en la primera comunión de su nieto Alberto! ¡Qué ganas de vivir, ahogándose en su propia insuficiencia! Esto sigue siendo un misterio que nos achica y empequeñece.

Salía de casa en su silla nueva y con la botella del oxígeno y empezaba a estar animada. Y mira por cuanto, un apéndice rebelde y una peritonitis desbocada fueron su final.

Toño y Alicia, y sobre todo Mariano, ¡qué desarbolados quedan!

Por otra parte los catequistas hemos quedado para celebrar el fin de curso esta noche. ¿Y con qué ánimo lo haremos? Sí, la vida sigue; pero no es igual, no es lo mismo.

Nati, descansa de tus trabajos y entra en el descanso del Buen Padre, que te recibe amoroso con los brazos abiertos.

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