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El pañal de Dios



Para ser reyes, no lo tuvieron fácil. Y por ser científicos, hubieron de tenérselas con ignorantes. Menos mal que ustedes eran personas normales y actuaron con discreción. Ni la corte ni el clero estuvieron a su altura. Por eso aquellos se perdieron en el olvido, y aún seguimos recordando a unos extranjeros que llegaron preguntando y recibieron un trato despectivo.
Es el sino de ustedes no ser acogidos por las altas dignidades y deseados por las personas simples y menores. A lo largo de los siglos. También ahora, les advierto. Especialmente en estos tiempos. Complicados, complejos, desesperantes.
Alguien pueda decir que ustedes tal vez se lo ganaron. Sí, su sola presencia, su estar preguntando removió asientos y posaderas regias apoltronadas, enervó ambiciones temerosas y provocó el sufrimiento y la muerte de inocentes: «Un grito se oye en Ramá, llanto y lamentos grandes; es Raquel que llora por sus hijos y rehúsa el consuelo, porque ya no viven» (Mt 2, 18). Con oro, incienso y mirra no se paga la ignominia. No hay regalos que hagan olvidar una sola noche de terror. La culpa y la pena han de perpetuarse de generación en generación hasta el fin de los tiempos, sin redención posible.
Sí, ustedes deben seguir caminando, tras una estrella luminosa y fugaz, buscando incansablemente un recién nacido, rey esquivo y misterioso, entre seres de carne y hueso que sólo sueñan de tejas para arriba una sola noche al año, ya que el resto del tiempo tienen suficiente con sobrevivir en la intemperie.
Sí, a ustedes se les considera responsables y por lo tanto los que deben reparar el mal; sin posibilidad de ser exonerados hagan lo que hagan de esa dura carga.
Sí, en manos de ustedes está satisfacer los sueños y deseos de la especie humana, por más que una y otra vez se manifieste frustrada. Tarea prometeica, ahora más que nunca.
Tal vez por eso mismo, y digo sólo tal vez, en estos tiempos haya pugna por estar en su comitiva, por aparentar ser del cortejo, por figurar siquiera de personajillo o subalterno junto a ustedes. Por eso mismo haya empujones para desplazar al que no quiero, para poner al que me gusta, para contar o descontar según me plazca.
Señores magos de oriente a quienes hemos convertirdo en reyes de nuestra republicana casa, puesto que tienen una encomienda imposible de realizar a plena satisfacción del personal, sírvanse hacer lo que a ustedes les parezca. Al fin y a la postre, les va a dar lo mismo en este patio de monipodio, más bien corral de comedias. Vengan en buena hora y déjennos, y déjenme, cualquier cosa que tengan en sus alforjas, tal vez pasado un rato habrá dejado de interesarnos, substituida por otra diferente. No lograremos con ninguna de ellas recuperar nuestra inocencia, perdida o destruida en la noche de la infancia original.
Tal vez la encontremos o reconstruyamos cuando, a la vuelta de la vida, nuestro final se parezca a nuestro  comienzo. Por eso conviene atender a este relato, en el que los extraños personajes que llamamos reyes magos sirven de custodios de un valiosísimo pañal divino, vestido del “dios de los dioses”.
Evangelio árabe de la Infancia*
VII 1. Y la noche misma en que el Señor Jesús nació en Bethlehem de Judea, en la época del rey Herodes, un ángel guardián fue enviado a Persia. Y apareció a las gentes del país bajo la forma de una estrella muy brillante, que iluminaba toda la tierra de los persas. Y, como el 25 del primer kanun (fiesta de la Natividad del Cristo) había gran fiesta entre todos los persas, adoradores del fuego y de las estrellas, todos los magos, en pomposo aparato, celebraban magníficamente su solemnidad, cuando de súbito una luz vivísima brilló sobre sus cabezas. Y, dejando sus reyes, sus festines, todas sus diversiones y abandonando sus moradas, salieron a gozar del espectáculo insólito. Y vieron que una estrella ardiente se había levantado sobre Persia, y que, por su claridad, se parecía a un gran sol. Y los reyes dijeron a los sacerdotes en su lengua: ¿Qué es este signo que observamos? Y, como por adivinación, contestaron, sin quererlo: Ha nacido el rey de los reyes, el dios de los dioses, la luz emanada de la luz. Y he aquí que uno de los dioses ha venido a anunciarnos su nacimiento, para que vayamos a ofrecerle presentes, y a adorarlo. Ante cuya revelación, todos, jefes, magistrados, capitanes, se levantaron, y preguntaron a sus sacerdotes: ¿Qué presentes conviene que le llevemos? Y los sacerdotes contestaron: Oro, incienso y mirra. Entonces tres reyes, hijos de los reyes de Persia, tomaron, como por una disposición misteriosa, uno tres libras de oro, otro tres libras de incienso y el tercero tres libras de mirra. Y se revistieron de sus ornamentos preciosos, poniéndose la tiara en la cabeza, y portando su tesoro en las manos. Y, al primer canto del gallo, abandonaron su país, con nueve hombres que los acompañaban, y se pusieron en marcha, guiados por la estrella que les había aparecido. Y el ángel que había arrebatado de Jerusalén al profeta Habacuc, y que había suministrado alimento a Daniel, recluido en la cueva de los leones, en Babilonia, aquel mismo ángel, por la virtud del Espíritu Santo, condujo a los reyes de Persia a Jerusalén, según que Zoroastro lo había predicho. Partidos de Persia al primer canto del gallo, llegaron a Jerusalén al rayar el día, e interrogaron a las gentes de la ciudad, diciendo: ¿Dónde ha nacido el rey que venimos a visitar? Y, a esta pregunta, los habitantes de Jerusalén se agitaron, temerosos, y respondieron que el rey de Judea era Herodes.
2. Sabedor del caso, Herodes mandó llamar a los reyes de Persia, y, habiéndolos hecho comparecer ante él, les preguntó: ¿Quiénes sois? ¿De dónde venís? ¿Qué buscáis? Y ellos respondieron: Somos hijos de los reyes de Persia, venimos de nuestra nación, y buscamos al rey que ha nacido en Judea, en el país de Jerusalén. Uno de los dioses nos ha informado del nacimiento de ese rey, para que acudiésemos a presentarle nuestras ofrendas y nuestra adoración. Y se apoderó el miedo de Herodes y de su corte, al ver a aquellos hijos de los reyes de Persia, con la tiara en la cabeza y con su tesoro en las manos, en busca del rey nacido en Judea. Muy particularmente se alarmó Herodes, porque los persas no reconocían su autoridad. Y se dijo: El que, al nacer, ha sometido a los persas a la ley del tributo, con mayor razón nos someterá a nosotros. Y, dirigiéndose a los reyes, expuso: Grande es, sin duda, el poder del rey que os ha obligado a llegar hasta aquí a rendirle homenaje. En verdad, es un rey, el rey de los reyes. Id, enteraos de dónde se halla, y, cuando lo hayáis encontrado, venid a hacérmelo saber, para que yo también vaya a adorarlo. Pero Herodes, habiendo formado en su corazón el perverso designio de matar al niño, todavía de poca edad, y a los reyes con él, se dijo: Después de eso, me quedará sometida toda la creación.
3. Y los magos al abandonar la audiencia de Herodes, vieron la estrella, que iba delante de ellos, y que se detuvo por encima de la caverna en que naciera el niño Jesús. En seguida cambiando de forma, la estrella se torné semejante a una columna de fuego y de luz, que iba de la tierra al cielo. Y penetraron en la caverna, donde encontraron a María, a José y al niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre. Y, ofreciéndole sus presentes, lo adoraron. Luego saludaron a sus padres, los cuales estaban estupefactos, contemplando a aquellos tres hijos de reyes, con la tiara en la cabeza y arrodillados en adoración ante el recién nacido, sin plantear ninguna cuestión a su respecto. Y María y José les preguntaron: ¿De dónde sois? Y ellos les contestaron: Somos de Persia. Y María y José insistieron: ¿Cuándo habéis salido de allí? Y ellos dijeron: Ayer tarde había fiesta en nuestra nación. Y, después del festín, uno de nuestros dioses nos advirtió: Levantaos, e id a presentar vuestras ofrendas al rey que ha nacido en Judea. Y, partidos de Persia al primer canto del gallo, hemos llegado hoy a vosotros, a la hora tercera del día.
4. Y María, tomando uno de los pañales de Jesús, se lo dio a manera de elogio. Y ellos lo recibieron de sus manos de muy buen grado, aceptándolo, con fe, como un presente valiosísimo. Y, cuando llegó la noche del quinto día de la semana posterior a la natividad, el ángel que les había guiado anteriormente, se les presenté de nuevo bajo forma de estrella. Y lo siguieron, conducidos por su luz, hasta su llegada a su país.
VIII 1. Los magos llegaron a su país a la hora del mediodía. Y Persia entera se alegró y se maravilló de su vuelta.
2. Y, al crepúsculo matutino del día siguiente, los reyes y los jefes se reunieron alrededor de los magos, y les dijeron: ¿Cómo os ha ido en vuestro viaje y en vuestro retorno? ¿Qué habéis visto, qué habéis hecho, qué nuevas nos traéis? ¿Y a quién habéis rendido homenaje? Y ellos les mostraron el pañal que les había dado María. A cuyo propósito celebraron una fiesta, al uso de los magos, encendiendo un gran fuego, y adorándolo. Y arrojaron a él el pañal, que se tornó aparentemente en fuego. Pero, cuando éste se hubo extinguido, sacaron de él el pañal, y vieron que se conservaba intacto, blanco como la nieve y más sólido que antes, como si el fuego no lo hubiera tocado. Y, tomándolo, lo examinaron bien, lo besaron, y dijeron: He aquí un gran prodigio, sin duda alguna. Este pañal es el vestido del dios de los dioses, puesto que el fuego de los dioses no ha podido consumirlo, ni deteriorarlo siquiera. Y lo guardaron preciosamente consigo, con fe ardiente y con veneración profunda.
 
* El Evangelio árabe de la Infancia, también conocido como Evangelio árabe del Pseudo Juan, es un evangelio apócrifo tardío, escrito entre los años 450-550 d.C. en asirio y luego traducido al árabe, de 158 páginas conservadas en buen estado, que se guarda en la Biblioteca Ambrosiana de Milán.
Se trata de una recopilación escrita de narraciones conservadas oralmente para satisfacer la curiosidad de quienes deseaban más detalles de la infancia de Jesús.

Recogiendo el nacimiento




Esta vez no he sentido nostalgia, y he recogido el montaje de Navidad con buen ánimo y ausencia total de tristeza. Nada que ver con lo que me ocurría cuando era más pequeño, entonces era otra cosa. Para empezar, recogerlo y guardarlo significaba que acaban las navidades y sus correspondientes vacaciones. Significaba también que ya no había que juntarse con abuelos, tíos y primos para jugar, comer turrón y visitar los puestos de los tenderos de la calle. Encerrarlo todo en una caja de zapatos, tras envolver las figurillas en papel de periódico, tenía el peligro de apretar demasiado las terracotas, el plástico entonces era aún futuro, y romper dedos, brazos o piernas; y ese miedo me atenazaba. Lo peor de todo, sin embargo, era hacerlo sabiendo que habría de pasar un año entero para volver a desempaquetar y ordenar de nuevo el nacimiento. Un año, entonces, era una eternidad.

Ahora me ocurre que los años pasan muy deprisa, y los días duran un suspiro. No es problema empaquetar, porque pienso desempacar, faltaría más. Tampoco que haya roturas, que ya me apañaré para recomponerlas. Las reuniones familiares las tengo suplidas por otras no menos afectuosas. Y las vacaciones, las mías son perpetuas.

Así, pues, no sólo recojo y encajono lo que tengo expuesto con buena disposición. Es que me permito la libertad de dejar un reclamo a la vista, la estrella. Que no falte.

Un belén en un ambón


Uno de los micros del presbiterio ha fallado y el nuevo, colocado en el ambón, ha exigido realizar una pequeña transformación en el atril. Aprovechando esta circunstancia me puse a pensar si convenía colocar algún símbolo y cuál. La cosa tenía que ser sencilla y barata. Si no, mejor dejarlo como está. Aunque parezca una proa de barco.
Entre lo que recuerdo de haberlo visto por ahí y lo que internet ofrece, sólo se me ocurría poner una simple cruz de madera. Pero ¡ya tenemos una!, me decía. Además del crucifijo del altar. ¿No serán demasiadas?
Coger a estas alturas de mi vida la gubia y el formón para tratar de tallar alguna cosa, tipo libro abierto, pájaro alado o similar, ya no está entre mis posibilidades. ¡Menos aún representar a los cuatro evangelistas!
Así anduve casi la mañana entera, cavilando. Pero no desistí, porque mañana, me decía, hay confirmaciones y tiene que estar terminado. A la hora de comer, entré en casa para fumarme un pitillín y clavé la mirada en el belén de Tere y Ramón que tengo bajo el reloj de pared. ¿Un belén? ¿En un ambón? ¡Nunca jamás en ningún lugar lo he visto!
Y me decidí. Si a nadie se le ha ocurrido, mejor; que sea novedad. Y con un par de cuñas y dos pegotones de cola blanca lo avié.
A la hora en punto estaba sentado a la mesa, satisfecho. Si Luis, al verlo, me pide explicaciones, se las doy: ¡Qué mejor símbolo para un ambón que la Palabra Encarnada! Y no lo digo yo, lo dice Juan al comenzar su evangelio: «Y la Palabra se hizo carne» (1, 14).
Así que ya lo he dicho: dentro de un rato, Luis Argüello, nuestro flamante obispo auxiliar electo, vendrá a pasar un buen rato con nosotros.

En creciente



No me enteré de la luna nueva porque además de no verse, el cielo ha estado estos días cubierto incluso por la noche. Para más inri, el taco del calendario me ha llegado desde el día uno al correo vacío, es decir, sin esos datos que me son tan necesarios para saber en qué día estoy, qué santos se celebran, cuántas jornadas le quedan vivas al año en curso y ¡las fases de la luna! Del sol no me preocupo, ya le veo cuando entra y cuando sale.
El caso es que ya estamos en cuarto creciente. Y el ánimo también se crece. Si no, ¿cómo enfrentar la cuesta de enero?

Es momento de recogida. Y aquí hay otro dato positivo. Mis miedos de diciembre no tuvieron consecuencias. Ahí está el nacimiento africano, tal cual lo coloqué el pasado día 22. Nada ni nadie lo ha puesto en peligro, ni ha amenazado con llevárselo, menos aún deteriorarlo.
Cierto que el miedo cuida de la hacienda, como de la propia salud y de otras cosas más o menos importantes. Ser precavidos está bien, pero con medida.
No menos cierto es que al miedo hay que torearlo para que él no te toree. Dejar de hacer es mal consejo y llevarlo a cabo siempre es un perjuicio.
Una sociedad atenazada no camina, regresa. Y volver para atrás significa ya una derrota en toda línea.
Disfruté en la tarde de los reyes paseando por mi ciudad. Multitudes llenaban paseos, calles y plazas. A la vuelta, bien entrada la noche, volví a casa en el silencio y la calma, exactamente como en los viejos tiempos. Para mí es una de las mejores experiencias andar en la noche solitaria iluminada por las farolas y no tener que estar mirando si en la próxima esquina o de aquel portal oscuro algo o alguien puede sorprenderme con hacerme daño.
Esta noche mi calle está en tinieblas. No funciona ningún punto de luz del alumbrado público desde que empezó 2014. Está avisado el servicio municipal. Parece que no corre prisa, o es que tienen demasiado trabajo pendiente, o es que esta calle no cuenta como especialmente peligrosa.
Es todo un consuelo, y da paz.

Tengo miedo





Lo reconozco. Y no me da vergüenza expresarlo. Se acerca Navidad y es la primera vez que estoy en duda. ¿Deberé mantener las puertas abiertas, o las abriré bajo vigilancia?
¡Es que en esta parroquia no existen llaves! Es la recriminación de algunas personas, que piensan que el templo y los locales no están seguros con esta costumbre. Se abre al amanecer y se cierra al anochecer. Desde hace mucho tiempo. Ya es costumbre, o sea tradición.
Este año se pone este misterio, me ordenan. Se trata de tres figuras talladas en madera que vinieron de África; representan a una familia, niño incluido.
No tengo oro ni plata; pero lo que tengo ahí está. Y nunca ha faltado nada, salvo una vez que arramplaron con una de las cajas con la colecta de varias semanas. Descuido mío por desatender mis obligaciones. Nos quedamos sin unos pocos cientos de euros. Ahora ya no suelo descuidarme en recogerlo.
Pero esto es distinto. No es reemplazable. Si se lo llevan nos quedamos sin el Nacimiento africano.
Y tengo miedo de que pueda suceder si lo expongo y desaparece.
No me encuentro a mí mismo sintiendo esta zozobra en estos días. Y ando preocupado…

Hasta un desahucio se puede sublimar, si los primeros en saber del nacimiento son unos pastores



Si el río es de plata y el establo huele a gloria,
si el niño está corito y sin embargo sonríe,
si la madre parece arrebolada y el papá adorador,
si las comadres vienen de lavar la ropa y los niños juegan a las tabas,
si un pesebre hace de cuna y ángeles cantan en el cielo,
si una estrella con su cola baja y la luna sigue arriba,
si en el pueblo no hay campanas y en todas las casas lumbre,
si hay una yunta arando y los segadores con la hoz agavillan,
si en el zaguán de palacio hacen guardia y en el templo sacrificios,
si la lechera reparte por las casas y la polea del pozo chirría,
si la posada está a rebosar y las gallinas dormitan mientras el gallo vigila,
si un rebaño de ovejas baja por la cuesta y la comitiva real se va acercando al portal,
si un señor escribe y otros ponen ladrillos,
si en Jerusalén no se enteran y los de Belén tampoco,
si un buey y una mula están quietos y la noria sigue dando vueltas,
si…
­–Sigue.
–No, no sigo. Que no. He dicho que nooooo.
Entre unos y otros me han dejado sin nacimiento. Unos por hacer una lectura historicista, lo real y sólo lo real; otros por pasarse de la raya al pintar un melodrama místico espacial, el intríngulis de la metahistoria.
Esta noche, con todos los cacharros rotos, voy a recomponer mi belén. Usaré cola de simpatía, y repintaré con ternura; colocaré musgo de sencillez y dejaré que el río suene a villancicos; situaré a los sin techo adelante y yo me quedaré en la majada, entre pastores. Y si el ángel viene a anunciar que ha nacido, seré de los primeros en enterarme.
Entonces mi alegría será completa.

Estuvieron el buey y la mula… y hasta San José echó una parrafada



Pero la primera que habló no fue María, para presentarse y decir que era madre de un precioso niño.
Empezó la cosa con la aparición de todo un cortejo de personajes, de tamaño más bien reducido, pero con labia y prosapia, más que estudiada, aprendida. Necesitaron la ayuda de una silla, de las de antes, como la que usaba mi abuela para hacer calceta, para llegar hasta el micro. Pero ni falta que les hacía, porque sacaron voz suficiente para que les oyéramos perfectamente. Entre pastorcillos y pastorcillas, angelitas y angelitos, herreros y carpinteras, tejedores y lavanderas, hicieron el relato completo del evento.
No faltaron estrellas con piernas, beduinos de áspero pelaje, labriegas de aquí y de allá, papás y mamás noeles, pajes de uno y otro sexo, y personal de calle o en chándal.
Luego habló José, con salero aunque iba vestido de fraile menor con capucha, es decir, de monje mendicante. Y a continuación su esposa, putativa o como fuese, de raso y con pantalón rosa, y dijo lo que ya está arriba anotado.
Les tocó el turno a la vaca y a la mula, aunque ya se les notaba quiénes eran; aún así hablaron; en ese momento su espacio natural no estaba vacío, unos cojines lo llenaban. A continuación llegaron los reyes, y también dijeron unas cuantas cosas. Pero los camellos ni aparecieron ni hablaron.
Al fondo del todo papás y mamás de verdad, hermanitos y hermanitas, que escucharon atentos, pero luego se desbocaron al cantar los villancicos.
Fue nuestro auto navideño que cada año montamos en vivo y en directo.
No fuimos fieles al texto, ni pusimos estrella en el cielo; tampoco nos planteamos si sucedió en Belén o en Nazaret, si magos o reyes o simples curiosos… No hubo silencio en la noche, el buey fue vaca y la mula, mula.
Al final recogimos algunas plumas… algún angelito/a pudo tener problemas para llegar de vuelta a casa.


¡Ah! Pues el Papa no dijo eso. Rectificando mi entrada anterior



Ya tengo respuesta para las señoras de mi parroquia que se intranquilizaron con las palabras atribuidas al Papa sobre los animalitos de Belén. Y espero que quien o quienes sembraron zozobra en gentes sencillas rectifiquen o aclaren este malentendido como corresponde.
Esas son las palabras literales con las que el Papa concluye los párrafos precedentes, relativos a la narración evangélica del nacimiento de Jesús:
«María puso a su niño recién nacido en un pesebre. De aquí se ha deducido con razón que Jesús nació en un establo, en un ambiente poco acogedor -estaríamos tentados de decir: indigno-, pero que ofrecía, en todo caso, la discreción necesaria para el santo evento. En la región en torno a Belén se usan desde siempre grutas como establo.
El pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3: “El buey conoce a su amo, y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no me comprende”.
En la singular conexión entre Isaías 1,3, Habacuc 3,2, Éxodo 25, 18-20 y el pesebre, aparecen los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, pero que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía, que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno.»
Seguro que estas Navidades podremos todos comer mazapanes tan alegres como siempre, sabiendo que este pequeño detalle no va poner en peligro el respeto que nos debemos mutua y recíprocamente.

¡Así lo diga el Papa de Roma!

 

Las personas de sexo femenino de mi parroquia son muy suyas y tienen las ideas bastante claras. Esa de arriba ha sido la respuesta que han dado todas juntas y hechas un bloque ante el último libro que ha sacado Benedicto XVI, sobre la infancia de Jesús.
Lo del parto virginal de María lo daban por supuesto. No en vano fue el pueblo llano, lleno por encima de la mitad de mujeres, quien sacó a la jerarquía lo de la Inmaculada. Porque los santos varones, francamente, no estaban por la labor.
Pasan olímpicamente sobre lo del niño perdido y hallado en el templo. Si un chaval, aunque fuera Jesús, con apenas doce años, o los que fueran, tuvo o dejó de tener conciencia de su propio mesianismo, eso es para los doctores. A ellas les basta que el nene volvió dócil a casa con su madre, como Dios manda.
Sobre los reyes y la estrella no opinan. Si fueron sabios, curiosos o monjes tibetanos, que no se les baje del camello ni se arríe su corona; y la estrella, supernova o supervieja, con un simple porespan o papel aluminio cocinil, que no falte. En cuanto a lo demás, allá él con sus cosas.
Pero que afirme que el buey y la mula están de más, que en aquel portalico de Belén no estaba la pareja de animales y que por consiguiente en la próxima Navidad no debieran ponerse las figurillas de marras junto a la cuna del Niño Jesús, María y José… eso ya es pasarse.
Así que han decidido que el señor Papa se meta en sus asuntos, que ellas saben muy bien lo que tienen que hacer. Y advierten que no han leído el libro, ni lo piensan leer.

Los Belenes de mi pequeño belén


Desde que San Francisco de Asís instaló su Belén en la ermita de Greccio, campiña de Rieti, Italia, en el año 1223, es imposible humanamente enumerar las construcciones que se han realizado del Misterio de la Navidad a lo largo y ancho de nuestro mundo. La idea inicial del de Asís de reproducir la adoración de los pastores se expandió por toda Italia y pasó enseguida a España. En Nápoles se plasmaron en barro las figuras de los personajes en el siglo XV. Como representación del Nacimiento se extendió por toda la Europa cristiana y llegó al Nuevo Mundo, donde arraigó con particulares connotaciones en cada lugar. La iglesia católica promovió las representaciones bíblicas del Nacimiento del Niño Jesús dentro de los templos, en los hogares y en lugares públicos, de modo que contribuyera a exaltar la devoción navideña.

Yo soy hijo de esa cultura, y desde pequeño es lo que siempre he hecho al acercarse Navidad: preparar el Nacimiento. En casa y en los diversos centros en los que he convivido he participado en la medida de mis posibilidades. Pero desde que estoy en este mi lugar esta tarea ha quedado exclusivamente en mis manos. Yo he sido el que año tras año instalo al Niño en la capilla y luego lo ofrezco para que sea venerado por los míos, tras los actos litúrgicos navideños. Es el que tengo puesto ahí, en la columna de la derecha, iluminado por un antiguo farol.
Este Niño estaba en casa de los padres de Pilar. Cuando murieron se lo pedí a los hijos, y me lo cedieron. La condición que yo impuse es que fuera para ser expuesto en la capilla. En caso de no poder hacerse, retornaría a ellos. Ya les dije que esperasen sentados.

Tengo otros Belenes que se me han ido añadiendo, regalo de amigos y amigas, que expongo de forma permanente en diversos rincones de mi pequeña vivienda, y que no tienen mayor relevancia en Navidad de la que tienen el resto del año.

Este ha venido de Hispanoamérica. Me lo trajeron Tere y Ramón de un viaje que hicieron por el territorio sur del continente. Es de madera de radal y es un trabajo de ajuste de categoría superior. Lo tengo sujeto por detrás con cinta adhesiva, porque el día que lo desmonté me llevó su tiempo volver a colocarlo. Además, así está seguro de no desmangarse a cualquier movimiento.


Este me lo regalaron Carmenchu y Enrique un día que fui a su casa y al mirarlo dije ¡qué chuli! Pues ahora te lo llevas y lo pones donde te parezca. Es de barro y vino de Perú. Lo tengo recompuesto, porque un día un zagalín lo dejó caer desde la mesa del altar donde lo tenía colocado y se hizo trizas. Se notan las heridas y las cicatrices, pero eso le ha dado más categoría. Es un  superviviviente.

Este par de figuras procede de Senegal. Yankhoba las trajo de su último viaje, accidentado por cierto, y llegaron así, sin el Niño; al parecer María y José aún están de espera. Ignoro de qué madera están hechas, pero a juzgar por color y el peso bien pudieran ser de ébano, pero no puedo asegurarlo.

Finalmente este sencillo montaje es un regalo que me han hecho este año las mujeres del Hogar. Cada una hizo el suyo, pero entre todas confeccionaron éste para regalármelo.
Es tan delicioso y naif que no me pude resistir a ponerlo en la capilla en la misa de Nochebuena. Fue una ofrenda bonita.

Llegó la nieve y llegó Abraham. Es Navidad. Son los Reyes



Ya se hacía esperar. La tardona nieve por fin se acercó a esta ciudad. No estábamos quedando en solitario, farolillo rojo en la carrera nival. ¡Salvados 
por la campana!


No caía en abundancia, pero lo suficiente como para notarse los copos contra el negro de la noche y por encima de la abundancia del alumbrado municipal y hospitalario.


Pero ya se había adelantado Abraham. Llegó justo al despuntar el día; eran las 0 horas y 35 minutos, del día de autos, 10 de enero de presente año del Señor, 2010. Antes de que los gallos cantaran ya estaba él dando que hacer.


Es un adelantado. Sus papás le esperaban a partir del día 17. Pero él, jubiloso, borró del mapa una semana entera y les sorprendió justo en la madrugada.


Su papá, Yankhoba, ¿o es José?, feliz lo sostiene en brazos.



Mariamma, su mamá,-ésta sí que es María-, no necesitó el calor de bueyes ni mulas. Allí estaba un servidor, dispuesto a lo que fuera. Tengo pelo de dehesa.



Pero Pilar ya se me había adelantado, aunque yo la ponga después, que ¡a ver aquí quién manda!



Yo le llamo Abraham. Ellos le han puesto Ibrahim. Ya digo, se llama Abraham.



Ficha del personaje: Estatura, normal. Color del pelo, normal. Número de pie, normal. Color de ojos, normal. Ombligo, normal. Sexo, normal. Peso, normal: 3,430 Kgs.


No me digáis que no hacemos una estampa entrañable. Es un contrapicado de pura antología.



Lo acerco un poco para que no perdáis detalle. ¿A que hacemos buena pareja?



María, digo Mariamma, feliz, ya relajada, sonríe. Maternidad.


Esta otra yo la pondría Ternura. Pero se admiten sugerencias…




Lo dicho. Navidad. Los Reyes se han portado. ¡Bien por ellos!

Pero, ¿qué me decís de María, José, la mula y el buey?

Preparando la Navidad


Héctor es papá de tres niños: Adrián, Nona y Leo; Isabel es mamá de dos: Ricardo e Ismael, pero aquí sólo figuran como José y María, papás (mamás) de uno, Jesús (plácidamente representado por Leo).


El resto somos comparsas: pastores, zagalas, angelitos y animadores.

Nos hemos juntado para adelantar la Navidad con toda la chiquillada parroquial y algún añadido más, sólo para hacer bulto.


Mientras tanto, quienes deberían estar vigilando, no lo están; sólo disfrutan y se lo pasan pipa,

porque han terminado sus labores y ahí están todas ufanas enseñándolas…

No las oís, porque gritan mucho y no se las entiende; pero están diciéndoos:


¡Felices Pascuas!
¡Feliz Navidad!
¡Feliz y Próspero Año Nuevo!
¡Hasta el Año que Viene!

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