Ese dolor puñetero
Miércoles después del Miércoles de Ceniza
Tomado de Ciudad Redonda: Desde Japón: Testimonio de Hna. Celia Fernández
La futura ley de cuidados paliativos, mal llamada de "muerte digna"
Si con esto los profesionales de la medicina se van a ver protegidos en el ejercicio deontológico de su profesión, y los pacientes respetados en su derecho a decidir cómo sea el final de su vida, y alcanzar lo que se entiende con la expresión “muerte digna”, bienvenida sea esa ley.
Me temo, sin embargo, que "muerte digna" sea un término bastante más amplio. Al menos el que yo tengo no es exactamente coincidente con el que contempla la futura ley. Pero igualmente también presumo que habrá personas que en defensa de una "muerte digna" exijan una ley más amplia que acoja el suicidio asistido. No será una ley tranquila, no lo creo.
Pero ya que he apuntado mi opinión, termino de expresarla: una muerte digna sólo tiene encaje pleno en una vida digna. Y esto ya son palabras mayores. No me parece que en los tiempos que corren se den las mejores condiciones para que una y otra, vida y muerte, se desarrollen en el colmo de la dignidad.
Esta vida que nos lleva (y dos)
Mina de Copiapó: menos memorial y más medios
Esta vida que nos lleva
Reconozco que al escribir sobre esto se me amontonan demasiadas sensaciones, muchas de ellas contrapuestas. Para decir lo que ahora pretendo debería hacer el ejercicio mental casi imposible de apartarlas y no tenerlas en cuenta. No sé si seré capaz o si sabré reconducirlas para que no interfieran demasiado.
A pesar de todos los preparativos de esta obra colosal, impensable en cualquier otra situación, todos temíamos la salida. Con el ánimo suspenso, nos vimos sorprendidos por la aparición del primero en salir.
Desenjaulado de la rudimentaria cabina que le trasladó a la superficie, apareció sonriente, animoso, feliz al fin. No parecía un rescatado sino un rescatador.
Esto me ha hecho cavilar.
Allá dentro y abajo podría haber sucedido cualquier cosa imaginable. Un motín. Un sálvese el que pueda. Un empujar por salir el primero y el de atrás que se jorobe. Un arramplar el bocado del vecino por si no llega el siguiente suministro. En fin, eso y más cabe en naturaleza humana que ha dado ejemplos peores.
No ha ocurrido así. Donde pudo haber desorden, ha habido orden. La convivencia primó sobre la desavenencia y el enfrentamiento. La esperanza sobreabundó sobre el miedo. La solidaridad quebró el individualismo.
No es momento aún para cantar victoria, pero las caras de los sucesivos elevados a la gloria terrena de la superficie que pisamos y del aire que ventila nuestros corazones, dan más que meras sospechas de que el ser humano tiene dentro de sí mucho de bueno, de excelente, de lo mejor.
En Haití, que ya no sale en los medios, el pueblo sigue viviendo, y sacando fuerzas de flaqueza para vencer la muerte con la vida.
Para qué ir a los Pirineos
Para pasear
Para contemplar puentes rotos
Para ver torrentes
Para admirar cascadas
Para contemplar el bosque
Para disfrutar de más cascadas
Para descubrir cascadas de ensueño
Para admirar embelesados filigranas de agua
Para ver montañas, bosques y praderas
Para atravesar torrentes que caen de la montaña
Para ver puentes de hielo sobre los arroyos
Para mirar ese hielo en pleno verano
Para indagar de dónde cae tanta agua
Para averiguar por dónde se puede atravesar un torrente
Para intentar atravesarlo y no morir en el intento (perdón, quise decir "no mojarse")
Para caminar en compañía cuesta arriba
Para seguir caminando en compañía también cuesta abajo
Para sacarse una afoto -parcial, que falta el fotero y narrador- y poner sonrisa políticamente correcta (en tanto alguna que yo me sé retoza en la fresca hierba)
Para recorrer bosques mágicos
Para pisar prados inmensos
Para ver una flor
Para ver cuatro flores
Para contemplar esto, que no sé si es flor o es cardo
Para gozar mirándolas
Para sentirse pequeño, pequeño de verdad
Para llevarse a la boca algo dulce (no importa que haya que agacharse para contemplarla y para arrancarla suavemente)
Para enterarse de que existen amapolas amarillas
Para aprender a no tener prisa, y que paso a paso se llega siempre-siempre
Para ver animales domesticados
Para ver animales salvajes. Es un decir
Para pillar a toda la familia al descubierto
Durante la primavera la nieve blanda cae en aludes desde lo alto de la montaña hasta el fondo del valle, formando grandes conos. Son neveros que perduran hasta bien entrado el verano. El agua del torrente sigue cayendo sobre el vértice superior, formando una cavidad en el interior; la nieve deshecha sale por la parte inferior hasta llegar al río principal. En este caso el Cinca.
Esa gruta horadada en la nieve por el agua de la cascada adquiere a veces dimensiones ciclópeas. Es un espectáculo verlo desde fuera. Pero a veces, gentes desconocedoras de la montaña piensan que es un juguete inofensivo, que está ahí precisamente para malgastar las energías que son incapaces de utilizar subiendo montañas o paseando bosques. Llegan con el coche hasta allí mismo y se desmelenan.
Y entonces ocurre que se cumple que al Pirineo se puede ir también para morir, aunque no está bien ni el momento, ni el lugar.
Esto ocurrió el pasado día 10 de junio de 2010
Chorreazo de adrenalina
Para unos es el Día del Libro, onomástica de don Miguel de Cervantes, sí el del Quijote, y de mister William Shakespeare, el de Otelo. Y con tal motivo se ponen muy serios, encerrados en aulas de alto copete y pónense igualmente a disertar, leer, celebrar, a Gutenberg, por lo de la imprenta, a la cultura escrita en particular, y a la lectura diversa en general. Y siempre, entre aplausos y gente de alto nivel de sensibilidad y del saber hacer, decir y escribir, se lamentan de lo mucho que se edita y de lo poco que en fin se trajina en lectura personal, esforzada, cuidadosa y re-pensada, o sea, reflexionada.
Es el día en que se lamenta toda la humanidad de lo mucho que se gasta la dicha humanidad en madera para estanterías que van a soportar televisores de plasma, relojes a pilas, figuritas de plastilina, fotos de aquí y de allá, y algún que otro libro de pastas resplandecientes y páginas inmaculadas de no haber sido nunca maculadas.
Para otros, en mi tierra, es el día de la tierra castellana, Villalar, Los Comuneros, el extranjero malencarado y dictador que se cargó de raíz las raíces propias de esta tierra. Y se van a la campa a cantar y bailar jotas, a leer y escuchar manifiestos contra esto y contra aquello, a poner flores en monolito pétreo que ya no dice gran cosa para los de esta hora, que es la era de la globalización globalizada, todos laminados por una igualdad fatal e interesada, que olvida lo propio y ensalza lo que no es absolutamente nada, pero ojo, que esa nada es como la peste que avanza cual nube negra de Tolkien.
Y también llevan tortillas, y botas con buenos caldos, y alguno y alguna se ponen hasta la cabeza de otros productos, de los que no da esta tierra. ¿O sí? Es que ya ni sé lo que es de aquí.
Para mí y para los míos, sin embargo, es el primer día de primavera. Y no hacemos otra cosa sino largarnos a la montaña, y estrenar nieve sin pisar, dejar que el aire y el sol nos desvirgue la piel invernal, permitir que nuestros cuerpos se espurran en ejercicios de subida y de bajada, y al final, después de muchas horas de santo ejercicio físico, mental y espiritual, aparezcan por fin, las primeras agujetas del año nuevo, que como he dicho anteriormente, empieza siempre para nosotros en este espléndido día, en que nos rebautizamos con botas de alta montaña, mochila a la espalda, crema por doquier anti-quemazón en cara y brazos, y polainas por si acaso. Bueno a esto ahora lo llaman finamente guetres, que polainas ya es muy antiguo y recuerda, qué historia, a los guardias terribles de mi infancia y juventud, a quienes llamábamos “los grises”.
Pues eso, que ayer nos fuimos a desburrarnos al alto de Peñalara, y fuimos muy poquitos los que subimos, y entre todos, los más jóvenes, éramos nosotros, que doblábamos la edad al más mayor de todos ellos.
Esta mañana me he levantado con el cuerpo maltrecho, la mente despejada y las manos y dedos un poco torpes; tanto que me he comido una h al escribir en un blog amigo huso horario. Y he tenido que volver para corregirme y pedir perdón y que me disculpen, que no es incultura ni iletralez, sino simple agarrotamiento de miembros.
Pues eso, que ayer fue el Día de Villalar, y mientras sindicales pedían medidas concretas, nosotros pedíamos ¡más madera!

¡Cómo me voy a olvidar de Don Miguel! Eso en mí es imposible por impensable. (¿Será al revés: impensable por imposible? No sé, pero ya me entendéis: que no, que no puede ser y se acabó). Ayer, en la campa de Villalar, se juntó jota, vino, tortilla, banderolas al viento y lectura continuada de El Camino, de Delibes, ¡sí señor!, que este señor se lo merece por castizo, castellano, cazador, católico de libre vía, capacitado amador de su amada Mariángeles, casi compa de mi también apreciado José Velicia, amigo mío al bies pero entrañable, y cantamañanas reidor de quienes usan tan mal su pulcro, bello, fino, escueto y universal castellano.
Una verdadera (ma)monada
Dos auténticas preciosidades.
Alguien, sin embargo, ha pensado que serían más bellas con unas palabras que explican lo que todo el mundo debiera saber, y que, como no lo sabe, lo ha de aprender (todo el mundo) para público escarmiento y también escarnio en el presente y para la posteridad.
Me permito exponer en público las dos preciosidades libres de aditamentos, porque ¡ojalá las dos lleguen a disfrutar de la libertad plena que en estos momentos parece que ese alguien les quiere arrebatar!

De momento así están tan guapos…
No nos dejes caer en la tentación…
Pues no, hij@, no. No hay que caer en la tentación. Y con mayor motivo si, mirando hacia un lado, o hacia atrás, descubres la realidad de las cosas…
Suprimir la sonda de Eluana no es matarla de hambre
Pero no soy nada erudito ni perito en la materia. De modo y manera que pego aquí este comentario de un teólogo especialista en moral bioética, Juan Masiá S.J., que me parece esclarecedor.
Siembran desconcierto, sobre el caso de “Eluana”, las expresiones “matar de hambre y sed” o “dejar morir de hambre”, usadas por algunas instancias eclesiásticas (con buena voluntad, pero con malentendidos) al condenar la decisión de asumir la llegada de la muerte con dignidad, a la que confunden con una eutanasia irresponsable. Hay que aclarar planteamientos.
Ni la sonda, más medicación que alimento, se debe comparar con un bocadillo, sino con una inyección, ni la persona está “retorciéndose de angustia por hambre y sed”, sino necesitada de que la dejemos descansar en paz. Eluana es acreedora al respeto a su dignidad personal, de la que está dotada como cualquier otra persona, no por ser enferma ni por hallarse en situación de estado vegetativo durante tantos años, sino simplemente por el hecho de ser persona hasta la consumación del proceso de morir.
Las condiciones calificables como indignas en que puede encontrarse una persona, ya provocadas por enfermedad o por circunstancias exteriores, no deben confundirse con la pérdida de la dignidad personal, que se tiene desde el principio de la vida hasta el final (como recuerda la instrucción Dignitas personae, n.1).
Nunca habíamos tenido tantos recursos para prolongar la vida, pero espada de doble filo: la vida está favorecida y amenazada por las tecnologías que la manejan. Mantenemos, sin dejarles morir, a quienes en otro tiempo habrían fallecido mucho antes. Pero ha aumentado la conciencia de la autonomía: la persona paciente; al acercarse al final de la vida, siente amenazada su dignidad y su autonomía, no tanto por la muerte cuanto por el modo de morir. Hoy urge plantearse cómo vivir el proceso de morir, sobre todo en situaciones críticas como el presente caso.
Tan injusta es la prolongación indebida como la aceleración irresponsable del final, si y cuando se hace contra la voluntad, autonomía y dignidad de la persona paciente.
El término “muerte digna” ha sido cuestionado por su ambigüedad y por el uso de dicho adjetivo para calificar la muerte. “Morir dignamente” es una expresión mejor que “muerte digna”, porque la dignidad se refiere a la persona. “Morir dignamente” sería recorrer con autonomía y dignidad el proceso de morir. Se acentúa así cómo vivir el proceso de morir, con la frase acuñada por R. Mc Cormick: how to live while dying..
Con anterioridad a las cuestiones controvertidas (en las que no es siempre posible dar una respuesta única, ni es fácil trazar líneas delimitadores cien por cien de lo que se debe o no se debe hacer, ni se puede evitar la imprecisión entre dejar morir o provocar la muerte…) hay que tener presente la importancia de la reflexión antropológica sobre el morir humano.
Es importante la distinción entre el sustantivo muerte y el verbo morir. Se refiere el primero al momento (difícilmente identificable de modo puntual en la mayoría de los casos) y el segundo remite al proceso. Pero, además, hay que distinguir dos procesos paralelos, el biológico y el humano. Ambos son importantes, así como la repercusión de ambos en el entorno familiar y social. Es igualmente importante el modo de situarse cada persona ante la muerte propia y de otras personas.
Hay que plantear el criterio fundamental. ¿Se respeta en esta decisión la autonomía y dignidad de la persona paciente?¿Es ese respeto la motivación básica que apoya la decisión última, cualquiera que sea ésta?
Imaginemos dos situaciones semejantes a la de Eluana, “A” y “B”, ante las que se han adoptan dos decisiones diferentes. En la situación “A” se ha adoptado una decisión de dejar que llegue la muerte (no de matar). En la situación “B” se ha adoptado una decisión de seguir prolongando artificialmente la vida biológica. Si la motivación básica que ha fundamentado ambas decisiones respeta la dignidad y autonomía de la persona paciente, ambas son éticamente asumibles. De lo contrario, no lo son. Este enfoque es radicalmente distinto del que se limitase a decir un sí a la primera y un no a la segunda, o viceversa; por ejemplo, quienes dijesen que no a la primera por miedo a que se confunda con la eutanasia, o quienes se precipitasen a decir que sí a la segunda por estar a ultranza a favor de la eutanasia, pero en condiciones que no respetasen la autonomía y dignidad de la persona paciente.
Hay que evitar los enfoques simplistas, exclusivamente disyuntivos y dilemáticos. Sería el caso, por ejemplo, de reducirse a preguntar si se debe “quitar o no quitar la sonda” o considerar algo a priori como “ordinario o extraordinario” en cualquier caso y sin excepciones. Hay que evitar los enfoques disyuntivos como, por ejemplo, identificar la postura pro-vida con la prolongación a ultranza o identificar la toma de decisión de retirar la sonda como si fuese un acto eutanásico injusto e irresponsable… Más bien habrá que preguntarse si los recursos que vamos a usar son para prolongar la vida o su calidad durante el proceso de morir, o son meramente formas de prolongar ese proceso.
Pero, en todo caso, más que un debate polarizado en discutir si un determinado medio es ordinario o extraordinario, habría que centrarse en los polos responsable-irresponsable.
F. de Vitoria decía en sus Relectiones, en el siglo XVI, que si una persona está tan enferma y deprimida que el comer puede llegar a convertirse para ella en una pesada carga no hace nada malo por no comer. Tampoco hay obligación, decía, de comer manjares óptimos, aunque sean los más sanos, ni se está obligado a vivir en el clima más sano o a tomar la comida más nutritiva. No se está obligado a usar una determinada medicina para prolongar la vida, aun cuando fuese probable el peligro de muerte como, por ejemplo, tomar un fármaco durante algunos años para evitar fiebres. Para Vitoria la noción de pesada carga incluía más que el mero malestar físico. Sobre los fármacos decía: «Como raras veces es seguro el efecto curativo no se está obligado a usarlos aunque se esté muy enfermo.» Daba también razones para abstenerse de alimentación que ayudaría a la salud o para no mudarse de residencia en pro de la salud: la elección de un bien (estabilidad familiar, deseo de un determinado modo de vida, etc.) que convierte en oneroso al otro bien (comer o mudarse de lugar) lo justifica. Vitoria pensaba que un enfermo no está obligado moralmente a suprimir el vaso de vino en su comida, aun sabiendo que le podría acortar la vida. Pero tampoco veía obligación de lo contrario. Se nota en su enfoque una relativización del valor de la mera vida biológica y su prolongación. Porque no quiere Dios, decía, que nos preocupemos tan exageradamente de alargar la vida. «Nec enim Deus voluit nos tam sollicitos esse de longa vita». Para Vitoria el que un recurso médico fuese considerado extraordinario, exagerado o desproporcionado no dependía de que fuese muy costoso económicamente o muy complicado técnicamente, sino del grado de carga que suponía para la persona, por contraste con el beneficio que posiblemente podría reportarle.
A la luz de estos criterios, tan tradicionales en la moral teológica, se podrían y deberían enfocar los temas de la futilidad, la limitación del esfuerzo terapéutico, la nutrición e hidratación artificiales, etc., con mucha mayor flexibilidad de lo que se hace a menudo por parte de instancias eclesiásticas.
La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó hace dos años un documento del que hay que disentir respetuosa y responsablemente desde la ética y desde la teología. Con fecha de 1 de agosto de 2007, se hizo pública la respuesta de dicha Congregación, firmada por el Cardenal Levada, a dos preguntas de la Conferencia Espiscopal de Estados Unidos sobre la nutrición e hidratación artificial de pacientes en estado vegetativo permanente. El documento considera la nutrición e hidratación artificiales como medios “ordinarios, proporcionados y obligatorios”. Es una afirmación que contradice todas la tradición de moral teológica que acabamos de citar, ejemplificada en Vitoria. El texto aparece en la página de internet del vaticano en el apartado de “documentos doctrinales” de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero las cuestiones de bioética no son cuestiones doctrinales y, por tanto, no son de la competencia de dicho dicasterio. Da como razón para no hacer excepciones a la administración de nutrición y alimentación la finalidad de estos medios: la preservación de la vida, a la que dice tiene derecho la persona paciente por su fundamental dignidad humana. Es cierto y estaremos de acuerdo en afirmar y defender la dignidad de esa persona. Pero de ahí no se sigue que esa protección se identifique con la preservación de la vida biológica a toda costa en todos los casos. Si se suspende responsablemente la nutrición e hidratación no es porque se ignore o minusvalore la dignidad de esa persona, sino precisamente porque se la respeta y se ha llegado a la conclusión de que esa suspensión es la mejor forma de respetarla. Pero, sobre todo, este documento vaticano representa la postura contraria a la que veíamos antes al afirmar que son posibles dos respuestas opuestas, pero igualmente responsables éticamente ante una misma situación. La manera autoritaria, dogmática y sin lugar para excepciones del documento vaticano tendrá que ser cuestionada desde el disentimiento respetuoso pero honradamente crítico de quienes se dediquen a la bioética con perspectivas teológicas.




















































