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Ese dolor puñetero



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A Rafael Fernando Navarro le duele su pastor alemán. Su ausencia. Desde que “se le hizo mayor la muerte, todo es más hermoso porque es más triste. Todo es más triste porque es más ausente. Todo es más ausente porque es más hueco”.
Termina diciendo, no sé si resignado o convencido: “Mi pastor alemán cuida (ahora) un rebaño de olas y las lleva hasta los pastos azules de la luna”.
Al actual ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, le dolían antes los plazos según los cuales la ley contemplaba si procedía o no permitir a una mujer desprenderse de lo que empezaba a gestar. El aborto le dolía.
Tiene la suerte de que ya ese dolor desaparece en cuanto él proponga un cambio, esta vez en base a supuestos.
Habría que preguntarle si no le duele no saber qué le puede doler a una mujer que no tiene capacidad de decidir, ni siquiera de opinar.
Al juez Baltasar Garzón le dolían, en el estricto cumplimiento de sus deberes profesionales, el olvido de causas condenadas a la oscuridad de los registros clandestinos. Y por tratar de superar ese dolor, ahora está experimentado el dolor de verse juzgado por sus mismos pares.
A las personas, -ahora pocas, vendrán más-, que ayer en la mañana han relatado sus experiencias de asesinatos sin juicio, de muertes matadas, de odios premeditadores que obraron con alevosía, y que se duelen de los silencios ominosos, las trampas alevosas y, por supuesto, la ausencia irremediable ya de sus mayores o iguales, se les está permitiendo hablar y desahogarse en medio de una corte mayor con todo lujo de detalles. ¡Quién podrá mostrar un dolor como su dolor!
A mí me está doliendo desde hace dos largos días una muela que no tenía por qué, para eso está endodonciada. Pero con ibuprofeno y una fuerte dosis de amoxilicina seguro que puedo soportarlo y, eso espero, superarlo.
Y es que la vida puede ser mucho más sencilla y bastante más agradable si pequeños gestos que nada cuestan, en lugar de evitarlos negándolos, nos molestamos un poco en realizarlos. Quitar, propiamente, no quitarán; pero si es verdad que las penas con pan son menos, un dolor expresado en libertad, escuchado con respeto, y atendido con solicitud, como si desapareciese…
Sí, por supuesto, es un artificio. Pero si miramos este vídeo con ojos limpios, podríamos convenir en que resultaría sumamente interesante probar, por ver qué pasaría si…
 

Miércoles después del Miércoles de Ceniza


Desde Japón

Hoy es 16 de Marzo, y el terremoto que asoló la costa este de Japón ocurrió el 11. Sin embargo, los daños sufridos desde entonces no sólo se conocen mejor sino que van en aumento, especialmente con las explosiones, los incendios y las fugas radioactivas de las centrales nucleares de Fukushima.                 
Me piden que cuente “desde dentro” de la Vida Religiosa y Japón cómo estamos viviendo esta tragedia para la que adjetivos como dantesca o apocalíptica no son bastante expresivos. Aunque, ¿qué puedo decir?... Vivo en la provincia de Chiba pero lejos de la costa y a varios cientos de kilómetros de la zona más devastada. Aquí sufrimos el terremoto (el más fuerte experimentado por mí en los más de 30 años de misionera en Japón) y sufrimos algunas de sus consecuencias… pero son poca cosa si lo comparamos con lo que vemos en TV. Verdaderamente no sé qué decir…
Así que entro en Internet, en la página de la Iglesia católica, para informarme. La Diócesis de Sendai que es la que ha sufrido todo el peso de esta catástrofe cuenta que algunas de sus iglesias han sufrido derrumbamientos y desperfectos… pero son pocas. Una religiosa de esa zona informa que todas las Hermanas de las 13 Congregaciones femeninas repartidas en 31 casas están bien. El Obispado nos dice que un misionero canadiense ha muerto de un ataque al corazón provocado por el seísmo.
La Diócesis vecina, Saitama, también informa de desperfectos en sus iglesias, y de algunos fieles que han tenido que dejar sus casas y utilizar los refugios.
En Tokyo una parroquia ofrece ayuda psicológica y espiritual para hacer frente al stress de estos momentos. Eso es todo.
Sigo escribiendo, pero a mano. Ha comenzado un apagón eléctrico que durará tres horas. Están programados y repartidos por zonas para paliar de alguna manera la falta de energía provocada por los accidentes en las centrales eléctricas.  Por las calles transitan menos coches ya que no se puede comprar gasolina. Los trenes también funcionan bajo mínimos. En los supermercados las estanterías están vacías… y la gente, toda, lo acepta sin quejas ni estridencias… es nuestro modo de solidarizarnos con los que están sufriendo mucho más que nosotras.
Vuelvo a mis pensamientos sobre la Iglesia y la vida religiosa en Japón tan minoritaria ¿qué hace en estos momentos?... ¿Cómo afronta la tragedia?... la únicas imágenes que acuden a mi mente son la de la sal y la levadura… en medio de todos, sencillamente, viviendo y sufriendo juntos. Pienso en esta Iglesia y esta vida religiosa que es la mía mientras veo por la ventana el pequeño campo de juegos del Jardín de infancia que regentamos. Mañana es la ceremonia de fin de curso y las profesoras están alineando sillas y poniendo flores para organizar un salón de actos al aire libre, ya que el edificio se resquebrajó con el temblor y es peligroso usarlo. Todas trabajan uniendo esfuerzos para volver lo antes posible a la normalidad… Imagino que también las tres universidades, diez colegios de enseñanza secundaria y tantos parvularios de las Congregaciones Religiosas y las parroquias en la Diócesis de Sendai, estarán igualmente uniendo esfuerzos, trabajando juntos, católicos y no católicos, Hermanas y laicos, dando lo mejor de sí mismos… porque el Reino de Dios es de todos y entre todos nos vamos acercando a él.
No somos los protagonistas… la Administración, las múltiples ONGs, las asociaciones de vecinos… funcionan perfectamente, están muy bien organizadas… lo que nosotras podemos hacer es colaborar con ellos como unas ciudadanas más, como un grupo más. La Vida Religiosa por aquí no tiene poder… desde abajo, como todos, con todos, va aprendiendo y enseñando, dando y recibiendo… compartiendo. Esta es la imagen de Iglesia y de la Vida Religiosa que también ahora, en medio de la tragedia, sigue válida. Somos vecinos de la gente, sin más privilegio que esa luz de esperanza que la fe pone en nuestro corazón. Decía ayer por Televisión una señora: “Lo he perdido absolutamente todo. Sólo me queda la vida… pero tal vez hubiera sido mejor perderla también”. ¡Si pudiéramos estar cerca de estos agujeros de desesperación callada para dar la mano!… Esa es nuestra humilde misión: optar por la vida, acompañar esperanzadamente. En cada parroquia, en cada comunidad, estar con las puertas abiertas, ofrecer, esperar… el anuncio del Evangelio en Asia se hace no a gritos sino en susurro… como se dijo hace bastante tiempo. Y ahora, tal vez ni eso… ahora es tiempo de silencio respetuoso, dolorido… para acompañar el sufrimiento que nos rodea.

Celia Fernández
Chiba ken. Nagareyama

La futura ley de cuidados paliativos, mal llamada de "muerte digna"

Estaban mis ojos cerrándose en el inicio de mi siesta diaria, cuando apareció Pérez Rubalcaba en el informativo anunciando la promulgación para meses próximos de una ley que regule los cuidados paliativos en enfermos terminales, o sea, una ley de muerte digna. Lo último que le escuché fue esto: "no es una ley de eutanasia". Y me dormí.

Este asunto -la eutanasia- estuvo en el meollo del turbulento final del blog "Vivir y pensar desde la frontera" del profesor Juan Masiá Claver, S.J., que se vio obligado a dejarlo dormir ante los ataques de que fue objeto. Primero en Religión Digital, luego en La Comunidad El País.com. Estaba muy reciente entonces el Hospital de Leganés, cuyo contubernio también terminó por acallarse cuando los tribunales sobreseyeron la causa.

Recuerdo que también coincidió por aquel entonces el caso de una italiana, Eluana Englaro, cuya familia exigía de su gobierno la desconexión de las máquinas que la mantenían en vida vegetativa.

Aclarado que esta ley está acotada a los simples tratamientos paliativos, me he dirigido a mi médica favorita, Doctora Toñi, y le he preguntado si esta ley va a suponer algún cambio en la práctica médica.

Más o menos esto es lo que me ha respondido: Hasta ahora la práctica médica es asegurar al enfermo terminal o no que no va a tener dolor. Esto significa que habrá que administrarle fármacos del tipo de los opiáceos, que al tiempo que anestesian también adormecen al paciente. La ley anunciada vendría a servir de pantalla protectora de lo que ahora se hace habitualmente con la generalidad de los enfermos que se consideran irrecuperables.

Además de mis padres, que murieron debidamente acompañados por los servicios sanitarios, y que tuvieron en mi opinión una “muerte más que digna”, en su casa y entre los suyos, he visitado y asistido a muchas personas en el final de sus días; y he podido comprobar cómo los tratamientos médicos que palían los aspectos dolorosos de la enfermedad y de la vejez no menoscaban en manera alguna su capacidad para encarar y aceptar la muerte que llega, ni suponen ninguna concesión a una salida eutanásica.

En el blog que antes cité del profesor Juan Masiá se habló muy elogiosamente de la ley andaluza de derechos y garantías de la dignidad de la persona en el proceso de la muerte, la conocida como ley de muerte digna. “La ley andaluza es la primera de España que ordena los derechos de los pacientes terminales y las obligaciones de los profesionales que les atienden. La norma reconoce el derecho de los ciudadanos andaluces a declarar su voluntad vital anticipada, que deberá respetarse tal y como se establece en el Estatuto de Autonomía. La ley, redactada con el acuerdo y las aportaciones de más de 60 colectivos, reconoce el derecho a recibir, o no si así lo desea el paciente, información clínica veraz y comprensible sobre su diagnóstico, con el fin de ayudarle en la toma de decisiones. También se regula el derecho del paciente a recibir tratamiento para el dolor, incluyendo la sedación paliativa y cuidados paliativos integrales en su domicilio siempre que no estén contraindicados. La persona afectada podrá igualmente rechazar o paralizar cualquier tratamiento o intervención, aunque ello pueda poner en peligro su vida”. (El País, 17/3/2010)

Si con esto los profesionales de la medicina se van a ver protegidos en el ejercicio deontológico de su profesión, y los pacientes respetados en su derecho a decidir cómo sea el final de su vida, y alcanzar lo que se entiende con la expresión “muerte digna”, bienvenida sea esa ley.


Me temo, sin embargo, que "muerte digna" sea un término bastante más amplio. Al menos el que yo tengo no es exactamente coincidente con el que contempla la futura ley. Pero igualmente también presumo que habrá personas que en defensa de una "muerte digna" exijan una ley más amplia que acoja el suicidio asistido. No será una ley tranquila, no lo creo.

Pero ya que he apuntado mi opinión, termino de expresarla: una muerte digna sólo tiene encaje pleno en una vida digna. Y esto ya son palabras mayores. No me parece que en los tiempos que corren se den las mejores condiciones para que una y otra, vida y muerte, se desarrollen en el colmo de la dignidad.

Esta vida que nos lleva (y dos)

Mina de Copiapó: menos memorial y más medios



«Hoy es un día de alegría para los mineros de la mina de San José en Copiapó y para sus familias. Alegría compartida por todos los chilenos y las personas de bien. Conozco Copiapó, una ciudad de casas bajas en el sur del desierto de Atacama. Allí hay un humilde convento de formación de monjas dominicas, en donde he dado Ejercicios espirituales y varios cursillos. En los locales del Obispado he impartido charlas teológicas a seglares que manifestaban un enorme interés, y he hablado a religiosas y sacerdotes de la diócesis. Desgraciadamente, en Copiapó hay barrios de gente pobre. Tuve ocasión de conocer uno de esos barrios y entrar en una de sus casas, en una chabola. Me recordó la casita que tenía mi abuelo en el campo, con dos diferencias: en la casa de mi abuelo el suelo no era de tierra, sino que estaba empedrado; y en la casa de mi abuelo los animales tenían su lugar fuera de la casa. La persona que me acompañaba me dijo: “aquí no entra nadie y menos un extranjero”. Yo entré y pude apreciar la bondad de la gente pobre.

Me ha emocionado la salida de los mineros. Es un buen motivo para dar gracias a Dios. Pero la alegría y la acción de gracias no deben hacernos olvidar que la mina no reunía las condiciones mínimas de seguridad. Es de esperar que a los propietarios se les exijan responsabilidades económicas, no solo para compensar a los mineros, sino también para abonar los costes del rescate. Para que les quede claro que el querer ganar más a costa de la seguridad termina siendo una pérdida económica, que es donde les duele. El dispositivo de rescate que se ha montado es la prueba evidente de que disponemos de medios técnicos sobrados para que pueda trabajarse en condiciones mejores, en las minas y en otros muchos sitios.

No me gustaría que la consecuencia del rescate fuese la creación de un monumento, un memorial, o una capilla, que sin duda satisfaría a un pueblo religioso. No. Lo que hay que reclamar son medios técnicos en vez de memoriales. Mejores condiciones de trabajo. Mejores condiciones de vida. Mejores salarios. Porque en la técnica, en la mejora de las condiciones de trabajo, en el salario digno y justo también está Dios, un Dios que se sirve de la inteligencia del ser humano y de su bondad para hacerse presente. Y ahora, ¡a vivir! Porque, acabada la fama, empieza la vida.»

[Tomado de http://nihilobstat.dominicos.org/, con la libertad que me caracteriza, porque lo dice él mejor que lo podría decir yo. Se trata de Martín Gelabert Ballester, OP]

Esta vida que nos lleva


Reconozco que al escribir sobre esto se me amontonan demasiadas sensaciones, muchas de ellas contrapuestas. Para decir lo que ahora pretendo debería hacer el ejercicio mental casi imposible de apartarlas y no tenerlas en cuenta. No sé si seré capaz o si sabré reconducirlas para que no interfieran demasiado.

Desde hace dos meses vivimos angustiados por los treinta y tres mineros encerrados bajo tierra. Todo se ha dicho; mucho más se seguirá diciendo. Priman demasiados intereses. Mucha gente está pendiente de su situación. Muchísimos son sinceros. Algunos van a sacar tajada.

A pesar de todos los preparativos de esta obra colosal, impensable en cualquier otra situación, todos temíamos la salida. Con el ánimo suspenso, nos vimos sorprendidos por la aparición del primero en salir.

Desenjaulado de la rudimentaria cabina que le trasladó a la superficie, apareció sonriente, animoso, feliz al fin. No parecía un rescatado sino un rescatador.

Esto me ha hecho cavilar.

Allá dentro y abajo podría haber sucedido cualquier cosa imaginable. Un motín. Un sálvese el que pueda. Un empujar por salir el primero y el de atrás que se jorobe. Un arramplar el bocado del vecino por si no llega el siguiente suministro. En fin, eso y más cabe en naturaleza humana que ha dado ejemplos peores.

No ha ocurrido así. Donde pudo haber desorden, ha habido orden. La convivencia primó sobre la desavenencia y el enfrentamiento. La esperanza sobreabundó sobre el miedo. La solidaridad quebró el individualismo.

No es momento aún para cantar victoria, pero las caras de los sucesivos elevados a la gloria terrena de la superficie que pisamos y del aire que ventila nuestros corazones, dan más que meras sospechas de que el ser humano tiene dentro de sí mucho de bueno, de excelente, de lo mejor.


En Haití, que ya no sale en los medios, el pueblo sigue viviendo, y sacando fuerzas de flaqueza para vencer la muerte con la vida.
En Paquistán, que tampoco sale ya, el pueblo vive a pesar del olvido general, porque atesora más vida de la que puede arrebatarle cualquier cataclismo.
El ser humano no tiene nada que ver con los dinosaurios, por más que en la evolución algo de ellos retenga. Es un superviviente. Aunque ahora algunos pretendan decirnos que en realidad es un depredador y aduzcan razones de la historia y de la economía, no me lo creo. Y miro a estos mineros y recuerdo a los de las pateras y trato con los inmigrantes que me visitan, y me confirmo en lo que digo.
 
Los seres humanos somos lo mejor de este universo. Y si hubiera o hubiese más universos, habría que investigarlos, pero dudo que encontráramos algo más guay.

Para qué ir a los Pirineos



Para pasear



Para contemplar puentes rotos



Para ver torrentes



Para admirar cascadas



Para contemplar el bosque




Para disfrutar de más cascadas



Para descubrir cascadas de ensueño



Para admirar embelesados filigranas de agua



Para ver montañas, bosques y praderas



Para atravesar torrentes que caen de la montaña



Para ver puentes de hielo sobre los arroyos



Para mirar ese hielo en pleno verano




Para indagar de dónde cae tanta agua



Para averiguar por dónde se puede atravesar un torrente



Para intentar atravesarlo y no morir en el intento (perdón, quise decir "no mojarse")



Para caminar en compañía cuesta arriba



Para seguir caminando en compañía también cuesta abajo



Para sacarse una afoto -parcial, que falta el fotero y narrador- y poner sonrisa políticamente correcta (en tanto alguna que yo me sé retoza en la fresca hierba)



Para recorrer bosques mágicos



Para pisar prados inmensos




Para ver una flor



Para ver cuatro flores



Para contemplar esto, que no sé si es flor o es cardo



Para gozar mirándolas



Para sentirse pequeño, pequeño de verdad



Para llevarse a la boca algo dulce (no importa que haya que agacharse para contemplarla y para arrancarla suavemente)



Para enterarse de que existen amapolas amarillas



Para aprender a no tener prisa, y que paso a paso se llega siempre-siempre



Para ver animales domesticados



Para ver animales salvajes. Es un decir




Para pillar a toda la familia al descubierto



Para sacarse una foto con ese fondo tan bonito. Es el barranco de La Tormosa, senda que a modo de terraza por encima de los 1900 metros de altitud recorre esa parte sombría del Valle de Pineta. También es llamado barranco de la cuevas, por las numerosas oquedades de roca y hielo que existen en sus inmediaciones.


Durante la primavera la nieve blanda cae en aludes desde lo alto de la montaña hasta el fondo del valle, formando grandes conos. Son neveros que perduran hasta bien entrado el verano. El agua del torrente sigue cayendo sobre el vértice superior, formando una cavidad en el interior; la nieve deshecha sale por la parte inferior hasta llegar al río principal. En este caso el Cinca.


Esa gruta horadada en la nieve por el agua de la cascada adquiere a veces dimensiones ciclópeas. Es un espectáculo verlo desde fuera. Pero a veces, gentes desconocedoras de la montaña piensan que es un juguete inofensivo, que está ahí precisamente para malgastar las energías que son incapaces de utilizar subiendo montañas o paseando bosques. Llegan con el coche hasta allí mismo y se desmelenan.


Y entonces ocurre que se cumple que al Pirineo se puede ir también para morir, aunque no está bien ni el momento, ni el lugar.



Ese hielo que se ve amontonado en la entrada de la cavidad se desprendió de su interior cuando un grupo de 8 jóvenes inexpertos se adentró en la cueva y ya dentro de ella se pusieron a dar voces. El eco produjo el desprendimiento. Resultado: dos muertos y tres heridos graves. Es nieve, pero en ese montón hay muchas toneladas.
Esto ocurrió el pasado día 10 de junio de 2010

Chorreazo de adrenalina

Todos los 23 de abril tienen nombre propio. Poco importa el año que se considere.

Para unos es el Día del Libro, onomástica de don Miguel de Cervantes, sí el del Quijote, y de mister William Shakespeare, el de Otelo. Y con tal motivo se ponen muy serios, encerrados en aulas de alto copete y pónense igualmente a disertar, leer, celebrar, a Gutenberg, por lo de la imprenta, a la cultura escrita en particular, y a la lectura diversa en general. Y siempre, entre aplausos y gente de alto nivel de sensibilidad y del saber hacer, decir y escribir, se lamentan de lo mucho que se edita y de lo poco que en fin se trajina en lectura personal, esforzada, cuidadosa y re-pensada, o sea, reflexionada.
Es el día en que se lamenta toda la humanidad de lo mucho que se gasta la dicha humanidad en madera para estanterías que van a soportar televisores de plasma, relojes a pilas, figuritas de plastilina, fotos de aquí y de allá, y algún que otro libro de pastas resplandecientes y páginas inmaculadas de no haber sido nunca maculadas.



Para otros, en mi tierra, es el día de la tierra castellana, Villalar, Los Comuneros, el extranjero malencarado y dictador que se cargó de raíz las raíces propias de esta tierra. Y se van a la campa a cantar y bailar jotas, a leer y escuchar manifiestos contra esto y contra aquello, a poner flores en monolito pétreo que ya no dice gran cosa para los de esta hora, que es la era de la globalización globalizada, todos laminados por una igualdad fatal e interesada, que olvida lo propio y ensalza lo que no es absolutamente nada, pero ojo, que esa nada es como la peste que avanza cual nube negra de Tolkien.
Y también llevan tortillas, y botas con buenos caldos, y alguno y alguna se ponen hasta la cabeza de otros productos, de los que no da esta tierra. ¿O sí? Es que ya ni sé lo que es de aquí.



Para mí y para los míos, sin embargo, es el primer día de primavera. Y no hacemos otra cosa sino largarnos a la montaña, y estrenar nieve sin pisar, dejar que el aire y el sol nos desvirgue la piel invernal, permitir que nuestros cuerpos se espurran en ejercicios de subida y de bajada, y al final, después de muchas horas de santo ejercicio físico, mental y espiritual, aparezcan por fin, las primeras agujetas del año nuevo, que como he dicho anteriormente, empieza siempre para nosotros en este espléndido día, en que nos rebautizamos con botas de alta montaña, mochila a la espalda, crema por doquier anti-quemazón en cara y brazos, y polainas por si acaso. Bueno a esto ahora lo llaman finamente guetres, que polainas ya es muy antiguo y recuerda, qué historia, a los guardias terribles de mi infancia y juventud, a quienes llamábamos “los grises”.

Pues eso, que ayer nos fuimos a desburrarnos al alto de Peñalara, y fuimos muy poquitos los que subimos, y entre todos, los más jóvenes, éramos nosotros, que doblábamos la edad al más mayor de todos ellos.

Esta mañana me he levantado con el cuerpo maltrecho, la mente despejada y las manos y dedos un poco torpes; tanto que me he comido una h al escribir en un blog amigo huso horario. Y he tenido que volver para corregirme y pedir perdón y que me disculpen, que no es incultura ni iletralez, sino simple agarrotamiento de miembros.



Pues eso, que ayer fue el Día de Villalar, y mientras sindicales pedían medidas concretas, nosotros pedíamos ¡más madera!



Post Data:

¡Cómo me voy a olvidar de Don Miguel! Eso en mí es imposible por impensable. (¿Será al revés: impensable por imposible? No sé, pero ya me entendéis: que no, que no puede ser y se acabó). Ayer, en la campa de Villalar, se juntó jota, vino, tortilla, banderolas al viento y lectura continuada de El Camino, de Delibes, ¡sí señor!, que este señor se lo merece por castizo, castellano, cazador, católico de libre vía, capacitado amador de su amada Mariángeles, casi compa de mi también apreciado José Velicia, amigo mío al bies pero entrañable, y cantamañanas reidor de quienes usan tan mal su pulcro, bello, fino, escueto y universal castellano.
¡Viva don Miguel Delibes!

Una verdadera (ma)monada

Desde esta tarde y hasta el próximo día 25 del presente mes estamos condenados a ver en vallas publicitarias, paredes, carteles anunciadores y similares un poster según una campaña organizada e ideada por las mentes más preclaras de nuestro preclaro país; representa una cría humana y una cría de lince ibérico.

Dos auténticas preciosidades.

Alguien, sin embargo, ha pensado que serían más bellas con unas palabras que explican lo que todo el mundo debiera saber, y que, como no lo sabe, lo ha de aprender (todo el mundo) para público escarmiento y también escarnio en el presente y para la posteridad.

Me permito exponer en público las dos preciosidades libres de aditamentos, porque ¡ojalá las dos lleguen a disfrutar de la libertad plena que en estos momentos parece que ese alguien les quiere arrebatar!



Esta vez no pienso disculparme por la injerencia, ni pedir perdón por la manipulación realizada en la obra de arte. Palabra de honor que ni el niño ni el lince tienen sobre su piel ninguna calcamonía cuando vienen a este mundo. Si les parece, cuando sean mayores que vayan al taxidermista a que les haga el tatuaje que les parezca más armonioso.

De momento así están tan guapos…

No nos dejes caer en la tentación…

Estamos en Cuaresma. Sí, en el desierto, y encima sufrimiento el acoso de las tentaciones.

Pues no, hij@, no. No hay que caer en la tentación. Y con mayor motivo si, mirando hacia un lado, o hacia atrás, descubres la realidad de las cosas…


Suprimir la sonda de Eluana no es matarla de hambre

Alguien me ha solicitado mi opinión sobre la sentencia de la Corte de Apelación de Milán, refrendada por el Tribunal Supremo Italiano de permitir retirar la sonda nasogástrica a Eluana, en estado de coma como resultado de un accidente de tráfico hace diecisiete años. Mi opinión personal es que nadie está obligado a mantener la vida propia o ajena con medios extraordinarios cuando no se tiene certeza de que haya mejora en la calidad de vida. Esta es la opinión de la teología moral católica que yo estudié y que yo sigo estudiando.
Pero no soy nada erudito ni perito en la materia. De modo y manera que pego aquí este comentario de un teólogo especialista en moral bioética, Juan Masiá S.J., que me parece esclarecedor.

Siembran desconcierto, sobre el caso de “Eluana”, las expresiones “matar de hambre y sed” o “dejar morir de hambre”, usadas por algunas instancias eclesiásticas (con buena voluntad, pero con malentendidos) al condenar la decisión de asumir la llegada de la muerte con dignidad, a la que confunden con una eutanasia irresponsable. Hay que aclarar planteamientos.

Ni la sonda, más medicación que alimento, se debe comparar con un bocadillo, sino con una inyección, ni la persona está “retorciéndose de angustia por hambre y sed”, sino necesitada de que la dejemos descansar en paz. Eluana es acreedora al respeto a su dignidad personal, de la que está dotada como cualquier otra persona, no por ser enferma ni por hallarse en situación de estado vegetativo durante tantos años, sino simplemente por el hecho de ser persona hasta la consumación del proceso de morir.

Las condiciones calificables como indignas en que puede encontrarse una persona, ya provocadas por enfermedad o por circunstancias exteriores, no deben confundirse con la pérdida de la dignidad personal, que se tiene desde el principio de la vida hasta el final (como recuerda la instrucción Dignitas personae, n.1).
Nunca habíamos tenido tantos recursos para prolongar la vida, pero espada de doble filo: la vida está favorecida y amenazada por las tecnologías que la manejan. Mantenemos, sin dejarles morir, a quienes en otro tiempo habrían fallecido mucho antes. Pero ha aumentado la conciencia de la autonomía: la persona paciente; al acercarse al final de la vida, siente amenazada su dignidad y su autonomía, no tanto por la muerte cuanto por el modo de morir. Hoy urge plantearse cómo vivir el proceso de morir, sobre todo en situaciones críticas como el presente caso.

Tan injusta es la prolongación indebida como la aceleración irresponsable del final, si y cuando se hace contra la voluntad, autonomía y dignidad de la persona paciente.

El término “muerte digna” ha sido cuestionado por su ambigüedad y por el uso de dicho adjetivo para calificar la muerte. “Morir dignamente” es una expresión mejor que “muerte digna”, porque la dignidad se refiere a la persona. “Morir dignamente” sería recorrer con autonomía y dignidad el proceso de morir. Se acentúa así cómo vivir el proceso de morir, con la frase acuñada por R. Mc Cormick: how to live while dying..
Con anterioridad a las cuestiones controvertidas (en las que no es siempre posible dar una respuesta única, ni es fácil trazar líneas delimitadores cien por cien de lo que se debe o no se debe hacer, ni se puede evitar la imprecisión entre dejar morir o provocar la muerte…) hay que tener presente la importancia de la reflexión antropológica sobre el morir humano.

Es importante la distinción entre el sustantivo muerte y el verbo morir. Se refiere el primero al momento (difícilmente identificable de modo puntual en la mayoría de los casos) y el segundo remite al proceso. Pero, además, hay que distinguir dos procesos paralelos, el biológico y el humano. Ambos son importantes, así como la repercusión de ambos en el entorno familiar y social. Es igualmente importante el modo de situarse cada persona ante la muerte propia y de otras personas.

Hay que plantear el criterio fundamental. ¿Se respeta en esta decisión la autonomía y dignidad de la persona paciente?¿Es ese respeto la motivación básica que apoya la decisión última, cualquiera que sea ésta?

Imaginemos dos situaciones semejantes a la de Eluana, “A” y “B”, ante las que se han adoptan dos decisiones diferentes. En la situación “A” se ha adoptado una decisión de dejar que llegue la muerte (no de matar). En la situación “B” se ha adoptado una decisión de seguir prolongando artificialmente la vida biológica. Si la motivación básica que ha fundamentado ambas decisiones respeta la dignidad y autonomía de la persona paciente, ambas son éticamente asumibles. De lo contrario, no lo son. Este enfoque es radicalmente distinto del que se limitase a decir un sí a la primera y un no a la segunda, o viceversa; por ejemplo, quienes dijesen que no a la primera por miedo a que se confunda con la eutanasia, o quienes se precipitasen a decir que sí a la segunda por estar a ultranza a favor de la eutanasia, pero en condiciones que no respetasen la autonomía y dignidad de la persona paciente.

Hay que evitar los enfoques simplistas, exclusivamente disyuntivos y dilemáticos. Sería el caso, por ejemplo, de reducirse a preguntar si se debe “quitar o no quitar la sonda” o considerar algo a priori como “ordinario o extraordinario” en cualquier caso y sin excepciones. Hay que evitar los enfoques disyuntivos como, por ejemplo, identificar la postura pro-vida con la prolongación a ultranza o identificar la toma de decisión de retirar la sonda como si fuese un acto eutanásico injusto e irresponsable… Más bien habrá que preguntarse si los recursos que vamos a usar son para prolongar la vida o su calidad durante el proceso de morir, o son meramente formas de prolongar ese proceso.

Pero, en todo caso, más que un debate polarizado en discutir si un determinado medio es ordinario o extraordinario, habría que centrarse en los polos responsable-irresponsable.

F. de Vitoria decía en sus Relectiones, en el siglo XVI, que si una persona está tan enferma y deprimida que el comer puede llegar a convertirse para ella en una pesada carga no hace nada malo por no comer. Tampoco hay obligación, decía, de comer manjares óptimos, aunque sean los más sanos, ni se está obligado a vivir en el clima más sano o a tomar la comida más nutritiva. No se está obligado a usar una determinada medicina para prolongar la vida, aun cuando fuese probable el peligro de muerte como, por ejemplo, tomar un fármaco durante algunos años para evitar fiebres. Para Vitoria la noción de pesada carga incluía más que el mero malestar físico. Sobre los fármacos decía: «Como raras veces es seguro el efecto curativo no se está obligado a usarlos aunque se esté muy enfermo.» Daba también razones para abstenerse de alimentación que ayudaría a la salud o para no mudarse de residencia en pro de la salud: la elección de un bien (estabilidad familiar, deseo de un determinado modo de vida, etc.) que convierte en oneroso al otro bien (comer o mudarse de lugar) lo justifica. Vitoria pensaba que un enfermo no está obligado moralmente a suprimir el vaso de vino en su comida, aun sabiendo que le podría acortar la vida. Pero tampoco veía obligación de lo contrario. Se nota en su enfoque una relativización del valor de la mera vida biológica y su prolongación. Porque no quiere Dios, decía, que nos preocupemos tan exageradamente de alargar la vida. «Nec enim Deus voluit nos tam sollicitos esse de longa vita». Para Vitoria el que un recurso médico fuese considerado extraordinario, exagerado o desproporcionado no dependía de que fuese muy costoso económicamente o muy complicado técnicamente, sino del grado de carga que suponía para la persona, por contraste con el beneficio que posiblemente podría reportarle.

A la luz de estos criterios, tan tradicionales en la moral teológica, se podrían y deberían enfocar los temas de la futilidad, la limitación del esfuerzo terapéutico, la nutrición e hidratación artificiales, etc., con mucha mayor flexibilidad de lo que se hace a menudo por parte de instancias eclesiásticas.

La Congregación para la Doctrina de la Fe publicó hace dos años un documento del que hay que disentir respetuosa y responsablemente desde la ética y desde la teología. Con fecha de 1 de agosto de 2007, se hizo pública la respuesta de dicha Congregación, firmada por el Cardenal Levada, a dos preguntas de la Conferencia Espiscopal de Estados Unidos sobre la nutrición e hidratación artificial de pacientes en estado vegetativo permanente. El documento considera la nutrición e hidratación artificiales como medios “ordinarios, proporcionados y obligatorios”. Es una afirmación que contradice todas la tradición de moral teológica que acabamos de citar, ejemplificada en Vitoria. El texto aparece en la página de internet del vaticano en el apartado de “documentos doctrinales” de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Pero las cuestiones de bioética no son cuestiones doctrinales y, por tanto, no son de la competencia de dicho dicasterio. Da como razón para no hacer excepciones a la administración de nutrición y alimentación la finalidad de estos medios: la preservación de la vida, a la que dice tiene derecho la persona paciente por su fundamental dignidad humana. Es cierto y estaremos de acuerdo en afirmar y defender la dignidad de esa persona. Pero de ahí no se sigue que esa protección se identifique con la preservación de la vida biológica a toda costa en todos los casos. Si se suspende responsablemente la nutrición e hidratación no es porque se ignore o minusvalore la dignidad de esa persona, sino precisamente porque se la respeta y se ha llegado a la conclusión de que esa suspensión es la mejor forma de respetarla. Pero, sobre todo, este documento vaticano representa la postura contraria a la que veíamos antes al afirmar que son posibles dos respuestas opuestas, pero igualmente responsables éticamente ante una misma situación. La manera autoritaria, dogmática y sin lugar para excepciones del documento vaticano tendrá que ser cuestionada desde el disentimiento respetuoso pero honradamente crítico de quienes se dediquen a la bioética con perspectivas teológicas.

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