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Misa Crismal


Las ánforas con el aceite dispuestas para la ceremonia

La mesa de reparto, también dispuesta

Presentación de los óleos

Bendición del öleo de los Enfermos
Señor Dios, Padre de todo consuelo,
que, has querido sanar las dolencias de los enfermos
por medio de tu Hijo:
escucha con amor la oración de nuestra fe
y derrama desde el cielo tu Espíritu Santo Paráclito
sobre este óleo.
Tú que has hecho que el leño verde del olivo
produzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo,
enriquece con tu bendición + este óleo
para que cuantos sean ungidos con él
sientan en cuerpo y alma tu divina protección
y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores.
Que por tu acción, Señor, este aceite sea para nosotros
óleo santo, en nombre de Jesucristo nuestro Señor.

Bendición del öleo de los Catecúmenos
Señor Dios, fuerza y defensa de tu pueblo,
que has hecho del aceite un símbolo de vigor,
dígnate bendecir + este óleo
y concede tu fortaleza
a los catecúmenos que han de ser ungidos con él,
para que, al aumentar en ellos
el conocimiento de la realidades divinas
y la valentía en el combate de la fe,
vivan más hondamente el Evangelio de Cristo,
emprendan animosos la tarea cristiana,
y, admitidos entre tus hijos de adopción,
gocen de la alegría de sentirse renacidos
y de formar parte de la Iglesia.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Consagración del Santo Crisma
Señor Dios, autor de todo crecimiento
y de todo progreso espiritual:
recibe complacido la acción de gracias
que gozosamente, por nuestro medio,
te dirige la Iglesia.
Al principio del mundo,
tu mandaste que de la tierra brotasen árboles
que dieran fruto,
y, entre ellos, el olivo
que ahora nos suministra el aceite
con el que hemos preparado el santo crisma.
Ya David, en los tiempos antiguos,
previendo con espíritu profético
los sacramentos que tu amor instituiría
en favor de los hombres,
nos invitaba a ungir nuestros rostros con óleo
en señal de alegría.
También, cuando en los días del diluvio
las aguas purificaron de pecado la tierra,
una paloma, signo de la gracia futura,
anunció con un ramo de olivo
la restauración de la paz entre los hombres.
Y en los últimos tiempos,
el símbolo de la unción alcanzó su plenitud:
después que el agua bautismal lava los pecados,
el óleo santo consagra nuestros cuerpos
y da paz y alegría a nuestros rostros.
Por eso, Señor, tú mandaste a tu siervo Moisés
que tras purificar en el agua a su hermano Aarón,
lo consagrase sacerdote con la unción de este óleo.
Todavía alcanzó la unción mayor grandeza
cuando tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
después de ser bautizado por Juan en el Jordán,
recibió el Espíritu Santo en forma de paloma
y se oyó tu voz declarando
que él era tu Hijo, el Amado,
en quien te complacías plenamente.
De este modo se hizo manifiesto
que David ya hablaba de Cristo cuando dijo:
"El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros".
A la vista de tantas maravillas
te pedimos, Señor,
que te dignes santificar con tu bendición + este óleo,
y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo,
de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma,
le infundas en él la fuerza del Espíritu Santo
con la que ungiste a los sacerdotes, reyes, profetas y mártires
y hagas que este crisma
sea un sacramento de la plenitud de la vida cristiana
para todos que van a ser renovados
por el baño espiritual del bautismo;
haz que los consagrados por esta unción,
libres del pecado en que nacieron,
y convertidos en templo de tu divina presencia
exhalen el perfume de una vida santa;
que fieles al sentido de la unción,
vivan su condición de reyes, sacerdotes y profetas
y que este óleo sea
para cuantos renazcan del agua y del Espíritu Santo,
crisma de salvación,
les haga partícipes de la vida eterna
y herederos de la gloria celestial.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Reparto de los Santos öleos

¿Aquí dan algo que me pueda llevar?


"El reparto"
Preguntas como ésta, o del estilo ¿y esta cola para qué es?, suelen hacerme en mañanas de Jueves Santo cuando, tras la Misa Crismal, voy rápido a recoger los óleos para la parroquia.
Ese reparto constituye el único punto negro en una celebración que considero única en nuestra liturgia católica.
Capilla de los Santos Óleos

Mesa para reparto
Toda la diócesis, todo el pueblo sacerdotal, arropando a su obispo, bendice y dedica –consagra– unos aceites especiales para celebrar los sacramentos, en una única celebración en cada lugar, que recuerda que cada bautizado está entroncado en Cristo único y definitivo Sacerdote.
La falta de información/formación y la dejadez, además de la insistencia desviada en que sólo los curas son sacerdotes, provoca que luego se hagan preguntas como la titular de este escrito u otras semejantes.
Esta mañana atravesé una ciudad desierta, me salté todos los semáforos que me encontré, y sólo respeté el de la plaza de  Zorrilla, y eso porque un autobús me cerró el paso. Recorrí del revés la Calle de los Tintes, y paré junto a la catedral con el reloj marcando las diez y cuarto.
El pueblo espera
Tengo tiempo, pensé, para sacar algunas fotos. Candé la bici y entré en una seo aún por rellenar.
Preparatorios

Presentación de los óleos

Los óleos presentados

Bendición del Óleos para los Enfermos

Óleos de Catecúmenos

Santo Crisma

Los Santos Óleos ya están disponibles

La ceremonia fue según el ritual, sin salirse ni una tilde de las prescripciones. El remate fue intentar salir de allí, mientras los hermanos de penitencia del Cristo de la Luz, se posicionaban para entrar.
Volví a atravesar una ciudad que empezaba a despertar tímidamente, porque en Jueves Santo todo está cerrado, menos los bares y el corte inglés.
La tarde, que aún no ha concluido, me ha llevando en volandas de misa a misa, y ahora la hora santa, para rematar un día que luce más que el sol, como el corpus y la ascensión.
Más o menos…
Ahora es la luna la que apunta maneras.

Tarde, demasiado tarde. Pero siempre a tiempo



El refrán dice «nunca es tarde si la dicha es buena», pero a mí me sale ahora de esta manera. Y desde que ocurrió hasta se me ha cambiado el gesto.
Hace la friolera de casi tres años, en jueves santo, extravié o se traspapeló la tapa roscada del portador de óleos, –crismeras–, que utilizo en la parroquia. Por más vuelta que di, no lo encontré. Tuve que inventarme algo para subsistir, y con un corcho lo apañé. No sirvió de mucho, y era feo a conciencia. Tampoco era útil, porque el aceite lo impregnaba todo, por dentro y por fuera; debía llevar el artefacto envuelto en papel absorbente, y aún así manchaba.
Esta mañana, revolviendo en la cocina, apareció “milagrosamente” la tapadera que había dado ya por más que perdida. Por fin está completo. Y estoy contento.
Juro que no me volverá a pasar, pero sé que lo hago en vano. El día que tengo que recoger los Santos Óleos hay demasiado jaleo en la catedral. Además de participar en la Misa Crismal, he de hacer cola ante una capilla lateral para que me lo suministren y esperar cuando me atienden a que acierte con las enormes basijas de utilizan. Al tiempo entra una procesión y la salida se pone imposible. Tengo prisa, porque esa tarde la tengo muy llena y todos son obstáculos a superar. No es de extrañar que algo se tuerza. ¡Cómo asegurar que no volverá a suceder!
Por si volviera a ocurrir, guardaré el corcho. Un telar más a conservar.
Como este Cristo que he puesto ahora sobre el altar, en espera de que llegue el restaurado. No hay prisa. También éste lo tenía por si acaso. Lo traje del antiguo hospital provincial, una vez que un diputado me ofreció lo que tuviera utilidad, porque iba a entrar la piqueta en el viejo edificio y no había interés en conservar nada. De allí vino una barandilla de escalera, varios armarios y vitrinas, sillas, mesas, incluso una caja entera de soperas con las que suministraban caldo a los enfermos. Creo que ya no queda ninguna; se las han ido llevando como regalo.
Es bueno tener almacén de cosas. Nunca sabes qué puede hacer falta. Propiamente no acopio, cada cosa tiene su lugar. Este Cristo, por ejemplo, lo tenía en mi casa, en un lugar digno de una pared de mi despacho. Los armarios, en uso; y la barandilla, instalada desde hace treinta años. O sea, funcionando.
Nada que ver con las fotos, vídeos y grabaciones de voz que atesoran emisoras de radio y televisión. Se llaman hemeroteca, videoteca, o fototeca según la cosa. Y son un gran baúl que contiene lo que temen quienes piensan que somos tontos y desmemoriados. Van de perfectos y salvadores. Tirar de recuerdos supone para estas personas hacer público su mentiroso verbo y sus promesas hechas en vano.
Esas sí son un pecado grave y un delito de lesa majestad. La real dignidad de un pueblo al que representan tan mal y del que se ríen sin contemplaciones. Y al que ciscan con la mayor de las desvergüenzas. E impunidad… por el momento.
Yo prefiero mi almacén. Esta mañana mismo he encontrado un tornillo caído y me lo he traído. Para por si acaso.



Señor, ¿lavarme los pies tú a mí? (Juan 13, 6)


El Lavatorio. Tintoretto (1548-1549). Museo del Prado. Madrid

Lo mismo habría dicho yo. ¡Qué agobio! Sólo de pensarlo, me pongo como una gigantilla*. Comprendo, por lo tanto, que Pedro primero se negase, y luego quisiera un enjabonamiento corporal completo. Por eso mismo nunca he realizado ese rito que parece central en el evangelio de hoy, Jueves Santo. San Juan es el único evangelista que incluye en el relato de la última cena el lavatorio de los pies. Es más, convierte este gesto en central, o bien porque lo considera equivalente a la eucaristía, o bien porque la transciende. Ignoro qué hizo con él la tradición a lo largo de los siglos. Sí sé que la liturgia lo conserva sólo para hoy desde el principio del principio.
El caso es que hasta la fecha he sido incapaz de exponer a doce personas, sean niños/niñas, adultos/adultas o ancianos/ancianas, ante el personal y yo de rodillas mojándoles los pies. Tal vez sería conveniente que me lo mirase, porque debo ser el único; vamos, un bicho raro.
Sin embargo, ver a papa Francisco realizando esto mismo causa sensación, y lo del año pasado fue épico. Para este se anuncia parecido.
Ignoro cómo se sentirán los lavados con papa Francisco a sus pies. No quisiera estar en su lugar, por más que ellos hayan sido “tocados”.
Un papa en bicicleta mola
Yo prefiero disfrutar viéndole de esta otra guisa. Al fin y al cabo, andar en bicicleta en estos tiempos, cuando todo el mundo va en coche incluso para echar una quiniela en el estanco del barrio, es ponerse a los pies de los caballos. ¡Y qué caballos!
Fuera bromas, que le hagan este graffiti al sucesor de quien no quería que su Señor le lavara los pies, indica bien a las claras que estamos consiguiendo una normalidad de la que Pedro, el Apóstol, fue adquiriendo dosis asumibles a lo largo del tiempo y con la ayuda de, entre otros, San Pablo. Y no me olvido de aquella señora y aquellos dos sayones que le pusieron en tan serio aprieto, una noche en que hasta el gallo cantó justo a la tercera.


*He intentado corroborar este dicho que aprendí de niño en mi pueblo, pero no lo he conseguido con Internet. Cuando alguien, como yo por ejemplo, se ruborizaba y ofrecía el rostro rojo como un tomate, decíamos que se había puesto “como una gigantilla”. Seguramente se trata de una deformación pueblerina que sólo usábamos los de mi pueblo.

Jueves santo, viernes santo, y unos pequeños gestos. Sobran las palabras







Mi amigo Pepe Heras, sin embargo, quiere decirnos algo.

Pepe, te dejo este humilde espacio.
Y para tí que me visitas, sábete que ese angulito (<) del rincón superior izquierdo del visor de pdf te puede ayudar a leer este hermoso texto que te ofrezco.

Segregado dentro, difuminado fuera


Foto de un servidor, en los tiempos en que fumaba en pipa y peinaba color caoba natural, barba incluida. (Visita al Zoo madrileño con la tropa. 1990)

Es (era) jueves santo y hay (había) que ir a la misa crismal, empieza (empezaba) a las 10:30. Aviamos el paso para volver antes del pinar. Hace (hacía) una mañana cálida, pero el aire huele (olía) a húmedo.
Tras deshojar la margarita, si en coche, en bus o en bici, me decanto (decanté) por esta última, y llego (llegué) en poco más de veinte minutos, con casi otros veinte para saludar a amigos y conocidos, todos compañeros. [Ya no pienso poner más verbos en tiempo pasado].
A Agustín le sorprendo por el pésame que le doy, soy el único me dice. Pero está animado porque con el nuevo papa todo parece que adquiere un sentido también nuevo, diferente.
Me avisan de que hay casullas disponibles; digo que no. Se extrañan.
Cuando hay concelebración, quien preside usa casulla, y el resto sólo alba con estola. Es lo usual. Pero en mi diócesis, desde que con motivo de la fiesta de la beatificación del padre Bernardo de Hoyos se hicieron quinientas casullas iguales para igualar a todos los presbíteros, fueran obispos, arzobispos, cardenales o simples curas, desde entonces parece que es costumbre usarlas a mansalva.
Así que me encuentro con que no me sacan en la foto. Ni soy laico, ni parezco celebrante. Estoy en los límites, en una extraña frontera, ni en un lado ni en el otro.
Al final, descubro allá arriba a Agustín, que está igual que yo, sólo que con una estola blanca con franjas rojas. Uf, suspiro de alivio.
Termina al fin una celebración para mí plena de sentido eclesial, pero con una pizca de regusto hacia los clérigos, que tienen muy claro que están separados del resto del no suficientemente tenido en cuenta Pueblo de Dios, y a duras penas consigo salir de la catedral porque en ese momento entra en tromba la cofradía universitaria del Cristo de la Luz. Les pilló un chaparrón fuera y corrieron a ponerse a cubierto. Pobres, algunos iban descalzos.
Me quedé pensando, según me dirigía a por mi vehículo, que qué cosas, el pueblo fuera, bajo el agua, y el clero dentro, bajo techo.
En estas, por la calle Regalado para abajo, iniciando el pedaleo pretendo comprobar si fue mi móvil el que sonó durante la ceremonia, y he aquí que me asalta un municipal mano en alto; me paro, y empieza a increparme amenazando con multarme por manipular un teléfono mientras conduzco. No hubo manera de que entendiera que ni hablaba por él, ni pretendía hacerlo. «Como siga discutiéndome se gana una multa soberana, por lo menos de ochenta euros».
«Haga lo que usted tenga que hacer, pero no estaba hablando por teléfono». Se retiró, me callé (¿o fue al revés?) y seguí dándole a los pedales.
El resto es historia. Un jueves santo completo. Disfruté del baño antes de comer, me zampé un arroz que casi parecía paella, celebré dos “in coena Domini” y terminamos con una “hora santa” para ocho personas que se alargó a los setenta minutos pasadas las once de la noche.
Mañana –o sea hoy– es viernes, santo para más señas.

Jueves Santo



«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “El Maestro” y “El Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis». (Juan 13, 15)


 

«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.
De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé.
Esto os mando: que os améis unos a otros».(Juan 15, 9-17)

Comensalidad

 
Palabra que el título de esta entrada no es mío. Se lo escuché en cierta ocasión a un conferenciante. No lo entendí muy bien, pero se me quedó. No suelo usarlo, al menos conscientemente. Pero como no sabía cómo titular esto, he echado mano de la tal palabreja -comensalidad- (que por cierto no aparece en el Diccionario de la RAE) para que colocada ahí arriba sirva de reclamo. Si sirve, vale.
Comensal/es es/son quien/es sentado/s a la misma mesa participa/n de la misma comida-bebida, y casi con toda seguridad de la misma conversación. O sea, mesa, comida y palabra. Al menos eso, y puede que algo más. Por ejemplo, amistad.
Por experiencia sabemos que las relaciones humanas se cocinan y recuecen comiendo; y esto desde que al nacer exigimos teta presto. Luego crecemos compartiendo bocata y refresco, parando la obra para almorzar juntos, tomando cafelito y bollos en torno a la máquina de la oficina o reuniéndonos para comer hablando de negocios y de fusión de empresas. Comiendo somos y nos hacemos…
¡Qué importante es la mesa! Para lo bueno y para lo malo.
En la mesa se han declarado amores; se han intercambiado confidencias; hemos conocidos personas; han nacido amistades; hemos recordado y hemos planeado; se han organizado guerras; se han decidido anatemas; se ha confabulado; se ha sobornado; se han destapado tensiones y enfrentamientos; se han mantenido silencios ominosos; se han creado divisiones y enemistades; se ha pontificado sobre la vida y la muerte de personas y pueblos.
En la mesa y en el juego se descubre al caballero. Y también al rufián. Y esto vale y es así para cualquier género, siempre que hablemos del género humano.
Ser comensal imprime carácter, marca y distingue: “Dime con quien comes…”
Todos y todas recordamos mesas participadas, viandas compartidas, momentos inolvidables, que se han hecho eternos.



LA CENA DE PASCUA (II): LA NUEVA ALIANZA

Jesús - Compañeros, quiero darles las gracias por todo lo que he­mos podido hacer juntos durante este tiempo. El camino ha sido muy corto, pero muy difícil. Hasta aquí hemos estado unidos. Ustedes han sido mis amigos, han estado a mi lado en los momen­tos malos y en tantos buenos momentos. De verdad, los he que­rido con toda mi alma.

Jesús dejó caer las manos sobre las rodillas. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Jesús - Tenemos que seguir unidos, hasta el final, pase lo que pase.
María - Pero, Jesús, hijo, ¿por qué hablas así? ¿Qué es lo que va a pasar?
Jesús - No lo sabemos, mamá. Pero pase lo que pase, tenemos que mantenernos unidos y apretarnos unos contra otros. En gru­po, siempre en grupo.

Entonces Jesús, con sus manos grandes y callosas, tomó una de las tortas de pan que había sobre la estera.

Jesús - Apretarnos unos contra otros, como se apretaron los gra­nos de trigo para formar este pan. Las espigas estaban disper­sas por las colinas y los montes y se unieron para hacer esta masa. Nosotros debemos estar unidos, así, igual que se unieron estos granos.

Jesús miraba el pan dorado y crujiente que las manos de su ma­dre habían amasado, el pan ázimo de la fiesta grande de la Pas­cua.

Jesús - Amigos, nuestros padres comieron en Egipto un pan de aflicción. En una noche como ésta, también ellos sentían angustia y tenían miedo y se reunieron a comerlo de prisa, esperando el paso de Dios por aquella tierra de esclavitud y miseria. Y Dios pasó y aquel pan fue para ellos un pan de libertad. Durante mu­chos meses hemos anunciado la buena noticia de que Dios está de nuestra parte, de que Dios nos escogió a nosotros, los pobres de este mundo, para darnos su Reino, a nosotros que hemos amasado con sudor y con lágrimas este pan. Durante muchos meses hemos luchado para que las cosas cambien, para que el pan lle­gue a todos. Puede que ésta sea la última vez que comemos jun­tos… Está bien, no importa. ¡Pongo mi suerte en las manos de Dios y pongo mi vida en este pan! Acuérdense de mí cuando se reúnan para compartirlo. Cuando lo hagan, yo siempre estaré con ustedes.

Jesús partió la torta de pan ázimo en muchos pedazos y todos co­mimos un trozo.(1) Después agarró con mano firme una garrafa y llenó con ella la jarra que tenía delante. En el vino, rojo y fresco, se reflejaban las luces de las lamparitas.

Jesús - ¿Cómo podremos pagar al Señor todo lo bueno que nos ha hecho? ¡Alzaremos esta copa de liberación y nos alegrare­mos en su nombre! Amigos, cuando Dios sacó a nuestros pa­dres de la esclavitud de Egipto, los llevó a la montaña del Sinaí y allí hizo una alianza con ellos. Un pacto de sangre. Con la san­gre de muchos animales, Moisés roció al pueblo. Ya no hace falta la sangre de más animales. Este vino está hecho con el jugo de muchas uvas pisadas y aplastadas en el lagar. Es la san­gre de todos los inocentes que han muerto, volviendo sus ojos al cielo, sin saber por qué morían. Es la sangre de todos los que han caído luchando por la libertad de sus hermanos. Yo también pongo mi sangre en este vino. Con esta sangre Dios hace una nue­va alianza para liberar al pueblo de todas las esclavitudes.(2)

Jesús me pasó la jarra llena hasta los bordes y yo la pasé a Pedro y Pedro a María… Todos bebimos un trago de aquel vino fuerte y oloroso.

Jesús - Sí, de verdad, yo siempre estaré con ustedes y ustedes siempre estarán conmigo, como estamos esta noche comiendo del mismo pan y bebiendo de la misma jarra.(3) Tenemos que querernos mucho unos a otros, estar dispuestos a jugarnos la vida por los demás. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por su pueblo. Sí, tenemos que estar dispuestos a que partan nuestro cuerpo como se parte el pan y a que derramen nuestra sangre, como se derrama el vino. Hoy celebramos la fiesta de la liberación de nuestro pueblo. No podemos perder la esperanza en Dios. También nosotros, un día, alcanzaremos la libertad.
María - Ay, hijo, no sé, pero has estado hablando como si te despidieras.
Jesús - Mamá, ya les he dicho que las cosas están mal.
Juan - Jesús, por Dios, no des más rodeos y dilo de una vez.
Pedro - ¡Dale con lo mismo! Pero, ¿qué es lo que pasa, hombre?

Todos teníamos los ojos clavados en Jesús.

Jesús - Compañeros… ha habido traición.
Pedro - Pero, ¿qué dices? ¿De quién estás hablando? De Judas, ¿verdad?
Juan - Sí, sospechamos de él. El iscariote anda muy extraño estos días. ¿O es que ustedes no tienen ojos?
Pedro - Y, ¿a dónde ha ido ese condenado, eh? ¿Dónde ha ido?
Jesús - No lo sabemos, Pedro. No sabemos qué planes tiene.
Mateo - Si hubiera sido yo… Yo que tan buenos amigos he tenido siempre entre los de arriba. Pero, Judas, ¿por qué él?

Todos miramos a Mateo, el cobrador de impuestos. Con los ojos brillantes, parecía pedirnos perdón a todos por una traición que había tenido siempre al alcance de la mano, mucho más que ninguno de nosotros.

Marcos - Ahora no importa por qué lo ha hecho. Ahora lo que importa es irnos de esta casa enseguida.
Pedro - ¡Es verdad! Si Judas ha ido a dar el soplo, vendrán a buscarnos aquí.
Marcos - ¡Arriba, no hay tiempo que perder!
Andrés - Al diablo contigo, moreno, ¿por que no lo dijiste antes? ¡A estas horas ya estarán siguiéndonos la pista!
Marcos - ¡Pronto, agarren los mantos y vámonos!
María - Pero, ¿a dónde… a dónde se van a ir?
Magdalena - ¡Ay, Dios bendito, ampáranos!
Marcos - La mujeres que se queden. Con ustedes no va a meter­se nadie. Aquí estarán más seguras. ¡Nosotros al monte, al huerto ése que tengo yo por el Cedrón! Allí hay grutas para escondernos.
Pedro - Es buena idea, Marcos.
Marcos - No se hable más. Esta noche hay que pasarla fuera de esta casa. Y les digo una cosa: mañana, antes de que amanezca, se van para Galilea. Yo me encargo de sacarlos de la ciudad. Aquí en Jerusalén no pueden quedarse ni un día más.
Magdalena - ¡Sí, a Galilea! ¡Esta ciudad está maldita por las cuatro puntas!
Jesús - Yo no voy a volver a Galilea. Aún nos quedan muchas cosas por hacer en Jerusalén.
Andrés - ¡Oye, moreno, no seas loco!
Marcos - Jesús, si sacas la cabeza te agarrarán y si Judas se ha ido de la lengua, te buscarán hasta encontrarte.
María - Pero, Dios mío, ¿cómo va a ser posible que ese muchacho haya hecho una cosa así?
Marcos - No le des más vueltas, María. Sea lo que sea, lo que hace falta es largarse de aquí ¡Ea, vámonos ya!
Juan - ¡Pedro, agarra esas dos espadas por lo que pueda pasar!
Pedro - ¡Maldición con Judas! ¡Lo haría pedazos!
Marcos - Iremos por el camino más corto. Ustedes tranquilas, mujeres, que a ustedes no les pasará nada. ¡Y no se les ocurra decirle a nadie dónde estamos! ¡Ni al mismísimo ángel del cielo que venga! ¡Andando, compañeros! ¡Y separados, sin formar grupo! ¡Vamos, pronto!

Salimos de prisa, sin mirar atrás, como lo habían hecho nuestros padres la noche en que Dios pasó por Egipto, con mano fuerte y brazo extendido, para sacarlos de la esclavitud del faraón.

Mateo 26,26-35; Marcos 14,22-31; Lucas 22,19-23 y 31-38; Juan 13,21-38 y 15,4-15.(4)

Comentario

1. Era habi­tual en todas las comidas que quien presidía la mesa, generalmente el padre de familia, partiera el pan y diera un trozo a cada comen­sal. Lo mismo con el vino. Se usaba una copa común, que pasaba de mano en mano durante la comida y de la que todos bebían. Estos gestos no eran ni especiales ni «misteriosos». Eran algo totalmente cotidiano y todos los que cenaron con Jesús en la noche de la Pascua lo habían visto hacer desde la infancia. Además de ser gestos familiares a todos, se entendía que al comer el pan y al beber el vino todos participaban de la bendición pronunciada antes de distribuirlos.

Era costumbre en la cena de Pascua que quien presidía la celebra­ción -el padre de familia, o si no estaba, la madre o el de más edad en el grupo-, explicara paso a paso el rito de la cena pascual a los demás. El más joven preguntaba al mayor el significado simbólico de las oraciones, del cordero, de los panes. Y el de más edad explicaba el sentido de cada cosa. Las palabras de Jesús en la cena, dando al pan y al vino el sen­tido de ser su cuerpo y su sangre, hay que encuadrarlas en esta costumbre de si­glos. No estuvieron  aisladas del resto del rito pascual. Era coherente con las tradiciones de la cena que quien presidía explicara qué significado tenía el pan y el vino que estaban comiendo reunidos aquella noche.

2. De los textos que se conservan sobre la última cena de Jesús y de las palabras dichas por él aquella noche, a partir de las cuales los cristianos empezaron a celebrar la fracción del pan, que después llamaron eucaristía, el más antiguo de todos es el que recoge Pablo (1 Corintios 11, 23-25). En la fórmula que conservó Pablo se habla de la nueva alianza. En un momento fundacional en la historia de Israel, Moisés roció al pueblo con la sangre del sacrificio de novillos inmolados en el monte Sinaí y consagró a los israelitas como pue­blo de Dios (Éxodo 24, 1-8). En la teología cristiana, Jesús, con su vida entregada hasta el derramamiento de la sangre, inauguró una nueva alianza entre Dios y los hombres. Alianza porque la fe de los cristianos debe ser un compromiso. Nueva porque con Jesús todos los cultos y sacrificios de la religión antigua han quedado superados.

3. Israel y otros pueblos orientales creían que comer juntos unía a los comensales en comunidad. Comer juntos vinculaba a unos con otros y era signo de una fraternidad que permanecía más allá del momento de la comida. Cuando el que presidía la mesa bendecía el pan, para dar inicio a la comida, quedaba constituida la comunidad.

4. «Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 876-882

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