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He ganado una mañana


Para no llegar tarde a la reunión, a las once en punto, nada más regresar del paseo matutino me dispuse a preparar la comida; hoy tocan alubias blancas con costilla. Que no es plan de volver tarde y tener que ponerse a hacerla. No. A mí me gusta que a la hora la mesa esté dispuesta.
Mientras preparaba las cosas, ajo, cebolleta, pimiento, zanahoria, patata y et cétera (y lo demás), los teléfonos no dejaban de funcionar. Que si tengo ropa y juguetes, que cuándo los puedo llevar. Que nos vemos los del curso en navidad como otros años. Que cuándo van a decirnos las fechas de la primera comunión. Que vengo a por los periódicos. Et cétera de nuevo, tanto por el fijo como por el móvil.
Total, que por fin la olla terminó y ya pude salir, tarde, por supuesto, para no faltar a la costumbre.
Me encuentro todo cerrado. Hosti, tú; esto me huele raro. Olían mejor las alubias, pensé casi arrepentido de no haberlo dejado correr. Llamo al jefe, y me la gano. Velasco, el alzheimer. ¡Es el jueves!
Me vuelvo a casa, nada acomplejado. He ganado una mañana. Ahora aprovecho para hacer lo que tengo pendiente.

Y por eso es esta foto, que saqué esta mañana porque la tenía ganas desde que volvimos a la ruta habitual por el camino del Pesquerón.
Ha vencido al tiempo, y aún se mantiene erguido frente a los elementos. Caerá algún día, pero mientras tanto, sirve de guía en la niebla en medio de este campo baldío, y en él siguen posándose las aves de paso. Es verdad que no sirve para anidar, pero eso no tiene ninguna importancia. Por aquí ya todo el personal es forastero.

Domesticando al salvaje oeste




Recordando cómo era el camino del Pesquerón encontré esta foto, con Moli en lo alto del puente sobre la ronda exterior y Berto a punto de llegar arriba que mira expectante. Tiene fecha, porque las digitales son así, del día 11/06/11. Habíamos vuelto a andar este camino después de que un guarda muy correcto y escrupuloso, recién llegado de Covaleda según dijeron, me advirtiera de que los perros sueltos no se permiten en el pinar. Sin discutir ni realizar más trámites, recuperamos este otro recorrido que ya estaba estropeado por completo. Para qué decirle a este buen señor que Moli fue siempre suelta por campos de Castilla, de Aragón y hasta de las Vascongadas. Incluso por Francia nadie jamás le colocó el ramal, no lo habría aguantado.
El camino del Pesquerón era nuestro ruta de verano, junto con el canal, porque entonces el pinar se hace inhabitable e “irrecorrible” de puro seco y caluroso. Así que según qué días, unos íbamos junto al agua y otros bajo él; los aspersores no tenían con nosotros ninguna consideración.
Fuimos testigos, Moli y yo, porque entonces los paseos eran un dueto, de cómo el camino se iba transformando conforme avanzaban las obras de aquel mastodóntico proyecto. Cómo se abrieron enormes zanjas para enterrar enormes colectores que recogieran y recondujeran las aguas freáticas. Cómo se explanó el terreno, se rellenaron los bajos, se achataron las lomas y se pusieron unos enormes pilares que tardaron un año en fraguar para sostener ese puente que ahora Moli “disfruta” sin poner en ello ni una pizca de entusiasmo. Mucho tiempo después descubrí que para visitar a su amigo “El Moro” de El Cuartelillo, lo utilizaba a modo de atajo a la vuelta del pinar, cuando desaparecía y llegaba a casa más de mediada la mañana.
Si al principio podíamos atravesar malamente entre las obras (y era una auténtica gozada en plan explorador, porque cada día encontrábamos aquello diferente, con zanjas y montones de tierra, tubos de tamaño natural y máquinas que parecían moverse solas), llegó el momento en que no, porque se levantaron vallas a ambos lados de aquel doble vial que rodea por el sur la ciudad, conectando la autovía de Castilla –que conecta Irún con Tarifa– con la autovía de Pinares que conduce a Segovia.
Llegó un día en que andar aquel camino dejó de resultar gratificante, y recuperamos el pinar. Yo tardé en volver a usarlo, Moli de vez en cuando y a escondidas.
Este verano hemos demorado pisarlo porque la rutina tiene a veces esa fuerza, a pesar de que las muchas lluvias del invierno y la fiereza del sol en estos últimos meses han convertido al pinar en un infierno de maleza seca y áspera. No acabábamos de resituarnos al nuevo escenario andariego cuando hete aquí que entra una máquina y lo deja tal que así:

Será difícil que este tramo, justo el que discurre tras el Casetón, que aún conserva parte de su fisonomía original se mantenga durante demasiado tiempo. Mucho me temo que esto sea un simple aviso de lo que se nos avecina.


El camino del Pesquerón



De la antigua Cañada Real sale un camino que atraviesa antiguas huertas y fincas de recreo, desviándose hacia Simancas. Cuando lo descubrí pensé que era de propiedad particular, habida cuenta del mal estado en que lo mantenían los agricultores de ambas bandas, encharcándolo en verano sin conmiseración, y convirtiéndolo en invierno en un auténtico campo de minas; charcos helados que encerraban trampas mortales.
Lo he recorrido infinidad de veces, salvo a caballo, que no tengo. En bici, andando, en coche, a la carrera, de mañana, de tarde y de noche.
Un día entraron las máquinas en él y quedó reducido a nada. Usted tenía que avisar a los guardias, que le harán caso, de que ese camino tiene que permanecer siempre abierto, porque es público. Primera noticia que me daba otro habitual del camino del Pesquerón y que se venía imposibilitado de transitar por él en cuanto alguien decidió que todo esto era edificable. Y llamé a la policía municipal; y el que me atendió, amablemente me mandó a la mierda. Suficiente trabajo tenían con lo que había, para que encima tuvieran que preocuparse por un camino que a nadie importaba.
Luego vino el abandono general de la zona, y el camino quedó reducido a un sendero entre patatales, en la actualidad son girasoles, por un lado y el baldío por el otro. Ni fincas, ni casas, ni ná.
Esta mañana me he visto sorprendido porque una máquina motoniveladora le está dando un repaso. Ya siento no haber tenido a mano la digital para inmortalizar el evento. Mañana sin falta pongo aquí una foto.

Mirando los campos



Si será la crisis, o la modernidad, o sencillamente que Antonio “el patatero” se hartó de problemas… ya no podremos este verano ir a la rebusca.


Los girasoles campean donde antes siempre, o al menos desde que yo tengo conocimiento, se cultivaron patatas.


Muy listo el patatero. Se ahorra agua y mano de obra. Y tal vez se lleve alguna sustanciosa subvención.


Desde luego el espectáculo de ahora resulta mucho más vistoso que con las humildes patatas, que conforme entraban en sazón por abajo se arruinaban por arriba. Los girasoles se crecen, se agrandan, se hinchan… lo llenan todo.
No hay punto de comparación. Un patatal es un espacio agrícola humanizado; un campo de girasoles, mecanizado.
Yo, desde luego, no cambio un buen plato de patatas por un litro de aceite de girasol.

Volvemos al pinar


Antesdeayer fuimos para indagar si nuestro sendero pinariego existía o había sido barrido por las circunstancias. Mañana vamos para recorrerlo.
Lo dejamos por orden de la autoridad competente, que nos avisó que no estaba bien que los chuchos asustaran a la ciudadanía, especialmente cuando se encontraba ésta en pleno esfuerzo corporal para rebajar la grasa acumulada. Además estaba el asunto del vecindario natural de tal paraje, constituido por conejos, palomas torcaces y de las otras, raposos, ratones, liebres, culebras bastardas, avecillas de complicada clasificación, y por supuesto los dichosos ungulados, -gamos, ciervos o simples cabras monteses-, que se habían introducido por la dirección del parque para que vivieran en paz y se reprodujeran libremente. Un pedazo de bicho de doscientos quilogramos de masa muscular podía sufrir de estrés si se enfrenta a la Moli; no digamos nada si quien le ataca es el Gumi, entonces podría directamente infartar del corazón. Esa fue la temática de la amable conversación con el guarda recién llegado desde las fronteras de esta autonomía.
Así pues, cambiamos la rutina y volvimos a la ruta antigua del camino del Pesquerón, que discurre entre fincas que ya no se cultivan porque duermen el sueño de esta crisis del ladrillo. ¡Ay, el día que despierten!
La noticia de que el sendero que abrimos entre pinos, retama, encinas y jaras pringosas se había cerrado nos alarmó. El pinar es muy suyo y termina por volver aunque se le eche con cemento. Un senderillo que no se pisa, desaparece.
Temiéndonos lo peor, aprovechando la nevada del otro día, nos fuimos a comprobar qué pasaba. Y pudimos convencernos de que no sólo no había desaparecido, sino que estaba en perfectas condiciones de uso. Del hecho he dado cumplida información fotográfica, nieve incluida.
Esta tarde, comentando los dineros de la Junta, me acabo de enterar de que ya no hay dinero ni para tonner. Y me he dicho, ¿tonner? Si no funcionan las impresoras, no pueden emitir multas. Y si no hay multa, tampoco hay sanción. Por otra parte, tengo para mí que con nosotros ha habido un pequeño malentendido. Ya lo contó Tony de Mello en su libro “La oración de la rana” (Sal Terrae 1988, pág. 169), y no digo que lo hiciera pensando en nosotros; ocurre muchas veces que las apariencias confunden, y lo que parece una cosa, resulta otra muy diferente. Aquel señor guarda era nuevo por estas tierras, y nos consideró posiblemente unos furtivos desaprensivos. Sí, esto tuvo que ser; pobre hombre.
«Se encontraba una familia de cinco personas pasando el día en la playa. Los niños estaban haciendo castillos de arena junto al agua cuando, a lo lejos, apareció una anciana, con sus canosos cabellos al viento y sus vestidos sucios y harapientos, que decía algo entre dientes mientras recogía cosas del suelo y las introducía en una bolsa.
Los padres llamaron junto a sí a los niños y les dijeron que no se acercaran a la anciana. Cuando ésta pasó junto a ellos, inclinándose una y otra vez para recoger cosas del suelo, dirigió una sonrisa a la familia. Pero no le devolvieron el saludo.
Muchas semanas más tarde supieron que la anciana llevaba toda su vida limpiando la playa de cristales para que los niños no se hirieran los pies».
Está decidido: mañana volveremos al pinar, y nos embriagaremos con los aromas que tanto nos gustan, y Moli, Berto y Gumi regresarán a casa oliendo a campo, no a gasolina quemada.

Estramonio

Alguien tiene la culpa, pero como no sé de quien se trata, mejor no apunto con el dedo.
Entre la mucha maleza que crece en los campos que rodean mi barrio nace a placer el estramonio. En especial los patatales parecen que le gustan. Cada día, durante mi paseo matutino, observo la rapidez con que crecen estas plantas, se hacen grandes y florecen en forma de trompetas de un blanco azulado.
Me gusta, al vencerse el verano, contemplarlas bien erguidas como un residuo primaveral entre tanta hierba seca. Pero mirarlas es una cosa, y otra bien diferente es masticarlas, destilarlas o cocerlas para ingerir lo que salga de esa manipulación en busca de una placidez o alucine, o lo que sea.
La gente de mi barrio no es demasiado leía, por eso no sabe que las brujas usaban el estramonio en sus aquelarres como pócimas mágicas. Ni que de esta planta se extraen esencias que calman dolores y otros males como asma, neuralgia facial, tos espasmódica, laringitis crónica, y cólicos nefríticos y hepáticos. Y por supuesto, no tiene ni idea de que sirvan sus hojas para alucinar y colocarse. Ni falta que le ha hecho hasta la fecha.
Mucho me temo, sin embargo, que dada la buena información/deformación que se ha dado hasta la fecha sobre muertes acaecidas por culpa del estramonio, esto se va a convertir en lugar de peregrinación de buscadores de productos alucinógenos a bajo precio.
¡Da gusto ver lo mucho y rápido que progresamos!
Había pensado no poner imágenes, más que nada para no dar pistas a posibles usuarios, pero en internet hay todo lo que uno/una quiera saber sobre el particular, de modo que no me privo del placer de hacerlo. Aquí está el cuerpo del delito:
¡Habiendo estramonio en abundancia, disponible con sólo salir al parque, sería de tontos que te pillaran la maría en la ventana que da al patio de luces!

Patatas


Esta mañana han empezado a recoger las patatas que durante estos últimos meses he fotografiado durante mis paseos matutinos.
2 de mayo
11 de junio
26 de junio




7 de julio
A la vista está que me equivoqué. El calor y el agua sentaron muy bien al patatal, que tan buenos tubérculos ofrece. Esta es parte de la cosecha.

El día de San Pedro de la Cátedra, sale la calor de so la tierra.

O también, San Pedro arregla (29 de junio) lo que San Juan (24 de junio) estropea.
Y falta me hace que San Pedro haga por mí este favor, arreglarme un poco el cuerpo. Anoche fue la más tórrida que recuerdo en muuuuuchos años. Tardé en ir a la cama, porque me temía muy mucho lo que me esperaba. Ni una pequeña brisa suavizaba el ardor que entraba por ventanas y puerta abiertas de par en par, y la casa entera parecía hornearme y hasta gratinarme. Todo yo era un cuerpo sudoroso.
Levantéme por la mañana tal que si me hubieran dado una somanta. Deambulé sin parar de acá para allá como un sonámbulo. Qué digo sonámbulo, como un cadáver sin consuelo.
La siesta no supuso ningún alivio, y tuve que interrumpirla para que mi cama no fuera piscina en la noche. Era menester que se secara, aunque fuera sólo un poco.
Fuime a la piscina, disfruté con su frescor, ¡y es climatizada!, y realicé por quinto día mis prácticas de la ya obsesiva “vuelta americana”, que dicho sea de paso voy consiguiendo que salga con algo más que aprobado. Volví apenas refrigerado para volverme a tostar en una tarde que amenazaba ruina por incendio.
Cuando hete aquí que en vísperas de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo empieza a moverse el aire, se abre por algún lugar una rendija a través de la cual se cuela una brisilla fresca y dicharachera que va calmando los malos humores y secando los sudores asesinos que me han dejado para el arrastre.
Y no sólo a mí, a todo lo que me rodea. Véase el panorama.
Las lilas moradas y blancas están las pobres lánguidas y achuchurriadas.

Estas rosas no pudieron pasar al florero, y aquí mueren porque mueren.

La acacia está exánime, y a pesar de su resistencia ha empezado a claudicar.


Y Antonio, el Patatero, este año no cosecha, por mucho que San Pedro se la bendiga. San Juan hizo una faena este año mu mala, pésima.
Dicen que en el páramo a los trigos y cebadas se los llevó la caló; o tal vez fuera el gusané que cantaba Labordeta. Sólo hay paja, y ya no quedan glorias en las que gastarla en invierno.
San Juan sanjuaneó, y San Pedro, con ser el jefe, no conseguirá enderezar tanto entuerto.
Yo tengo el consuelo, triste pero real, de que esta noche refresca y podré dormir como a mí de gusta, a pierna suelta y de un tirón. Mañana apecharé con lo que me encuentre.

¿Será este mayo el de las flores?



Con mayo estrenamos paisaje, aquel que perdimos hace mucho, cuando levantaron el monstruo de metal.

Las cosas vuelven a su ser del principio, o casi. Patatas a la izquierda, nada a la derecha. Nada de nada, donde antes eran maíces, zanahorias, cebollas, remolachas, lechugas, fresas, guisantes, vacas, caballos…

Estas ruinas no son las de Itálica famosa, tampoco de Pincia más discreta. Son hierros retorcidos, olor a gas metano, hierbas y polvo, barro y alambradas.

¿Volverán los chopos a dominar estos lugares?

Si estas ruinas desaparecerán pronto, estos hinvernaderos ojalá que no. Será como un faro en medio de la niebla que amenaza el futuro de estos lugares. Hierba habrá, seguro; pero no comestible. Al menos que debajo de esos plásticos se conserven las reliquias de lo que antes fue todo esto.
Estas cosas, completamente necesarias según dicen, son ahora las que dominan todo este contorno. No sólo es su apariencia imponente. Es también el "aroma" que desprenden, y que inunda por completo vidas y haciendas. Es nuestra maldición, la que nos echaron tiempo ha, cuando no supimos defender como personas, lo que ahora lloramos como imbéciles.

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