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Mayo, con M de María





CON FLORES A MARÍA

Porque estabas allí, joven y pura,
desde el altar con luz de primavera
y despertaste la piedad primera
a un niño que buscaba tu hermosura,

porque plantaste el verso que apresura
el imposible sueño en la frontera
de ese tu amor sin nombre que rindiera
mi ser al don total y su locura,

por permitir que fuera adolescente
el resto de mi vida entre tus brazos;
de nuevo, con más años de camino,

vuelvo a llevar con gozo y a porfía
este oloroso ramo vespertino
de alegres flores para ti, María.

Pedro Miguel Lamet

IMILLA CUNUMI BIRLOCHA


Ese es el título que su autora, la artista boliviana Rilma Paco, le ha puesto a esta imagen:
He tratado de enterarme de su significado, y esto es lo que he encontrado:
Imilla: Muchacha oriental del campo. Despectivo
Cunumi: Niña en quechua. Despectivo, chica
Birlocha: 1. f. Bol. Chola que ha adoptado la vestidura de la mujer de clase social superior.
                          2. f. Bol. Mujer que se comporta en forma ordinaria.
O sea, aproximadamente, “Chica campesina con muchos humos” y/o “Joven, rural y chabacana”, según el criterio de la persona que mire.
Personalmente me gustaría que “Imilla cunumi birlocha” tuviera como equivalente en castellano “María de Nazaret, mujer”.
La artista boliviana Rilma Paco mantiene que la imagen de una venerada virgen en tanga, que causa una amplia discusión pública en Bolivia, tuvo la pura intención de desenmascarar a “los falsos devotos” y representar en ella a todas las mujeres vistas como objeto en el Carnaval de Oruro. Así se recoge en los medios informativos.
Yo prefiero hacer mi propia valoración de la imagen, y celebrar la forma en que María es representada en esta ocasión.
La madre de Jesús ha sido dibujada, grabada, tallada, pintada, bordada e impresa a lo largo de los siglos en los materiales más diversos y en actitudes varias según el momento que se quería resaltar: en la anunciación, camino de Belén, tras el nacimiento de Jesús, en la huida a Egipto, en el hogar de Nazaret, junto a la cruz en el Gólgota, en el entierro de su hijo, con los apóstoles esperando Pentecostés… Y luego están todas las advocaciones marianas que tiene cada una su imagen representativa reflejo de la piedad popular: Fátima, Lourdes, Montserrat, Guadalupe, etc.
Totalmente vestidas, las imágenes de María solo muestran cara y manos, y, excepcionalmente, un pecho dando de mamar al niño, en su advocación de Virgen de la leche. Cientos de imágenes que muestra internet lo corroboran.
De las manos, no digo nada. De su cara, sí, porque o bien muestran un rostro angelical o es directamente doloroso. Así ocurre en todas las imágenes de la Virgen que conozco.
Esta, sin embargo, es la primera que me muestra su cuerpo. En efecto, no tiene cara; mejor, me la imaginaré. Pero ya no estaré constreñido por un rostro irreal ni limitado a sólo los dolores de María. Si fue una mujer de una aldea perdida en la montaña de Judea del siglo I, con lo que me ofrece esta imagen y lo que leo en los evangelios me basta.
Ah, que casi se me olvida. No veo por ninguna parte falta de respeto, irreverencia ni profanación. De modo que provocadores e inquisidores abstenerse.

¡Estamos en mayo!



O sea que: María pasa a ocupar su lugar, el de preeminencia. Todas mis flores son para ella. A todas y todos alcance la suave fragancia de mis lilas, cuidadas para honrar a María, la reina de las flores.
Sírvanse seguir diariamente el título de cabecera Flores a porfía, para María. No tiene pérdida; son 31 pasos plenos de colorido, aroma y densidad.
Gracias a la estructura interna de blogger puedo publicar aunque en mi alborotada agenda la fecha sea pasada. No importa. Al fin y al cabo ¡qué es un día antes o un día después!

De Virgen a Virgen


Nacimiento de la Virgen. Bocaccio Bocaccino (1466-1525). Catedral de Cremona

De Virgen a Virgen…
¿Y en Madrid no es fiesta? Pues qué raro. Porque si el otro día, en el que dejé de escribir, no había localidad que no celebrara a María, hoy tal parece que tampoco. Por eso rompo mi silencio.
Oficialmente es la Natividad de la Virgen María. Pero cada lugar se la ha apropiado a su manera y esta es una pequeña lista que lo expresa:
Nuestra Señora de los LLanos, en Albacete;
Nuestra Señora de Meritxell, en Andorra;
Nuestra Señora del Pino, en Canarias;
Nuestra Señora de la Peña, en Salamanca;
Nuestra Señora de Fuensanta, en Murcia;
Nuestra Señora de la Cinta, en Huelva;
Nuestra Señora de la Victoria, en Málaga;
Nuestra Señora de Monserrate, en Alicante;
Nuestra Señora de Covadonga, en Asturias;
Nuestra Señora de San Lorenzo, en Valladolid;
Nuestra Señora de Núria, en Urgell;
Nuestra Señora del Coro, en San Sebastián;
Nuestra Señora de Soterraña, en Segovia;
Nuestra Señora de la Encina, en Ponferrada;
Nuestra Señora de la Peña de Francia, en Salamanca;
Virgen de Guadalupe, en Extremadura;
Nuestra Señora de la Consolación, en Sevilla;
Virgen de la Concha, en Zamora;
Virgen de Cortes, en Albacete;
Virgen de los Árboles, en Zamora;
Virgen del Mar, en Granada;
Nuestra Señora de la Vega, en Salamanca;
También de María de Nazaret se celebra el nacimiento, como de su hijo, Jesús, y de su sobrino, Juan; además de su despedida, el pasado día 15 de agosto.
Fecha no consta, y lugar tampoco. No creo que naciera tal como lo pintó Bocaccio Bocaccino en 1515 sobre el yeso de una pared de la catedral de Cremona, en Italia, porque para tener tanta asistencia… ni que fuera hija de marqueses.
Más bien ocurriría en la sencillez de un lugarcito de la antigua Palestina y con la concurrencia de algunas experimentadas y animosas vecinas. Lejos del mundanal ruido, y sin reflejo en los ecos de sociedad.
Afortunadamente no hay dogma que lo acredite, porque ni falta que hace. Nació y punto. Como cualquier hijo/hija de vecino. Ni ángeles, ni trompetas celestiales, ni nubes abriéndose en lo alto, y si se me apura puede que la gota fría, típicamente mediterránea, amenazara anegar la tierra toda.
Por eso creo que más atinado estuvo Murillo, don Bartolomé, al pintar el evento en plan familiar:
El nacimiento de la Virgen. Bartolomé Esteban Murillo. Museo del Louvre. Paría

Puesto que no mucho más se puede decir del nacimiento de esta niña, muy arraigado por otra parte en la religiosidad popular desde por lo menos el siglo V ó VI, sí merece la pena resaltar que esas múltiples y variadas advocaciones que recibe en el día de hoy resultan del hecho de tratarse de “Vírgenes encontradas”: es decir, imágenes escondidas en tiempo de persecución y descubiertas luego de manera casual o milagrosa. El pueblo enseguida las asumió y las entronizó como emblema e icono de su fe.
Así es, por ejemplo, el caso de la Patrona de mi ciudad, Nuestra Señora de San Lorenzo:
«La historia de la Virgen y de su patronazgo vallisoletano se inscribe en las leyendas del final de la Hispania Visigoda, cuando fue frecuente la ocultación de imágenes ante el temor de una invasión musulmana. Otros apuntan el origen en el siglo XI o XII, con los almorávides, cuando hacia el año 1091, un sacerdote, procedente de Consuegra (Toledo), llega a Valladolid a lomos de una mula portando una imagen mariana que quería salvar de los saqueos musulmanes. Este sacerdote escondió la imagen en una pequeña cueva a orillas del Pisuerga, en el exterior de las murallas de Valladolid, cerca de la “Puerta de Aguadores”, lugar por donde los trabajadores del gremio bajaban al río a recoger el agua que después distribuían con carros y mulas por la ciudad.
Se cuenta que hacia 1125 un pastor, que cuidaba su rebaño junto a la ribera del río, encontró casualmente la imagen de una Virgen con el Niño en aquel lugar. Su aparición fue considerada milagrosa y se colocó presidiendo aquella puerta; así comenzó a ser venerada como la “Virgen de los Aguadores”. 
Hacia mediados del siglo XII, cuando ya la imagen gozaba de gran veneración popular, fue trasladada a una cercana y pequeña ermita dedicada a San Lorenzo Mártir, localizada extramuros, donde recibió culto. Ante el aumento de su devoción y la propagación de su fama milagrosa, en 1485, el Regidor y merino Don Pedro Niño mandó construir sobre la ermita una iglesia de nueva planta, con la misma advocación, pero dedicada “A la Virgen de San Lorenzo”, nombre con que se la denomina desde entonces».
Actualmente habita en novedoso templo construido en los bajos de un moderno edificio de viviendas, porque esta ciudad y sus pobladores no fueron capaces de rascarse el bolsillo para construirla uno en mejores condiciones. El otro día, sin ir más lejos, se anegó con el torrente de una tormenta de verano que no fueron capaces de achicar los desagües de tal patio de vecinos. Eso sí que fue oír misa y recogiendo agua a golpe de fregona…
Ahora, pues, estamos de fiesta, y si anoche sonaron fuegos artificiales, esta mañana reinaba un silencio vacacional muy placentero. Normal, si de lo que se trata es de celebrar el nacimiento de una niña, hace muchos, muchos años, cuyas gracias no terminaremos nunca de apreciar, aunque nuestra memoria sea tan efímera que no sea capaz de retener las imágenes de tantos niños y niñas que mueren sin haber vivido.
Aylan no es el último de la lista, desgraciadamente.



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A diferencia de lo que ocurre con el nacimiento de Juan Bautista, los evangelios no dicen nada del nacimiento de la madre de Jesús.

La primera fuente de la narración del nacimiento de la Virgen es el apócrifo Protoevangelio de Santiago, que lo cuenta de esta manera:

“Y, al día siguiente, (Joaquín) presentó sus ofrendas, diciendo entre sí de esta manera: «Si el Señor Dios me es propicio, me concederá ver el disco de oro del Gran Sacerdote». Y, una vez hubo presentado sus ofrendas, fijó su mirada en el disco del Gran Sacerdote, cuando éste subía al altar, y no notó mancha alguna en sí mismo. Y Joaquín dijo: «Ahora sé que el Señor me es propicio, y que me ha perdonado todos mis pecados». Y salió justificado del templo del Señor, y volvió a su casa.
Y los meses de Ana se cumplieron, y, al noveno, dio a luz. Y preguntó a la partera: «¿Qué he parido?» La partera contestó: «Una niña». Y Ana repuso: «Mi alma se ha glorificado en este día». Y acostó a la niña en su cama. Y, transcurridos los días legales, Ana se lavó, dio el pecho a la niña, y la llamó María”. (V, 1-2)

La tradición sitúa el nacimiento de la Virgen en Jerusalén, en el lugar donde debió existir una basílica en honor a María Santísima, junto a la piscina probática, según cuentan diversos testimonios entre los años 400 y 600. Después del año 603 el patriarca Sofronio afirma que ése es el lugar donde nació la Virgen. Posteriormente, la arqueología ha confirmado la tradición.

La fiesta fue fijada el día 8 de septiembre probablemente porque, representando María el papel de comienzo de la obra de la salvación, era muy oportuno celebrar su nacimiento al principio del año eclesiástico según el Monologium Basilianum. Una narración apócrifa, titulada De ortu Virginis (sobre el nacimiento de la Virgen), ponía la concepción en el seno de santa Ana a primero de mayo, y refería que Nuestra Señora había nacido, a los cuatro meses de gestación.

De otra manera se explica a partir de la fiesta de la Inmaculada, 8 de diciembre. El nacimiento habría, pues, que situarlo nueve meses después.

Dormición

El tránsito de la Virgen, El Greco. Temple y oro sobre tabla. Catedral del Tránsito de la Virgen, Ermúpoli, Grecia
La escena muestra el momento de la muerte de María y la subida de su alma a los cielos, uniendo ya en sus primeros trabajos el cielo y la tierra como será costumbre en su pintura toledana. Esta imagen, descubierta en 1983 por Mastoropoulos, supone un interesante hito en la historia de El Greco al venir a confirmar su formación como pintor de iconos.

Morte della Vergine. Caravaggio, óleo sobre lienzo. Museo del Louvre, París, Francia
Este cuadro no fue aceptado en el templo para el que se encargó, resultaba escandaloso presentar así la muerte de la Virgen. Cómo murió María no está definido en la fe de la Iglesia, y aún faltaban siglos para que se proclamara el dogma de la Asunción. 
Junto al cadáver de la Virgen se sitúan María Magdalena y los Apóstoles, entristecidos pero serenos. La escena sucede en un ambiente humilde, y, salvo el halo que rodea la cabeza de María, nada indica tener carácter sagrado. Representa, sencillamente, el dolor humano ante la muerte de un ser querido.

Mayo mariano



Esta mañana cambié la ruta del paseo y anduvimos entre la colegialidad que iba gozosa y enflorecida a sus deberes. Si ellos van a hacer su ofrenda, también yo, que ni la he mencionado en todo el mes, debería hacerla. Y en ésas estoy, aunque sea el penúltimo día. Bien que me gustaría ser original, pero de María se ha dijo, escrito y pensado tanto, que qué más añadir. Sólo me brota del pensamiento y de los labios una plegaria.
Sin embargo ya tengo puestas demasiadas, aunque nunca debieran ser suficientes. A mayor oferta, más posibilidades y alternativas, que cada quien tome lo que le convenga.
Buceando por la estratosfera he tenido la suerte de encontrarme un tesoro. Unas homilías, entonces se decían sermones, que predicó Karl Rahner en 1953 en la iglesia de la Santísima Trinidad de la Universidad de Innsbruck durante el mes de mayo. Tranquilos, no pienso publicarlas, aunque merecería la pena. Se pueden adquirir en Herder, “María, madre del Señor”, a un precio asequible. También están en internet, pagando y sin pagar.
De una de estas homilías entresaco estos párrafos que me parecen suficientemente expresivos y explicativos de por qué y cómo honrar a María en el mes que tradicionalmente se le dedica. No son plegaria, pero concluyen en Amén. De modo que bien pudieran servir para un momento de reflexión meditativa.

Virgen con Niño. Díptico de la Virgen con Maarten van Nieuwenhove, de Hans Memling. Museo Memling, Brujas, Bélgica


Cuando celebramos el mes de mayo podemos decir: estamos celebrando una concepción cristiana de la existencia humana; podemos decir que la celebramos como la palabra de Dios pronunciada sobre nosotros mismos; que celebramos una concepción gloriosa de nuestra propia existencia. Pues no consideramos al hombre solamente como ser problemático y frágil situado entre los dos abismos de la nada; no lo consideramos solamente como el hombre de la angustia y de la necesidad, pues hablamos de María y la proclamamos bendita y gloriosa, y al decir esto, en definitiva decimos también algo de nosotros mismos.
Cuando celebramos el mes de mayo pedimos la ayuda de toda la naturaleza para proclamar al hombre como imagen de Dios, para decir de él que es el redimido, alguien a quien Dios ha llamado a vivir su propia bienaventuranza. Celebramos y anunciamos la idea cristiana del hombre. Y somos –si es que en realidad queremos serlo– modernos, cuando exponemos las antiguas y santas verdades que hemos confesado siempre; somos en realidad modernos cuando caemos de rodillas y oramos: y el Verbo se hizo carne, nacido de la Virgen María.
Nuestras reflexiones nos dicen además: nos pertenecemos los unos a los otros. Todos participamos en la carga y en la felicidad, en el peligro y en la salvación de cada uno de los otros. Y por eso nos reunimos en esta santa asamblea. Una asamblea que ora, que canta, que escucha la palabra de Dios no es solamente la reunión de individuos aislados, no es solamente una multitud de individuos atomizados que, movidos por una última angustia de su salvación, se agrupen aquí por razones meramente prácticas, para intentar después llevar a cabo solos su propia salvación.
Somos una santa asamblea, que alaba a Dios, al proclamar la gloria de la Virgen santa porque dependemos, en nuestra salvación, de esa misma Virgen y Madre de Dios. Somos una comunidad santa que en realidad forma un bloque compacto y por consiguiente se reúne conjuntamente; una comunidad que, en la unidad, experimenta gracia de aquel que Dios nos ha dado por la obediencia y por la carne bendita de la santísima Virgen. Somos los llamados desde la perdición y el abandono del individuo, a la unidad del amor y de la gracia de Dios.
Por tanto, deberíamos vivir estas verdades constantemente, todos los días. No podemos orar aquí en común, si cuando salimos no nos entendemos los unos con los otros, en el amor, la fidelidad, soportándonos mutuamente con paciencia.
El culto a María es, por tanto, algo que desde sus más profundas raíces tiene relación con el amor al prójimo. De modo que no existe ninguna mariología que pueda ser importante y tener algún sentido para nosotros, si no es verdad que cada uno es responsable también de la salvación de su hermano, y que puede y debe actuar en su favor por medio de la oración, el sacrificio y la ayuda personal.
Por ser esto verdad, María se nos presenta no solamente como la madre de nuestro Señor, sino también como nuestra madre. Y porque esto es así, estamos nosotros aquí reunidos y queremos volver a alabarla en estos días con toda la alegría de nuestros corazones.
Una alabanza semejante es, en definitiva, una glorificación del Dios eterno, ese Dios que en su Verbo hecho hombre se ha acercado a nosotros al nacer –encarnado– de la Virgen María. Amén.

Enredándome con la leche


Virgen de la Leche - Bernaert van Orley - 1515
Fiel a mis principios, no ideológicos sino cronográficos, cuando ocupo mi tiempo libre en actividades entretenidas, digo que “ando enredando”. Así pasé ayer la mañana, tras las obligaciones ineludibles. Y de esa manera no me enteré de la avería de los Alpes, hasta que la tele me lo transmitió mientras yantaba.
Madonna del Latte - Lippo Memmi - 1340
La causa del “enredo” fue que una página que albergo en este blog se había deformado por desaparecer algunos enlaces que creí firmes y permanentes. No ha sido así, y he tenido que volver a recolectar fotos para recomponer el trabajo original.
La Virgen y el Niño con Angeles - Pedro Serra - 1390
Lo he ampliado con productos de la tierra, y he logrado mejorar el conjunto en calidad y cantidad. Además he topado con un trabajillo interesante que, de permanecer, añade información complementaria a lo puramente visual. Un poco de letra no hace daño, y la leche, incluso de una Virgen, enriquecida con la historia se hace más nutritiva y digerible.
Madonna del Latte - Bartolomeo Vivarini - 1450
¡Buen provecho!
P.D. Hay una foto que sería deseable tenerla en un tamaño mayor, pero no he sabido encontrarla. Se trata de la nº 134, el retablo de la Virgen de la leche de la catedral vieja de Salamanca. Apelo a la amabilidad del personal visitante para dar con ella.
Virgen de la Leche - Bernard van Orley - 1521
 
Nota del Editor
Realizose y publicose este escrito en la Solemnidad de la Anunciación/Encarnación del Señor,  día 25 de marzo, del año de gracia 2015, el segundo del papado de Francisco, obispo de Roma.
La Sagrada Familia - Jacob Jordaens - 1616

Un tal Joaquín. Una tal Ana



En cierta ocasión hablé aquí de un librote que me habían regalado. Hoy lo he abierto para poder decir algo sobre unos personajes de los que los evangelios canónicos no dicen nada, y que sin embargo dicen mucho en la piedad popular cristiana. Incluso tienen día señalado en el calendario: hoy.
Es raro que ni Mateo ni el resto de los evangelistas, tan preocupados por mostrar la raíz humana de Jesús, callen sobre sus abuelos maternos. Y María tuvo padres. ¿O no? Las genealogías de Mateo y Lucas recorren la ascendencia de José, hasta llegar a Adán y a Abraham, para corroborar que se cumple la promesa hecha en David. Pero de María poco se sabe a través de ellos. Hay que acudir al Protoevangelio de Santiago, un evangelio apócrifo, para saber.
Consta que se escribió hacia la mitad del siglo II. Pero con toda seguridad hay detrás una tradición oral que se hunde en el tiempo anterior. Aún así, no ha sido oficialmente reconocido por la Iglesia, aunque muchas de las cosas que en él se narran perduran hasta hoy, incluso en la liturgia y en las devociones.
Sirva el texto de los primeros cinco capítulos como presentación de tan egregios personajes, Joaquín y Ana, padres de María, la madre de Jesús.



EL PROTOEVANGELIO DE SANTIAGO

Capítulo I
Dolor de Joaquín
1. Consta en las historias de las doce tribus de Israel que había un hombre llamado Joaquín, rico en extremo, el cual aportaba ofrendas dobles, diciendo: El excedente de mi ofrenda será para todo el pueblo, y lo que ofrezca en expiación de mis faltas será para el Señor, a fin de que se me muestre propicio.
2. Y, habiendo llegado el gran día del Señor, los hijos de Israel aportaban sus ofrendas. Y Rubén se puso ante Joaquín, y le dijo: No te es lícito aportar tus ofrendas el primero, porque no has engendrado, en Israel, vástago de posteridad.
3. Y Joaquín se contristó en gran medida, y se dirigió a los archivos de las doce tribus de Israel, diciéndose: Veré en los archivos de las doce tribus si soy el único que no ha engendrado vástago en Israel. E hizo perquisiciones, y halló que todos los justos habían procreado descendencia en Israel. Mas se acordó del patriarca Abraham, y de que Dios, en sus días postrimeros, le había dado por hijo a Isaac.
 4. Y Joaquín quedó muy afligido, y no se presentó a su mujer, sino que se retiró al desierto. Y allí plantó su tienda, y ayunó cuarenta días y cuarenta noches, diciendo entre sí: No comeré, ni beberé, hasta que el Señor, mi Dios, me visite, y la oración será mi comida y mi bebida.
Capítulo II
 Dolor de Ana
1. Y Ana, mujer de Joaquín, se deshacía en lágrimas, y lamentaba su doble aflicción, diciendo: Lloraré mi viudez, y lloraré también mi esterilidad.
2. Y, habiendo llegado el gran día del Señor, Judith, su sierva, le dijo: ¿Hasta cuándo este abatimiento de tu corazón? He aquí llegado el gran día del Señor, en que no te es lícito llorar. Mas toma este velo, que me ha dado el ama del servicio, y que yo no puedo ceñirme, porque soy una sierva, y él tiene el signo real.
3. Y Ana dijo: Apártate de mi lado, que no me pondré eso, porque el Señor me ha humillado en gran manera. Acaso algún perverso te ha dado ese velo, y tú vienes a hacerme cómplice de tu falta. Y Judith respondió: ¿Qué mal podría desearte, puesto que el Señor te ha herido de esterilidad, para que no des fruto en Israel?
4. Y Ana, sumamente afligida, se despojó de sus vestidos de duelo, y se lavó la cabeza, y se puso su traje nupcial, y, hacia la hora de nona, bajó al jardín, para pasearse. Y vio un laurel, y se colocó bajo su sombra, y rogó al Señor, diciendo: Dios de mis padres, bendíceme, y acoge mi plegaria, como bendijiste las entrañas de Sara, y le diste a su hijo Isaac.
 Capítulo III
 Trenos de Ana
1. Y, levantando los ojos al cielo, vio un nido de gorriones, y lanzó un gemido, diciéndose: ¡Desventurada de mí! ¿Quién me ha engendrado, y qué vientre me ha dado a luz? Porque me he convertido en objeto de maldición para los hijos de Israel, que me han ultrajado y expulsado con irrisión del templo del Señor.
2. ¡Desventurada de mí! ¿A quién soy semejante? No a los pájaros del cielo, porque aun los pájaros del cielo son fecundos ante ti, Señor.
3. ¡Desventurada de mí! ¿A quién soy semejante? No a las bestias de la tierra, porque aun las bestias de la tierra son fecundas ante ti, Señor.
4. ¡Desventurada de mí! ¿A quién soy semejante? No a estas aguas, porque aun estas aguas son fecundas ante ti, Señor.
5. ¡Desventurada de mí! ¿A quién soy semejante? No a esta tierra, porque aun esta tierra produce fruto a su tiempo, y te bendice, Señor.
Capítulo IV
 La promesa divina
1. Y he aquí que un ángel del Señor apareció, y le dijo: Ana, Ana, el Señor ha escuchado y atendido tu súplica. Concebirás, y parirás, y se hablará de tu progenitura en toda la tierra. Y Ana dijo: Tan cierto como el Señor, mi Dios, vive, si yo doy a luz un hijo, sea varón, sea hembra, lo llevaré como ofrenda al Señor, mi Dios, y permanecerá a su servicio todos los días de su vida.
2. Y he aquí que dos mensajeros llegaron a ella, diciéndole: Joaquín tu marido viene a ti con sus rebaños. Porque un ángel del Señor ha descendido hasta él, diciéndole: Joaquín, Joaquín, el Señor ha oído y aceptado tu ruego. Sal de aquí, porque tu mujer Ana concebirá en su seno.
3. Y Joaquín salió, y llamó a sus pastores, diciendo: Traedme diez corderos sin mácula, y serán para el Señor mi Dios; y doce terneros, y serán para los sacerdotes y para el Consejo de los Ancianos; y cien cabritos, y serán para los pobres del pueblo.
4. Y he aquí que Joaquín llegó con sus rebaños, y Ana, que lo esperaba en la puerta de su casa, lo vio venir, y, corriendo hacia él, le echó los brazos al cuello, diciendo: Ahora conozco que el Señor, mi Dios, me ha colmado de bendiciones; porque era viuda, y ya no lo soy; estaba sin hijo, y voy a concebir uno en mis entrañas. Y Joaquín guardó reposo en su hogar aquel primer día.
Capítulo V
 Concepción de María
1. Y, al día siguiente, presentó sus ofrendas, diciendo entre sí de esta manera: Si el Señor Dios me es propicio, me concederá ver el disco de oro del Gran Sacerdote. Y, una vez hubo presentado sus ofrendas, fijó su mirada en el disco del Gran Sacerdote, cuando éste subía al altar, y no notó mancha alguna en sí mismo. Y Joaquín dijo: Ahora sé que el Señor me es propicio, y que me ha perdonado todos mis pecados. Y salió justificado del templo del Señor, y volvió a su casa.
2. Y los meses de Ana se cumplieron, y, al noveno, dio a luz. Y preguntó a la partera: ¿Qué he parido? La partera contestó: Una niña. Y Ana repuso: Mi alma se ha glorificado en este día. Y acostó a la niña en su cama. Y, transcurridos los días legales, Ana se lavó, dio el pecho a la niña, y la llamó María.

María, la visitadora



Ella no descuidó ningún detalle. Estaba más alerta que el vigía de Colón en lo alto del palo mayor de la Santa María. Lo demostró con creces.
Y yo no quiero ser menos.  Aunque sea el último día, es un decir, aquí la traigo con un episodio con “sustancia”.
La Visitación. Rafael. Museo del Prado

DE VISITA EN AIN KAREM

Reunidos en casa de Marcos, durante aquellos días anteriores a la fiesta de Pentecostés, le hacíamos muchas preguntas a María, la madre de Jesús, y ella nos iba contando los recuerdos antiguos de cuando era muchacha, de cuando Dios comenzó a cumplir las promesas hechas a Abraham.

María - Cuando mi madre Ana se enteró de que yo estaba en estado, ay, caramba, se llevó las manos a la cabeza, gritó, lloró, me dijo mil cosas y una más. Ahora me río, pero en aquellos días…

Ana - ¡Ay, qué vergüenza! ¡Ay, María, mi hija, qué humillación! ¡En una familia como la nuestra! ¡Desde los tatarabuelos, que se sepa, no hubo nunca ninguna mancha! ¡Y ahora tú!
María - Pero, mamá, ya te dije que esto es cosa de Dios.
Ana - De Dios, sí. ¡Primero metemos la pata y luego le endilgamos a Dios el resbalón!
María - Mamá, por Dios, tienes que creerme.
Ana - ¡No, no, no! ¡No empecemos otra vez ni me digas más! Parece mentira que una niña como tú, decente, bien criada…
María - Mamá, tengo quince años, ya no soy una niña.
Ana - Ya lo veo, ya lo veo. ¡Lo que eres es una desvergonzada!
María - Mamá, yo… yo…
Ana - Bueno, bueno, no llores más, mi hija. ¡Ay, Señor, cómo saldremos de este lío, Dios santo! Mira, María, sea lo que sea, tienes que irte de Nazaret. Esta aldea es muy pequeña y los vecinos tienen una lengua que se la pisan. Te irás a casa de unos parientes que tenemos en el sur. Después, cuando nazca la criatura, vuelves con ella y ya veremos lo que decimos, que te lo encontraste en un canasto como Moisés o cualquier cosa.
María - Yo no puedo irme de aquí, mamá. José y yo vamos a casarnos. Yo quiero estar a su lado. Es mi novio.
Ana - Y si se entera de esto, dejará de serlo. Y es capaz de matarte a pedradas. ¡Y razón tendría!
María - Ayúdame, mamá, ayúdame.
Ana - Ay, hija mía, las cosas se piensan antes de hacerse. Ahora ya no hay remedio. Así que, a lo hecho, pecho.
María - Pero es que yo no he hecho nada, yo no…
Ana - Escucha, Mariíta, tu hermano Yayo tiene que viajar a Jerusalén la semana próxima, en una caravana de ésas que van a vender trigo. Te irás con él. Yo le diré a Yayo que te acompañe hasta la casa de Isabel y Zacarías.(1) ¿No te acuerdas de ellos? Sí, muchacha, son unos primos lejanos que tenemos nosotros. Hace muchos años que se fueron a vivir en ese pueblito que le dicen Ain Karem, cerca de la capital. Allí estarás bien cuidada. Y, además, como la Isabel también está esperando un hijo y ya le deben faltar pocos meses, pues mira, tú le puedes ayudar en algo y así no le comes el pan de balde, ¿me oyes?
María - Sí, mamá.

A la semana siguiente, pasó la caravana del trigo. Yayo, que era el mayor de mis hermanos varones, me aparejó un mulo y nos pusimos en camino con ellos, rumbo al sur. Yo iba muy asustada, ésa es la verdad. Llevaba puesta una túnica de rayas verdes, la única que tenía, y un pañuelo nuevo que me había prestado Susana.

Yayo - ¡Uff! ¡Qué calor! ¡Qué calor y qué hambre! Oye, ¿qué llevas tú ahí en esa cesta, María?
María - Son unas rosquillas de miel que mamá preparó.
Yayo - ¿Anjá? Pues dame una, que así se hace más corto el camino.
María - Que no, que son para tía Isabel.
Yayo - Pero dame una, caramba, una no hace nada.
María - Yo te conozco, Yayo. Después quieres otra y te las comes todas.
Yayo - Está bien, está bien. ¡Ja! ¿Con que rosquillas para doña Isabel? La rosquilla te la hicieron a ti, ¿verdad?
María - ¿Cómo dijiste?
Yayo - Vamos, vamos, no te pongas colorada. Dime… ¿Fue José, verdad? Fue él, ¿no es cierto?
María - No sé de qué me estás hablando, Yayo.
Yayo - No disimules, hermanita. Lo sé todo, ¿me oyes? Todo. Pero, no te preocupes, que cuando vuelva de Jerusalén, ¡ese mequetrefe va a saber quién soy yo!
María - Pero, ¿qué estás diciendo, Yayo? ¿Te has vuelto loco?
Yayo - ¡Estoy diciendo que a una hermana mía no la deshonra un pata de puerco como él! ¡Habrase visto un sinvergüenza!
María - Yayo, por Dios, no grites, ¡te lo suplico! José no tiene la culpa de nada. El no me ha puesto un dedo encima.
Yayo - ¿Ah, no? ¿Y quién fue entonces? ¡Vamos, habla!
María - Yo no lo sé, Yayo. De veras, yo…
Yayo - No vas a decirme que fue una avispa que vino y se te hinchó la barriga. ¡Vamos, dime la verdad!
María - ¿No quieres una rosquilla, Yayo? Mira, toma una…

Seguíamos la ruta de las montañas. Yo nunca había salido de casa y todo me parecía nuevo y extraño. Los árboles, los pueblos, la gente. Después de tres jornadas de camino, muy cansados, llegamos a las tierras secas y amarillas de Judea. Vimos Jerusalén a lo lejos, pero nos separamos de la caravana y entramos por una vereda que sale a la aldeíta de Ain Karem.(2) Le dicen así, porque hay un manantial de agua muy fresca en medio de un inmenso viñedo. Allí, en una casita pequeña, vivían nuestros parientes.

Yayo - Bueno, hermana, ya tú te las arreglas. Yo sigo rumbo a la capital, que se me va a hacer tarde.
María - No, Yayo, por Dios, no me dejes sola. Me da vergüenza presentarme así, sin conocer a nadie.
Yayo - La vergüenza te debió haber dado antes y no ahora. ¡Adiós, María, que te vaya bien!

Por un caminito de tierra roja, me acerqué a la casa de tía Isabel. No tuve que tocar a la puerta. Ella salió a la recibirme con tanta sorpresa como alegría…

Isabel - ¿Que tú eres María, la hija de Joaquín y Ana? ¡No me digas una cosa así! ¡Ay, pero qué bonita estás, muchacha! ¡Y cuánto has crecido! Pero, ¿qué haces aquí, cómo viniste, quién te trajo?
María - Vine con mi hermano Yayo que venía a la capital.
Isabel - ¡Ay, María, qué alegría me has dado! ¡Ay, qué sorpresa! ¡Ay, qué buena idea ha tenido tu madre! ¡Ay, espérate, que el niño me está dando patadas! Mira, tócame, ponme la mano, ¿no lo sientes? ¿Sabes, Mariíta? ¡Estoy esperando un hijo! ¡A la vejez, viruelas, como dicen! Pero, ven, entra para que conozcas a tu tío… ¡Zacarías, viejo, mira quién ha venido a visitarnos! El pobre, cuando se enteró que iba a ser papá, se quedó mudo del susto. ¡Zacarías! Y cuéntame, ¿cómo está tu madre, cómo están todos por allá?

Tía Isabel fue muy cariñosa conmigo. Me trató como a una hija. Me enseñó muchas cosas que yo no sabía: a usar el telar y a tejer con hilo fino, que eso no se conocía en Nazaret. También me enseñó unos guisos de lentejas rojas. Ella decía que eran los que Rebeca 1e hacía a Isaac y que con eso las muchachas aseguraban a sus novios. No me pude quejar, ésta es la verdad. Tía Isabel me ayudó mucho y me dio mucha confianza. Sobre todo aquel día que yo esta lavando ropa en el patio y me caí.

Isabel - Un mareo hoy y otro ayer y otro el sábado. Son muchos mareos para una sola semana, ¿no?
María - Es el calor, tía.
Isabel - ¿Y no será otra cosa? Mira, mi hija, que ya una es vieja y conoce al ciego durmiendo y al cojo sentado.
María - Tía Isabel, yo… yo tengo que decirle una cosa…
Isabel - Que estás preñada, ¿no es eso? Ven, muchacha, ven, vamos a conversar en aquella sombrita. Desahógate conmigo. Mira que el alma es como la tripa, cuando tiene muchas cosas dentro, se indigesta.

Empecé a hablar y a hablar y se lo conté todo…

Isabel - Así que vas a tener un hijo… Bueno, pues estamos empatadas. Tú me ayudas primero con el mío y luego yo te ayudo con el tuyo, ¿qué te parece, Mariíta?
María - Pero, tía, ¿usted me cree lo que yo le he contado?
Isabel - Claro que sí, mi hija. ¿Por qué no? Dios es grande y hace cosas grandes. ¡Si lo sabré yo! Mírame a mí. Yo estaba como la mujer de Abraham, con la fuente seca, ¿entiendes? Y Zacarías ya viejo. ¿Qué esperanza teníamos? Ninguna. ¡Ay, mi hija, cuántas noches pidiéndole a Dios que se apiadara de mí, que me dejara tener un hijo! ¡Sólo Dios sabe cuánto he llorado durante estos años! Y Zacarías, que siempre fue cascarrabias, se ponía cada vez peor y me echaba la culpa a mí, y yo, tragando lágrimas. Pero, ¿qué podía hacer yo, dime? Hasta que llegó el día de Dios. Sí, mi hija, sí, Dios tiene su hora y su momento. Y aquella mañana Zacarías(3) fue como siempre al templo con los otros sacerdotes de su grupo para quemar incienso.(4) Y se quedó rezando mucho tiempo, mucho. Y por la tarde, cuando volvió a casa, con aquellas ojeras tan tristes, yo le dije: Alégrate, viejo, y ve haciendo sitio en la estera que pronto tenemos visita. Y me dice él: ¿Quién demonios viene a casa?. Y le digo yo: ¡Un angelito, un hijo tuyo! ¡Estoy preñada, viejo! Ay, María, decirle aquello y quedarse mudo fue todo uno. Y es que él no se lo creía, qué va, porque él ya había perdido la esperanza. Pero mira tú cómo sería el alegrón que ya van siete meses y sigue con la lengua amarrada. ¡Las cosas de Dios!
María - ¡Qué historia tan linda, tía Isabel!
Isabel - Pues la tuya será más bonita aún, María, ya lo verás, ya verás que sí.
María - Dios tuvo misericordia contigo.
Isabel - ¡Y dilo, mi hija, y dilo, que si él no mete su mano, lo que es por Zacarías! Oye, ¿sabes una cosa? Eso que has dicho me gusta: misericordia. Es un nombre muy bonito. Pues, mira, si me sale varón, lo llamaremos “Juan”, por lo de la “misericordia”.

Cuando se le cumplieron los meses, Isabel tuvo un niño grande y fuerte. Todos los vecinos de Ain Karem, al saber la alegre noticia, vinieron a felicitar a tía. Y le regalaron gallinas y dulces y tarros de miel, que hay muy buena por esos montes.

Vecina - ¡Caramba, Isabel, es verdad lo que dicen que nunca es tarde si la dicha es buena! ¡Mira, qué varón! ¡Alabado sea Dios! ¡Qué muchacho más hermosote!

Y a los ocho días, como era la costumbre, llamaron al rabino para que circuncidara al recién nacido. La casita de Zacarías reventaba de gente y de cantos y de festejos.

Vecina - ¡Ea, Isabel, felicidades, y que Dios le bendiga la criatura! ¡Qué muchachón, caramba, dan ganas de comérselo!
Isabel - Pues no me lo coma, vecina, que sólo tengo éste ¡y ya bastante trabajo me costó conseguirlo! Pero, al final, Dios tuvo misericordia de mí.
Vecina - Oiga, doña Isabel, ¿y cómo se va a llamar?
Isabel - Así mismo. Juan será su nombre.
Vecino - ¿Juan? Pero, ¿cómo? En tu familia no hay nadie que se llame Juan.
Isabel - Tampoco en mi familia hubo ninguna que pasara tanto trabajo para parir. ¡Se llamará Juan!
Vecina - Claro, ésta se aprovecha, como el viejo Zaca no puede hablar. Míralo, míralo por dónde viene… Oiga, Zacarías, venga acá, ¿qué le parece a usted? ¿Cómo se va a llamar el niño?
Zacarías - Mmmmmmmmmm…
Vecina - Espérese, que ni el sabio Salomón lo entiende a usted…
Zacarías - Mmmmmmmmmm…
Isabel - Una tablilla. Dice que le traigan una tablilla.
Vecina - Pero, ¿tú le entiendes esa jerigonza, Isabel?
Isabel - ¡Ay, mi hija, ya vamos para treinta y cinco años juntos, imagínate.

Y le trajeron la tablilla y el cálamo y tío Zacarías escribió las letras del nombre que tía y él querían ponerle al muchachito.

Vecina - ¿Qué dice ahí, viejo Zaca, deje ver?
Vecino - ¿Juan? ¡No, Juan no! ¡De ninguna manera!
Zacarías - Mmmmmmmm… ¡Juan, sí! ¡Juan es su nombre, caramba!
Vecina - ¡Óigalo, Isabel, a su marido se le soltó la lengua!

Al tío Zacarías se le iluminó la cara y se le aguaron los ojos, aquellos ojos gastados de tanto esperar, pero ahora radiantes por la alegría de ser padre, por el gozo de haber traído un hijo al mundo.

Zacarías - ¡Bendito sea Dios!
Isabel - ¿Ya puedes hablar, viejo?
Zacarías - ¡Bendito sea Dios que tiene entrañas de misericordia y que hizo fecundas las tuyas, mujer! ¡Bendito sea nuestro pueblo! ¡Su liberación se acerca! ¡El Señor lo prometió a nuestro padre Abraham, lo anunció por boca de los profetas, y lo cumplirá pronto, muy pronto, para que podamos servirle sin miedo en una patria libre! ¡Y bendito seas tú, hijo mío, hijo de la misericordia! Irás por delante, abriéndole caminos al Señor, preparándole un pueblo nuevo, bien dispuesto, hasta que la Luz del Altísimo brille en medio de nuestras tinieblas y podamos caminar todos por los senderos de la paz.
Vecina - ¡Bien, Zacarías, bien, hasta poeta nos ha salido usted, caramba!

Nunca se me olvidará aquella fiesta. Los vecinos de Ain Karem brindaron a la salud de Juan, el hijito de Isabel y Zacarías, y le echaron coplas de buena suerte y bailaron en el patio hasta el amanecer.

Isabel - ¿Ves, María? ¿Ves como Dios hace las cosas bien? No tengas miedo, muchacha. Si Dios se fijó en ti, si bendijo el fruto de tus entrañas, él se las arreglará para sacarte adelante y un día muchos te felicitarán como hoy a mí. Muchos, muchísimos más te felicitarán a ti, María.

María - Sí, Dios fue grande(5) con tía Isabel, y ha sido grande conmigo, muy grande, ésa es la verdad, y yo no me canso de darle gracias, porque miren ustedes en quién se vino a fijar. Así son las cosas de Dios. A los poderosos los derriba del trono y a los humildes nos levanta del polvo. A los ricos los deja vacíos y a los hambrientos nos da de comer. A Isabel, que era estéril, le regaló un hijo, y conmigo hizo una maravilla más grande, porque con mis propios ojos he visto al mío, a Jesús, levantado de entre los muertos. Y yo a veces pienso que todo esto que ha pasado ahora es lo que Dios le había prometido a Abraham y a nuestros padres, lo que nosotros hemos estado esperando de generación en generación.



Lucas 1,39-79


1. El parentesco que tradicionalmente se ha establecido entre Isabel, la mujer de Zacarías, y María, la madre de Jesús, no es un dato histórico comprobable. En todo caso, fueran o no parientes, el evangelista Lucas las hubiera hecho aparecer relacionadas por vínculos familiares. Con ello, más que hablar de lazos de sangre está indicando los lazos espirituales que unieron al hijo de Isabel -Juan el Bautista- con Jesús, el hijo de María. Los dos pertenecieron a la tradición de los grandes profetas de Israel, hombres de Dios y de su pueblo.

2. Según una antigua tradición de unos 500 años después de Jesús, Juan el Bautista habría nacido en Ain Karem, una aldea situada en las montañas de Judea, a unos 7 kilómetros y medio al oeste de Jerusalén. En esta zona crecen en abundancia los viñedos y los olivos. Ain Karem quiere decir «la fuente del viñedo». El paisaje es muy hermoso por la fertilidad de la tierra, que contrasta con el desierto de los alrededores. Entre las muchas iglesias y conventos que se han edificado allí en recuerdo del Bautista, destacan la de San Juan, en la que estaría el lugar donde nació el profeta, y la de la Visitación, grande y rodeada de jardines, donde estaría la casa de Isabel y Zacarías. A todo lo largo del claustro de esta iglesia se pueden ver mosaicos con el texto del Canto de María, el Magnificat, escrito en varios idiomas.

3. Zacarías, esposo de Isabel y padre de Juan el Bautista, era sacerdote. Además de la aristocracia sacerdotal de Jerusalén, había en Israel una gran masa de simples clérigos. Se calculan más de 7 mil  en todo el país, aunque en Galilea había muy pocos. Para ser sacerdote no se podía tener ningún defecto físico y era necesario estar entroncado con la familia de Aarón, el hermano de Moisés. Los simples sacerdotes eran hombres de familias pobres, con tan pocos recursos que casi todos ejercían un trabajo manual en sus pueblos para subsistir: carpinteros, picapedreros, comerciantes, carniceros. Tenían su mujer, sus hijos, su casa. Su vida sencilla estaba en contraste con la de los sacerdotes jefes, privilegiados y ricos, que acaparaban los impuestos que pagaba el pueblo. Por eso, el bajo clero hizo causa común con el pueblo al estallar la revuelta antiromana del año 66 después de Jesús, que terminó con la destrucción del Templo de Jerusalén.

4. En tiempos de Jesús, los sacerdotes estaban divididos en 24 clases o secciones. Cada uno de estos grupos realizaba por turno una semana de servicio en el Templo de Jerusalén, de sábado a sábado. Los que vivían fuera de la capital viajaban a Jerusalén y se quedaban allí durante este tiempo. El Sumo Sacerdote sólo oficiaba en el Templo los sábados, los días de luna nueva y en las grandes festividades. Se calcula que cada sección de sacerdotes ordinarios estaría compuesta por 300 miembros. Durante la semana de servicio se echaba a suertes el trabajo que a cada uno correspondía diariamente. Por la mañana, después de un baño ritual, los sacerdotes hacían el sacrificio de los perfumes, el holocausto de un carnero, las libaciones. Por la tarde, se purificaba el altar, se quemaban perfumes. También había que llevar leña para los holocaustos, atender los sacrificios privados de los fieles y mantener siempre encendido el fuego del altar.

Los sacerdotes usaban vestiduras de lino blanco y encima una túnica blanca que ceñían con un largo cordón. Cubrían su cabeza con una cofia de lino blanco. Zacarías, el padre de Juan el Bautista, pertenecía al grupo o familia de Abías y estaba ofreciendo perfume de incienso a la hora del sacrificio de la tarde, cuando supo que Isabel, su mujer, le iba a dar un hijo.

5. El canto de María, el Magnificat, está inspirado en el canto de Ana, madre de Samuel, el último juez de Israel (1 Samuel 2, 1-10) y en otras expresiones de los salmos, de los profetas y del libro del Génesis. Para escribir el relato del nacimiento de Juan el Bautista, el evangelista Lucas también se inspiró literalmente en el nacimiento «milagroso» de Samuel (1 Samuel 1, 1-28). Isabel y Ana, la madre de este profeta, eran estériles cuando quedaron embarazadas.

[«Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 1058-1067]

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