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Dedicatoria


Ha debido llegar antes de misa, y, no sé cómo, ha dado con su libro; lo tenía en la mesilla. Me lo he encontrado antes de comer encima de la mesa camilla, con esta dedicatoria de su puño y letra:
En realidad, no sé si Andrés ha tratado de dirigirse a mí o de expresarse a sí mismo. Acojo su escrito como dicho por él en nombre de muchos: así soy, de esta manera nos consideramos; esto es lo que buscamos, no nos contentaremos con menos.
Por encima de la niebla, de Andrés C. Bermejo, no es sólo un libro de poemas. Es todo un ideario y un compromiso.
Gracias, Andrés, lo tendré en cuenta. Me esforzaré por estar a la altura.

Por encima de la niebla



Andrés me ha entregado su nuevo libro de poemas. Es más “gordo” que el anterior. Y también mejores introductores: Miguel Delibes, Nicolás Borrego, Joaquín Díaz, Sergio López y Mercedes Aurora Blanco.
Y un detalle que no puedo callarme: una dedicatoria a todos sus alumnos y alumnas desde que empezara a ejercer su vocación/profesión de maestro. Están todos los nombres, a partir del curso 72 hasta el 2007, en las seis apretadas páginas iniciales.
En este día brumoso, en lo climatológico y en lo anímico, me lo dio con prisas, porque era la hora de empezar la Eucaristía. Ya encontraremos el momento para la dedicatoria.
No los he contado, pero calculo doscientos textos, de entre los que me parece destacar el que pone título a la edición.
POR ENCIMA DE
LA NIEBLA

Hoy hace niebla,
hay niebla;
pero detrás de los cristales,
arriba,
en el cielo,
como todos los días,
ha salido el sol;
hay sol
por encima de la niebla.

Es como un cuento:
la niebla
esconde princesas,
esconde piratas
en los mares,
cisnes negros y blancos
en los lagos,
y hasta ogros sin sentido
fuera de las cavernas;
también esconde caperuzas
para tapar las cabezas,
y montañas con nieves blancas
sin huellas,
sin pisadas en las lomas,
porque nadie subió a verlas.

La niebla
no puede ocultar
el amor de los que empiezan
ni las manos que acarician
ni los versos del poeta
ni del maestro las notas
ni los óleos del pintor
ni del escultor la piedra.

Hoy hace niebla,
hay niebla;
pero detrás de los cristales,
arriba,
en el cielo,
como todos los días,
ha salido el sol;
hay sol
por encima de la niebla.


Andrés C. Bermejo

Acaban de regalarme un libro



Su autor es Andrés C. Bermejo González y ya es conocido en este blog. El libro aún no está publicado, pero sí terminado. Concluido. Redondo. Cuidado. Disfrutado. Y ahora es expuesto a amigos y conocidos, en tanto se gestiona su publicación.
Andrés es maestro de escuela. Jubilado. Jubiloso. Bulle proyectos de esto y de lo otro, aquí y acullá, con estos y consigo mismo. Y no para. Y mejor que no lo haga.
Es salmantino, y se le nota incluso cuando no está presente.
Es un libro de poemas y dibujos. O de dibujos y poemas. No sé por qué lado se inclina más Andrés. Él piensa que por la literatura, pero habrá lectores que opinen lo contrario. Yo… no lo tengo nada claro y me abstengo. Dibuja y escribe a dos manos, y eso significa equilibrio.
El libro, consta de cuatro partes,
Cosas grandes, cosas pequeñas (10)
Para la vida, para los sueños (14)
La tierra, siempre la tierra… (31)
No vayas a pedir a la verdad, mentiras; a la humildad, sentencias (15)
Encierra 70 poemas y 70 dibujos.
E incluye este hermoso texto que presta título al conjunto, y que me permito publicar en auténtica primicia:

[Hacer click en la imagen para leer mejor]

En cuanto a su firma, en el libro no aparece, pero aquí sí

Por esta santa Unción y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. Amén.
Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en la enfermedad. Amén.


 
Mañana haré con la gente de la parroquia lo mismo que hice el domingo pasado con los residentes de La Arbolada: administrar a quien lo desee el Sacramento de la Unción de Enfermos. Fue la Pascua del enfermo celebrada a nuestro estilo.
No quise narrarla entonces porque me pareció que podría caer una vez más en sensiblería; y lo pospuse. Ahora, con más sosiego y un poco distante, lo digo. Sólo eso.
Me impresionó la docilidad que mostraron, la quietud con que lo recibieron y la resignación con que me ofrecieron su frente y sus manos para que se las ungiera. Sólo al terminar la celebración se permitieron romper el silencio. Nadie me acompañó en el canto de la Comunión.
Ahora tomo prestado esto del que firma más abajo:

¿DÓNDE ESTÁ LA ABUELA?
Buenos días, mamá,
¿dónde está la abuela?
Hija, en la residencia.
Pero, madre,
no te das cuenta
que me dejas sin abuela,
sin mimos,
sin caricias,
sin recuerdos;
sin rosquillas,
sin propinas.
Hija, qué cosas tienes;
con lo bien que la cuidan,
con lo bien que la lavan,
con lo bien que la peinan.
Por qué no la cuidas tú,
en vez de tanto paseo,
tantas cenas con amigas,
tanto gato y tanto perro.
Tu perro, es un perro;
tu gato, es un gato;
tu madre, es mi abuela
¡y la quiero tanto!
No te enfades, cariño,
y no compares
al culo del perro
con el de mi madre.
Además…
allí tiene médicos,
farmacia siempre abierta,
juega a la cartas,
se echa la siesta;
enfermeras y enfermeros
día y noche la velan;
¡ah!… y todos los meses
iremos a verla.
A mí no me engañas,
ni la engañas a ella,
que el día que se muera,
se morirá de tristeza.
Luego, no le lleves
flores a la iglesia,
ni le encargues misas
ni digas: qué buena era.
Lo que yo quiero,
lo que quiere mi padre,
lo que quiere mi abuela
es estar en casa
con su hija
y su nieta;
y servir para algo
hasta que se muera.


Andrés C. Bermejo González

Castilla, Villalar y los libros



SONETOS DE LA HOZ Y EL TRIGO



I

Abrió la reja el surco y la simiente
que esperaba intranquila su destino,
privada de la inercia lentamente,
fue aceptando madura su destino.

Notaba de la tierra la frescura,
de los tordos y grajos el acoso,
ahogo del olor a la basura;
silencio del silencio de su foso.

Grano incierto de cierta sementera,
que te pudres gestándote en el barro,
esperando arduo parto en primavera.

Grano cierto en incierto y viejo carro,
simulacro de atalaya hoy en la era;
ayer y hoy camino: pan y jarro.



II

Recordando la hoz su viejo tranco,
del adobe colgada en el sobrado,
miraba depresiva al tosco banco
que Canor lentamente hubo labrado.

Con hoja en la rendija, pensativa;
trataba de enjugar su parca pena,
todavía orgullosa, desde arriba,
del rastrojo del trigo y de la avena.

¡Qué fuerza suave airea en la lomera
de la mano callosa enardecida,
del vaivén de su mango en la pernera!

Temiendo a cada tajo quitar vida
y hacer de su labor barriobajera
resurrección perenne prometida.



III

Hermosa conjunción de geometría,
hermoso paraninfo de otras eras;
del martillo con yunques en la vía,
hermana socialista en las banderas.

Aquella hoja que moza se atrevía
a echar pulsos de brillos a la luna
cuando nueva con fuerza relucía,
sucumbió a los tiempos y a su cuna.

Pero quedan las tierras de Castilla,
como emblemas de triunfos de su corte,
que refieren los sabios en la villa;

y quedan sus labores y su porte
de hidalga señorona en regia silla,
bandera del recuerdo, estrella y norte



Andrés C. Bermejo.




Castilla, porque soy de aquí y desde ella hablo. Villalar, por los Comuneros y el rey germano que torció la historia antes de que esta naciera. Libros, porque no he escrito ninguno, pero Andrés sí; y si fuera de otra manera, a base de publicar poemas suyos en menos que canta un gallo se lo edito y lo propongo.
Hoy es el Día de Villalar, y en la campa comunera mis paisanos ondearán pendones y reivindicarán antiguos derechos conculcados, aguas pasadas que ya no mueven molino ni falta que hace. Comerán tortilla de patata y chorizo asado, tal vez se mojen, pero con toda seguridad volverán a casa roncos y cansados de bailar, cantar, privar (beber) y yantar.
Hoy es también el día del Libro. Pero no pienso leer nada que tenga letra. Miraré los campos, andaré por ellos, y si se tercia comeré a mesa puesta; un día es un día. Y sí, yo también volveré a casa ronco y cansado, aunque sólo sea para no desentonar.

Carta a Salamanca



Querida mía:

A las primeras luces, por el portal hacia el exilio, me fuiste echando de una forma cansina y apesadumbrada.
A pequeños empellones, entre lamentos y quejidos, no querías sacarme, casi con dolor de parto, del hueco de tu regazo. Ibas amándome y odiándome cada vez que, sin querer, me veías más cerca y más lejos del rescoldo de tu lumbre. Yo me amarraba al amor y al odio, o la risa y al llanto y no escuchaba el reclamo futuro de nuevos horizontes pidiéndome objetividad y amargos resuellos. ¡Me tiraban tanto los cabellos dorados de tus sillares y los cuerpos renegridos de tus encinas y esos aires de señorona antigua con mezcolanza de enhiestas fibrosas figuras juveniles, hechas para pasear y cosquillear por tus venas, para respirar tu aires, tus ciencias y tus grandezas!
¡Qué más da! No quiero recordar aquella marcha enamoradiza y ni siquiera quinceañera, porque sigo estando en tu placenta gris y dorada, porque sigo siendo piedra de tus piedras y pelo absorbente de tus majestuosas raíces, porque sigo mirándote sin verte, y bajo los ojos y me ruborizo cada vez que oigo tu nombre.
Sé que en tu cuarto y en el mío siempre habrá un corazón y un cartel para que hagamos memoria, porque lo nuestro no es pasajero y bobalicón. ¿Recuerdas aquella mañana del mes de agosto? Al alba, el orfebre comenzó a dorarte y cientos de mayordomos te remilgaban hasta cotas insospechadas. Tu, coqueta y presumida, te dejabas hacer. Mientras yo, tu eterno amante, iba subiendo parsimoniosamente hasta tu ombligo; para allí, estoicamente quieto, culminar mi dicha.
Nosotros, los de la Tierra Sabia, siempre fuimos y somos demasiado necios y cargamos con los orines de los demás, baboseando sonrisas, cuando nuestras carnes, rojas y tiernas, reciben, de ciento en viento, el bálsamo del recuerdo. Perdona esta pequeña intransigencia seudopolítica y honda; casi sin odio, pero con resquemor.
Sé que, a veces, me reprochas y hasta te vuelves egoísta porque voy echando sudores y afanes en otras faltriqueras con menos puntillas, con menos perfumes, con pocas delicadezas, pero que me llenaron el estómago y me taparon el culo, porque alguien o muchos se empeñaron en dejármelo demasiado tiempo a la intemperie.
Mañana, siempre mañana, volveré a ser cangilón de tu noria. Y no habrá más recuerdos ni más emociones incontroladas. Simplemente estaré con mi hato de vuelta para cenar juntos y tomar el fresco a lo puerta.
También mañana, posiblemente pasado, cuando deje atrás los añojos pastizales convertidos ya en leyendas, y en las primaverales mielgas haga, sin precipitación, recuento; tú y yo, en un diálogo eterno y siempre joven, entablemos silenciosas conjeturas sobre el tiempo, los espacios y las mentes. Porque, ¿dónde, sino entre tus cascajales sudorosos, voy a encontrarme más limpio, nuevo y resucitado?
Mientras, hoy, siempre hoy; almacenaré esperanzas, vidas y refugios para nada. Soñaré que la vida y el sol y el aire son elementos de todos y están en todos los lugares de la Tierra. Pero siempre serán los tuyos otros soles, otras vidas, otros aíres diferentes y únicos.
Puede que los bueyes sean de donde pacen, los toros son de donde nacen.
Siempre abrazado a ti.

Andrés C. Bermejo González


Después del burro muerto…


Monasterio de Moreruela. Zamora


"DESPUÉS DEL BURRO MUERTO"…

De golpe un verso, Mi Tierra,
me hizo mirar ceñudo,
quebrar los frutos, las hojas;
tornar pisando los muros.

Arrebatos de nostalgias:
los carros, encinas, yugos…
pareceres de Mi Tierra
para los poderes mudos.

¡Quién ha visto en la ladera
cómo se doblan los puños;
quién ha visto cómo muerden
sin dientes sus propios muslos!

Esbirros de la impotencia
de los cangilones pardos;
muecas, sudores, gemidos
de corrosión y de barro.

¡Llégano de los revuelcos,
no te acostumbres al tranco
de los pasos que te pisan,
de los miedos al fracaso!

¡Por qué no gritas al viento
que te devuelvan lo tuyo;
más que dineros y mieses,
ciencia, bravura y orgullo!

Me recordaron, mis gentes,
campanas de gloria en muros,
cebadas puestas al rabo
de lo que se fue y no tuvo.

Andrés C. Bermejo

Siete lazos verdes

 
SIETE LAZOS VERDES

Habían quedado en un banco, frente a la escultura de Miguel Íscar. Era la hora de la siesta de una tarde primaveral del mes de junio. Ella hacía ya catorce minutos que esperaba impaciente la llegada de Miguel. Le conoció un día haciendo senderismo en una de las muchas excursiones que organizaba la asociación cultural El Corro. No era muy guapo ni destacaba por su físico, más bien esmirriado; ni por casi nada por lo que una mujer, a primera vista, se sintiera atraída por un hombre; pero tenía algo especial que le hacía estar cómoda a su lado. Además, era tímidamente simpático y ella repudiaba todo aquello que sonara a machismo y fanfarronería sin más. Las cabezas huecas y minipensantes nunca le agradaron; y los chulos prepotentes, menos. Se sentía querida, mimada y respetada.
Iba a ser la primera vez que se verían a solas como novios formales. Uno al otro se lo habían dicho el día anterior a la salida del cine. Podían haber concertado la cita en cualquier plaza, en cualquier bar de pinchos, en cualquier sitio más rutinario de la ciudad como lo hacían las demás parejas; pero a los dos les iba la naturaleza, la soledad, el romántico silencio y la frescura salvaje y recóndita del Campo Grande. Estaba ensimismada. La temperatura, en aquel rincón, no era demasiado sofocante; pero le sudaban las manos y notaba cierto calor por detrás de las orejas; sería algo de nervios, pensó.
- Perdona, Ángeles, por llegar un poco tarde. Venía por el Paseo de los Castaños pensando en nuestro primer encuentro sin amigos de por medio; y antes de llegar a la Fuente de la Fama, me paré un momento y me ocurrió algo curioso.
- No importa. Anda, dame un beso y cuéntame qué te ha pasado.
El muchacho, que esperaba una cariñosa reprimenda por parte de su novia, se quedó bastante cortado. Él, de por sí, era algo tímido, introvertido, poco dado a la palabrería sin más. Casi como un autómata, se sentó al lado de la chica. Ella le puso ambas manos en las mejillas y suavemente le atrajo hacia sí. Miguel, todavía no se enteraba demasiado, pero aceptaba de buen grado las pequeñas carantoñas e insinuantes arrumacos que Ángeles, un poco más atrevida, le proporcionaba.
- Gracias, cariño. Lo siento, pero estoy todavía bastante confundido con lo que me ha pasado según venía hacia aquí.
- Bueno, está bien. Tranquilízate un poco y me lo cuentas.
- No, si seguramente es una tontería sin importancia. Serán los exámenes. Claro, cómo no había caído.
- ¡Qué cosas tienes!, llevas cinco años haciendo exámenes y nunca, que yo sepa, habías estado así. Por favor, Miguel, dime qué te ha ocurrido; no seas tonto.
- Vale, pero me tienes que prometer que no se lo vas a decir a tu querido hermanito. Ya le conoces. Es capaz de contarlo mañana, en la Universidad, a toda la clase.
Tímidamente, el espigado joven cogió las manos de la chica y mirándola a los ojos, comenzó el relato.
- Había salido de casa con tiempo suficiente para llegar un poco antes que tú. Quería coger un pequeño ramo de margaritas silvestres que vi ayer en uno de mis paseos por el parque para traértelo porque sé que te gustan. Estaba agachado, arrancando las primeras flores, cuando oí una voz que venía de los matorrales que hay al lado del pruno chino, cerca del Paseo de los Castaños.
- Bueno, haciendo buen tiempo, eso es normal. A estas horas suele entrar gente a descansar y comer algo. Hay veces que se esconden detrás de los árboles más frondosos o de algún seto para hacer sus necesidades. - Eso mismo pensé yo. Me puse de pie y me acerqué hasta el sitio de donde procedía la voz, pero allí no había nadie. Volví a agacharme para seguir cogiendo las margaritas; y al poco, otra vez la misma voz.
- Puede que viniera de la plaza de la Fuente. Antes de sentarme en el banco, he pasado por allí y había un par de excursiones.
- Ya, pero no eran voces de niños alborotando. Tampoco era alguien al que yo pudiera reconocer, en un principio, aunque me llamó más de una vez por mi nombre. La cosa es que luego la oí más lejana y creí que era la de mi amigo Nicolás, pero cuando me puse de pie y me volvió a llamar me resultó más conocida, si cabe. Sonaba grave, profunda, cálida; como de una persona bastante cercana y familiar.
- Mira que eres. Cuéntame de una vez qué es lo que te decía esa voz misteriosa, que me tienes intrigadísima.
- No estoy muy seguro, pero creo que dijo cascada; y luego, buscar. Sí, eso: cascada y buscar.
- Y nada más ... Pero, ¿no viste a nadie?, ¿estás seguro que te dijo cascada? Y ... buscar; porque también te dijo buscar, no.
- Que sí, cariño. Ves, ahora la que estás un poco alucinada eres tú.
- Claro, y cómo quieres que me ponga después de lo que me estás contado. La verdad, es que es un poco raro.
Estuvieron los dos jóvenes hablando un buen rato sobre las distintas opciones que podían tomar. En un principio, pensaron seguir con los mimos y caricias propios de dos chicos enamorados; y así lo hicieron. Para eso habían quedado. Un celoso multicolor pavo real, abierta la cola, dio un chirriante graznido detrás del banco donde estaban acurrucados los dos novios que, sorprendidos, dejaron instintivamente de abrazarse.
- ¡Lárgate, pajarraco! ¡Vaya susto que me ha dado!
- ¡Pues anda que a mí! Ya podía habernos dejado otro ratito; ¡estabas tan cariñoso!
- Tampoco ha sido para tanto. Bueno, y qué hacemos ahora.
- Pues qué vamos a hacer, ir hasta la cascada a ver si encontramos algo, dijo Ángeles, en tono bastante resolutivo.
- Lo que tú quieras; pero solo echamos un vistazo, que mañana tengo dos exámenes a primera hora y hay algún tema que necesito darle un último repaso.
Hacía bastante calor, pero la espesura salvaje del parque les protegía y refrescaba. Él, más alto, llevaba el brazo por encima de los hombros de ella. Ella le miraba ensimismada mientras le daba leves cachetes cariñosos en la parte izquierda de las caderas. De vez en cuando, metía la mano en el bolsillo del pantalón vaquero dejando que el brazo le colgara flácidamente. Se sentía relajada, tranquila; era una sensación nueva y única. Casi se le olvida la historia de Miguel. Con la mano derecha se atusó instintivamente la melena. Tenía el pelo moreno, ensortijado; un poco largo para lo que se llevaba, pero no demasiado. Habían dejado la Pajarera atrás y sorteando palomas y pavos reales llegaron a la Fuente de la Fama. Todavía se dieron un intenso abrazo debajo del cedro del Líbano antes de salir al Paseo del Príncipe para desde allí acceder, por detrás, a la Cascada. - Si quieres, buscamos primero por la parte de abajo. No sé si podremos entrar dentro de lo que era el bar, en la gruta. Desde el borde superior caía agua formando una cascada artificial. Si no encontramos nada, subimos por las escaleras a la explanada que hay en la parte de arriba. Parece un mirador.
- Vale.
- Mira ahí aliado de ese plátano de sombra, antes de subir, no siendo que haya alguna señal; yo qué sé.
- Aquí no hay nada; venga, vamos.
Buscaron y rebuscaron por los matorrales, por los troncos de los árboles, por los laterales de la gruta; incluso debajo de alguna piedra suelta que había por el paseo, y ni rastro. Lo mismo sucedió cuando reanudaron las pesquisas en la parte superior, nada de nada.
- Venga, vámonos. Será una broma que algún gracioso nos ha querido gastar.
- Oye, Miguel; tú oíste lo que dices o te lo estás inventando, casi le gritaba Ángeles con los brazos en jarras.
- Que sí, que lo oí perfectamente. No hace falta que te pongas así.
- Es que a veces estás en la inopia, cariño.
Habían desistido ya de su empeño, cuando al bajar las escaleras, colgando de una flor de saúco, se veía una especie de lazo verde. Miguel lo observó, pero pasó de largo; sería algún trozo de plástico, que con el viento habría quedado enredado en la rama. Ángeles, más intuitiva, se acercó al árbol y llamó a su novio.
- Miguel, acércate un momento. Ahí, en ese saúco, hay un lazo verde un poco raro.
- Ya, ya me he fijado antes y pensé que sería de algún regalo de las comuniones y que con los remolinos de la tormenta de ayer había venido a parar hasta aquí.
- Anda, acércate y alcánzalo tú, que yo no llego.
Miguel, obediente, se arrimó todo lo que pudo al saúco, estiró su juncal figura y recogió el lazo. Ángeles tenía razón: aquel lazo no era un plástico ni un adorno normal. Antes de deshacerlo, los dos se dieron cuenta que en la parte menos brillante de la tela había algo escrito. Las letras eran negras y rojas, no muy grandes, pero perfectamente dibujadas. Aquello tenía su emoción, verdaderamente. Sin acuerdo previo, los dos tiraron a la vez de cada uno de los extremos de la cinta, dejando al descubierto un claro e insinuante mensaje:
“Doña Gregoria pasó muchos días ocupada con el retrato de la niña. Según creo, el pobre fotógrafo hubo de repetir varias veces el ensayo hasta que mi patrona le concedió el visto bueno. Fríamente analizada, aquella obra de arte no respondía a la realidad. Martina había salido favorecida en el trasplante”.
- ¡Qué pasada, Miguel! Ves, tenía o no tenía razón yo. Bueno, y qué querrá decir esto. Tendremos que estudiarlo y seguir, o no.
- Pues claro, será interesante. Lo que pasa, es que estos días con los exámenes… Bueno, ya sacaremos el tiempo de donde sea.
Al día siguiente, después de la última prueba de la mañana, en los jardines de la universidad, Ángeles y Miguel intentaban buscar una explicación al escrito del lazo verde. Después de un buen rato dándole vueltas, fue a él, gran conocedor del parque, al que se le ocurrió que podría tener relación con una escultura, cerca del palomar, dedicada al fotógrafo que en los años sesenta y setenta ejercía de retratista para todo aquél que quisiera tener una instantánea de su visita.
- Si te parece, mañana después de comer, podemos dar una vuelta por la escultura a ver si encontramos algo.
- Lo que tú digas, cariño.
No eran aún las tres de la tarde cuando los dos jóvenes llevaban ya un buen rato merodeando por las inmediaciones de la escultura. Una chica morena con el pelo lacio y una pequeña mochila se paró un momento a observarles. Había entrado desde el Paseo de Zorrilla al Campo Grande, casi enfrente de la Academia de Caballería. Como nadie le hacía caso, se encogió de hombros y siguió por el sendero hasta el Paseo del Príncipe. Miguel había visto una especie de trapo verde que asomaba por debajo de uno de los zapatos del fotógrafo, pero esperó a que la chica del pelo lacio se alejara para decírselo a su novia.
- Mira, Ángeles, creo que he encontrado otro lazo verde.
Según estaba hablando se agachó y tiró del extremo de la tela que asomaba por entre la tierra: era otro lazo y también de color verde con un nuevo mensaje escrito en negro y rojo, como el anterior. Limpiaron un poco la tela y, casi al unísono, leyeron:
“El vale más prevenir que curar puede ser receta útil para la vida, pero no a buen seguro para construir con ella una película, de lo que concluimos que la “vis atractiva” de una narración fílmica o literaria radica en buena medida en el morbo, en lo patológico”.
- Bueno, y ahora qué; dónde encontramos un cine o una película, porque esto quiere decir algo de eso, o no.
- Sí, supongo que sí, porque otra cosa ...
La verdad es que esperaban encontrar algo más interesante en el segundo lazo, pero ninguno de los dos pensó, ni por un momento, darse por vencido. Salieron a la Plaza de Zorrilla y se sentaron en el borde de la fuente circular. El termómetro marcaba 30 grados y se agradecía estar cerca del agua. Miguel se rascaba el colodrillo y Ángeles, con las piernas cruzadas, observaba sin mirar el monótono y anónimo pasear de grandes y chicos. Los dos cavilaban en silencio y se miraban rutinariamente, de vez en cuando, pero sin encontrar solución al texto del segundo lazo verde.
- Ahora caigo -dijo Ángeles- un día en la universidad me dijiste que a la entrada del Campo Grande, hace años, había un cine llamado Pradera.
- Anda, pues es verdad. Mis padres iban allí a ver las “pelis”. Mira, estaba ahí enfrente; justo donde el escudo de Valladolid hecho con plantas y flores. Si quieres, podemos acercarnos.
Al llegar se encontraron con unas verjas verdes que le impedían el paso. Dieron la vuelta por la parte de atrás y vieron a un jardinero que se disponía a entrar para reponer algunas flores. Ángeles se acercó y le dijo que si podían acompañarle. El obrero miró de soslayo a la muchacha, luego a Miguel y sin mediar palabra asintió con la cabeza. En la parte superior del escudo, enredado al mástil de la bandera, estaba el tercer lazo verde. El jardinero, creyendo que era un trapo, lo metió en la bolsa de la basura con intención de tirarlo. Ángeles le dijo que aquella cinta le gustaba y se la dio sin más; total, a él no le servía para nada.
A ciencia cierta, no sabían qué buscaban ni dónde les llevarían las pistas de los lazos verdes. Esa misma inoperancia les comenzó a crear una inusitada ansiedad y cansancio. Allí mismo, aliado de la verja verde, lo leyeron y anotaron el mensaje en el cuaderno. Decía así:
“Y por si fuera poco la prole, el tallercito de Andrés, el zapatero, estaba siempre lleno de verderones, canarios y jilgueros enjaulados y en primavera aturdían con su cri-cri desazonador y punzante más de una docena de grillos”.
- Yo creo que esta vez no hay ninguna duda, dijo Miguel. Habla de pájaros y jaulas, tiene que ser la pajarera. Venga, vamos a ver si damos con la solución.
- Sí, porque la verdad yo también empiezo a estar un poco harta de tanto lacito para nada.
No tardaron demasiado en llegar a la placita de la Pajarera. Dos señores de avanzada edad con sombrero gris, corbata roja y chaqueta de punto charlaban animadamente con unas jovencitas. Parecían dos gotas de agua. Uno de ellos, llamado también Miguel, les vio llegar y les llamó:
- ¡Eh, muchachos!; acercaos un momento, por favor. Seguro que sois Ángeles y Miguel. No os asustéis, que no vaya pediros nada. Lo que venís a buscar no está en la Pajarera, lo tengo yo en este bolsillo. No hace ni cinco minutos, un mozalbete, más o menos de vuestra edad, me dio este lazo para vosotros; porque sois Ángeles y Miguel, o no.
- Sí, sí; muchas gracias. Oiga, señor ¿sabría decirnos cómo era el chico?
- Pues la verdad, no me fijé demasiado; solo sé que me hizo el encargo y salió corriendo como alma que lleva el diablo.
Aquel cuarto lazo también era verde, pero a diferencia de los demás no tenía un texto largo. Solo una palabra, un número y una firma: Ratas, 14 y Max.
Miguel escribió en el cuaderno el escueto mensaje. Ambos decidieron verse al día siguiente en el monumento que la ciudad dedicó al poeta Núñez de Arce con motivo del centenario de su muerte en el año 2003. El sitio era agradable. Había una fuente, pensamientos, petunias y algún arco lleno de rosas rojas y rosas. Así les daría tiempo para pensar en el enigma del cuarto lazo. Ángeles lo copió en un pañuelo de papel y lo guardó en el bolso de mano. Antes de salir del parque, pasaron por la Pérgola y se tomaron un par de cañas. A esas horas, todavía no había demasiada gente en la plaza de la fuente del Cisne. Solo unos músicos ensayando para la verbena de la noche y unas cuantas mesas ocupadas por padres jóvenes que se tomaban un respiro después de haber estado casi toda la tarde con sus hijos en los toboganes del Parque o en el Lago echando de comer a los patos y dando un paseo en la barca del Catarro.
La tarde, la noche y la mañana siguiente pasaron sin pena ni gloria. Ninguno de los dos jóvenes había sido capaz de descifrar el último mensaje. Estuvieron tomando una sepia, cerca de la Plaza Mayor, a eso de la una. Después se sentaron, por sentarse, un ratito frente a la escultura del Conde Ansúrez. No hablaban demasiado: pensaban, cavilaban; se miraban inquisidoramente. Nada de nada.
Iban paseando por la calle Santiago cuando se encontraron de sopetón con Jesús, un compañero y amigo desde siempre. Ella, más cercana y habladora, le contó lo que se traían entre manos. En un principio, Jesús se quedó un poco sorprendido, pero luego se interesó vivamente por el tema; sobre todo por el último mensaje.
- No sé los otros, pero éste seguro que se trata de un fragmento del libro de Miguel Delibes, Las Ratas; el número, probablemente sea la página; y MAX, el seudónimo que utilizaba don Miguel cuando era caricaturista del Norte de Castilla. Tenéis que buscar, en esa página, algo que esté en el Campo Grande.
- Claro que sí. Seguro que Jesús tiene razón, dijo Ángeles. Si ya te dije yo el martes pasado que podían ser textos de Delibes; pero tú, ni caso.
- Bueno, si os parece bien, me dejáis los demás lazos. Luego lo miro en internet y mañana os digo de qué libros se trata exactamente.
- Vale, nosotros buscamos lo de las Ratas. A las cinco, en la Fuente de la Fama, concluyó Miguel.
Jesús, cinco minutos antes de la hora, ya estaba sentado debajo del cedro del Líbano rodeado de pavos reales. Miguel y Ángeles llegaron un poco más tarde. Cada uno, por su parte, llevaba el encargo resuelto. Efectivamente, como había dicho Jesús, todos los textos de los lazos verdes eran fragmentos de distintos libros de don Miguel: LA SOMBRA DEL CIPRÉS ES ALARGADA, EL OTRO FÚTBOL y EL CAMINO. Ángeles y Miguel leyeron la página 14 de una de las ediciones de las Ratas y anotaron como pista: “junto al Pajero se alzaba el palomar de Justino, y el niño, al cruzar frente a él, palmeó fuerte dos veces y el bando de palomas se arrancó alborotadamente con un ruido frenético de ropa sacudida”.
- Si os parece, nos acercamos hasta el palomar; insinuó Ángeles.
- Vale, respondieron Jesús y Miguel.
Jesús era el que ponía un poco más de entusiasmo; Ángeles y Miguel estaban ya un poco cansados de tanta rutinaria búsqueda para nada. La salvaje vegetación del Campo, llena de todo tipo de arbustos y árboles -pinsapos, fotimias, magnolias, árboles del amor, cedros del Líbano, tilos, tejos, abedules, álamos, chopos, fresnos, ciruelos rojos, nísperos del Japón, celindas, nogales, encinas, plátanos de sombra, castaños de Indias acacias…- hacían más entretenido y refrescante el detectivesco paseo.
Según se estaban acercando al palomar, vieron como, culebreando, caía desde lo alto del tejado una cinta verde, atada a un palo, a modo de serpentina. Alguien lo había lanzado desde la parte de atrás. Ángeles anotó el escrito: “Ha hecho un día de primavera. Fuimos en el tren a San Miguel y de allí al río meneando las tabas. Había dos que nos tomaran la delantera y tenían los puestos al norte de la isla, pera el barquero dijo que tanto daba la parte porque la querencia varía y todo es cuestión de acertar”-YA OS QUEDA MENOS, ESTÁIS A PUNTO- Los tres se miraron y se dirigieron al estanque. Cuando llegaron, dos patos cucharas, un pato porrón y un cisne escoltaban a la barca del Capitán del lago: Luis Gallego “El Catarro” Entre los tripulantes, Nicolás flameando otro lazo verde; el sexto: “¿Quiere decir vuesa paternidad que nuestros sacrificios, nuestros sufragios, nuestras oraciones son inútiles, carecen de sentido?”
Sí, he sido yo. No te enfades Miguel, dijo Nicolás. Solo quería que Ángeles conociera mejor el Campo Grande y los libros de don Miguel. El lazo número siete, el que queda de esta historia, será el homenaje que la ciudad de Valladolid dedique todos los años a su ESCRITOR UNIVERSAL: “El 17 de octubre, escritores de todas las latitudes vendrán a la Fuente de la Fama para regalar un lazo verde y un libro a todo el que visite el Campo Grande. Será el DÍA DEL LIBRO DE CASTILLA y LEÓN”.

Andrés C. Bermejo

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