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Llorar como una magdalena

María Magdalena llorando. Anónimo Flamenco (s XVI)

Es decir, llorar. Porque no siempre ocurre que se llore de verdad. Se hace también de mentirijillas. Lágrimas de cocodrilo, suele decirse. Llorar tiene su superlativo cuando las lágrimas son de sangre, como también su ínfima expresión cuando a los pucheros no le sigue absolutamente nada.
A La Magdalena se le atribuyen lágrimas en exceso, según el relato evangélico, y tal vez por eso sirva ese dicho para quien llora y llora sin pausa ni consuelo. Así, que yo recuerde, y porque la tradición en esto también juega, María Magdalena enjugó a Jesús los pies con sus lágrimas, lloró junto a otras en el camino del Calvario, en el Descendimiento la sitúan también al pie de la cruz llorosa, y luego en el huerto, junto a la tumba vacía, vuelve a llorar, de manera que un a modo de hortelano la pregunta ¿por qué lloras? Luego, el resto de su vida, y tal como la describen pintores de tronío, lloró y lloró a más no poder, no debió hacer otra cosa. La pecadora arrepentida. Pues eso.
Sin embargo, no creo yo que eso la haga justicia. No me imagino así a María la de Magdala. Si Jesús se fijó en ella, y si ella tal vez se fijara antes en Jesús, tuvo que ser por otra cosa. Esta persona, de sexo femenino, a buen seguro no era de lágrima fácil, ni abundante; incluso yo diría que era de llorar en seco. Casi como las Dolorosas de mi tierra, con el llanto en los adentros.
Tal vez llorara al modo de Jesús en la muerte de su amigo Lázaro, con el corazón en la garganta, o ante Jerusalén y su terrible destino, o en el diálogo tenso con el Abba al decir de la carta a los Hebreos. A Jesús nadie lo consideró llorón pero sí de tener entrañas que se conmovían ante el dolor ajeno. También el relato evangélico lo dice.
Sí, Magdalena llora y lo hace de verdad. Llora como cualquier ser humano puede hacerlo cuando es feliz, cuando se le han roto todas las esperanzas, cuando ve a la persona querida maltratada, cuando se enfrenta a la decisión fundamental de su existencia, cuando el corazón se le ha inundado de paz. Llora por el vacío, por la injusticia, frente al sinsentido y la barbarie, por pura misericordia.
Pero hoy no se trata de eso. Hoy, que es su fiesta, lo que Jesús le repite, luego de habérselo preguntado los ángeles, es que es bobada llorar, que ni es momento ni hay razón; que lo único que cabe en ese encuentro es el mutuo reconocimiento:
- ¡María!
- ¡Rabbuni!


¡Qué cosas publicas!



No lo dicen, pero sé que lo piensan. No me importa. Ni que piensen eso, ni que lo callen. Y si decidieran pensar otra cosa, y además expresarla, tampoco me importaría. Es el juego de la libertad, cuyo límite es enorme y sólo ajustado al espacio donde reside la libertad ajena. Hay, por tanto, mucho margen.
Ya sé que hay quien ocupa mucho, demasiado. Bastante más de lo que realmente necesita y sería razonable. No siempre tiene con qué rellenarlo y lo ostenta vacío o casi. Pero lo reclama para sí, y lo defiende como propio.
También hay, menos mal, quien no necesita sino una pequeña parcela, y le sobra para tener lo suyo bien recogidito.
Si se da un tira y afloja, –si llegara el roce o la intromisión–, yo abogo por ceder espacio y recoger velas, antes que lo contrario. No es buena la confrontación, porque tampoco es tanto lo que vale verdaderamente.
Es así que acaba de llegarme una versión novedosa, no nueva, de la oración más entrañable que tenemos los creyentes en Jesús. Me la ofrecen como alternativa superior a la que uso. La llamada “oración dominical”, el Padrenuestro, así todo junto, es, en lo que conozco, la oración más universal que se reza y se ha rezado nunca jamás. Si a partir de ahora hubiera que cambiarla, o emplear las supuestas palabras exactas que utilizó Jesús, me lo pondrían difícil, porque ya tengo la memoria floja y en idiomas nunca he logrado destacar.
Pongamos que Jesús utilizó estas palabras, escritas tal y como dicen que están en algún lugar escritas:

Y supongamos también que su traducción más completa fuera esta:
Padre-Madre, Respiración de la Vida.
¡Fuente del sonido, Acción sin palabras, Creador del Cosmos!
Haz brillar tu luz dentro de nosotros, entre nosotros y fuera de nosotros, para que podamos hacerla útil.
Ayúdanos a seguir nuestro camino respirando tan sólo el sentimiento que emana de Ti.
Nuestro Yo, en el mismo paso, pueda estar con el Tuyo, para que caminemos como Reyes y Reinas con todas las otras criaturas.
Que tu deseo y el nuestro, sean uno sólo, en toda la Luz, así como en todas las formas, en toda existencia individual, así como en todas las comunidades.
Haznos sentir el alma de la Tierra dentro de nosotros, pues, de esta forma, sentiremos la Sabiduría que existe en todo.
No permitas que la superficialidad y la apariencia de las cosas del mundo nos engañen, y nos libere de todo aquello que impide nuestro crecimiento.
No nos dejes caer en el olvido de que Tú eres el Poder y la Gloria del mundo, la Canción que se renueva de tiempo en tiempo y que todo lo embellece.
Que Tu amor esté sólo donde crecen nuestras acciones.
¡Qué así sea!
Yo no lo discutiría, porque es sabido que las lenguas antiguas, como el hebreo y el arameo, eran más para hablar que para escribir. Además no tenían vocales, lo cual daba pie para que usando las mismas grafías e incluso parecidos sonidos, expresaran mucho más de lo que quienes procedemos del griego y el latín, por cultura y exceso de racionalismo, logramos entender.
Sin embargo, sí me permito discrepar en cuanto que no me imagino a las gentes paisanas de Jesús, la inmensa mayoría pobladores del campo e iletrados que no incultos, aprendiéndose de corrido esta plegaria, que no está hecha para ser escrita en piedra.
Yo pienso que Jesús, más que palabras concretas, mostró un estilo, un a modo de orar desde lo que él y su gente vivía y tenía entre manos.
De mismo modo que parece que dijo «Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos, porque así te ha parecido bien» (Mt 11, 25-26),  diría «Cuando oréis decid: Padre nuestro del cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. El pan de cada día dánosle hoy, perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal» (Mt 6, 9-14). Con palabras sencillas y las justas; ni más ni menos, porque él también había dicho «Cuando oréis, no uséis muchas palabras, como hacen los paganos que se imaginan que por hablar mucho les harán caso» (Mt 6, 7).
No somos semitas, y no podemos orar como si lo fuéramos. Tal vez por momentos nos sirva adoptar cosas buenas de otras culturas, sean de oriente, sean de occidente. Fijémonos en Jesús y, a nuestro modo, hagamos como él hizo.
Y de ninguna manera repitamos, como suele hacerse, la materialidad de las palabras si no va acompaña de una disposición y unos sentimientos que se asemejen, aunque sea de lejos, a los de Jesús.
Lo último que he oído esta mañana: “Como no me pusiste penitencia el otro día, he rezado tres rosarios”. Ya le dije que menuda penitencia se buscó en lugar de pensar en lo que había hecho y mirar a ver cómo no volvía  a repetirlo.

Por si alguien quiere a pesar de todo aprenderse el texto y recitarlo alguna vez, aquí está en arameo el padrenuestro según la versión más probable, no en vano la defiende John P. Meier en el volumen 2-1, pág: 357, de Un Judío Marginal (Editorial Verbo Divino, 4ª edición 2008), que corresponde al evangelio de Lucas (11, 2-4):

’abba’                                                           Padre,
yitqaddash shemak                                       santificado sea tu nombre;
te’teh malkutak                                             venga tu reino;
lajman’ di misteya’ hab                                nuestro pan de cada día
lanah yoma’ denah                                       dánoslo hoy;
ushebuq lanah jobayna’                               y perdónanos nuestras deudas
kedi shebaqna’ lejayyabayna’                      como nosotros perdonamos a nuestros deudores;
we’al ta’elinnana’ lenisyon                          y no nos lleves a la prueba

John P. Meier y Un Judío Marginal



John Paul Meier, nacido en 1942, es un jesuita yanki e investigador bíblico. Estudió en St. Joseph's Seminary and College (1964), en la Universidad Gregoriana (1968) y en el Instituto Bíblico (1976). Es profesor de Teología en la Universidad Notre Dame y su labor investigadora incluye estudios bíblicos y el cristianismo y judaísmo en la antigüedad. Además es también profesor de Nuevo Testamento en The Catholic University of America. Y ha sido director de la revista Catholic Biblical Quarterly y presidente de la Catholic Biblical Association.
Sin lugar a dudas su obra más importante es A Marginal Jew: Rethinking the Historical Jesus, publicada en español como Un Judío Marginal. Nueva visión del Jesús histórico, en EVD, Estella, Navarra. Esta magna obra, de la que hasta el momento han sido publicados cinco partes, inicia su existencia en 1991 con la aparición de su primer volumen en versión original. Sin embargo, su principio tiene que estar mucho más atrás, ya que es imposible imaginar que de la noche a la mañana haya conseguido reunir tal cantidad de información, erudición y material bibliográfico. En efecto, él mismo lo explica en el comienzo del primer tomo. En 1984 se puso a ello.
Sirviéndose de todos los conocimientos actuales, la obra examina la historia de Jesús, haciéndolo con el máximo rigor científico y con un gran esfuerzo de objetividad. El «Jesús histórico» es un tema de permanente actualidad. En nuestros días, quizá más que nunca, interesa a los investigadores y suscita grandes discusiones que con frecuencia llegan a la opinión pública, sobre todo en Estados Unidos. Meier conoce muy bien estas controversias, pero opta, muy acertadamente, más que por discutir otras opiniones, por examinar de forma crítica y detallada todos los datos que poseemos.
Parte de un supuesto. Con sus propias palabras:
«Para explicar a mis colegas universitarios lo que me propongo hacer en este libro, suelo recurrir a la fantasía del “cónclave no papal”. Supongamos que a un católico, un protestante, un judío y un agnóstico –todos ellos historiadores serios y conocedores de los movimientos religiosos del siglo I– se les encerrase en un lugar reservado de la biblioteca de la Escuela de Teología de Harvard, sometidos a una dieta espartana y con la prohibición de salir de allí hasta no haber alcanzado un acuerdo, reflejado en documento, sobre quién fue Jesús de Nazaret y qué intentó en su tiempo y lugar. Exigencia primordial de ese documento sería que estuviese basado en fuentes y argumentos puramente históricos. La “fórmula de concordia” resultante -una fórmula no religiosa- tendría todos los defectos que suelen presentar las declaraciones ecuménicas redactadas por comisiones. A veces se buscaría cuidadosamente un lenguaje ambiguo para ocultar las disensiones, a veces se admitirían abiertamente puntos de divergencia en los que no se pudiese alcanzar un acuerdo. Probablemente, ese documento sobre Jesús no reflejaría la opinión total de ninguno de los miembros del famélico conclave, y ciertamente no contendría afirmaciones que el miembro católico o el protestante mantendrían con firmeza en virtud de su fe. La exigencia básica de que el documento consensuado fuera susceptible de verificación por todos y cada uno utilizando los medios de la moderna investigación histórica produciría un ángulo de visión estrecho, una percepción fragmentaria, quizá hasta distorsiones.
No obstante, algo se habría ganado. Tendríamos un bosquejo de lo que esa entelequia, “toda la gente razonable”, podría decir acerca del Jesús histórico. El documento en cuestión podría servir como base común, como punto de partida para un diálogo entre cristianos y judíos, entre las diferentes confesiones cristianas y entre creyentes y no creyentes, y como invitación para ulteriores investigaciones por parte de historiadores y teólogos. Pues bien, esa limitada declaración de concordia, que no pretende sustituir al Cristo de la fe, es el modesto objetivo de la presente obra.»
El método que utiliza al acercarse a la realidad de entonces a partir de los datos que hasta ahora nos han llegado, para alcanzar al “Jesús real”, se compone de estos criterios que Meier se ha encontrado en el campo de la investigación bíblica:
1. Criterio de dificultad o de contradicción. El criterio de "dificultad" (así Schillebeeckx) o "contradicción" (así Meyer) se centra en acciones o dichos de Jesús que habrían desconcertado o creado dificultades a la Iglesia primitiva. Lo esencial de este criterio es que difícilmente la Iglesia primitiva se habría molestado en crear un material únicamente susceptible de dejarla en una posición difícil o debilitada en las disputas con sus oponentes. Por el contrario, el material embarazoso procedente de Jesús habría sido suprimido o suavizado en etapas posteriores de la tradición evangélica, y frecuentemente sería posible seguir la pista de esa progresiva supresión o adaptación a través de los cuatro Evangelios.
2. Criterio de discontinuidad. El criterio de discontinuidad (llamado también de disimilitud, de originalidad o de irreductibilidad dual) se centra en las palabras o hechos de Jesús que no pueden derivarse del judaísmo de su época ni de la Iglesia primitiva posterior a él. Ejemplos que se suelen dar al respecto son su radical prohibición de todo juramento (Mt 5,34,37; pero cf. Sant 5,12), su rechazo del ayuno voluntario para sus discípulos (Mc 2,18-22 parr.) y, como posibilidad, su total prohibición del divorcio (Mc 10,2-12 par.; Lc 16,18 par.).
3. Criterio de testimonio múltiple. El criterio de testimonio múltiple (o de “referencias cruzadas”) se centra en aquellos dichos y hechos de Jesús que están atestiguados en más de una fuente literaria independiente (p. ej., Marcos, Q, Pablo, Juan) y/o en más de una forma o género literario (p. ej., parábola, relato de controversia, relato de milagro, profecía, aforismo).
4. Criterio de coherencia. El criterio de coherencia (o congruencia o conformidad) sólo puede entrar en juego después de haber aislado cierta cantidad de material histórico mediante la aplicación de los criterios anteriores. El criterio de coherencia sostiene que otros hechos y dichos que encajan bien en la “base de datos” preliminar, establecida mediante la aplicación de los tres primeros criterios, tienen buenas probabilidades de ser históricos (p. ej., los dichos concernientes a la llegada del reino de Dios o las disputas con adversarios sobre la observancia de la ley).
5. Criterio de rechazo y ejecución. El criterio relativo al rechazo y a la ejecución de Jesús difiere notablemente de los cuatro primeros criterios. No indica directamente si un determinado dicho o hecho de Jesús es auténtico. Lo que hace es guiar nuestra atención hacia el hecho histórico de que Jesús encontró un violento final a manos de funcionarios judíos y romanos, y luego nos pregunta qué palabras y hechos históricos de Jesús pueden explicar su muerte y crucifixión como “rey de los judíos”.
6. Criterio de huellas del arameo. Joachim Jeremias y muchos de sus discípulos señalan que las huellas de vocabulario, gramática, sintaxis, ritmo y rima arameos en la versión griega de los dichos de Jesús son como signos de autenticidad de tal o cual dicho. Usado negativamente, este criterio arrojaría dudas sobre todo dicho que no permitiera una fácil retroversión del griego al arameo. A primera vista, este criterio parece científico, puesto que descansa sobre un rico fondo de datos filológicos constituido en el siglo XX por expertos en arameo de la talla de Jeremias, Matthew Black, Geza Yermes y Joseph Fitzmyer.
7. Criterio del ambiente palestino. Muy similar al del arameo, el criterio del ambiente palestino afirma que los dichos de Jesús que reflejan costumbres, creencias, procedimientos judiciales, prácticas comerciales y agrícolas o condiciones sociales y políticas peculiares de la Palestina del siglo I tienen buenas probabilidades de ser auténticos.
8. Criterio de la viveza narrativa. En los relatos de los Evangelios, la viveza y los detalles concretos –especialmente cuando éstos no son relevantes para el punto central del relato– se consideran a veces como indicios de información por parte de un testigo presencial.
9. Criterio de las tendencias evolutivas de la tradición sinóptica.
10. Criterio de presunción histórica.
Cada capítulo está dotado de un almacén inmenso de notas críticas. En lugar de ir situadas a pie de página, están colocadas al final y todas seguidas, de manera que uno puede leer el texto sin atender a las notas, o por el contrario, si este es el interés del lector, comprobar cada afirmación al detalle en las exhaustivas explicaciones que el autor aporta a cada afirmación que hace. Como hecho anecdótico pero altamente ilustrativo, el capítulo 5 del primer volumen, por ejemplo, consta de 30 páginas de texto a tamaño y espacio normal, y 147 notas que ocupan 22 páginas de texto en tamaño reducido y espacio comprimido.
En principio esta obra está pensada para que pueda acceder a ella cualquier persona que sepa leer y esté interesada. Además ha de tener tiempo y paciencia, porque es abultada y no se termina ni en un día ni en un mes. Si se trata de un lector que quiere profundizar, puede hacerlo hasta donde consiga llegar. No acabará, porque es un pozo sin fondo. O el fondo estará allí donde cada quien lo quiera situar. Es decir, vale tanto para especialistas como para simples curiosos. Puede servir para una reflexión personal y para trabajar en grupo. Y en todo caso, si se consigue llegar hasta el final, no hay necesidad que buscar más información. Está todo.
Este es el índice general de esta magna obra:

Tomo I. Las raíces del problema y de la persona (Publicado en castellano en 1997, 417 páginas)
¿Fue Jesús concebido virginalmente? ¿tenía hermanos y hermanas? ¿estaba casado o soltero? ¿era analfabeto o dominaba el griego y el hebreo además del arameo?
Capítulo 1. Conceptos básicos: El Jesús real y el Jesús histórico
Capítulo 2. Fuentes: Los libros canónicos del Nuevo Testamento
Capítulo 3. Fuentes: Josefo
Capítulo 4. Fuentes: Otros escritos paganos y judíos
Capítulo 5. Fuentes: Los agrapha y los evangelios apócrifos
Capítulo 6. Criterios: ¿Cómo decidimos qué es lo que proviene de Jesús?
Capítulo 7. Conclusión de la primera parte: importancia de la búsqueda del Jesús histórico
Capítulo 8. En el principio... Los orígenes de Jesús de Nazaret
Capítulo 9. En el ínterin... (I) Lengua, educación y status socioeconómico
Capítulo 10. En el ínterin (II) Familia, estado civil y condición laica
Capítulo 11. “El año decimoquinto” Cronología de la vida de Jesús

Tomo II/1. Juan y Jesús. El reino de Dios (Publicado en castellano en 1997, 581 páginas)
En este volumen se inicia el tratamiento directo de los dichos y hechos de Jesús correspondientes a su ministerio público. Está dividido en tres partes principales: “el mentor”, “el mensaje” y “los milagros” títulos claramente alusivos al contenido.
Capítulo 12. Juan sin Jesús. El Bautista y su rito bautismal
Capítulo 13. Jesús con Juan y sin él
Capítulo 14. El Reino de Dios. La venida de Dios con poder para reinar. Trasfondo
Capítulo 15. El Reino de Dios. La venida de Dios con poder para reinar. Jesús proclama un reino futuro
Capítulo 16. El Reino de Dios. La venida de Dios con poder para reinar. El Reino ya presente

Tomo II/2. Los milagros (Publicado en castellano en 1997, 606 páginas)
Estudia muy exhaustivamente el tema de los milagros.
Capítulo 17. Los milagros y la mentalidad moderna
Capítulo 18. Los milagros y la mentalidad antigua
Capítulo 19. Historicidad de los milagros de Jesús
Capítulo 20. Exorcismos
Capítulo 21. Curaciones
Capítulo 22. Resurrecciones
Capítulo 23. Los llamados milagros sobre la naturaleza

Tomo III. Compañeros y competidores (Publicado en castellano en 2003, 631 páginas)
Trata de la decisiva red de relaciones de Jesucristo con grupos e individuos judíos, demasiado a menudo desatendida en trabajos sobre el Jesús histórico.
Introducción al tomo III: Jesús el judío, en sus relaciones con otros judíos
Capítulo 24. Jesús en relación con sus seguidores. Las multitudes
Capítulo 25. Jesús en relación con sus seguidores. Los discípulos
Capítulo 26. Jesús en relación con sus seguidores. Existencia y naturaleza de los Doce
Capítulo 27. Jesús en relación con sus seguidores. Los distintos miembros de los Doce
Capítulo 28. Jesús en relación con grupos competidores judíos. Los fariseos
Capítulo 29. Jesús en relación con grupos competidores judíos. Los saduceos
Capítulo 30. Jesús en relación con grupos competidores judíos. Los esenios y otros grupos
Conclusión al tomo III: Las relaciones judías de Jesús, dentro de la imagen global

Tomo IV. Ley y amor (Publicado en castellano en 2010, 734 páginas)
Después de corregir conceptos erróneos respecto a la Ley mosaica en tiempos de Jesús, este volumen se ocupa de las enseñanzas de Jesús sobre importantes materias legales como el divorcio, los juramentos, el sábado, las leyes de pureza y los diversos mandamientos de amor contenidos en los Evangelios. Lo que resulta de la investigación de Meier es el perfil de un complicado judío palestino del siglo primero, que, lejos de intentar abolir la Ley, entró a fondo en debates concernientes a su observancia. Para Meier, sólo teniendo presente esta imagen del Jesús histórico tan interesado en cuestiones de la Torá se puede evitar el común error de construir teología moral cristiana so capa de estudiar «Jesús y la Ley».
Introducción al tomo IV: El Jesús histórico es el Jesús haláquico
Capítulo 31. Jesús y la Ley – Pero ¿qué es la Ley?
Capítulo 32. Enseñanza de Jesús sobre el divorcio
Capítulo 33. La prohibición de los juramentos
Capítulo 34. Jesús y el Sábado
Capítulo 35. Jesús y las leyes de pureza
Capítulo 36. Ampliando el foco: Los mandamientos de amor de Jesús

Actualmente me encuentro leyendo al comienzo del tomo II/2. No estoy preparado para hacer una valoración, carezco del bagaje cultural necesario. Tampoco para compararlo con otros trabajos de otros autores, por ejemplo con Jesús. Aproximación histórica, de José Antonio Pagola. Sin embargo, aun comprendiendo que no puedo dedicar a su lectura todo el tiempo que quisiera, veo conveniente no dejarlo dormir tan a menudo y por espacios tan largos; luego cuesta retomar el hilo. Porque sí puedo afirmar que la visión que expone el autor y que por tanto uno mismo recibe es tan novedosa, tan impactante, tan fundamental para la propia reflexión y para su luego manifestación en el trabajo pastoral, que no puedo más que avergonzarme de no haberme terminado ya el último capítulo de los treinta y seis.
Doy por bien pagados los euros que cuesta, y son muchos. No sólo van a poder disfrutar de ella los estudiantes de las buenas bibliotecas. Entre “en papel” y “en virtual”, también la tengo yo enterita. Quien no la tenga y no la quiera, allá cuidados, él o ella se lo pierden. Mi gente sabrá que estoy leyéndola, porque lo que de mí reciba tenga visos de credibilidad histórica.

¿Cómo acabar?



Me sucede como demasiada frecuencia. Sé cómo empiezo, no consigo imaginar dónde terminaré. Ya tengo alguna experiencia y, a fuerza de hacer siempre lo mismo, en el momento de empezar a hablar puedo suponer, y supongo, que expresaré algo que en el principio ni estaba en mí ni en el tintero, mucho menos en el papel. Así que cuando viene alguien y me dice oye tú, dame lo que acabas de decir, tengo que responder que ni lo tengo ni sé exactamente qué ha sido.
Hay otras veces que leo; son las menos. Entonces, en una segunda o ulterior lectura, no me encuentro; y quisiera no haberlo dicho, al menos no de esa determinada manera; y reniego, aunque no pueda negarlo: escrito está. Entonces paso página y abro cuenta nueva.
Esto que me sirve a mí no es de ninguna utilidad para el resto, y el resto son todos los demás; demasiados. Por eso me digo con frecuencia miguelángel sé prudente, piensa más las cosas, no llegues a conclusiones que luego tengas que explicar… y no sepas cómo, o sí pero te dejen tal que con el culo en pompa.
Se avecina otra marejada familiar; mejor dicho, marejadas; hay abiertos varios frentes. ¿Incidirán en lo mismo? ¿Partirán de supuestos diferentes? ¿Se llevarán a cabo según distintos, e incluso enfrentados, discursos? ¿Con el Real o con el Barça?
Me repito que un único modelo es castrante, además de ser incierto. Vamos, que es mentira. Por el contrario la diversidad es enriquecedora. Claro, e inquietante. Ahí está lo bueno. Que cada cual opte, y se la juegue. No está bien encorsetar, tabular y pontificar. Eso produce exclusión… y dolor.
María, José y Jesús, lo que se ha dado en llamar sagrada familia, –lo pongo en minúscula porque no es un absoluto–, constituyen un “ente” de difícil acomodo; entonces… y ahora. ¿Modelo de qué? ¿Ejemplo para quiénes?
Y recuerdo que en cierta ocasión escribí y dije, ¿o no lo dije aunque está escrito?, “La Sagrada Familia, en la que nació Jesús, y que se nos ofrece como modelo de convivencia humana y de fe en Dios, en lo humano resultó una historia de fracasos continuos y desde luego resulta un modelo por vía negativa para nuestros días; muchas de las circunstancias que la rodearon son un ejemplo de lo que deberíamos evitar en la medida de lo posible: familia rechazada por la propia familia, que tiene que cobijarse en los arrabales de la ciudad; el misterio de una concepción no compartida que hay que ocultar vergonzantemente; la emigración forzosa por el rechazo de la propia sangre; el hijo y su misión incomprensible para sus padres; el callado y discreto padre, la humilde y silenciosa madre; la trágica realidad de la persecución, juicio y muerte del hijo, el futuro familiar…” (2001) Porque, según dije en otro momento, “María no fue la esposa sumisa, con la pierna quebrada y en casa. José no fue el patriarca dominante y machista. Jesús no fue el hijo callado y obediente.” (1993) Y que desde luego rompió con todas las tradiciones y costumbres habidas y por haber, añadiría ahora.
¡Cuánto echo de menos aquella pequeña y coquetona iglesia! –Le dije el otro día a Javier, el franciscano que regenta ahora la imponente iglesia de San Antonio, donde reside la parroquia de La Inmaculada. Cambió el tamaño, la denominación e incluso de mano; ahora está en los impares del Paseo de Zorrilla, a la derecha según se va. Ya es coincidencia.
La primitiva Sagrada Familia estaba a la derecha según se viene, pero como daba a tres calles esa descripción no vale; en realidad era inclasificable su orientación, era lo que era, una cosa única, irrepetible, inimitable. Dabas con ella sí o sí, no había otra.
Sí, yo creo que esta es la mejor conclusión a que puedo llegar. Aquella familia de Nazaret es un hito en la historia; ni antes ni después, sólo entonces fue posible… y existió. Ahora toca inventarse cómo.
No lo tienen nada fácil, quizás por eso hay tan pocas bodas; al asunto de la crisis, que mete miedo, se unen otros asuntos, y por eso dudan, atrasan e incluso inventan nuevas formas de convivencia, y las leyes no consiguen ordenar lo que no puede atarse con un vulgar contrato.
Cada vez que empiezo un expediente de matrimonio y veo en el impreso del exhorto eso de “hijo/a legítimo/a de” me lo salto a posta. Pero ya hace bastante que no hago ninguno. Son los tiempos.

María de Magdala, La Magdalena. Santa por la gracia de Dios


Jesús resucitado y María Magdalena. Tiziano
 
Así, tal como lo pintó Tiziano lo relatan los evangelios. Sí, María de Magdala, – La Magdalena–, fue la primera persona a la que Jesús resucitado se dirige para darse a conocer y para convertirla en la primera testigo de su victoria sobre la muerte.
Este hecho tan sencillo fue sin embargo transcendental, aunque la historia y sobre todo los manejos poco ortodoxos, tratan de aparcarlo a un lado.
No fue casualidad, ni una suerte de lotería que le tocara a María. Fue elegida, pero ella también puso de su parte. Para entenderlo hay que empezar a mirar las cosas con perspectiva y desde mucho antes.
Hoy, que es su día, Santa María Magdalena, bien merece la pena entretenerse un poco y repasar cosas ya leídas y tal vez olvidadas.

LAS PROSTITUTAS VAN DELANTE

Comenzaba el mes de Nisán, el de la primavera. La llanura de Esdrelón amaneció vestida de margaritas amarillas y lirios silvestres. Todo el campo olía a tierra húmeda esperando los nuevos brotes. En dos días dejamos atrás Galilea y Samaria. Íbamos hacia Judea, la tierra seca.

Al tercer día de camino, vimos aparecer allá al fondo la silueta de Jerusalén, la ciudad santa, preparándose ya para la próxima fiesta de Pascua.

María - Jesús, hijo, tengo miedo.
Jesús - ¿De qué, mamá?
María - De Jerusalén. Otras veces, cuando veía de lejos las murallas de la ciudad, me parecía la corona de una reina. No sé, ahora me parecen muchos dientes de piedra, como si fuera una gran boca abierta, amenazando.
Jesús - Jerusalén es una reina, sí, pero una reina asesina. Cuando un profeta levanta la cabeza para denunciarla, esa gran boca se cierra y muerde.
María - ¡Ay, hijo, por Dios, no hables así, que me asustas más todavía!

Ya estaba oscureciendo cuando, muy cansados y con los pies llenos de ampollas, cruzamos por la Puerta que llaman del Pescado y entramos en Jerusalén. Teníamos que pasar cerca del muro de los asmoneos, donde todas las noches, en hilera y muy pintarrajeadas, se exhibían las prostitutas de Jerusalén.

Salomé - ¡Oye a esas mujerzuelas cantando! Pero, ¿es que no tienen vergüenza?
Felipe - Bueno, doña Salomé, si la mercancía no se anuncia, no se vende. Cuando yo iba con mi carretón hacía lo mismo.
Salomé - No seas indecente, Felipe.
Felipe - Además, ahí donde usted las ve, esas mujeres son unas infelices.
Salomé - Para ver ya tengo bastante con nuestra “magdalenita”. Mírala, fíjate cómo se le van los ojos hacia allá.
Filomena - ¡María, María!

Cuando nos dimos cuenta, María, la de Magdala, ya había echado a correr para saludar a aquella amiga suya que le hacía señas desde el muro.

Salomé - ¿No te lo dije yo, Felipe? ¡La cabra tira al monte!

En el muro, Filomena recibió a María con abrazos y besos.

Filomena - Caramba, Mariíta, ¿y qué vientos te traen por acá, muchacha?
Magdalena - Eso digo yo, Filomena, ¿qué haces tú aquí en Jerusalén? ¿Qué se te perdió en esta ciudad de locos?
Filomena - Se me perdió la vergüenza. Pero, aparte de eso, nada más. María, muchacha, tú estás joven todavía, pero yo doblé ya la curva de los treinta. Antes los clientes corrían detrás de mí. Ahora soy yo la que corro detrás de ellos, ¿comprendes?
Magdalena - ¡Y tanto corriste que llegaste a Jerusalén!
Filomena - Así mismo, compañera. Pero, por lo visto, tú también te mudas a la capital. ¿Qué? ¿Te fueron mal las cosas en Cafarnaum?
Magdalena - No, Filomena, lo que pasa es que ya dejé el negocio.
Filomena - ¿Cómo? ¿Qué oigo? ¿Nos has traicionado? ¡No te lo creo, María!
Magdalena - Pues créemelo, Filo. Desde hace un par de meses no le echo sebo a la lámpara.
Filomena - ¿Y qué haces ahora, muchacha, dime?
Magdalena - Me metí en otro negocio, Filo.
Filomena - ¿Qué? ¿Contrabando de púrpura? ¿Amuletos de cocodrilo?
Magdalena - No, nada de eso. Reino de Dios.
Filomena - ¿Reino de Dios? ¿Y con qué se come eso?
Magdalena - Parece que Dios se cansó de todo esto y sacó la jeta por entre las nubes y dijo: ¡Aprendan a nadar los que no sepan porque ahí les va otro diluvio peor que el primero!
Filomena - Pero, María, ¿qué estás diciendo?
Magdalena - ¡Pssh! Aquí se va a armar un lío grande, Filomena. ¡Los de arriba para abajo y los de abajo para arriba! Yo, por si acaso, ya me apunté en el Reino de Dios.
Filomena - Por el prepucio de Sansón, ¿pero tú te has metido en política, María? ¡Esto es lo último que me faltaba por oír! ¡Ay, qué gracia! Bueno, claro, al fin y al cabo, la política y nuestro negocio tienen mucho parecido. Pero dime, ¿y a quién apoyan ustedes, a los zelotes, a los saduceos o a quién?
Magdalena - ¡Y qué sé yo, Filomena! Yo de eso no entiendo nada. Pero yo voy a donde él va.
Filomena - Pero, ¿de quién me estás hablando?
Magdalena - De Jesús.
Filomena - ¿Y quién es ése?
Magdalena - El mejor tipo que he conocido en mi vida.
Filomena - ¡Ah, ya, ahora caigo de la mata! Ese tipo se enamoró de ti. Y te trajo a Jerusalén.
Magdalena - No, Filo, nada de eso.
Filomena - Bueno, te enamoraste tú de él, que para el caso es lo mismo.
Magdalena - Te digo que no. Esto es otra cosa. Jesús es un tipo especial. ¡Está un poco chiflado, eso sí, pero es un profeta! No, un profeta no. ¿Sabes lo que te digo, Filo? ¡Que Jesús es el mismísimo Mesías!
Filomena - No me extraña. Por este muro pasan todas las noches una docena de Mesías con espada y todo.
Magdalena - Este moreno es distinto, Filo. Cuando habla, cuando te mira así de frente…
Filomena - Tú eres la que estás distinta, María.
Magdalena - Y tú también si lo conocieras. Ea, Filo, ven un momento a saludarlo, ¡anda, ven!
Filomena - Espérate, María, que aquí, a donde va una, van todas. ¡Eh, muchachas, escondan un poco la mercancía y vengan a verle la nariz a un profeta! ¡No se pierdan esto, vengan!

Al poco rato, estábamos rodeados de mujeres mal vestidas, con mucha pintura en la cara y oliendo fuertemente a jazmín.

Magdalena - Bueno, este moreno es Jesús, el que les dije. Y todos éstos son sus amigos. Esta es Filomena, una colega de allá de Magdala y todas estas, sus amigas y…
Filomena - Y para presentaciones ya está bien, ¿no? Vamos, paisano, desembucha, ¿qué lío es ése del Reino de Dios que se traen ustedes? María ya me estuvo contando algo.
Prostituta- ¡A mí me interesa más el rey que el reino, a ver si le caigo simpática! Dime tú, galileo, ¿quién va a sentarse en el trono cuando canten victoria? ¿Tú mismo?
Jesús - No, qué va. En el Reino de Dios ya no habrá tronos ni reyes ni jefes que opriman a los de abajo. Nadie por encima de nadie. Todos hermanos.
Filomena - ¡Me gusta eso, caramba, a ver si yo también puedo librarme de unos cuantos que vienen a babearme encima! ¡Demonios, ésos también te oprimen, ja, ja, ja!

Mi madre Salomé no pudo contenerse…

Salomé - Mira, muchacha, no seas desvergonzada. Para limpiarte esa baba, no tienes que esperar al Reino de Dios. Deja hoy mismo la mala vida que llevas y arrepiéntete.
Filomena - ¿Ah, sí, verdad? Qué facilito lo pinta usted, ¿verdad? Yo no sabía que el arrepentimiento servía para hervir una sopa. A ver, paisana, dígame, ¿cuántos hijos tiene usted?, y perdone el atrevimiento.
Salomé - Tengo dos, a Dios gracias.
Filomena - Pues yo tengo ocho, al diablo las gracias. Al diablo y a mi marido, que debe ser primo hermano de Satanás, porque me dejó ocho veces preñada y ahora se largó y no me ha dado ni un céntimo para criar a mis ocho hijos. ¿Y qué quiere usted que haga, señora? Usted se cree muy señora porque no enseña el ombligo en la calle, ¿verdad? ¡Tampoco Eva enseñó el ombligo porque no lo tenía y mira lo que hizo!
Magdalena - Vamos, Filomena, no te pongas así que se te corre la pintura.
Filomena - ¡Es que me da rabia, María! ¡Caramba con la señora!
Prostituta- Pues a mí lo que me da es ganas de que venga pronto ese Reino de Dios, a ver si mejora la situación, porque a este paso ni con ombligo ni sin ombligo!
Muchacha - ¡Sí, hombre, que sacudan la mata de una vez y tumben a todos los parásitos que están trepados en las ramas!
Felipe - ¡Pshh! No grites tanto, greñuda, que por aquí tiene que haber muchos guardias!
Filomena - ¡Bah, si es por eso! Escuchen, galileos, y tú, Jesús, que debes ser el de la cabeza más caliente: cuando den el golpe, vengan a esconderse aquí con nosotras. Es el sitio más seguro, de veras te lo digo. ¡Nadie va a buscar al Mesías en el burdel de Filomena!
Prostituta- ¿No dicen que fue una colega nuestra la que le salvó la vida a nuestros abuelos cuando pusieron la primera pata en esta tierra? Pues ya saben, cuando empiecen los puñetazos, aquí tienen un buen sitio donde refugiarse.
Jesús - Y cuando empiece el Reino de Dios, ustedes también tendrán un buen sitio, Filomena, un sitio seguro para ti y para tus compañeras. Te lo prometo.
Prostituta- Bueno, bueno, no hablemos de cosas tristes, que la noche la hizo Dios para descansar y alegrarse. Eh, tú, la de los lunares, tú que sabes entonar, échale alguna copla de bienvenida a estos paisanos, ¡que todavía traen encima tierra galilea porque ni las pantorrillas se han lavado!
Muchacha - Pues ahí va mi copla:
A ustedes los galileos
les dedico esta canción
si alguno es mejor coplero
que salga de respondón.
Filomena - ¡Vamos, ahora les toca a ustedes!
Jesús - Arriba, Felipe, tú ahora…
Felipe - Eres muchacha bonita
pero de cabeza loca
eres como una campana
que cualquiera llega y toca.
Filomena - ¿Ah, sí, verdad? ¿Con que campana, verdad? ¡Respóndele a ésa, Monga!
Prostituta- Dicen que el ají chiquito
pica más que la pimienta
más pica tu mala lengua
que sin permiso me mienta.
Filomena - ¡Vamos, vamos, otra! ¡A ver quién gana!
Pedro - Bueno, ahí va una para echar aceite en la herida…
Si yo fuera cantador
mi vida yo te cantara
por ese par de lunares
que tú tienes en la cara.
Salomé - ¡Pedro, no seas fresco, que si se lo cuento a Rufina te va a poner un lunar, pero en otro lado!

Aunque estábamos muy cansados después del viaje, la alegría de aquellas mujeres nos contagió y comenzamos a dar palmadas y a responder a sus coplas. En medio de aquella algarabía, no nos dimos cuenta de lo que pasaba a nuestra espalda.

Fariseo - ¡Mira quién está ahí! ¡Jesús, el galileo! ¡Así lo quería ver yo, arrimado a las prostitutas!
Colega - ¡Parece mentira! ¡Y ése es el que se llama profeta de Dios! ¡Indecente!
Jesús - ¡Eh, ustedes! ¿No quieren venir a cantar y bailar con nosotros?

Los ojos de Jesús se habían cruzado con los de aquellos fariseos, cumplidores de la Ley.

Jesús - Ya que estamos echando coplas, les voy a dedicar ésta a ustedes. Escuchen:
Un padre tenía dos hijos
y a los dos los invitó
a trabajar en su finca
desde que saliera el sol.
El primero dijo no
pero luego le hizo caso
fue a la finca y trabajó.
El segundo dijo sí
pero luego no dio un paso
y no se movió de allí.
Felipe - ¿Y esa copla tan rara, Jesús? Yo no la entendí.
Jesús - Pues aquellos parece que sí la entendieron, porque se han ido. Ellos son los que dicen sí y luego no hacen nada. ¡Hipócritas! Todas estas mujeres valen más que ellos y entrarán primero en el Reino de Dios.
Felipe - Olvídate de eso ahora, Jesús.
Filomena - Sí, déjalos que se vayan. ¡Vamos, Magdalena, échate otra copla y que se alegre el ambiente!
Magdalena - Pues allá va…
Escuchen bien, fariseos
que se creen tan importantes
en este Reino de Dios
las putas van por delante.
Todos - ¡Bien dicho! ¡Otra, otra!

Nos quedamos todavía un buen rato cantando junto al muro de los asmoneos. Jesús estaba muy contento, igual que David cuando bailó en presencia del Señor con las criadas de Jerusalén el día que llevó a la ciudad santa el Arca de la Alianza.



Mateo 21,28-32


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En Jerusalén, ciudad con gran tráfico de comerciantes, lugar de paso de caravanas, peregrinos y «turistas», abundaban las prostitutas. Con ocasión de las fiestas, las posibilidades de trabajo de estas mujeres aumentaba considerablemente. La mayoría de ellas era –como aún sucede generalmente en nuestros países­– de clase social muy baja. Eran mujeres abandonadas por sus maridos, a veces con hijos a los que tenían que alimentar con su esfuerzo o muchachas –como la Magdalena– metidas en el oficio desde muy jóvenes por necesidades económicas, sin posibilidad ya de romper con ese mundo, al que terminaban por acostumbrarse.

Jesús tuvo predilección por las prostitutas. Y esto debe ser interpretado como un signo de profundidad teológica. No fue una predilección paternalista, del maestro puro que se acerca por compasión a la mujer descarriada. Fue una honda simpatía, que le hacía ver en estas mujeres –uno de los estratos más pobres de la sociedad de su tiempo y por eso más necesitado de liberación y esperanza– a las preferidas de Dios. Por mujeres y por prostitutas, ellas eran quizá lo más marginado que uno podía encontrar en Israel. Jesús, sensible a su situación, llegó a decir algo auténticamente escandaloso: Ellas, las rameras, serías las primeras en entrar en el Reino de Dios, junto con los tramposos y mal vistos colaboradores de impuestos. Aquello fue una subversión de toda la moral de su tiempo y por eso produciría una reacción escandalizada ya no sólo entre las clases dirigentes, sino entre gente como Salomé o algunos de los discípulos.

Es pura novela hacer de María Magdalena una mujer enamorada de Jesús. No hay que acudir a este tópico barato para explicar la conversión de aquella pobre mujer. Jesús, al relacionarse con ella de igual a igual, al admitirla en el grupo de sus amigos, al confiar en ella, le devolvió su dignidad perdida. Esto la puso en pie y la hizo cambiar, le hizo intuir cuál era la justicia que Jesús anunciaba cuando hablaba del Reino. La justicia que a ella, pobre entre los pobres, nunca nadie le había hecho, iba a llegar también para las mujeres de su clase, que no tenían en la sociedad más puesto que el de una total dependencia de los caprichos de los varones. Por la esperanza puesta por Jesús en las prostitutas, por su actitud con ellas, Magdalena entendió quién era Dios y cómo era su Reino. Todo esto basta para explicar lógicamente el entusiasmo de María por la causa de Jesús y su cariño por él, sin tener que acudir a ningún romanticismo.

Filomena, la amiga de María, al invitar a Jesús a esconderse en su burdel, está evocando a Rajab, la prostituta de Jericó que salvó a los dos exploradores israelitas que prepararon el camino del pueblo de Israel hacia la Tierra Prometida (Josué 2, 1-24). La carta a los Hebreos alabará la fe de esta ramera (Hebreos 11, 31) y Mateo la incluirá, precisamente por su gesto de solidaridad, en la genealogía del mismo Jesús, más que por fidelidad histórica, como un signo de la cercanía que tienen de Dios estas mujeres a quienes todos rechazan. La copla que Jesús canta contiene el tema de la parábola de «los dos hijos». Es una idea que Jesús repite a lo largo del evangelio, para mostrar cómo los que sólo tienen palabras con las que justificarse y están seguros de sí mismos, satisfechos con lo buenos que son –esos doctores que le escuchan y todos los dirigentes de Israel– se quedarán fuera. Y los otros, los pobres, los señalados con el dedo como inmorales, entrarán en la fiesta de Dios.

La escena de Jesús, cantando con las prostitutas de Jerusalén, está inspirada en el gesto del rey David cuando a la entrada en Jerusalén, acompañando el arca de la alianza, bailó con las criadas y mujeres del pueblo (2 Sam 6, 1-23). En aquella ocasión, la actitud de libertad del rey causó escándalo y le dijeron que se comportaba como «un cualquiera». Iguales críticas se hicieron contra Jesús. Resultaba un escándalo que un profeta se mezclara con aquella ralea, y sobre todo, que se mostrara tan a gusto entre ellas. Tanto en el gesto de David como en el de Jesús, hay un signo que nos revela quién es Dios: El que se hace «uno de tanto entre sus hijos más despreciados».

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 742-749]

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