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Hasta que la muerte nos separe


Son macho y hembra, pero ignoro si forman pareja. Aún no sé quién es quién, pero desde ahora son Codorniz M y Codorniz H. Han llegado como tantos otros seres vivos a esta casa, a la fuerza. La necesidad. Otros desahuciados.
De momento están ahí. Ya se verá si requieren más espacio y otra situación. Tienen lo justito: comida, bebida, luz y tranquilidad.
Ojala esto tan justito fuera común y generalizado. Y duradero.
¿Me estaré volviendo majara?
Pero no. También papa Francisco, a lo que se dice por ahí, está indicando que lo suyo, –y lo nuestro con él–, no es para siempre. Que sólo por un tiempito. A lo más cuatro o cinco años. Y ya lleva dos.
Ni Codorniz M ni Codorniz H tienen sus días asegurados. Durarán lo que duren. Como todo lo demás.
Bien dio a entender Codorniz que esto puede acabar en cualquier momento, y sin avisar.

«Por la mañana brota y florece,
por la tarde se amustia y se seca»

Así se expresa el autor bíblico del Salmo 90 para mostrar la fragilidad de la vida del ser humano. En realidad, de toda vida.
Empieza el poema reconociendo que el Creador es antes de que surgieran los montes, o fueran engendrados cielos y tierra; que puede reducir al polvo todo lo creado. Aún así, Él ha sido siempre refugio de generación en generación para todos los seres vivientes. En especial, los humanos.
Tras impetrar de su magnanimidad que nos enseñe a contar nuestros días para que nos entre sabiduría en el corazón, termina invocando que descienda su dulzura y confirme como obra suya lo que hacemos.
¡Ya es pedir! Que el “polvo” solicite eso, no deja de ser un atrevimiento, una osadía, una auténtica temeridad. Y estamos cometiendo torpezas de ese calibre cada minuto de nuestra existencia.
Estas reflexiones me han surgido al recoger al mediodía el cuerpo exangüe de Codorniz. Con un sentimiento de pena he llevado sus restos al jardín y he guardado la jaula. Con agradecimiento, cenaré esta noche los últimos huevos que me quedan de los veinticuatro con que me obsequió.
Tal vez fuera esta la causa de su muerte, tanto frenesí. El esfuerzo lo aniquiló. Había, sin embargo, saludado a este amanecer de marzo con alegría, y su canto rudo y seco amenizó mi desayuno. Luego, a media mañana, al volver de La Arbolada, lo encontré echado al sol que se colaba por la ventana. Nada hacía presagiar un final tan repentino. Cuando fui a preparar la cacharrería para la comida, lo vi inmóvil, y supe que nuestra relación amistosa llegó a su fin.
Solemos ser previsores, en demasía. Atesoramos mucho más de lo que necesitamos. Calculamos nuestras vidas como si nunca jamás fueran a concluir. Proyectamos cosas que nos perpetúen de por vida, sin caer en la cuenta de que tras nosotros habrá quienes ni las consideren útiles ni las quieran conservar.
No sólo los hombres públicos caen en este fallo. Ese 1% que, según se dice, ha acumulado el 27% de la riqueza total de nuestro país, o ese 10% que se ha apropiado de más de la mitad de nuestras cosas, son igual de fatuos que los faraones que esquilmaron al pueblo, –y no digo su porque no era suyo aunque dispusieran de él–, para enterrarse en imponentes mausoleos donde ahora los encontramos podridos, asquerosos, irreconociblemente reducidos a polvo.
Vanidad de vanidades, dice Qohelet. ¡Ya, pero la vela que va delante es la que más alumbra!
Codorniz ha disfrutado de su corta vida, ha tenido eterna primavera en el crudo invierno, y ha comido cuanto necesitó.  No tuvo descendencia, aunque ella hizo todo lo que pudo, incluso más. Pasa ahora al hoyo que he hecho junto al cedro. Con mi jilguero, mi canario, y Filo, mi perdiz preferida.
Ahora, al terminar de escribir, considero desafortunado el título. Tal vez debería haberme esforzado un poco más para encontrar otro más adecuado. Codorniz no conoció la libertad, nació artificialmente y creció sin tener que buscarse calor ni alimento. Hija de padres desconocidos, su destino era ser abatida en un simulacro de juego cetreril por engalanados cazadores, y su valor con toda seguridad no alcanzó nunca el precio de la pólvora que hubieran gastado. Tuvo la suerte de no pasar por ahí.


Al paso de los días


Con estos tres, Codorniz ha alcanzado la cifra nada desdeñable, –me estoy pensando presentarla al Guinness World Records–, de dos docenas de huevos en cincuenta y tres días. Afortunadamente no está emparejada y yo no me veré en la obligación de instalar en mi chabolo una granja completa. De cuatro en cuatro, o cinco de golpe, los voy incorporando al menú de la cena, para mi satisfacción personal y como homenaje a este plumífero que ocupa un rincón de la cocina.
Algunas veces me digo que lo hace para llamar mi atención y no se me olvide echarle pienso. Otras no me digo nada y pienso que es así la naturaleza.
Como la de Tano, que al llegar la noche, intenta escalar hasta mis rodillas. Lo aúpo y entonces gruñe amenazante a Luna y a Gumi, que pasan olímpicamente. Un rato después, lo deposito sobre una silla y se relaja hasta casi dormirse. Pero no; vigila la hora de acostarme, que es el momento de pasar a tumbarse bajo mi cama sobre la alfombra.
Esto no lo ha hecho la naturaleza, sino la mano humana. Había un enorme nogal, un peral frondoso, varios manzanos y otros frutales. Ahora dicen que va a replantarse… De momento, tierra quemada. ¿Qué había antes? Imposible sacarlo con mi máquina. Está detrás de este apetitoso cascabelero:
Y así he quedado yo, quemado, cuando me he enterado de en qué ha consistido el debate de las Cortes de estos días. Tanto que en las próximas elecciones les va a votar su señora tía, porque servidor ya no tiene ganas de disfrutar echando la papela para que se convierta en papel mojado. Entre unos y otros están haciendo de mí un escéptico. Ya he dejado de sentir indignación. Es posible que me encierre para siempre entre los estrechos límites de mi casa. Y nada de república, soy el rey.

Toca gris


Mientras Codorniz hacía estas cuatro nuevas preciosidades, –ignoro por qué ha decidido cambiar el modelo que ya tenía patentado–, acercándose a una cifra record, decidí aprovechar la experiencia conseguida con mi anterior trabajo y he acometido la traducción y maquetado de un nuevo libro de fotos. Se trata de Hungry Planet: What The World Eats, (pinchar para verlo en picasa), de Peter Menzel y Faith D’Aluisio, que también han recorrido mundo curioseando. Esta vez se trata de qué come el personal.
Es ilustrativo saber cuánto nos llevamos a la boca porque, con el “menudeo” de la compra diaria, uno no se percata de lo que necesita para mantenerse en la existencia. Mirándolo todo así, amontonado y de golpe, surge la sensación horripilante de que nos estamos manducando el mundo. Ya lo había pensado más de una vez, contemplando los enormes carros que se enreatan ante las cajeras y los cajeros de las tiendas, en especial durante los fines de semana y al comienzo de los puentes.
Pero llama más la atención la homogeneidad que se presenta en una gran cantidad de países, no importa a qué continente pertenezcan. Es la globalización irremisible. Hemos uniformizado nuestro paladar a tal manera, que, salvo excepciones muy señaladas, da lo mismo comprar para comer en las antípodas que en la tienda de la esquina.
Y ¿qué decir del contraste que sufre la mirada si se fija en aquellas familias que comen productos “no envasados”? Que son unos pobres diablos y que así no llegarán a ninguna parte.
Aunque no lo pretende, este trabajo fotográfico en parte consigue mostrar la abismal diferencia en los productos alimenticios y en sus precios, según el lugar en donde viva y el nivel económico de cada familia. Hay, ya se sabía, ricos epulones y malditos pobres lázaros.
Comer es un placer. Hacerlo bien, aproxima la dicha. Alimentarse, sin embargo, es un deber, una necesidad y, desgraciadamente, un asunto inalcanzable para muchos seres humanos.

Sumando, mejor que restando



Aunque en tenis lo segundo, hecho bien, da casi seguro ganador. Y con las alcachofas ocurre tres cuartos de lo mismo, lo súper es lo de dentro, tras quitar hojas enormes que ni saben ni mejoran al conjunto.
Nadie duda de que al final lo que importa es contar lo máximo, o siquiera una cifra superior a otra. Ésta es considerada perdedora. Como en balonmano, así de claro.
Claro que no siempre sumar es suficiente; hay que ver qué se tiene en cuenta. No se pueden mezclar peras con manzanas. En esto creo que las matemáticas no son exactas; que me perdonen los universitarios que las hayan escogido, no creo que les sirvan para resolver los grandes problemas con que hayan de enfrentarse en sus vidas.
Pero salvo ciertas excepciones, en la generalidad de los casos a mayor número, más éxito. Incluso cuando se trata de “cosas” negativas, más es superior a menos. Que se lo digan a esos especímenes humanos de quienes todo el mundo dice mal; no por eso dejan de estar en el candelero, en boca de todos, y de aparecer en cualquier medio. Ni uno se salva.
Pero ¡tanta agua es un mal! Ni hablar del peluquín. Esos campos darán fruto en su momento, unos 30, otros 60 y otros 100%; al tiempo. Ahí está el Nilo desbordándose y enriqueciendo las tierras ribereñas con esos limos que deja en el arrastre. Lo sé porque lo estudié de pequeño en la enciclopedia.
¡Ah! ¿Que ahora ya no es así porque está retenido por grandes presas? Pues, no sé…
De la nieve no quiero decir nada, por aquí no ha pasado. Tampoco se la espera.
Quien sigue sumando, para mi disfrute, es Codorniz. Nada le corta que más de una vez le haya espetado ¡qué hará un pájaro como tú en una casa como ésta! Él con uno más se acerca peligrosamente a la docena y media en apenas veintinueve días.
Quien está restando, y a conciencia, es la gripe de este año. Estragos en los grupos, en la asamblea, y no digo cuánto en las residencias que atiendo. Y que no se va, oye tú, es larga y dura…
Con este escrito sumo y resto a la vez. Pero no deja igual el resultado, desmerece. Con toda seguridad.
Codorniz es quien sale mejorado.


Ardor guerrero


Bien viene alguna vez, pero ojito con él. Te inflama y luego de explotado te das cuenta de que la has pifiado.
Viene esto a cuento de un correo que he recibido esta mañana. La foto y la información que la acompañaba me indignaron de tal forma que no lo pensé: en lugar de reenviarlo a todas mis direcciones, como se me “exigía” bajo amenaza de “obligación moral”, lo colgué de este blog para pública exposición. La firma de la misiva y el firmante del contenido eran de toda solvencia. Esto hecho, me relajé. Y descansé.
Tras el momento de alivio, me dio por pensar. Esto no puede estar oculto, tiene que haber una fuente original. E indagué. Así fue como descubrí que el asunto ya era viejo. La foto, real ciertamente, no correspondía al suceso que se denunciaba, sino a otra situación desgraciada en que murió carbonizada mucha gente a consecuencia de una explosión de gas. Nada de asunto terrorista. Y el firmante tampoco era quien decía, sino una suplantación de personalidad. Y además viejo, de hace cinco años, o sea de 2010.
Reaccioné de nuevo con parecida indignación y borré la entrada. Pero no la “desaparecí”. Ahí colea en los artilugios que existen en la red para “robar” cuanto se publica, y eternizarlo en el limbo. Así, pues, por más que se desmienta, esta información ahí sigue, aunque sea falsa y torticera.
No debiera haberme ocurrido, porque este desliz ya es recidiva en mi haber. Otras veces he cometido el mismo error. ¡Con lo relativamente fácil que es confirmar la información antes de aceptarla como indubitable!
Quien persiste en lo suyo es Codorniz, que ha vuelto a dejarme ahorita mismo su regalo. Con este ya van doce. Y con cuatro de ésos voy a aderezarme el condumio vespertino.
Así han quedado tras su paso por el micro…
Me entusiasma que este animalito se muestre en su agradecimiento a la acogida recibida con este frenesí, nada aguerrido. No le diré que no espere descendencia, para que no se frustre, el pobre.
No puedo decir lo mismo de las bajas temperaturas que estamos aguantando en estos días. Hay gente que disfruta en la fría nieve, y se apunta en cuanto alguien grita ¡nos vamos a esquiar! Tengo más que suficiente contemplando estos charcos helados-, no son ibones pirenaicos aunque lo parezcan–, y procurando no caerme cuando ando por aceras del sombrío.
Termino colocando la foto que motivó el artículo censurado, para avisar a otros incautos que hayan recibido o reciban en cualquier momento un mensaje falseando los hechos e incitando a la agresión.
Kinshasa, 3 de julio. Al menos 230 personas murieron cuando un camión cisterna con combustible volcó y estalló en el este de la República Democrática del Congo
Es un malhadado accidente y no un acto terrorista. Aún así, muchas personas murieron de forma cruel e inútil.

Ninguno, de momento*



Codorniz sigue produciendo huevos, ya van siete, sin que le importe si los voy a conservar como recuerdo o los voy a incluir en mi menú, a su salud.
Gumi trastea con Tano, ajeno a la diferencia de tamaño y musculatura entre ambos, y lo hace con contención. De otra manera el pequeñarra estaría entablillado o por lo menos herido, tras los duros combates a que se someten. No salgo por ningún de ellos, tan peleones son dentro como fuera de casa. Yo que Gumi andaría con cuidado, Tano no conoce aún la mesura. Está abriéndose a la vida, y aprendiendo a hacer las cosas; pero no tiene prisa por llegar a ningún sitio.
No ocurre así en otras esferas. Si en la irracional todo parece ir a ritmo, en la irracional sucede a trompicones y como en la vieja yenka, pasito para alante, pasito para atrás. Será por eso de que somos pensantes.
Para pensar me han enviado hoy un correo que me ha sobresaltado. Tiene un texto que dice: «Muchos síntomas señalan que el cristianismo español, el poco que va quedando en una sociedad cada vez más ateizada o musulmanizada, se está “protestantizando” (en doctrina y en asuntos morales), aunque siga figurando como católico…». Y se acompaña de una pps que no me ha dado la gana abrir. La tengo congelada.
Por el contrario, este video tal vez merezca la pena. Fuera de sensiblerías, cómo nos marca y moldea la vida de manera diferente a unas personas y a otras. ¿Y si intercambiáramos los zapatos de vez en cuando?
Gumi ha encontrado una horma para sus pezuñas en Tano. Codorniz me ha ofrecido esta noche cuatro huevos fresquitos para la cena y su promesa de que seguirá suministrando materia comestible en día sucesivos mientras el cuerpo aguante a cambio de casa y alimento. Eso es ponerse en mi lugar, con lo que me gustan los huevos. Y servidor gasta sandalias y botas, según el termómetro y el barómetro señalen. Absternerse, pues, quienes sólo usen zapatos.
* Cuando se me ocurra algo, cambiaré el titular.

¡El tercero!


No es que no haya dos sin tres. Es que cuando las cosas vuelven a su cauce, el paso necesario e inevitable, la sucesión natural, el orden de todo lo que existe, implica ir de lo uno a lo otro, y de esto a aquello, de manera que desaparezcan, o simplemente no ocurran, saltos imprevistos, rupturas incómodas, revoluciones impertinentes e innovaciones innecesarias. ¿Quién desea una cosa así?
Necesitamos que el suelo no desaparezca bajo nuestros pies; que el aire siga contaminado, al uso; que el agua continúe con sabor a cloro,  la carne mantenga los niveles adecuados de clembuterol y el pescado de anisakis. De otra manera, moriríamos.
Con la tarde del día de reyes todo vuelve a su ser. Como cantara Serrat, retorna el señor cura a sus rezos y el último cohete señala que la fiesta se acabó.
A partir de ahora, las cosas claras: en política, en religión, y los niños… al cole.
Si en Italia es el propio director de Avvenire, periódico oficial de la conferencia episcopal de aquella iglesia, quien editorializa contra un Messori que afirma que papa Francisco está «turbando la serenità» del «cattolico medio» porque es «imprevisto ma imprevedibile», en España es Ricardo Blázquez el señalado porque importa su discreción y por tener tiempo para escribir. (¿De dónde lo sacará?).
En este país también «hemos perdido el miedo a perder el puesto de trabajo», y además la pascua militar ya se celebra como siempre. El ibex 35 cede la referencia 10.000 y el barça entra en barrena. Y lo más significativo: todos los telediarios han abierto manteniendo en primera la corrupción que no nos deja ni con el cambio de año. ¿Quieres más normalidad?
Gracias, codorniz, por el detalle. A por la docena, y me hago una rica tortillita.

Codorniz ha puesto otro huevo



El segundo, y deja de ser noticia. Ahora espero el tercero, y entraremos en “normalidad”.
Así he recibido también la noticia del capelo concedido a don Ricardo. Papa Francisco no ha hecho con él sino cumplir con el siguiente requisito para poner en valor a quien ya tenía ganado el respeto de buena parte de la iglesia española.
Y Valladolid, iglesia diocesana, también ha sido resarcida con este gesto tras tanto silencio. Valga este título de don Ricardo por el que no recibió don José, que bien se lo mereció. La Edades del Hombre debieron ser, en su momento, la oportunidad que desde el Vaticano tuvieran en cuenta.
Ahora, las aguas mansas, da lo mismo un huevo que una docena. Ni don Ricardo va a modificar el ritmo de sus pasos, ni don José está a tiro de consideraciones, ni codorniz dejará de serlo.
Además, tampoco le iría bien ese color tan llamativo.


¡Ha puesto un huevo!


Que era hembra lo sabía. Además lo había dicho el jefe, que es autoridad. Y no hay que ser especialista sexador para distinguir el canto de la codorniz macho del canto de la codorniz hembra. Aún así, el animalico ha querido confirmarlo… poniendo un huevo.
Tal vez por eso hace ya días que antes del amanecer, justo cuando aparezco adormilado por la cocina, ella rompe con trinos secos pero alegres, que a Bienve saca de letargo y le hace espurrirse en lo alto de su jaula, desde donde nos mira con sorpresa y curiosidad a los de abajo. Ha sido su diana floreada navideña, y este huevo puede ser la sorpresa que nos avisa la llegada de los reyes.
No sé qué haré con él, si comerlo o conservarlo. Puesto que la imagen ya está asegurada, ni me ocupa ni me preocupa el asunto.
No es que me ocupe, pero sí me preocupa en cierta manera el futuro del avecilla ponedora, porque no es una jaula, en mi cocina, el lugar donde deba pasar el resto de sus días. La alternativa que tengo más a mano es soltarla en pleno campo, a la espera de que sepa buscarse la vida, lejos de sus depredadores naturales y en especial de los artificiales.
Voy a pensármelo de aquí a la primavera. Mientras tanto, que coma, beba y siga poniendo huevos. Es lo suyo.

Encajonao


Embutido en este domingo, a su vez empaquetado entre sábado y lunes festivos, sólo puedo decir lo ya dicho: encajonao estoy. Pero no desespero, tampoco es para tanto.
Encajonao debió estar el otro día Pablo Iglesias, que tuvo que salir como pudo de aquel mal trago en que le metieron los entrevistadores de la tele uno. No lo vi, ni lo quiero ver. Allá cada cual.
Mucho más me preocupa, a partir de estas fechas, el encajonamiento en que se va a encontrar Gumi por culpa de los petardos. Nenes, chavales, chavalotes y los melones de sus papás, van a martirizarle a él y a muchos de nosotros, haciendo ruido y asustándonos cuando menos prevenidos estemos. Si pudiera, encartelaría el barrio entero; qué digo el barrio, la ciudad toda. Y lo haría con este cartelito y esta carita, tan sensata y circunspecta ella, tan concreto él y apodíctico.
Quien se encuentra, o eso parece, muy a gusto dentro del cajón, es este ejemplar animal, que no desea salir de él ni siquiera para escarbar en la tierra. Nació de forma artificial, y lejos de lo que debería ser su “natural”, esquivo, bullicioso y saltarín, ahí reposa cual gallina enjaulada, picoteando los granos que le echo por el piso de la misma. Le criaron para morir matado a tiros de escopeta. Ahora su suerte no es nada halagüeña: vivir así encajonado o aprender a supervivir en lugar incierto.
Y ¿qué decir del diablo que tuvieron que traer a Valladolid para que liberara de su presencia a una joven? De él, poca cosa si ya está desencajonao del todo. De los tíos de la susodicha que podían haberse preocupado de su sobrina mucho antes, en lugar de tirar por la denuncia judicial y la exposición de la familia a los medios. Lo importante es que ella ya esté libre de su carga. ¿Lo está? Eso es precisamente lo que no me consta. ¿Lo dirán?
Hay cajones y cajones. Hay quienes viven dentro de uno y no lo saben, y quienes lo saben y les importa un pimiento lo que digan los demás. Y hay, finalmente, encajonadores de cosas, ideas y personas según prejuicios y costumbres. A las personas encajonadas, por lo general nadie les pregunta, no sea que nos manden a la mierda por encajonarles sin su permiso.
El desencajonador que sepa desencajonar una realidad tan encajonada, qué duda cabe que buen desencajonador será.
Yo, desde luego, con este ejemplar de codorniz que tengo en casa, no sé qué voy a hacer. De momento, echarle de comer y dejarle dormitar en su cajón.

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