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Todo pasa, todo queda, pero lo nuestro es pasar…


[El poeta se refería a otra cosa. Yo aquí digo que temo que este escrito, “robado” de Internet, desaparezca de mi vista, y por eso no sólo aludo a él, poniendo el correspondiente enlace al blog de su autor, Michael Moore, sino que lo copio y lo pego en su integridad, amarrándolo a este lugar con todas las herramientas que blogger me suministra.

El domingo pasado homenajeé a dom Pedro leyendo ante mi gente su poema “Me llamarán subersivo”. Ayer volví a hacerlo, día de la Asunción, con su “Asunción”, aderezado con versos de su “Señora de la Muerte”. Hoy, y supongo que será lo último, me encuentro esto y no puedo dejarlo pasar delante de mí sin “apropiármelo”.

Pido todos los perdones que sean preceptivos, y “santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita…”

Gracias, Michael, es todo un placer leerte. Gracias, Pedro, ha sido mucho lo que me has dado desde que te descubrí ya ni me acuerdo cuándo. Gracias a tod@s vosotr@s, lector@s y visitant@s.

Pedro Casaldáliga llegó al final de su camino. El mío aún no. Ojalá ambos tengan la misma estación término.]




Michael Moore: "La última interpelación de Pedro Casaldáliga"





La última interpelación de Pedro Casaldáliga


16.08.2020 Michael Moore

Los adioses se van apagando lentamente en São Felix de Araguaia. Todo va volviendo a su ritmo “normal”, como canta ese otro gran poeta catalán -Joan Manuel Serrat- cuando se va terminando la “Fiesta”: “vuelve el pobre a su pobreza, / vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas”. Entonces, irrumpen a la memoria cuatro imágenes de los funerales que se me incrustaron en la retina del corazón y que, ojalá, lo sigan sacudiendo cuando él, perezoso, vuelva a adormecerse acunado por los ritos y los mitos que anestesian nuestra fe.

Te fuiste, pues, pero no sin antes dejarnos unas últimas interpelaciones. En vida fueron tus palabras y tus gestos; en tu muerte, algunas imágenes que quedaron congeladas en cuatro fotografías (de las decenas que con templamos en estos días): tus manos, tus pies, una canoa y una tumba perdida en medio de un cementerio (de) olvidado(s).

Tus manos…




“Mis manos, esas manos y Tus manos / hacemos este Gesto, compartida / la mesa y el destino, como hermanos”, comienza rezando uno de tus sonetos más conocidos. Es el gesto de partirse y repartirse entre y con manos del pueblo, desde el cual definías tu identidad, eucaristizando: “Si ofrezco el Pan y el Vino en mis altares / sobre un mantel de manos populares... / Sabed: del Pueblo vengo, al Reino voy”.

Tus manos, ahora más blancas, ya descansando, vestidas sólo con aquel anillo negro de no-oro, signo de tu desposorio e identificación con los olvidados de la Amazonia. Apoyadas sobre una estola colorinche: Pedro, insolente hasta en la muerte: ¡eso no respeta los precisos colores litúrgicos!

Como a tu “María del barrio”: “El Nilo gastará, día tras día, la piel y la hermosura de tus manos anónimas”, el Araguaia había desgastado las tuyas. Y también las habría lavado al regresar de la cotidiana tarea de desclavar crucificados porque, como a María, en “Mujer de cada día”: “te sangran las manos, en silencio, / y te huelen las manos a lejía de yerbas”.

Manos trabajadoras que, siempre unidas a otras manos, lucharon por la utopía de “la tierra sin males” (y sin malos): “Creo en la internacional / de las frentes levantadas, / de la voz de igual a igual / y las manos enlazadas...”. Ante tanto latifundio blasfemo, el derecho al pedazo de tierra de tus despojados fue una de tus primeras y constantes “causas”. Imitando a la familia pobre de Nazaret (en “María campesina”): “El pedazo de tierra que teníais, detrás de aquel otero por donde entraba el sol, / lo trabajaban juntas tus manos y Sus Manos.” Aunque parido por el trabajo de unos pocos, tu sueño era el del Reino jesuánico, donde habrá lugar para todos, como declarabas en “Señora de la ciudad”: “Y en esta misma patria de márgenes flotantes, / sin casa permanente, / queremos levantar con nuestras manos, / ¡con el cemento vivo de nuestra propia sangre!,/ una nueva ciudad, a cielo abierto, / con muchas zonas verdes de gozo redimido, / donde quepamos todos, sin reservas de tribu en la mirada...” Gracias, Pedro, por soñarnos e invitarnos a todos, por apostar y rescatar nuestros ojos miopes y mezquinos: “porque no acepto esa mirada fría / y creo en el rescoldo que ella esconde”.

Manos esperanzadas que construían y luego reconstruían lo que otros destruían; manos que se sabían sostenidas por las de un Otro: “Tus manos en cruz, tendidas / hacia las manos del Mundo”. Y por eso, en medio de tantas noches, como María en “Niña del sí”: “Creías con los ojos y con las manos mismas, y hasta a golpes de aliento / tropezaba tu fe con la Presencia en carne cotidiana. / Tú aceptabas a Dios en su miseria, conocida al detalle, día a día”. Manos que se sabían interpeladas por las de quienes “morían antes de tiempo” (J. Sobrino), confiando e invitando a confiar que los verdugos no tendrían la última palabra: “Nuestros caídos mueren / con la Esperanza en flor entre las manos”.

Pediste, finalmente: “Dejadme hacer acopio de ternura: / ¡tengo la vida, entera, entre las manos!”. Y, efectivamente, viviste y moriste “con la ternura al borde de las manos...”


Tus pies…





Tus pies, que ya si siquiera calzan aquellas ojotas gastadas. Desnudos y llagados… como los de aquel otro Crucificado. Tus pies, que parecen conservar algo del polvo de los senderos recorridos, Pedro encarnado en estas tierras, a imitación del Verbo mayor: “Sus manos y Sus pies de tierra llenos, / rostro de carne y sol del Escondido, / ¡versión de Dios en pequeñez humana!”. Pedro, versión de Dios en pequeñez catalana, siempre caminando porque “Los hombres que vuelan alto / tiene gran poder de síntesis, / desde las nubes distantes. /Pero quien camina a pie / analiza cada paso / y sintetiza en sus ojos / esta piedra, / aquella flor, / los ojos de cada hermano”. Caminando, analizaste y sintetizaste, poetizaste y profetizaste, anunciaste y denunciaste. Y aconsejaste: “No te avergüences nunca / de proclamar Su Nombre, / deletreado en actos. / (…) Comulga su Espíritu en la hostia. / en el silencio de los pobres / y en el grito de los muertos. / Abrázalo en toda carne humana. / y espera Su Regreso, seguro, imprevisible, / con tus pies ahincados en nuestro cada día”. Porque Lo esperaste con los pies bien anclados en la historia, abrazando a todo crucificado, le fue fácil encontrarte, en Su Regreso, al Resucitado.

Viviste desde la “honradez con lo real” (J. Sobrino) porque sabías que no se Lo puede encontrar fuera de esta vida concreta. En todo caso, “Lo malo no será / perder el tren de la Historia, / sino perder el Dios vivo / que viaja en ese tren”. Y por eso pedías en tu “Oración final a Santa María de nuestra liberación”: “Enséñanos a leer la Historia / -leyendo a Dios, leyendo al hombre- / como la intuía tu fe, / bajo el bochorno de Israel oprimido, / frente a los alardes del Imperio Romano”.

Y lo habías enseñado a modo de pedagogía itinerante, porque “Vivir es ir poniendo / el corazón y un pie detrás del otro / sobre el camino que se vaya abriendo”. Para ti, desde Balsareny hasta São Felix. Tocando tierra de dolor y discerniendo proféticamente los pasos a dar: “Piensa también / con los pies / sobre el camino / cansado / por tantos pies caminantes”. Cabeza, corazón, y pies mancomunadamente, porque tu respuesta de fe fue total. Queda flotando como un desafío a nuestro caminar para poder seguir las huellas de esos pies ahora ausentes, tu pregunta: “Si el Señor es Pan y Vino / y el Camino por do andáis, / si al andar se hace camino / ¿qué caminos esperáis?” Y, a la par, tu palabra de “encorajamento”: “Sólo quien da el primer paso / consigue andar el camino / ganado con muchos pasos”.


Una barca...





Y tu diminuta humanidad -¡tan humana!- sobre una pequeña barca como féretro. Bien contento estarás de tu “Canoa”, a la que loaste: “Simplicidad perfecta. / Juego de niños grandes. / Réplica fiel de pájaros y peces. / ¡El más bello vehículo que labraron los hombres! / Tallado, a pie y a hacha, / por el arte supremo de los indios. / Pura estabilidad, / sin peso y sin medida, / sólo a merced del remo, del viento y la mirada...” Allí acomodaron tu cuerpo inerme, también él ya “sin peso ni medida”, para que eche a andar sobre el Araguaia, río abajo, cielo adentro. Manrique dijo “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir”; dom Pedro concretó: “Los ríos son este río: / ¡mi vida es este Araguaia! / (…) Y, de pronto, el latido de madera, / frágil, de una canoa / Y las nubes, encima, / cansadas y fecundas”.

Ya resbala sobre el agua “El bote emborrachado o hecho cuna / de todos los bagajes; del cansancio;/ del silencio prudente”; cuna ahora de recién re-nacido que se abre paso por entre medio de una Amazonia que llora mientras aplaude a tu paso: “El sol, como un testigo mayor, pondrá su lacre / sobre mi cuerpo doblemente ungido. / Y los ríos y el mar / se harán camino / de todos mis deseos / mientras la selva amada sacudirá sus cúpulas, de júbilo”.

Ahí va dom Pedro: “Recostado en el mástil del crucero / me columpian el barco y la esperanza. / Mis sandalias enfilan, descalzas, en la proa, / no sé qué singladuras”. No te preocupes, hermano, si tú lo ignoras hay quien lo sabe, puesto que en tu canoa vas bien acompañado… por “La prostituta”: “Como un dolor pasado de paciencia, / ella es morena oscura (…) /Ella se sienta en el bordillo, ausente. / Viene, a la hora de comer, a popa; / le doy un vaso de agua; / y se vuelve, discreta. /María Magdalena, en el barco de Pedro, / se sentaba a los ojos del Señor, / y el Señor la miraba”. Ella te conduce hacia el Abrazo definitivo de aquel “En Quien soy, a Quien llamo, a Quien vamos, en Quien espero a gritos. / ¡A Quien, viviendo simplemente, amo! / ...Y el río tierra abajo, tarde adentro. / Y el barco río arriba...”

Se desliza la canoa, “Mientras el río cruje y se estremece / y repliega su piel y la acostumbra…” Por el Araguaia llegaste, por el Araguaia te vas, sin hace ruido, sin incienso y sin réquiem solemnes.


Una tumba…






“Pedro descansa donde siempre soñó, a la orilla del Araguaia, entre un peón y una prostituta” (L.M. Modino). Un puñado de tierra y una cruz de palo -"¡y mais nada!"-en el cementerio de los olvidados, de tantos sin-nombre, de tantos aplastados. “No tener nada. / No llevar nada. / No poder nada. / No pedir nada…” Una tumba en tierra prestada para el profeta de São Feliz como también la tuvo el de Nazaret. Una fosa al costado del río, al costado del centro, al costado de la historia. Así en la vida como en la muerte, porque “Después del Viernes Santo, / Jerusalén es margen y camino, / fuera de las murallas. / Fuera de la Ciudad, / en el velo del Viento / Dios esconde y revela / su mirada de hombre”.

Aunque ignores sus nombres por no sabidos, o por no tenidos (¡tantos NN!), ya estás convocando para tu último viaje a todos los que te rodean y abrazan bajo tierra: karajás, xavantes, quilombolas y empobrecidos varios. “No sé los nombres de todos, / pero me aprendo sus ojos, / y por sus ojos los llamo”. Y te vas, en tu silenciosa canoa, bien acompañado por todos ellos, río arriba, cielo adentro. “La angustia y la ternura / me abrirán, como remos, / las aguas de la muerte”. Y las puertas del cielo te las abrirá, adelantándose un poco -como marca el estricto protocolo del evangelio (cf Mt 21,31)-, la prostituta, tu compañera de viaje(s). A ella, “una cruz de oro falso le cuelga sobre el pecho, / sobre las fuertes lilas del vestido”; a ti, finalmente libre y despojado, sólo te cuelga de las manos el “corazón lleno de nombres” (no creo que te exijan que cubras tu desnudez endosando alguna sotana para poder entrar al Reino de los Cielos).

***

“Esta es nuestra alternativa:/ vivos / o resucitados”, sentenciaste. Tú ya vives resucitado; nosotros, a veces, vivimos. Y ahora que “vuelve el pobre a su pobreza, / vuelve el rico a su riqueza / y el señor cura a sus misas”, si no podemos evitar la tentación de hacer de esas cuatro impactantes fotos otros tantos posters para colgar en nuestros salones, ojalá que, al menos, no cerremos la escucha a tu palabra que desde esos cuatro ángulos nos seguirá interpelando:“Servir bajo el día a día.

Creer contra la evidencia. 
           Decir siempre una palabra
        última de lucha,
                                para caer luego de rodillas
                    en silencio”.

Me llamarán subversivo

Imagen 
 

 

Canción de la hoz y el haz

 

 

Con un callo por anillo,

monseñor cortaba arroz.

¿Monseñor “martillo

y hoz”?

 

Me llamarán subversivo.

Y yo les diré: lo soy.

Por mi pueblo en lucha, vivo.

Con mi pueblo en marcha, voy.

 

Tengo fe de guerrillero

y amor de revolución.

Y entre Evangelio y canción

sufro y digo lo que quiero.

Si escandalizo, primero

quemé el propio corazón

al fuego de esta Pasión,

cruz de Su mismo Madero.

 

Incito a la subversión

contra el Poder y el Dinero.

Quiero subvertir la Ley

que pervierte al Pueblo en grey

y al Gobierno en carnicero.

(Mi pastor se hizo Cordero.

Servidor se hizo mi Rey).

Creo en la Internacional

de las frentes levantadas,

de la voz de igual a igual

y las manos enlazadas…

 

Y llamo al Orden de mal,

y al Progreso de mentira.

Tengo menos Paz que ira.

Tengo más amor que paz.

 

…!Creo en la hoz y el haz

de estas espigas caídas:

una Muerte y tantas vidas!

!Creo en esta hoz que avanza

— bajo este sol sin disfraz

y en la común Esperanza —

tan encurvada y tenaz!

¡Pedro Casaldáliga vive!

 


No deseaba escribir, no quería hablar, tampoco me apetecía pensar… la muerte de Casaldáliga me ha llegado esperándola, casi pidiéndola que se apresurase. Una agonía como la suya, de más de veinte años, es demasiado larga para soportarla incluso a través de medio mundo.

Mucho mayor que yo, superándome en todo más de lo que indican esos veinte años del calendario que me llevaba de ventaja, ha sido sin embargo compañero mío de viaje desde que se publicó su “¡Yo creo en la justicia y en la esperanza!” en 1975.

Ahora dicen de él muchas personas. Sabios y eruditos que le conocieron y trataron. Creyentes y luchadores que compartieron afanes y esperanzas. Incluso quienes ven la ocasión propicia de apuntarse algún tanto en propio beneficio lanzando alguna loa…

Es curioso que ahora sólo recuerdo de él una plegaria a María y unas confesiones sobre la muerte. La oración mariana se titula “Señora de la muerte” y dice cosas como

“¡… Tú sabes qué es la Muerte, como nadie en el mundo lo ha sabido!
Tú conoces las muertes, una a una, como las caras mismas de tus hijos pequeños,
y las llamas, segura, por su nombre.
Junto al Cuerpo de Cristo, recostado en tu seno por la Muerte vencida, aquella tarde
todas las muertes de los hombres, juntas, descansaron su grito en tu regazo…

Y en cuanto a sus confesiones, son unas palabras que le sirven de justificación para su credo de Esperanza:

“Puedo decir que la muerte se ha hecho una sombra permanentemente proyectada delante de mi vida. Vivir dialogando con la Muerte no deja de ser una gracia… cuando se cree.

Lo que más me ha sobrecogido siempre en la muerte es su condición de «entrada en la Eternidad», de salto en el vacío. Después de eso, su característica de aventura humana en singular: cada hombre muere a solas.

¿Temo morir? Sé que no he huido de la muerte; quizás porque no podía huirla. Dije que la he venido pidiendo; como martirio, eso sí: tal vez para poder torearla más gloriosamente, porque es menos proceso fatal una muerte «matada» —como decimos aquí— que una muerte «morrida» como un deportivo supremo acto vital. (Quizás porque sea carisma de uno. Se tienen carismas para vivir; ¿no se podrán tener carismas para morir?)

En todo caso, estoy confesando mi Fe con todas sus idiosincrasias.

Ya en España, canté un día esta Profecía extrema que años más tarde ratifiqué, corregida y aumentada, con bastante verosimilitud, aquí, en este conflictivo Mato Grosso, donde no es tan extraordinario como eso morir matado. (Anoche fui a atender a un herido grave, de bala, policía militar, y entraron delante de mí un sargento de Aeronáutica y con él dos matones, él con la pistola en la mano y preguntando por un nuevo candidato a otro tiro; mezclados el cura y los pistoleros, las balas y el óleo, las enfermeras, los enfermos y los curiosos, en el corredor del hospital…)

Profecía extrema, ratificada

Yo moriré de pie como los árboles.
Me matarán de pie.

El sol, como un testigo mayor, pondrá su lacre
sobre mi cuerpo doblemente ungido.

Y los ríos y el mar
se harán camino
de todos mis deseos
mientras la selva amada sacudirá sus cúpulas de júbilo.

Yo diré a mis palabras:
—No mentía gritándoos.
Dios dirá a mis amigos:
—Certifico
que vivió con vosotros esperando este día.

De golpe, con la muerte,
se hará verdad mi vida.
¡Por fin habré amado!”

Puedo decir y digo que a Pedro Casaldáliga le mataron muchas veces, como canta Víctor Jara, “por levantarles la voz”. Pero sólo ha muerto cuando el buen Dios ha considerado suficientemente publicitado su grito esperanzado,

“con todos los que creen, con todos los que luchan, con Juan y con la Esposa, yo grito la más cierta palabra que se haya escrito en este Reino de la Muerte y de la Esperanza: «¡Ven, Señor Jesús!»”.

Gestos



Este es un día muy para gestos, gestos de “enamor”, de personas que se quieren y celebran su amor sin pudor ni cortapisas. Hay quienes gesticulan y quienes no, quienes lo celebran y quienes pasan totalmente de esas cosas, pero ¿quién se reconoce insensible ante un beso, un abrazo, un apretón de manos? Si nos place que nos besen, nos abracen o nos den la mano, también nos duele que nos los nieguen. Incluso aunque conozcamos la razón.
Muy comentado ha sido en estos últimos días el no saludo de Rajoy a Pedro. Todo el mundo ha visto intencionalidad, salvo los propios interesados. Mejor dejarlo pasar.
No tan conocido ha sido el encuentro entre Carlos y Rita, él arzobispo de Madrid y ella concejala madrileña. Uno disculpa, otra dice desconocer. Bien está, es suficiente. ¿Por qué llevar las cosas más allá?
Con luz y taquígrafos ha ocurrido, en hora de máxima audiencia, la aparición de doña Espe para publicar, urbi et orbe, su dimisión… no su volatilización. Seguirá, no me cabe la menor duda. ¿Dónde y cómo emergerá? Cuando lo haga, allí no estaré.
El gesto, con todo, que más me hace pensar es el de Francisco papa, encerrado a solas con la Guadalupana, tras un banderón de México lindo y rodeado de obispos pretorianos mitra en ristre, en tanto el pueblo llano estaba fuera, al fresco de la calle. El personal en el interior no parecía orar, como Francisco, sino intentar sacar la mejor instantánea del momento. Veinte minutos dicen que ha durado, aunque yo sólo he podido acceder a 2´53´´.
Francisco es persona de gestos, sencillos, significantes, epatantes e impactantes. No parece, sin embargo, que sean contagiosos. Al menos en lo que yo he podido deducir de las imágenes que me llegan. Por eso la cúpula episcopal se la ve inquieta, no sé si preguntándose si le ha dado un patatús, si medita, si descansa, si está pensando la siguiente jugada…
Yo estoy seguro de que ha aprovechado esos veinte minutos con la virgen morenita para comentar el contenido de la preciosa, enjundiosa, aleccionante homilía que ha “soltado” ante una concurrencia tan preclara.
No recuerdo haber escuchado algo semejante en mis ya muchos años sobre María, la muchachita de Nazaret, traspasada en este caso a la fe “morena, color de gente pequeña”. Tendría que remontarme a un poema de Casaldáliga, pero ya sabemos que se trata de un progresauro que está desaparecido y que muy pronto desaparecerá por completo, no en vano el próximo martes llega a los ochenta y ocho.
Todo está en internet, todo está al alcance de un click. Valga también este gesto para facilitárselo a quien esté sin ganas.
Poema guadalupano, de Pedro Casaldáliga, año 1991
Señora de Guadalupe,
patrona de estas Américas:
por todos los indiecitos
que viven muriendo, ruega.
¡Y ruega gritando, madre!
La sangre que se subleva
es la sangre de tu Hijo,
derramada en esta tierra
a cañazos de injusticia
en la cruz de la miseria.
¡Ya basta de procesiones
mientras se caen las piernas!
Mientras nos falten pinochas
¡te sobran todas las velas!
Ponte la mano en la cara,
carne de india morena:
¡la tienes llena de esputos,
de mocos y de vergüenza!
¡La justicia y el amor:
ni la paz ni la violencia!
Señora de Guadalupe:
por aquellas rosas nuevas,
por esas armas quemadas,
por los muertos a la espera,
por tantos vivos muriendo,
¡salva a tu América!

Homilía de papa Francisco, basílica de Santa María de Guadalupe, 13 de febrero de 2016.
Escuchamos cómo María fue al encuentro de su prima Isabel. Sin demoras, sin dudas, sin lentitud va a acompañar a su pariente que estaba en los últimos meses de embarazo.
El encuentro con el ángel a María no la detuvo, porque no se sintió privilegiada, ni que tenía que apartarse de la vida de los suyos. Al contrario, reavivó y puso en movimiento una actitud por la que María es y será reconocida siempre como la mujer del «sí», un sí de entrega a Dios y, en el mismo momento, un sí de entrega a sus hermanos. Es el sí que la puso en movimiento para dar lo mejor de ella yendo en camino al encuentro con los demás.
Escuchar este pasaje evangélico y en esta casa tiene un sabor especial. María, la mujer del sí, también quiso visitar a los habitantes de estas tierras de América en la persona del indio San Juan Diego. Y así como se movió por los caminos de Judea y Galilea, de la misma manera caminó al Tepeyac, con sus ropas, usando su lengua, para servir a esta gran Nación. Y así como acompañó la gestación de Isabel, ha acompañado y acompaña la gestación de esta bendita tierra mexicana. Así como se hizo presente al pequeño Juanito, de esa misma manera se sigue haciendo presente a todos nosotros; especialmente a aquellos que como él sienten «que no valían nada» (cf. Nican Mopohua, 55). Esta elección particular, digamos preferencial, no fue en contra de nadie sino a favor de todos. El pequeño indio Juan, que se llamaba a sí mismo como «mecapal, cacaxtle, cola, ala, es decir sometido a cargo ajeno» (cf. ibíd, 55), se volvía «el embajador, muy digno de confianza».
En aquel amanecer de diciembre de 1531 se producía el primer milagro que luego será la memoria viva de todo lo que este Santuario custodia. En ese amanecer, en ese encuentro, Dios despertó la esperanza de su hijo Juan, la esperanza de un Pueblo. En ese amanecer Dios despertó y despierta la esperanza de los pequeños, de los sufrientes, de los desplazados y descartados, de todos aquellos que sienten que no tienen un lugar digno en estas tierras. En ese amanecer, Dios se acercó y se acerca al corazón sufriente pero resistente de tantas madres, padres, abuelos que han visto partir, perder o incluso arrebatarles criminalmente a sus hijos.
En ese amanecer, Juancito experimenta en su propia vida lo que es la esperanza, lo que es la misericordia de Dios. Él es elegido para supervisar, cuidar, custodiar e impulsar la construcción de este Santuario. En repetidas ocasiones le dijo a la Virgen que él no era la persona adecuada, al contrario, si quería llevar adelante esa obra tenía que elegir a otros ya que él no era ilustrado, letrado o perteneciente al grupo de los que podrían hacerlo. María, empecinada —con el empecinamiento que nace del corazón misericordioso del Padre— le dice: no, que él sería su embajador.
Así logra despertar algo que él no sabía expresar, una verdadera bandera de amor y de justicia: en la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar afuera. Todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la «altura de las circunstancias» o por no «aportar el capital necesario» para la construcción de las mismas. El Santuario de Dios es la vida de sus hijos, de todos y en todas sus condiciones, especialmente de los jóvenes sin futuro expuestos a un sinfín de situaciones dolorosas, riesgosas, y la de los ancianos sin reconocimiento, olvidados en tantos rincones. El santuario de Dios son nuestras familias que necesitan de los mínimos necesarios para poder construirse y levantarse. El Santuario de Dios es el rostro de tantos que salen a nuestros caminos.
Al venir a este Santuario nos puede pasar lo mismo que le pasó a Juan Diego. Mirar a la Madre desde nuestros dolores, miedos, desesperaciones, tristezas y decirle: Madre, «¿Qué puedo aportar yo si no soy un letrado?». Miramos a la madre con ojos que dicen: son tantas las situaciones que nos quitan la fuerza, que hacen sentir que no hay espacio para la esperanza, para el cambio, para la transformación.
Por eso creo que hoy nos va a servir un poco de silencio. Mirarla a ella, mirarla mucho y calmadamente, y decirle como hizo aquel otro hijo que la quería mucho:
«Mirarte simplemente, Madre,
dejar abierta sólo la mirada;
mirarte toda sin decirte nada,
decirte todo, mudo y reverente.
No perturbar el viento de tu frente;
sólo acunar mi soledad violada,
en tus ojos de Madre enamorada
y en tu nido de tierra transparente.
Las horas se desploman; sacudidos,
muerden los hombres necios la basura
de la vida y de la muerte, con sus ruidos.
Mirarte, Madre; contemplarte apenas,
el corazón callado en tu ternura,
en tu casto silencio de azucenas».
(Himno litúrgico)
Y en silencio y, en este estar mirándola, escuchar una vez más que nos vuelve a decir: «¿Qué hay hijo mío el más pequeño?, ¿Qué entristece tu corazón?» (cf. Nican Mopohua, 107.118). «¿Acaso no estoy yo aquí, yo que tengo el honor de ser tu madre?» (ibíd., 119).
Ella nos dice que tiene el «honor» de ser nuestra madre. Eso nos da la certeza de que las lágrimas de los que sufren no son estériles. Son una oración silenciosa que sube hasta el cielo y que en María encuentra siempre lugar en su manto. En ella y con ella, Dios se hace hermano y compañero de camino, carga con nosotros las cruces para no quedar aplastados por nuestros dolores.
¿Acaso no soy yo tu madre? ¿No estoy aquí? No te dejes vencer por tus dolores, tristezas, nos dice. Hoy nuevamente nos vuelve a enviar; como a Juanito, hoy nuevamente nos vuelve a decir, sé mi embajador, sé mi enviado a construir tantos y nuevos santuarios, acompañar tantas vidas, consolar tantas lágrimas. Tan sólo camina por los caminos de tu vecindario, de tu comunidad, de tu parroquia como mi embajador, mi embajadora; levanta santuarios compartiendo la alegría de saber que no estamos solos, que ella va con nosotros. Sé mi embajador, nos dice, dando de comer al hambriento, de beber al sediento, da lugar al necesitado, viste al desnudo y visita al enfermo. Socorre al que está preso, no lo dejes solo, perdona al que te lastimó, consuela al que está triste, ten paciencia con los demás y, especialmente, pide y ruega a nuestro Dios.
Y en silencio le decimos lo que nos venga al corazón ¿Acaso no soy yo tu madre? ¿Acaso no estoy yo aquí?, nos vuelve a decir María. Anda a construir mi santuario, ayúdame a levantar la vida de mis hijos, que son tus hermanos.

Santa María de Guadalupe





Romance Guadalupano

Monseñor Pedro Casaldáliga


Señora de Guadalupe,
patrona de estas Américas:
por todos los indiecitos
que viven muriendo, ruega.
¡Y ruega gritando, madre!
La sangre que se subleva
es la sangre de tu Hijo,
derramada en esta tierra
a cañazos de injusticia
en la cruz de la miseria.

¡Ya basta de procesiones
mientras se caen las piernas!
Mientras nos falten pinochas
¡te sobran todas las velas!

Ponte la mano en la cara,
carne de india morena:
¡la tienes llena de esputos,
de mocos y de vergüenza!

¡La justicia y el amor:
ni la paz ni la violencia!

Señora de Guadalupe:
por aquellas rosas nuevas,
por esas armas quemadas,
por los muertos a la espera,
por tantos vivos muriendo,
¡salva a tu América!


Pedro Casaldáliga, su vida



Nace en Balsareny, comarca del Bages, el 16 de febrero de 1928. Su infancia coincide con la guerra civil española. De muy joven ingresa en el seminario menor de la diócesis de Vic, ubicado en el santuario de Santa María de la Gleva. El deseo de ir a “misiones” hace que ingrese en la congregación claretiana, los Misioneros del Inmaculado Corazón de María; así empiezan los años de formación que le llevarán a Cervera, Barbastro, Vic, Solsona y Valls hasta ser ordenado sacerdote durante el Congreso Eucarístico de Barcelona en 1952. Sabadell será, después de un breve paso por Galicia, su primer destino. Empieza a trabajar en el colegio de los claretianos, pero la dedicación a la enseñanza no le priva de dedicar algunas horas a la radio, fundar la revista Euforia, realizar actividades con los inmigrantes murcianos que van llegando a la ciudad…
En 1958 es destinado a Barcelona, donde ejerce una múltiple actividad pastoral, se encarga de los “cursillos de Cristiandad”, escribe un programa de radio semanal que es retransmitido por once emisoras y colabora en diferentes publicaciones: Otro Cine, Universidad 61… A pesar de llevar un ritmo vertiginoso de trabajo le queda tiempo para intentar hacer algo por los inmigrantes que van llegando a Barcelona. Casaldáliga organiza con sus colaboradores una bolsa de trabajo que consigue trabajo para más de 500 jóvenes, se abre un local con duchas y ropa en el Casal Claret y organiza una escuela nocturna gratuita para jóvenes analfabetos y sin estudios.
De Barcelona es enviado a Guinea para promover los “cursillos de Cristiandad”. Allí lleva a cabo la experiencia de lo que fueron los llamados “cursillos mixtos”, en los que participan simultáneamente personas de diferentes colores de piel. Pedro dice sentir allí «furiosamente la llamada del Tercer Mundo». Guinea deja huella en Casaldáliga.
En 1965 es prefecto del Seminario Claret de Barbastro y al poco tiempo irá a Madrid para dirigir la antigua revista Iris de paz. Madrid le abre nuevas puertas: en la prensa, en los cursillos, entre los universitarios negros de Guinea, en los submundos que ya le eran familiares de Sabadell y Barcelona. Iris se convierte en una revista teñida de preocupación social. Tanto que un artículo suyo calificando de “decepcionante” una declaración del Episcopado Español, supone su destitución.
Asesor Nacional de los Cursillos de Cristiandad, Pedro hace lo que puede para ir impregnando las comunidades cristianas españolas del nuevo aire del Concilio. Junto con otros compañeros juega un papel fundamental en la renovación de su orden religiosa con su participación como delegado en el Capítulo General de Renovación de los Misioneros en 1967, que exigía el Vaticano II.
Un año más tarde, en 1968, es enviado al Mato Grosso (Brasil) junto con el padre Manuel Luzón. La Misión tiene 150.000 km2, de ríos, “sertão” y floresta, al noreste del Mato Grosso, dentro de la Amazonia llamada “legal”, entre los ríos Araguaia y Xingu. En todo el territorio viven entre 50 y 60 mil habitantes. El única carretera existente se está abriendo, roja y polvorienta. Lugar de extrema pobreza, sin médico, correo, luz, teléfono, telégrafo… La profesora más cualificada es una mujer con poco menos de un año y medio de estudios elementales. Los misioneros empiezan a hacer de enfermeros, supliendo los inexistentes médicos en la lucha contra la muerte: malaria, hepatitis, tétanos, deshidratación, desnutrición. En la primera semana de estancia debe enterrar cuatro niños en Sao Felix, más tarde tendrá que enterrar muchos otros. Poco a poco la situación va ofreciendo su cara real.
Las soluciones llegan poco a poco. Forman una escuela de segundo grado, para hacer frente al analfabetismo y un pequeño centro de asistencia médica. Se va construyendo un pequeño equipo misionero. La Misión se convierte en Prelatura: Prelatura de Sao Félix do Araguaia.
En 1970 escribe un informe-denuncia sobre la situación de explotación y abusos que reciben los peones titulado "Esclavitud y feudalismo al Norte del Mato Grosso", que no pasa inadvertido. Comienza a recibir advertencias de los terratenientes y latifundistas, e incluso de "voces amigas" de la Iglesia, pidiéndole que no se meta en cuestiones ajenas al ministerio sacerdotal. La policía federal controla sus pasos.
A pesar de los enemigos que va ganando, el Papa Pablo VI decide nombrarlo obispo. Casaldáliga quiere renunciar, pero sus compañeros lo convencen, ayudados por la petición de otros obispos brasileños. Al final acepta el cargo con una condición: que el hecho de ser obispo no suponga un cambio en su manera de actuar y convivir. El 23 de octubre de 1971 es consagrado obispo de la nueva prelatura de Sao Felix. De aquel día son estas palabras tan claras y significativas de su proyecto:
«Mi pobre vida no vale más que la de este peón de diecisiete años que hemos enterrado esta mañana en el cementerio de la Araguaia, sin nombre y sin féretro, este joven es la persona más importante de este día».
Su mitra es un sombrero de paja, su báculo un remo de madera, su anillo episcopal lo envía a su madre… Esta decisión la valoraba él más tarde con esta reflexión: «Eso sí, desde el primer momento quise ser Obispo de otra manera, mi báculo, mi mitra, mi anillo debían ser otros: los pobres y los muertos que me rodeaban, por el desafío que la Iglesia Latinoamericana y toda la Iglesia del postconcilio vivía en aquella hora».
Su primera carta pastoral es: Una Iglesia de Amazonia en conflicto con el latifundio y la marginación social. Más de 120 páginas de las que sólo 45 son creación del obispo, el resto son documentos en los que las víctimas del latifundio y sus testigos narran la realidad y presentan denuncias: hechos, estafas, chantajes, invasiones, malos tratos, torturas…
La vida de Casaldáliga es puesta a subasta, se ofrecen recompensas a quien logre apartarlo para siempre. Son amenazados tanto él como otros miembros del equipo de la prelatura. El peón Vicente Paulo de Oliveira, de la compañía Bordon SA, declara públicamente: «Benedito Teodoro Soares, el día 1 de octubre me pidió que matase al obispo Pedro, y para matarlo él me daría una pistola del 38 y un pasaje hacia donde quisiera. Y otra vez, el día 5 de octubre, me pidió insistentemente que matase al obispo Pedro, y si yo lo descubría él me mataría».
El año 1972 supone una agudización de los conflictos. Una empresa latifundista destruye un pequeño centro de asistencia médica que la Misión estaba construyendo en Santa Terezina. Casaldáliga y el equipo de la prelatura deciden reconstruirlo. Se produce un nuevo intento de invasión y destrucción. Participa también la policía estatal. Los “posseiros” se defienden a tiros. Hay heridos.
A finales de año Casaldáliga y su equipo publican los Objetivos y líneas básicas de la pastoral de la Prelatura, consecuencia de la detección de los problemas de la zona. Las líneas de acción son claras: la encarnación en la pobreza, en la lucha y en la esperanza del pueblo, la educación liberadora por la concienciación y la promoción humana y la denuncia profética.
El objetivo de Pedro y su equipo ha sido siempre dejar al pueblo ser protagonista de su propia historia: La iglesia de Sao Felix no quiere sustituir la lucha y la organización popular; procura ser instrumento de unión entre todos los trabajadores de la tierra… «Dando información se ha conseguido que estas organizaciones populares: sindicatos, directorios políticos, clubes de madres, etc, anden por sí mismos».
En este mismo sentido debe entenderse la colaboración con otros organismos que ha mantenido el obispo y su equipo: la CNBB (Confederación Nacional de Obispos de Brasil), la CPT (Comisión Pastoral de la Tierra) que prácticamente nació en Sao Felix y entonces se extendió por todo el país, el CIMI (Consejo misionero Indígena) y muchos otros.
1973 tampoco es un año tranquilo; el padre Jentel del equipo de la prelatura es condenado a 10 años de prisión “por atentar contra la Seguridad Nacional”. El equipo de la prelatura se encuentra vigilado por personal armado. Varios seglares son detenidos y llevados a Brasilia, otros en la sede de una conocida empresa latifundista. Las gestiones del presidente de la Conferencia Episcopal del Centro-Oeste hacen que los liberen cuatro días más tarde. Al cabo de unos cuantos días es el mismo obispo Pedro quien es interrogado un total de 16 horas en dos días. Las voces de protesta se levantan por todo el país: la Conferencia Nacional de Obispos, las Conferencias Regionales, sacerdotes, parte de la prensa, la Nunciatura Apostólica de Brasilia… El papa Pablo VI saca el caso en la toma de posesión del nuevo embajador brasileño de la Santa Sede. El Tribunal Supremo Militar anula la sentencia contra el padre Jentel, pero lo expulsa del país (él es francés). Casi 30 obispos llegan hasta Sao Felix a testimoniar su apoyo al obispo Pedro, y unos 18 mandan a sus representantes. El momento difícil se supera. Los seglares detenidos son puestos en libertad. No se han encontrado cargos contra ellos. A pesar de los rumores -muy extendidos- Casaldáliga no es expulsado del país.
Los años siguientes no están exentos de sangre y de dolor. El obispo poeta ha recogido sus experiencias de este período en un libro de título muy significativo: La muerte que da sentido a mi credo. Diario 1975-1977. En la lista de pequeños mártires de la lucha de cada día por la defensa de los derechos de todos, de la tierra, de la sanidad, se añadió un nombre: Joao Bosco Burnier, sacerdote jesuita, asesinado por la policía cuando, junto con el obispo Pedro, iba a interesarse por unas mujeres que estaban siendo torturadas en la comisaría de Riberas Bonito. Días después, el pueblo planta una cruz en el lugar donde fue asesinado su pastor y derriba la prisión. Desde entonces siempre se celebra el aniversario del martirio del padre Joao Bosco con la “Romería de los Mártires de la Caminhada Latinoamericana”.
Entre dificultades la palabra del equipo de Sao Felix se va haciendo creíble y prestigiosa. El obispo Pedro apeló al Parlamento, a la CPI, comisión encargada de los problemas relacionados con la tierra. Delante de ella no tiene ningún inconveniente en denunciar la miseria, inseguridad y desempleo permanentes.
La defensa clara de la justicia en las intervenciones del obispo de Sao Felix implica una opción nítida por la paz y la no violencia. «Nunca he defendido ni defiendo la lucha armada ni la caída del régimen. Ni las guerrillas. Soy, eso sí, totalmente contrario a toda dictadura, capitalista o comunista, militar o civil. Estoy contra toda violencia y contra todo lo que atenta contra los derechos humanos, sea en América Latina o en la Siberia.» (Declaraciones a la revista Yelda, año 1977).
1977 también será un año duro. Durante cinco meses el obispo Pedro es objeto de titulares de prensa, polémicas nacionales, bajo la acusación de “comunista y subversivo”. Parece organizarse una campaña contra los obispos de Goias y Sao Felix. Cada vez va quedando más clara la importancia de la persecución contra la iglesia valiente de Brasil. El 24 de enero de 1978 del arzobispado de Sao Paulo publica un informe sobre la represión contra la Iglesia en Brasil 1968-1978. Los datos son escalofriantes (habla de religiosos detenidos, algunos torturados, otros asesinados, laicos arrestados, amenazas de muerte contra obispos, expulsiones de sacerdotes extranjeros…).
A pesar de esta presión sufrida, la vida de Casaldáliga y su equipo a finales de los años setenta se desarrolla en un contexto de trabajo cotidiano, atención a las personas en la gran variedad de sus situaciones vitales, colaboración con movimientos y coordinadoras de reivindicación social, compromisos con el CIMI, la CPT.
Los escritos de Pedro acompañan sus hechos. Cada mes se dirige a su pueblo a través de Alvorada, boletín de la Prelatura, que es el vínculo de comunicación del pueblo y las comunidades durante años. La represión, en sus mejores tiempos falsificó varias veces su edición. Desde el boletín, cada mes, Pedro ha hablado con su gente.
1981 fue una fecha simbólica: diez años de “caminhada”, de vida del obispo Pedro al servicio de su pueblo. Los obispos brasileños aprovechan estas fechas para nombrar al obispo Pedro “Vicepresidente de la Comisión Pastoral de la Tierra”, vinculada a la Conferencia Episcopal, premiando así su constante trabajo en favor de la defensa de los “posseiros”.
Los reconocimientos no impiden la parte dolorosa del andar del equipo de la Prelatura. El equipo completo es sometido a persecución, en muchas ocasiones violenta. El mismo Pedro es agredido por dos “matones”, cuyas actividades habían sido denunciadas a Alvorada. Vuelve a haber rumores de expulsión.
En 1983 el obispo Pedro recibe el reconocimiento de su pueblo natal que le llama “Hijo Predilecto de Balsareny”.
Desde su llegada en 1968, el obispo Pedro no había abandonado Brasil. Ni siquiera cuando su madre murió, en 1983. Las razones eran bien claras y manifestadas a menudo por él mismo: «No salí por miedo a no volver a ser admitido en el país. Cuando llegué a Brasil por primera vez me hice el propósito de no salir más. Era como quemar las naves». Con todo, en 1985, Casaldáliga viaja a Nicaragua para apoyar con su presencia la huelga de hambre de Miguel D'Escoto, Ministro de Asuntos Exteriores de Nicaragua. El viaje no es particular, sino apoyado por la Prelatura de Sao Felix que celebra simultáneamente jornadas de ayuno en apoyo a Nicaragua. En 24 horas Casaldáliga consigue reunir el apoyo de 23 obispos y la solidaridad de más de 200 asociaciones cívicas, religiosas y sociales de Brasil, al ayuno de d'Escoto. El viaje se convierte en noticia internacional, de él se hacen eco los medios de comunicación sociales.
Casaldáliga deja bien claro el sentido de su gesto: gesto evangélico por la paz, por la autodeterminación y la no intervención en Nicaragua y en el América Central. «Quería contribuir de alguna manera a sacudir la conciencia del Primer Mundo ante lo que sucede en América Central». (Declaraciones en La Vanguardia el 30 de julio de 1985).
América Latina (la Patria Grande) lleva muchos años en el corazón de Pedro, pero esta primera salida lo reafirma más. Desde entonces, de manera mucho más exteriorizada, su nombre se vincula a la lucha siempre pacífica por una Centroamérica diferente, por una América recobrada por la verdadera democracia, instaurada sobre la justicia, la paz, la libertad y el respeto a los derechos humanos.
«Hay que sentir Centroamérica como una unidad de destino, como una fraternidad. Hay que abrir los ojos a lo que de verdad sucede en Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Honduras y Costa Rica. Con libertad de espíritu ante el imperio. Hay que inventar gestos de solidaridad evangélica. Hay que vivir en insurrección evangélica ante la agresión. Es hora de perder el miedo a la historia y a la profecía». (Declaraciones hechas a Vida Nueva, al final de su viaje, en 1985).
En mayo de 1987 Casaldáliga vuelve a salir de Brasil. Esta vez visita en México a los refugiados guatemaltecos, en Chiapas, Campeche. Vuelve a visitar El Salvador, Nicaragua y Panamá.
«Veo la necesidad de estar cerca de la gente que está viviendo las consecuencias del difícil conflicto político-militar, en los frentes de guerra, en los campos de refugiados». (Declaraciones hechas en la revista italiana Nunc, en 1988).
En 1988 hay un hecho importante en la historia de la prelatura y su obispo. Casaldáliga realiza por primera vez su visita “ad limina” a la Santa Sede y se entrevista con Juan Pablo II. En condiciones normales el obispo habría hecho esta visita antes. Las opciones de vida de Pedro, sus dificultades para salir del país y su visión crítica de la verdadera (evangélica) eficacia de estas visitas retrasan su realización.
El viaje de Pedro al Vaticano se convierte también en noticia internacional. No es sino otro gesto del obispo para participar a las autoridades de la Iglesia las preocupaciones, las vidas y las muertes de los hombres y mujeres de América Latina, especialmente de los más desfavorecidos. Antes de visitar al Papa, Pedro se había dirigido por carta a él para trasladarle sus preocupaciones y las de su pueblo. La prensa internacional se hace eco del viaje.
En medio de noticias de supuestas tensiones entre Casaldáliga y la Curia Romana, son muchos los colectivos cristianos que, en todo el mundo, levantan sus voces para expresar su apoyo a la labor del obispo de Sao Felix. En el caso de España son más de dos mil los católicos que escriben a Juan Pablo II para pedirle que nadie “cuestione, inquiete o interrumpa la enorme labor evangélica que está realizando”. Más de veinte obispos hacen llegar también su voz: «Nada les obligará a renunciar al servicio de los pueblos indígenas, hacia el proceso de los campesinos y obreros y hacia la solidaridad latinoamericana, especialmente en los pueblos hermanos de América Central».
Tampoco al dirigirse a las jerarquías de la Iglesia Católica el obispo Pedro abandona sus convicciones:
«La solidaridad es más que un derecho. Es un deber. Es el amor hecho público, colectivo, político. Ahora más que nunca debemos asumir y concretar eficazmente nuestra solidaridad con los pueblos e iglesias de Centroamérica y particularmente con la prohibida de Nicaragua. Yo, por mi parte, seguiré siendo solidario con todas mis posibilidades, hasta la muerte».
En 1989 Pedro vuelve a Centroamérica. En 1990 se conmemora el vigésimo aniversario de la constitución de la Prelatura, momento de hacer balance de veinte años de “caminhada”. La iglesia de Sao Felix lo hace. Algunas cosas han cambiado, otras se pueden mejorar. Van llegando reconocimientos a nivel mundial. La Generalitat de Cataluña le otorga la “Cruz de San Jorge” por su contribución a la cultura catalana.
Pero el nombre de Pedro Casaldáliga vuelve a saltar a los medios. Es a finales de 1990 cuando Adolfo Pérez Esquivel, argentino, Premio Nobel de la Paz, presenta la candidatura de Casaldáliga al Premio Nobel de la Paz. “Voz de los que no tienen voz”, “profeta y poeta”, llama Esquivel al obispo de Sao Felix. Un acto multitudinario sirve desde Cataluña para apoyar esta petición.
Son muchos los colectivos y personas que se movilizan apoyando la iniciativa: más de 60 ayuntamientos catalanes, diputados y senadores, eurodiputados, personalidades del mundo de la cultura, de la política, de la educación, asociaciones y entidades de cooperación internacional, cristianas y no cristianas, trabajadores de la información, profesores universitarios, estudiantes…
En Cataluña y en otros lugares de Europa el obispo Pedro sigue siendo una reivindicación de lo que aún es posible, una llamada a la generosidad y al compromiso, al Hombre Nuevo. Así lo entienden personas que han utilizando su nombre para nombrar sus organizaciones: “Amigos del obispo Pedro Casaldáliga”, “Comunidad Amerindia Pere Casaldàliga”.
El siguiente año Pedro hace su quinto viaje a Centroamérica. Esta vez más especial: El Salvador; participa en la celebración de aniversario de la muerte de Monseñor Oscar Romero. También acompaña a los jesuitas de la UCA, donde pocos meses antes habían asesinado a Ellacuría y compañeros. El viaje, evidentemente, es emocionante.
En 1991 son los primeros veinte años de ministerio episcopal. Él, camina con su gente, pero sigue levantando la voz por todo el mundo, recuerda a todos, en sus cartas habla de los panameños ocupados, del pueblo de Timor, de los palestinos. Sus escritos son un repaso del mapa del mundo: Guatemala, El Salvador, los desaparecidos, Honduras, Brasil.
«La post-modernidad, el post-socialismo, el post-todo de “ellos”, puede ser nuestro principio de todo. Quizás el principio de la Democracia, la verdadera, para cada persona, para todos y cada uno de los pueblos y no solamente para las personas privilegiadas o por privilegiados pueblos del primer mundo». (Carta circular de enero 1991).
En 1992 el Nobel no llega, pero el premio recibido por Rigoberta Menchu fue una gran alegría para el obispo Pedro. El cambio en las instituciones de Brasil no se tradujo en una situación radicalmente diferente: los asesinatos de “posseiros” han continuado. El boletín Alvorada se ve obligado a seguir denunciando la injusticia. La Prelatura no se resigna a la producción sólo literaria. Verbo Films produce en 1990 la película “Amerindia”, escrita por el propio obispo Pedro, como contribución a la conmemoración del V centenario.
Desde su pequeño rincón del mundo donde tiene cabida todo el Universo, Casaldáliga sigue haciendo oír su voz, una voz profética, acompañada por hechos y gestos. El obispo Pedro quiere llevar más allá la democracia:
«Nosotros estamos viviendo ahora la ilusión de la democracia, la cual por no ser una democracia económica, no es democracia. Ni es democracia política. Ni evidentemente democracia social. Ni es democracia cultural. El indio y el negro no caben. Las minorías étnicas, del tipo que sean, tampoco».
«Sólo en la medida en que el Primer Mundo deje de ser Primer Mundo podrá ayudar al Tercer Mundo. Para mí eso es dogma de fe. Si el Primer Mundo no se suicida como Primer Mundo, no puede existir “humanamente” el Tercer Mundo».
Sus grandes obsesiones siguen vivas: “los indígenas”, “los negros”, “los campesinos”. «El gran pecado económico-social de América Latina es el no haber hecho la reforma agraria». El mundo obrero, las ciudades, siguen en su preocupación.
Pero sobre todo sus compañeros de camino: los pobres. Cuando mucha gente comienza a anunciar la muerte de las utopías, Casaldáliga vuelve a clamar suavemente:
«Parece que cada día hay más gente en la Iglesia, y en el mundo, que se muestra cansada de oír hablar de pobres y de “opción por los pobres”. Sería importante, vital, que estos señores entendieran que son muchos los que hace más tiempo están cansados de ser pobres». (Las últimas citas reproducidas son de una entrevista en la revista Éxodo, Madrid 1990).
En el año 1994, se refuerza la idea de continuar haciendo la Romería al Santuario de los Mártires, ya que todavía hoy son muchas las personas que son muertas por su lucha por las causas de la defensa de la tierra, los indígenas, los derechos humanos…
Durante estos años, gracias al equipo del obispado de Sao Felix se han llevado a cabo muchos proyectos para ayudar al desarrollo de la región, muchos de los cuales ahora se aglutinan en la asociación ASA (Asociación Nossa Senhora de Assunçao), minicréditos solidarios, gabinete de Derechos Humanos, producción de zumos de fruta natural, colaboración con la Fundación Fontilles por la prevención y tratamiento de la Hansiniasis (lepra)…
La credibilidad de la Prelazia ha hecho posible que estamentos universitarios de Sao Paulo se interesaran por llevar algunas Facultades a la región, de modo que en el pueblo de Luciara, la gente de la región puede estudiar algunas licenciaturas como Matemáticas, Biología, Estudios Empresariales, etc…
Durante estos años la región de Sao Felix ha duplicado en número de habitantes, algunos pueblos que, cuando Pedro llegó, no existían ahora tienen más de veinte mil habitantes.
Aunque en muchos aspectos ha habido una gran mejora: la escolarización en la primaria está bastante garantizada, hay algunos médicos y algunos centros médicos del estado. Muchos de los mismos problemas siguen vivos. Por ello, el equipo de la Prelazia debe continuar velando y denunciando el cumplimiento de los derechos humanos. Por ejemplo, los pueblos indígenas, que a pesar de tener sus tierras reconocidas, siguen siendo ocupados por los terratenientes y despreciados por parte de la población. La reforma agraria sigue siendo una promesa incompleta.
El trabajo de denuncia constante hecho por Casaldáliga, ya desde la primera Carta Pastoral sobre la existencia de esclavitud en el Matogrosso, se hace patente por ejemplo en el año 2005 con la liberación en la “fazenda Gameleira” de 1.200 trabajadores de caña de azúcar en régimen de esclavitud.
En 2003 Pedro cumple los 75 años y presenta la renuncia al Papa, que es aceptada; pero habrán de pasar más de dos años, y después de muchas incertidumbres sobre el futuro de Casaldáliga, hasta que el Vaticano nombra al que será su sucesor al frente de la Prelazia.
El nuevo obispo, Dom Leonardo Ulrich Steiner, franciscano, nacido en el estado de Santa Caterina en el sur de Brasil, acepta que Pedro continúe viviendo en Sao Felix y trabajando por su Obispado, de modo que la sucesión se hace de forma progresiva.
Casaldáliga continúa siendo una voz referente de las causas de los más pobres, y aprovecha su condición de obispo emérito, para escribir los libros que durante estos años al frente del Obispado no ha podido. Algunas de estas publicaciones son: “Antología Personal”, “Cartas marcadas”, “Cuando los días dan que pensar”.
En el momento de su jubilación, son muchas las organizaciones e instituciones que quieren homenajearlo. Recibe el premio Honoris Causa por la Universidad de Campinas, por la universidad del Mato Grosso. Y en 2006 recibe con un especial agradecimiento y satisfacción el Premio Internacional Catalunya, otorgado por la Generalitat de Catalunya.
Actualmente, y ante las serias y renovadas amenazas de muerte, las autoridades policiales le han convencido para que se aleje de Sao Felix. Recluido en casa de un amigo misionero, a más de mil kilómetros de distancia de su gente, la decisión del Tribunal Supremo de Brasil de que se devuelvan las tierras usurpadas al pueblo indio xavante, en gran parte debida al trabajo de denuncia de la Prelatura, está en el origen de estas medidas de protección, que Pedro Casaldáliga aventura sólo temporales.
Muy interesante para quien quiera degustar su poesía y su pensamiento: Página de Pedro Casaldáliga.
Se me hace tarde, y concluyo este trabajo de recopilación con este poema suyo:
NUESTRA HORA
Es tarde
pero es nuestra hora.
Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer el futuro.
Es tarde
pero somos nosotros
esta hora tardía.
Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco.

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