LO QUE HEMOS VISTO Y OÍDO
Amaneció y
atardeció aquel primer día de la semana. Los vecinos de Jerusalén dormían
después de una bulliciosa jornada de despedida. Por las doce puertas de la
ciudad de David, salieron las caravanas llevando de vuelta a miles de
peregrinos. Las fiestas de la Pascua habían terminado. Todo volvía a la
normalidad. Todos regresaban a sus casas. Todos, menos nosotros.
Pedro - ¡Yo lo vi! ¡Tienen que creerlo!
Magdalena - ¡Y yo también lo vi!
¡Igualito a como los estoy viendo ahora a ustedes!
Felipe - Júralo, anda, atrévete a jurarlo.
Magdalena - ¡Juro que he visto a
Jesús! ¡Lo he visto vivo y coleando! ¿No me creen, verdad?
Santiago - No, Magdalena, por
supuesto que no.
Escondidos en el sótano de la casa de Marcos, con las puertas cerradas,
sentados en el suelo alrededor de una vieja lámpara de aceite, seguíamos
discutiendo lo mismo.
Magdalena - ¡Lo juro por mi madre,
por mi abuela y por mi bisabuela!
Felipe - Sigue, sigue subiendo, llega si
quieres hasta Adán y Eva. Pero ese cuento no hay quien se lo trague, ¿me oyes?
Natanael - El juramento de una
mujer no vale nada y menos el tuyo, que todavía tienes los dientes de leche. A
ver, cuántos años tienes tú, Mariíta de Magdala, cuántos?
Magdalena - Pues a decir verdad, no
me acuerdo, pero más de quince y menos de veinte también.
Felipe - ¡Ja! ¿Y a una mocosa como tú voy yo
a creerle que un muerto se le apareció vivo?
Magdalena - Y doña
María también es una mocosa, ¿verdad, Felipe? ¡Doña María, venga acá un
momento!
Santiago - Déjala, Magdalena. María
es la madre. Y las madres cuando lloran mucho ven visiones. Así pasa siempre.
Magdalena - Que yo sepa, Pedro no ha
parido a nadie. ¡Y también 1o vio!
Pedro - Y ya tengo buenos colmillos, ¿me
oyes, pelirrojo descreído? ¡Que cuando tú estabas todavía gateando, yo le
tiraba piedras a los perros de Betsaida! ¡Y yo te digo que Jesús está vivo! ¡Yo
lo vi!
Marcos - ¡Y nosotros también! ¡Este
matasanos y yo comimos con él en Emaús!
Felipe - ¡En Emaús! ¿No es allá en Emaús
donde dicen que los espíritus de los muertos suben y bajan en la fuente de agua
hirviendo?
Marcos - Está bien, está bien, no lo crean
si no quieren. Me río yo de todos ustedes, ¡hombres sin fe!
Felipe - Y yo me río más de ustedes,
¡pandilla de chiflados!
Natanael - Pues yo no le encuentro
ninguna gracia a esto. ¿Saben lo que andan diciendo por la ciudad, eh? Que
somos nosotros los que hemos robado el cuerpo de Jesús.
Santiago - ¿Quién dijo eso, a ver,
quién lo dijo?
Natanael - Los jefes. Los del Sanedrín.
Nicodemo vino a contar el chisme.
Felipe - Pues yo digo que son ellos mismos
los que lo han robado para hacernos caer en el anzuelo y echarnos mano a todos.
Magdalena - ¡Y yo digo que nadie robó a
nadie porque Jesús está vivo!
Santiago - ¡Tú te callas,
Magdalena, y no chilles tanto!
Tomás - Bueno, bueno… Uste-te-des sigan pe-peleando,
que yo me voy.
Tomás, que escuchaba en un rincón del sótano, se puso en pie y se sacudió
la túnica.
Tomás - Me-me voy.
Felipe - ¿A dónde diablos te vas tú ahora, pedazo
de tartamudo?
Tomás - A ca-casa de Matías.
Santiago - ¿Y qué le pasa a Matías?
Tomás - No le pa-pasa nada. Vi-vino a
celebrar la pa-pascua y ya regresa a Jericó. Yo me-me voy con él.
Natanael - Bien hecho. Eso es lo
que deberíamos hacer todos, largarnos de una vez de esta maldita ciudad de
locos.
Felipe - Los peregrinos ya se han ido, la
mayoría. ¿Por qué no recogemos los cachivaches y mañana temprano nos ponemos en
camino hacia Galilea, eh?
Magdalena - ¡No, yo no me voy de
Jerusalén!
Pedro - ¡Ni yo tampoco hasta que se aclaren
las cosas!
Tomás - A Ga-galilea o a Je-jerusalén, me
da lo mismo. Yo me-me voy a casa de Ma-matías.
Pedro - Espérate, Tomás, no te vayas. ¿Es
que no lo comprendes? ¡Jesús está vivo!
Tomás - ¡Y ustedes están bo-bobos! ¡Adiós!
Tomás salió a la calle, dobló la esquina de los curtidores y echó a andar
por la calzada que baja hacia Siloé. Allí, cerca del estanque, se hospedaba su
viejo amigo Matías.
Matías - ¡Ah, Tomás, tú por aquí! ¡Ya me
estaba preguntando yo dónde te habías metido, compañero!
Tomás - ¿Dónde voy a me-meterme? Desde lo
del viernes, estamos escondidos en un sótano co-como los rato-tones.
Matías - Me lo imagino. Tantas esperanzas,
caramba, y todo se vino abajo como una casa sobre arena. ¡Ay! Mi abuela decía
que al que nace barrigón, no le vale faja. Y eso es lo que nos pasa a nosotros
los pobres, Tomás. Que nada nos vale.
Tomás - Y dilo, Ma-matías. No se puede
creer en nada, ni ilusionarse con nada.
Matías - Viene Juan el bautizador reclamando
justicia y, ¡zas!, degollado. Atrás viene Jesús anunciando que las cosas iban a
cambiar, y ya ves lo que pasó.
Tomás - ¿Por qué será que a
nosotros los de aba-bajo todo nos sale al revés, Matías?
Matías - Será que tenemos mala suerte, compañero.
Tomás - Ma-mala suerte nosotros y ma-mala madre
ellos.
Matías - Bah, este país no tiene arreglo. Esto va
de mal en peor. Pero, en fin, ¿para qué seguir lamentándose si ya todo se
acabó? Dime, Tomás, ¿cómo están sus familiares, los amigos del nazareno?
Tomás - De allá vengo.
Matías - ¿Y cómo están ellos? Cuéntame.
Tomás - También de mal en peor. Algunos han
per-perdido el juicio.
Matías - Claro, lo comprendo. Tanto
sufrimiento… Al principio siempre es así. Luego las aguas volverán a su cauce.
Tomás - Yo a donde quiero volver es a mi-mi
casa. ¿Cuándo te-te vas tú, Matías?
Matías - Mañana a primera hora. Si quieres,
viajamos juntos.
Tomás - Sí, voy con-contigo. Y co-colorín
co-colorao, el cuento éste del Reino de Dios se ha acabao. Así que voy a buscar
mis cosas, me-me despido del grupo y ven-vengo enseguida.
Matías - No hables mucho para que vuelvas
pronto… ¡Ea, te estaré esperando!
Tomás regresó a casa de Marcos. Iba triste, con las manos metidas en los
bolsillos de la túnica y la cabeza baja. Se agachó, tomó una piedra del suelo y
la arrojó con rabia contra el muro.
Tomás - Todo se acabó,
ma-maldita sea… ¡Todo se acabó!
Siguió adelante a través de las callejas oscuras y solitarias de
Jerusalén. El cielo, negro y brillante, se venía abajo, cargado de tantas
estrellas. Tomás entró en el barrio de Sión y dobló la esquina de los
curtidores.
Tomás - ¿Pe-pero qué estará pa-pasando? Ya
casi es me-me-dianoche.
A pesar de la hora, nadie dormía en casa de Marcos. La bulla que salía
del sótano, se escuchaba desde la calle. Cuando Tomás abrió la puerta, nos
encontró a todos riendo, brincando, dando gritos de alegría.
Santiago - ¡Tomás! ¡Al fin llegas!
Natanael - ¿Lo viste, Tomás, lo viste?
Tomás - Sí, lo-lo vi.
Felipe - ¡Nosotros también! ¡Todos, todos lo vimos!
Tomás - Pe-pero, ¿cómo? Ma-matías no ha salido de
su ca-ca-casa.
Magdalena - ¡Qué Matías ni Matías!
¡Jesús! ¡Ha estado aquí con nosotros!
Pedro - ¿Por qué te fuiste, Tomás? ¡Si te
hubieras quedado, lo hubieras visto también!
Tomás - Pe-pero, ¿es po-posible que sigan
con la misma canción?
Santiago - Tomás, siéntate ahí y
escúchame. Tú me oíste antes, ¿verdad? Tú sabes que yo estaba cerrado, más
cerrado que esas ventanas. No me creía un pelo de lo que decía la Magdalena, ni
Pedro, ni María. ¡pero ahora lo he visto! ¡Todos lo hemos visto, Tomás! ¡Jesús
está vivo!
Tomás - Ya decía mi tío que la lo-locura se
pe-pega como las chinches.
Felipe - No, Tomás, esto es otra cosa. ¡Esto
es lo más grande que ha pasado en el mundo! ¡Y Dios nos ha dado ojos para
verlo!
Tomás - Lo que ustedes han visto es un
fan-fantasma.
Magdalena - ¿Anjá? ¡Yo no sabía que
los fantasmas de ahora eran morenos y con barba! ¡Ja!
Santiago - No, Tomás, era él, ¡era
Jesús! Estaba ahí mismo donde estás tú ahora. Llegó, nos saludó a todos y
nosotros nos quedamos sin aliento, y él se echó a reír porque nos veía con
aquel susto.
Tomás - Lo que di-digo, un fan-fantasma.
Magdalena - Ningún fantasma,
caramba, que los fantasmas no comen y éste se zampó una cola de pescado y el
panal de miel que habíamos dejado para ti. ¡Mira, mira el plato donde te
habíamos guardado la cena! ¡Y se la comió Jesús! ¡Y tomó vino y se sonó la
nariz! ¿También los fantasmas hacen eso, eh?
Tomás - Jesús se mu-murió. ¿Cómo va a estar
vi-vivo si yo lo vi muerto?
Felipe - Eso decimos nosotros: ¿cómo va a
estar muerto si lo hemos visto vivo?
Tomás - Habrán visto su espí-piritu. Dicen
que las almas de los di-difuntos dan siete vueltas por los alrededores antes de
descansar en pa-paz.
Magdalena - ¡No! ¡Era Jesús de carne
y hueso! El mismo de siempre, con la misma risa y las mismas cosas, pero más
alegre, más… qué sé yo, no sé ni cómo decirte… ¡pero era él, el moreno!
Tomás - Pues yo no lo-lo creo.
Santiago - Escucha, Tomás: cuando
tú te fuiste a la calle, nosotros nos quedamos peleando, ¿te acuerdas? Que si
nos vamos a Galilea, que si nos quedamos aquí en Jerusalén. Y de pronto, llegó
él, Jesús. Y nos dice: tienen que salir, tienen que ir por todo el mundo
anunciando la victoria de Dios.
Natanael - Nos miró a cada uno y
nos dijo: ¡cuento con ustedes! Hay que seguir luchando por la justicia, aunque
los maten, como a mí. Pero no tengan miedo. La muerte no tiene la última
palabra. La tiene Dios.
Pedro - ¿Comprendes, Tomás, comprendes lo
que ha pasado? ¡Jesús fue el primero en levantar la cabeza! ¡Detrás de él,
iremos todos!
Santiago - Jesús confió en Dios y ahora
es Dios el que confía en nosotros.
Felipe - ¡El Reino de Dios no lo para nadie,
ni los gobernantes, ni los ejércitos, ni el diablo, ni la muerte ni nadie!
Tomás - Eso suena muy bo-bonito. Tan bo-bonito que
no puede ser verdad.
Pedro - Pero, Tomás…
Tomás - No. No me creo nada de eso.
Cuentos, cuentos y vi-visiones. Como los camelleros en el desierto que tienen
tanta sed que ven agua donde hay arena. No, no lo creo. ¡No 1o creo, caramba!
La única verdad es que esta-tamos tristes. Perdimos al mejor amigo que
te-teníamos y con él se nos fue también la esperanza. Todo se acabó ya, todo.
Pedro - No,
Tomás, óyeme bien: el viernes, allá en el Gólgota, parecía como si el cielo se
hubiera cerrado para siempre. Pero Dios nos guardaba esta sorpresa. ¡El primero
en llevarse la sorpresa fue Jesús, cuando Dios lo levantó de la muerte,
imagínate! Esos bandidos pensaron que habían ganado ellos. Pero Dios se la
tenía preparada y metió su mano por Jesús! ¿Por qué no lo crees, Tomás?
Tomás - Porque no. Porque pa-para creerme
yo que Dios metió su mano tendría que me-meter yo la mía en los agujeros de los
clavos. No, por favor, no me-me engañen más, que no quiero volver a
ilusionarme. No, yo tengo la lengua ma-mala, pe-pero la cabeza la ten-tengo
bien puesta. Y ma-mañana mis-mismo me-me iré con Ma-matías.
Pero en las horas que faltaban para irse, sucedió lo que
Tomás no creía, lo que Tomás menos esperaba…
Tomás - ¡Matías! ¡Matías! ¡Abre,
ábreme!
Matías - Pero, ¿qué pasa, Tomás, qué
pasa?
Tomás entró como una tromba en casa de su amigo…
Tomás - ¡Matías! ¡Era verdad, Jesús está vivo,
más vivo que tú y que yo! Y yo decía que si no lo veía no lo creía, pero era
verdad. Estábamos en el sótano, con las puertas cerradas, y yo que no, y ellos
que sí, y yo que no, y ellos que sí, y en eso llega Jesús, y se pone ahí, como uno
más del grupo, como siempre, y viene y me mira a mí, ay caramba, yo me
pellizqué en un brazo y en el otro y él me dice: ¡No soy ningún fantasma, Tomás,
no seas tan cabeza dura! Y Jesús delante de mí, así mismito como estamos tú y
yo ahora, Matías, y dijo: ¡Venga un abrazo, Tomás! Y yo casi me caigo redondo y
le digo: ¡Moreno, tú eres el Mesías! Y él me dice: A mí me pasó igual que a ti,
Tomás, por un momento pensé que Dios me había abandonado. Pero no. Puse mi
suerte en sus manos y, ya ves, él no me falló. Haz tú lo mismo, Tomás.
Ten confianza, aunque no veas, aunque no entiendas. Y ahora, corre, corre y
diles a todos que esto no se acabó, que ahora es que comienza. ¡Y yo vine a
decírtelo, Matías, ¡¡¡tenía que decírtelo!!!
La lengua de Tomás se soltó para contarle a su amigo lo que había visto y
oído. Y Matías creyó y empezó a pregonarlo por todo el barrio de Siloé, y unos
a otros se pasaban la noticia. Y nosotros también se lo anunciamos a ustedes
para que compartan nuestra alegría sabiendo lo que nosotros sabemos, ¡¡¡que
Jesús, el de Nazaret, está vivo para siempre!!!