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Y ¿ahora qué? ¿El real Madrid otra vez campeón?




En una entrevista de Francisco papa con Antonio Spadaro s. j., de La Civiltà Cattolica el 19 de agosto de 1913 dijo: «Veo con claridad que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar¡ Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas… Y hay que comenzar por lo más elemental».
Ha llovido, ha escampado y ha sobrevenido sobre el mundo entero una tormenta de dimensiones sobreplanetarias de la que tardaremos mucho tiempo en liberarnos. Con todo patas arriba, la Iglesia no tiene más alternativa que reinventarse para seguir, no sólo al Papa y el Evangelio; para responder a las necesidades y expectativas del mundo y ser coherente con lo que se decidió hace cincuenta y cinco años en el Concilio Vaticano II: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón. La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos. La Iglesia por ello se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia». (Constitución Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 1)
Tras sesenta días, dos meses muy largos, con las puertas abiertas o cerradas pero impracticables para la totalidad del pueblo de Dios, se nos permite acceder, eso sí con cuentagotas y muchas prevenciones, al interior de nuestros templos ¿para qué?
Si fuera para volver al culto de antes, el de siempre, el que aprendimos desde pequeñines y “hemos ejercido” a la largo de nuestra vida, es muy posible, casi seguro, que nos equivocaríamos y no sólo defraudaríamos a quienes pretendemos servir, sino que ofreceríamos a nuestro Dios un culto, si no vacío, inútil.
Toca reinventarnos para ser otra Iglesia, la Iglesia que ya estaba inventada en el Evangelio porque Jesús soñó y propuso, y que la cristiandad hemos ido olvidando a lo largo de los siglos y la acomodación interesada a los usos y provocaciones del mundo ha hecho real e inamovible.
Puede parecer “recurrente” la cita, pero a mí no se me ocurre otra que el capítulo 25 del evangelio de Mateo, en su totalidad, pero especialmente los versículos 31-46:
«Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha:
“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.
Entonces los justos le contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”.
Y el rey les dirá:
“En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.
Entonces dirá a los de su izquierda:
“Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.
Entonces también estos contestarán:
“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”.
Él les replicará:
“En verdad os digo: lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo”.
Y estos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna».
No será fácil por los mimbres con los que hay que contar— en exceso endurecidos y resecos—, pero no me diga nadie que la ocasión no es propicia. Ahora o nunca. Hasta morir en el intento.
«Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros». (Juan 14, 16-18)

El Cristo de Villagarcía



Tantas veces he estado en aquella casa de ejercicios, tantas veces le he visitado en la capilla del primer piso. Me impresiona siempre, pero especialmente cuando no hay nadie más. Visto desde la entrada, parece estarte invitando a pasar. Conforme te vas acercando, la impresión va mutando hasta transformarse en intimidad cálida. El diálogo que se inicia desde la puerta acaba convertido en charla silenciosa, sin palabras.
Con la capilla llena y la luz a todo trapo, a pesar de su tamaño respecto de las dimensiones del recinto, la talla no oprime, pero destaca: Él preside.
La otra noche, sin embargo, le vi así, y no quise modificar el pantallazo. Lejano, pequeño, solitario… ¿Desamparado?
Hoy he leído un comunicado de unos 300 sacerdotes y diáconos catalanes apoyando el 1-O. No dicen, como han publicado por ahí, que “el evangelio defiende el 1-O”, no lo escriben al menos. Tal vez lo piensen, pero no lo expresan. Sí he podido leer otras cosas que me hacen daño, no como castellano y español, que también; como cristiano. Y como ser humano.
Le han empequeñecido aún más al Cristo de Villagarcía. Flaco favor le han hecho a Él, y a todo el resto de seres humanos de los que ese colectivo parece no querer formar parte.
¡Qué pena!


Llorar como una magdalena

María Magdalena llorando. Anónimo Flamenco (s XVI)

Es decir, llorar. Porque no siempre ocurre que se llore de verdad. Se hace también de mentirijillas. Lágrimas de cocodrilo, suele decirse. Llorar tiene su superlativo cuando las lágrimas son de sangre, como también su ínfima expresión cuando a los pucheros no le sigue absolutamente nada.
A La Magdalena se le atribuyen lágrimas en exceso, según el relato evangélico, y tal vez por eso sirva ese dicho para quien llora y llora sin pausa ni consuelo. Así, que yo recuerde, y porque la tradición en esto también juega, María Magdalena enjugó a Jesús los pies con sus lágrimas, lloró junto a otras en el camino del Calvario, en el Descendimiento la sitúan también al pie de la cruz llorosa, y luego en el huerto, junto a la tumba vacía, vuelve a llorar, de manera que un a modo de hortelano la pregunta ¿por qué lloras? Luego, el resto de su vida, y tal como la describen pintores de tronío, lloró y lloró a más no poder, no debió hacer otra cosa. La pecadora arrepentida. Pues eso.
Sin embargo, no creo yo que eso la haga justicia. No me imagino así a María la de Magdala. Si Jesús se fijó en ella, y si ella tal vez se fijara antes en Jesús, tuvo que ser por otra cosa. Esta persona, de sexo femenino, a buen seguro no era de lágrima fácil, ni abundante; incluso yo diría que era de llorar en seco. Casi como las Dolorosas de mi tierra, con el llanto en los adentros.
Tal vez llorara al modo de Jesús en la muerte de su amigo Lázaro, con el corazón en la garganta, o ante Jerusalén y su terrible destino, o en el diálogo tenso con el Abba al decir de la carta a los Hebreos. A Jesús nadie lo consideró llorón pero sí de tener entrañas que se conmovían ante el dolor ajeno. También el relato evangélico lo dice.
Sí, Magdalena llora y lo hace de verdad. Llora como cualquier ser humano puede hacerlo cuando es feliz, cuando se le han roto todas las esperanzas, cuando ve a la persona querida maltratada, cuando se enfrenta a la decisión fundamental de su existencia, cuando el corazón se le ha inundado de paz. Llora por el vacío, por la injusticia, frente al sinsentido y la barbarie, por pura misericordia.
Pero hoy no se trata de eso. Hoy, que es su fiesta, lo que Jesús le repite, luego de habérselo preguntado los ángeles, es que es bobada llorar, que ni es momento ni hay razón; que lo único que cabe en ese encuentro es el mutuo reconocimiento:
- ¡María!
- ¡Rabbuni!


De “ya no te quiero” a “donde hay amor, allí está Dios” (Cfr 1ª Juan)



Peña Lara
No empecé demasiado bien este mes de mayo, pero a poco me fui entonando. Al compás de las cosas que he vivido en estos días pasados, y más en concreto por la manera como las he soportado, puedo afirmar sin mentir que mayo no traerá buena cosecha en grano, pero no deja mal sabor de boca. Y eso que hay dos gestos, precisamente en los últimos días, que han encrespado a la inmensa mayoría: la pitada al himno nacional en la final de la copa del rey y no quitarse la gorra tras quedar tercero en el giro de Italia. Lo primero fue obra de las hinchadas del barça y del atleti; lo segundo, de un tal mikel landa. No me han hecho perder la compostura, pero sí me han molestado.
Como también me han molestado manifestaciones de personajes de la política tras las votaciones del pasado domingo. No han conseguido asustarme, por más miedo que avisaren.
Otras cosillas se han dado, pero ni merecen citarse. Allá cada cual con el resquemor que acumule; si no sabe cómo liberarse de él, siempre puede encontrar algún manual de autoayuda, que hay cantidad y de balde.
El caso es que termina mayo con una fiesta que no recibe la atención y el eco que merece, la Santa Trinidad. Eso está claro que es normal en una sociedad que además de no confesional está convencida de haberse liberado de cualquier lazo religioso. Lo anómalo es que precisamente hoy no se notara más significativamente entre quienes debieran sentirse implicados.
Pelillos a la mar. Yo por mi parte he encontrado esto, que me parece colocarlo para deleite y reflexión, también para anuncio y proclama. Ojala haya muchos que al leerlo se sientan reflejados.

Bienaventuranzas de la misericordia
de Miguel Ángel Mesa Bouzas

Felices quienes han comprendido que la Divinidad está más allá de los nombres, las imágenes, las afirmaciones de la fe. Pero la sentimos: nos mira, nos respira, nos envuelve.
Felices a quienes cada mañana les despierta el mismo sol y les acuna por la noche la luna de siempre y en ello comprenden que el Dios de la Vida se mantiene día y noche cuidándonos, esperándonos. Quienes han llegado a descubrir que es como un Padre lleno de bondad, ternura y misericordia, con un corazón de Madre.
Felices quienes ayudan a los demás a descubrir lo que han vislumbrado bajo la inmensa luz del misterio de Dios Padre y Madre, e intentan expresarlo con profunda humildad, desde sus palabras y, sobre todo, con sus hechos diarios.
Felices quienes se han dejado impregnar por la Buena Noticia de Jesús, el deseo del Reino de Dios, es decir, la construcción de una sociedad que no esté basada en el dinero, en el poder, en el dominio de unos sobre otros, sino en la igualdad y la fraternidad.
Felices quienes experimentan como Jesús, la cercanía, la presencia y la íntima certeza de un Dios-todo-bondad que nos fortalece, anima y acompaña en el sendero de la vida.
Felices quienes se comprometen, como lo hizo Jesús, en curar, aliviar, liberar, integrar y dar valor a cada persona con la que nos encontremos, especialmente con las más marginadas y humilladas a las que debemos salir al encuentro.
Felices quienes creen que el Espíritu de Dios es la fuerza, el aliento, la audacia y la profecía para emprender cada día una nueva vida.
Felices quienes ven las señales del Espíritu en cualquier signo que muestre semillas de fraternidad, de ternura, de acercamiento, de superación del sufrimiento, de paz.
Felices quienes gozan al contemplar el Espíritu de Dios que se cierne sobre los océanos, las montañas, los animales, las flores y sobre el ser humano, que llegan a ser ellos mismos en profundidad cuando se dejan amar por Él entre las sábanas del alma.
Felices quienes descubren que la Trinidad no es un misterio incomprensible, sino la cotidiana experiencia del Amor, desde una vida encarnada en nuestra historia, con un respiro, un ánimo y una pasión especial por seguir viviendo cada día con los mismos sentimientos de Jesús, junto a tanta gente en toda nuestra tierra que trabaja por otro mundo más fraterno, justo y solidario. Es el espejo que nos muestra cómo debe ser y comportarse la mejor comunidad.

Una tía Tula muy evangélica: Santa Marta


Cristo en casa de Marta y María*. Diego Velázquez. National Gallery, Londres

La de vueltas que le he dado en mi vida a este texto que todo el mundo da por bueno: «Marta, Marta, te afanas inútilmente por tantas cosas, pero sólo una es necesaria. María, tu hermana, ha escogido la mejor parte y no se la quitarán» (Lucas 10, 38-42). Y es que Marta estaba hasta las narices de que todo el peso del trabajo doméstico recayera sobre sus espaldas, en tanto que su hermana, María, sólo quería estar de charleta. Así que no es de extrañar que se quejara.
También yo lo hubiera hecho. Pero como ya me sé la respuesta que dicen dio Jesús, no se me ocurre. Y nunca lo he hecho. Claro que no de buena gana.
Y tengo que decirlo: me cargan las y los “María” que hablan y escuchan, parecen estar en una onda superior, y las cosas que hay que hacer no les corresponde porque para eso está el resto, la tropa. Porque además lo hacen muy bien: limpiar, cocinar, ordenar. Ellos deben cultivarse el espíritu, la mente, el alma… No se les puede atosigar… porque se deprimen. Ni molestar… porque tienen que meditar. Su oficio es pensar… y decidir por los demás. La famosa élite que comanda al resto, la clase de tropa.
Ya me gustaría a mí saber a ciencia cierta cuáles fueron las palabras originales de Jesús, pero no parece cosa fácil.
Así que me permito discrepar de este, por otra parte, precioso texto, y afirmo que Jesús pretendió decir otra cosa; tuvo que ser así. Y a don Diego Velázquez le niego que Marta fuera el patito feo que pintó. Yo me la imagino con una cara preciosa.
De todas formas, pongo aquí la historieta completa, narrada de manera resultona por unos autores ya conocidos en este blog: los hermanos López Vigil.

LA TABERNA DE BETANIA


A poca distancia de Jerusalén, al otro lado del Monte de los Olivos, está Betania, un pueblo pequeño y blanco, rodeado de datileras. Eso quiere decir su nombre: tierra de dátiles. Cuando los galileos íbamos a Jerusalén, terminábamos siempre buscando posada allá, en alguna de las fondas de Betania.

Lázaro - ¡Marta, mira a ver ese pan que pusiste en el horno! ¡Huele a quemado! ¡Y tú, María, deja de hablar y prepara otras seis esteras! La, la, rá, la, rí… ¡Este es el mejor tiempo del año, sí señor! ¡Jerusalén revienta de peregrinos!
María - ¡Y yo me voy a reventar los riñones! No hago más que agacharme y levantarme preparando esteras. Oye, hermano, esto ya está muy lleno. No cabe ni una aguja. Si alguien viene pidiendo posada, di que no, que ya no hay sitio.
Lázaro - Pero, muchacha, ¿tú no sabes que al que dice no a un galileo se le seca la lengua y le empiezan a salir gusanos por las orejas? Trae mala suerte decirle no a un galileo. ¡Aquí hay sitio para veinte más, si lo sabré yo, que me conozco esta taberna mejor que la palma de mi mano! ¡Epa, Marta, ayúdame con esta sopa, que los clientes están esperando!
Marta - ¡Ya voy, hombre, ya voy! ¡No tengo siete manos!

La Palmera Bonita se llamaba la taberna de Lázaro en Betania. En ella se amontonaban mulos, hombres y camellos en las grandes fiestas que vivía Jerusalén, tres veces al año. Y, sobre todo, en la Pascua. Entonces, cuando la taberna estaba rebosando de gente y de animales y el aire se espesaba con el olor a vino, a sudor y a boñiga, era cuando Lázaro se sentía completamente feliz.

Lázaro - ¿Qué me dicen de esta sopa, eh? ¡Sírvanse, sírvanse más, que aún tengo otro caldero! ¡No quiero que nadie pase hambre en mi casa! ¡Aquí se duerme bien y se come mejor! ¡Para que lo cuenten después por todo el norte!

Lázaro era un hombre gordo y grande, con una tamaña barba que terminaba donde empezaba su abultada barriga. Había nacido en Galilea y fue de muy joven a Judea. Desde entonces, se encargó de levantar aquel negocio. No había tenido mujer. Cuando le preguntaban, contestaba siempre que él estaba casado con su taberna y se relamía de gusto sus bigotes negros.

Lázaro - ¡Marta, ve preparando cuatro cabezas de cordero! ¡Estos paisanos quieren probar la especialidad de la casa!
Marta - Te advierto que tardarán un poco en hacerse. No puedo estar en todas partes a la vez.
Lázaro - No hay prisa, mujer, no te apures…
Marta - Tú no tendrás prisa, pero ésos sí tienen hambre. Y no me gusta hacer esperar a la gente.
Lázaro - Prepara las cabezas de cordero y calla. ¡Si no las quieren ellos, nos las zamparemos nosotros!
Marta - ¡Pero si acabas de comer, Lázaro! ¡Pareces un saco sin fondo!

Marta, la hermana mayor de Lázaro, era una mujer fuerte, de brazos robustos y piernas ágiles. Trabajaba en la fonda desde hacía unos años cuando quedó viuda. Y trabajaba mucho. Lázaro la quería y confiaba en ella. Desde que Marta lo ayudaba en la taberna, el negocio había subido como la espuma del vino al fermentar. María, la otra hermana de Lázaro, era muy distinta.

María - ¡Ay, Lázaro, ay!
Lázaro - ¿Qué pasa, María?
María - No sabes lo que me ha estado contando ese Salim, el camellero que acaba de llegar. Dice que por Samaria se encontró con una docena de ladrones. ¡Llevaban un cuchillo en la boca y salían de debajo de las piedras, como los alacranes!
Lázaro - Cuentos, cuentos…
María - Pero, Lázaro, ¡imagínate que alguno de los que han llegado ayer del norte sea uno de ésos! Hay un manco que no me gusta nada.
Lázaro - Si es manco, ¿cómo va a ser ladrón, María?
María - ¡Le queda una mano, Lázaro! Ese hombre está raro, te lo digo yo. Estuve registrando en el saco y allá en el fondo brillaba una cosa… ¿No será de esa pandilla? Este camellero que te digo me contaba que esos ladrones lo que buscan son joyas.
Lázaro - Bueno, pues si es eso lo que buscan, se van a ir con las manos limpias. ¡Aquí lo único que encuentran son calderos de sopa y ratas!
María - Lázaro…
Lázaro - ¿Qué pasa, María? No me asustan tus cuentos de ladrones.
María - No, si no es eso. Mira, ese camellero que te digo… yo creo que sería un buen marido para Marta, ¿no crees? Parece muy honrado. Y tiene unas manos grandes y fuertes. La sabría defender.
Lázaro - ¿Defenderla de quién? ¡Marta se sabe defender solita! Anda, no enredes más. ¿Ya preparaste las esteras que te dije?
María - ¡Uy, se me había olvidado! Hablando con el camellero…
Lázaro - ¡Diablos, todo se te olvida! ¡Corre a prepararlas! ¡Anda, corre!

María era la otra hermana de Lázaro. Tenía los ojos grandes y algo bizcos, como dos pájaros sueltos que se iban detrás de todo lo que veían. Era fea, pero tan alegre, que al poco rato de estar hablando con ella, uno no se fijaba más que en su boca, que sonreía siempre. Su marido la había abandonado hacía unos meses. Y desde entonces, también trabajaba con Lázaro en la taberna.

Lázaro - ¡María, ve preparando más esteras de las que te dije! ¡Ahí vienen otros galileos!

Pasado el mediodía, llegamos a la Palmera Bonita. En Jerusalén nos dijeron que allá podríamos encontrar posada. Veníamos cansados del camino, llenos de polvo y con las tripas vacías. Cuando nos acercábamos a la taberna, Lázaro salió a recibirnos a la puerta.

Lázaro - Eh, ustedes, ¿cuántos son?
Juan - Cuenta, cuenta… todos los que ves aquí.
Lázaro - Seis, ocho, doce… trece. Trece: dicen que ese número trae mala suerte.
Tomás - Ya lo de-de-decía yo.
Lázaro - ¡Pero a mí nunca un galileo me ha traído mala suerte! ¡Al contrario! ¿Son de por allá, no?
Pedro - Casi todos. Bueno, éste del pañuelo amarillo, no. Y el de las pecas, tampoco.
Tomás - Yo soy de Judea tam-tam-también.
Jesús - Bueno, amigo, ¿hay sitio para nosotros o no?
Lázaro - ¡Pues claro que sí, galileos, claro que lo hay! Donde caben siete ovejas, cabe el rebaño entero, ¿no es así? Además, llegan ustedes a tiempo de hincarle el diente a unas cabezas de cordero que se están haciendo. ¿Qué? ¿No les llega el aroma? Se las iban a comer otros clientes, pero no tuvieron paciencia de esperar a que los sesos se pusieran bien blanditos! Estaba escrito en el libro de los cielos que esas cabezas irían a parar a la panza de ustedes. ¡Ea, vengan adentro!

Cuando entramos en la taberna de Lázaro, Marta estaba recogiendo las sobras de la comida que había servido un poco antes a más de cuatro docenas de paisanos. En los rincones del amplio patio todavía quedaban algunos bebiendo y jugando a los dados. Los chivos mordisqueaban en el suelo pedazos de pan y un camello paseaba lentamente sus jorobas ante nuestros ojos.

Lázaro - ¡Eh, Marta, prepara también una olla de garbanzos! ¡Y saca vino! ¡Aquí hay más clientes y tienen hambre! ¡Y tú, María, ven acá corriendo! Siéntense por ahí, camaradas, que podrán comer enseguida. Bueno, y cuéntenme, ¿qué noticias hay por Galilea? ¿Cuándo le cortan el pescuezo a Herodes? ¿De dónde vienen ahora?
Juan - De Cafarnaum. Nos juntamos allá para venir a celebrar la Pascua.
Pedro - Y cuéntanos tú qué hay por Jerusalén. Hemos visto muchos soldados.
Lázaro - Todos los años es lo mismo. Pero este año hay más guardias que ratas. Y cada uno tiene cuatro ojos delante y otros cuatro detrás. ¡Hay que andarse con mucho cuidado!
María - ¿Qué, Lázaro? ¿Cuántos han venido?
Lázaro - Son trece, María. Vete a preparar trece esteras.
María - Pero, Lázaro, ¿no sabes cómo está eso? Se pisan unos a otros.
Lázaro - Busca trece agujeros donde Dios te dé a entender, María. Pero antes atiéndeme a estos compatriotas mientras yo voy recogiendo por ahí… Y ustedes, no le hagan mucho caso a esta hermana mía. Si se descuidan, los enreda en su madeja y de ahí no salen.
María - ¿De dónde eres tú? ¿Galileo, verdad?
Juan - Sí. Vivo en Cafarnaum.
María - ¡Ay, mira, de Cafarnaum! De ahí conocí yo a un tal Pánfilo… ¡me contaba cada cosa! Decía que Cafarnaum es una ciudad muy bonita y con más jardines que Babilonia, y tan grande que hacen falta dos pares de sandalias para recorrerla de una punta a otra. Y me decía también que en el lago hay unos peces así de grandes, de cuatro colores, bendito sea Dios, y unas palmeras así de altas, que tapan el sol con los penachos… ¡Ay, caramba, lo que me gustaría a mí viajar allá al norte y conocer todo aquello! Pero, imagínense, paisanos, una aquí, amarrada a esta taberna para sacarla adelante. Ah, pero eso sí, cuando sea vieja, ya verán, entonces le voy a dar la vuelta al país entero, aunque sea montada en ese camello. Así que de Cafarnaum, de donde Pánfilo. Y tú, ¿qué? ¿También eres de allá?
Pedro - No, yo soy de más arriba. De Betsaida.
María - ¿De la grande o de la chica? Por aquí vino un tipo de Betsaida que andaba enamorado de mí. Pero era bizco, así como yo. Bueno, peor que yo. No nos entendíamos. Cuando yo miraba para un lado, él miraba para el otro… ¡era un lío! ¡Dos bizcos no se pueden casar! Oye, ¿y de dónde eres tú?
Jesús - De Nazaret.
María - ¿De Nazaret? ¡Uy, en mi vida había oído hablar de ese pueblo!
Jesús - Ni yo tampoco, María, hasta que nací en él.
María - ¿Y dónde queda eso, tú?
Jesús - Lejos, muy lejos. Donde el diablo dio las tres voces, y nadie lo oyó.
María - ¡Ay, qué risa!
Jesús - Aquello es muy pequeño, ¿sabes? No es como Cafarnaum. Pero también las cosas pequeñas son importantes, no creas. Fíjate en ésta: Pequeña como un ratón y guarda la casa como un león. ¡Una, dos y tres: dime qué cosa es!
María - Pequeña como un ratón y… ¡la llave! ¡Adiviné, adiviné!
Jesús - Escucha ésta entonces: Pequeño como una nuez, sube al monte y no tiene pies.
María - Espérate… una nuez sube al monte… ¡el caracol! ¡Otra, otra!
Jesús - Ésta sí que la pierdes. Escucha bien: No tiene hueso, nunca está quieta, y con más filo que una tijera.
María - No tiene hueso… Ésa no la sé…
Jesús - ¡La lengua tuya, María, la lengua tuya que no se cansa de hablar!
María - Ah, no, eso no se vale, no… ¡ay, qué risa!… Oye, ¿y tú cómo te llamas?
Jesús - Jesús.
Tomás - Le di-di-dicen el mo-mo-moreno.
María - ¿Tienes mal la garganta? Mira, si quieres, te doy una receta: dos medidas de agua y dos de yerbalinda que haya estado en remojo durante tres días. Haces gárgaras y la lengua se te suelta a hablar que da gusto.
Juan - Ésta debe haber tomado mucho de ese jarabe, ¿no?

Al fondo de la taberna, Marta comenzó a impacientarse…

Marta - ¡Lázaro, Lázaro! Pero, ¿es que no te enteras que María no para de darle a la lengua y me ha dejado sola con todo el trabajo que hay en la cocina? ¡Dile que me ayude!
Lázaro - ¡Al diablo con estas mujeres! ¡Arréglenselas ustedes como puedan!

Entonces Marta se acercó a donde estábamos sentados. Sobre su vestido de rayas llevaba un delantal grande, lleno de grasa, que olía a cebolla y a ajo.

Marta - Miren, ustedes me perdonarán, pero si hay que preparar comida para trece y esta hermana mía no hace más que parlotear, no vamos a acabar nunca. No le hablen más, a ver si viene a echarme una mano.
María - Marta, oye esto: “pequeña como un ratón y guarda la casa como un león”… ¿Eh?… ¡La llave!
Marta - Vamos, María, por Dios, que no acabamos nunca.
Jesús - Pero, Marta, no te preocupes tanto. Tenemos hambre y a buen hambre no hay pan duro. Con cualquier cosa nos arreglamos. No te apures, no es necesario. Verás, María, oye ésta otra: Pequeña como un pepino y va dando voces por el camino…

María se quedó todavía un buen rato conversando. Se reía con nosotros y nosotros nos reíamos con ella. La alegría que contagiaba era más necesaria que el pan y que la sal. De todas formas, cuando Marta nos trajo aquellas cabezas de cordero que tanto había elogiado Lázaro, nos las zampamos en un momento. Recuerdo que no dejamos ni los huesos.



Lucas 10,38-42


En los días de fiesta era difícil encontrar posada o alojamiento en Jerusalén, por la aglomeración de peregrinos. Tantos llegaban a reunirse, que un dicho de la época afirmaba que uno de los diez milagros que Dios realizaba desde el Templo era que todos cupieran en la ciudad. Era imposible que todos se alojaran en albergues situados dentro de las murallas y los que no cabían tenían que irse a los pueblos vecinos. Es improbable que los peregrinos acamparan al raso, pues en tiempo de Pascua las noches en Jerusalén, rodeada por el desierto, son muy frías. Así como los distintos sectores de la población tenían sus barrios fijos en la capital, así también los distintos grupos de peregrinos tenían sus lugares habituales de hospedaje. Todo hace suponer que el campamento de los que llegaban de Galilea estaba situado hacia la parte occidental de la ciudad, por donde está Betania.

Betania es un pequeño pueblo situado a unos seis kilómetros al este de Jerusalén, más allá del Monte de los Olivos, en el camino que va a Jericó. Actualmente, se le llama también El-Azariye, en recuerdo de Lázaro. En los sótanos de una iglesia dedicada a Marta, María y Lázaro se conserva una gran prensa de aceitunas y un pozo de la época de Jesús.

En toda ciudad israelita relativamente grande había albergues o tabernas para alojar a los peregrinos que iban de paso o a las caravanas de comerciantes. Estas hospederías consistían en un gran patio cercado, con pequeños cuartos alrededor, donde encontraban cobijo tanto los hombres como las cabalgaduras y otros animales. En la actualidad, en los países orientales hay aún hospederías de este tipo, a las que se llama “kans” (caravasares). En Israel hay una muy antigua en la ciudad de San Juan de Acre, puerto estratégico en tiempo de las Cruzadas.

Aunque de Lázaro y de sus hermanas Marta y María, nos dan poco datos los evangelios, una tradición cristiana bastante extendida los ha presentado como una familia de clase media o alta, que en una casa cómoda y tranquila recibían como huésped a Jesús, que iría allí como consejero espiritual cuando estaba cansado de andar mezclado con la gente. Esta imagen no tiene ninguna base. Los datos históricos acerca de las hospederías que había en la zona de Betania, cercana a Jerusalén, dan pie para imaginarlos en otro marco: gente del pueblo, que vivía de su trabajo, nada refinados seguramente. Su amistad con Jesús sería fruto del frecuente contacto que tuvieron con él y sus amigos cuando viajaban a la capital. En el relato, Lázaro aparece como un hombre vital, expansivo y generoso, feliz en su trabajo, buen comedor y mejor bebedor. Marta es viuda. Una mujer práctica, trabajadora y seria. María, la hermana pequeña –a quien el marido abandonó– es alegre, dicharachera, espontánea, atolondrada. Los tres hermanos dedican todos sus esfuerzos a sacar adelante «La Palmera Bonita», que es su negocio y su hogar.

El texto de Lucas que sirve de base a este episodio ha servido en multitud de ocasiones para contraponer oración y acción, vida contemplativa y vida activa, e incluso se ha llegado a limitar el mensaje de estas palabras a religiosos: Los de vida activa frente a los de clausura. En el episodio se ha querido eludir deliberadamente semejante contraposición que no tiene nada de cristiana. Para el creyente no hay una doble alternativa. Mientras se hable de oración y de acción como realidades separadas o contrapuestas, se está sacando la fe de la vida. Y esto no tiene ninguna base ni en la actuación de Jesús ni en su mensaje.

El reto para el cristiano que lucha por la liberación de sus hermanos es el de vivir la oración en la acción. No se trata de orar por un lado y de actuar por otro, sino de orar en el mismo proceso de la liberación, de contemplar a Dios allí donde está: En el rostro del pobre. El coraje necesario para «dar la vida» por el pueblo y la paciencia que hace falta para acompañar desde dentro el camino de los pobres hacia la liberación, maduran en la oración.

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 1, págs. 368-375]




* Como precedente del recurso velazqueño a la duplicidad espacial y la composición invertida —que empleará también en La cena de Emaús y muchos años después en La fábula de Aracne—, relegando la escena principal al segundo plano e introduciéndola en un contexto narrativo diverso, de modo que el hecho religioso aparezca inmerso en el mundo cotidiano, se ha señalado el ejemplo de los pintores flamencos Pieter Aertsen y su discípulo Joachim Beuckelaer (Cristo en casa de Marta y María, 1568, Museo del Prado), cuyas obras pudo conocer Velázquez a través de las estampas de Jacob Matham. Pero estas cocinas de la gula, según las definió Vicente Carducho, se apartan de las sobrias cocinas de Velázquez, localizadas en el ámbito de una pequeña estancia en penumbra, tratada con recogimiento casi conventual, en la que se respira la afirmación teresiana según la cual Dios anda también entre los pucheros. Un precedente más inmediato y cercano al modo de componer de Velázquez se encuentra en su maestro Francisco Pacheco, quien había empleado este recurso en su San Sebastián atendido por santa Irene (1616, antes en el Hospital de la Caridad de Alcalá de Guadaira, destruido) construido en dos planos, con el santo en cama hospitalaria en el primero, atendido por la santa que le lleva la sopa en una escudilla a la vez que con la ramita de olivo, que es su atributo, ahuyenta las moscas, y la escena cronológicamente precedente de su martirio —imitado de una estampa de Pieter Aertsen— en segundo plano y ocurriendo de forma simultánea, pues se ve al mártir sujeto a un árbol a través de una ventana como indica el batiente.
A diferencia de las composiciones flamencas que podrían haber inspirado a Velázquez, la escena que dota de significación sagrada a este «bodegón a lo divino» —en expresión de Emilio Orozco— no se encuentra comprendida dentro del mismo espacio de la cocina, como lo está en aquellas, según reglas perspectivas fácilmente discernibles, sino en un recuadro enmarcado de difícil interpretación, que se ha entendido como un «cuadro dentro del cuadro» por José Camón Aznar entre otros, un espejo para José López-Rey o un ventanuco abierto en la cocina, según Jonathan Brown, que advierte la presencia de líneas diagonales en la parte inferior con las que se crea el alféizar e interconectan los espacios, aunque el punto de fuga no es el mismo que el empleado para la mesa; en cualquier caso, el recurso pictórico de enmarcar la escena del fondo, que rompe la ilusión de mostrar el hecho histórico como si fuera presente, realza según Peter Cherry su función como clave interpretativa, a la vez que establece una conexión entre los dos planos, vinculados por el gesto de la anciana, que estaría conduciendo la mirada del espectador hacia el asunto de la ventana y llamando la atención de la sirvienta a la que a la vez amonesta, de modo que el ejemplo bíblico se muestra como comentario de un hecho cotidiano traído al presente.
También existen dudas al interpretar el papel de las mujeres del primer plano, que podrían entenderse como parte del relato evangélico, narrado sucesivamente, o como elementos de enlace entre el episodio sagrado y la lección moral de valor universal que de él se desprende. La mayor confusión se da con la figura de Marta, que para algún crítico sería tanto la anciana que en el segundo plano dialoga con Jesús como la que en primer plano instruye a la cocinera. Para Julián Gállego, al contrario, Marta estaría representada en la joven cocinera afanada en las tareas domésticas y la anciana tendría el papel de intermediaria entre las dos escenas, como correveidile, acusando a María ante Marta de inactividad, de donde el gesto enfadado de la cocinera que no tardará en presentar sus quejas a Jesús. Fernando Marías, por el contrario, habla de bodegón «desdoblado», en el que interrelacionan dos realidades, la cocina, formando parte del mundo del espectador, y la ilustración evangélica, que dota de valor trascendente a la composición, en este caso exhortando, por medio de la anciana, a reflexionar sobre las palabras de Jesús también cuando se «anda entre los pucheros». En esta dirección, Jonathan Brown, seguido por Peter Cherry y Manuela Mena, interpreta el cuadro como una alegoría de las vidas activa y contemplativa, representadas respectivamente en la tradición cristiana en Marta y María, ambas necesarias, pero debiendo subordinar el sustento material al espiritual, que al final será el único que cuente, lo que vendría a recordar la anciana, «llena de sabiduría» según Manuela Mena, que desviando la atención de la cocina dirige la mirada del espectador hacia el fondo.
(Tomado de Wikipedia)

 

Ver para creer


Incredulità di San Tommaso, Caravaggio, 1602. Palacio de Sanssouci, Potsdam, Alemania

Me pasa como a Tomás, “el dídimo”, que ya estoy de vuelta de demasiadas cosas que me han contado. Si en principio creí en todas ellas porque me fié de quien las decía, ahora ya no quiero hacerlo. No digo que me hayan mentido, no. Afirmo que todos nos hemos engañado sin querer. Porque anhelábamos otra cosa, nos inventábamos un futuro irreal, para seguir teniendo una esperanza.
Así se me han ido cayendo personajillos en quienes confié, a quienes escuché, y cuya palabra creí. Ahora, visto que también a ellos les sudan los sobacos, nada les diferencia de la mayoría salvo que luzcan en los papeles y viajen en limusina.
Sus caprichos me resultan pueriles por un lado, e inaguantables por otro. Ha llegado incluso a resultarme tediosa su sola presencia en los medios. ¡Que se callen de una vez!
Por supuesto que me gustaría que volvieran a dormirme con cuentos, como cuando niño. Mi mamá en eso era experta. Ella misma los inventaba. O los repetía dándoles la vuelta para que parecieran otros nuevos.
Ahora duermo sin necesidad de cuentos, tan relajado que ni me entero de las tormentas, por más que conmuevan los cimientos de la tierra, como ocurrió mismamente ayer. ¡Ozú! ¡Qué granizada! Y yo, plácidamente dormido.
Cuando digo a mi gente que somos “receptores de un relato”, en realidad me estoy obligando a aceptar la palabra de otras personas, aunque hayan dado sobradas muestras de no ser de palabra. Pero ¿qué otra cosa tengo, tenemos?
O fabrico un mundo a mi medida, o trato de convivir con lo que hay… durmiendo siempre con un ojo alerta… o confío en que tal vez, sólo tal vez, lo que dicen sea cierto…
Judas Tomás, el gemelo de Jesús, o simplemente un primo en segundo grado, también luchó contra lo imposible. Vean, vean su relato.

LO QUE HEMOS VISTO Y OÍDO


Amaneció y atardeció aquel primer día de la semana. Los vecinos de Jerusalén dormían después de una bulliciosa jornada de despedida. Por las doce puertas de la ciudad de David, salieron las caravanas llevando de vuelta a miles de peregrinos. Las fiestas de la Pascua habían terminado. Todo volvía a la normalidad. Todos regresaban a sus casas. Todos, menos nosotros.

Pedro - ¡Yo lo vi! ¡Tienen que creerlo!
Magdalena - ¡Y yo también lo vi! ¡Igualito a como los estoy viendo ahora a ustedes!
Felipe - Júralo, anda, atrévete a jurarlo.
Magdalena - ¡Juro que he visto a Jesús! ¡Lo he visto vivo y coleando! ¿No me creen, verdad?
Santiago - No, Magdalena, por supuesto que no.

Escondidos en el sótano de la casa de Marcos, con las puertas cerradas, sentados en el suelo alrededor de una vieja lámpara de aceite, seguíamos discutiendo lo mismo.

Magdalena - ¡Lo juro por mi madre, por mi abuela y por mi bisabuela!
Felipe - Sigue, sigue subiendo, llega si quieres hasta Adán y Eva. Pero ese cuento no hay quien se lo trague, ¿me oyes?
Natanael - El juramento de una mujer no vale nada y menos el tuyo, que todavía tienes los dientes de leche. A ver, cuántos años tienes tú, Mariíta de Magdala, cuántos?
Magdalena - Pues a decir verdad, no me acuerdo, pero más de quince y menos de veinte también.
Felipe - ¡Ja! ¿Y a una mocosa como tú voy yo a creerle que un muerto se le apareció vivo?
Magdalena - Y doña María también es una mocosa, ¿verdad, Felipe? ¡Doña María, venga acá un momento!
Santiago - Déjala, Magdalena. María es la madre. Y las madres cuando lloran mucho ven visiones. Así pasa siempre.
Magdalena - Que yo sepa, Pedro no ha parido a nadie. ¡Y también 1o vio!
Pedro - Y ya tengo buenos colmillos, ¿me oyes, pelirrojo descreído? ¡Que cuando tú estabas todavía gateando, yo le tiraba piedras a los perros de Betsaida! ¡Y yo te digo que Jesús está vivo! ¡Yo lo vi!
Marcos - ¡Y nosotros también! ¡Este matasanos y yo comimos con él en Emaús!
Felipe - ¡En Emaús! ¿No es allá en Emaús donde dicen que los espíritus de los muertos suben y bajan en la fuente de agua hirviendo?
Marcos - Está bien, está bien, no lo crean si no quieren. Me río yo de todos ustedes, ¡hombres sin fe!
Felipe - Y yo me río más de ustedes, ¡pandilla de chiflados!
Natanael - Pues yo no le encuentro ninguna gracia a esto. ¿Saben lo que andan diciendo por la ciudad, eh? Que somos nosotros los que hemos robado el cuerpo de Jesús.
Santiago - ¿Quién dijo eso, a ver, quién lo dijo?
Natanael - Los jefes. Los del Sanedrín. Nicodemo vino a contar el chisme.
Felipe - Pues yo digo que son ellos mismos los que lo han robado para hacernos caer en el anzuelo y echarnos mano a todos.
Magdalena - ¡Y yo digo que nadie robó a nadie porque Jesús está vivo!
Santiago - ¡Tú te callas, Magdalena, y no chilles tanto!
Tomás - Bueno, bueno… Uste-te-des sigan pe-peleando, que yo me voy.

Tomás, que escuchaba en un rincón del sótano, se puso en pie y se sacudió la túnica.

Tomás - Me-me voy.
Felipe - ¿A dónde diablos te vas tú ahora, pedazo de tartamudo?
Tomás - A ca-casa de Matías.
Santiago - ¿Y qué le pasa a Matías?
Tomás - No le pa-pasa nada. Vi-vino a celebrar la pa-pascua y ya regresa a Jericó. Yo me-me voy con él.
Natanael - Bien hecho. Eso es lo que deberíamos hacer todos, largarnos de una vez de esta maldita ciudad de locos.
Felipe - Los peregrinos ya se han ido, la mayoría. ¿Por qué no recogemos los cachivaches y mañana temprano nos ponemos en camino hacia Galilea, eh?
Magdalena - ¡No, yo no me voy de Jerusalén!
Pedro - ¡Ni yo tampoco hasta que se aclaren las cosas!
Tomás - A Ga-galilea o a Je-jerusalén, me da lo mismo. Yo me-me voy a casa de Ma-matías.
Pedro - Espérate, Tomás, no te vayas. ¿Es que no lo comprendes? ¡Jesús está vivo!
Tomás - ¡Y ustedes están bo-bobos! ¡Adiós!

Tomás salió a la calle, dobló la esquina de los curtidores y echó a andar por la calzada que baja hacia Siloé. Allí, cerca del estanque, se hospedaba su viejo amigo Matías.

Matías - ¡Ah, Tomás, tú por aquí! ¡Ya me estaba preguntando yo dónde te habías metido, compañero!
Tomás - ¿Dónde voy a me-meterme? Desde lo del viernes, estamos escondidos en un sótano co-como los rato-tones.
Matías - Me lo imagino. Tantas esperanzas, caramba, y todo se vino abajo como una casa sobre arena. ¡Ay! Mi abuela decía que al que nace barrigón, no le vale faja. Y eso es lo que nos pasa a nosotros los pobres, Tomás. Que nada nos vale.
Tomás - Y dilo, Ma-matías. No se puede creer en nada, ni ilusionarse con nada.
Matías - Viene Juan el bautizador reclamando justicia y, ¡zas!, degollado. Atrás viene Jesús anunciando que las cosas iban a cambiar, y ya ves lo que pasó.
Tomás - ¿Por qué será que a nosotros los de aba-bajo todo nos sale al revés, Matías?
Matías - Será que tenemos mala suerte, compañero.
Tomás - Ma-mala suerte nosotros y ma-mala madre ellos.
Matías - Bah, este país no tiene arreglo. Esto va de mal en peor. Pero, en fin, ¿para qué seguir lamentándose si ya todo se acabó? Dime, Tomás, ¿cómo están sus familiares, los amigos del nazareno?
Tomás - De allá vengo.
Matías - ¿Y cómo están ellos? Cuéntame.
Tomás - También de mal en peor. Algunos han per-perdido el juicio.
Matías - Claro, lo comprendo. Tanto sufrimiento… Al principio siempre es así. Luego las aguas volverán a su cauce.
Tomás - Yo a donde quiero volver es a mi-mi casa. ¿Cuándo te-te vas tú, Matías?
Matías - Mañana a primera hora. Si quieres, viajamos juntos.
Tomás - Sí, voy con-contigo. Y co-colorín co-colorao, el cuento éste del Reino de Dios se ha acabao. Así que voy a buscar mis cosas, me-me despido del grupo y ven-vengo enseguida.
Matías - No hables mucho para que vuelvas pronto… ¡Ea, te estaré esperando!

Tomás regresó a casa de Marcos. Iba triste, con las manos metidas en los bolsillos de la túnica y la cabeza baja. Se agachó, tomó una piedra del suelo y la arrojó con rabia contra el muro.

Tomás - Todo se acabó, ma-maldita sea… ¡Todo se acabó!

Siguió adelante a través de las callejas oscuras y solitarias de Jerusalén. El cielo, negro y brillante, se venía abajo, cargado de tantas estrellas. Tomás entró en el barrio de Sión y dobló la esquina de los curtidores.

Tomás - ¿Pe-pero qué estará pa-pasando? Ya casi es me-me-dianoche.

A pesar de la hora, nadie dormía en casa de Marcos. La bulla que salía del sótano, se escuchaba desde la calle. Cuando Tomás abrió la puerta, nos encontró a todos riendo, brincando, dando gritos de alegría.

Santiago - ¡Tomás! ¡Al fin llegas!
Natanael - ¿Lo viste, Tomás, lo viste?
Tomás - Sí, lo-lo vi.
Felipe - ¡Nosotros también! ¡Todos, todos lo vimos!
Tomás - Pe-pero, ¿cómo? Ma-matías no ha salido de su ca-ca-casa.
Magdalena - ¡Qué Matías ni Matías! ¡Jesús! ¡Ha estado aquí con nosotros!
Pedro - ¿Por qué te fuiste, Tomás? ¡Si te hubieras quedado, lo hubieras visto también!
Tomás - Pe-pero, ¿es po-posible que sigan con la misma canción?
Santiago - Tomás, siéntate ahí y escúchame. Tú me oíste antes, ¿verdad? Tú sabes que yo estaba cerrado, más cerrado que esas ventanas. No me creía un pelo de lo que decía la Magdalena, ni Pedro, ni María. ¡pero ahora lo he visto! ¡Todos lo hemos visto, Tomás! ¡Jesús está vivo!
Tomás - Ya decía mi tío que la lo-locura se pe-pega como las chinches.
Felipe - No, Tomás, esto es otra cosa. ¡Esto es lo más grande que ha pasado en el mundo! ¡Y Dios nos ha dado ojos para verlo!
Tomás - Lo que ustedes han visto es un fan-fantasma.
Magdalena - ¿Anjá? ¡Yo no sabía que los fantasmas de ahora eran morenos y con barba! ¡Ja!
Santiago - No, Tomás, era él, ¡era Jesús! Estaba ahí mismo donde estás tú ahora. Llegó, nos saludó a todos y nosotros nos quedamos sin aliento, y él se echó a reír porque nos veía con aquel susto.
Tomás - Lo que di-digo, un fan-fantasma.
Magdalena - Ningún fantasma, caramba, que los fantasmas no comen y éste se zampó una cola de pescado y el panal de miel que habíamos dejado para ti. ¡Mira, mira el plato donde te habíamos guardado la cena! ¡Y se la comió Jesús! ¡Y tomó vino y se sonó la nariz! ¿También los fantasmas hacen eso, eh?
Tomás - Jesús se mu-murió. ¿Cómo va a estar vi-vivo si yo lo vi muerto?
Felipe - Eso decimos nosotros: ¿cómo va a estar muerto si lo hemos visto vivo?
Tomás - Habrán visto su espí-piritu. Dicen que las almas de los di-difuntos dan siete vueltas por los alrededores antes de descansar en pa-paz.
Magdalena - ¡No! ¡Era Jesús de carne y hueso! El mismo de siempre, con la misma risa y las mismas cosas, pero más alegre, más… qué sé yo, no sé ni cómo decirte… ¡pero era él, el moreno!
Tomás - Pues yo no lo-lo creo.
Santiago - Escucha, Tomás: cuando tú te fuiste a la calle, nosotros nos quedamos peleando, ¿te acuerdas? Que si nos vamos a Galilea, que si nos quedamos aquí en Jerusalén. Y de pronto, llegó él, Jesús. Y nos dice: tienen que salir, tienen que ir por todo el mundo anunciando la victoria de Dios.
Natanael - Nos miró a cada uno y nos dijo: ¡cuento con ustedes! Hay que seguir luchando por la justicia, aunque los maten, como a mí. Pero no tengan miedo. La muerte no tiene la última palabra. La tiene Dios.
Pedro - ¿Comprendes, Tomás, comprendes lo que ha pasado? ¡Jesús fue el primero en levantar la cabeza! ¡Detrás de él, iremos todos!
Santiago - Jesús confió en Dios y ahora es Dios el que confía en nosotros.
Felipe - ¡El Reino de Dios no lo para nadie, ni los gobernantes, ni los ejércitos, ni el diablo, ni la muerte ni nadie!
Tomás - Eso suena muy bo-bonito. Tan bo-bonito que no puede ser verdad.
Pedro - Pero, Tomás…
Tomás - No. No me creo nada de eso. Cuentos, cuentos y vi-visiones. Como los camelleros en el desierto que tienen tanta sed que ven agua donde hay arena. No, no lo creo. ¡No 1o creo, caramba! La única verdad es que esta-tamos tristes. Perdimos al mejor amigo que te-teníamos y con él se nos fue también la esperanza. Todo se acabó ya, todo.
Pedro - No, Tomás, óyeme bien: el viernes, allá en el Gólgota, parecía como si el cielo se hubiera cerrado para siempre. Pero Dios nos guardaba esta sorpresa. ¡El primero en llevarse la sorpresa fue Jesús, cuando Dios lo levantó de la muerte, imagínate! Esos bandidos pensaron que habían ganado ellos. Pero Dios se la tenía preparada y metió su mano por Jesús! ¿Por qué no lo crees, Tomás?
Tomás - Porque no. Porque pa-para creerme yo que Dios metió su mano tendría que me-meter yo la mía en los agujeros de los clavos. No, por favor, no me-me engañen más, que no quiero volver a ilusionarme. No, yo tengo la lengua ma-mala, pe-pero la cabeza la ten-tengo bien puesta. Y ma-mañana mis-mismo me-me iré con Ma-matías.

Pero en las horas que faltaban para irse, sucedió lo que Tomás no creía, lo que Tomás menos esperaba…

Tomás - ¡Matías! ¡Matías! ¡Abre, ábreme!
Matías - Pero, ¿qué pasa, Tomás, qué pasa?

Tomás entró como una tromba en casa de su amigo…

Tomás - ¡Matías! ¡Era verdad, Jesús está vivo, más vivo que tú y que yo! Y yo decía que si no lo veía no lo creía, pero era verdad. Estábamos en el sótano, con las puertas cerradas, y yo que no, y ellos que sí, y yo que no, y ellos que sí, y en eso llega Jesús, y se pone ahí, como uno más del grupo, como siempre, y viene y me mira a mí, ay caramba, yo me pellizqué en un brazo y en el otro y él me dice: ¡No soy ningún fantasma, Tomás, no seas tan cabeza dura! Y Jesús delante de mí, así mismito como estamos tú y yo ahora, Matías, y dijo: ¡Venga un abrazo, Tomás! Y yo casi me caigo redondo y le digo: ¡Moreno, tú eres el Mesías! Y él me dice: A mí me pasó igual que a ti, Tomás, por un momento pensé que Dios me había abandonado. Pero no. Puse mi suerte en sus manos y, ya ves, él no me falló. Haz tú lo mismo, Tomás. Ten confianza, aunque no veas, aunque no entiendas. Y ahora, corre, corre y diles a todos que esto no se acabó, que ahora es que comienza. ¡Y yo vine a decírtelo, Matías, ¡¡¡tenía que decírtelo!!!

La lengua de Tomás se soltó para contarle a su amigo lo que había visto y oído. Y Matías creyó y empezó a pregonarlo por todo el barrio de Siloé, y unos a otros se pasaban la noticia. Y nosotros también se lo anunciamos a ustedes para que compartan nuestra alegría sabiendo lo que nosotros sabemos, ¡¡¡que Jesús, el de Nazaret, está vivo para siempre!!!



Marcos 16,14-18; Lucas 24,36-49; Juan 20,19-29.


El relato del evangelio sobre la incredulidad y el acto de fe de Tomás está lleno de datos «materiales»: se especifica que Jesús comió miel y pescado, que Tomás le toca los agujeros hechos por los clavos en las manos y por la lanza en el costado… Se marcan estos aspectos para que no imaginemos nunca a Jesús resucitado como a un fantasma, un espíritu etéreo, alguien «no-material». Cuando en cristiano hablamos de la resurrección «de la carne», de la resurrección «de los cuerpos», estamos proclamando la unidad del hombre, de todo ser humano. También de su cuerpo, de la materia por la que su espíritu se expresa. Dios se interesa por la carne del ser humano mientras el ser humano vive –y por eso el evangelio es para la vida terrena–, y cuando el hombre muere, tanto se interesa que resucitará también nuestro cuerpo.
La mentalidad de Israel entendió siempre al hombre como una unidad. Nunca consideró separadamente alma y cuerpo, como hicieron los griegos. No hay en la tradición de Israel desprecio por el cuerpo, por lo material. Para el israelita el hombre es «basar» («carne» en cuanto debilidad física, limitación intelectual o pecado) y es a la vez «nefesh» («alma» en cuanto a su apertura a todos los valores espirituales y a Dios). El hombre en su unidad está inspirado en el «ruaj», el Espíritu de Dios. No se trata, pues, de separar lo material de lo espiritual, el alma del cuerpo, sino de considerar al ser humano entero como débil o como lleno de posibilidades, de verlo como instrumento de muerte o como dador de vida, etc. Cuando San Pablo habla de que resucitar es el paso de un hombre «carnal» a un hombre «espiritual» está refiriéndose precisamente a esto: a través de la muerte, el hombre transforma su ser limitado en un ser sin limitaciones (1 Cor 15, 35-49). En cualquier caso, es prácticamente imposible para nosotros, en este mundo, captar del todo esta realidad de la resurrección que esperamos por la fe. Es como si a un niño en el vientre de su madre le explicáramos cómo es la vida de fuera, qué es respirar o qué son los colores. En su existencia fetal, encerrada, oscura y flotante, sería absolutamente incapaz ni siquiera de imaginarlo.
Los relatos pascuales, por esquemáticos que sean, nos dan a entender que los discípulos no experimentaron la resurrección de Jesús como un singular acto del poder de Dios en el curso de la historia, que iba a continuar a partir de aquel momento como hasta entonces. Ellos experimentaron algo más: que con la resurrección comenzaba «el fin», o más exactamente, «el principio del fin». La guerra contra el sistema de pecado estaba ya ganada, faltaba vencer en algunas batallas, pero viendo a Jesús resucitado veían ya hacia dónde se orientaba la historia humana. Fueron testigos, por aquella experiencia pascual, de la entrada de Jesús en aquel Reino de Dios anunciado. Los testimonios de los discípulos, de los primeros cristianos y de las primitivas comunidades de base que empezaron a formarse desde entonces, dan todos a entender que para aquellos hombres y mujeres «creer» era vivir ya en el nuevo mundo de Dios, saborear el triunfo definitivo por anticipado, adelantar lo que traería el fin de los tiempos: la llegada de la justicia de Dios.
Esta fe, experimentada y vivida, nos salva. Cuando decimos que Jesús nos salva, que es nuestro salvador, estamos afirmando que, por su resurrección, él se ha convertido en la pista que puede orientarnos para que nuestra vida tenga sentido, sea «salvada» del absurdo, del egoísmo, del fatalismo, de la pasividad y, finalmente, de la muerte. Es decir, nos «salvamos» cuando seguimos el camino de Jesús: compromiso, generosidad, desinterés, amor a los demás, lucha por la justicia, sentido comunitario, fraternidad, igualdad entre los seres humanos. Ese camino es «salvador» de la vida humana. Resucitando a Jesús, Dios ha acreditado la validez de ese camino. Seguir por él es arriesgado, pues los valores del evangelio no son los valores del mundo. Pues bien, cuando se interponga la muerte como precio del compromiso cristiano, Dios nos dice en la Pascua que la vida de los que viven como Jesús no terminará nunca. Tiene tal calidad, tal fuerza, que vencerá la muerte.
Jesús venció la muerte y su resurrección es prenda de que tras él, siguiendo sus pasos, nosotros también podremos superarla. Jesús resucitado nos libera de la muerte. Pero también nos libera del miedo a morir. Esta es una cuestión crucial para la fe cristiana. La autenticidad de nuestra fe se mide por la actitud que tengamos ante la muerte. Mientras la veamos como una derrota, quedaremos paralizados por el miedo al injusto que la causa o por el fatalismo ante las limitaciones que tiene la existencia humana. Esta falta de libertad nos impedirá dar el pleno testimonio de compromiso a favor de la vida que caracteriza al cristiano. Viendo la muerte como fracaso, no veremos en Jesús crucificado a un salvador, sino como a una víctima más del sistema. No creeremos en la resurrección. Visto así, Jesús no es más que un «ejemplo» del pasado. Mientras que cuando nos liberemos del miedo a morir se convierte en fuente de vida.

Un tal Jesús». José Ignacio y María López Vigil. Salamanca 1982. Volumen 2, págs. 1020-1028]

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