¿Y cómo van a piar, los pobres?

Una amable bloguera me recuerda una entrada que realicé hoy hace justamente un año, a propósito de una foto sobre unos pajarillos muertos. Vuelvo para leerla y compruebo que, salvo que no me entienda a mí mismo, allí me expresé entonces tal como lo hice anoche cuando escribí mi última entrega. Únicamente hay una diferencia, entonces cabalgaba el caballo negro; hace un rato, el bayo.
Es curioso que al cuarto caballo del último libro de la Biblia se le atribuya un color que oscila de tonalidad, igual es “pálido”, que “cenizo”, “verde claro” o “verde amarillento”. Y es igualmente significativo que Alonso Schökel, ilustre y sabio comentador, afirme que este último, la muerte, es propiamente “la epidemia”,  que engloba las otras plagas, a saber: la victoria, la sangre y la guerra.
Los cuatro jinetes del Apocalipsis no es una escena que me atraiga particularmente del texto sagrado, salvo cuando escuchaba aquella música en tiempos poco claros;  era Aguaviva y sus terroríficos “El niño ha muerto”, “La ciudad es de goma”, “Niña de Hirosima”. “Me queda la palabra” era el final de aquel long play, que dejaba un resquicio abierto a la esperanza…
A mí me queda sólo la palabra.
Vengan todas las plagas que hayan de venir, -y aquí están, también en Oslo-, al personal parece no incomodarle demasiado, y de camino al descanso merecido en la playa o en la sauna, mira desinteresado a quienes parecen aletear, esos del 15 M, y pasa sin decir ni pío.
Los que de verdad ya no pueden hacerlo son los casi 90 asesinados en el país noruego, y los miles, por decir algo, de libios convertidos en daños colaterales, necesarios para que todo esto se mantenga.
Entretanto, los que tiene esa obligación sudan la camiseta con el ibex, el euro, la deuda, la quiebra amenazante… O se levantan de la mesa, y se largan dejándolo tal cual, tal vez esperando que cuando las cosas se pongan de su parte ellos puedan llevarse la mejor.









Estas cosas me suceden un día que luce el sol claro, pero todo lo demás permanece en la penumbra.

La guerra continúa, pero ¿a quién le importa?

Desde el pasado 17 de marzo estamos en guerra con Libia. Poco faltó para que se tiraran cohetes y se descorcharan botellas como en año nuevo. Al domingo siguiente, día 20, cuando dije a mi gente en la homilía si éramos conscientes de que habíamos declarado la guerra a otro país, y que por lo tanto podíamos ser, y de hecho éramos, un objetivo militar, nadie resolló; no lo suelen hacer, es la verdad; pero creo que tampoco tenían nada que argumentar, a la vista de que al cuarto día de bombardeos aún no había llegado lo que se cantó una victoria fulgurante.
Entonces me declaré abierta y decididamente en contra. Y puse en la esquina superior izquierda de este blog mi pancarta de protesta. Ahí sigue, y ahí seguirá hasta que esta absurda tontería termine. La guerra no es solución para nada. La guerra sólo mata. La guerra también destruye y deja todo empobrecido. La guerra sólo beneficia a quien trafica y negocia con armas, vida y riqueza ajenas. La guerra es el más tenebroso caballo de los cuatro. La guerra es un asco.
127 días suman muchas toneladas de metralla. ¿Cuántas víctimas?

Poema leído en el Congreso de los Diputados por José Antonio Labordeta con motivo de la comparecencia de Aznar sobre la posición del Gobierno ante el ataque a Irak.

Pleno, 5 de febrero de 2003

Mataos,
Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna.
Invadid con vuestro traqueteo los talleres, los navíos, las universidades,
las oficinas espectrales donde tanta gente languidece.
Triturad toda rosa, hollad al noble pensativo.
Preparad las bombas de fósforo y las nupcias del agua con la muerte…
Inundad los periódicos, las radios, los cines, las tribunas,
pero dejad tranquilo al obrero que fumando un pitillo
ríe con los amigos en aquel bar de la esquina.
Asesinaos si así lo deseáis,
Exterminaos vosotros: los teorizantes de ambas cercas
Que jamás asiréis un fusil de bravura.
Asesinaos pero vosotros los inquisitoriales azuzadores de la matanza…

Pero dejad tranquilo a ese niño que duerme en una cuna,
Al campesino que nos suda la harina y el aceite,
Al joven estudiante con su llave de oro,
Al obrero en su ocio ganado fumándose un pitillo
Y al hombre gris que coge los tranvías
Con su gabán roído a las seis de la tarde.
Esperan otra cosa.
Los parieron sus madres para vivir con todos
Y entre todos aspiran a vivir / tan solo esto.
Y de ellos ha de crecer
Si surge una raza de hombre y mujeres con puñales de amor inverosímil hacia
otras aventuras más hermosas.

MIGUEL LABORDETA

¡Pedazo de ser humano!


Aquella mañana, bien temprano, allí estaban ellas, dispuestas a terminar la faena. Como siempre, cuidando los detalles, atentas al momento y saliendo al quite de lo que hiciera falta. Haciendo, en suma, eso que a los varones nos parecen ¡cosas de mujeres!
María Magdalena. Gregorio Fernández. Valladolid
Quienes iban a honrar a un cadáver se encontraron con El Que Vive; las que pretendían cumplir una piadosa costumbre se vieron comprometidas a ser apóstoles de lo nuevo; las furtivas que casi a oscuras, en la penumbra del amanecer, se acercaron ahogando los sollozos fueron constituidas voceras oficiales de la Verdad que había que pregonar a plena luz del día: Abba ha hecho definitivamente justicia y ha declarado que la Vida vence a la muerte.
María, natural de Magdala, gozó de un trato de favor. Nadie lo sabe explicar, -en unas coordenadas histórico-culturo-sociales que lo hacían tan escandaloso que resultaba inaceptable, irreal, imposible-; y ante la imposibilidad de negarlo, se ha intentado ningunear disfrazándolo de cualquier cosa. Y ahí está, aunque duela, a pesar de las tergiversaciones y manipulaciones de entones y de ahora, siempre tan interesadas.
María Magdalena. Castillo Lastrucci. Sevilla
María Magdalena no es el alter ego de Jesús. Tampoco es su par. Pero es la primera entre sus pares, varones y mujeres. Ni feminismo ni machismo, mucho menos androginia o misandria, androfobia o ginefobia; humanidad simple y pura.
Hoy es su día, Santa María Magdalena, y nadie sabe desde cuándo pero ¡a quién le importa!

A la búsqueda del “Jesús histórico”

Tranqui, Miguelangel, no te pases. Me digo a mí mismo al ponerme a escribir. Porque quiero hacerlo, y también me obligo, en una especie de terapia de hacer al menos cada día algo que poner aquí.
Acabo de leer todo su contenido y estoy callado, soplando como quien dice ¿por dónde meto mano? Me explico.
Llevamos todo el curso leyendo y comentando el “Jesús. Aproximación histórica” de José Antonio Pagola. Cada quince días leemos lo que buenamente podemos y hacemos las preguntas, comentarios, críticas y reflexiones que se nos ocurren. Y vamos saliendo del paso a nuestro ritmo, porque la lectura resulta amena, pero el contenido es muy denso, como corresponde a lo que es: el resultado de la investigación de muchos eruditos durante los últimos años, tratando de desentrañar la pura historia de unos textos que nacieron catequéticos, hace casi dos mil años.
L., sin embargo, siempre tiene ganas de más, y algunos días aparece con un libro nuevo que nos ofrece para ampliar. ¡Como si no tuviéramos suficiente! El último día, antes de verano, trae una revista “Muy. Historia” dedicada íntegramente a Jesús a la luz de la historia. Y la deja sobre la mesa con el encargo de que la lea. Miro la fecha y compruebo que es la nº 4, de 2006. Le digo que ha llovido y ha escampado, y que las investigaciones de este tipo en cuatro años más que correr, vuelan; de modo que no puede contener ninguna novedad reseñable. Aún así él insiste en que me la deja para que la lea este verano. Son apenas treinta folios repartidos en 100 páginas en papel couché. Le digo, bueeeeeeno, y me la quedo.
Han pasado casi dos meses, y hoy he decido hojearla. Y la he leído. Y ahora me veo en la papeleta de hacer un comentario. Por eso lo de soplar…
¡Por supuesto que se pueden publicar cosas interesantes en revistas de divulgación kiosquera! Faltaría más. De hecho he leído muy buenos artículos de teología en alguna de ellas. Pero este asunto, es harina de otro costal.
Los autores que firman los diversos artículos tienen todos los títulos que acreditan que no son mancos en esto de opinar en público sobre esta materia. La revista consigue casi resumir en tan poco espacio lo que se encuentra diseminado en miles de páginas en todos los idiomas del espectro teológico bíblico. La plasticidad de las imágenes, y su oportunismo, parece decir: esto es lo que hay.
El resultado es tan pobre, que es una pena que esto lo coja cualquiera y lo tome como definitivo. ¡Toda la cuestión bíblica, desde Reimarus hasta la Third Quest, pasando por la Cuestión Sinóptica, la Escuela Liberal, la fuente Q, la Old Quest, Bultmann,  la New Quest, el Jesus Seminar, y los actuales Sanders, Crossan, Meier y Ratzinger, lo más actual y endiablamente complicado, tiene como remate esta frase que parece que se debe al físico Werner Heisenberg, quien lo dijo en plan de broma sobre la materia de su propia especialidad: “Cuando los hechos no concuerdan con la teoría, es un problema exclusivo de los hechos”! (Dos siglos de investigación, concordancias y disonancias, convergencias y también divergencias, en apenas cinco folios).
Mi opinión, tras mi visita de esta mañana al dentista, es que lo pasé mejor viendo a las féminas de Holanda y Hungría jugar a waterpolo en la tele de plasma mientras hacía tiempo para que me atendieran, que si me hubiera entretenido en la espera leyendo esta revista. Porque eso es lo que es: una revista de sala de espera.
Mentiras no dice. Verdades a medias, muchas. Interpretaciones, bastantes; para ser una revista que se titula “historia”, demasiadas.
Eso sí, “interesante” por “interesada” más que por lograr captar la atención y el interés de una persona realmente interesada en el asunto.
En lo que a mí respecta, seguiré con mi lectura pausada y meditada del “Un judío marginal” de John P. Meier, que es toda una garantía.

José Luis Martín Descalzo prologa a Michel Quoist

Alguien ha entrado a comentar un post mío de hace unos meses en que recordé a Michel Quoist. Se ha presentado como antiguo seminarista, y en su forma de expresarse da la impresión de que añora cosas de aquel tiempo. Ante este reclamo he vuelto a leer lo que escribí entonces, 3 de marzo de este año, y me reafirmo en lo que entonces dije: que no echo en falta aquel libro, “Oraciones para rezar por la calle”, ni añoro mi juventud que necesitó de él, ni me sirve ahora el estilo que entonces me, nos, parecía tan atractivo, sugerente y útil. Sencillamente, no me sirve.
Pero ya que estaba en ello, reparé en el prólogo del libro, a cargo de José Luis Martín Descalzo. Y me di cuenta de que las palabras del cura y periodista vallisoletano tienen aún vigencia, no están pasadas. Las copio para tenerlas:
ORACIÓN: UNA PALABRA DESPRESTIGIADA

A la hora de traducir este libro de Michel Quoist ha habido para nosotros una palabra rebelde, una a la que hemos dado vueltas y vueltas. Me refiero a la palabra que sirve de título a la edición francesa de la obra: «Prières».
¿Oraciones? ¿Plegarias? Sí, cualquiera de las dos traducciones hubiera servido pero... Nos imaginábamos el libro ya en los escaparates: perdido entre novelas de títulos brillantes y libros de memorias. Veíamos la portada y sobre ella una sola palabra: «Oraciones».
Imaginarse al hombre de la calle parado ante este escaparate era cosa también fácil. ¿Qué pensaría de esta extraña palabra perdida entre colorines y colorines que gritan como la vida?
Y es que entre nosotros oración es una palabra abiertamente desprestigiada. O quizá mejor: arrinconada. El hombre de la calle viéndola campear en la portada de un libro seguramente sentiría una difícil sensación, como si este libro hubiera sido algo raro metido entre los otros, cual si estuviera aislado por una campana neumática y un globo de aire destilado lo rodease.
El español sabe, al parecer, rezar muy bien a «las horas de rezar», pero sabe también perfectamente decir a las demás horas que «ahora no estamos en Misa» y reservar su capacidad religiosa para «mejores momentos».
Por eso vacilábamos a la hora de traducir este titulo. Teníamos que decirle a nuestro hombre del escaparate que este libro era para él, que este libro no era un pedazo de iglesia injertado en una librería, sino sencillamente una librería y una calle vistas con ojos cristianos.
¿Pero es que unos ojos cristianos tienen algo que hacer en plena calle o en los últimos rincones de la vida? En la mente del hombre de hoy surge siempre esta vieja tentación: la más antigua y peligrosa de todas, la maniquea. Hemos ido creándonos un cristianismo celeste, hemos ido cogiéndole miedo al mundo y pensando que el único modo de que no se nos manchase la religión era aislándola de todo contacto con la realidad. Lo del viejo cuento de las manzanas: las buenas en un frutero aparte, no fuesen a contagiarse de las malas.
El resultado estaba siendo en muchos casos una religión sin nervio y una vida sin alma. Muchos cristianos se trasladaban durante media hora semanal a un viejo siglo arrancado a la Edad Media, y, luego a la salida se «cepillaban» esta antigüedad y... «vivían». Dentro hablaban un lenguaje «embalsamado», fuera un lenguaje «laico».
Para muchas almas el problema se multiplicó cuando la vida religiosa se les «embalsamó» también y comenzaron a construirse una oración «sin Dios» y unas misas «sin Cristo». Dios al final estaba tan ausente de sus veinticinco minutos como de las veintitrés horas y treinta y cinco. Era ya una «religiosidad laica». El padre Arrizabalaga escribió con acierto que muchos iban a misa por la misma razón que a los cadáveres sigue saliéndoles barba: por inercia vital. Muchos de los que rezaban estaban ya muertos cuando iban a misa. Vistos desde fuera seguían pareciendo vivos, pero el alma cristiana estaba ya lejos de ellos. Rezaban en la más aterradora ausencia de Dios.
DIOS ESTÁ VIVO
Por eso la primera tarea de los cristianos conscientes de hoy es meter a Dios en la oración de sus hermanos. Y, como Dios está vivo, meter la vida en toda oración cristiana. Conseguir que esta palabra «oración» no siga sonando en nuestros oídos como una palabra vieja: «centauro», «sirena» o «maguer». Meterla en la vida, en este siglo XX que vivimos. Rezar por la calle. Llevar la oración a la vida, llevar la vida a la oración, exactamente.
Llevar la oración a la vida no es, naturalmente, caminar por ella con los ojos cerrados. Ya sabéis lo de santa Teresita: quiso un día, de chiquilla, mortificar la vista y se decidió a caminar a ciegas. El resultado fue muy simple: un cesto de manzanas rodando por el suelo. Santa Teresita aprendió la lección: un santo de ojos cerrados sólo consigue fastidiar al prójimo, santamente, claro. Se trata de ir por la vida con los ojos abiertos, con los ojos cristianos.
Llevar la vida a la oración tampoco es disiparse. El hombre de hoy sigue precisando los «baños de silencio» de que Claudel hablaba. Lo que ya no es tan claro es que estos «baños» deban ser de deshumanización, que el hombre haya de abandonar sus barros, su gabardina, su alma a la puerta de la oración y acercarse a Dios con una careta arcangélica.
Es preciso volver a las cosas como son: la religión y la vida como una sola cosa. El cristiano ha de aprender a «vivir la oración» y «orar la vida». No sólo «orar en la vida» sino orar la misma vida.
NO TENER MIEDO AL MUNDO
Todo esto exige una gran sencillez de alma, una visión sin retóricas de misterios tan limpios como que Dios es nuestro Padre, que Dios se hizo uno de nuestra raza, que los hombres somos todos hermanos, que todos somos esa cosa maravillosa que es ser hijos.
Exige también no tener miedo al mundo, amar las dulces cosas de la tierra y todo lo de abajo, amar — con terrible amor — esta naturaleza tan pegadiza al pecado. Un cristianismo menos celeste, en suma.
AL PAN PAN Y AL VINO VINO
A las casas se entra por los portales, y el portal de la oración es su lenguaje. La oración — siendo así — tiene el portal bastante desvencijado. Hace poco oí rezar una novena que sumaba un total de 44 «ísimas»: santísima, dulcísima, purísima... Cuarenta y cuatro, no exagero. Me dijeron que era una novena que daba mucha devoción. «A pesar de los ísimas» pensé. Porque uno, la verdad, no podía menos de sonreír al imaginarse a los novios dirigiéndose a sus parejas con frases de este estilo: «Oh, excelentísima y preciosísima señora novia mía: asomado al espectáculo de vuestra sin par belleza...»
¡Y qué bonita y sencilla fue siempre la oración! «Los viejos salmos — ha escrito el padre Charles — nos hablan de las ranas y de los mosquitos, de la lengua de los perros, del mochuelo y de los asnos salvajes, del queso, de la manteca, del aceite y de la cerveza, de las vacas que paren — abundantes in egressibus suis — y de las vainas que se dan de comer a los cerdos. Todo esto no es muy académico, pero el Espíritu Santo no se entorpece con los escrúpulos de nuestros estetas».
¡Y la sublime sencillez de la liturgia! Es hermoso leer esa misa en la que no hay una palabra que no pudiera entender un carretero, siempre, naturalmente, que los traductores fueran tan amigos de los carreteros como de los diccionarios.
¡Qué mala suerte, en cambio, han tenido las demás oraciones! El siglo XVII volcó sobre ellas la maravillosa y complicadísima construcción de sus frases, el XVIII la friísima sabiduría de sus sabios preceptistas, el XIX la selva de su retórica y mal gusto. El XX no parece haberse inclinado sobre ellas hasta el presente. Y, sin embargo, los hombres que hoy rezamos hemos nacido casi todos en este siglo XX. Y tenemos nuestro lenguaje. Y nuestras manías y nuestros modos de decir las cosas. Un lenguaje bueno o malo, pero nuestro. Unas preocupaciones hondas o superficiales, pero nuestras. Unas esperanzas más o menos sólidas, pero profundamente nuestras.
¿Qué impide entonces que el siglo XX aporte su lenguaje a la oración de hoy? Sólo la rutina, sólo una tradición mal entendida.
Mal entendida y funesta. Porque quizá en ella se basa, en gran parte, esa extraña sensación que sentimos muchas veces al entrar en las iglesias. En muchos casos el lenguaje que allí oímos es plenamente extranjero y dista del lenguaje corriente poco menos que el checoslovaco.

Pues parece que si en el siglo XX, al decir de Martín Descalzo, había esa disociación, en el XXI nos mantenemos en ella.
Por eso termino estos recuerdos con más palabras de José Luis, el periodista a pesar de cura,

MUNDO MEJOR, ORACIÓN MEJOR

Y ahora ya sólo tiene el lector que pasar una página para entrar en el clima de Quoist. Si en las páginas que siguen aprendieran muchos lo sencilla que es la oración, el fruto de este libro estaría conseguido. Y sería tan importante...
«Deseamos — ha escrito Rademacher — un hombre nuevo, una familia nueva, un estado nuevo, una sociedad nueva, una cultura nueva y una nueva tierra. Pero las realidades exteriores de la vida no pueden renovarse sin que haya una regeneración interior. Sólo cuando hayamos tendido un puente sobre el abismo que separa al hombre de Dios, podremos llenar las otras simas».
Ese puente es la oración y toda las reformas han de empezar por ella. Tendremos un mundo mejor cuando tengamos una oración mejor. Cuando tengamos una verdadera unión con Dios y los demás hombres, cuando ni un solo dolor del mundo nos resulte extraño, cuando nos llegue a parecer normal ver a Cristo caminando por una de nuestras calles y acercarnos a Él, y decirle: «Hola, Señor, ¿cómo estás?»

En mi artículo anterior terminaba diciendo: “No puedo volver a la niñez; tampoco lo deseo. Tal vez, y si lo intentara, consiguiera renacer de nuevo, pero entonces ya sería de otra manera; otra persona, ojalá mejor persona. Pero… ¿sería posible?”
Ahora ya no deseo volver a Michel Quoist, ni ser niño, ni siquiera el joven que le leyó y oró con su libro. Pero las palabras de Descalzo, en mi madurez tardía, me dicen que siempre es tiempo oportuno para salvar ese abismo artificial que hemos establecido con Dios, y que no es más que eso, un artificio. Si lo quitamos de en medio, ¿qué nos va a impedir desmontar las otras simas, también artificiales, que nos separan de los demás?
Aunque bien mirado, puede que sea justo al revés: si tapamos los abismos que hemos colocado a nuestro alrededor para separarnos y distanciarnos de los demás, Dios estará a nuestro alcance, tanto que le podremos hasta dar la mano, nada de saludar desde lejos.
Hoy mismo, en cuanto vuelva del dentista, cojo el carretillo y salgo en busca de arena para rellenar.

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