Eso me soltó un galopín recién llegado a catequesis
al verme tratando de dirigirles el canto en el primer día. La voz salía de mi
boca difuminada y desparramada por el enorme hueco de la ausencia de incisivos,
caninos y… para qué seguir enumerando.
¡Bien empezamos! pensé, mientras trataba de
solventar la situación sin salir demasiado escaldado.
Grité ¡silencio!, para que escucharan la melodía,
porque con ellos cantando al tiempo que yo, sin sabérsela, era mucho follón. No
tuve que insistir, es la verdad, y conseguimos al fin cantar decentemente el
himno de la catequesis, con el que todos los años nos estrenamos.
Esta hoja está rota, dijo otro, levantado el papel
de canto, demasiado sobado de tanto uso. Necesita un remiendo, respondí. ¿Qué?
Y tuve que parar para enriquecer su vocabulario con una palabra nueva.
Imposible; no saben lo que es ropa remendada, no la llevan.
Si mi falta de piezas dentarias les lleva a pensar
que ya estoy caduco, verme remendar calcetines y bajos de los pantalones no
quiero ni imaginar a qué conclusiones más les llevaría sobre mi persona.
Pasó por fin el comienzo, y salieron al terminar
corriendo a contar a sus papás y a sus mamás lo que acaban de hacer allá
arriba. Besos y más besos, como si hubieran estado separados no digo horas,
semanas, en un reencuentro que a buen seguro estará repleto de pequeñas
anécdotas que contar con sus nuevos amiguitos, las catequistas, las historias
escuchadas y vividas, el canto dirigido por mí incluido, y la expectativa de
que el próximo día volverán tan contentos para vivir nuevas experiencias.
Si me creyera que esto no sirve para nada, también debería
considerarme, además de desdentado, un carcamal ya sin futuro ni esperanza.
















