Practicamos canicross, pero sin saberlo


Así como Moli ha ido suelta desde siempre, salvo cuando estamos en poblado, con Berto y Gumi hemos decidido en cuadrilla que ya no puede ser. A las primeras de cambio, o a mitad del paseo, cierto olor, cualquier ruido, una sombra que se mueve, les incita a salir corriendo sin atender a más razones.
De modo que salen al campo atados y bien amarrados.
Mira tú por cuanto, un deporte relativamente joven, de apenas una decena de años, se ha convertido en mi obligación favorita. Porque es obligación, no por gusto. Con gusto los dejaría correr a su bola, si no se olvidaran de volver, y de reconocer mi voz, la mía, la de su amo.
Así que van atados. Y como hace frío, para llevar las manos abrigadas me las meto en los bolsillos, en tanto que ellos van sujetos a mi cintura.
En el paseo de la tarde llevo a los tres, porque se trata de una vuelta corta por el barrio. A esa hora es cuanto menos pintoresco verme tirado por esta tríada de bestias corrupias que me llevan a remolque por las calles, ante mis vecinos y vecinas; mientras estos y estas jalean al conjunto, yo apenas sí consigo que no me arrastren por los suelos, y con muy gran dificultad acierto a llevar el timón, sólo el timón, que en la proa siempre va Gumi. Él es el motor, y los pulmones, y…
Cualquier día me parten en dos. Así me han prevenido quienes me ven de tal guisa. Entonces vendré a contarlo, seguro.

¡En cuarentena!


Suena el móvil e interrumpe mi sueño apenas atrapado en mi rato de la siesta.
–Hace mucho que no viene a donar y le llamo para ver si tiene inconveniente en hacerlo. Me pregunta una voz femenina y juvenil.
–Pues sí, hace tiempo; quedaron en avisarme, pero no lo han hecho. Respondí.
–¿Quedaron en que le llamaríamos?
–Sí.
–Verá, es que tenemos su última donación en cuarentena, y hace falta sacarla.
–¿En cuarentena yo?
–Sí, no se inquiete. Lo hacemos siempre, hasta que al volver a donar los nuevos análisis nos permitan usar la entrega.
–Pues no sabía eso, respondí ya un poco mosca.
–Necesitamos sus plaquetas para un niño. Sus plaquetas las usamos siempre con niños.
Esto terminó de despejarme del sopor siestil, aunque me contuve. Pensé, mientras trataba de articular cualquier respuesta, que si había niños que necesitaban mis plaquetas, o no era urgente, o algo no estaba bien organizado, porque hacía más de un año que no me las pedían. Respondí al fin que me alegraba mucho de poder servir a la infancia desvalida. O algo parecido.
Total, que quedamos para hoy, martes, a las 10. Me van a oír; tenerme en cuarentena a estas alturas de mi historial de hemodonaciones. Si la última vez estuve casi ochenta minutos enchufado a la maquinita, un año y pico más vieja mi arteria en menos de hora y media no lo dejaría. Incluso puede que me aproxime a los ciento veinte minutos. O sea, hasta la hora de comer.
Este es el robot en cuestión que va a trabajar y cribar mis interioridades durante un buen rato:
[Aquí deberían estar otras fotos, pero un señor con uniforme me lo prohibió: “Esto es propiedad de la Junta, y sin el permiso de la directora del Centro no se sacan fotografías”. Y hube de borrar la única que saqué, antes de la admonición].
Y ese el Cuaderno de CyJ que pienso leerme de un tirón. Eso o mirar al techo:
Tras los trámites ineludibles que ya he narrado en anteriores ocasiones, me instalado en la tumbona, me pinchan y empieza el proceso de extracción – retorno…
Ejem, ejem. No, no fue así. Fue de esta otra manera:
1 ¿Que le han llamado? Qué extraño, no suelen hacerlo; son ya tantos… Esa fue la acogida en recepción, tras el aviso del uniformado.
2 La prueba sencilla del hematocrito falló, y mi gota de sangre lejos de hundirse en el líquido elemento, flotó como si fuera una boya marina en un campo de regatas. Hay que hacer un sistemático. El resultado fue muy satisfactorio, pero tardó en llegar media hora: 14, más que suficiente.
3 La tensión se rebelaba, si sería o no el síndrome de la bata blanca, y hasta la tercera no fue la vencida. La amable enfermera tuvo que quitársela, qué gentileza, y quedarse en su uniforme verde.
4 De plaquetas, ni hablar; nos iríamos a los noventa minutos. Esta vez sólo plasma. En 32 minutos lo avié. Eso sí, colaboré lo que puede abriendo y cerrando el puño a lo largo de las tres sesiones de extracción, y relajando la mano en los retornos.
5 Tras el reposo y la ingestión de un zumo, al salir, paso a recoger el carné de donante y no está, ya lo entregaron. ¿Cómo? Habrá habido una confusión, no se preocupe. ¿Se lo enviamos por correo cuando lo devuelvan? No se molesten, ya lo recogeré aquí la próxima vez; me llamarán de nuevo dentro de dos meses.
Salgo por la ciudad y camino con calma Campo Grande a través, cruzo bajo la estatua de Zorrilla y enfilo la calle Santiago. Nunca como esta mañana me sentí pueblerino en la capital. En la Plaza Mayor observo los preparativos navideños, una manifestación de trabajadores de la Sanidad y el Belén. En los antidisturbios no quise fijarme no fuera que me volvieran a amonestar por llevar la cámara en el bolsillo.
Aproveché para comprar el turrón para estos días, darme una vuelta por las oficinas del obispado y adquirir, por el módico precio de 13’50 € el Calendario Litúrgico de la Conferencia Episcopal Española. 1’50 de rebaja por ser vos quien sois.
Vuelvo para casa y antes de recoger el corsa entro de nuevo en el Centro de Hemodonación a preguntar por mi carné. ¿Está seguro que no se lo llevó usted cuando se fue? Sí, estoy seguro. En todo caso le volvemos a enviar otro. No, no me hace falta, no se molesten.
Consideraciones finales:
1ª Con la tensión alta a la vista de personal sanitario, una sangre pobre en hematocrito, y unas arterias débiles ante el pedazo de aguja que se usa en estos lances, me temo que estando bien, sin embargo nado por la parte de abajo, justo en la frontera. ¿Contarán conmigo una vez más?
2ª La lectura del Cuaderno de CyJ –¡Ay de vosotros! Distopías evangélicas, de José Laguna– no me relajó en absoluto, claro que no pude terminarlo. Al contrario: he comprobado que la distopía no sólo está en el Dios de las bienaventuranzas/malaventuranzas; también está en esta realidad, donde todo es tal cual se ve y aparece, por más que ¡qué más quisiéramos! fuera de otra manera bien diferente.
3ª Si para algunas personas siempre París será motivo de esperanza, comprobar que en el Belén la mula y el buey no faltan a la cita, para mí es más que suficiente. No pido más. Liberé por fin mis plaquetas bloqueadas en la cuarentena, y mi plasma servirá para un roto o para un descosido. Es suficiente.

Adviento: nuestra medida, nuestra oportunidad


Corona de Adviento 2012

Este es tiempo de espera y anhelo,
de ilusión, de salir a los cruces y caminos.
Es un tiempo de ojos abiertos,
de miradas largas como el horizonte
y de pasos ligeros por calles y plazas.

Este es tiempo de salas de espera,
de viajes que llegan con sorpresa ,
de caminatas alegres y largas,
de sueños buenos que se realizan
y de embarazos llenos de vida.

Este es tiempo de pregones y sobresaltos,
de vigías, centinelas y carteros,
de trovadores, profetas y peregrinos,
y de todos los amantes de la utopía
que van en pos de la estrella que brilla.

Este es tiempo de luces, candiles y velas.
de puertas y ventanas entreabiertas,
de susurros, sendas y pateras,
de huellas en el cielo y la tierra
y, también, en el corazón de las personas.

Este es tiempo de pobres y emigrantes,
de parias, exiliados y desplazados,
de los desahuciados de sus casas
que se empapan y mojan en la calle
y de todos los que no tienen nombre.

Este es tiempo de quienes no llegan y rezan,
de hogares que se renuevan y mantienen,
de los que disciernen serenamente
y de quienes sufren la crisis, más fuerte,
a pesar de tantas promesas electorales.

Este es tiempo de andar por oteros y valles
de cantar por las cárceles que se abren,
de romper grilletes, cadenas y fuerzas,
de ceñirse coronas de servicio y dignidad,
y de madurar como las hojas que vuelan.

Este es tiempo de Isaías y Juan Bautista,
de María y de José, sin pesadillas,
embarcados en la aventura divina
y pasando en vela sus horas nazarenas.
Es tiempo que gesta las promesas.

¡Este es tiempo de buenas noticias!

Florentino Ulibarri

Déjame, mamá, que me pregunte




Déjame, mamá, que me pregunte aunque no tenga aún qué responderme. Sigo siendo el mismo que quería saber qué había dentro de las cosas; cómo se armaban tras haberlas desarmado; cuánto cuesta hacer el camino de salir y volver a casa, por qué el sol sale cada día; para qué la luna, si no calienta.
Déjame, mamá, que me pregunte, aunque no espere la respuesta. Ya la sé, como sabía cada dos de diciembre que papá aparecería con una bandeja de pasteles y en silencio me indicara, ése es el de mamá. Y señalaba un ladrillo enorme de merengue. Era tu cumpleaños.
Déjame, mamá; que hacer preguntas lo aprendí de ti. Por eso supe en qué momento te marchabas, porque dejaste de hacerlas; para qué, si ya tenías claro cuál era la estación término.  Sólo y apenas balbuciste, ¡ayúdame!
Déjame, mamá, que preguntar me hace falta, me viene bien. Necesito sentirte viva tras la corteza que me envuelve; saber que hay riqueza al otro lado; que esta pobreza sólo es pasajera; y la frontera no es inexpugnable, sólo es la puerta.

¿Y si este mundo es sólo la corteza,
y el mundo de verdad está escondido?
¿Y si los que se fueron no se han ido,
sino que han penetrado en la riqueza?

Que nuestro mundo es sólo la pobreza
de ser y de no ser; de haber tenido
sin tener; de pasar; de haber vivido.
¿Y si ellos han llegado a la certeza?

¡Qué chasco cuando estalle esta envoltura
y salte por los aires en pedazos
la cáscara que envuelve la hermosura!

¡Qué gozo al verte viva toda entera
bebiendo plenitudes, no retazos!
¡Qué engaño si amé sólo la frontera!

Patxi Loidi. La corteza. En la muerte de mi madre. Mar adentro

Y este adviento, ¿qué?


Trabajo me ha costado tirarme de la cama. No a mí sólo, también Moli lo ha pensado su tiempo antes de desenroscarse y decirme ¡vamos! Noche clara y fría estrena diciembre, mañana con cinco grados negativos y más que silencio, mudez. El pinar solitario hoy estaba más inhóspito que nunca. Nada por ninguna parte da indicios que permitan abrigar una esperanza, siquiera pequeñita, de que esto no va a ser para siempre, que sólo es temporal y que de mal en menos aguantaremos lo que dure, para terminar en un disfrute suficiente, porque no total.
Por si fuera poco hoy comienza el adviento, y hay que hablar de la esperanza. ¡Qué sarcasmo! Así me desayunaba pensando, qué diré hoy a mi gente, achuchada como está hasta la asfixia. Cómo decir en el templo algo que en la calle está contradicho.
Esto es lo que he rumiado durante el paseo pinariego, mientras mis acompañantes hablaban de unas y otras cosas.
Ahora, fumando el primer pitillo del día, dándole vueltas al ordenador y a la actualidad y a mi correo, me encuentro con Dolores, que nunca me ha fallado. Ella sí que sabe sacar del “arca” cosas nuevas y cosas usadas según vayan siendo necesarias.
Sí, tal vez no esté todo perdido, y podamos permitirnos, como Dolores Aleixandre, sonreír a pesar de todo, mantenernos enteros contra este frío, rescatar ilusiones del olvido, mirar al frente a pesar de todo, y no echar de menos nuestro equipaje porque con sólo un bolso de mano tengamos suficiente.
Sí, tal vez la fe en la vida sea más fuerte que todas las teorías, sean del tipo que sean, y nos ayude a romper este círculo vicioso, a hacer luminosa esta realidad opaca, a salir de este pozo inmundo, a por lo menos hacernos más humano este despiadado sistema que nos aplasta en lo económico, en lo político, en lo social y hasta en lo “religioso”. No será la religión en este trance sino un mero opio, si no nos hace salir hacia fuera de nosotros, a la búsqueda y espera de lo deseado y posible.
Con cabreo, con indignación, con frustración, sólo, no conseguiremos nada; como le ocurre al albañil que tira la paleta, a la trucha que se abandona a la corriente, al pajarillo que olvida su trinar.
Gracias, Dolores, por este escrito tuyo que me alivia este comienzo de diciembre.

Sobre la inoportunidad del Adviento

Dolores Aleixandre
dolores_aleixandre_oct_07_p“Levantar los ojos”, ir más allá de lo inmediato que nos ciega y atrapa en redes de deseos insatisfechos, en obsesiones por retener modos de vida que considerábamos definitivos, en temores que embotan nuestro corazón impidiendo el fluir de la vida.
Sí, inoportunidad, no me arrepiento del título, esa ha sido mi impresión después de hacer una lectura seguida de los textos de Adviento. Vienen cargados de tantas palabras resplandecientes: alegría, seguridad, gloria, esplendor, paz, confianza, salvación…, que esa insistencia luminosa resulta casi insultante en estos tiempos de tanta oscuridad.
Puestos a elegir, preferiríamos otras promesas más cercanas a nuestra realidad: en vez de colinas que se abajan y valles que se levantan, esperaríamos el anuncio de que bajan las hipotecas, desciende la prima de riesgo y se eleva la responsabilidad de los bancos que han dejado sin ahorros a tantas familias.
Estupendo que lo torcido se enderece, pero nos suena a música celestial mientras continúen los métodos tortuosos de muchos empresarios para solicitar EREs y mandar al paro a tanta gente.
Baruc nos exhorta a envolvernos en el manto de la justicia de Dios y es una magnífica cobertura pero ¿de qué les va a servir a los inmigrantes sin papeles si se quedan sin la sanitaria?
La teología y sus eruditos se defienden: “Se trata de una perspectiva escatológica”, distinguen. Claro, pero sólo con eso no llego a fin de mes, piensa más de uno.
Jesús, que afortunadamente no era un erudito, propone otras salidas: da por sentada la existencia de situaciones desastrosas que nos sacuden llenándonos de ansiedad y preocupación pero, donde nosotros no vemos más que catástrofes, él ve “señales”.
La condición para descubrirlas es “levantar los ojos”, ir más allá de lo inmediato que nos ciega y atrapa en redes de deseos insatisfechos, en obsesiones por retener modos de vida que considerábamos definitivos, en temores que embotan nuestro corazón impidiendo el fluir de la vida.
Y esas “señales” ¿dónde buscarlas?: en el desierto, responde el evangelio de Lucas en el 2º Domingo, en esos lugares marginales que nos obligan a afrontar sin distracciones esas preguntas de las que tratamos de escapar, que nos inquietan más allá de lo económico y que se enmascaran bajo pretextos de impotencias y desánimos.
Los personajes políticos y religiosos nombrados (Poncio Pilato, Herodes, Anás, Caifás….) quizá fueron peores que los que hoy nos gobiernan pero, a pesar de sus poderes e intrigas, no consiguieron extinguir la esperanza que convocaba la voz profética de Juan desde la periferia.
En la tercera semana las señales se vuelven más concretas: hay que abrirse a la alteridad hasta llegar a compartir con otros, hay que salir del estrecho círculo de “lo mío” para que la esclavitud del poseer deje paso a la libertad de preferir el bien mayor de la relación: la alegría de que una túnica sobrante abrigue ahora el cuerpo aterido de un hermano.
Las señales de la cuarta semana nos devuelven a la belleza de lo pequeño, a la humildad de lo cotidiano: Dios elige como morada a Belén, un pueblo insignificante; y un sencillo saludo, esa experiencia universal de acogida del otro, desencadena un torrente de comunicación entre dos mujeres embarazadas que se llenan de alegría, bendicen y se ríen juntas mientras la vida crece en sus entrañas.
No son señales fáciles ni evidentes porque el Evangelio es siempre un tesoro escondido, un don exigente, una gracia cara. Después de todo, quizá el Adviento pueda conducirnos “oportunamente” hacia ese júbilo que se atreve con tanto descaro a prometer.

Dolores Aleixandre
Homilética

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