Hace 66 años



Las leyes son para cumplirlas

Es una frase muy socorrida, que esgrimimos todas las personas alguna vez en nuestra vida. Claro que no es igual según la boca que la exprese. Si lo hago yo, pongo por ejemplo, no pasa de ser mi opinión personal. Pero si lo hace, otro ejemplo, el guardia de mi barrio, ya tiene otras connotaciones y tal vez alguna que otra consecuencia. Pero no pasa nada, porque este policía municipal es muy buena persona y no pretende sancionar, sino sólo ordenar, coordinar y hacer la vida más fácil y placentera.
Sé que las leyes tienen un fin bueno, y que su elaboración llevan su tiempo, su reflexión, su discusión, su promulgación y su consolidación. Vamos, que no se fabrican como si fueran mismamente churros. De la seriedad que se presume en el legislador deriva que la ley, las leyes en general, debe acatarse y cumplirse.
Ocurre, sin embargo, a veces, que una ley parece estar hecha con poca cabeza, más bien con los pies. Y uno se pregunta que a quién ayuda, porque tratar de cumplirla complica la vida en lugar de simplificarla. Ejemplos se podrían poner muchos, pero como en este mundo hay muchas cabezas, y cada una tiene su sentencia, tendríamos demasiadas opiniones que contemplar.
Yo me voy a permitir poner sólo un ejemplo que me atañe. Mi barrio.


Desde que lo habito, hará pronto treinta y un años, hemos circulado por él como nos ha parecido, torciendo a derecha o izquierda, con doble dirección en todas las calles menos por una, que era considerada la salida general: la calle Villabrágima. Se cedía el paso cuando era menester, se aparcaba donde se encontraba hueco, y si alguien se sentía molestado, con decirlo tenía solucionado su problema. Convivíamos con cierta cordialidad.
Hubo un momento en que alguien dijo que había que reordenar el tráfico, porque no estaba bien que calles tan estrechas y sin aceras tuvieran doble dirección. Y se empezaron a recoger propuestas. Como es de natural, cada vecino o vecina dijo su opinión, y la razonó a su manera. Pasaron años desde que esto se inició. El Ayuntamiento, callaba.
Aumentó el tráfico rodado, y seguíamos apañándonos relativamente bien, pero el run run continuaba, porque el barrio necesitaba modernizarse, y había quien transformó el cuarto comedor en cochera y necesitaba espacio para maniobrar y alojar allí su vehículo, que eso de dormir a la intemperie arruga el material y lo pone descolorido.
Tanto fue el cántaro a la fuente, que el Ayuntamiento por fin dictaminó su ley, llenando todas las esquinas con señales que indicaban la dirección que había de seguirse para que la circulación rodada fuera acorde con los tiempos.
Así resultó que se convirtieron todas las calles en dirección única, y de las seis que suman todas ellas, cinco son para salir del barrio y una sola para entrar.
Hace de esto ya dos años, que se cumplen en agosto, y no vean ustedes lo mareados que estamos de tanto dar vueltas. Cada vez que hay que hacer cualquier gestión con el vehículo a motor, hay que salir del barrio, darle toda la vuelta y encontrar la única calle que permite entrar.
A Javi, que tiene un almacén de materiales de construcción, se le obliga a ir con su camión marcha atrás por dirección prohibida para embocar su trasera. A las grúas que traen vehículos averiados al taller que hay junto a la parroquia se les manda entrar por el interior del barrio y girar en estrecheces tales que se encajonan o rozan las fachadas. Al furgón funerario, -por cierto hay algunos que son enormes-, se le permite ahorrar tiempo y maniobras por ser vos quien sois y por deferencia con los deudos del difunto, y entra directamente sin atender a la señal que lo prohíbe. Los celebrantes de bodas, comuniones y similares que frecuentan el restaurante más señorial de estos pagos lo tienen bien fácil, porque para ellos nada ha cambiado: entran y salen como lo hicieron siempre. Su problema es dónde aparcar, porque la calle es nuestra. Aún así, aprovechándose de que suelen llegar en días festivos, ocupan vados, puertas y ventanas, esquinas y cruces, hasta que terminan de yantar y fumarse lo correspondiente.
Dos años hace ya de esto, ya digo. Esta ley no sabemos bien si está ajustada o no; pensada desde luego que sí, su tiempo se llevó. Solucionar, solucionar, algo parece que ha solucionado. Pero para subsistir, los vecinos residentes nos vemos obligados en ocasiones a infringirla. Los de las cocheras, ante la imposibilidad de usarlas por lo difícil de la maniobra, las utilizan de trasteros. En la parroquia he de estar al loro para colocar los chirimbolos y que así no ocupe nadie la entrada, especialmente la rampa para impedidos. Y cuando pretende llegar alguien que hace tiempo vivió por aquí pero de eso hace ya demasiado, se pierde; y tras muchas vueltas, cuando por fin lo consigue, resoplando dice: ¡Cómo tenéis la circulación en este barrio!

Una carta

Mientras comulgábamos esta tarde entonamos este canto
“Hoy comienza una nueva era,
las lanzas se convierten en podaderas;
de las armas hacen arados,
y los pobres son liberados”
que un amiguete musicalizó a modo de canon, inspirado en los versos del Profeta Isaías 2, 4. Pero yo estaba en otra parte, y no lo siento.
Antes de irme para celebrar la Eucaristía dejé a medio leer una carta que un español, obispo en África, ha enviado y ha salido publicada en Internet. No dice nada del otro mundo, es su vida y la vida de su gente. Pero yo la considero escrita para que quienes vivimos en la inopia de nuestro confort amenazado dejemos de pensar tanto en nosotros mismos, en nuestras pequeñas guerras y en nuestras sucias ambiciones, y levantemos un poco la mirada, siquiera para considerar que hay mucho más mundo que el que nosotros ocupamos.
Tal vez no seamos conscientes de hasta donde llegan los efectos y consecuencias de nuestra forma de pensar y de vivir, y está bien que de vez en cuando nos lo recuerden. Nadie nos echa en cara nada, no debemos culpabilizarnos. Pero eso no quita que la realidad sea la que es: los cimientos sobre los que tenemos asentada nuestra existencia hunden sus raíces en el sufrimiento y degradación de mucha gente, pueblos enteros.
Esta es la carta que me está haciendo cavilar:


Las lágrimas de mi pueblo

04.08.11 | 13:01. Archivado en Juan José Aguirre
El 15 de marzo pasado los rebeldes sanguinarios de la LRA (unos paramilitares que vienen de Uganda y se hacen llamar Ejercito de Resistencia del Señor), atacaron un pueblo llamado Nzacko (diócesis de Bangassou en Centroáfrica). Llegaron un domingo por la tarde, cuando la mayor parte de los soldados de la guarnición jugaban al fútbol y los cosieron todos a balazos.
La población se desperdigó alocadamente y los rebeldes tuvieron tiempo de robar casa por casa, de mirar debajo de los catres para ver si había alguna chica escondida y aprovechar la coyuntura, amontonar lo robado en el centro del mercado y hacer una cordada con chicos y chicas (algunas que acababan de violar), ponerles 30-40 kilos en la cabeza y llevárselos a sus campamentos de la selva, a unos 10 días de marcha.
Eran 56 jóvenes, algunas embarazadas y dejaban 56 familias angustiadas por su suerte. Como obispo de esta diócesis, grité contando esta fechoría en la radio, en periódicos, en encuentros… (Todos dicen: ¡¡¡oh!!!, ¡¡¡qué barbaridad!!! Pero todo sigue igual. Vivimos caminando sobre una cuchilla de afeitar y muchos golpes bajos de la economía mundial, como el control del coltan (colombio-titanio) para fabricar nuevas marcas de móviles o de ordenadores, rebotan en el cuerpo inerte de la población de Bangassou y del norte del Congo.
Esta parece un macabro sparring sobre el que las compañías de telefonía hacen rebotar los puñetazos de la agresividad del mercado o las dentelladas de sus trajeados “tiburones”). La mayoría de aquellos jóvenes volvieron 20 días después, destrozados, algunos con hernia discal. Unos 15 niños de 11-13 años, aun no volvieron y sus familias temen que no vuelvan nunca más. Lo que acabo de contar ya lo he denunciado otras veces y es la misma nefasta canción archirrepetida desde hace 6 años.
Lo nuevo es que ese día, Karine, aprovechando la confusión de los kalasnikoff y la refriega generalizada, se escapó de las manos de estos indeseables. Llevaba 9 meses con ellos en la selva desde que la raptaron en su pueblo natal. La apartaron violentamente de sus 3 hijos y de su madre y, a sus 23 años, se la fueron rifando 150 rebeldes en la selva entre labores de aseo, culinarias, de transporte u otras.
Pero ese 15M fue su gran día. Huyó a la misión católica y los padres centroafricanos la condujeron a una plantación para ponerla salvo. Al día siguiente la llevaron 80 km abajo donde una franciscana guatemalteca me la trajo a Bangassou, otros 120 km más al sur. Cuando vi a Karine delgada como un alfiler, cuando sus ojos huían de los míos y la respuesta a mis preguntas eran sólo murmullos, supe que había un problema. Más que un problema, había muchos problemas y aquella pobre chica parecía zombi.
Después de lavarse varias veces con jabón perfumado, inútil esfuerzo de quitarse de encima toda la vergüenza y la rabia acumulada, Karine seguía en estado de shock. Me enteré de que sus hijos y su madre, después de su rapto, se habían desplazado a 25 km de Bangassou y me ofrecí a devolverla a los suyos. Me dijeron que en su pueblo todos creían que estaba muerta, pero no había tiempo de mandar una avanzadilla con la noticia de su vuelta a la vida y la monté en el asiento de atrás del coche.
Conforme íbamos llegando y unos pocos habían comenzado a reconocerla, Karine, hierática y asustada, no movía un músculo. Al pararnos al lado de la veranda de sus abuelos, alguien le dio un bebé por la ventanilla, pero ella seguía K.O. El coche ya estaba parado pero ella no se movía. Tuve que salir yo mismo y abrir su puerta, y conminarla con una cierta dureza en la voz: “Karine, sal fuera”.
La multitud ya se había juntado y, al reconocerla, gritaban, rezaban, lloraban, se ponían de rodillas o cantaban cantos de Iglesia de diferentes confesiones. Karina salió del coche y se dejó tocar por los suyos que la acariciaban, la sobaban, la bendecían o la simplemente la miraban con los ojos como platos. Ella, de pié, mirando al suelo, lloraba y temblaba. Tardó 20 minutos en reaccionar y ofrecer su primera sonrisa. Una sonrisa de resurrección.
Pensé que el coche había sido como su ataúd de muerta, que esos 20 minutos fueron como un parto y ahora, finalmente, sonreía. Es decir, resucitaba a la vida.
La mitad de la población de mi diócesis vive desde hace años escondida en campos de refugiados. En unos hay 4.000, en otros son gente huida del Congo, 3.500, en otros unos centenares. Pero todos perdieron sus campos, sus cosechas y graneros, sus casas y sus espacios sagrados, las cosas que no pudieron transportar y todas sus esperanzas.
Sobre ellos han caído desde hace meses, como moscas sobre una llaga, Ongs de todo tipo y condición, de nombres difíciles de pronunciar (alguna tiene nombre de un famoso mago), otras son conocidas y lo hacen medianamente bien. Pero muchas de ellas están formadas de personas interesadas que llegan en avión por cuestiones de seguridad y ofrecen sus productos e intuiciones durante unos días, escriben sapientes informes sobre las condiciones de vida en África en general (1º capítulo) y en los campos de refugiados en particular (2º capítulo) para concluir que sus fuentes de alimentación (organismos internacionales de todo tipo, organismos humanitarios, filántropos y afiliados) tienen que seguir dando plata porque las letrinas hay que ponerlas un metro más allá o las azadillas no han sido suficientes.
Los padres y las hermanas de la misión, que están allí desde hace años, día a día, aguantando el chaparrón de la mañana a la noche, se preguntan si no es una contradicción que lo que costaron las azadillas sea apenas, una cincuantésima parte de lo que costó fletar un avión ida y vuelta para llevar y traer a los especialistas de lo humanitario dos veces por semana, sus salados “per diem” (dietas), sus cursos de preparación intensiva y sus flamantes ordenadores para escribir sus puntuales informes, exactos en puntos y comas, parágrafos y firmas, en cuatro ejemplares.
Todos se mueven con escolta militar pagada a precio de oro y todos piden pasar la noche en la misión donde haya agua “muy fría” y electricidad para encender los ordenadores.
Un día, pidieron hospedaje 4 especialistas enviados por la Embajada americana. Cuando terminaron su trabajo, viendo que tenían la tarde libre antes de coger la avioneta que los llevaría de vuelta a Bangui y a Washington, les propusimos de visitar el centro de enfermos terminales de sida y el nuevo quirófano.
Muy educadamente nos dijeron que les habían pagado solo para ver letrinas, no quirófanos. Aunque muchos vendrán de buena fe e intentan hacerlo lo mejor que saben, acabamos preguntándonos quién está mejorando su calidad de vida: los miembros de la ONG aparecida de buenas a primeras o la gente de los campos de refugiados que tienen que aguantar una lección magistral sobre el uso y el abuso de las letrinas a cambio de azadas y azadillas que reparten después de la lección.
Hay algunas que dan signos de seriedad y sentido común. La mayoría, sin embargo, parece ser gente que quieren ver en directo lo que ayer vieron por televisión. Entre tanto la población local, paupérrima, la que ha acogido los refugiados sin pedirles visado ni papeles, ahora tiene que negociar con estos inmigrantes una gallina por una azadilla o les cambian un lebrillo por una manta made in HCR (Alto Comisariado para los refugiados) o un cubo de cacahuetes a cambio de una mosquitera “impregnada”.
Las ONGs crean los status. En el último escalón esta la población local y el farolillo rojo son los campesinos que no pueden salir a cultivar sus tierras a causa de la presencia de la LRA pero para las ONGs no cuentan para nada. Algunos escalones más arriba los refugiados, enseguida después las misiones y al final de la escalera, kilómetros más arriba, los especialistas de cuestiones humanitarias, algún embajador que se deja caer por allí o algún majadero despistado, director general de algo.
¡Así es la vida! ¡Así la hemos hecho entre todos!
Juan José Aguirre, Obispo de Bangassou (República Centroafricana) aguirreeveque@yahoo.fr

Fuegos de artificio o de cómo a la explosión siguió el interrogante, ¿o fue la calma?


Episodio nº 1

Esa tarde, al entrar en el cuarto de baño le extrañó el sonido de las tuberías, dado que no tenía puesto el riego del jardín. Cuando regaba por goteo, en esa parte de la casa escuchaba el suave zumbido del agua a través de la instalación. Salió, pues a investigar qué ocurría, y comprobó que el contador estaba moviéndose. “Habrán dejado algún grifo abierto”, pensó. Era muy posible, porque habían estado los albañiles practicando una roza en el hogar de jubilados, y la habían vuelto a tapar. El relleno a base de poliuretano tenía por objeto probar si se quitaba la humedad de la pared del fondo que, desde que hicieron los chalés vecinos, no paraba de trepar por toda ella.
Pues no, no había ningún grifo abierto, ninguna cisterna goteaba, y a simple vista no había razón que justificara el sonar de tuberías.
Abrió y cerró varias veces la llave de paso, husmeó por todo el recorrido de la instalación, y no encontró nada que empujara a la maldita aguja del contador a moverse lenta pero inexorable.
No hay vuelta de hoja, hay que llamar a Víctor, el fontanero de la casa. “Que tengo una fuga de agua, pero ni idea de dónde pueda estar”, le dijo tras los saludos de costumbre. “Mañana a las nueve estoy allí, y si no soy yo, es mi nieto el que la localiza”, concluyó desde el otro lado de las ondas.
Por la mañana, a la vuelta del paseo, ya estaba allí. No vino el nieto, que aún dormía. Sin más preámbulos, observaron por todas partes, y concluyeron que si había fuga tenía que ser en el patio, debajo de la tierra. Así que decidieron buscarla.
“Lo del pico y la pala ya pasó a la historia”, dijo el profesional. Sacó de la furgoneta una hilti, la armó de puntero y en un santiamén removió una porción del suelo. “Esta tierra está más dura que muchos pavimentos de hoy en día”, añadió mientras se apartaba y le hacía espacio para que retirara el cascajo suelto. Tras varios intentos dieron por fin con el tubo. “No hay que mirar más”, dijo él y asintió el otro.
Lo que se hizo como para salir del paso, ha servido durante casi treinta años, pero ya no da más de sí. Entonces, de haber tenido más medios, tal vez lo habrían hecho mucho mejor; aún así, bien estuvo. Hierro galvanizado enterrado bajo la tierra durante tanto tiempo ha sido un milagro que no avisara mucho antes de que estaba pudriéndose. Y así está, la foto lo dice todo.
Hay que levantar el suelo, y colocar tubería nueva de polietileno, y solucionado. Pero hay que hacerlo con una excavadora.
Pues, ¡manos a la obra!, dijo. “Yo me encargo”, respondió el fontanero. Y se fue.
Tiene dentista a las 12:00 debe asearse. Da la llave general del agua y comprueba con sorpresa que el contador no se mueve. Cierra, abre, y nada. Espera y vuelve a repetir la operación. La fuga ha volado. Llama a Víctor y se lo dice y va y responde, pues lo dejamos por esta vez, ya dará la cara. Se pone remedio cuando hay necesidad.

Episodio nº 2

El endodoncista tiene la consulta a tope, ha habido una urgencia y todo se ha atascado. Le toca esperar y aprovecha para ver el partido de voley playa femenino, está empezando. Y mientras contempla las imágenes le da por largarse a unas navidades del 81.
Aquel domingo, al salir de misa, charlaron como de costumbre en el patio cochambroso que tenían de atrio. Se hablaba de que pronto iban a embrear las calles y de que había aún desagües sin hacer. Que luego sería más complicado y más caro. Alguien dijo que vendría bien tener retrete a mano, que mucha gente mayor no se lo aguata ni siquiera durante la misa. Y que también ayudaría en los estudios y en la catequesis. Pues habría que hacerlo, respondió alguno. Y otro dijo que entre muchos no sería mayor problema. Y así la cosa se fue hilando y quedaron para el sábado, bien temprano.
El viernes, a última hora, Palmero apareció con su furgoneta hasta arriba de tubos de cemento de 100, y es que Fructuoso era y es así, sorprendente.
¡Cómo va a recordar la hora! Intentó madrugar el sábado, pero ya le habían adelantado. Allí había ya quien estaba señalando la trazada y quien había empezado a picar.
Al mediodía estaba la labor apenas iniciada. Aquel invierno heló más de la cuenta y el terreno estaba duro de pelar. Pensaron que echando agua la tierra se ablandaría y sería menos costoso de picar. A la vuelta de la comida el trabajo cundió más. Pero con todo y con eso, era noche bien cerrada cuando pusieron la tapa sobre la conexión del desagüe con el colector de la calle. Habían cavado una zanja de 30x0,5 metros con un desnivel desde 0 hasta 2 metros y medio, conectado los treinta tubos de cemento y tapado la zanja. Al día siguiente, en la calle nadie hizo ningún comentario al venir a misa. Obras así de tapadillo se hacían aún por aquí. Pero en ésta no echó en falta a ningún vecino, aunque también es verdad que no llevó la cuenta.
Poner la tubería del agua fue coser y cantar a partir de trozos de galvanizado que fueron encontrando por todo el barrio. Por entonces, y dado que era para salir del paso, no tuvieron mayores precauciones, y todo quedó enterrado, aguas limpias y sucias, en la misma zanja.
Ganaron las brasileñas; y, mientras ellas recibían su trofeo, él se estaba decidiendo a que Víctor pusiera en marcha el plan de renovación de la entrada de agua corriente. Entonces le llamaron, entró en el quirófano, y durante una hora larga un amable dentista y su no menos encantadora ayudanta le tuvieron en sus manos para acabar con los males que le estaban acosando desde hacía más de un mes.

Epílogo

Llegó tarde a comer, pero pudo hacerlo a pesar de todo. Durmió una siesta inquieta, aún tocado por los recuerdos. Apenas se despertó llamó a Víctor: “Que digo que hay que poner el tubo nuevo, más vale hacerlo ahora que esperar a que falle en pleno invierno, con todo ocupado por la gente y las actividades funcionando. Ahora es el momento”. “De acuerdo, mañana empiezo”, rubricó su fontanero favorito.

Pero en aquellas lejanas Navidades del 81 hicieron teatro los pequeños mientras los mayores miraban y aplaudían.





Mi amigo tenía un gallinero


Bueno, tanto como gallinero no, sólo catorce gallinas. En realidad, trece más el gallo. Se las regalaron, porque no valían ya por viejas, eran el desecho. Pero mi amigo no quiso que murieran, y las cogió y se las llevó pal prao. Y allí las gallinas escarbaban, retozaban y ponían huevos. Las trece cada día, sin faltar. Que digo yo que por qué las desecharían… ¿Sería tal vez porque comían demasiado? Porque poner, vaya si ponían. Tal vez fuera por dejar espacio para otras más jóvenes y más productivas. Pero aún así, más que poner huevo por día… ¿Se usan ahora gallinas que pongan dos o más?, me pregunto yo a mí mismo. En esa proporción, me temo que muchos de los que conozco no vuelven a trabajar en lo que les quede de vida, desde luego que no.
El caso es que mi amigo comía y regalaba huevos. “Que digo que no te olvides de los huevos, coges una docena, que son frescos”. Eso nos decía a sus amigos. Y vaya si lo hacíamos, eran huevos… Ni comparación con los insípidos del super. Y encima, regalaos.
Las catorce gallináceas se lo pasaban pipa; bajo las patas de los caballos, entre las pacas, encima del estercolero, en la orilla del arroyo, sólo principio de un río, el Bajoz; y ponían donde les petaba, en cualquier parte. Te encontrabas huevos en el prao, en el comedero de las ovejas, entre la paja, junto a una puerta, hasta en la chopera. En fin, ya digo, en cualquier sitio. Y había que ir con cuidado, porque pisar un huevo, ¡manda huevos!
Un día apareció muerta una gallina. “¡Ostras pedrín!, aquí pasa algo”, se dijeron mi amigo y sus amigos. Y se pusieron a indagar. Nada vieron. Otro día fueron dos. Otro más, tres. Algún día  vigilaron hasta altas horas, pero ni así consiguieron impedir la tropelía. ¡Hasta el gallo feneció!
Hoy ha sido la última. Sin cabeza, así apareció. Ya sólo quedan tres.
En principio se diagnosticó ataque de gatos. Y se les puso a prueba, con cepos y trampas mil. Los que cayeron fueron seriamente amonestados y puestos de nuevo en libertad, que, aunque a mi amigo le gustan mucho los toros, no es nada cruel ni sanguinario. Pero los ataques continuaron. Entonces se tomaron otras medidas, encerrando a las gallinas tal que entre rejas. Pero ni por ésas; seguían cayendo.
Está más claro que el agua. “Ha sido una comadreja, no puede ser otro animal”, dijo alguien al parecer entendido. “¡Maldita alimaña!”
Así que ahora las tres pobres gallinas están aún más encerradas, tras una tupida alambrera, que las protege (?) pero las encierra a perpetuidad. O eso, o morir; no hay otra.
Estoy a la espera de la solución que, para el enemigo mortal que le ha salido, prepara mi amigo; que vuelvo a repetir, no es ni brutal, ni sádico ni desalmado. Pero, ¿qué se puede hacer con quien te priva de tan ricos huevos, al tiempo que descabeza tus gallinas?
Pues no te digo más, que ahora le ha dado por meter veinte pollos tomateros. Seguro que encuentra un remedio… definitivo para siempre jamás. Amén.

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