Tuvo que ser a finales de 2008, no recuerdo bien. Acababa de estrenar ordenador y estaba iniciándome en Internet. Entrando y saliendo en lugares, visitando páginas y perdiéndome por esa selva sin veredas que ofrece la pantalla cuando no tienes idea alguna de lo que buscas, la carambola resultó dentro del agujero: Atrio.org, “lugar de encuentro, espacio abierto entre lo sagrado y lo profano donde se puedan encontrar y comunicar todos y todas”.
Estuve observando y leyendo durante una temporada. Las publicaciones y los comentarios correspondían al principio de un foro eclesial pero en los límites, de crítica constructiva y de exposición de ideas originales, de alargar el Vaticano II haciendo efectivos y eficaces los buenos frutos que vivimos, quienes conocimos aquella época, al principio del principio, hasta que se dio el portazo a los vientos nuevos que oxigenaron brevemente a la Iglesia.
Tardé, sí, tardé en atreverme a intervenir. No tuve fortuna ni en mi aportación ni en la acogida que recibí. Así que mi colaboración en aquel lugar de diálogo duró poco.
Tengo sin embargo de aquello buen recuerdo y la costumbre de visitarlo regularmente para ver qué se cocía. Hasta que en junio pasado enmudeció.
(Aquí dejé de escribir, porque empezaron a publicarse artículos y comentarios de personas que conocieron a Antonio y lo acompañaron mucho mejor y desde mucho antes que yo, y…
Era el 25 de noviembre de 2026).
Retomo ahora el hilo. No tengo otra pretensión sino que conste en Mi pequeño Mundo la mención de su existencia.
Y una confidencia que él me hizo.
Miguel Ángel, me dijo, ¿recuerdas el Encuentro Estatal de CCP que tuvo lugar en Cheste, Valencia, en 1988? Los de Valladolid os alojasteis en la parroquia de la que entonces estaba yo a cargo, también en compañía de las “vedrunas”. Allí nos conocimos…
Esto fue veinte años después. Toda una vida.
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