La silla de Victoria


Hacía días que venía como si tuviera algo que decirme, pero se soltaba con cualquier cosa que se le ocurriera en el momento: “Que digo que esas lilas están sedientas”, o “los rosales piden alimento”, o “habría que reponer la acacia que se secó”. Ni las lilas requerían más agua, ni era momento para abonar los rosales, ni se podía reponer la acacia en pleno mes de junio. Así que una mañana me dirigí a su casa y le pregunté: A ver Felipe, ¿qué quieres decirme y no te atreves? Y me lo dijo.

Por la tarde me encontré la piedra instalada. Que nadie me pregunte dónde la encontró ni cómo la transportó. Ahora, que la he movido, puedo calcular que pesa alrededor de 150 kg.

El asunto es que a Victoria la tenían que operar de las dos caderas, porque la artrosis se las había deteriorado definitivamente. No podía estar de pie por mucho rato, y en casa no se aguantaba después de comer hasta que abrieran en hogar; así que se venía pronto y esperaba en el patio a que la encargada abriera. La que tenía que hacerlo, Margarita o Ana, las dos, mejor dicho, no se daban ninguna prisa, y Victoria no podía, durante la espera, sentarse en los bancos del jardín porque eran muy bajos.

De modo que su marido, Felipe, encontró vaya usted a saber dónde una piedra que le pareció pintiparada para el cometido. Consiguió mi aprobación y la colocó en el lugar más idóneo, a la sombra, y del modo apropiado, de pie.




La foto es en realidad una foto fija, con una fijeza de más de cuarenta años. Así ha permanecido, primero a la vista y en uso, y luego oculta por el acebo. Y olvidada definitivamente por el paso irrefrenable del tiempo y la caducidad inevitable de la humana naturaleza.




Era la piedra de Victoria. Fue, y dejó de serlo, aunque su nombre siga teniendo aún sentido para quien esto escribe.




Este verano me propuse recuperar piedra y nombre, y desde hace unos días la piedra de Victoria ha cambiado de localización y también de título. A partir de ahora será… “La silla del rey” y estará al fondo controlando la entrada.







Antonio Duato

       Tuvo que ser a finales de 2008, no recuerdo bien. Acababa de estrenar ordenador y estaba iniciándome en Internet. Entrando y saliendo en lugares, visitando páginas y perdiéndome por esa selva sin veredas que ofrece la pantalla cuando no tienes idea alguna de lo que buscas, la carambola resultó dentro del agujero: Atrio.org, “lugar de encuentro, espacio abierto entre lo sagrado y lo profano donde se puedan encontrar y comunicar todos y todas”.

      Estuve observando y leyendo durante una temporada. Las publicaciones y los comentarios correspondían al principio de un foro eclesial pero en los límites, de crítica constructiva y de exposición de ideas originales, de alargar el Vaticano II haciendo efectivos y eficaces los buenos frutos que vivimos, quienes conocimos aquella época, al principio del principio, hasta que se dio el portazo a los vientos nuevos que oxigenaron brevemente a la Iglesia.

       Tardé, sí, tardé en atreverme a intervenir. No tuve fortuna ni en mi aportación ni en la acogida que recibí. Así que mi colaboración en aquel lugar de diálogo duró poco.

       Tengo sin embargo de aquello buen recuerdo y la costumbre de visitarlo regularmente para ver qué se cocía. Hasta que en junio pasado enmudeció.

      (Aquí dejé de escribir, porque empezaron a publicarse artículos y comentarios de personas que conocieron a Antonio y lo acompañaron mucho mejor y desde mucho antes que yo, y…

         Era el 25 de noviembre de 2026).

     Retomo ahora el hilo. No tengo otra pretensión sino que conste en Mi pequeño Mundo la mención de su existencia.

        Y una confidencia que él me hizo.

       Miguel Ángel, me dijo, ¿recuerdas el Encuentro Estatal de CCP que tuvo lugar en Cheste, Valencia, en 1988? Los de Valladolid os alojasteis en la parroquia de la que entonces estaba yo a cargo, también en compañía de las “vedrunas”. Allí nos conocimos…

        Esto fue veinte años después. Toda una vida.