En esta tierra mía,
cuando hace frío, hace frío de narices; y cuando hace calor, ¡nos derretimos!
Por eso, cuando estrenamos el nuevo templo a partir de aquella vieja nave
industrial, tuvimos la precaución de arroparla por arriba debidamente para que
el astro rey no la deshiciera y nos licuara al mismo tiempo a quienes dentro
pasábamos siquiera algún ratejo a la semana.
Enseguida pudimos
comprobar que no era suficiente el ropaje que le dimos, e insistimos con otra
manta de fibra de vidrio el doble de gruesa que la anterior. Nuestros dineros
nos costó tal operación a mayores.
Con todo y con eso,
cuando al mediodía el sol luce en todo su esplendor en los meses de verano,
hacía mucho calor. Entonces abríamos las puertas y las ventanas, dejando que el
aire corriera libre entre los bancos y entre nosotros. A ratos funcionaba, pero
por momentos parecía un viento huracanado que nos ponía los pelos como
escarpias y nos volvía del revés los pantalones y las faldas. Se entiende que
eso ocurría en según qué personas, porque faldas no las lleva todo el mundo.
El caso es que
decidimos probar algún método refrigerante que no planteara tal tipo de
problemas, y llamamos al técnico en la materia. Víctor, mi
fontanero favorito.
Vino, midió, calculó
y se fue diciendo ya tendrás noticias mías. Y las tuve. Me entregó un proyecto
de aire acondicionado a base de seis enormes máquinas que, debidamente
colocadas en techo y paredes, proporcionarían una temperatura que nos
permitiría sentirnos personas dentro, aunque afuera se cocieran las seseras.
Tenía, sin embargo,
el dicho proyecto algunas prenotandas. Primera, había que contratar un
potencial eléctrico de sesenta kilovatios, o sea sesenta mil vatios. Segunda, el
precio ascendía a seis millones de pesetas. Aún el euro era futuro. Visto que
el seis formaba parte importante entre los números de la solución que nos
ofrecía el profesional, lo que nos preocupaba en realidad era la cantidad de
ceros que seguían a este dígito.
A mayores, el
personal ya conocía ese tipo de mecanismo que se dan en muchos lugares, tanto
de la admón. pública como de la gestión privada. Entras en verano en un lugar,
sudando, y se te hielan los pensamientos bloqueados por una temperatura
invernal en pleno mes de agosto. Sales a la calle, y el contraste es tal, que
coges una pulmonía o una deshidratación galopante que te manda al hospital. Y
no queríamos eso.
Además, a mí no me
hacía gracia colocar “cosas” que exigieran romper paredes, trepanar techos y
dejar in aeternum artefactos que al fin y al cabo sólo se usan unos pocos días.
Total aquí el verano… ya se sabe; agosto, frío en el rostro.
Una tarde noche de
julio del año 2005, -no voy a mentir, fue exactamente el día 21, que lo
recuerdo perfectamente-, me fui al supermercado de la esquina y me traje el
erreseis, entonces aún lo tenía, cargado de ventiladores de pie. Ese día compré
ocho. Al día siguiente volví y compré otros seis. Total catorce.
Tenemos nuestro
templo parroquial todo rodeado de molinos de viento, que funcionan por electricidad
a razón de 50 vatios cada uno, y en total costaron 234,08€, incluyendo cable,
enchufes y mano de obra.
Ahora acabo de
colocarlos por principio de temporada veraniega. Funcionan automáticamente, de
modo que si molestan alguien puede apagarlos; y si se necesitan, alguien puede
encenderlos.
La alternativa es
mucho más sencilla: el abanico. Y a falta de él, el cancionero. Claro que puede resultar algo peligroso, porque es grueso y darte con él sin querer en las narices
duele, por más que el lugar en el que estás sea todo lo santo que se predica.
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